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“¡Otra vez las armas químicas!” Es lo que muchos pensamos cuando el presidente Obama exhumó la justificación que permitió convertir Irak en la ruina que hoy es para anunciar su inminente ataque -operación de castigo- sobre Siria que, según nos cuentan, no tendría como objetivo poner fin al régimen de Bashar al-Asad. ¡Una excusa! Simplemente los EEUU vuelven, como es habitual, a lo que ha sido una de sus señas de identidad en política exterior: el recurso a la cañonera para conseguir sus objetivos geoestratégicos. Una política que, dicho sea de paso, en momentos de crisis económica como los actuales, cuando además se entra en tiempos de recuperación y ampliación de empleo, se convierte en un buen negocio.

“¡Otra vez las armas químicas o las armas de destrucción masiva o peligrosas para la paz mundial!” que justificaron la invasión de Irak y la destrucción de este país. Armas químicas utilizadas, según se afirma sin mayor prueba, por el gobierno de al-Asad -el presidente debe ser bastante estúpido-, justo cuando la guerra se torna a su favor, que permiten una operación de castigo contra su país por violar un acuerdo internacional con el objetivo real de forzar un cambio de gobierno que naturalmente fuera más proclive a los EEUU y abandonara la tradicional alianza con Rusia. Difícil tiene Obama llevar a buen puerto su propósito cuando, por un lado, la denominada Comunidad Internacional no es partidaria de entrar en el avispero -salvo la grandeur del socialismo francés- y, por otro, el régimen de Siria ha anunciado que entregará todo su arsenal de armas químicas. Pero dispuestos a fabricar excusas para poder utilizar la cañonera es justo reconocer que los norteamericanos son únicos.

En realidad, desde que se produjo la caída del sha de Persia, fiel aliado de los EEUU, es constatable el deseo fehaciente de cambiar el juego de frágiles equilibrios que mantenían los países del próximo y medio Oriente. La expansión del fundamentalismo islámico, la amenaza permanente en que vive el estado de Israel, la caída del viejo orden capitalismo-comunismo, el intrincado mapa geoeconómico que se abre en las antiguas repúblicas de la URSS, por las que discurren los tubos del oro negro y el gas, y se cierra en Túnez junto con el intento de invertir las viejas alianzas diplomáticas revividas por Vladímir Putin han alimentado un increíble deseo de desestabilizar toda la zona libanizando cuantos más países sea posible.

En este proceso ha brillado como nunca la hipocresía occidental. Así hemos visto como quienes hasta el minuto antes de decidir que era necesario prescindir de ellos eran recibidos con todos los parabienes y aplausos, tanto por la izquierda como por la derecha, se convertían en enemigos públicos de la democracia y los derechos humanos (los casos de Gadafi, Sadam Hussein o Mubarak son arquetípicos). Nos han presentado, por ejemplo, el “genocidio” de los kurdos realizado por unos, pero se ha olvidado que lo mismo han hecho otros que son considerados aliados seguros. Se condenan determinadas violaciones de los derechos humanos pero se mira para otro lado en otros casos similares. Se pide la democratización en unos casos pero en otros se prefiere mantener regímenes que difícilmente se pueden calificar como tales.

El último instrumento de desestabilización, que se está convirtiendo en muchos lugares en la puntilla final, es esa gran farsa conocida como la “primavera árabe”, aparentemente surgida desde el descontento y los deseos de democratización populares que merced a las nuevas tecnologías, a la red, ha emergido con una fuerza incontenible. Convertida en mito casi incontrovertible, exaltada por la izquierda y la progresía mediático-intelectual, ansiosa de revivir sueños revolucionarios reverdeciendo el mayo del sesenta y ocho, no pocos siguen creyendo que en los países que la han visto surgir se está luchando por implantar regímenes democráticos plenamente identificados con los que existen en la Unión Europea. Y sólo hace falta ver a los manifestantes para comprender cuál es el cariz real de los planteamientos de los insurgentes. Sin embargo, la dura realidad, es que la mayor parte de los países que han visto florecer la “primavera” se han convertido en víctimas de la misma. Libia, pese al silencio mediático, continua en una guerra civil larvada con señores de la guerra; Egipto está al borde de la guerra civil; Siria sufre una guerra civil durísima… Turquía mantiene su estabilidad debido a su proximidad a la UE, al poder del ejército y los intereses de los EEUU. Los jordanos ven con temor la posible llegada de una primavera que nadie desea pero cuyo virus se está inoculando con agitadores enmascarados en los campos de refugiados…

