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El último golpe de Hugo Chávez

Publicado: 17/01/2013 19:45 por Francisco Torres en sin tema
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Probablemente la situación de Hugo Chávez, presidente-dictador-democrático-socialista venezolano, internado en un hospital cubano desde el pasado once de diciembre, no sea irreversible; de ahí el mutismo oficial sobre el estado real de la salud del presidente y las continuas declaraciones de que aún está luchando por su vida. Sin embargo, leyendo crípticamente las escasas noticias difundidas y conociendo las complicaciones que presentan los tratamientos contra el cáncer, la infección pulmonar y la insuficiencia respiratoria que padece es, en este tipo de enfermos, algo gravísimo que puede conducir a la muerte. Cuando muchos esperaban algún tipo de mensaje positivo tras la visita de diversos mandatarios americanos a Cuba, interpretada en clave de cónclave, tanto las declaraciones de Cristina Fernández como de Ollanta Humala, que había anunciado que naturalmente preguntaría por el estado real de Chávez, las escasas palabras pronunciadas, han sido altamente reveladoras. La presidenta argentina se limitó a expresar su “solidaridad y acompañamiento” con el presidente venezolano ante el grave momento que vive y Humala guardó silencio. Pero con su visita ambos presidentes han escenificado el apoyo al mantenimiento de la legitimidad de Chávez como presidente independientemente de su no comparecencia el día 10 en la toma de posesión.

Es posible que Chávez se recupere si es cierto que está respondiendo al tratamiento. Pero lo evidente es que se encuentra en una situación límite que probablemente no entraba dentro de la agenda chavista. Algo que implícitamente ha reconocido el presidente cubano, Raúl Castro, en unas declaraciones efectuadas durante la reciente visita de los presidentes de Perú y Argentina en las que manifestó “su seguridad en la capacidad del pueblo venezolano y sus instituciones para afrontar y vencer cualquier desafío”. Sin embargo, los partidarios de Chávez son conscientes de que no es lo mismo contar con la figura de su líder, cuyos apoyos exceden al Partido Socialista Unido de Venezuela, que afrontar la crisis de la sucesión en la que la oposición ve una posible fisura para poner fin al régimen chavista dada la situación de ruina en que Venezuela se encuentra.

Estoy seguro que Chávez, quizás engañado por su desmesurada megalomanía, no había previsto que su vida pudiera acabar en un hospital cubano, de lo contrario, desde su última intervención, hubiera preparado la supervivencia del chavismo más allá de su existencia personal con una solución al estilo de la puesta en marcha por Fidel Castro en Cuba. Cierto es que el chavismo no es un movimiento homogéneo y que se encuentra dividido en dos grandes facciones encarnadas en Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, y el hombre fuerte del partido, sucesor teórico de Chávez, Nicolás Maduro, por lo que la designación del “heredero” resultaba compleja. Pero, al mismo tiempo, no es menos importante subrayar la desunión que reina en las filas de una oposición fragmentada y enfrentada con una capacidad de movilización mucho menor que  la del PSUV.

Hay quienes, aferrándose a algo tan vacuo como la Constitución venezolana, estimaban que dada la imposibilidad de que Chávez acudiera a la jura en el plazo cumplido se tuviera que escoger otro presidente, lo que podría conducir a nuevas elecciones. Cualquier otra salida no sólo sería inconstitucional sino que conllevaría la ilegitimidad democrática del gobierno. Ahora bien, ya se sabe que los recursos de constitucionalidad a unos tribunales que, en definitiva, dependen del poder político rara vez contradicen al ejecutivo. Si es así en “democracias avanzadas” como la española qué no sucederá en países de dudosa limpieza democrática como Venezuela. Como era de esperar la Sala Constitucional del Tribunal Superior de Justicia, se pronunció de acuerdo con los deseos del chavismo -lo que no debería extrañarnos dada nuestra propia situación- retrasando la jura del “gorila rojo” al día que pueda hacerlo dándole un plazo de seis meses pudiéndose así constituir el gobierno de la mano del vicepresidente Nicolás Maduro. Algo que, por otra parte, han apoyado veintidós presidentes de países hispanoamericanos dejando claro que no están dispuestos a apoyar la desestabilización de Venezuela, lo que deja a la oposición sin la opción de recurrir a la Comisión Interamericana o al Mercosur. De nada han servido pues las denuncias de la oposición sobre el significado de una resolución que conllevaba la “alteración constitucional del orden democrático del Estado”.

