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En las jornadas previas a las elecciones autonómicas en Cataluña me pidieron un artículo similar a este sobre lo que podría salir de las urnas. Advertía entonces que lo que las encuestas vislumbraban era un empate técnico entre los los partidarios de la independencia y los teóricos "constitucionalistas" que podría desequilibrar un poco la aplicación del sistema de reparto de escaños que prima a la mayoría. También anotaba que los independentistas habían blasonado de que con una mayoría suficiente seguirían adelante con el proceso de independencia y que nunca se sabe hasta dónde podrían llegar los juegos de salón y los cambalaches a la hora de sumar escaños para la declaración de independencia en un juego donde los diputados del PSC no ofrecen muchas garantías. También señalaba que aunque los independentistas perdieran por la mínima o no tuvieran, según su argot, la mayoría suficiente, para ellos solo sería un revés, un aplazamiento de la letra con fecha de vencimiento que, dada la inacción del gobierno, parece tener la integridad de la nación española. Dejemos claro que estas elecciones nunca deberían haberse celebrado. Eran unas elecciones con trampa porque se les dio un valor de referéndum que es imposible que tuvieran. Ello debería haber bastado para su declaración de nulidad. Pero no fue así.

Las urnas han confirmado ese empate técnico y aunque ello suponga que de momento no habrá declaración de independencia y el problema de los nacionalistas sea cómo formar gobierno sin que ERC se lleve la mejor parte, lo cierto -conviene no ignorarlo- es que el número de los que han apoyado abiertamente la independencia es muy alto: un millón seiscientos mil catalanes. Pero son todos los que son. De hecho la plataforma Juntos por el Sí ha obtenido unos pocos votos menos que los conseguidos anteriormente por CiU y ERC. Empate técnico, porque los independentistas consiguieron el 39.5% y los constitucionalistas -utilizo el término que aparentemente les une porque la unidad de España me temo la entiende de forma diversa en Ciudadanos, PP y PSOE- un 41,68%. Ahora bien, si se añadieran los resultados de los PODEMOS locales, que mantienen una posición ambigua, se superaría el 50.5% de los votos. Por ello tenían razón los representantes de la CUP, la Candidatura de Unidad Popular, cuando afirmaban que los resultados no eran favorables a los independentistas y por tanto ni apoyarían a Mas ni a eso que llaman reverencialmente el "proceso".

Los resultados han dado un respiro a España como nación y esa es para muchos la mejor de las noticias posibles, especialmente para el presidente Rajoy y para el PP que de momento respiran porque no han tenido que recurrir a la ley, y por tanto a la fuerza, ante una declaración de independencia. Eso sí, todos sus tertulianos salieron en tromba a convencer al personal de que todo ha terminado con la derrota de Mas en la urnas remarcando que son solo el 30% del censo electoral. Argumento que es la primera vez que oigo porque de aplicarse el mismo criterio no muy lejos quedarían los votos reales obtenidos por el PP en las generales. Un respiro para un gobierno que, declaraciones rimbombantes a un lado, sigue sin saber qué hacer -carece de política en este terreno- y el PSOE cree, más estúpida que ingenuamente, que la solución política pasa por la reforma constitucional y la conversión de España en una Menarquía Federal -seguro que Felipe VI estaría encantado con ser rey de las exEspañas-.

Ahora, en estas semanas, el problema en Cataluña es cómo formar gobierno. Un gobierno que difícilmente proporcionará la estabilidad necesaria y que continuará con los vicios habituales. Arturo Mas había preparado la sala y la moqueta que le mantendría en el poder, había calculado el juego de la aplicación de los restos en la adjudicación de escaños para que en Juntos por el Sí acabaran saliendo más diputados de Convergencia que de ERC, pero la contención del voto independentista y el incremento del voto de los que quieren seguir siendo españoles de Cataluña, ha hecho que Convergencia haya perdido su papel hegemónico frente a ERC. Convergencia ya no es lo que era y ahora resta por saber si los dos grandes partidos, PP y PSOE seguirán queriendo meterla en su cama o, dados los resultados de PODEMOS y Ciudadanos, dejará de ser necesaria. Hoy por hoy nadie parece querer unir su suerte a la de Artur Mas. Es más, todos prefieren que se marche y ello puede conducir a unas nuevas elecciones a las que temen muchos, desde Convergencia hasta ERC pasando por el PP, porque pudiera ser que el Ciudadanos del tándem mortal para el PP Rivera-Arrimadas se convirtiera en la primera fuerza política de Cataluña. Temor justificado. Pero al mismo tiempo necesitan seguir detentando el poder porque si. La red clientelar de Convergencia, sin todo el aparato de subvenciones, sin el,control cultural y educativo el independentismo tendría muy difícil su expansión e incluso, dado el perfil de los votantes de Covergencia, se podría producir un retroceso en el voto del miedo a las consecuencias que el separatismo explota en Cataluña. Por ello, probablemente lleguen a un acuerdo aunque sea la bobada de un gobierno asambleario. Y dada la situación no seria aventurado afirmar que se alargarán los plazos todo lo posible para que la decisión final, gobierno o elecciones, no tenga que tomarse antes de las generales del 20 de Diciembre. De aquí a entonces el gobierno, aun cuando sea en funciones, tiene una oportunidad histórica para poner a Artur Mas en su sitio.

