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Las condiciones de la OCDE.

Publicado: 02/12/2012 12:49 por Francisco Torres en La crisis
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Tengo la impresión de que la OCDE está utilizando España, debido a su grave situación económica, como banco de pruebas para el orden económico futuro. Un orden en el que, en el mundo de economías de escala en el que vivimos, las diferencias quedarán aún más marcadas por el grado de riqueza de las naciones o mejor dicho, aunque suene demagógico o populista, por la diferencia entre la riqueza y la pobreza de las personas.

La economía globalizada ha colocado por encima de los países y las personas a los grandes grupos financieros conjugados con las multinacionales. En este marco, el esquema tradicional de países ricos, en desarrollo, pobres y emergentes queda un tanto desfasado.

La crisis económica global nos conduce inexorablemente, porque este es el mensaje que se transmite, a una nueva distribución del papel de cada país en el mercado. Los denominados países ricos posindustriales, entre los que no se va a encontrar España, continuarán gozando de situaciones de privilegio en las que el sacrificio de algunos aspectos del denominado Estado del Bienestar no tendrán comparación posible con las reducciones que se tratan de imponer a los países de segundo nivel entre los que se sitúa España. Basta, por ejemplo, con comparar la diferencia existente entre los beneficios sociales de los trabajadores alemanes y los españoles (la baja por maternidad con el 100% del salario es de seis semanas antes más ocho semanas después, se puede incrementar a un año con el 67% del salario).

Para los grandes grupos financieros, para las multinacionales y para los teóricos que defienden el libre mercado absoluto y la reducción hasta mínimos irrisorios del papel mediador y redistribuidor del Estado es necesario, para preservar la riqueza y el desarrollo, profundizar en ese modelo de absoluto liberalismo económico que, hace algo más de tres décadas, inició su recorrido con los postulados de la Escuela de Chicago, tuvo sus hijos predilectos en los neocons y que declaró la guerra a las tesis keynesianas, difundiendo el falso mensaje de que éstas eran una barrera para la continuidad de la expansión económica, cuando en realidad eran una barrera para el incremento de los beneficios de esos grupos (de ahí la insistencia de que lo privado es siempre mejor que lo público en materia de sanidad o educación, objetivo de negocio futuro para estos grupos); pero todos ellos olvidan que la responsabilidad última de la crisis de origen especulativo que las economías desarrolladas han experimentado radica en el avance de esos postulados. Las tesis de los Chicago-boys, de los ultraliberales y en cierto modo de los neocons son las responsables últimas de la situación actual y para remediar el error buscan exprimir al máximo al ciudadano, de tal modo que pierda el individuo pero gane no el Estado sino ese entramado económico-financiero.

La crisis económica, especialmente en los países donde por sus deficiencias estructurales se ha hecho prácticamente sistémica, porque, como en el caso español, se les asignó un papel erróneo dentro de un mercado más amplio, la UE, está sirviendo para que los centros de decisión económica, como es la OCDE, difundan e impongan el modelo dual de enriquecimiento por parte de los grupos financieros y empresas multinacionales y empobrecimiento de los ciudadanos bajo la tesis, expresada de forma sencilla, de que es mejor tener un mal trabajo o un trabajo con salario reducido, en peores condiciones, que no tenerlo (idea que repiten muchos representantes del PP). Modelo que será tanto más opresor para el ciudadano cuanto más débil sean sus datos macroeconómicos.

La OCDE, como el FMI y otros organismos, aplauden las medidas adoptadas por el gobierno, pero las consideran insuficientes. Con ello se explica por qué no funcionan y por qué la destrucción de empleo continua y el crecimiento se estanca.