Desconocemos cómo se encuentra el “gorila rojo” pero es evidente que desde la Habana está pilotando un proceso con el que, independientemente de su futuro, trata de asegurar la continuidad de su régimen. De ahí que la cúpula chavista fuera a Cuba en los días previos a la toma de posesión del día diez.

Venezuela es hoy un país muy polarizado y pocos son los observadores que estiman posible que la desaparición del presidente venezolano no abra las puertas a un período de enfrentamiento. La oposición que ha iniciado su movilización entre los universitarios -el sector donde el chavismo es irrelevante- y ha anunciado una manifestación para el día 23 en defensa de la “democracia y la Constitución” ante la sentencia del Tribunal Supremo que para ellos equivale a un golpe de estado. Pero también el chavismo está movilizando sus masas sacando a la calle a la gente desde el día nueve de enero.

Lo más probable es que estemos ante el inicio, con Chávez o sin él pero con la última orden del presidente, de una nueva toma del poder, de una nueva oleada revolucionaria. Al menos eso es lo que está alentando el PSUV. Con ello, además, pretende contribuir a mantener unido el chavismo durante la transición. Chávez ha planificado, en definitiva, su último asalto al poder. Los mecanismos se están ajustando: a la movilización en la calle se suma la preparación de las Fuerzas Armadas para garantizar el cambio y la puesta a punto de las milicias socialistas para aplastar a la oposición. Ese es el plan de Chávez para asegurar la continuidad de su régimen.  Queda por saber si realmente, para exacerbar aún más la situación, tal y como se ha anunciado, en breve Chávez se dirigirá a los suyos telefónicamente probablemente para alentar la nueva toma del poder, la nueva revolución.  

 

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                   Mariano teme a los idus de marzo

Visto lo visto lo ilógico sería que los ciudadanos no estuvieran indignados. Sólo los incondicionales -que los hay- o los ciegos se conforman ya con explicaciones tan burdas y tan absurdas como las que estamos oyendo ante el primer amago de que caiga algo más que el extesorero del Partido Popular. Excusas propias de los tiempos en los que casi todos preferían mirar para otro lado; refugiarse en un cómodo nirvana para no preguntarse, como decía un viejo cuplé, “de dónde sacan para tanto como destacan”. En tiempo de bonanza, cuando el pelotazo y la mordida estaban bien vistos, aceptados socialmente, cuando los trapicheos y las comisiones eran perdonadas porque a todos llegaban, podían ser suficientes las declaraciones, las justificaciones y los siempre eficaces mensajes que los testaferros mediáticos se encargaban de esparcir como nuevos predicadores de la verdad.

Empantanados en la cómoda y resultona explicación del “y tú más”, que diluye y hace olvidar las responsabilidades la casta política -el grupo de partidos que de verdad son poder-, no han sido capaces de asimilar la profunda repulsa de una ciudadana que los ha soportado como un mal necesario. Hasta hoy se han refugiado, porque ha sido efectivo, en la sempiterna explicación de que de lo que estaban hartos los ciudadanos era de los “otros”, de los que habían abandonado el poder, porque siempre tenían a mano esos “otros”.