No hace mucho he estado en Jordania. Allí me comentaban lo equivocados que estábamos los occidentales con respecto a la “primavera árabe”, porque lo que existe debajo de ella es simplemente el fundamentalismo islámico. Y ello significa no sólo la imposición de las normas de conducta del islamismo sino el fin de la convivencia entre fundamentalistas y no fundamentalistas -las jóvenes jordanas con las que estuve hablando temían como ninguna la llegada de la primavera con sus velos y discriminación- y, sobre todo, el fin de la tolerancia con las comunidades cristianas que existen en muchos de esos países. Así, los cristianos se convierten en el primer objetivo como ha sucedido en Irak y ahora acontece en Egipto o en Siria. Por ello, la “primavera” se transforma en la legalización del exterminio por razón de religión. Cristianos que han podido vivir con cierta tranquilidad en Irak, Siria o Jordania, que como minoría marginada han malvivido en Egipto -aún recuerdo la dura impresión que me produjo mi visita al barrio Copto en El Cairo no hace mucho-, pero que ahora en Egipto o Siria viven con la vida pendiente de un hilo, haciéndose real el martirio y la muerte por la Fe.

¿Por qué es así? Porque el futuro de esos países va a quedar en manos de los islamistas. El modelo de desarrollo de este cambio es sencillo: una vez desestabilizado el país con la torpe colaboración de occidente, caídas las instituciones, los únicos grupos realmente organizados son los islamistas. Se da en estos países la circunstancia de que los islamistas, cuyo horizonte político dista de ser la democracia occidental, es más es incompatible con las formas democráticas, aprovechan la democracia para hacerse con el poder y desde el mismo operar los cambios necesarios para establecer el régimen islámico. Es lo que estaba sucediendo en Egipto mientras en occidente se vendía el mito de que se estaba implantando la democracia. Creer que en Siria, en caso de que se produjera la derrota de al-Asad, se produciría un triunfo de la democracia es de una ingenuidad asombrosa.

Curiosamente, y es un dato a retener, Libia, Túnez, Siria, el Líbano, Irak no eran países alineados con los EEUU, en algún caso tenían claras vinculaciones con la URSS primero y con Rusia después; curiosamente eran o son países que habían buscado vías no islamistas de gobierno que ha acabado degenerando en muchos casos en dictaduras oligárquicas no exentas de la incolmable ambición del sátrapa… y ahora se ven amenazados por el fantasma fundamentalista. Y una vez que en ellas se impusieran los fundamentalistas, convertidos en enemigos públicos internacionales, sería factible, con el paso del tiempo, una nueva intervención definitiva contra este nuevo “eje del mal” que cambiara definitivamente los resultados de aquel mapa de naciones trazado con la escuadra y el compás al servicio de los intereses económicos de las antiguas potencias coloniales.

El problema de estas previsiones, que sin duda están en la mesa del Pentágono y en los juegos de guerra de Mossad, es que las conspiraciones, las guerras y la desestabilización se sabe cómo empieza pero no cómo acaba. La guerra de Irak alentó el resentimiento antioccidental entre las masas musulmanas y la amenaza con degenerar en un conflicto de largo alcance en la zona, pero no pasó de ahí. Una intervención en Siria, que podría acabar extendiendo el problema a Jordania e inflamando el Líbano, podría abrir un conflicto de largo alcance implicando a Israel con ramificaciones en Pakistán e incluso Afganistán cuyo resultado final nos acercaría a la talibanización desde las costas del Mediterráneo hasta el interior de Asia. Y eso sí que sería un problema para la paz mundial.

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Tengo la impresión de que de muy poco sirve tratar de refutar las mentiras/mitos pseudohistóricos puestos en pie por el nacionalismo catalán en los últimos cuarenta años. Creo que para la inmensa mayoría de quienes se manifiestan proclives a la secesión esos mitos carecen realmente de importancia, manteniendo su posición aunque estos se derrumbaran. Por ello, de muy poco sirve explicar la realidad de la Guerra de Sucesión -nada tiene que ver con un pretendido enfrentamiento entre España y Cataluña-, que Cataluña nunca fue un Estado o que formó parte de lo que fue la Corona Aragón, aunque nuestros estudiantes se encuentren con la transformación de los conceptos políticos medievales en la inexistente realidad de una “confederación catalano-aragonesa”. Menor trascendencia tiene recordar que el nacionalismo es algo relativamente reciente y que fue la máscara utilizada por la burguesía catalana para defender sus intereses económicos. Tratar de frenar el separatismo catalán explicando una realidad histórica que para quienes han asumido el independentismo no es la piedra angular de su planteamiento político es un error. Aunque no quiere esto decir que no sea necesario denunciar esa mitificación y mixtificación.

