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Desde hace décadas un reducido número de españoles venimos advirtiendo de los peligros del denominado Estado de las Autonomías. Creado por la Constitución de 1978 en base a una descentralización mal entendida y peor realizada ha sido obra del contubernio PP-PSOE. Han sido los sucesivos gobiernos, las decisiones políticas, y no el mandato constitucional los que han dado vida a un engendro que amenaza la continuidad de España como nación, que está generando la desigualdad entre los españoles y que ha agravado sobremanera la crisis económica actual.

Hace relativamente poco, criticar abiertamente el Estado de las Autonomías equivalía al anatema y el descrédito público para quien lo hiciera; cosa de “ultras” más o menos carpetovetónicos. Hoy, por efecto de la situación económica, pero sólo desde esta perspectiva, ya que la continuidad de España como nación continua importando a muy pocos, poner en tela de juicio el Estado de las Autonomías, dada su inviabilidad económica y la imagen que tiene de chiringuito particular del partido de turno, comienza a ser moneda común entre los españoles. El paso siguiente, que ya se está dando en algunas conciencias, es apostar, sin reservas, por el fin de dicho Estado.

La expansión, relativamente lenta, de esta corriente de opinión contraria al Estado de las Autonomías se enfrenta a dos grandes barreras que actúan como salvaguarda de la actual configuración autonómica de España: la primera, el consenso existente entre PSOE y PP a la hora de mantener el Estado de las Autonomías e incluso profundizar en el mismo, ya que ambos partidos en su seno y organización, en mayor medida en el PSOE que en el PP, han experimentado el mismo proceso de fragmentación autonómica dejando de ser partidos auténticamente nacionales al tener que contentar a sus organizaciones territoriales o porque éstas buscan su propia afirmación frente al aparato nacional del partido; la segunda, la aparición de quienes critican ese Estado, transmitiendo la falsa imagen de que se oponen al mismo, pero que en realidad apuestan por la conversión del mismo en una estructura federal y que aspiran a elevarse sobre la ola de quienes lo que quieren es el fin del modelo para llevarlos a un punto muy distinto.

Ni PP ni PSOE están dispuestos a poner fin al Estado de las Autonomías porque se ha convertido en parte de su estructura de poder, porque forma parte del aparato de dominio y control de la partitocracia en general y del bipartidismo en particular, porque es la base de un sistema corrupto y clientelar, un modelo que consideran necesario mantener e incluso profundizar en él, porque en definitiva lo consideran fundamental para su propia pervivencia. De ahí, por ejemplo, que Mariano Rajoy juegue con las palabras, como es habitual en el discurso popular, para sostener lo contrario de lo que sus oyentes creen oír. Durante la pasada campaña electoral parecía que hoy presidente del gobierno estimaba necesario poner límites a las autonomías hablando de la necesidad de evitar duplicidades o triplicidades en la administración, pero sin ser capaz de precisarnos si ello implicaba que lo duplicado quedara en manos del Estado o en manos de las Autonomías. Es decir si el Estado rescataba competencias o cedía nuevas competencias a las Autonomías.

Hoy, en España, son pocos, pese a la aparente crítica al Estado de las Autonomías que existe en el ambiente, los que defienden una recentralización competencial del Estado, un incremento del papel del estado y una eficaz descentralización administrativa no sólo sobre una estructura regional un tanto artificial, sino sobre los municipios, racionalizando y optimizando, además, el número de corporaciones locales que, por evolución de la distribución de la población, ya no pueden considerase equivalentes a un solo núcleo de población. Frente a esta opción, quienes aparentemente critican el Estado de las Autonomías, mejor dicho su diseño actual, como es el caso de Rosa Diaz, por ser el más conocido, lo que buscan es la revertebración de España en una estructura federal que compatibilizaría los dos niveles constitucionales en que ha devenido el Estado de las Autonomías (los nuevos estatutos y cada reforma tienden a transformarlos en pequeñas constituciones) con un gobierno federal con atribuciones más o menos amplias en aquellas materias cuya soberanía no quede en manos de un ente más amplio que en nuestro caso sería la Unión Europea, para la que reclaman mayor poder político y económico.