Lo que ha acontecido en los últimos días -muestra del grado de podredumbre del sistema partitocrático que tenemos- probablemente haya sido una de las gotas que está amenazando con colmar el vaso, pese a los enormes esfuerzos que por reconducir la situación están desplegando los altavoces mediáticos del gobierno para mantener al menos a los propios dentro de los escasos márgenes de credibilidad que aún conserva el ejecutivo de Mariano Rajoy. Puede que el presidente del gobierno y máximo dirigente del Partido Popular, que ha formado parte del núcleo dirigente del partido durante prácticamente las dos últimas décadas, crea que para conjurar la verdad es suficiente con unas palabras recibidas calurosamente por lo más florido de sus mesnadas; con frases altisonantes que de tan reiteradas suenan a palabrería hueca -¿de qué han servido las comisiones de investigación en España?-; que  todo queda solucionado simplemente con anunciar que llegará hasta la verdad “caiga quien caiga” sin que el pulso le tiemble y su periódico favorito lo reproduzca en portada. Puede Mariano Rajoy pensar que la bobalicona ciudadanía acudirá sin problemas nuevamente a pastar seducida por ese bochornoso argumentario remitido por la Oficina de Información del PP a todos los dirigentes y periodistas amigos para que repitan como los loros o las cacatúas, como de hecho llevan haciendo desde que estallara el escándalo, lo que no son más que consignas elevadas sobre la piedra angular de la negación y las verdades o mentiras a medias. Maniobras que no hacen más que ampliar el descrédito cada vez mayor de la clase política ante una ciudadanía que ni tan siquiera cree que la justicia pueda actuar contra ellos. Y, en esta ocasión, la sensación de deterioro es tal que ni la alegría va por barrios, pese a lo triste que anda la barriada socialista, por lo que hasta Pérez Rubalcaba -¡quién lo diría!- trata de refrenar a sus dientes de sable ansiosos con lanzarse a la yugular abierta del PP.

Los 22 millones de Euros acumulados por el tesorero-gerente del PP sumados a las revelaciones del diario El Mundo, cuyo encargado de investigación anuncia que si se supieran los nombres de sus fuentes temblaría Génova 13, acerca de los sobres repartidos con jugosos emolumentos entre miembros de anteriores cúpulas del partido, se añaden al rosario de corruptelas que hacen que el español de a pie, ese al que los altavoces mediáticos y algún político acusan de haber vivido por encima de sus posibilidades y casi de ser responsables de la crisis, se sienta tan engañado como estafado. Muchos son ya los presuntos estafadores: socialistas y populares, yernos que nos retrotraen a los tiempos de los hermanos, negocios fraudulentos orquestados desde el poder con ERES, millones acumulados en paraísos fiscales por sonoros apellidos nacionalistas, tramas de corrupción para financiar al partido que acaban por financiar a los conseguidores y como estrambote los menús de calidad para diputados del Congreso a 3.55 -el resto hasta completar la factura lo pagan los españoles que han vivido por encima de sus posibilidades- mientras en los colegios se tiene que recurrir a la fiambrera rebautizada con un insoportable anglicismo y se les cobra por el uso del tenedor, la servilleta y el microondas.

Puede Mariano Rajoy, Cospedal y demás tomar a los ciudadanos por borregos o tontos, o quizás creer que están dotados de ignotas capacidades hipnóticas, pero el rostro debiera demudarse cuando en su argumentario blasonan de que el tal Bárcenas, un aprovechado que se hizo rico sin que nadie en Génova 13 se preguntará cómo era eso posible, “dejó de ser tesorero, senador y militante” del PP y que todo se reduce a un asunto particular de un señor particular. Tan particular que según es público y notorio el que ya no era ni militante seguía teniendo coche del partido y despacho en Génova 13 hasta los días previos del estallido del escándalo, con lo cual todo está dicho.

Quizás alguien debiera recordarle a Mariano que “Bruto no era un hombre honrado” y que la mujer del César no sólo tiene que ser virtuosa sino además parecerlo si no quiere perder la credibilidad. Aunque probablemente al presidente del gobierno le preocupen mucho más los idus de marzo que nuevamente se anuncian. Esos en los que por el bien del partido como antaño lo fuera por el bien de Roma se puso fin a la vida del César.

