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¿UNIDOS? PERDEMOS

Publicado: 04/07/2016 22:44 por Francisco Torres en Elecciones
20160704224450-image.jpegUNA INTERPRETACIÒN DEL "FRACASO" DE PODEMOS

Es un chiste fácil el que se ha hecho, tras los resultados y para rechifla de sus adversarios, especialmente para todos aquellos que estaban en modo de pánico a las ocho y cuarto de la tarde del 26J, transformando el nombre de la coalición de Pablo Iglesias -subrayemos lo de Pablo Iglesias- en "Unidos Perdemos", aderezado con el título de gafe nacional para un cadáver político, que sobrevivirá como un zombi, apellidado Garzón.

No pocos analistas, incluso en las filas de la propia coalición, habían advertido que en política, donde quedan siempre que ello se produce un número importante de descontentos que si no llegan al odio eterno sí al odio inmediato, uno más uno no siempre suman dos. Algo que, aparentemente, se ha confirmado en estas elecciones. Sin embargo, no era eso lo que las encuestas indicaban, porque en números absolutos, en tanto porcentual, sí parecía que iba a permitir a Unidos Podemos superar en votos y en escaños al PSOE, pero no a alcanzar los más de seis millones de votos que hubieran sido el punto de partida de la suma. Lo que nadie preveía es que la coalición se dejara 1.2 millones de votos en las urnas, fuera seriamente castigada en las ciudades, no consiguiera movilizar a su potencial electorado. Las cifras más adversas, según algunos análisis de última hora, indicaban que se habían dejado en la no-campaña la mitad de esos votos.

Anotan los medios, los bien informados, los que parece que tuvieran conexión directa con los líderes -PODEMOS, debemos volver a decir PODEMOS-, los que se hacen eco de todos los chismes sin dirimir hasta qué punto son interesados (ya se revive el enfrentamiento Iglesias/Errejón en el que yo no creo), que el cuarteto Errejón-Monedero-Iglesias-Echenique -Garzón anda muy lejos de estas cosas- no son capaces de saber lo que ha pasado, que andan en acusaciones mutuas y confidencias similares: es el fracaso de los politólogos. Tienen razón, a diferencia de otros partidos que han vivido experiencias similares, con o sin representación parlamentaria, en una cosa: que lo que han vertido en la reunión de su cúpula -ignoro si tienen realmente una ejecutiva- son solo opiniones, que no tienen elementos de juicio suficientes para explicar algo con lo que no contaban, que se dejaron llevar o fueron engañados por las encuestas, que también ellos fueran víctimas de la desasfección, del desencanto de quienes habían visto en ellos el caballo blanco y a Pablo Iglesias en el papel de Gandalf. Quizás el problema, como ahora trataremos de explicar, haya sido exactamente ese, que en PODEMOS han preferido Juego de Tronos al Señor de los Anillos.

Vaya por delante que, pese a los comentarios de los que en la noche electoral respiraban aliviados, PODEMOS no está muerto ni ha entrado en caída libre, es una realidad política que ha venido para quedarse, aunque siga siendo un partido sin estructurar con un riesgo de implosión más que evidente, especialmente ahora que el resultado no ha sido los suficientemente definitorio como para transformar al líder o líderes en el gran conductor/conductores para los votantes de cada uno de los cuatro núcleos que conforman PODEMOS (PODEMOS, En Común, Compromis y Mareas). Ahora bien, como anotaba Pablo Iglesias, tras reconocer la derrota, en dos años han creado de la nada un partido con cinco millones de votos, un cierto poder territorial a nivel municipal y autonómico que parte con buenas previsiones de cara a las próximas autonómicas de Galicia, País Vasco y Cataluña. Ahora les queda hacer partido y configurarse como la oposición real frente al jefe de la oposición nominal que será, mientras dure, Pedro Sánchez. Que nadie ignore antes de vender la piel del oso que Iglesias y Errejón pueden ser letales jugando a la contra en el día a día parlamentario.