Concluía en ese artículo anterior a las elecciones afirmando que lo previsible era que el 27-S no conllevara, dados los resultados, la declaración de independencia sino un avance en ese camino. Ese 39% de papeletas indirectamente favorables a la independencia -aunque mi impresión personal es no pocos de los votos a Convergencia eran un apoyo a la política de chantaje para conseguir lo que más desea la burguesía catalana, un concierto económico que les de el control sobre las arcas públicas para seguir enriqueciéndose- es muchísimo más de lo que existía hace cuarenta años cuando el independentismo era marginal y CiU jugaba a ser un partido sistémico del juancarlismo. El que hoy exista ese porcentaje importante de independentistas, especialmente entre las nuevas generaciones, es el legado del juancarlismo, de la política suicida de PP y PSOE de dar competencias a cambio de apoyos o porque creían -rematadamente tontos- que con ello el nacionalismo se iba a contentar; competencias que han servido para crear esa base independentista, todo el entramado mediático-cultural-educativo que ha insuflado vida al independentismo.

¿Qué nos deparará el futuro próximo? ¿Nos conformaremos con ver crecer generación tras generación el independentismo? Quiero creer que este proceso es reversible, que como nación no he,so llegado al punto sin retorno de la ruptura. Ahora bien, no quiero ocultar mi desaliento y decepción porque más allá de lo simbólico no he visto reacción alguna del pueblo español. ¿Cómo es posible que en esta coyuntura, cuando es evidente la posibilidad de precipitarnos en el abismo como nación, no hayamos visto reacción alguna por parte de la ciudadanía? ¿Cuántos españoles han salido a la calle para exigir o defender la continuidad de España como nación? Tengo la impresión de que una parte importante de los españoles, de un modo u otro, asumen como reales parte de las razones históricas y/o culturales que esgrimen los nacionalistas, y que, con una u otra consideración, asumen la existencia de Cataluña como nación porque ellos mismos no tienen clara cuál es su propia identidad; consecuencia directa de la necesidad de crear falsas identidades autonómicas engendrada por ese nefasta organización/desorganización territorial que se denomina Estado de las Autonomías. ¿Por qué? Básicamente porque han aceptado, consciente o inconscientemente, la perversión del lenguaje que les hace pronunciarse sobre si se sienten más españoles que de su comunidad, si prefieren la ecuación contraria o, simplemente, se sitúan en el punto medio.

La razón última de la situación ante la que nos encontramos es que ante el discurso separatista no ha habido contestación alguna. Al contrario, desde el Estado, cuya primera obligación debiera ser mantener la nación, es decir, defender al idea y el concepto de España, se ha practicado, por unos y por otros, la política suicida del tancredismo, del dejar hacer, de no creer las señas que advertían de que venía el lobo. La resultante ha sido el crecimiento excepcional de los votantes al nacionalismo y en su lógico desarrollo su conversión al independentismo. Y ello también ha sido posible por la protección que se ha brindado, por los dos grandes partidos, a los dirigentes nacionalistas creyendo que, permitiéndoles ser la oligarquía dominadora, evitando que el régimen corrupto vigente en Cataluña cayera ante los tribunales, solo agitarían el espantajo de la independencia para obtener mayores prebendas. Que estaban jugando inocentemente a "que viene el lobo".