 

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               Alicia y el cuento de la lechera

Se equivoca, una vez más, el Partido Popular si piensa que es posible dejar en nada, en meras palabras sin “ningún tipo de validez jurídica, como estima Mariano Rajoy para  poder practicar así el tancredismo que le caracteriza, el proceso secesionista que abre la denominada “declaración de soberanía”, entregando al nacionalismo más competencias económicas; haciendo posible, como contrapartida al abandono de la ilegal convocatoria de una consulta independentista, sin utilizar tal nombre, el pacto o concierto fiscal que forma parte del núcleo duro de la hoja de ruta nacionalista para alcanzar la independencia de forma progresiva.

Pensar, a estas alturas, que el nacionalismo, cuyo objetivo último no es otro que la independencia, va a conformarse con un nuevo modelo de financiación que complete el marco creado por el Nuevo Estatuto, aceptando una variación sensible en el actual Estado de las Autonomías para crear un modelo asimétrico donde las “nacionalidades históricas” tengan prácticamente una relación de bilateralidad con el Estado, es tratar de eternizar una constante vuelta a empezar cada vez que se cierra un nuevo programa de cesiones tras las escalada secesionista primigenia.

Fracasada la presión que sobre CiU han ejercido las oportunas revelaciones sobre la increíble fortuna de sonoros apellidos nacionalistas, los escándalos de corrupción en Cataluña, incluyendo la inasumible salida de rositas de Unió tras confesar -¡no les quedaba otro remedio!- que el partido se financiaba ilegalmente, en vez de proceder jurídicamente, al amparo de la legalidad vigente, contra el presidente de la Generalidad lo que el PP, a través de Alicia Sánchez Camacho, está poniendo sobre la mesa es su oferta de financiación especial para Cataluña, aunque en el camino quede la igualdad de los españoles y el principio de solidaridad nacional.

Conviene no engañarse. No es que el PP se haya sacado un conejo de la chistera o que Alicia Sánchez Camacho  haya cambiado. De hecho, durante la campaña autonómica, la dirigente popular practicó un doble lenguaje y por debajo de la pirotecnia patriótico-constitucional defendía que no todas las autonomías tenían por qué ser iguales, por lo que se podría debatir sobre la viabilidad de un modelo especial de financiación para Cataluña.

El proyecto del PP catalán, asumido por lo visto por el PP nacional, pasa por alcanzar el “pacto fiscal” sin que se llame así. Básicamente lo que la señora Sánchez Camacho pide es que el Estado ceda nuevos impuestos a la Generalidad, una administración compartida entre las agencias tributarias estatal y catalana y un cambio en el sistema de aportaciones de tal modo que al final no sólo Cataluña aporte menos a las arcas del Estado sino que al incrementar su financiación reducirá lo percibido por las demás autonomías.

Con esta táctica el PP busca atraerse a Unió -suspirando está el gobierno por una ruptura imposible-, hacer caja electoral en el nacionalismo burgués conservador, dar argumentos a lobby económico catalán -el principal escollo para Arturo Mas- y, de paso, ampliar su base electoral entre los votantes descontentos de CiU. El problema es que, probablemente, Sánchez Camacho desconozca el valor de fábula del cuento de la lechera.

De lo que la señora Sánchez Camacho debería tomar nota y dejarse de veleidades es del crecimiento continuo del grupo Ciudadanos que con una postura firme se sitúa frente a todo aquello que produzca diferencias y desigualdades entre los españoles. De lo que la señora Sánchez Camacho debiera ser consciente es que son ya multitud los españoles que están hartos de pagar y poner la cama para que otros la disfruten.