¿Por qué han perdido votos? ¿Cómo explicar que el autosorpasso? Eso es lo que casi todo el mundo se pregunta. Lo fácil, desde la orilla contraria, es responsabilizar de ello a su radicalizándose, a ser los representantes del caduco comunista y heraldos de la ruina venezolana. Dejemos a un lado esto e intentemos entrar en los parámetros con los que calibran las cosas los podemitas, porque ya tenemos populares, naranjitos, socialistas, nacionalistas y podemitas.

Naturalmente no hay una sola causa a la hora de explicar cualquier realidad. Lo habitual es que los partidos acaben echando las culpas a los agentes externos y nunca sean capaces de asumir, públicamente y a veces también internamente, los agentes internos (mucho más importantes porque son sobre los que pueden actuar). Olvidan en demasía que el adversario también juega el partido. El lector conoce de sobra todas las argumentaciones sobre el voto del miedo, los medios, etc. Responsabilizar al tiempo es solo el recurso a la táctica del avestruz.

La primera interpretación cuando fracasa una coalición es pensar que el motivo es la coalición en sí misma. Obvian habitualmente que el problema real es el sentido de la coalición. El problema es que Unidos Podemos se ha visto como lo que era, un mercadeo, un juego de tronos. Iglesias pretendía fagocitar a Izquierda Unida -posiblemente lo haya hecho porque los excomunistas también andan en estado de shock, aunque al final tengan cuatro escaños-, acabar con un rival en la izquierda. Lo que no fueron capaces de hacer era asentar las bases de un proyecto político que parte de grupos distintos para alumbrar algo nuevo, algo que el elector podía percibir como positivo e incluso convencer a la legión de damnificados y lo han acabado pagando -una lección a tener en cuenta-. Si a ello se suma el error táctico de las campañas y propaganda diferenciada, que subrayaban ese juego de tronos donde cada uno representaba opciones distintas y no la expresión de una suma, todo queda dicho.

La segunda lectura, que difícilmente harán en público, es reconocer que en la desafección ha tenido un peso importante, sin duda, ahí están los datos, el comportamiento de la clase política podemita en el poder o en la oposición. Hasta diciembre eran casi una incógnita, pese a que apuntaban maneras tras las municipales. Los políticos de PODEMOS han conseguido cosechar, por término general, unos índices de rechazo, todavía bajos pero en crecimiento constante, que han roto su pretendida transversalidad con un alineamiento muy claro en la izquierda radical, lo que conduce a directamente con la ruptura del monopolio de la indignación que gestionaban a través de su discurso populista. ¿Cómo se van a presentar como transversales sectarias tan claras como Carmena o, sobre todo, Mónica Oltra?

El tercer factor es la diversidad y variabilidad en el discurso que además es contradicho de forma constante por la acción política diaria. No se puede ser de izquierda radical un día, neocomunista otro y populista los más de los días; lucir la enseña nacional los días de mitin y la republicana en cuanto dan cuartelillo al personal; abominar de las políticas socialistas y presentarse como socialdemócratas; ser patriótico en Sevilla y proconsulta en Barcelona; justificar a los asalta capillas y en plan simpático confesar que pone el Belén; defender la libertad y afirmar que se pondrá fin a los conciertos educativos; jugar a ser de izquierdas estilo Allende sin darse cuenta -sí se daban cuenta, pero creían que con el cuento y el marketing conformarían al más pintado- de que una parte significativa de los indignados, de los de abajo, no son de izquierdas -el problema es que esto es incapaz de asumirlo un marxista de libro-..., y así hasta el infinito. Ellos mismos percibieron que se estaban equivocando y trataron de rectificar en el mensaje de campaña, pero...

El cuarto elemento. Han caído en el mismo error que Ciudadanos, pensar que ya estaba todo hecho. La campaña de Unidos Podemos ha sido un ejemplo de cómo no se debe actuar cuando se es una fuerza no sistémica y con estructura insuficiente. No midieron, son de los que creen que todo es televisión e internet, que estaban tocando techo en sus posibilidades de difusión a través de esos medios en los que se mueven con soltura. He sostenido y lo mantengo que hicieron la mejor campaña en televisión y en la red, pero fueron incapaces de valorar cuál era el grado real de penetración de esos medios más allá de los habituales. Unidos Podemos tenía que ganar el voto en la calle y no lo ha hecho. Como todos los partidos, sin excepción, territorialmente los dirigentes locales de Unidos Podemos viven del líder y de la marca, lo que se llama la búsqueda del "efecto faraón". Pese a que Unidos Podemos contaba a priori con varias cabezas con tirón mediático, capaces de desarrollar una campaña de calle, no han sido capaces de patear España para movilizar a los indecisos y mantener la tensión. Por ello el PSOE ha resistido, por ello no han convencido a los votantes de IU y por ello el PP, que si ha hecho campaña de calle, de día a día, de boca a boca, ha movilizado y ganado votantes.