Mucha más fuerza que la mitología histórica -propia del nacionalismo romántico del XIX- tiene para los independentistas la ideología del victimismo y la confrontación. El victimismo les ha permitido crear una mentalidad de “pueblo” explotado, antes y ahora; la confrontación permanente, basada en la reclamación continua de un mayor techo competencial, ahora centrada en el reconocimiento del derecho a decidir y el concierto económico, exacerba el irracionalismo inherente a todo nacionalismo, facilita la construcción ideológica disolviendo los sentimientos de cohesión, integración y solidaridad nacional de los españoles que pueblan las tierras catalanas, pero también generando tendencias de rechazo entre el resto de los españoles que viven en otras zonas de la nación. Victimismo y confrontación consigue asentar entre muchos catalanes la dialéctica del enemigo, de un único enemigo responsable de todos los males: España.

Este proceso es en realidad fruto de la evolución política española de los prácticamente últimos cuarenta años. Algo que no hubiera sido posible -probablemente inviable- sin la decisión de los diversos gobiernos de ser complacientes con los nacionalismos, de permitir no ya la inmersión lingüística sino la inmersión ideológica en el nacionalismo, que es, en última instancia, la responsable del continuo crecimiento de la mentalidad secesionista que tiene su expresión plástica en manifestaciones como la Diada o en el apoyo electoral que tienen estos planteamientos. La progresiva disolución del concepto y la idea de España, cuya difusión no forma parte del corpus ideológico del duopolio PP-PSOE que ocupa el poder desde hace treinta años; el debilitamiento de los conceptos de integridad, cohesión, solidaridad y misión, básicos para definir España como realidad evitando su conversión en un término para designar simplemente un Estado, al que ha contribuido de forma decisiva el desarrollo del Estado de las Autonomías, han acabado convirtiéndose -sin pretenderlo- en eficaces colaboradores del secesionismo.

El secesionismo es hoy en Cataluña una realidad y conviene no ignorar que probablemente cuenta con un apoyo situado sobre el 30% de la población. Sociológicamente, ya no es sólo la expresión de la izquierda radical o de un sector importante de la burguesía catalana del palacete y del negocio que durante décadas, incluyendo los años del régimen de Franco, ha dominado, como una oligarquía, el poder social, económico y político en Cataluña, es también asumido, no sé si como mal menor, probablemente por efecto de la crisis, por unas clases medias tradicionalmente refractarias a todo tipo de riesgo y que han comprado la “persecución” como responsable del desastre económico provocado por la Generalidad. Esta realidad es así por la expansión de una razón de base similar a la que ha dado vida a la Liga Norte italiana, porque entienden que debido a su riqueza -producto en parte del sacrificio arancelario del XIX y de las inversiones durante décadas realizadas por parte del Estado- sus condiciones de vida serían superiores sin el lastre que supone el resto del país, especialmente de una parte del mismo que retratan como vagos, vividores mientras otros trabajan, y diletantes, porque se ven a sí mismos como el gran motor económico, como los pagafantas de la fiesta. Cualquier estudiante de economía podría no sólo derribar la imagen sino denunciar el simplismo de la misma; pero ello no quiere decir que el mito no haya arraigado con fuerza.

No estamos, pese a las declaraciones más o menos altisonantes, pese a los deseos de ERC, ante el peligro inminente de una declaración unilateral de independencia, porque por muchos catalanes y “charnegos” que hayan acudido a la Diada no representan a la mayor parte de la población de Cataluña y porque, finalmente, si la amenaza de la  consulta se hace realidad la pregunta, tal y como plantea Artur Mas, tendrá como objetivo la proclamación del “derecho a decidir” pero no la independencia en sí, aunque nadie pueda ocultar el planteamiento plebiscitario de la misma. Y estoy seguro de que Arturo Mas respiraría si el gobierno de Mariano Rajoy adopta una posición contundente contra la posible consulta e impide que se ponga en marcha. No vamos a estar en los próximos meses ante el punto sin retorno, simplemente porque el secesionismo burgués de Convergencia y el taimado independentismo de tertulias de café de lujo de Unió está perdiendo el apoyo de importantes sectores económicos pesados catalanes y de los grupos de inversión. Sectores que a la inversa de lo que acontecía en el siglo XIX ven en el nacionalismo no una protección sino un obstáculo cada vez mayor para sus intereses.

