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20150401214505-image.jpgEl primero de abril, aniversario de la victoria nacional, es hoy prácticamente una fecha más del calendario. De los fastos de antaño se ha pasado al silencio, la proscripción y, probablemente, con una interpretación radical de la mal llamada "ley de memoria histórica", a la persecución de aquellos que de algún modo pretendan no ya conmemorarla sino solo recordarla. Dada la inquisitorial coyuntura en que nos movemos resulta evidente que habrán de pasar algunas décadas hasta que la verdad del primero de abril pueda ser expuesta sin las cortapisas del sistema de censura directa vigente -la indirecta existe desde los años ochenta-.

La historia de los principales hechos del siglo XX no puede hacerse únicamente con documentos y testimonios orales o impresos, también nos quedan las imágenes. Recuerdos visuales que la izquierda utiliza admirablemente para identificarse con el pueblo -ahí quedan los reiterados fotogramas del catorce de abril en la Puerta del Sol-, movimientos de "masas" que llevan décadas presentando como aval plebiscitario de su razón -táctica propagandística que siguen utilizando en la actualidad tal y como ha ocurrido con el ficticio 15M o con las concentraciones perpetradas por Pablo Iglesias-, pero que censuran, minimizan o explican mediante peregrinas tesis -masas movilizadas a la fuerza, movidas por el miedo o pagadas con el bocadillo-, cuando son de signo contrario para poder negar esa misma capacidad plebiscitaria que ellos otorgan a sus concentraciones.

Cuando Martín Patino intentó cuadrar su filmografía antifranquista con una película documental hilvanada con las canciones de la posguerra titulada Canciones para después de una guerra, cinta frustrada porque los críticos acabaron viendo en ella casi una loa a Franco y una exaltación nostálgica, escogió para su inicio una larga selección de escenas de unos tres minutos de duración de la entrada de las fuerzas nacionales en Madrid el uno de abril, Día de la Victoria. El ritmo cinematográfico convertía en masas los pocos madrileños que ven la entrada de las tropas en las afueras de la ciudad. Imágenes del desbordamiento popular del uno de abril. Masas a ocultar porque la doctrina oficial nos dice que la guerra fue consecuencia de la ambición de unos cuantos generales que con el ejército sojuzgaron a la población e instalaron una dictadura -el régimen de Franco-, elevada sobre la represión permanente, que solo apoyaban los curas, los banqueros y los ricos. Tontería que han llegado a asumir incluso algunos de los que son herederos de las fuerzas políticas más militantes en la guerra. No viene al caso recordar que la sublevación, el alzamiento cívico militar de 1936, apoyado por todas las fuerzas políticas desde el centro a la derecha más extrema, fue el resultado de la política sectaria, antidemocrática, anticlerical y excluyente de los gobiernos de la II República, de la posibilidad cierta de que en España, por la miopía y falta de conciencia social de una parte significativa de la sociedad -entre ella todo el conglomerado oligárquico financiero terrateniente-, se produjera una revolución socialista -el PSOE era entonces revolucionario y no democrático- que impusiera la dictadura del proletariado. Así pues, tras esa sublevación hubo pueblo; es más, ese pueblo imponía que era necesario promover cambios sociales a esa estructura oligárquica que apoyó el movimiento condicionada por la defensa de sus intereses y que estará al lado de Franco mientras se mantuviera ese interés, aunque por debajo bramaran por el "impuesto revolucionario" que tenían que pagar. Esta es una realidad que hoy se pretende borrar de la historia.

