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Quizás alguien, llevado por una ingenuidad digna de elogio, bien fuera en la derecha o en la izquierda hispana, pudiera haber pensado que la “huelga general”, en realidad huelga particular, tenía como objetivo único trasladar a la calle la teórica protesta social ante las medidas de ajuste-recorte adoptadas por el gobierno del Partido Popular. Interpretando de este modo los hechos, unos, se han afanado a la hora de exaltar la derrota sindical ya que el seguimiento de la jornada de protesta ha sido globalmente muy limitado y sólo un poco superior a lo que aconteció en la “huelga de mentirijillas” convocada en los infaustos tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero; otros, han procurado trucar las cifras para hablar de porcentajes de seguimiento superiores al 70%, que en realidad sólo se vieron en los sectores industriales y que prosperaron merced a la acción de los piquetes coercitivos, ya que éste debiera ser su verdadero nombre.

En los “mercados”, es decir, en ese conjunto de intereses invisibles que impone ajustes y reformas a los gobiernos, y especialmente al de don Mariano Rajoy, pese a las voces alarmistas del empresariado, feroz defensor de la reforma laboral y que pide a gritos más marcha al gobierno en este campo, que por boca de su presidente nos decía que una huelga repercutiría negativamente en la imagen de España (¿ignora el señor Rosell que en Francia llevan un rosario de huelgas sin que éstas hayan empañado su imagen o credibilidad?), la huelga general, con éxito o sin él, estaba amortizada de antemano. ¿Alguien podría pensar que una reforma que atenta directamente contra los derechos de los trabajadores, que contribuye a la disminución de los salarios, a la inseguridad y al empobrecimiento no tendría una protesta airada en la calle, aunque en esta ocasión fuera una protesta realizada a través de esos organismos extraños en el Estado denominados sindicatos? Como, además, la huelga no ha paralizado el país, aunque sí algunos sectores industriales básicos, tal y como han dicho los mercados aparentemente no existe realmente una oposición social a las reformas capaz de pararlas. Es más, yo diría, que esta errónea tesis abona la posibilidad, tal y como se está viendo, de ampliarlas.

Convendría a los “mercados”, a los voluntariosos “señores de derechas” a los que cualquier protesta social provoca sarpullidos y erupciones, a los medios al servicio del gobierno que cantan, cual si fueran las gestas de Aquiles, las heroicas y acertadas decisiones de Mariano Rajoy en sus cien días de gobierno, y a tanto bobo metido a opinante orgánico que anda suelto (aquellos que según Gramschi cumplían el papel de legitimar las decisiones del poder), evitar realizar lecturas simplistas e interesadas de la realidad. El fracaso del 29-M como huelga general, como movilización social contra los ajustes-recortes del gobierno, no implica que no exista una amplia situación de descontento; al contrario, lo nos dice el 29-M es que los elementos de control de la frustración, de la indignación, que son los sindicatos y los partidos de izquierda no son aún, como ellos quisieran, los legítimos representantes de la protesta. No es que los españoles, al menos el 56% de los españoles, apoyen las reformas-ajustes-recortes, es simplemente que no otorgan a los sindicatos la legitimidad de la representación de la misma porque los consideran piezas del mismo sistema, sátrapas que tienen el mismo nivel de responsabilidad en la quiebra de España que la casta política. Probablemente, incluyendo el que suscribe, son muchísimos más los españoles que hubieran ido a la huelga de los que  han ido. No lo han hecho sencillamente porque les repugna la manipulación, el mar de banderas rojas, la burocracia burguesa sindical, el ejército de liberados que vive a costa del erario público, la esquilmación del Estado realizada por unos sindicatos devenidos en ricopropietarios en muchas ciudades, el chanchullo y la subvención; porque, por múltiples circunstancias, no pueden permitirse el lujo de perder un día de trabajo; porque el gobierno, sus medios afines, sus opinantes y el inefable mariachi que les acompaña andan desde hace meses empeñados en evitar la identificación de la culpabilidad enfrentando a trabajadores con funcionarios, a funcionarios con funcionarios, a parados con parados, a autónomos con obreros; porque los mismos que se han convertido en los paganos de los caprichos de la casta, aquellos a los que se les está metiendo con total descaro la mano en el bolsillo, son aquellos que siguen creyendo que existe una Patria que no puede permitirse las pérdidas millonarias de un día de huelga.

