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El resultado de las elecciones autonómicas vascas ha sido mucho más trascendente para el mañana que lo acontecido en Galicia, porque allí el 60% de los votantes es nacionalista y más de la mitad independentista declarado. Y la pregunta que flota en muchos ambientes es si esto es un anuncio de lo que puede ocurrir en Cataluña dentro de un mes. Ante ello, tanto el triunfo del PP en Galicia como el hundimiento cada vez más profundo del PSOE que aún sigue perdiendo votos pese a estar en la oposición y que sitúa, una vez más, a Pérez Rubalcaba contra las cuerdas mientras Carmen Chacón se asienta en Madrid, es prácticamente invisible.

El previsto y anunciado triunfo de Nuñez Feijóo, apabullante en escaños aunque en realidad haya perdido 170.000 votos, el PP con tantos votos como los otros tres partidos juntos, tiene para la política nacional una única lectura, por más que un iluminado Beiras hable de que en realidad se ha producido un triunfo de la rebelión cívica contra el gobierno: el apoyo a las políticas de ajuste-recorte de Mariano Rajoy. Entre otras razones porque la campaña electoral gallega ha girado, en el enfrentamiento PSOE-PP, en torno a la idea de parar al Partido Popular y a sus recortes, de un referéndum sobre la política nacional; porque tanto el PSOE como los nacionalistas gallegos pinzados con los comunistas esperaban que el teórico desgaste del gobierno, reflejado una y otra vez en las encuestas, les llevara a empatar el partido. Triunfo de Nuñez Feijóo en un momento en el que la izquierda recurre, como único recurso, a una escuálida movilización callejera mientras anuncia como gran instrumento de oposición una nueva huelga general. El triunfo de Nuñez Feijóo desarma, en parte, al menos para los medios progrubernativos, y así será transmitido, el argumento de que el pueblo está en la calle frente a un gobierno que no les representa. Dejemos para más adelante lo que para el futuro de Nuñez Feijóo suponen estas elecciones pues desaparecida Esperanza Aguirre, con un Ruíz Gallardón dubitativo, con la pelea silente por el poder entre Cospedal y Soraya, algunos, en la misma noche electoral, han comenzado a contraponer el modelo Feijóo al modelo Rajoy.

Queda para los que analizan en profundidad los resultados un hecho que los políticos suelen olvidar en el minuto siguiente al final del escrutinio, el valor de la abstención. Tanto en Galicia como en Vascongados existe un amplio índice de rechazo a la política autonómica, de rechazo probablemente a la casta política en su conjunto. En Galicia ha votado el 63.4% del censo, lo que significa que 36.6% se ha quedado en su casa, varios puntos menos hace unos años. Un 65.7% de los vascos han ido a votar, incluyendo a todos los aberzales, y el 34.3% se han quedado en casa. Muchos lo han hecho simplemente porque no encuentran una voz segura que les represente y prefieren no participar. Pero conviene no obviar que salvo para el día después de las elecciones la abstención simplemente no existe y la casta política se comporta como si sus resultados fueran efecto del voto del 100% del censo electoral.

Negros nubarrones se ciernen sobre España con la victoria nacionalista-terrorista en la Comunidad Autónoma Vasca. Los datos son incuestionables: más de 600.000 vascos han votado nacionalista y la mitad se ha pronunciado claramente por el independentismo; algo más de 300.000 han votado a lo que muchos se empeñan en denominar como partidos constitucionalistas, cuando es más que discutible que el PSOE tenga una única voz y que, en realidad, toda su estructura sea contraria al nacionalismo. El resultado es que en el nuevo parlamento autonómico dos de cada tres diputados serán nacionalistas. Y lo que es más importante, los aberzales han conseguido los mejores resultados de su historia. Frente a ello es de reseñar el hundimiento del PSOE, que ha perdido ocho escaños, y el del PP que ha perdido tres. El PSOE y el PP tuvieron en su mano la posibilidad de iniciar un cambio en profundidad en el País Vasco. El cheque en blanco dado por el PP al ambicioso Pachi López no ha servido de nada porque el PSOE siempre gobernó pensando en un futuro acuerdo con el nacionalismo y ello, junto con la política permisiva con los presos, ha hundido al PP; porque el gobierno de Pachi López no ha sido capaz de dar oxígeno a la corriente sociológica no-nacionalista que, en realidad, es mucho más amplia que la nacionalista. Es esa corriente, decepcionada, que no cree en la propuesta del PP y del PSOE, que en realidad es condescendiente con el nacionalismo, que mira al nacionalismo como algo superior, la que se ha quedado en su casa.