El historiador al analizar en perspectiva esa fecha del primero de abril lo que percibirá es la alegría de la fecha, no sólo porque importantes masas de población lo sintieron como una liberación tras vivir escondidos, callados, como sombras en la zona roja, no solo porque era el fin de la guerra, sino también porque durante tres años lo que se había prometido era un tiempo nuevo bajo eslóganes atrayentes como la Patria, el Pan y la Justicia; con promesas de hogar, lumbre y pan para todos los españoles. Lo que indirectamente implicaba el deseo manifiesto de acabar con las causas objetivas que habían empujado a cientos de miles de españoles a los brazos de la revolución, pero también de incorporar a los beneficios que esa victoria iba a suponer a los vencidos y así crear una sociedad nueva. Lo que no implica que no existiera temor o que se desconociera la persistencia de la sombra de la venganza que hacía muy difícil la reconciliación social inmediata porque, evidentemente, los arcángeles guerreros pletóricos de bondad solo existen en la poseía de Pemán y en los cuarteles del cielo. No se podían borrar los odios acumulados por decreto. Pero no es menos cierto que cuando el historiador se toma la molestia de revisar las grabaciones cinematográficas, las fotografías de aquellos días, lo que ve son masas de españoles. Hasta, evidentemente por otras razones no exentas a las circunstancias políticas actuales, a la petulancia insultante del nacionalismo, el diario El Mundo en la primera edición de una selección comentada -ahí está la manipulación para vender la realidad como propaganda- de las grabaciones del NODO, nos encontramos con la multitudinaria y pacífica entrada de las fuerzas nacionales en Barcelona.

Aunque algunos se pasan la vida explicándonos que la utilización de los movimientos de masas con valor plebiscitario es cosa de dictaduras y fascismos, siempre que no sean de izquierdas, todos sabemos que ese recurso es ampliamente utilizado por las fuerzas políticas y sociales. No es necesario traer aquí ejemplos porque están en la mente de todos. Lo cierto es que el plebiscito de masas del uno de abril no fue remitiendo sino ampliándose. Ahí están las imágenes y las fotografías. Los efectos del programa político, pero sobre todo social y económico del primero de Abril, que Franco había expuesto, discurso a discurso, durante la guerra, al que asombrosamente fue fiel durante todo su mandato -ahí nos encontramos desde la idea de explotar el turismo a la repoblación forestal pasando por la industrialización-, lo que hicieron fue ampliar la base social de apoyo del régimen, como hasta hace poco tenían que reconocer los historiadores -hoy seria anatema mencionarlo porque la historia oficial es que las masas populares estaban contra Franco-. Hasta tal punto fue esa expansión popular del apoyo social a Franco, que arrancó a la izquierda grandes bloques de lo que constituía su base sociológica, constituyendo lo que se denominó "el franquismo sociológico", hoy por razón biológica muy reducido y prácticamente sin peso real, pero que a la muerte de Franco garantizó una amplia mayoría a lo que entonces se denominó el centro-derecha, con valores de apoyo real situados entre el 55% y el 60% del electorado. Fue ese franquismo sociológico, surgido de los efectos de la consecución del programa del uno de abril -ni un español sin hogar, sin pan y sin lumbre-, el que ganó las dos primeras elecciones democráticas -por eso no cabía una memoria histórica que solo es factible tras una premeditada campaña de proscripción y lavado de cerebro-, aunque la incapacidad de gobierno demostrada llevará a parte de ese espacio a volver a su espacio sociológico natural situado en la izquierda.

Así pues mirando la fecha del primero de abril con la perspectiva del mañana se hace evidente que las dos claves serían la popularidad y el arranque real de la modernización de España.



Nota.- Este artículo ha sido realizado para las publicaciones de la Findación Nacional Francisco Franco


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20150427235144-image.jpgNaturalmente que cada vez que aparece por televisión y sobre todo se amplifica a través del ciberespacio la amenaza yihadista, que por otra parte ya estaba en el islamismo radical, de reconquistar Al-Andalus, ergo volver a tomar Hispania, la inmensa mayoría de los españoles suelen esbozar una sonrisa; pero no debiéramos olvidar que esa reivindicación de Al-Andalus no es privativa del radicalismo.