Pero el 29-M no era en realidad una jornada de protesta contra la reforma-ajuste-recorte. Era la imagen que la izquierda quería dar de sí misma al filo de los cien días de gobierno de Mariano Rajoy, la del poder de la calle. Y no sería prudente ignorar que en toda España proliferaron importantes manifestaciones de izquierda en la tarde de la huelga general. Unas manifestaciones henchidas por lo acontecido en las elecciones andaluzas donde, como se alardea, en menos de tres meses han “parado a la derecha”, representada por ese epígono del señorito andaluz llamado Javier Arenas. Henchidas también porque las elecciones andaluzas han puesto sobre la mesa el rápido desgaste que está sufriendo el gobierno: en tres meses el PP ha perdido en Andalucía la friolera de medio millón de votos. Vociferantes, porque en la hoja de ruta de Pérez Rubalcaba está la posibilidad de que el desgaste del gobierno sea de tal magnitud que Mariano Rajoy no llegue a cumplir los dos años en la Moncloa y él está dispuesto a echar una o dos manos para ello. De ahí esas tímidas voces que hablan de un gobierno que, contando con el apoyo del PSOE, tenga como objetivo hacer frente a la crisis. Aunque otros planteen otro tipo de esperanza si llegado el momento Mariano es incapaz de hacer frente al increscendo de la calle con que amenaza una izquierda deseosa, para recuperar el poder, de ser la única usufructuaria del descontento social.

Se cierra el beneficio de los cien días. Unos, los amigos del gobierno, exaltan las decisiones de un valiente al que pedían más reformas-ajustes-recortes. Otros, cierran la centena con la protesta. Saldado, con aparatosa derrota, el tema andaluz, Mariano ha anunciado nuevos recortes confirmando la tesis de quienes afirmábamos que estaba esperando que se celebraran los comicios para que Javier Arenas pudiera ganar. Lo que, curiosamente, desde la óptica del gobierno, de los mercados y de los medios que le son afines, es la aplicación de la más estricta noción del partidismo anteponiendo la sed de poder a los intereses de España (¿no nos decían que las reformas no se podían atrasar?).

No tiene Mariano Rajoy poetas que le compongan coronas de sonetos en su honor, pero sí un florido ramillete de periodistas, tertulianos y comentaristas que han alabado como grandes hitos su Ley de Estabilidad Presupuestaria, su reforma laboral, la garantía del pago a proveedores, la Ley de Transparencia, la reforma financiera, la propuesta de emprendedores o el ignoto cambio en materia energética… son los mismos que se han apresurado a exaltar la intolerable amnistía fiscal para los dueños del dinero negro, que callan ante la necesaria persecución de la economía sumergida… Y sobre todo aplauden enfervorizados la respuesta de don Mariano a la exaltación izquierdista y a la derrota andaluza: el anunciado incremento del ignoto programa de reformas-ajustes-recortes.

No es suficiente el espacio de un artículo, que ya es excesivamente amplio, para ir desgranando las debilidades, y también las injusticias, de esas reformas-ajustes-recortes. Tiempo habrá.  Ni de recordar al bueno de don Mariano la parte que tiene de la responsabilidad en la situación actual, porque él, que sí sabía que había crisis, no movió un dedo para que sus Comunidades Autónomas (Murcia o Valencia por ejemplo) acabaran con el dispendio. Ni tan siquiera para matizar la última trinchera de sus defensores afirmando que se ha propuesto, como gran heroicidad, no reducir ni las pensiones ni los sueldos de los funcionarios (aunque en realidad sí se ha producido esa reducción a la inversa). Ni de entrar en la querencia a los beneficios del titular que muestra el gobierno, como por ejemplo sucede con una Ley de Transparencia que se queda a medio camino y que en el fondo deja en manos de los políticos la aplicación de la misma, cuando lo que se tenía que hacer era simplemente aplicar los códigos vigentes.