¿Qué se ha ofrecido en estas elecciones como alternativa al independentismo? Poca cosa para ganar corazones. Razones históricas por parte de una minoría que, naturalmente, ni tiene espacio en Cataluña ni encuentra hueco en los grandes medios de comunicación, pero que con eso creen que ya hacen bastante. Razones económicas: se es español o no -ese es el discurso del PP y Ciudadanos- en virtud de los beneficios económicos que ello implica. Ha causado lástima y sonrojo ver a los dirigentes "constitucionalistas" debatir sobre si la hipotética Cataluña independiente será o no admitida en el seno de la Unión Europea; o explicar que cuando caminamos hacia la unión de las naciones europeas se busque la desunión en un movimiento contrario al progreso y la modernidad. Eso sí mucha banderita para que parezca otra cosa y fuera de Cataluña a algunos se les llene el bolsillo de efluvios patrióticos frente al televisor.

No pocos estiman que la solución pasa por la mano dura, por el artículo 155 de la Constitución que creo aún no está desarrollado y la suspensión de la autonomía. Esa seria la respuesta obligada y única -la otra seria la cesión- en el caso de una declaración de independencia. Pero ese es el recurso final que no sé si el gobierno se atrevería a utilizar. En estos momentos ese no es el camino. Lo fundamental es hace descender el número de independentistas y para ello no se puede recurrir a mapas de la Edad Media, esa mitología ya no importa. Para ello es preciso hacer que se cumpla la ley, acometer un amplio programa de difusión cultural no nacionalista y, sobre todo, amparar las razones en la promoción de la idea y el concepto de España, conseguir que decenas de miles de catalanes vuelvan a sentir el orgullo de pertenecer a esta Patria común llamada España. Pero mucho me temo que todos, desde el PP hasta Ciudadanos andan diciendo: todo menos eso.


(Artículo publicado en el periódico mensual La Nación)




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20151014145203-image.jpgPLETÓRICO E INCREÍBLE EN SU NUEVA GIRA


En un panorama musical marcado por el conservadurismo, por eludir el riesgo, por ser infinitamente comerciales, atreverse a ir contracorriente es toda una declaración de principios. La piratería, la banda ancha del todo gratis asumida como algo natural, el IVA cultural, ha obligado a los cantantes a volver al directo, a las largas giras, donde los trucos y arreglos de grabación no funcionan, o a refugiarse en los programas de televisión que generan la promoción necesaria para que el público acuda a los conciertos. Y cuando salen a la carretera se encuentran con quien siempre ha estado ahí: Raphael.

En los tiempos que corren ya es todo un atrevimiento –algo que tendremos que agradecerle– dejar a un lado la media docena de músicos que como mucho suelen acompañar a un solista para salir de gira con toda una Orquesta Sinfónica, unos setenta músicos. Algo que está al alcance de muy pocos. Dejar a un lado la clásica base de batería, metal, bajo y guitarras eléctricas, de teclados que lanzan los samples, no es fácil porque supone tener que cantar de otra forma…eso sí, para cualquiera menos para Raphael. Cantar con una orquesta sinfónica es actuar sin red, porque o bien el cantante acaba siendo un instrumento más, vencido en el tour de force que siempre se libra con ella, u obliga a los músicos a diluirse para que se le pueda escuchar. Pero Raphael está hecho de otra pasta.

Hace unas noches, pletórico de voz –una voz que el artista castiga sin piedad–, tuve la oportunidad –si pueden les aconsejo que no falten a la cita– de poder ver a Raphael, el de siempre pero ahora sinphónico, en la Plaza de Toros de Murcia, arropado por miles de personas. He escuchado/visto a Raphael muchas veces en el escenario, con la voz en las mejores condiciones imaginables y a medio gas, siempre impresionante, aún más cuando se enfrenta a las dificultades. Naturalmente ya conocía la grabación sinfónica de su último LP/CD (las dos cosas, porque Raphael también edita en vinilo) pero no es lo mismo el directo de una orquesta que escuchar, muchas veces de mala manera, un registro por muy digital que sea.