En la misma línea, todos los días, las tertulias de los aparatos mediáticos próximos al gobierno, los columnistas y opinadores cercanos al ejecutivo, que no se sabe si son sólo meros altavoces, sostienen el mismo argumento desde la asunción de la doctrina económica ortodoxa que, con pretendidos efectos demiúrgicos, nos dice que es necesaria una mayor liberalización económica. Liberalización que siempre pasa por empobrecer y reducir derechos a la gran masa de los ciudadanos, incluso a aquellos que estúpidamente no se consideran trabajadores por no ir a la fábrica y no llevar mono de color azul.

¿Qué es lo que nos piden los mercados, la UE y la OCDE? Simplemente pagar más y cobrar menos. Subir el IVA en aquellos servicios que aún no han llegado al 21% (entre ellos curiosamente el del turismo, una de nuestras bases económicas); reducir las indemnizaciones por despido; reducir las deducciones en el IRPF (lo que implica una nueva subida encubierta del mismo); alargar la jubilación eliminando, además, cualquier tipo de jubilación anticipada; reducir las deducciones fiscales de las hipotecas que aún las tienen (otras subida indirecta del IRPF); computar toda la vida laboral para el cálculo de la pensión (lo que implica una reducción de las mismas); reformar las pensiones de viudedad para reducirlas. Indirectamente es fácil deducir que estas son las condiciones genéricas para avalar el tan traído y llevado rescate. Se trata de recaudar más a costa del ciudadano, lo que implica su empobrecimiento. Se trata de imponer un modelo económico para los denominados países del sur que ahondará las diferencias con los del norte y consagrará un modelo particular de escala en el seno de la UE.

¿Qué medidas aportan para la expansión económica y la creación de empleo? En realidad ninguna. Lo que nos vienen a decir es que al tener trabajadores más baratos se contratará más (filosofía que inspiró la reforma laboral y que de momento no ha dado resultado). Insistiendo en la tesis de que al reducir costes laborales -reducir las cotizaciones sociales por la llegada de nuevas aportaciones al Estado a través de la subida general de impuestos- las empresas contratarán más. Obviando que la única alternativa para la creación de empleo estable pasa por una apuesta decidida por la expansión del tejido industrial y la creación de una infraestructura para el desarrollo de sectores palanca posindustriales. Pero esto ni se lo plantea la OCDE, ni la UE, que quiere otro papel para España; ni el gobierno, que sólo tiene ojos para intentar controlar los índices macroeconómicos y evitar un rescate que costaría a Mariano Rajoy el sillón de la Moncloa.

De momento el gobierno, en cuyo seno chocan los partidarios de incrementar la recaudación subiendo la presión impositiva y recortando derechos (Montoro) y aquellos que confían en que las propia evolución económica en la Eurozona, la integración bancaria y los altibajos alemanes den un respiro a nuestros índices macroeconómicos para seguir con el peligroso juego de continuar endeudándonos para financiarnos (Rajoy y Guindos), prefiere aguardar y, en todo caso, aplacar la presión mediante la adopción pausada de alguna de las medidas propuestas. Claro ejemplo de ello es la decisión de dar un sí y un no a la revalorización de las pensiones.

Ahora bien, no existe, y este es el problema base, planteamiento alguno de reforma estructural económica real. Llamar reforma estructural a la reforma laboral o a pomposas leyes de emprendedores no pasa de ser un mal chiste. El problema español es su falta de tejido industrial y no su sistema de relaciones laborales. El desarrollo de un tejido industrial propio fue proscrito cuando entramos en la UE en cuyo mapa económico figuraba España como una economía de servicios. Hubo que cerrar o vender el importante sector público industrial bajo la excusa, muchas veces falsa, de que no era rentable su mantenimiento -a nadie se le ocurrió forzar planes de viabilidad-. Con eso más los fondos de compensación europeos, que fueron malgastados, se creó una economía de base especulativa que se ha desmoronado como un castillo de naipes al primer soplo de viento contrario. Y éste es nuestro drama. Es ahí donde tiene que producirse la gran reforma de nuestra estructura económica y que yo sepa, salvo algunas tímidas iniciativas, desde hace años, con el gobierno del PSOE y ahora con el del PP, se habla de ello pero no se adopta decisión trascendente alguna. Sólo nos resta saber si esto es por imposibilidad, por incapacidad o por imposición.