Desde hace décadas algunos sostenemos que uno de los grandes problemas de España, producto del desarrollo del título VIII de la Constitución, es ese Estado de las Autonomías convertido en un bucle sin fin en la política española. Hoy es un auténtico agujero negro, no sólo por la mala gestión económica de los gobernantes autonómicos que han procurado asentar su poder, como los viejos caciques, con dádivas, fiestas y prebendas pagadas con los impuestos de todos, necesarias por otra parte para mantener el entramado, convirtiendo la administración autonómica no en un agente económico sino en un agente de autobeneficio, sino también porque ideológica y sociológicamente ha contribuido, a desdibujar, manipular y proscribir el concepto y la idea de España. Una dinámica que ya no es privativa, como a veces se procura aparentar, de Vascongadas o Cataluña, sino que también se ha hecho presente, especialmente en la última década, en Galicia, Valencia o Baleares, multiplicándose unos ficticios hechos diferenciales. Una dinámica que también, aunque sólo esté en el estadio del balbuceo, ha llegado al resto de las Comunidades y cuya plasmación más evidente es la creación de una especie de biblia identitaria edificada desde añejas “deudas históricas” con las que pagar favores y fervores, y la transformación de la historia común en el devenir por ella de unas inexistentes realidades territoriales, llamadas Autonomías, desde los lejanos tiempos del hombre de Atapuerca.

Cierto es que los españoles están tomando conciencia del problema por dos hechos subsidiarios: el primero, la proximidad de la evidencia de la explotación del cargo por la casta política que la administración autonómica extiende y potencia; el segundo, la quiebra técnica de la mayor parte de unas Autonomías que parecen haber nacido para el dispendio, el gasto suntuario, los lujos, las inversiones megalómanas y el enriquecimiento de las nuevas oligarquías vinculadas a la política en redes familiares.

La crisis económica no ha hecho más que permitir aflorar el mal. Pese a que era necesario recortar el déficit las Autonomías, por su propia tendencia insolidaria, a lo largo de 2011 lejos de contenerlo lo han incrementado con una desviación del 15%. Todos los dirigentes autonómicas hablaron de reducir los gastos pero siguieron gastando refugiándose en el victimismo y explicando a quienes lo quisieran oír que el problema era que el malvado gobierno no les dejaba endeudarse, lo que evidentemente incrementaría el déficit. Hemos llegado a 2012 con un déficit, producto de la mala gestión de unas autonomías que tienen asumidos unos gastos a los que no pueden hacer frente, que hunde la confianza en la economía española y que obliga a realizar ajustes más duros que los que debieron realizarse antes. Eso sí, Mariano Rajoy se ha encargado de explicar que ignoraban la cifra real del déficit al no tener datos sobre el de las autonomías y el ciudadano medio se pregunta: ¿cómo es posible si desde mayo el PP gobierna en la mayor parte de las Comunidades Autónomas y entre ellas figuran algunas de las más endeudadas como es el caso de Murcia o Valencia?

Los analistas económicos estiman que el actual modelo del Estado de las Autonomías es inviable económicamente hablando. Un país como España no puede mantener una administración costosísima y menos aún en una situación de crisis caracterizada por los movimientos tobogán que se mantendrán durante una década. El Estado de las Autonomías es, en estos momentos, aunque en realidad lo haya sido siempre, un devorador de recursos públicos que exige, como si volviéramos a los tiempos de los ídolos sangrientos, entregarle el fruto del trabajo y el esfuerzo de unos españoles que cada vez serán más pobres y menos iguales. Ante esta situación la disyuntiva es clara: o sacrificamos el Estado de las Autonomías o nos sacrificamos nosotros.

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Que la muerte de un personaje público, máxime si su dimensión ha sido importante, despierte la loa y el incienso no debiera sorprender. En este caso el beneficiario del aplauso ha sido Manuel Fraga Iribarne. Su partida de este mundo era algo esperado desde hacía unos días, por lo que ya tenían las redacciones preparados sus turiferarios y, llegado el caso, hasta las plañideras que después darán paso a las críticas y las descalificaciones. Los que tenemos un sentido trascendente de la existencia, y entre ellos incluyo a don Manuel, preferimos orar por su alma y mantener la independencia en el juicio sobre su peregrinar por la política española.