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Seguir manteniendo, cuando tenemos prácticamente seis millones de parados, que la reforma laboral -necesaria reforma estructural para salir de la crisis nos dijeron- ha sido un acierto no deja de tener una gracia siniestra. Cierto es que el gobierno se curó en salud advirtiendo que en 2012 el paro crecería -así ha sido!, para que luego digan que el gobierno no calcula bien- en unas seiscientas mil personas, pero que 2013 sería el año en el que merced a la reforma se crearía empleo. El gobierno y sus acólitos mediáticos afirman ahora, ante la realidad de los datos, que los efectos positivos se retrasarán hasta el último trimestre de este año, pero los analistas menos partidistas ven difícil que esto suceda antes del 2014.

Frente a la realidad de los números el argumentario de los populares -ese que envían a todos sus dirigentes y amigos de la prensa- se ha convertido en un indescifrable galimatías entre el “digo” y el “dije” aireado con cara de pristina inocencia por la inefable Fátima Bañez. Como la reforma laboral, por más que se empeñen, no ha creado empleo ahora nos dicen que su éxito radica en que la destrucción de puestos de trabajo, merced a la flexibilidad introducida, no ha alcanzado cifras mayores salvándose muchas empresas del cierre. Es posible en algunos casos pero puestos a decir tonterías no podemos dejar de lado las declaraciones de Javier Arenas, exministro de Trabajo, explicándonos que desde que tenemos esta reforma “somos más europeos”.

El gobierno, en especial sus titulares económicos, enfrascado en la búsqueda de “brotes verdes”, como si el optimismo zapaterista aún pululara por los salones de la Moncloa, nos dice que la reforma está consiguiendo la “desaceleración” -otro eufemismo idiota- en la destrucción de empleo. Lo que puede afirmar porque nadie recuerda algo tan simple como que al tener una cifra tan alta de desempleados la destrucción es cada vez menor.

La realidad que no se quiere ver es que el problema económico de España no es la rigidez de su sistema laboral, ni la solución está en liberalizarlo aún más. Son muchos los países de Europa con sistemas teóricamente menos rígidos por con coberturas y prestaciones mayores que las que reciben los trabajadores españoles, y éstas también son costes salariales. El problema estructural español es de sistema productivo. Y como el gobierno es incapaz de entrar en este vital apartado prefiere especular con los beneficios derivados de un empleo más barato y con unos trabajadores con menos prestaciones.

Cualquier estudiante de económicas sabe que es imposible generar empleo con previsiones de crecimiento negativo o sobre el cero y las previsiones para 2013 se mueven en esos parámetros. Para crear empleo de verdad la economía española tiene que crecer a un ritmo superior al 1.5% y de momento es difícil que esto suceda en 2014. Ahora bien, si no se ponen hoy las bases de un nuevo modelo productivo nuestras tasas de paro continuaran enquistadas en niveles altísimos.

Mientras, la realidad es que la reforma laboral está sirviendo para que las grandes empresas reduzcan costes salariales y cambien trabajadores caros por otros más baratos. No es necesario citar nombres porque están ahí. Casos como el de un gran grupo que ha rebajado el sueldo a sus trabajadores en porcentajes importantes para evitar despidos pero que, al mismo tiempo, ha invertido 65 millones de euros en la compra de otro grupo. Asustaría e indignaría poner en negro sobre blanco los nombres de estos grupos que amparándose en pérdidas irreales -reducción de beneficios sobre lo que tenían previsto- han aprovechado la reforma del gobierno para reducir costes salariales… Así las alabadas medidas de flexibilidad acaban sirviendo para cambiar unos empleados por otros más baratos.

Y lo mejor es que tras las cifras, con una tasa de paro del 26.2%, el gobierno ha elaborado como complemento un Plan Anual de Empleo,  anuncia una Estrategia de Emprendimiento y Empleo Joven (no está mal que se lo plantee con un paro juvenil del 60%) y de paso busca transferir a las agencias de empleo privadas -a tanto por ciento de comisión por el trabajador colocado- el servicio que debiera hacer ese registro de parados llamado INEM. Así, aunque lamentablemente las cifras sigan diciendo que vamos mal, el gobierno y su mariachi mediático podrán seguir diciendo que nunca en tan poco tiempo han hecho tantas cosas.

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