El resultado de las elecciones vascas y las previsiones sobre los resultados en Cataluña abren un período de incertidumbre de incalculables consecuencias sobre la situación económica española. Al igual que quienes influyen sobre los grandes centros de inversión han alertado sobre la inestabilidad real de España por el desafío separatista catalán recomendando que no se invierta, la posibilidad de que esta situación se repita en el País Vasco en los próximos meses repercutirá negativamente sobre nuestras cuentas. Basta para ello con la lectura de las declaraciones de la noche electoral porque el segundo partido vasco, Euskalerría-Bildu, previsible socio de gobierno del PNV, ha pedido un nuevo modelo socioeconómico que, dadas sus bases ideológicas, muy poco tendrá que ver con el modelo capitalista y de cuya viabilidad es muestra lo que está aconteciendo en la provincia de Guipúzcoa donde gobierna Bildu y que está muy alejado de todo lo que en economía supone un PNV siempre dependiente de los intereses del Neguri. Por ello, probablemente, por la interrelación existente entre el PNV y los intereses económicos del empresariado vasco el temido gobierno nacionalista-terrorista, PNV-Bildu, sea inviable.

Así, mientras que los seguidores de Bildu gritaban en la noche electoral “¡Independencia, Independencia, Independencia!”, la orquesta del PNV escenificaba un “¡Urkullu presidente!”. Cierto es que Urkullu centró su primer discurso programático en la necesidad de hacer frente a la crisis económica y, aparentemente, dejó para mejor ocasión la reivindicación nacionalista. Ahora bien, no es menos cierto, que leyendo entre líneas, tras reivindicar la continuación del mal llamado proceso de paz, en clara sintonía con los anuncios de Bildu, recurrió al paraguas de Europa. A esa idea que los nacionalistas están difundiendo de un país dentro de Europa como horizonte de un futuro más o menos próximo. Ese “País Vasco justo, libre y solidario en Europa” que reclama Bildu. Pero lo que Urkullu ha dicho es que el PNV necesita que el gobierno no cierre el proceso de paz que pasa por el acercamiento de los presos y su excarcelación.

La pregunta ahora es ¿qué harán el PNV y Urkullu? ¿Esperarán hasta conocer los resultados de Cataluña? ¿Seguirán la hoja de ruta marcada por Mas que supone primero el reconocimiento del derecho a la autodeterminación, después la consecución del derecho a realizar una consulta y finalmente realizarla cuando se tenga la seguridad, tras un avance en las políticas de nacionalización de la población, de obtener el triunfo de las tesis independentistas? ¿Desarrollarán una política encaminada a recuperar voto nacionalista que merme la expansión de Bildu?

En varias ocasiones Urkullu se ha manifestado partidario de formar un gobierno en minoría para lo que le bastaría con la abstención del PSOE y del PP en la sesión de investidura, garantizada porque sería un suicidio llevar al PNV a las aguas de Bildu. Quizás fuera esa, dadas las circunstancias, la menos mala de las opciones, porque un gobierno en minoría sería un gobierno menos rehén de los representantes de los terroristas. Pero a la vez sería reditar lo que el PNV ha hecho durante casi tres décadas para afianzar e imponer el nacionalismo a la población vasca: sacar beneficios de la agitación que otros hacen del árbol; ya no existe la amenaza de ETA pero sí la de Bildu. Teóricamente, por interés propio, por inviabilidad de un pacto permanente, el PNV va a esquivar el abrazo del oso que pudiera representar tanto el pacto de gobierno con el PSOE como con Bildu. Un pacto con el PSOE colocaría a Bildu en la gran oposición nacionalista que continuaría detrayendo votos y apoyos al PNV; un pacto con Bildu acabaría devorando al PNV.