Fraga, catedrático, profesor, ministro de Franco y del Rey, capaz de retratarse brazo en alto y abrazando a Santiago Carrillo, hombre de frases y gestos rotundos en cualquier sentido, fundador de Alianza Popular, diputado, senador, presidente de la Xunta y también Procurador y Consejero Nacional del Movimiento en las Cortes franquistas. Fraga del azul mahón de las camisas falangistas al azul celeste un tanto decolorido de los populares. Fraga, inventor o difusor de la teoría del centro que siempre reclamó como su espacio político propio, aunque buscara como base de su construcción política explotar el franquismo sociológico (¿quién si no iba a votar a un partido preñado de ministros y diputados de Franco?). Fraga, frustrado presidente de la Transición, que no pudo guiar porque pese a trazar la hoja de ruta se dejó robar la cartera; impulsor del diario El País, que ideado como sostén del centro reformista acabó en la izquierda progresista; teórico-práctico del “café para todos”, como salida constitucional a las reivindicaciones de los mal llamados “nacionalismos históricos” (más bien debían rotularse histéricos); vendedor de las autonomías asimétricas, como vuelta de tuerca al intento de tender puentes con los hermanos conservadores separados de CiU o el PNV; padre de la Constitución de la Monarquía y ponente de una Constitución para don Francisco Franco; Ministro de Información y Turismo (el de las suecas y los bikinis) y Vicepresidente del Gobierno (el de Vitoria y Montejurra)… Todo eso y mucho más ha sido Manuel Fraga Iribarne.

Para muchos españoles Manuel Fraga Iribarne ha sido la encarnación icónica de la derecha carpetovetónica, casi el “macizo de la raza”, y del “bañador de Palomares”. Imagen que, por conveniencia política, por necesidades del guión, escrito o asumido, impuesto o autoimpuesto, aquiescente o no con los pilotos de la Transición, decidió asumir. Hombre al que es posible que le cupiera el estado en la cabeza pero que de tanto darle vueltas le salió la fe en el Estado de las Autonomías. Casado políticamente con esta formulación, hasta el punto de que se considere uno de sus méritos haber hecho a ese centro derecha comulgar con la rueda de molino de las nacionalidades, aunque ahora esté encantado con el invento porque casi todas son de “los nuestros”. Pero lo más importante, lo fundamental, es que Manuel Fraga no quería ser la derecha, aunque para muchos lo fuera, quería ser el centro. Fraga clamaba en los primeros años de la Transición que los enemigos de España eran el “marxismo y el separatismo”, porque era lo que tocaba y lo que gustaba a las señoras de derechas de toda la vida que, con abrigo y bandera, iban a oírle a él lo mismo que a Blas Piñar, a quien él, a su vez, acabó robando la cartera merced a la fama que los medios le dieron de lo que no era.

Como tantos otros, del rey abajo, Fraga tenía un pecado original que hacerse perdonar: Franco. Pecado incrementado por los luctuosos sucesos que le convirtieron en ogro para la izquierda callejeril y violenta de sus años de vicepresidente del gobierno de Su Majestad. Pecados que le han sido perdonados por sus servicios al sistema. Pecados sin aclarar, secretos que se ha llevado consigo, como el de aquellos sospechosos hechos acontecidos en Montejurra que permitieron acabar con cualquier “pretendiente” y en el que colaboró el poderoso Ministerio de la Gobernación que él regía.

He leído en varios obituarios que su gran mérito fue llevar a la derecha a la democracia (ya se sabe que para la izquierda la derecha nunca es democrática) y que, como él mismo decía, gracias a él en España no existe la extrema-derecha. Entre otras razones porque lo que sí supo hacer Fraga fue explotar hasta el máximo, especialmente tras la desaparición de la UCD, por desmoronamiento interno y por fracaso manifiesto como gobernante de Adolfo Suárez, jugando como nadie, los miedos de la derecha con la tesis de que cualquier cosa era preferible antes que la izquierda, utilizando hasta lo indecible la teoría del voto útil. Aunque en el camino no sólo quedara aplastada la mal llamada ultraderecha, que acabó votándole masivamente y ahí sigue, sino también la propia derecha que de la mano de Fraga fue abjurando de muchos de sus referentes ideológicos.

Manuel Fraga supo tejer un partido a su imagen y semejanza que sirvió para cauterizar y defenestrar a todos sus rivales políticos, a aquellos que querían ser la derecha. Fraga supo anestesiar y alienar a los españoles de derechas de toda la vida que le veían como su representante más fidedigno. Y en esa alienación han vivido y siguen viviendo, soñando con el día en que sus dirigentes acaben con las contemporizaciones coyunturales, necesarias para llegar al poder, y se muestren como son. ¿Ingenuos o autoengañados? Realidad paralela que Fraga hizo posible.