Ahora bien, estamos ante una coyuntura político-económica que puede variar en una o dos décadas, evolucionando en un sentido o en otro, por lo que el gobierno y los dos grandes partidos PP-PSOE deberían, ahora que estamos a tiempo, variar su posición con respecto a los nacionalismos para, en vez de acercarse ideológicamente a ellos, con la vana pretensión de hacerse simpáticos a sus votantes, en vez de plantear una nueva redistribución de competencias o abrir vías para conceder formas de concierto económico, impulsar la idea de España implementando vías para rehacer el sentimiento de cohesión, integración y solidaridad nacional. Mucho me temo que esta vía para la restauración nacional no está ni en la agenda del PSOE ni en la del Partido Popular.

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Todavía no entiendo el porqué de esa devoción que Juan Manuel de Prada despierta en algunos sectores; ni porqué ha acabado convirtiéndose para algunos en un gurú de cabecera.

He leído con cierta desgana el artículo que ha dedicado -sin nombrarla por supuesto- a la entrevista concedida por Su Santidad Francisco a una publicación de los jesuitas. Me parece un artículo preñado de mala baba y no exento de manipulación que ha sido o está siendo utilizado para atacar a Su Santidad como fuente suprema de autoridad.

De Prada ha escrito este artículo profundamente molesto porque el Papa ha declarado, al hablar sobre su autoritarismo al frente de los jesuitas, que él nunca fue de derechas; molesto porque entiende que después de esto nadie querrá ser de derechas y porque en el fondo forma parte del nutrido y equivocado grupo de quienes hacen dogma la siguiente ecuación: derechas=iglesia=catolicismo.

De Prada, que es tan inteligente como buen dialéctico, con la prosa que le caracteriza, aunque contenido en su prodigalidad habitual en la utilización de los adjetivos, necesitaba una argumentación más sólida para sembrar la duda entre los lectores de derechas del ABC; más pruebas de que en el fondo el Vaticano estaba tomado por un “rojillo”, aunque quede lejos de quienes le consideran el anticristo o simplemente un masonazo argentino. Y he aquí que ha rebuscado en la entrevista la frase escandalosa que por sí sola se convirtiera en argumento definitorio y definitivo. Nada más sencillo que explotar la tesis -manipulándola- del Papa de que no sólo se debe hablar del aborto y los gays. Lo hace cuando conoce exactamente el valor del término "sólo", que no es equivalente a no hablar o a ocultar. Pero de Prada nos atiborra de párrafos para subrepticiamente decir que Su Santidad Francisco lo que está pidiendo es un silencio conformista, una posición menos agresiva, casi contemporizadora, con respecto al aborto para congraciarse con la progresía.

Si eso lo hubiera escrito cualquier otro que no fuera de Prada podría argüirse que era víctima de las simplificaciones de los titulares de prensa. Ahora bien, de Prada, que creo es o ha sido no sé qué cosa del Observatore, que arremete contra la entrevista fantasma -“cierta entrevista”-, tiene mejor acceso a las palabras del Papa que quien esto escribe y, sin embargo, oculta que hace unos días, después de esta entrevista y antes de que se publicara, realizó un discurso centrado en el tema del aborto sosteniendo lo que todos sabemos: “Nuestra respuesta ante esta mentalidad es un sí a la vida, decidido y sin vacilar. El primer derecho de la persona humana es su vida. Ella tiene otros bienes y algunos de ellos son más preciosos, pero es este el bien fundamental, la condición para todos los demás”. Más claro y contundente no pudo ser, ni más concreto en lo que significa para él su tergiversado "sólo". Pero a Juan Manuel de Prada esto no solo no le interesaba sino que además no quería que le interesara a sus lectores y en eso no se diferencia de quienes de forma mucho más directa atacan a Su Santidad por el bien de la Iglesia.

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