Cierto es que pensar en una conquista estricto sensu a partir de las amenazas de ese ente que llaman Estado Islámico, asentado y tolerado, pues se miró para otro lado cuando se originó no queriendo ver el peligro, por la pomposamente rotulada como Comunidad Internacional en territorios de Irak, extendido a zonas de Siria y en el limes con Jordania, no deja de ser, de momento, un aparente brindis al sol ornado con la sonrisa que causa la promesa del EI de poner su capital en Córdoba. Pero nadie debiera obviar que en los últimos años se está procediendo en silencio en los países occidentales a formar el embrión de lo que en el futuro pudiera constituir la base de un ejército dispuesto a seguir las alucinaciones de un resucitado califato que sirve a no pocos intereses al mantener desestabilizada una zona de alto interés geoestratégico. Y prueba de ello son las detenciones de posibles neófitos yihadistas que arden en deseos de marchar a luchar en Oriente viajando, eso sí, en cómodos aviones.

Desde hace una decena de años las centrales de seguridad del occidente europeo viven en alerta ante la transmutación del hasta entonces denominado "radicalismo islámico" y la decadencia de Al-quaeda, hasta hace poco cabeza visible de este terrorismo y que las centrales de inteligencia tenían más o menos a tiro. La destrucción de las Torres Gemelas, los atentados puntuales, el 11-M y los ataques más recientes en Francia o Bélgica han hecho que algo que se veía como lejano o puntual sea percibido como una amenaza real por parte de millones de europeos que, por efecto de ello, miran con recelo a una parte significativa de la población musulmana que vive en sus países, entre otras razones por el efecto de radicalización que en algunos sectores, a futuro, pudiera experimentarse derivado de la pobreza y la frustración mezclada con el rechazo a lo que de decadencia moral conlleva la sociedad moderna, lo que ha sido y es el caldo de cultivo en el que se produce la para muchos inexplicable incorporación de europeos a las filas yihadistas.

Que existe un peligro real lo demuestran los sucesivos operativos y actuaciones de las centrales de inteligencia desarrollados en numerosos países de Europa, así como los protocolos de seguridad creados teniendo en cuenta el peso cada vez más real de esta amenaza y lo que a futuro pueda acontecer sea cual sea el futuro del Estado Islámico, tanto si se asienta y se permite su existencia o si se convierte en una zona de guerra permanente para impedir una estabilización de la zona que geoestratégicamente a nadie parece interesar. ¿Cuánto resistiría el nauseabundo califato, cuyas fuerzas armadas difícilmente superan las dos divisiones, ante una acción decisiva de eso que llaman la Comunidad Internacional? ¿Qué posibilidades tendría ante el metódico y sistemático ataque aéreo producto de la doctrina bélica americana antes de una acción terrestre definitiva? Pocas, pero parece que la doctrina oficial pasa por conseguir que sean los propios países de la zona los que por razón de competencia acaben con el califato, especialmente las repúblicas islámicas.

El problema es que el yihadismo, la renovación de la vieja idea de la expansión del Islam mediante la guerra santa, ha roto, con la nueva coyuntura, los márgenes entre los que se había desarrollado como mal necesario desde la guerra de Afganistán, la de los mujaidines y pesmergas contra la invasión de la URSS para mantener el régimen comunista en la zona. Fue entonces cuando la administración Reagan, tras haber perdido a manos de los islamistas un fiel aliado en la zona, Persia, la actual Irán, decidió apoyar a los islamistas para enfrentarse a la URSS. La guerra de Afganistán supuso la legitimidad del islamismo combatiente en Paquistán. Se transformó por ello en el primer movimiento importante de "guerreros santos" de todas partes y la llegada de financiación desde los países musulmanes, así como la patina de legitimidad en la lucha para millones de musulmanes que acabarán viendo en estos "nuevos guerreros de la fe" la válvula de escape a sus frustraciones frente a Occidente. Pero en realidad había nacido un monstruo que naturalmente hoy está fuera de control.

Quienes han analizado la evolución del yihadismo anotan que estamos en una nueva fase. La Yihad clásica tenía claros sus enemigos, sus zonas de actuación, sus objetivos: básicamente EEUU e Israel. Lo que atraía las simpatías de no pocos musulmanes. El debate era si los atentados debían ser indiscriminados o selectivos, si la población civil debía quedar al margen y solo se vería afectada como daños colaterales. Esto colocó a España en el mapa del yihadismo por la presencia de las bases americanas primero y después por su colaboración en las acciones sobre Irak.