Sin embargo, ese gobierno en minoría, que sobre el papel parece la salida más lógica, se encuentra condicionado por la situación de España. La debilidad del Estado, el desafío nacionalista, la rebelión territorial del gobierno autonómico catalán, la expansión de las tesis separatistas, la irresoluble crisis económica, la amenaza de la desobediencia institucional, la posible pinza entre CiU y el PNV pueden llevar a Urkullu a caminar aceleradamente hacia ese nuevo “marco” que pide para Euskadi y que indefectiblemente pasa por un nueva tuerca en la imposición del totalitarismo nacionalista que conduzca a la victoria del independentismo en un futuro referéndum.

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Por más que se empeñen más que de la España de la rebelión tendríamos que hablar de la España del hastío. En nuestras calles se expanden, como una densa niebla, las brumas de la consternación, del conformismo, del no hay nada de que hacer, salvo quedarse en casa, que extendieron como epígono de la tragedia los escritores del noventa y ocho. Nos lo dicen una y otra vez: dada la coyuntura lo asombroso es que las protestas, más o menos radicales, no sumen más allá de unos miles de participantes.  Los españoles, nos recuerda de vez en cuando uno de los habituales contertulios de las mil y una cadenas, son buena gente, como sinónimo del conformismo habitual que nos invade, expresión última del pesimismo que nos contiene.

A quince días vista de una nueva huelga general, por más que los sindicatos amarillos, correa de transmisión de los partidos de izquierda a los que un día sí  y otro también rinden pleitesía en comunidad de intereses, se dice que no existe ambiente y que los piquetes se las van a ver y desear para llevar a la huelga a unos españoles que también les vuelven la espalda. A la próxima huelga, independientemente de la guerra de cifras, del cierre obligado por intimidación en las primeras horas y de la sempiterna batalla a las puertas de los Carrefour, los Corte Inglés y las cocheras de lo autobuses de toda España, que marcan para los sindicalistas el triunfo de las huelgas de siete a once (después, ya resacosos, los piquetes se retiran a otras labores pues se tienen que multiplicar para acudir a las manifestaciones locales), le falta credibilidad. Lo cierto es que pese a la incapacidad evidente del gobierno para impulsar la creación de empleo o al menos acabar con la destrucción del mismo, los españoles también tienen motivos para hacerles huelga a los convocantes de la huelga.

Las cifras sobre el paro y Condiciones de Vida publicadas en las vísperas de Todos los Santos son para helar el ánimo de cualquier optimista patológico y teóricamente deberían impulsar a los españoles a expresar realmente su indignación, pero hasta los indignados carecen de credibilidad, pues no son más que la manipulación orquestada de una ultraizquierda que cada vez gana más peso político en España (mérito que de seguir así las cosas también será atribuible a Mariano).

Un país con 5.778.100 desempleados, cifra que no alcanza los seis millones por efecto de la nueva emigración española y de los procesos de retorno de emigrantes; con provincias en las que la tasa de paro supera el 30%; con una destrucción de empleo en el tercer trimestre el año, uno de los que teóricamente menos duros debía de ser debido a los efectos temporales del turismo, que se acerca a los cien mil puestos de trabajo; con más de un millón de ciudadanos que ya pueden ser calificados directamente como pobres; con un 40% de personas que viven con lo justo habiendo prácticamente agotado sus ahorros, es una nación al borde de la catástrofe social. Pero esos mismos españoles, cuando alzan la vista, más que resignarse lo que hacen es simplemente volver la espalda; contestar espetando a la cara de sindicalistas y políticos, “¡ahí os quedáis con vuestro chiringuito!”.