Todavía quien esto firma recuerda las sesudas explicaciones de los dirigentes de primera y segunda fila de Alianza Popular, refundada en el Partido Popular, sobre la maldad de la ley socialista del aborto -como recuerdo al PP movilizar su base social contra la ley eso sí a través de organizaciones pantalla-, sobre la táctica y la estrategia; sobre cómo cuando ganaran derogarían esa ley, cuestión que el propio Fraga había eliminado de su programa; o los enfados de los próximos de derechas, devotos de don Manuel, entre otras razones porque había sido ministro de Franco y con eso era suficiente para votarle, cuando, como “repelente niño Vicente”, cometía la imprudencia de recordar que tras sus tirantes con la bandera de España y demás accesorios propios entonces de los ultras Fraga se les había hecho autonomista. Hasta tal punto que, comentábamos más arriba, el hombre que le cabía el Estado en la cabeza también acabó haciendo que le entrara el inventillo del Estado de las Autonomías promocionándolo y desarrollándolo, y del que también se consideraba padre. Así pues, como “París bien vale una misa”, don Manuel acabó abjurando de sus críticas al Título VIII de la Constitución para pasarse con armas y cacharrería al puesto de preboste autonómico. ¿Quizás porque aquella oposición inicial sólo fuera una pose para que no se le desmandara el rebaño de la derecha? Aunque como si tal cosa, como si no hubieran pasado treinta y cinco años, bajo el balcón de Génova en las noches de resaca electoral, agitando banderas como posesos, se sigue escuchando el mismo pareado que en los mítines de AP en los años iniciales de la Transición: “¡España unida jamás será vencida!”. Lo mismo que gritaban los concentrados en la Plaza de Oriente en 1975 bajo la atenta mirada de Francisco Franco.  

Efectivamente, yo creo que el gran mérito de Fraga ha sido conseguir que en España difícilmente se pueda hablar de la existencia de la derecha, tal y como muchos la entienden, salvo que la reconozcamos en el espantajo conveniente y periódicamente agitado por la izquierda.

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Resulta difícil, muy difícil, acostumbrarse a pronunciar un adiós y despedirse hasta el cielo, a musitar una oración e invocar un viejo y nostálgico “¡Presente!” mientras inconscientemente, como un susurro, entonamos un “si-la-sol…re-sol-la-si” clandestino, simplemente porque nos sale del corazón y porque muchos seguimos creyendo que es la mejor despedida para aquellos que hicieron de su vida una lección de servicio y sacrificio. ¡Qué difícil resulta decir adiós a uno de nuestros héroes sencillos y olvidados en los pliegues de la historia! ¡Qué duro es saber que poco a poco, aquellos hijos de estirpe hispana a los que hemos admirado, por razón de calendario, nos abandonan para formar el pequeño rosario de cuentas que con sus nombres conformamos cuando acudimos a rezar por ellos cada diez de febrero!

En silencio, como tantos otros, sin más reseña que la dolorosa llamada del amigo que te dice con voz entrecortada “Chano se ha ido”, se ha marchado un héroe. Se llamaba y, para los que le conocimos, se llama Juan Carreras Barceló, rebautizado por nosotros como “el león de Possad”. Estoy seguro que sus viejos camaradas, entre ellos Vicente Mas, también recientemente fallecido, habrán formado para recibirle en sus filas; a buen seguro que con un ramo de flores y con una sonrisa le esperaba para con paso firme acompañarle en su nueva singladura Amelia, su esposa y compañera, fallecida hace unos meses. Siempre les había visto juntos en los actos en recuerdo de los caídos de la División Azul que cada año se realizan en Alicante. Ella se desvivía por él cuando la vista primero y la memoria después comenzaban a fallarle. Frente al Alzheimer ella era su brazo y su aliento, la que compartía con él su pasión divisionaria, y Chano, valiente hasta el final, fiel a su compromiso, se ha dejado llevar para unirse a ella en esa eternidad para la que Amelia había vuelto a bordar con hilos rojos, en una camisa azul, un yugo y unas flechas . No hubiera podido, fiel a su cita, estar sin ella este año con nosotros. Todos echaremos en falta una presencia que lo era todo. En mi archivo guardo una colección de fotos de los jóvenes que pugnaban por retratarse con el héroe y la sonrisa con la que los atendía.