Pocos cantantes tienen un repertorio como el de Raphael apto para que una orquesta sinfónica pueda acometer esas piezas como pequeñas sinfonías. El repertorio de Manuel Alejandro y en ocasiones el de José Luis Perales lo permite, porque sus creaciones pueden transformarse en pequeñas sinfonías tardorrománticas de poco más de tres minutos con su gran base de cuerdas. Completa el círculo el modo de cantar de Raphael que es muy sinfónico, muy de movimientos, desde el Allegro moderato al Allegro con brío pasando por el Adagio, desde los piano a los forte, manteniendo esa fuerza escénica que le caracteriza a la vez que la modulación o la suavidad en los medios. Queda su potencia de voz, perfección en el fraseo –a Raphael se le entiende cada palabra sin problemas cuando canta– y la diversidad de registros (evidentemente ya no tiene aquellos falsetes de los dieciocho años, pero tampoco los necesita). Es también para la orquesta un lujo tocar con Raphael y no acompañar a Raphael, que es lo que hubieran tenido que hacer casi con cualquier otro cantante (solo se me ocurre hacer la excepción con Sinatra). El único problema para el director y la orquesta es ajustarse a los desplantes del cantante y sus paradiñas en la teatralización, pero hasta en eso Raphael es un profesional y controla perfectamente lo que algunos califican –en algo tienen que criticarle– como excesos. En vez de sus paseos, paradas y gestos amplios se funde con el micrófono como si fuera Edith Piaf. La orquesta con Raphael cantando puede ser poderosa, fuerte, rotunda, amplia, grandilocuente, porque puede hasta olvidarse de él –como hacía en muchas ocasiones Puccini al componer sus óperas–. La voz de un Raphael pletórico puede con setenta músicos tocando y por ello provocar el aplauso de los espectadores. Es un concierto de sonido limpio, equilibrado, envolvente. De esos que tienen momentos en los que retumba el cielo en la noche.

Solo habíamos escuchado a Raphael con orquesta en las viejas grabaciones de sus actuaciones en televisión, la orquesta está siempre en muchos de sus discos con un peso diferente, pero sus canciones brillan ahora de forma distinta en este sinphónico que esperamos tenga una segunda parte al menos en disco. Los arreglos de Fernando Velázquez sobre los temas de Manuel Alejandro y José Luis Perales, la dirección de Rubén Diez con la Orquesta Sinfónica de Málaga (perfecta) han dado otra patina a esos temas que solo pueden ser cantados por Raphael. Ese brillo especial que la música adquiere en los diálogos entre el cantante y la orquesta con el que nos obsequia en varias de sus creaciones. Diálogo que se ajusta como un guante de seda a la teatralización/interpretación que hace en cada canción; cómo este nos introducen en el drama, porque a pesar de las florituras de la voz de Raphael, la mayor parte de su repertorio más conocido conlleva gran parte de sufrimiento, de amores cortados de forma abrupta. ¡Qué momento mágico cuando la orquesta da los primeros compases de Cuanto tú no estás! Letra, música, voz y sonido se conjugan en esa desesperanza: “cuando tú no estás no siento nada”. La del amor quebrado por la muerte inesperada en juventud por dolorosa enfermedad. Y es que las canciones arregladas por Fernando Velázquez para su anterior disco suenan ahora maravillosas cuando se desprenden del sintetizador, la batería o las guitarras eléctricas. En carne viva o Qué sabe nadie reclaman eso, una orquesta. Hasta cuando teóricamente una sinfónica está en desventaja frente a la composición original es capaz de mejorarla musicalmente y dar a Raphael la oportunidad de brindarnos una recreación más impactante en temas tan comprometidos como Detenedla Ya o nos aclimate los ritmos en Mi gran noche o Estuve enamorado.

Pero las joyas son las joyas, o, mejor dicho, la música es la música. Esa maravilla musical y narrativa que es Desde aquel día. Esa cuerda romántica que se rompe para llevarnos casi a un vals en Qué tal te va sin mí, que Raphael canta con modulaciones e inflexiones. La orquestación rotunda de No, una antítesis al mismo nivel del conocido Don’t de Elvis, con el diálogo permanente con la orquesta, con esos arreglos casi de aria y esas cuerdas, con ese movimiento envolvente sobre un Raphael en increscendo constante con la entrada del viento. Raphael pide más orquestación y el director se la da mientras teatraliza casi sin moverse. El swing de Despertar al Amor con el juego entre la voz del cantante y la entrada de los instrumentos o todo el discurso musical de Te estoy queriendo tanto. Esa orquesta primaveral que nos invita casi a ver amanecer mientras escuchamos Si no estuvieras tú, una canción fundamentalmente optimista.