El terrorismo yihadista estaba conformado a mediados de los noventa por la vinculación a las grandes organizaciones lideradas por la red Al-quaeda fragmentada en zonas de acción. España queda entonces bajo la amenaza de la sección norte africana, AQMI. Los nuevos terroristas solían reclutarse desde la radicalización en torno a determinadas mezquitas. Las células proliferaron por Europa, normalmente en grandes urbes, de ahí su presencia en Madrid y Barcelona, aunque se seguía pensando en la acción sobre objetivos vinculados a los EEUU, no en que en España pudiera producirse atentados tipo 11-M o el frustrado intento de volar el metro de Barcelona.

La transmutación del modelo organizativo-expansivo de los yihadistas, especialmente a partir de 2008, facilitada por el excesivo garantismo de la legislación española y la tardía y limitada reforma del código penal ya en esta década, supuso un cambio trascendente. Ya no se necesitan imanes y prédicas radicales. Los nuevos yihadistas son captados a través de la acción cada vez más intensa de los denominados ciberyihadistas. Ya no es necesario constituir grandes células durmientes cuando son más útiles y más dóciles los lobos solitarios con acceso a todo tipo de información táctica sobre terrorismo urbano (fabricación de bombas, utilización de gases...). Las viejas casetes con las prédicas se han sustituido por los mensajes digitales, toda una red femenina se mueve difundiendo consignas por washap. El resultado es que ha aparecido un entramado mucho más difícil de perseguir y controlar. Las cifras hechas públicas dejan constancia de su incremento. Desde 2004 se han detenido en España casi seiscientas personas vinculadas al yihadismo aunque resulta complejo mantenerlas en prisión. De los núcleos de Madrid y Barcelona se ha pasado a una diseminación por Valencia y Murcia, sin olvidar el punto caliente en que se ha transformado Melilla. Hasta tal punto España se ha convertido en una base para el yihadismo que la CIA ha dispuesto un operativo de vigilancia en nuestro suelo que ya lanzó una alerta máxima de posibles atentados el pasado mes de enero.

No pocas son las advertencias policiales sobre el riesgo que supone la proliferación de yihadistas y lo que a futuro pudiera tener de amenaza el retorno como lobos solitarios de los que han ido a luchar en Irak. Oficialmente estamos por ello en una situación de nivel dos. Aunque debido a los recientes atentados parece existir un consenso político a la hora de perseguir el yihadismo, lo cierto es que no se adoptan medidas efectivas ni preventivas ante lo que es una amenaza más que real. Se han puesto en marcha grupos como el de la Unidad Central Especial nº2 de la Guardia Civil pero mientras no se persiga el ciber-yihadismo y se cierren los canales de propaganda, incluyendo aquellas mezquitas en las que se predique el radicalismo y la justificación del yihadismo, difícilmente se podrá cercenar esta amenaza. Tampoco valdrá de mucho si no existe una acción coordinada desde la Unión Europea. De no ser así viviremos con la sombra de la amenaza y el in crescendo de las actividades terroristas. Pero de momento con lo que nos encontramos es con la preocupación de Amnistía Internacional ante el acuerdo gobierno-oposición para hacer frente a la amenaza.

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20150428233313-image.jpgOlvido y manipulación periodística en torno a unos papeles sobre el asesinato de García Lorca



Curiosamente -¡caprichos del destino!- cuando en 1972 se colocó en el Teatro de la Comedia de Madrid una lápida recordando que allí se fundó Falange Española, hoy retirada por la corporación municipal del PP escudándose en una aplicación sin base de la llamada Ley de la Memoria Histórica, se representaba la incomparable Yerma de Federico García Lorca. Por ello, un periodista notorio, de esos que ya pensaban en el después de Franco, entre líneas, hizo referencia al asesinato de Federico y a la "responsabilidad" de los falangistas que ya empezaban a cargar con las "culpas" de casi todos. Otro periodista le contestó que a la hora de buscar responsables debiera mirar en otras orillas ideológicas.