No creo que ni una sola de las medidas aprobadas sirva para impulsar el crecimiento económico que necesitamos en porcentajes significativos, ni que contribuyan a la reactivación del consumo de forma determinante, ni que creen empleo… Mariano ha anunciado que este año perderemos otros seiscientos mil empleos. Estas medidas tienen otro objetivo, el de recaudar más y gastar menos para salvar más que a España a la propia clase política y al destructivo Estado de las Autonomías. Y lo más peligroso, lo que ya se detecta en estos cien días, es que pese a que los amigos políticos continúen diciéndonos que la inmensa mayoría de los españoles confía en la capacidad de gestión económica del gobierno, la indignación, la proletarización y el desasosiego acaben empujando a los españoles a los brazos de la izquierda. Lo he escrito en otras ocasiones: alguien debería recordar a Rajoy que el PP no ganó las elecciones, simplemente el PSOE perdió cuatro millones de votos. Lo que aparentemente puede ser igual pero no es lo mismo.

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No he querido mirar mis notas ni revisar una vieja grabación en cinta magnetofónica para despedir a un amigo y a un camarada. Esta mañana, Viernes Santo, mientras cerca de mi casa resuenan los tambores que acompañan a la Dolorosa de Salzillo, me ha llamado Pepe Hernansaez. Inocentemente creía que sería para alguna de sus cosas, pasa los días buscando información sobre lejanos tiempos: ¿Sabes que ha muerto Salvador?

¡Salvador Córdoba Carrión! Me ha dejado –no consigo acostumbrarme- sin saber qué decir. A mi mente ha venido la imagen de aquella tarde noche en la que quedamos en la oficina donde estaba para rememorar su paso por la División Azul. Seguía siendo, más que un guripa, un muchacho del Frente de Juventudes, entonces aún Organizaciones Juveniles, con la mirada brillante cuando recordaba su viaje por Italia al terminar la guerra del que guardo una fotografía delante del palacio que flanquea la entrada a la Plaza de San Marcos.

Salvador se nos ha ido en silencio. Falleció hace unas semanas. Casi nos hemos enterado por casualidad. Al preguntarle a su hijo por él en estos días de desfiles procesionales. Me hubiera gustado ir a despedirle, a decirle adiós con cinco rosas. Ahora le despido con estas líneas, algo que hasta hace poco era remiso a hacer porque no me gustan los obituarios, quizás porque así se mantiene la ficción de que realmente no se han ido, que siguen ahí en el sitio en que los recordamos por última vez. Recuerdo que cuando le pedí que me resumiera de algún modo su experiencia divisionaria, cincuenta años después, se paró y me dijo, sin alarde alguno: “yo me siento orgulloso de haber ido a la División Azul”.

Tenía diecisiete años cuando se alistó falsificando su edad. En la estación del Carmen, en Valencia y en Alemania llegó a temer que lo devolvieran, junto con dos o tres más consiguió mantener el engaño. Lisa y llanamente me decía: “fui a luchar contra el comunismo, porque era falangista… Yo tenía una medio novia que se quedó esperándome y mi padre tomó un disgusto enorme, pero yo fui palante”. Debido a su edad fue de los primeros en volver y allí estaba, formando con el Frente de Juventudes, portando la bandera, esperando el gran retorno en agosto de 1942.  Lo que pocos saben, él mismo tenía el recuerdo borroso en una segunda ocasión en que nos vimos, es que intentó alistarse otra vez. Decidido a ello falsificó la autorización paterna que se había hecho obligatoria. Su padre lo descubrió y acudió a denunciarla como falsa. Sufrir dos veces, cuando tantos habían caído, era un dolor insoportable.