Con cinco millones de votos y 71 diputados es difícil sostener que PODEMOS haya entrado en crisis, pero sí que está ante una encrucijada. Lo anotó Errejón en la noche electoral, su mejor opción es quedarse en la oposición para construir partido. Recuperar la idea de transversalidad me parece harto imposible, lo que incrementará la desafección, cuando ya han dejado claro que ellos son una fuerza de izquierda cuyo objetivo es ser la fuerza hegemónica de la izquierda, pero para ello necesitan una unificación real.

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20160717164227-image.jpegLo malo que tienen los aniversarios es que al final toca escribir sobre la fecha para más de un medio. Debo haber escrito algunas decenas de artículos sobre una de esas fechas claves de la Historia de España -permítame la Real Academia de la Lengua utilizar las mayúsculas ahora que está proscrito utilizar las mayúsculas iniciales para subrayar las cosas importantes-, me refiero a la del 18 de Julio. Al hacerlo en las páginas de La Nación no se necesitan grandes explicaciones, porque el lector ya conoce el significado de aquel lejano día de 1936 -ochenta años hace-. Sin embargo, más allá, tengo la impresión de que un porcentaje muy alto de los españoles no sería capaz de identificar correctamente la fecha del otrora festejado Alzamiento Nacional.

Recordemos que, aún antes de la promulgación de la mal llamada Ley de la Memoria Histórica, convertida, ya por aceptación del PP de la legislación sectaria del PSOE, en ley de consenso -no pocos alcaldes del PP compiten con los de la izquierda en retirada de nombres de calles y plazas-, el 18 de Julio quedó reducido a un simple golpe de estado protagonizado por ambiciosos generales contra ese ejemplo de la democracia que fue la II República; manipulando la realidad, fue condenado en el Parlamento por todo el arco parlamentario. Hecho sin parangón político posible, porque el entonces rey, Juan Carlos I, lo fue en virtud de la legitimidad del 18 de julio -véase su discurso de aceptación ante Franco-, y porque el actual sistema político nace a partir de las propias leyes franquistas que basan su legitimidad en el significado y la razón del 18 de julio. Dejemos a un lado la entusiasta participación en la sublevación del 18 de julio y en la guerra en el bando nacional de la familia Borbón, encabezada por Alfonso XIII y secundada por don Juan de Borbón mientras vivían felices y contentos en la Italia fascista (cosas que los monárquicos y Ansón prefieren olvidar).

Afortunadamente aún no es delito contradecir la versión oficial -ya veremos lo que dura- y podemos detenernos en la fecha. No lo digo yo, lo decía José María Gil Robles, líder de la democracia cristiana de los años treinta: simplemente media España no se resignaba a morir. Media España se sumó fervorosa, de forma activa y no pasiva, a un mal planificado golpe militar en el que casi nada salió bien y que, probablemente, de no contar con la participación de Franco hubiera sido aplastado por el gobierno aunque hubiera engendrado, eso sí, con toda probabilidad, una cuarta guerra carlista.