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Presentación de un libro divisionario en Alicante.

Una frase y un gesto. Esos dos gratísimos recuerdos guardo de la invitación que hace unas semanas me cursara Luis Valiente para intervenir en la presentación el libro del general Salvador Fontenla, “Los combates de Krasny Bor” en Alicante. Gracias Luis por darme la oportunidad de poder compartir, como anotó Carlos Caballero, unos momentos de amor a España, a sus soldados y a sus gestas; de sentirnos en estos instantes de pesimismo nacional orgullosos de los que nos precedieron.

Una frase y un gesto, porque allí en primera fila estaba, recordándonos que cumplió los diecinueve, los veinte y los veintiuno en el frente ruso nuestro entrañable secretario de la Hermandad divisionaria alicantina Enrique Cernuda. Testimonio vivo del ideal y del orgullo de haber servido en la División Azul.

Una frase, que es todo un deseo, pronunciada por el general Salvador Fontenla como cierre de su intervención, recordando que allá, bajo las tierras de Krasny Bor reposan ochocientos españoles. Él está noblemente empeñado en que al menos, allí puedan reposar en una sepultura digna bajo una bandera española.

Dentro de unos meses se cumplirá el 70 Aniversario de aquella batalla que el general Fontenla califica en su trabajo como “una victoria heroica”, que como tal “merece anotarse en los anales de la Historia Militar española”; el, en palabras de Carlos Caballero, que nos refirió la notable mención a la misma de Anthony Beevor en un reciente libro sobre la II Guerra Mundial, “último gran combate del Ejército español”.

El general Salvador Fontenla en su trabajo ha recuperado para la historia una documentación de valor  incalculable que nos permite seguir y reconstruir, paso a paso, los combates librados en aquella aldea aquel diez de febrero de 1943. Es la historia siguiendo los partes que se remitían desde las unidades. Palabras escuetas, sinceras, sin adorno, sin el peso del interés por destacar el papel propio u ocultar los desaciertos. Y el general Fontenla deshace los mitos, las interpretaciones, las frases bellas de combates románticos, las críticas a la actuación del mando.

Hace veinte años definí la batalla de Krasny Bor como el Brunete de Rusia. Algo que de algún modo también subraya el general Fontenla al destacar la importancia que tuvo la “defensa estoica de las posiciones”, la idea de “resistencia a ultranza en las posiciones defensivas en caso de ruptura del frente” frenando y estrangulando la penetración enemiga. Unos “conceptos que estaban grabados a fuego en el espíritu militar español que son esenciales para comprender el comportamiento de la resistencia numantina de los divisionarios en Krasny Bor”. En veinticinco apretadas páginas el general Fontenla, con la precisión del experto, con la admirable capacidad del profesional, es capaz de trazar un resumen explicativo interesantísimo de aquel combate.

Al general Gomariz, a Carlos Caballero y a un servidor nos correspondió ser los teloneros de un trabajo esencial para la historiografía divisionaria. Trazar, como hizo el general Gomariz, la impresionante biografía profesional de un militar de línea, el autor, que ha estado al frente de unidades de la Legión y la Brigada Paracaidista. Recordar, como hice yo, que la División Azul fue constituida como una unidad del Ejército español y por tanto forma parte de su historia; que marchó a Rusia al servicio de la política exterior española de la época; que fue una unidad básicamente formada por voluntarios ideológicos que creían que luchaban por una causa justa y que por su propia idiosincrasia formaron parte de lo que algunos autores alemanes denominan la “bandera invisible”, la bandera humanitaria dentro de lo que fue la guerra de exterminio que se libró en el frente ruso entre alemanes y soviéticos. Y apuntar, como con certeza hizo Carlos Caballero, que sólo ahora, cuando se asume que fue el Ejército Rojo el que derrotó realmente al ejército alemán, se comienza a valorar internacionalmente lo que fue militarmente hablando la participación española en la Segunda Guerra Mundial, aunque su combate fuera en realidad un mundo aparte.