A Mariano Rajoy, el hombre que prometió con palabras calculadas, fotografiándose con aire de oportunista e indudable asimilación del “en política todo vale” ante la cola del INEM, que cuando gobernara bajaría el paro, le cabe el dudoso honor de batir el record histórico del número de desempleados en España. Y ante la realidad de las cifras sólo cabe el recurso manipulativo del coro de los tertulianos progubernativos que, cuando se ven acorralados, al igual que antaño se refugiaban en los escasos meses de gobierno y en la herencia recibida, ahora intentan controlar a la audiencia afirmando que un año aún es poco tiempo para que los “brotes verdes” del PP afloren. Nadie osa recordar, salvo los desprestigiados sindicatos, que Mariano Rajoy embanderó una reforma laboral que, según los peperos, serviría para asegurar los puestos de trabajo y generar empleo, pero desde que esa reforma existe el número de parados se ha incrementado en cerca de setecientas mil personas (el gobierno preveía seiscientas mil hasta final de año), los ERES arrecían junto con el juego de sustituir empleados con mucha antigüedad por otros con contratos precarios y niveles salariales bajos.

Los datos hechos públicos en la última semana de octubre, como un rosario de espinas, ponen en evidencia la debilidad de los “Presupuestos del milagro” que ha anunciado en esas mismas fechas el inefable Montoro. El incremento del paro, que no parece que se vaya a detener en el último trimestre, ya supera las previsiones del gobierno para todo el año, lo que se traducirá en un incremento de los costes del paro y del déficit de la Seguridad Social derrumbando de golpe las primeras previsiones de unos Presupuestos que tendrán que ser reformados una y otra vez. Aunque al gobierno aún le quede en la recámara esa petición de rescate que tendría como paganos a los españoles de a pie.

Ante este panorama sólo los acérrimos, que calculados a la baja (políticos+asesores+personal laboral digital+familiares+paniaguados+holigans) pueden situarse sobre el millón y medio de ciudadanos, son capaces de negar la incapacidad del gobierno a la hora de hacer frente a la sangría del paro, generando un estado de opinión en el que la culpa acaba sociológicamente teniéndola la “difícil situación”. Y a ello contribuye el hecho de que si bien el desgaste electoral del gobierno existe mucho más profundo es el hundimiento y el descrédito de la oposición socialista y sindical. Por eso la calle está tranquila, por muchas manifestaciones que inquieten a la delegada del gobierno en Madrid mientras el paro y la pobreza crecen.  

 

 Nota.- Eso sí, Montoro no miente cuando nos dice que la crisis remitirá a finales del próximo año porque teóricamente, para entones, estima el gobierno que el número de parados habrá tocado fondo (6 millones) y lógicamente se creará empleo o simplemente dejará de destruirse. Pero eso no es más que jugar a la botella medio llena o medio vacía.

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Las tribulaciones del rey

Publicado: 30/10/2012 14:08 por Francisco Torres en La Monarquía
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Cuando en los estertores del año 1980 se quebró la alianza política tácita existente entre el rey de España y Adolfo Suárez, que acabó distanciando humanamente a ambos personajes, no pocos comentaristas, en aquel momento o más tarde, estimaron que la razón de dicha ruptura residía en el daño que la falta de respuesta del gobierno ante la crisis política y económica estaba causando a la monarquía. Hasta tal punto era así que el desencanto y el pesimismo que se extendía entre gran parte de la población comprometía a la Jefatura del Estado al hacerla corresponsable de la situación.

Para nadie es un secreto que desde entonces, una vez superada, gracias a las consecuencias del intento de golpe de estado del 23 de Febrero de 1981, la crisis político-institucional provocada por el primer desboque del sistema autonómico, y cauterizado el desencanto merced al miedo al fantasma de la guerra civil, la Zarzuela cerró su vinculación con el centroderecha para establecer una nueva y beneficiosa entente con el socialismo que a la larga contribuyó a consolidar la Monarquía librándola de su pecado original: el haber sido la restauración monárquica obra personalísima de Francisco Franco. Nadie ignora la fluida relación que existió entre Felipe González y Juan Carlos de Borbón, que para muchos consolidó la continuidad de la institución, ni la distancia que existió entre José María Aznar y el Jefe del Estado.

