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Cuando, en la entrevista propagandística perpetrada en la primera cadena de televisión española, escuché a Mariano Rajoy aquello de que “nadie quiere que alguien se muera en la cárcel” -palabras aproximadas- asumí que al Partido Popular le daba absolutamente igual el teórico desgaste electoral que pudiera suponer una nueva pseudonegociación con ETA y que el presidente está dispuesto a ofrecer a la hidra aberzale, como gesto de buena voluntad para que convenza a ETA de que ha llegado la hora de la disolución, la liberación-excarcelación de los terroristas. Por ello, hoy, el asesino de la organización ETA, jaleado por el universo aberzale, héroe indiscutible para la inmensa mayoría de los representantes y votantes de Bildu y Amaiur, Josu Uribetxeberria Bolinaga es un hombre libre; porque el gobierno así lo ha decidido y buscado. Como de costumbre el poder político ha buscado los resquicios de un Código Penal lleno de agujeros pensados para tener siempre una vía de escape, utilizando como fútil excusa exculpatoria la “misericordia humanitaria” de la ley. Un Código y las leyes de régimen penitenciario en los que, por decisión política, se ha obviado algo tan fundamental como que los terroristas deben tener en el mismo un “tratamiento” distinto en el que no caben beneficios penitenciarios.

Con su gesto misericordioso, que pocos entienden y comparten fuera de los ámbitos de poder (esta mañana escuchaba a un pepero irredento en una tertulia explicar que esto debería haberse hecho en silencio, sin tanta algarada, como siempre se ha hecho en una aplicación irritante del “¡todo vale si no produce ruido!” que tanto gusta a los políticos), Mariano Rajoy y quienes han contribuido a la liberación de un asesino han vuelto a matar a sus víctimas. Para ellos, en definitiva son más importantes los verdugos que los familiares de las víctimas a los que solo queda el derecho a la protesta callejera. Pero han hecho algo más, han dado una nueva victoria a ETA y alas para que ahora los presos, desde el último terrorista a Otegui asuman que la victoria es posible. Ellos, los presos, etarras y aberzales, se pusieron en huelga de hambre para conseguir la liberación (dejemos a un lado el eufemismo pelotero de la excarcelación) del asesino y lo han conseguido. La lectura que se hará en el exultante mundo aberzale, el de Bildu y Amaiur, pero también en parte del denominado “nacionalismo civilizado” del PNV, es que este gobierno cede ante la presión.

El presidente del gobierno se ha escudado en las razones humanitarias y pocos han osado realmente llevarle la contra aunque a algunos dirigentes populares les guste jugar a aquello del “poli bueno” y el “poli malo” no sea que algunos electores abran los ojos. Hoy, sin duda, Baisagoiti, ese político con cara de niño repelente, estará contento; pese a sus consignas para mantener la llama que evite que los votantes vascos del PP se queden en su casa ante lo que para ellos comienza a ser una traición, el vasallo de su señor sabe que su única oportunidad es conseguir un pacto con el PNV haciéndose amable para los nacionalistas moderados y ¿qué mejor baza que ofrecer la liberación de quien en las calles es transmutado de asesino sanguinario en héroe? Por el contrario, los españoles de bien, se preguntan: ¿por qué razón un asesino no puede morir en la cárcel? ¿es que tuvo él algún signo de piedad? ¿cómo estarán las familias de los asesinados? ¿en qué quedan las promesas de cadenas perpetuas y de cumplimiento íntegro -falacia que oculta que nunca será total- de las penas? ¿qué sesudo experto demoscópico -probablemente el inefable Arriola- le ha dicho a Mariano eso de que nadie quiere que un asesino muera en la cárcel?

Al español medio, ajeno a los vericuetos de la ley, todo esto le huele a sucia maniobra, a cocina política. No tiene más que abrir los periódicos: un enfermo terminal que hace unos días mejora; médicos que dicen que no existe riesgo de muerte inminente; un Fiscal que se opone a la liberación; informes forenses que dicen que de morirse mañana nada de nada; informes entre los que se escoge el que más conviene; visitas de paripé al asesino. Y hemos oído al presidente de la VCT lamentarse de que el PP les haya engañado después de haber pedido públicamente el voto para esta formación en las últimas elecciones. ¡A veces me sorprende la candidez de algunos! Y hemos visto a la presidenta de la AVT salir amargada de la reunión con un Ministro del Interior que se ha escaqueado a la hora de comprometerse con la ilegalización de Bildu. Un ministro que puede acabar pasando a la historia como Fernández el “liberador”. Y he visto, con profundo dolor, a la hija de uno de los guardias civiles asesinados recordar a voz en grito que con su padre no hubo “humanitarismo” alguno. Y, mientras, los políticos del PP siguen afirmando que siempre estarán con las víctimas.