Hace unos días el digital eldiario.es y la Cadena SER difundían, con gran revuelo mediático, las fotografías de un informe elaborado en 1965 por la 3ª Brigada de Investigación Social de la Jefatura Superior de Policía de Granada remitido al Gobernador Civil, probablemente en respuesta a la solicitud de información cursada al ministro Fernando María de Castiella por la escritora francesa Marcelle Auciair que trabajaba en un libro sobre García Lorca que vería la luz en 1968. Lógicamente los medios citados recurrieron al sensacionalismo para presentar estos documentos no dudando en iniciar una curiosa carrera de manipulación. Lo que realmente ha interesado a no pocos no es lo que pudieran aportar estos documentos -no mucho, ciertamente- sino poder mantener que Lorca fue asesinado por "masón, socialista y homosexual", siendo pues un crimen político cuyo último responsable, naturalmente, se llamaría Francisco Franco.

En esa línea de interpretación el informe policial pasa a ser para la Cadena SER -grupo PRISA no lo olvidemos- la "versión franquista" del crimen, dándole un valor oficial a los documentos que en realidad no tienen. El País, que no podía faltar, con su habitual parcialidad en estos temas, anota a renglón seguido que "la dictadura ocultó el informe que la implicaba en el crimen de Lorca" y otro digital, panorama.es refería que estos papeles "certifican que Franco ordenó el asesinato", pues eldiario.es ya había anunciado que los documentos "prueban la implicación del régimen en el asesinato". Así hasta The Guardian ha dado la noticia afirmando: "Federico García Lorca was killed on official orders say 1960s police files" -anotemos en su descargo que el redactor lo ignora todo y ha hecho un refrito de los titulares españoles-. El Mundo, en pleno dislate, nos informaba de que "salen a la luz los documentos en los que el gobierno de Franco reconoce el asesinato" (todo el mundo sabe que un informe de la policía es igual a la opinión de un gobierno). Remata El Plural, en pleno carnaval de la ignorancia y la manipulación, diciendo que lo descubierto nos revela que Federico "fue asesinado por la policía franquista". Y para rematar hasta la página cristianosgay explica que "fuerzas falangistas procedieron a su detención".

La manipulación está servida para alentar el guerracivilismo ideológico de la izquierda a costa del asesinato de García Lorca volviendo a exhumar los mitos de la guerra civil. Alguien debería recordar a estos ínclitos manipuladores que en agosto de 1936 no existía régimen franquista alguno y que Franco no era la autoridad máxima de los rebeldes, de hecho hasta el tres de agosto no formó parte de la Junta de Defensa y aunque las fuerzas del sur estaban bajo su mando militar el poder desde Sevilla a Granada lo ejercía el general Gonzalo Queipo de Llano. Tampoco, como hemos señalado, el informe de una jefatura policial de Granada es reflejo de la posición del gobierno en 1965 por mucho empeño que pongan en ello; y, por supuesto, quienes asesinaron a Lorca no formaban parte de una policía franquista que no existía, ni...

Algo más hay en la lectura parcial y manipuladora que han hecho los medios de los documentos citados: la ocultación de lo que confirman. Por ello han evitado transcribirlos -como sería lógico-, para conseguir que se acepte su interpretación, salvo que alguien se deje la visión en el intento escudriñando en las reproducciones a baja resolución. Y si Franco es el culpable final de los hechos no es menos evidente cómo se esfuman los esfuerzos, confirmados en el documento, de los falangistas por salvar la vida del poeta. Invito a mis lectores, si no me creen, a que repasen la información publicada y vean como los manipuladores pasan sobre este asunto, e incluso llegan al extremo de El Plural de eliminar el significado ideológico de lo acontecido para decirnos simplemente que "los amigos de Lorca intercedieron por él", lo que es una verdad a medias que se transforma en la peor de las mentiras.