La crisis interna que desde hace unos años, por razón de los líos familiares, sacude a la Casa Real española, aireada por la ruptura del pacto de silencio informativo que sobre las actividades privadas de la Familia Real o del Rey se mantuvo hasta la carta blanca propiciada por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, ha hecho a Juan Carlos I esclavo de los gobiernos, perdiendo el distanciamiento político que había conseguido tras dar por concluido su papel como motor del cambio. Por ello, en la última década el rey se ha visto obligado a secundar de forma claramente partidista al gobierno en sus intervenciones públicas, pero tanto José Luis Rodríguez Zapatero como Mariano Rajoy no han movido un dedo para hacer frente a la mitificación del republicanismo que ha contribuido a rebajar los índices de popularidad y apoyo de la institución.

En Zarzuela se mira con harta preocupación lo que está sucediendo. El rey es consciente de que la popularidad de la monarquía y de él mismo está cayendo por los errores propios y las conductas poco edificantes, a lo que se suma la posibilidad, una y otra vez más preclara, de que el pasado, sumido hasta ahora en los márgenes del rumor y el bulo, aflore como un argumento para forzar una nueva “operación príncipe” que conduzca a la abdicación. Maniobra que adquirió una inusitada fuerza hace unos meses y que hoy, de momento, parece postergada debido a la evolución negativa de la situación política y económica española.

Teóricamente las funciones constitucionales del Jefe del Estado quedaron hace poco limitadas a las importantes labores de representación nacional, ya que el papel moderador es en la práctica irreal. Ahora bien, los silencios del rey y los discursos del rey, esclavos de las circunstancias, han colocado a la institución, en estos momentos de crisis política, económica y nacional, en los límites de la complicidad con el desastre. Aunque atado de pies y manos por el oprobio del caso Urdangarín pero también por sus propias andanzas, el rey se ha lanzado, junto con el heredero, a una campaña de virtualización de la corona que la aleje de la cada vez más extendida idea de que la casta política en general y el gobierno en particular es incapaz de encontrar soluciones a la crisis y que el rey no hace nada. Por ello el rey se ha convertido en un ministro plenipotenciario para la búsqueda de inversores mientras que la acción gubernativa se torna casi en inexistente en este campo.

En Zarzuela se teme que el pesimismo y el desencanto de finales de los setenta se reproduzcan, afectando también a la continuidad de la institución. El desencuentro, cada vez más evidente, entre el Jefe del Estado y el Presidente del Gobierno, entre Juan Carlos I y Mariano Rajoy, no ya sólo a cuenta de la incapacidad de éste último para hacer frente a la crisis económica sino también por la gravedad de lo que está aconteciendo en Cataluña, es un hecho. Desencuentro público, porque lo que sugiere alguno de los comentarios del rey es que en Zarzuela se critica al Presidente del Gobierno por su falta de decisión y por el hecho de que sean los ciudadanos de a pie los que están haciendo los grandes sacrificios. Es más, también el hasta ahora contenido heredero ha filtrado en sus últimas intervenciones algunas críticas indirectas a la gestión del gobierno en la crisis provocada por la aventura secesionista exhibida como amenaza por Arturo Mas y CiU.

En Zarzuela preocupa que la indignación de un nuevo impulso a un republicanismo que hasta hace poco, hasta los años de nefasta gestión de Rodríguez Zapatero, era más propio de añejos progres que de una masa social importante. Ahora, sin embargo, el republicanismo comienza a formar parte del discurso estético de la indignación. Y Juan Carlos I teme que el final de su reinado se vea empañado para la historia por el inicio del proceso que condujo a una definitiva caída de la monarquía, por un retroceso económico sin precedentes y por la posible desmembración de España, lo que hundiría el mito del “motor del cambio”.

 

 

Publicado en el Diario YA

 

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