A pocos interesa hoy recordar -es lo malo que tienen los cuentos, que chocan con la realidad- que el proclamado pero no real "golpe de estado" de julio de 1936 contó con el apoyo de todas las fuerzas políticas que no eran de izquierda. Y a los primeros que no les interesa recordarlo es a los dirigentes de los herederos sociológicos de esas fuerzas políticas. Para que el lector pueda trazar un paralelismo, es como si hoy el teórico "golpe de estado" hubiera sido apoyado por el PP, Ciudadanos y el nacionalismo burgués catalán de CDC, junto con otros minoritarios, lo que suma más del 50% de los votantes de las últimas elecciones. Falangistas, monárquicos, carlistas, derechas autoritarias, democristianos, republicanos conservadores, católicos sin partido, republicanos de centro... todos dieron su apoyo a la sublevación militar y se sumaron militántemente a ella. No era pues cosa de unos cuantos ultras golpistas. Y no fue solo un pronunciamiento de sus dirigentes sino la participación activa de decenas de miles de sus militantes y el apoyo sociológico que representaban. ¿Había tantos golpistas?, o mejor dicho: ¿por qué se pretende borrar de la memoria la realidad reseteando las mentes? La respuesta es simple, porque quienes apoyaron y/o se sumaron a la sublevación, a la rebelión, lo hicieron porque asumían que la II República, en manos de los partidos del Frente Popular, lo que hoy serían PSOE, IU, PODEMOS, Esquerra..., había dejado de ser una democracia, vulneraba y pisoteaba sus derechos, conculcaba la libertad, había dejado de ser un régimen constitucional en el que la izquierda aprovechaba los huecos de la ley para promover un auténtico golpe institucional, proscribía a la oposición el derecho a gobernar aún cuando fuera el partido mayoritario... había perdido toda legitimidad.

A menudo se olvida -ingenuo soy, se debe leer se oculta- que Franco, con una zona menos poblada tuvo que movilizar menos reemplazos que la república frentepopulista para sostener la guerra, que las milicias nacionales encuadraron para el combate a unos 250.000 voluntarios y que muchas unidades regulares fueron completadas o creadas con voluntarios (véase el incremento de banderas de la Legión). Aquellos hombres y el entusiasmo que la causa despertaba eran lo que Gil Robles llamó "el pueblo del movimiento". Así pues, se pongan como se pongan, la realidad es la que es: puede que en su planteamiento Mola y los generales sumados asumieran un "golpe de estado", pero su fracaso engendró el Alzamiento Nacional o como apuntaba Ricardo de la Cierva un auténtico levantamiento civil y popular. Evidentemente, reconocer esto provoca un cortocircuito en la nueva historia oficial, porque abre las dudas con respecto a la legalidad y la legitimidad de la república frentepopulista de 1936. El concepto no es el mismo: no es igual hablar de "golpe de estado" o "golpe militar" que de sublevación civil, alzamiento o movimiento nacional -así se consideraba en el XIX por ejemplo la sublevación de mayo de 1808 contra los franceses-. No es lo mismo, porque el primer concepto es el que permite sostener el mito de la izquierda del ejército contra el pueblo -básico en la nueva ideología guerracivilista impulsada por Rodríguez Zapatero y que hoy está en el discurso socialista, comunista o podemita- y el segundo lo destruye. El primer concepto ofrece una interpretación simple para los manuales de historia aderezada con su igualación al fascismo; el segundo, provoca preguntas en las mentes críticas: ¿cómo es posible que en una democracia como la actual -según se dice-, incluso más perfecta, media población no sólo apoye un "golpe de estado" sino que se sume voluntaria y masivamente al combate? ¿Alguna razón les impulsaría a ello?

Ahora bien, conviene no obviar que el 18 de julio, contemplado en su globalidad, es un hecho revolucionario. Tan revolucionario como lo fue la proclamación de la República de 1931. Una vez rotos los diques son precisamente los rebeldes, los sublevados políticos y civiles, los que impulsan la creación de un nuevo orden distinto al de la república de 1931. La primera pretensión de restaurar el orden, básica en todo "golpe militar", es pronto superada. Aparece entonces, aunque subyace en algunos de los discursos del 17-19 de julio, la idea del para qué al mismo nivel que la de por qué.