Dejemos a un lado que los papeles son un informe de hechos en los que no se entran a profundizar en los móviles reales del asesinato y en los que brilla la intención evidente de evitar la identificación de los responsables del crimen; que, en consonancia con la denuncia que causó el arresto de Federico que le llevó a la muerte, la detención se realizó bajo la acusación de "socialista, masón y homosexual" -¿demuestra esto que en 1965 aún se conservaba la denuncia que hoy parece desaparecida?-. Ahora bien, lo interesante es que la propia policía, en la Nota Informativa.Antecedentes, deja entrever la precariedad de algunas de las acusaciones: no había tenido actividades como socialista y se le "conceptuaba" así por sus manifestaciones y por su vinculación a Fernando de los Ríos; también en lo referente a una homosexualidad de sobra conocida la policía anota que "no hay antecedentes de ningún caso concreto en tal sentido" sobre sus "prácticas homosexuales". Casi parece que fueran partícipes de la afirmación de Luis Rosales de que "le mataron por una calumnia". Cierto es que nada de lo que se afirma es novedoso: ya estaba en el Expediente de Responsabilidades Políticas de Federico -de ahí sin duda recoge la policía sus datos- conocido de desde los años ochenta. Ahí aparecía el cuento de que era masón activo con el nombre Homero. Eso sí el "ideario comunista" es ya socialista y no se hace referencia a sus pretendidos poemas contra Dios -corrieron poemas falsos en Granada en 1936- o que casi fuera un hombre de Moscú (acusación habitual en los años de la guerra y los primeros de posguerra de que al final todo pasaba por Moscú y que hoy algunos recuperan como piedra filosofal de todas las explicaciones).

Lo que si avala el informe, cerrando toda especulación, pese a que los manipuladores hayan preferido dejarlo de lado o disimularlo, es el hecho cierto y conocido de que fueron varios los "antiguos falangistas" -camisas viejas- que "pretendieron su libertad", citando textualmente a los hermanos Rosales, al jefe local José Díaz -de quien yo recuerde no se había hablado- y al jefe de milicias Cecilio Cirre. Y el informe confirma otro dato importante: las amenazas a quienes, pese a ser falangistas de antes de la guerra, habían protegido al poeta e intentado salvarle. Así los Rosales, además de la sanción (25.000 o 50.000 pesetas), según el documento, pudieran haber sido objeto de unas represalias que "evitó la Falange granadina", aunque en realidad quien lo consiguiera fuera Narciso Perales, condecorado por José Antonio con la Palma de Plata, quien se hizo cargo de la jefatura del partido el 19 de agosto, dos días después del crimen. Pero estos datos merecen poco interés a los comentaristas, entre otras razones porque destruyen el mito oficial de esas versiones que suelen jugar con las verdades a medias como ha hecho el historiador izquierdista Santos Juliá al escribir: "para matar a Lorca hizo falta que las manos de fascistas de Falange, católicos de la CEDA, militares y guardias civiles rebeldes tuviera cada cual su parte del crimen", reiterando que "unos falangistas, católicos, militares, guardias civiles lo empujaron y lo llevaron a matar". Y si bien es cierto que un falangista de nueva camisa o de camisa-disfraz y familiar de Lorca participó en el crimen, que hubo milicianos azules a los que no importó ir a acordonar el cuartel de la Falange, no es menos cierto que falangistas de la primera hora le ocultaron, le protegieron e intentaron evitar su asesinato; pero, evidentemente, esto mejor es no mencionarlo.

¿Y Franco? Otro de los documentos nos habla de las posiciones en 1965 del Ministro de Exteriores y del Ministro de Información y Turismo, partidarios de dar a conocer los datos oficiales que se tuvieran sobre el asesinato de García Lorca a raíz de la petición efectuada por la escritora francesa aludida, por lo que trataron de convencer al Ministro de la Gobernación, general Camilo Alonso Vega, quien debió ordenar a la comisaría de Granada realizar el informe. No sabemos si esta cuestión llegó hasta Franco quien sí tenía informes sobre el caso.