Recuerdo con la gracia con la que Chano nos contaba sus aventuras y desventuras en el Alicante republicano tras afiliarse a la Falange. Un adolescente que supo lo que era la violencia política de quienes hacían de la “caza del fascista” un deporte. Se libró de la muerte pero decenas de sus camaradas fueron asesinados en el Alicante rojo dominado por los anarquistas. En 1941, como tantos otros, se alistó en la División Azul. Con gracia solía contar, como si tal cosa, como si no fuera con él, su particular campaña de Rusia. Aquel muchacho -caprichos del destino- acabó filiado en la 2ª Compañía de Antitanques, donde estaban la mayor parte de los falangistas más conocidos (Ridruejo, Aznar, los Vernacci, los García Noblejas, Sotomayor…): “yo estaba un poquito acomplejado entre tanta gente importante. Allí estaba yo codeándome con los jefes”. Una compañía pletórica de falangistas, de hombres que estaban allí por idealismo como el azul sargento Patiño que tenía otros cuatro hermanos en la División Azul. Todavía, hace unos años, Chano recordaba la imponente nevada que les recibió en Novaja-Mjelnitza: “mira que hacía frío”. Con la 2ª de Antitanques cruzó el Voljov para llegar hasta Sitno y Chano hizo alguna peligrosa excursión hasta el poblado de Russa. El avance paralelo al río se paralizó. Los alemanes ordenaron a Muñoz Grandes que con sus hombres acudiera a cubrir las posiciones de Otensky y Possad. Mantenerlas era vital para asegurar las comunicaciones propias e impedir el avance ruso sobre las posiciones alemanas. Allá fue la 2ª de Antitanques y allí, Chano se portó como un héroe. Era imposible frenar a los tanques rusos. Su blindaje hacía que rebotaran los proyectiles y las granadas, pero allí estaba Chano. Contaba su hazaña desde la más absoluta humildad. Descubrió que tirando las granadas con efecto conseguía acertar al tanque y a esos se dedicó Chano. Lo que, tal y como lo contaba, parece muy fácil y nada peligroso, pero… Así ganó la Cruz de Hierro que orgullosamente siempre lucía en el ojal de su chaqueta. Chano era un ejemplo de aquellos muchachos, valientes a la locura, pero ni locos ni desquiciados, que allí entre Otensky y Possad cantaban:

                        Los rusos creían, creían

                        Que con alemanes se tropezarían.

                        Eran españoles los que allí habían…

A su vuelta Chano no quiso la tranquilidad, y ese es el ejemplo que nos brindó a cuantos le conocimos. Siguió fiel a los ideales que le llevaron a Rusia y hasta hace muy poco ha estado al frente de la Hermandad de la División Azul alicantina, porque él quiso ser hasta el final aquel joven jabato que peleaba como nadie en las trincheras del frente ruso.  Con estas sentidas líneas quiero despedirle y que, al menos, un puñado de españoles tengan noticia de la muerte de un valiente español.

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Probablemente, de no tratarse de una película bélica al estilo clásico, sin orgías gore de sangre, situada en la II Guerra Mundial y de no desarrollarse en el marco de lo que fue la campaña de la División Española de Voluntarios, no hubiera acudido al cine a ver la cinta firmada por Gerardo Herrero, bajo el título de Silencio en la nieve, con un guion extraído de la relativamente exitosa novela de Ignacio del Valle, El tiempo de los emperadores solitarios. Autor que ha vuelto a escoger el marco bélico de la batalla final en la capital del Tercer Reich para desarrollar su último trabajo, Los demonios de Berlín. Probablemente no hubiera sacado mi entrada porque, pese a ser un cinéfilo impenitente, una parte sensible de la producción española, dada su temática, no es capaz de atraer mi interés y las cintas de la “memoria histórica” se repiten con unos maniqueos esquemas de buenos y malos que las hacen sólo aptas para izquierdistas recalcitrantes y antifranquistas retrospectivos.