Lo que podríamos denominar como la ideología o el programa del 18 de julio, que naturalmente se va conformando entre 1936 y 1937, que es fácil de identificar en su evolución analizando los discursos de Franco, que a la vez son resumen, síntesis y expresión de las propuestas ideológicas de los grupos políticos, primero partidos y luego corrientes, de la España nacional, engendra el discurso del Nuevo Estado en un tiempo en el que la democracia liberal estaba muy lejos de contar con la aquiescencia popular. Lo interesante es subrayar que en ese discurso subyace una interpretación estructural de las causas profundas del conflicto, del porqué se ha llegado a la guerra, que yo cifraría en dos: primera, el fracaso de la clase política -algo que hoy asumen no pocos historiadores a la hora de explicar el porqué de la quiebra de 1936-; segunda, la ausencia de justicia social, la miseria y la podredumbre, los salarios injustos y la explotación, las enormes desigualdades sociales... todo aquello que impulsó a buena parte de la otra media España a apostar por la revolución marxista que preconizaban el PSOE, el PCE y el POUM o la anarquista que, naturalmente, tampoco eran compatibles con la democracia liberal. De ahí que desde las primeras semanas el discurso del 18 de julio asuma que es necesaria una profunda transformación social, porque esta, conforme se vaya haciendo realidad, permitirá superar las diferencias y recomponer el tejido social de España que es lo que, en definitiva, acabó haciendo y consiguiendo el régimen de Francisco Franco.


Nota: Artículo realizado para La Nación de julio 2016

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20160718095053-image.jpegDebo pedir perdón, tanto a los lectores como al director de esta publicación, tanto por un título tan largo pero explícito como por, quizás, no responder exactamente al encargo y las expectativas de un artículo sobre lo acontecido en el lejano 18 de julio de 1936 realizado por un historiador. También, naturalmente, por lo amplio del texto; pero es difícil resumir algo tan complejo en un artículo de treinta líneas, a no ser que se quiera incurrir en el calificativo/descalificativo, los lugares comunes o recrearse en simples parrafadas militantes para quedar bien con los propios o con el espejo.

Los hechos, que renuncio a relatar, son de sobra conocidos, aunque queden cada vez más desdibujados por la manipulación simplista de quienes exhiben, cuando hablan o escriben, una pasmosa ignorancia o, simplemente, son meras correas de transmisión de una deformación ideológica, que no es nueva en nuestra historia, aunque ahora se disfrace con trapos aparentemente metapolíticos de esos que se divulgan en algunas facultades de Ciencias Políticas, el guerracivilismo: la prédica del odio y la exclusión al/del contrario utilizada como elemento de cohesión y movilización cuando el argumentario ideológico es incapaz de insuflar vida a un cuerpo moribundo. Conviene reflexionar sobre ello, porque el 18 de julio de 1936 no fue el resultado de una conspiración orquestada por unos cuantos militares ambiciosos deseosos de alcanzar el poder en virtud de su pensamiento antidemocrático, sino de una profunda ruptura del tejido social español que fue impulsada y canalizada mediante el guerracivilismo.

Hoy, ochenta años después, se puede seguir acercándose al hecho como si no hubiera transcurrido el tiempo en un ejercicio absurdo de presentismo. Se puede volver o reescribir una historia de buenos y malos, resucitada con generosas subvenciones de la mano de uno de los elementos clave de la expansión de la ideología guerracivilista -esa que hace a algunos manifestantes gritar y definirse con aquello de "arderéis como en el 36"-, que ha pasado a formar parte esencial del discurso de la izquierda, y que asumen sin desdoro algunos sectores del centroderecha, la mal llamada "memoria histórica". Para ellos, recuperar la memoria pasa por recuperar la división excluyente -el contrario aunque grane unas elecciones no tiene derecho real a gobernar-, el clima de enfrentamiento y el sectarismo que condujo a la guerra civil; invirtiendo, curiosamente, el proceso de superación de aquella ruptura social realizado, con cuantos defectos se quiera, a lo largo del régimen de Franco.