 

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¡Hoy era un día feliz!.

Concierto de acordeón y final con Noche de Paz… pero, mi buen amigo Carlos Caballero, adelantándose quizás al Día de los Inocentes, me ha remitido un mensaje…

¡Cáspita, un nuevo libro divisionario! Y ya me veía gastándome los dineros, pese a los recortes, en esta nueva joya, pero… entre los autores figuran esos tres reyes magos de la moderna historiografía que son Rodríguez Jiménez, Martínez Reverte y Nuñez Seixas… Ya me veía leyendo y maldiciendo en arameo… Menos mal que la publicación es gratuita porque de lo contrario ni en los saldos la hubiéramos podido adquirir.

Aparecen los artículos en la Revista “Cuadernos de Historia Contemporánea” vol. 34 (2012), bajo el título de “La División Azul, una mirada crítica”. Tan crítica que a algunos se les olvidó mirar o simplemente tenían lentes con los cristales tintados cuando no desenfocados. En realidad son las ponencias de aquel congreso semiclandestino –sin publicidad, no se nos ocurriera a algunos de nosotros acudir y enmendar la plana a los doctos ponentes- celebrado en una Universidad de Cataluña de escasa repercusión y al que sólo debieron asistir los alumnos encadenados al crédito para oír lo que llevan algunos escribiendo, cambiando los títulos, desde hace años.

Confieso que no me he podido resistir a la tentación de ojear a estos expertos en una lectura diagonal. Arrobado me he quedado leyendo la introducción –justificación de Thomas: por fin podemos acceder a la verdadera historia de la División Azul. ¡Y yo sin enterarme!

 

Y he seguido y no continuado con el texto del golfo más golfo –dicho con todo el cariño y la raigambre umbraliana del término- de estos “héroes o indeseables”, que diría el ínclito Rodríguez Jiménez, de la historiografía. Comienzo a leer a Martínez Reverte y me digo: “me suena, me suena, me suena”. Y tanto, como que su ponencia no es más que la reducción mediante el sistema de quitar párrafos, de las primeras hojas de su infumable libro… de ahí que cariñosamente le adjetive de golfo. Con esta insigne y novedosa aportación, sin duda, Martínez Reverte debió prestigiar lo que se presenta a posteriori como el “sumun” del congreso científico divisionario.

 

Pero, bueno, al menos, y dadas las normativas universitarias, algunos podrán hacer el necesario currículo… Concluyo, pero ardo en deseos de comenzar a leer esa ponencia que habla de “estrategias de supervivencia psíquica” en la División Azul. No sé por qué pero me temo que alguno necesite urgentemente recurrir al psicoanálisis.

 

 

 

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La revista Cuadernos de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, en su volumen 34, dedica centenar y medio de páginas a lo que pretende ser una “mirada crítica” sobre la División Azul. En realidad, el conjunto desigual de artículos incluidos, firmados por José Luis Rodríguez Jiménez, Xosé María Nuñez Seixas, Xavier Moreno Juliá, David Alegre Lorenz y Jorge Martínez Reverte, no es más que la trascripción de alguna de las ponencias presentadas a un mini-congreso universitario, de escasa trascendencia y menor resonancia, bastante huérfano de público según algún conocido de quien firma estas líneas que asistió pacientemente al mismo, realizado en la Universidad de Tarragona. Un encuentro casi “semiclandestino” que evitó así tanto el debate como la presencia contestataria de quienes tienen una visión y una perspectiva muy distante, y a tenor de lo leído mucho más científica, de lo que en realidad fue la División Azul. Un encuentro que quedó acomplejado frente a la sombra del Congreso celebrado con motivo del mismo aniversario en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid.