ETA ha vuelto a ganar y el mundo aberzale está envalentonado. Asumen que la guerra continúa y tienen en la recámara a más de diez terroristas con enfermedades graves sobre los que el gobierno tendrá que decidir. El éxito consistirá en que, como el asesino Bolinaga, salgan a la calle sin mostrar arrepentimiento alguno, aun cuando esta exigencia no pase de ser un mero trámite que nadie se cree y que sólo sirve para que el gobierno de turno lave su conciencia y el Ministro del Interior acabe visitando a su director espiritual.

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CATALUÑA NO ES EL PROBLEMA, EL PROBLEMA ES ESPAÑA

Publicado: 29/09/2012 12:40 por Francisco Torres en sin tema

Me sorprende sobremanera que ante la tormenta perfecta desatada, una vez más, por el separatismo pocos hayan reparado en la sincronía que históricamente se produce entre los períodos de crisis de la identidad nacional, con la pérdida de la idea y el concepto de España, conjugados casi siempre con la crisis social y económica, con la eclosión de unos nacionalismos decimonónicos que explotan hasta el paroxismo las dialécticas del enemigo como elemento reafirmante de una falacia que de lo contrario contaría con pocos seguidores.

Vivimos en medio de la vorágine de una crisis política, económica e institucional, producto de los errores de la clase política que ha gobernado España en los últimos treinta años. Acción que ha dado nuevos bríos a las tendencias divergentes que durante siglos se han enfrentado a las tendencias convergentes a lo largo de la historia de España. Y lo que la historia nos dice es que la convergencia nos ha llevado a épocas de desarrollo y la divergencia a épocas de conflicto y crisis. A mayor divergencia mayor catástrofe.

Estas tendencias divergentes han estado siempre vinculadas a la defensa del privilegio frente a la comunidad; han sido convenientemente azuzadas por los elementos aristocráticos primero y por los oligárquicos después para cubrir con ello el privilegio o su deseo de control social y político. La última encarnación de esas tendencias divergentes, surgidas bastardamente en el siglo XIX, cubiertas con la idea errónea de la nación liberal, del nacionalismo romántico, han sido los nacionalismos que cobraron importancia a finales del siglo XIX y no antes. Nacionalismos burgueses, conservadores, cuya palabrería sólo servía para ocultar la defensa de los intereses económicos de los grupos privilegiados; pero que supieron extender a las bases populares las bases de los inexistentes agravios como elemento de atracción y como forma eficaz de responsabilizar a otros de los fracasos propios. Bastaría con repasar el apoyo de parte de los sectores industriales catalanes al nacionalismo en el último tercio del XIX para poder así mantener los aranceles y proteger una industria que prefería el mercado cautivo a la modernización. Sin esos apoyos el nacionalismo no hubiera pasado de los anaqueles, los panfletos y los vómitos de los descerebrados de turno; como le hubiera pasado al luteranismo de no haber contado con el apoyo de los príncipes alemanes en su deseo de tener la justificación para dejar de rendir pleitesía al emperador.

Ahora bien, en el caso del nacionalismo=separatismo actual, igualdad que es imposible disociar porque todo nacionalismo es por propia definición separatista, porque aspira a ser nación libre y soberana, es necesario subrayar como hecho determinante su sobredimensión por el abandono del proyecto convergente por parte de quienes aparentemente entienden que la nación es una, independientemente del grado de descentralización de su organización territorial. Es la renuncia progresiva a ese proyecto convergente, que ha brindado a España épocas de prosperidad, la que nos ha conducido a la situación actual. Algo por otra parte lógico, porque al confundir Estado/Nación/Patria, al asentar la idea y el concepto de España en los márgenes conceptuales del liberalismo; al convertir la Patria y la Nación, España, en un contrato que es fruto del voto (patriotismo constitucional); al aceptar que los elementos identitarios de la nación -error común en muchos de los  que se presentan como patriotas o como nacionalistas identitarios- son los conceptos del nacionalismo decimonónico (raza, cultura, religión, lengua, territorio…) y no la idea-concepto de España como unidad de destino e historia; al aceptar y elevar a rango constitucional la idea de que tenemos varias naciones dentro del Estado español y que por tanto esas naciones pueden aspirar a ser estado, en vez de mantener la igualdad España=nación=estado; al integrar en su discurso, a causa de la creación de un engendro denominado Estado de las Autonomías, por su propia evolución, como si fuera un Saturno devorando a sus hijos, las fuerzas divergentes, el resultado no podía ser otro.