A mediados de los años sesenta España estaba inmersa en un proceso de transmutación económica y social que convertía las imágenes de 1936, las de la España de los años treinta, en algo lejano y distante, propio de un tiempo pasado. No es que se perdiera la memoria, o que los vencedores renegaran de su victoria, sino que eran capaces de mirar lo sucedido de otro modo. Un ejemplo, anecdótico si se quiere pero altamente significativo. En esas fechas, en una película oficiosa, un documental sobre la vida de Franco, al llegar al 18 de julio de 1936, tras registrar la catástrofe que fue la II República, se sentenciaba: "por una España mejor, en una y otra orilla, murieron un millón de españoles". La cifra es, como todo el mundo sabe, exagerada, pero la definición/explicación de lo que fue la guerra, de por qué combatieron tantos y tantos miles de españoles, resultaba acertada; aunque hoy -mucho me temo- no se asuma ni a derecha ni a izquierda por razones distintas. Poco después, y este es otro de esos símbolos hoy ignorados, se debatía en las Cortes franquistas -¡en las Cortes franquistas se debatía y mucho!, sorpréndase mis estimados lectores- sobre la necesidad de resarcir a los excombatientes republicanos, y lo planteaban los excombatientes franquistas. Había razón, pero no había posibilidades económicas. Esa España de mediados de los sesenta, en pleno babyboom, era la de aquellos que olvidaban la guerra, mejor dicho, que exorcizaban la guerra. Era la España de la reconciliación social puesta de manifiesto, por vía matrimonial, en casi todas las familias de hoy; esas que tuvieron un abuelo luchando en un bando y otro en el contrario. Era la España que cerraba a marchas forzadas la ideología guerracivilista que ahora se vuelve a recuperar (hasta la nueva izquierda que estaba surgiendo en el interior del país asumía esa realidad, ese cambio, mientras que la oposición en el exterior seguía viviendo en 1939).

Cuando el que escribe estudiaba en el colegio la EGB, cuando los manuales ya no eran las viejas enciclopedias de los cincuenta, al llegar al estudio de la guerra civil, de las causas y el porqué del 18 de julio de 1936, allá por el 74, se sumaba a los hechos en sí la explicación estructural. En pocas palabras y a riesgo de sintetizar en exceso: los errores de la clase política, el sectarismo, la exclusión del otro y la injusticia social (el problema agrario y la miseria laboral) habían conducido a la guerra. No es, evidentemente, toda la verdad, pero sí se aproximaba bastante a la realidad; porque los responsables de un hecho no son solo los que lo protagonizan, sino que también hay que tener en cuenta la realidad que los obligó a tomar esa decisión.

Curiosamente, con magisterio y guía allende de nuestras fronteras, era la historiografía de izquierdas, bajo el influjo directo de alguno de los exiliados derrotados que seguían viendo España como si aún se estuviera en los años treinta, inmunes ante unos cambios que no querían reconocer, fieles a las visiones maniqueas, optando por argumentaciones de índole marcadamente positivistas -¡quién lo diría!-, trataban de edificar una historia falsa que hoy es casi un dogma: la II República fue un régimen impolutamente democrático que pereció por la conjunción de la ambición militarista de un puñado de generales embadurnados de fascismo, que para imponerse tendían que aniquilar al pueblo, con la oligarquía financiera y terrateniente. Y así comenzó a difundirse de forma masiva, en los años de la Transición, desde las cátedras y los medios, silenciando o intentando silenciar cualquier opinión contraria, avalada por el deseo fehaciente del nuevo régimen de alejarse lo más posible del régimen de Franco, del cual era hija gran parte de su clase política empezando por el propio Jefe del Estado. En esa teoría se han formado no pocos profesores, periodistas, políticos, comentaristas, tertulianos, políticos y blogueros de hoy.

Mantener a fecha de hoy que la II República era un régimen democrático es algo difícilmente sostenible, pero el papel lo soporta todo y quien así se manifiesta no necesita demostrarlo. Lo pudo ser en sus inicios, pero dejó de serlo en 1934 y, fundamentalmente, a partir de febrero de 1936. Difícilmente se puede afirmar ello cuando, por referir algo, desde sus inicios los republicanos y la izquierda socialista o anarquista consideraban que aunque la derecha ganara las elecciones no tenía derecho a gobernar. La coalición republicano-socialista, que gobernó, de un modo u otro, en dos ocasiones, fue siempre sectaria y excluyente. El PSOE -no digamos el PCE o el anarquismo en su varias tendencias- era fundamentalmente antidemocrático -en realidad entendían la democracia al modo popular, como las posteriores democracias comunistas del Este de Europa tras el telón de acero-. Su objetivo, y ahí están los discursos y las publicaciones que no se quieren leer, no era la democracia liberal, la democracia que llamaban despreciativamente burguesa -el modelo de democracia actual, para que el lector se sitúe-, sino la revolución que abriría el camino a la dictadura del proletariado o a la sociedad comunal anarquista. Y en ese camino, para alentar ese camino, la izquierda fomentó el guerracivilismo: ¿Qué fue si no la quema de iglesias? ¿Qué fue si no la persecución de lo católico? ¿Qué fue si no la decisión de combatir al "enemigo de clase" o la decisión de acabar a tiros con los movimientos juveniles de la derecha mucho antes de que estos se defendieran?... El guerracivilismo que hacía a los gobiernos de la izquierda mirar para otro lado cuando la violencia y la vulneración de la ley era cometida por la izquierda... ¿Qué quedó entonces a los demás? ¿Tenían derecho a defender, cuando el sistema político les excluía y perseguía, su modo de ser y de pensar, sus creencias y hasta sus bienes?