Nos anuncia el historiador Joan María Thomas que, con estos trabajos, por fin recibe “la División Azul desde la historia una mirada crítica, porque la Historia si no es crítica no es”. Lástima que Thomas no haya aplicado esa misma mirada crítica a los trabajos que prologa y se entretenga en lanzar descalificaciones a esos otros encuentros en los que no se analiza críticamente, por ejemplo, la “literatura divisionaria” o que huyeron de ofrecer “reinterpretaciones de la Historia de la Azul a la luz de los más que evidentes progresos de la historiografía española y extranjera sobre el Régimen de Franco durante la Segunda Guerra Mundial, su política interior y sus relaciones exteriores –diplomáticas, militares, económicas, culturales o políticas en general–”. Lo que me lleva a preguntarme si Thomas conoce el contenido de esos encuentros. Cierto es que Nuñez Seixas y David Alegre ponen todo su empeño en presentarnos esa otra visión sobre la División Azul, mientras que Rodríguez Jiménez y Martínez Reverte se contentan con repetir lo escrito anteriormente, pero en conjunto el resultado es científicamente decepcionante, aproximándose en algún párrafo más al panfleto, envuelto un lenguaje de sociólogo y antropólogo de salón, que a la ecuanimidad del historiador realmente independiente. Todo ello, eso sí, orlado en algunos casos con sonoros títulos que acaban decepcionando y que más parecen pensados para poder dar realce al currículo que para resumir esas pretendidas nuevas aportaciones trascendentales para la historiografía. Así pues, en este marco, cuando se concluye la lectura se obtiene la imagen de una División Azul de escasa importancia bélica en el frente ruso, menos particularista de lo que se ha dicho, que, en mayor o menor medida, formó parte del proyecto nazi de Europa contribuyendo a su posible victoria, formada en parte significativa por combatientes fascistas de precario equilibrio psíquico, por hombres que en menor escala que otros también compartieron las brutalidades de aquel frente pero que han disfrutado hasta hoy de una leyenda favorable que es preciso revisar.

Excede con mucho el límite de un artículo la revisión crítica de este conjunto disjunto de artículos. Ahora bien, bastarían al lector una serie de comentarios al hilo de lo planteado por estos autores para evaluar la trascendencia de este pretendido nuevo discurso sobre la División Azul.

No me resisto a comenzar por el texto de Jorge Martínez Reverte quien, bajo el título de “Por qué fueron a Rusia”, se limita a tomar prestadas unas cuantas páginas de su lamentable, deficitario y acientífico libro, harto alejado de la historia, a las que quitar unos párrafos hasta cuadrar el número de palabras necesarias para cubrir el expediente. Y la tesis de Martínez Reverte puede ser cualquier cosa menos crítica y novedosa. En su descargo cabría argumentar que Martínez Reverte no es un historiador y que, desde luego, revisando su trabajo, difícilmente se puede afirmar que conozca esos progresos de la historiografía española y extranjera a la que alude como suprema legitimación científica de estas aportaciones Thomas.

Detengámonos ahora en la colaboración de Alegre Lorenz de la Universidad Autónoma de Barcelona y su pretencioso texto “Coser y desgarrar, conservar y arrojar. Visiones del enemigo y estrategias de supervivencia psíquica en la División Azul”. Alegre, se ha inspirado en un par de textos, los trabajos de Theweleit y Littell, para presentarnos sociológica, psicológica y antropológicamente el perfil del “combatiente fascista” que es el divisionario, que como tal muestra una “extrema brutalidad en el combate”, mantiene “políticas de ocupación marcadas por los excesos” y como fascista padece un “precario equilibrio psíquico” en el que el miedo y los sentimientos pueden llevarle a la perdición al perder así la “armadura física del fascista”. No le era necesaria a Alegre la lectura de los dos trabajos anteriormente citados, a cualquier niño que haya visto Star Wars le sonaría aquello a una reinterpretación de lo de que la “ira y el miedo conducen al reverso tenebroso de la fuerza”. No sé si es que Alegre quiere hacer honor a su apellido, pero ni es serio ni es científico que alguien, disfrazando la falta de estudio con la intertextualización de unas pocas citas teóricas, pretenda hacer un análisis sociológico o antropológico sobre los divisionarios a partir de sus textos en base al análisis parcial, desenfocado, obviando el lícito recurso literario de un relato de guerra que por fuerza contiene posiciones extremas, de las memorias de un solo divisionario, José María Sánchez Diana, ¡ Uno solo! Y, o una de dos, o David Alegre desconoce los relatos existentes -que evidentemente piensa evaluar abstrayéndose de toda coordenada de género- o, simplemente, manipula la realidad. Una pena que Thomas, cuando nos prometía la revisión crítica de las memorias de los divisionarios, que ha hecho con notorio desenfoque Nuñez Seixas, no nos advirtiera que en algún caso sería la revisión de las memorias de un único divisionario.