Silencio en la nieve, rodada en parte en Lituania lo que da verosimilitud estética al conjunto, es una producción notable dentro de las coordenadas del cine español, con un buen reparto, con actuaciones contenidas pero efectistas de los dos protagonistas, Juan Diego Boto y Carmelo Gómez, y una panoplia de secundarios más que notable. Una película con una cuidada fotografía que ha conseguido con la utilización adecuada de los filtros transmitir el ambiente general del color de la campaña española en Rusia, creando una atmósfera de tonalidades grises capaz de llevar al espectador a aquellos lares. Dejemos a un lado los habituales deslices en materia de armamento o condecoraciones, si allí pudo estar tal o cual tanque o pieza, las licencias cinematográficas que hacen visualmente más efectistas las escenas bélicas o la inexistencia del combate final defendiendo el cuartel de Prokoskaya. Prescindiendo de lo anterior la película resulta cuanto menos entretenida y está muy por encima de muchas de las producciones americanas con las que comparte cartelera. Su mayor problema es que adolece de falta de ritmo y de tensión, algo fundamental en un thriller y que el guión resulta incompleto porque la película no consigue transmitir por qué están aquellos españoles allí.

Teóricamente, al igual que sucede en la novela, la adaptación cinematográfica de lo que no es sino un thriller bien entrelazado en lo referente a la trama de la investigación, evitando la funesta manía de descubrir o situar al espectador-lector sobre las huellas del criminal, escogiendo el camino de la búsqueda del móvil como hilo conductor en vez el sucesivo descarte de sospechosos o la investigación realizada en función de los detalles sobre el cómo se perpetró el asesinato, el marco, la División Azul en el Frente Oriental,  no es más que una excusa, la ambientación necesaria. 

No estamos ante una película sobre la División Azul, ni como unidad ni como relato coral de sus componentes ni como reflejo de sus hechos de armas o de la razón de su presencia a tantos kilómetros de distancia de España. En ese sentido el director ha mantenido la letra más que el espíritu de la novela, pero ha perdido la oportunidad que el tema le ofrecía para ir más allá del cine negro redondeando una película que para el espectador se queda a medio. Quien más y quien menos, seducido por los trailers y la publicidad -pese a saber lo engañoso que resulta fiarse-, esperaba al menos una ráfaga capaz de presentarnos a la División Azul en combate -le ha faltado imaginación para suplir los límites presupuestarios- o que el pulso del director fuera capaz de cerrar la cinta, incluso dentro de los parámetros de lo que pretende infructuosamente mostrar y probablemente también demostrar, con un combate final que queda absolutamente perdido, no en la nieve sino en la incapacidad de quien seguramente buscaba cerrar la película con el último verso del enigma superpuesto a un final abierto a la imaginación sobre la suerte del protagonista y del verdadero asesino.

Tanto Ignacio del Valle como Gerardo Herrero, autor de la novela y director de la cinta respectivamente, por debajo de la nueva aventura del inspector Arturo Andrade, que hubiera necesitado en la película de un desarrollo mayor de su historia en vez de anclarla en la sugerencia o en  el misterio que nunca se cierra e impide o frustra dar sentido a la nebulosa trama amorosa del protagonista, buscaban pintar “un lugar desquiciado, absurdo” donde “reinan los emperadores extraños”, lo que por otro lado no se corresponde con la realidad de los divisionarios como colectividad. Algo que Gerardo Herrero  trata infructuosamente transmitir intentando emular la locura bélica, la conversión del hombre en animal, de Francis Ford Coppola en Apocalypse Now. Ni la ruleta rusa, ni los crímenes, ni la ausente evolución del protagonista, ni la brutalidad de los alemanes o la ejecución de un automutilado divisionario por un piquete en el que forma su propio hermano, algo que trata de presentar como algo diario, ni la ausente guerra son capaces en la película de mostrar ese mundo desquiciado que con algunas frases trata el guionista de hacer creíble. En ocasiones, cuando conscientemente busca una situación de sinrazón, el lenguaje cinematográfico, lo que transmite, más que locura, es un modelo heroico: así sucede cuando los soldados cantan en un camión que transita bajo el fuego enemigo una copla de su tierra. Nada tiene que ver la escena con la insensibilidad desquiciada y heroica de los helicópteros de Coppola en la célebre llegada a los sones de la Cabalgata de las Walkirias.