Ian Gibson, conocido experto en la figura de García Lorca, hispanista de izquierdas, defensor de la vinculación del poeta al Frente Popular, ha sido contundente con respecto a la posible responsabilidad del Generalísimo: "Ni Franco era Franco entonces y quien manda en Andalucía es Gonzalo Queipo de Llano y Franco no intervino para nada en lo que pasó con Lorca". Pero esta afirmación carece de importancia, como hemos visto, para la pléyade de manipuladores.

El documento, que relata con evidente parecido a lo publicado hasta hoy lo referido a la detención, nos dice que después de la misma los "datos que pudieran adquirirse son muy confusos" entre otras razones porque desde aquel verano de 1936 ya nadie quería ser responsable de un crimen que la izquierda y los medios internacionales exhibía como acusación contra los rebeldes. Si creemos el testimonio del falangista Joaquín Romero Murube con autorización de Franco investigó los hechos en Granada poco después y acabó determinando, aunque pocos querían hablar, que el crimen fue perpetrado por los descontrolados que actuaban en la Granada prácticamente rodeada por el enemigo en aquellas semanas. Franco asumió que esa era la realidad de los hechos y así lo explicó a los medios extranjeros en 1937 indicando que "como poeta su pérdida ha sido lamentable". A esta versión se aferró hasta los años cincuenta, como lo demuestra algún comentario recogido por su primo Franco-Salgado. Aunque no está claro si la iniciativa fue de José María Pemán, en 1955 con autorización de Franco el poeta gaditano se entrevistó con los familiares de Lorca, algunos recién llegados del exilio, ofreciendo recuperar los restos de Federico para ser enterrados en el Valle de los Caídos. La familia se negó.

En 1959 el general Eisenhower, presidente de los EEUU, visitó España. Resulta que en su entrevista con el Generalísimo habló del asesinato de García Lorca. Franco mantuvo la versión de que fue obra de los descontrolados al principio de la guerra. Ike le indicó que no era así y que la CIA había investigado el caso (Agustín Penón) por lo que le remitiría un informe. Franco ordenó abrir una investigación y poco después encargaría a Pemán la misión de localizar a los testigos que hubiera para poder recuperar los restos del poeta. En este sentido el informe de 1965 parece recoger los datos que se tenían, pues indica el paraje donde se debió producir el asesinato -que concuerda con la zona que hoy se estima más probable- pero anotando que "es un lugar que se hace muy difícil de localizar". La incógnita que nos asalta es si existe documentación referida a la investigación ordenada por Franco según los testimonios y si Ike le llegó a mandar el informe. Ahora bien, en 1960 no todo se podía averiguar porque la pieza clave, el principal protagonista, el comandante Valdés había fallecido.

Hoy sabemos, en realidad se conoce desde hace décadas, que García Lorca, refugiado en la casa de los Rosales, auténtico cuartel de la Falange de Granada en el verano de 1936, fue detenido a resultas de una denuncia falsa firmada y probablemente redactada por el diputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso pergeñada en la redacción del diario El Ideal; que no muy lejos andaban el también cedista Juan Trescastros y el jefe de la CEDA Juan García Alix. Muchos años más tarde Ramón Ruiz explicaría que lo que buscaban era darle un susto por orden de Queipo de Llano para conseguir localizar al odiado Fernando de los Rios. Pero detrás lo que latía era la lucha por el poder entre los falangistas y los cedistas, aunque todos llevaran camisa azul, por el control político y nada mejor que eliminar la influencia de los jefes de FE acusándoles de proteger a un denunciado. Que Ramón Ruiz temía la posible reacción de los falangistas lo demuestra que fuera a ver, como anota el documento, a Miguel Rosales para que le acompañara a su casa para proceder a la detención del poeta y el hecho, que algunos han negado pero el documento demuestra, de que para ello hombres armados en número importante rodearan la casa donde estaba refugiado FEDERICO. Si como dice el documento los datos en 1965 eran confusos lo que no ofrece al historiador muchas dudas son los hechos.