Abundantes son las perlas que se pueden leer esbozando una sonrisa en el texto de Alegre. Lástima, por ejemplo, que pese a su sesuda disertación sobre la identificación de Rusia con el comunismo y con el enemigo, a su peregrina teorización sobre las palabras de Serrano Suñer, ignore u olvide que, por ejemplo, las memorias de otro divisionario se titulaban, curiosamente, “Rusia no es culpable”. Su análisis sobre las estrofas del Cara al Sol o del Himno de la División Azul es de un candor admirable al ilustrarnos sobre el sentido del recurso a la palabra cielo como “necesidad primordial del fascista dirigida a recuperar el dosel sagrado”. Y así nos va desgranando sus peculiares teorías sobre la “agorafobia que el fascista siente ante lo desconocido” o sobre “la retaguardia como espacio de disolución” porque el “fascista tiene miedo de sí mismo”.

Dejando a los divisionarios caracterizados como “combatientes fascistas”, aunque en el orden de los textos este es el último cerrando así el círculo de la mirada crítica, entra en liza otro pretendido teórico, Nuñez Seixas dispuesto a poner en su sitio la “leyenda tan favorable” que han tejido los divisionarios -a ello lleva dedicados algunos artículos con notorios desenfoques-  dejando como premisa, en un texto que lleva por título “La Cruzada europea contra el bolchevismo: Mito y realidad”, que la importancia estratégica de la División Azul fue “casi irrelevante” y que estuvo dedicada a “labores defensivas en un frente estático”. Y eso lo dice alguien que debiera conocer, ya que ha sido un divulgador de las aportaciones no editadas en España sobre el conflicto germano-soviético, el valor de los combates librados en torno a Leningrado; de la pugna de carneros que entre el otoño de 1941 y los primeros meses de 1944 se libró en ese frente estático que se cobró centenares de miles de vidas en ofensivas y contraofensivas.

Dejo a un lado el mito y la realidad de la cruzada europea, porque una cosa, en lo que no entra Nuñez Seixas, es la propaganda y los objetivos del Tercer Reich y otra lo que llevó a combatir a anticomunistas de muchos países en el Frente Este y especialmente a los españoles. Me asombran las contradicciones de Nuñez Seixas que además es capaz de ponerlas por escrito, como si quisiera ponerse al mismo tiempo la herida y la venda. No es de recibo, por ejemplo, que primero nos diga que la División Azul no tuvo esa aureola de bajas que le da el tinte heroico, porque estuvieron por debajo de la media alemana (olvida que no sólo debe computar los muertos sino también los heridos y congelados que son las bajas reales) y después apunte que no es menos cierto que las bajas alemanas fueron más altas porque estuvieron combatiendo más tiempo y sobre todo porque fue a partir de 1944 cuando el Ejército Rojo causó bajas de verdad a la Wehrmacht pero los españoles ya no estaban allí. ¿En qué quedamos?