Cabría preguntarse por qué, pese a la intención manifiesta del director, la cinta no consigue trasportarnos a ese lugar  en el que el hombre pierde su humanidad. Yo me atrevería a decir que al guionista y al director ha acabado por ganarles la partida el recuerdo y el relato de lo que fue la División Azul, porque para el espectador los personajes desquiciados, Guerrita o Vicuña, no se convierten en arquetipos porque son solo elementos necesarios para sostener la trama y la investigación. Son hombres que muy poco tienen que ver con el resto de los desdibujados soldados. Ni tan siquiera el elemento central de la trama, los asesinatos que siguen un ritual masónico, tienen algo que ver con la situación bélica en que aquellos hombres viven o con la División Azul, porque su origen está muy lejos de aquel frente, por lo que la brutalidad cae como un castillo de naipes pese a que director y guionista hayan hurtado al espectador la razón del delito que origina los asesinatos: la decisión de un masón de eliminar las huellas de su pasado para poder hacer carrera en la nueva situación creada tras la victoria de Franco.

Dos escenas, de muy distinto significado, ponen de manifiesto esta otra lectura de la película. Parece que el poder o la fuerza del momento hayan ganado la partida a un director que no ha querido, por muy diversas razones, entre ellas el público potencial, convertir su lectura de la obra de Ignacio del Valle en un panfleto aunque la película lleve en su seno las notas de una sibilina manipulación. Una de las escenas es la resolución del tiempo sin guerra con una reunión de soldados que aguardan la llegada de unas rusas bebiendo y jugando. Ni los diálogos llegan a transmitir la imagen de seres desquiciados ni la “pudorosa orgía” los reduce a la categoría animal y eso que la obsesión por las camas y los desnudos más o menos gratuitos parecen ser una marca del cine español. La segunda de las escenas, que se ha convertido en un clásico en las referencias cinematográficas o literarias sobre los divisionarios, es el momento de tensión en el que los españoles se rebelan y sacan sus armas ante la previsible matanza de civiles que van a realizar los alemanes. Así, el resultado, es que frente al desquiciamiento brilla el gesto humano y valiente de los españoles que inicia el único de los secundarios identificado claramente como falangista. Pues los falangistas son en la película como mudas sombras que no se pueden ignorar: “nosotros somos la columna vertebral de la División”, le dice un oficial al inspector Andrade. Falangistas que quedan en “silencio en la nieve” porque el único entierro al que asistimos es casi una metáfora con una brillante bandera falangista que va cubriéndose de nieve.

Hubiera sido mucho pedir que Gerardo Herrero llegara en su lectura más allá de Ignacio del Valle para hacer un retrato mucho más rico e interesante de los divisionarios. Sin conseguirlo el autor de la novela quiso reflejar los hipotéticos enfrentamientos internos entre los diferentes grupos que formaban la División, especialmente el teórico choque entre los falangistas y los militares, tampoco en esto ha tenido más fortuna el director. Visualmente el director ha querido dejar claro, manipulando la realidad, la identificación entre la División Azul y el nazismo, algo esencial para transmitir la idea del fanatismo genérico de la empresa, de ahí la conversión del cuartel general divisionario en un arbolito de cruces gamadas sobre inmaculados muros blancos -¡cuán felices hubieran sido los artilleros o la aviación rusa con tales señales!- que no se corresponde con la realidad. Igualmente, de forma sugerida en las más de las ocasiones, ha querido el director dejar patente que además de militares y falangistas estaban los “traidores”, los comunistas dispuestos a pasarse, los antiguos republicanos, los que han ido para medrar, los obligados. Hábilmente nos presenta esta otra cara de la División Azul envuelta en el misterio y en el silencio: unas frases del sargento, alguna referencia de un cabo y, sobre todo, la visión lejana y clandestina de la ejecución de un traidor y de un automutilado. Manipulación sibilina, porque el guionista hace decir al leal sargento que eso está sucediendo todos los días, cuando el número real de condenados a la pena capital por cualquier delito fue en la división porcentualmente inapreciable (a lo largo de 1942 se produjeron catorce ejecuciones y no todos eran españoles). Con todo ello el director paga el tributo necesario para que la película consiga el aplauso de la crítica y de la izquierda. En definitiva se trata de una cinta que podía haber dado, en todos los sentidos, mucho más de sí, pero, insisto, y este es su mayor defecto, ni es una película sobre la División Azul ni un retrato certero de los divisionarios.

 

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