El 18 de julio de 1936 hubo, es cierto, un chusco golpe de estado. Inviable, mal planificado, con el apoyo real solo de una parte de un ejército tan fracturado y dividido como el resto de la sociedad. Una acción que hubiera fracasado de no haber existido ese ambiente guerracivilista alentado desde la izquierda de a pie y desde la clase política republicana (ese PSOE con su escolta armada motorizada, con sus juventudes uniformadas, con sus alijos de armas...); guerracivilismo que asesinaba e intentaba asesinar a los dirigentes de la derecha, censuraba o permitía el asalto y el incendio de sus medios de comunicación. No fue la sublevación del ejército contra un pueblo que se alzó para defender la democracia -las milicias no luchaban por la democracia burguesa, es más lo primero que hicieron fue exterminar lo burgués y lo democrático-; esa es la imagen que sigue alimentándose de espaldas a la historia. Lo que se produjo el 18 de julio de 1936 fue la rebelión civil de aquellos que querían defenderse de la amenaza revolucionaria y del sectarismo que los convertía en ciudadanos de segunda. En España, en julio de 1936, la democracia era inexistente. El enfrentamiento era la expresión última de un tejido social roto y enfrentado que la República no sólo no quiso o no supo suturar, sino que contribuyó a desgarrar con mayor intensidad.

Quienes se refugian en reducir lo acontecido a un mero golpe de estado protagonizado por el general Francisco Franco, para, a renglón seguido, enlazar con el argumentario de la sangre -olvidando, eso sí, la otra sangre- no hacen más que manipular u ocultar la realidad. Para media España estaba en juego su supervivencia, pues la otra media le había declarado la guerra. Mejor dicho, solo una parte de esa media, a la que se había embaucado señalando como enemigos, como responsables físicos de su miseria, a quienes no lo eran. Así de complejo y así de sencillo a la vez. Quien piense lo contrario me gustaría que me explicara cómo, si no hubiese sido así, los rebeldes contaron con más voluntarios, tanto en números absolutos como relativos, que los republicanos. Negar que los nacionales eran un pueblo tan amplio y extenso como podrían serlo los republicanos es tergiversar la realidad.

Se pueden acumular, llegados a este punto, todos los elementos negativos, lacrimógenos -esa tontería de la guerra incivil con la que se llenan algunos párrafos carentes de imaginación y vocabulario- que se quiera; abundar en el "salvajismo" de la guerra expandido por la legión de hispanistas angloamericanos que mientras han pontificado sobre ello obviaron el modo de proceder de sus tropas en Vietnam -por citar un ejemplo- u olvidaron y ocultaron a los varios millones, millones subrayó, de muertos que causaron a la población alemana tras la caída de Berlín; abordar los errores de Franco con respecto a los vencidos, sin olvidar, eso sí, que mayoritariamente fueron consecuencia directa del clima de guerra y de las decenas de miles de asesinatos, junto con robos, saqueos, incendios y pillaje, cometidos por los republicanos en su zona... Ahora bien, recordando que demócratas había pocos en 1936 y en 1939, que la democracia no era ni mucho menos el régimen político más popular en 1939, no es menos cierto que en el discurso político de los vencedores, elaborado durante la guerra, es fácil encontrar las huellas y la raíz de esa política de transformación social y económica que consiguió acabar con las causas estructurales de aquella guerra.

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