Nuñez está obsesionado, esa es mi opinión, con trasladar la particular guerra de los historiadores alemanes a España. Anda empeñado en demostrar que al igual que no existió la limpia Wehrmacht la actuación divisionaria no fue tan limpia y la unidad española, aun dentro de su singularidad, fue menos particular de lo que parece; fue menos brutal porque tuvo menos oportunidades para ello. Para Nuñez lo que de verdad preocupa para situar a la División Azul en sus justos términos es contestar a preguntas del siguiente tipo: “¿Qué ocurrió con los judíos: vieron o percibieron algo los soldados españoles del proceso de persecución que llevó a su exterminio? ¿Cuál fue el trato otorgado a la población civil? ¿En qué medida pudo la DA ser corresponsable, copartícipe o simple bystander de lo que era una guerra de exterminio diseñada y ejecutada por el Alto Mando de la Wehrmacht? ¿Cuál fue la experiencia de guerra de los divisionarios, y cuáles sus rasgos específicos, si los hubo, al respecto? ¿En qué medida la DA fue una excepción dentro del amplio panorama de las fuerzas invasoras en el frente del Este? No se trata de debatir acerca de su “honor” o de su ejecutoria bélica desde presupuestos normativos, sino de historizar en términos comparativos y necesariamente transnacionales la experiencia de la DA en su marco europeo”. Y así, de un plumazo, Nuñez se refiere a esos otros historiadores que como Negreira, Caballero, Sagarra o quien suscribe mantenemos posiciones críticas con respecto a Nuñez o Rodríguez Jiménez.

Interesa mucho a Nuñez, además de otros temas, precisar: “a) las actitudes hacia la población judía; b) la brutalización de sus condiciones de combate; c) la imagen del enemigo y su evolución, y c) el trato hacia la población civil rusa y los prisioneros del ejército soviético”. Nos dice Nuñez que los españoles no realizaron actos de protección a los judíos, pero no es ese el testimonio de los judíos de Grodno, los únicos con los que realmente tuvieron contacto; nos habla, como Reverte, de los judíos que estaban en los hospitales, pero existen decenas de testimonios de la actuación de los españoles con respecto a ellos. Y, naturalmente, busca sembrar la duda al escribir que “no hay constancia de su participación en matanzas”, pero que en todo caso “pudieron ser testigos” y prefirieron mirar para otro lado. Una muestra clara de la objetividad en el manejo de las fuentes.

En ocasiones tengo la impresión de que Nuñez no llega ni a darse cuenta de lo que escribe. Disiento de su aseveración de que la lucha guerrillera o partisana no fuera importante en el sector divisionario y en la zona de Leningrado; pero es curioso que no repare en lo que significa que los alemanes no encargaran a los españoles actividades antipartisanas porque no confiaban en ellos. Y supongo que no confiaban en su eficacia porque difícilmente utilizarían la represalia y otros medios similares. Llega el dislate y la manipulación a extremos difícilmente comprensibles -¡hasta qué punto puede la servidumbre ideológica torcer la objetividad del historiador!- cuando nos comenta que “los indicios indirectos también sugieren que la orden de los comisarios (que suponía su ejecución inmediata) fue cumplida por la DA de modo similar al conjunto de las unidades del Eje”. Como demostración de la evidencia indirecta nos refiere una instrucción del mando divisionario del verano de 1942 que en realidad contradice las órdenes alemanas  y establece un modelo de comportamiento distinto: “Se instruirá a la tropa sin pérdida de tiempo la prohibición de fusilar a los comisarios Políticos hechos prisioneros o pasados voluntariamente a nuestras filas. Estos Comisarios serán objeto del mismo trato que se da a los demás prisioneros”. ¡Asombroso!

No quiero cerrar este ya de por sí largo comentario sin una referencia a Rodríguez Jiménez para quien la División Azul, formó parte de la maquinaría del mal, por encima de cualquier otra consideración, al “dar relevo a tropas alemanas y vida al proyecto nazi de una Europa dominada por el pueblo ario”. Y se ha quedado tan contento.

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