Aquel muchacho que se fue a Rusia era una representación de la otra cara de la Falange. La deformación y la manipulación ha creado una falsa imagen de señoritos hijos de la burguesía media y alta, pero en aquel torrente de voluntarios que acudieron a los banderines de enganche en Murcia para luchar contra el comunismo, también abundaban los chicos, como Salvador Córdoba, de extracción humilde. Su padre era carpintero y él había puesto que su oficio era de pintor. Cuando retornó no pidió nada. En realidad nunca se aprovechó de su historial. Se ganó a pulso desde conserje su ascenso en la vida laboral: “nunca hubiera aceptado nada para lo que yo no estuviera capacitado”. Y, sobre todo, siguió siendo falangista. Así se sentía a mediados de los ochenta cuando tantos habían dejado las filas azules. En ese trayecto, de lo que más orgulloso sentía era de su labor como instructor del Frente de Juventudes: “queríamos educar a los jóvenes en la camaradería, en el buen camino, en la búsqueda del bienestar para todos los españoles… nosotros charlábamos con ellos, les preguntábamos por la familia, por sus cosas… dialogábamos… Creo que hicimos una gran labor”. Pero sin dejar de recordar que había conseguido con su trabajo sacar adelante su familia. También fue durante años abanderado de la Hermandad. Recuerdo una foto en la que su mujer llevaba el estandarte de Murcia cuando fueron a Zaragoza para entregar el manto que la Virgen del Pilar tiene con el emblema divisionario bordado. Y cuando se inauguró el monumento en el cementerio de la Almudena tampoco Salvador quiso dejar pasar el tiempo sin acudir a visitarlo.

Es curioso pero en aquella larguísima charla hablamos poco de las cosas de la guerra. Los divisionarios que yo he conocido eran remisos a contar sus heroicidades y siempre hablaban de las glorias conjuntas de la División. Hoy me arrepiento porque en aquellas entrevistas que hice me interesaban más las generalidades y sobre todo cómo eran aquellos hombres. Cuando le preguntaba por su relación con los rusos y por las chicas, porque Córdoba, ahí quedan las fotografías, era un muchacho atractivo con su pelo negro ensortijado, se reía: “Otros tuvieron más suerte. Yo estuve siempre en el frente y allí no quedaban más que tres o cuatro viejas”.

Su padre cuando por fin le estrechó en sus brazos y vio que regresaba sano y salvo sólo pudo dar gracias a Dios. Salvador volvía  a Murcia con algo de dinero. Era el remanente de su paga y de sus ahorros en el frente. Pese a ser tiempos de escasez y de condición modesta su padre quiso que aquel dinero fuera a parar a una talla que fue depositada en la capilla de los carpinteros en la parroquia de Santa Eulalia donde hoy permanece como testimonio de la fe de aquellos hombres.

Pensaba ir con Pepe a visitarle uno de estos días para llevarle una grabación del viaje a los frentes de combate de la División Azul que realicé el pasado verano, no ha podido ser. Espero que allá en lo alto, donde a buen seguro se habrá rencontrado con Pepe, con Federico, con Felipe, con Enrique, con Ángel, con César…. con sus amigos que quedaron en Rusia hace setenta años, haya reclamado la misma bandera que portaba orgulloso en las formaciones. Lejos, mientras escribo, resuena el redoble de los tambores. Ahora simplemente me toca rezar.

 

Nota: Salvador es en la imagen el que aparece en primer término de la formación con la bandera de España. La imagen probablemente es de agosto de 1942.

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Nos dijeron que en cuanto llegaran al poder generarían confianza y los “mercados”, ese ente abstracto que parece gobernarnos, cambiarían de signo con respecto a España; nos dijeron que las reformas eran el sacrificio que exigían los “mercados” para que España fuera económicamente viable; nos dijeron que tras los cien días de venia y reforma esa espada de Damocles que es la prima de riesgo comenzaría a dejar de preocuparnos; nos dijeron que en cuanto los Presupuestos fueran presentados los “mercados” aplaudirían y gratificarían el sacrificio español; nos dijeron que los poderosos, el eje anglo-alemán, confiaría en España… ¡Nos han dicho tantas cosas! Pero lo cierto es que la prima de riesgo anda por los terroríficos cuatrocientos puntos y la bolsa hispana en caída libre.