Con su actuación casi se podría escribir una biografía musical del artista español más importante, más permanente, porque parece haber rubricado con su voz el pacto entre Fausto y Mefistófeles. Todo está en sus canciones, su vida y sus modos. Soberbia la introducción de esa canción excelsa que es Yo soy aquel como arranque del concierto: Yo soy aquel y Yo sigo siendo aquel, Manuel Alejandro y José Luis Perales, son la declaración de principios de un cantante que lleva más de cincuenta años cantando al amor con ritmos distintos y que se empeñó en triunfar en el mundo cantando en español. Después están esas canciones que desgranan su periplo vital, canciones que merced a la orquesta alcanzan mayor dramatismo. Volveré a nacer, porque Raphael, aunque la vida con él siga en deuda, nunca se ha arrepentido de “pasar de la niñez a los asuntos, de pasar de la niñez a mi garganta”, de perder la adolescencia, de no poder perseguir a una muchacha hasta su casa; de la dureza y el sacrificio de una profesión en la que Un día más, “tras el aplauso llegará la soledad… en la distancia escucharé tu voz… que los niños han llegado un poco tarde… y que me quiere”. Un Gracias a la vida, que emotiva y desgarradoramente hace suyo en un solo con guitarra. El retador Qué sabe nadie, que es casi un bofetón al chisme y al gacetillero, a los que viven de la destrucción y no de la creación. Y esa composición de Bunbury (¡qué bien le sienta también la orquesta!), Ahora, que todo el público comprende, recordándonos que “ha decidido aplazar el final” al que parecía sentenciado hace unos años por su enfermedad, y que lo que le queda es “una canción, un teatro y a ti”. Pues Raphael, más allá de los escenarios, es un hombre de familia, enamorado de la misma mujer cuya relación se asoma en el fondo de muchas canciones como Solo te tengo a ti: “eternamente tuyo… solo te tengo a ti y todo lo demás son cosas de la vida… tu alma es parte de la mía… que a veces con mis cosas olvido darte un beso, y entre ausencia y ausencia se nos escapa el tiempo”.

Pero, no era suficiente. Dos horas cantando y aún es capaz de dejar que la orquesta nos de los primeros inconfundibles toques de una de las arias de óperas más famosas del mundo, el emblema de Enrique Caruso, Vesti la giubba de Pagliacci de Leoncavallo, que el malogrado Waldo de los Ríos orquestara para Raphael. Impresionante en la escena, pletórico de voz, capaz de dejar en silencio una Plaza de Toros, porque él, como el faraón de Camas, es el maestro. Lo que hubiera dado por escucharle con esta magnífica orquesta malagueña Ave María o Cierro mis ojos. Impagable Raphael porque si hace décadas, en sus comienzos, se empeñó en dignificar en España su profesión, entonces encerrada en el estrecho margen del cantante para bailes al que pocos hacían caso, abriendo los conciertos para este tipo de música, hoy vuelve a sentar plaza con toda una sinfónica para recordarnos que, además de ser un intérprete, es también un gran músico.


(Este artículo ha sido publicado en los medios digitales Diario Ya y Sierra Norte Digital)

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20151030175149-image.jpg(LXXXII Aniversario del Discurso de José Antonio en el Teatro de la Comedia)



Si volviera a tomar la palabra...

Cada octubre, en un reiterado ritual -hasta estas líneas pudieran serlo-, a veces ajado, a veces trasnochado, quizás necesario, quizás innecesario, se acuerdan de aquella lejana fecha... ¡Cómo si nada hubiera acontecido desde entonces! Las mismas palabras... Olvidando los más que lo importante, lo trascendente, lo que debiera permanecer, es el fondo y no la forma; ignorando -¡cuán grande es la ingenuidad!- que el culto a la forma ha sepultado en no pocos hombres el fondo; teñidos en el recuerdo y el homenaje de una nostalgia de ideas apagadas, ecos lejanos de oportunidades perdidas. A pesar del tiempo, al final se repite, una y otra vez, el murmullo de las rememoraciones literarias, con prosa más o menos bella, de los renovados maestros en el arte del ensayo breve... La forma, la estética de las palabras, siempre acaba imponiéndose al fondo. Parece ser ese nuestro triste sino.

Nos gustan las frases rotundas. Esas que pueden esculpirse sin desdoro en mármol para aguardar ahí, petrificadas e inertes, una imposible eternidad; orladas, eso sí, con las justificaciones de quienes de tanto mirar hacia fuera no ha sabido dotarlas del hálito vital necesario.

Alzamos la voz, pero no escuchamos a aquellos que aún nos demandan, nos inquieren... aquellos que aún quieren saber algo de nosotros. Creemos en nuestra Patria como destino y como universalidad, pero acabamos entregándonos al más conservador de los nacionalismos. Antes que nada, España... pero nos dejamos seducir por la que no es nuestra España; a veces por miedo a que llegue este o aquel; en buena medida porque nos hemos dejado vencer por la mentalidad burguesa y su miedo a la pérdida de todo aquello que debiera ser superfluo; queremos ser revolucionarios y nos hemos hecho, sin saberlo, por debajo de las palabras conservadores.