En la España actual existen corrientes de opinión que defienden que para salir de la triple crisis que nos acosa (política, económica e institucional) es preciso volver a poner en valor la convergencia frente a la divergencia; poner fin o redefinir en sentido convergente el Estado de las Autonomías; dar al Estado mayor capacidad de actuación poniendo en marcha un proceso de recentralización política y económica; difundir la idea y el concepto de España más allá de una marca económica o un suspiro levantado por unos éxitos deportivos que pueden ser efímeros; redefinir el discurso de los partidos nacionales que reduzcan al nacionalismo a sus dimensiones reales, poniendo fin a la política de cesión que durante treinta años han practicado con igual frescura tanto el PP como el PSOE y, sobre todo, acabar con un discurso en el que sólo existe la divergencia, radical o moderada, absoluta o de componenda del “nada es inamovible y todo se puede mejorar” de la señora Sánchez-Camacho.

La política de la cesión, la política del pacto, la política de la proscripción de la idea-concepto de España, la política del Estado sin fin que es el Estado de las Autonomías, nos ha conducido al callejón sin salida que la burguesía catalana y vasca, conservadora, apoyada por una izquierda que ansía la proscripción de la idea y el concepto de España, ha planteado un órdago a la grande, llevando a España al caos al sumar a la crisis económica la evidencia de que existe una crisis política de difícil solución.

Y ante esta situación, ante las declaraciones cobardes de “territorios libres”, ante la convocatoria de un ilegal referéndum, ante el deseo evidente de que la divergencia forme parte de ese discurso único y políticamente correcto, sólo cabe una respuesta: la firmeza. Por ello estimo que el problema no es Cataluña, o mejor dicho esa minoría secesionista aupada sobre una corriente nacionalista artificialmente creada desde el poder y la cesión por treinta años de propaganda unidireccional, el problema realmente es España, o más concretamente la pérdida en el discurso de la idea y el concepto de España.

Las piezas se han situado cuidadosamente sobre el tablero en una partida en la que por torpe que sea la maniobra del contrario se le dejan los huecos para que pueda llegar al jaque. Y mucho me temo que lo único que hará el gobierno, tal y como ha sucedido en los últimos treinta años, será sacrificar piezas esperando que la partida se alargue hasta la eternidad para mantenerse en el poder a cualquier precio, aunque éste sea el final de España como nación.

Así pues, mientras se reclama la independencia y se saca la gente a la calle, que por mucha que salga solo es una fracción de Cataluña, se piden millones para que el gobierno de la Generalidad no naufrague víctima de su incompetencia; mientras se reclama lo máximo lo que se busca es que se le de un pacto fiscal, y existen voces nacionales, a ambas orillas del espectro político, que lo ven factible como solución de compromiso… Un órdago a la grande para conseguir una nueva cesión y seguir conformando artificialmente la nación soñada.

Frente a ello bastaría con que el gobierno en vez de pensar en términos electorales lo hiciera en términos nacionales para frenar esta escalada, bastaría con recuperar de forma inmediata el delito de convocatoria de referéndum y advertir que se está dispuesto a aplicarlo; bastaría con que el Delegado del Gobierno en Cataluña obligara a poner la bandera de España en los ayuntamientos separatistas; bastaría con que el gobierno de España iniciara el  proceso de disolución de las corporaciones que han declarado sus municipios “territorios libres y soberanos”… pero para ello sería necesario que el gobierno de verdad creyera en España como unidad de destino e historia y no como resultado de lo que dice una constitución que en su desarrollo ha convertido España en un galimatías.

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