El susto inicial a Lorca, la amenaza a los Rosales, acabó en algo más. La vida de Lorca no fue protegida pese a la promesa de la autoridad a los falangistas. No sabemos quién decidió trasladar a Lorca a la antesala de la muerte, si fue una decisión del gobernador civil, pero sí, y lo anota el documento, que fue sacado del Gobierno Civil por "fuerzas dependientes del mismo". Pero, ¿esas fuerzas eran soldados, milicianos, guardias civiles? Lo que nos dice la historia, ahí están los trabajos de Miguel Caballero y Antonio Ramos, es que en Granada pululaban a las órdenes del gobernador pero también operando por libre lo que se han denominado "escuadras negras", y entre ellas había una vinculada a las milicias falangistas que Narciso Perales eliminó rápidamente cuando ocupó la Jefatura en agosto; que el comandante Valdés, afiliado a Falange en febrero de 1936, puesto ahí por los Rosales, prefería a los hombres de la CEDA, a los nuevos falangistas procedentes e las organizaciones derechistas, que entre sus colaboradores civiles bajo su mando estaban, por ejemplo, los Jiménez de Parga (aconsejaron a uno de los Rosales que no defendieran a un maricón, según los testimonios publicados); que una de esas escuadras se llevó a Federico y que en ella figuraba uno de sus primos, Antonio Benavides; que entre los próximos a la autoridad estaban sus familiares los Roldán Benavides y los Rodríguez Alba con los que estaba enfrentado. Se dieron prisa en asesinarlo porque era evidente que si le retenían sus poderosos amigos, tanto su padre como los falangistas, conseguirían su libertad.

La venganza de los asesinos es una realidad difícil de esquivar pese a que ahora con estos documentos -esa es la intención de la publicación- se trate de mantener que lo mataron por lo que lo detuvieron, por socialista y por masón -lo de por homosexual vino después- (los tiros al cabezón se transformaron en los tiros al maricón). Es también evidente que con la detención y la amenaza a los Rosales el gobernador civil trataba de afirmar su autoridad; que Ramón Ruiz, el exdiputado al que José Antonio llamó el "obrero domesticado" no permitiéndole ingresar en la Falange, esperaba, además de contribuir a que la CEDA, disfrazada de azul o sin disfrazar, ocupara el poder en la Granada de aquellas semanas, acceder nuevamente al Olimpo de la fama política y del poder, nunca pensó que aquella firma sería la responsable de su ostracismo social y político. Como anotó Luis Rosales, Lorca se convirtió en la "pieza necesaria para la ambición política de un cretino". Después de los hechos todos los responsables indirectos, los que no habían apretado el gatillo del mismo modelo de mauser con el que se ejecutó a José Antonio, se escudaron, en sus recuerdos transmitidos a familiares, como última y única justificación, en unas teóricas órdenes dadas por Queipo de Llano. Si creemos el testimonio indirecto de Ramón Ruiz, años después, sería llamado por Franco para que explicara los hechos. Si mantuvo su versión debió responsabilizar a Valdés y a Queipo que ya habían muerto. Ahora probablemente volverá a cobrar fuerza la tesis de la orden de Queipo de Llano, porque andan los paladines de la memoria histórica intentando que sus restos sean sacados de la Iglesia que los guarda a los pies de la Macarena.

La realidad es que, como en 1948 escribía Pemán, fue "un episodio vil y desgraciado totalmente ajeno a toda responsabilidad e iniciativa oficial", entendiendo por tal a Franco añado yo. Como apunta Pilar Tarres en los "desaciertos mortales" de Federico, el "destino le colocó en el lugar desacertado en el momento inoportuno". Pero todo esto no quita al crimen ni el calificativo de execrable, ni permite que pueda admitirse justificación coyuntural alguna para los asesinos, ni que se olvide que fueron los "falangistas antiguos" los que inútilmente le protegieran e intentaran salvarle.

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