La esencia era más importantes que la existencia; el fondo nunca fracasa, sí la forma. Teníamos algo más, precisamente todo aquello que se ha ido quedando por el camino: una mística, un discurso atrayente, el pulso de nuestro tiempo... no nos asustaba la modernidad ni la innovación. Fuimos heraldos de la rebelión de los inconformistas frente a la inexistente rebelión de las masas, que por ser masa carece de ese espíritu de contestación. Hoy, quizás en el camino hasta el presente, la forma y la retórica han sepultado todo eso bajo la losa de la incomprensión... sonamos a disco viejo de hace ochenta, cincuenta, cuarenta o treinta años. Reñimos más batallas con el pasado que con el futuro; nos hemos encerrado en las ebúrneas torres de la pureza y la autoconsunción y se nos ha olvidado lo esencial, ganar el corazón y la mente de nuestros compatriotas.

¡Cuántas veces hemos repetido aquello de que España había venido a menos por una triple división! La de los partidos -la casta, la corrupción, la partitocracia-, los separatismos y la injusticia social ¿Ha cambiado en algo el dictamen? Puede que los actores sean distintos pero el guión es el mismo.

Queríamos edificar un orden más justo pasando por encima de las miserias del capitalismo, detener la invasión de los bárbaros que con simpleza coyuntural identificamos con el marxismo o el comunismo, pero que anida en el corazón de los mercados, del capitalismo especulativo, de los poderes supranacionales y de la globalización. Hoy somos más ricos, vivimos mejor y hasta tenemos más oportunidades de promoción, pero las miserias sieguen siendo las mismas. Ya no hay lucha de clases, el marxismo anda en su último estertor y los sindicatos no dejan de ser educadas correas amarillas del sistema partitocrático -son la síndicocracia-. Ya no hay lucha de clase, pese a las consignas que a veces pululan por los panfletos de los antisistema amamantados y domesticados por el sistema. Hoy vivimos ya bajo la dualidad de la oligarquía de los de arriba con su clientela político-económica y los de abajo que somos casi todos y muy pocos parecen dispuestos a cambiar ese orden siempre y cuando puedan comportarse como consumidores felices.

Presentimos en el horizonte los destellos de la desazón del hombre-número-consumidor que no quiere seguir viviendo en la alienación sistémica. Hemos visto en nuestras calles y plazas a jóvenes y menos jóvenes entonando una canción que nos suena mucho aunque la letra y la música parezcan distantes. Recordemos que lo importantes es el fondo y no tanto la forma. Las formas son cambiantes, el fondo nunca. Hoy, una vez más, esos, los indignados, los descontentos, los rebeldes, comienzan a sentirse engañados y estafados pues les prometieron asaltar el cielo y los han sacrificados en el altar de los escaños. Sin embargo, el rescoldo aún late en quienes sueñan conscientemente con ideales por los que se pueda sacrificar la existencia.

Hemos sabido dar testimonio -nadie podría reprocharnos nada-, mantener un recuerdo; hemos seguido siendo, que no es poco, pese al canto de las sirenas en nuestro caminar hacia Itaca. Nos hemos dejado arrastrar hacia orillas que no eran las nuestras quizás abrumados por la desesperanza. En no pocas ocasiones hasta los nuestros o los próximos han pedido la "honrosa licencia": "habéis cumplido, pero vuestro tiempo ha pasado". Incluso se ha pretendido el finiquito del rescoldo para salvar el arquetipo humano de quien ya solo es polvo bajo una losa, pero vive en la eternidad. Lo que, en el fondo, no es más que la última renuncia antes de la rendición definitiva.

Cierra el micrófono...

Después de lo anterior, por todo ello, quizás haya llegado el tiempo de aceptar el reto de ser aquella nueva aristocracia que para España demandaba José Antonio en sus escritos de la cárcel, la que sería capaz de levantar el espíritu de la rebeldía



Nota para el lector.- Este artículo, ahora con leves variaciones para su mejor comprensión, ha aparecido en la notable Gaceta de la Fundación José Antonio. Me pidieron un texto sobre lo que en un actual 29 de octubre diría José Antonio. En su estilo nunca faltó la crítica, amén del análisis de la realidad y lo propositivo. Seducido por la "maravillosa" dialéctica de Marx no obvió la autocrítica para sí -la autoexigencia- y para su movimiento. Evidentemente es casi siempre la parte más ingrata, quizás por ello me haya decidido a plantearla para motivar a la reflexión.

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