Ahora nos dicen que el sacrificio, el ajuste y el recorte realizado es insuficiente, que los Presupuestos presentados hace unos días son papel mojado porque tenemos que recortar otros diez mil millones de euros. Ahora nos dicen que lo que no se podía tocar es necesario tocarlo, porque así lo reforzaremos (¡excusa incomprensible!), que no queda más remedio que recortar en educación y sanidad… mañana nos dirán que nos aprestemos a bajarnos los pantalones de forma pública y notoria.

Cada vez que un experto, un docto economista, dictamina sobre el qué tiene que hacer el gobierno los españoles tenemos que echarnos a temblar. Ya lo dicen sin sordina y en breve el gobierno, a buen seguro, lo incorporará a sus recetas: es necesario recortar las pensiones, reducir los salarios de los funcionarios (eliminando una de sus pagas extras), subir el IVA al 23% (de golpe o en plazos), eliminar reducciones en los impuestos…y hacer de los españolitos una masa pobretona y paleta dispuesta a enjugarse la baba cada vez que vea a uno de esos europeos a los que hasta hace bien poco tosía.

Mientras, Mariano y su gobierno, se escudan, ante el fracaso evidente de unos programas de ajuste incapaces de generar confianza y de ser bendecidos por los “mercados”, con el apoyo y el beneplácito de su mariachi mediático, en decir que ellos, a diferencia de otros, nos dicen la verdad: que estamos muy mal. Se entretienen, y probablemente ya sólo sus leales les crean, en explicarnos, un día sí y otro también, que la culpa la tiene ese engendro del mal llamado José Luis Rodríguez Zapatero que nos colocó donde nos colocó. Y así sus bases pueden distraerse intentando quemar el muñeco roto.

Lo que no nos dice Mariano, lo que no quiere decir Mariano, es que si España no genera confianza es porque ha estado mareando la perdiz con las cifras de nuestro déficit; porque aplazó la necesaria y urgente publicación de los Presupuestos para intentar apoltronar al amado Javier Arenas; porque en esos Presupuestos se cuenta con ingresos que no es posible garantizar (el artificio de la amnistía fiscal encubierta para los defraudadores); porque lo que los “mercados” le dicen a España, por activa y por pasiva, es que el problema no es de crédito, no es de deuda, es del Estado de las Autonomías que es incapaz de generar la más mínima credibilidad.

Para que España genere confianza lo que es necesario es que el Estado sea Estado, que las Autonomías sean entes subordinados y no elementos díscolos o destructores; lo que los “mercados” dicen es que es necesario reformar el Estado y no dedicarse a tratar de desviar la atención prometiendo meter a más niños en las clases para ahorrar unos miles de euros. El problema que tenemos es que eso tocaría directamente al sistema clientelar que garantiza el poder en ocasiones al PP y en ocasiones al PSOE. El problema es que la casta política y sindical, un auténtico ejército de algunas decenas de miles de personas, no quiere renunciar a los coches oficiales, a las bicocas, a los asientos en los consejos de administración, a las direcciones de las empresas creadas en el inútil INI autonómico-municipal, al ejército de asesores que les acompañan, a las tarjetas de crédito, a los móviles y a recompensar a los amigos mediante la subvención. Y como Mariano, producto de la casta, no quiere hacerlo España se puede ir al garete, perder su soberanía, quedar intervenida y don Mariano retirarse tranquilamente, con sueldo público incluido, a meditar en la soledad de un pazo.

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Para acceder a un cargo público, magníficamente remunerado, no se necesita oposición alguna, basta con saber hacer genuflexiones y derramar baba arrimándose, eso sí, al sol que más calienta dentro de esa fábrica de colocaciones para familiares, amigos, amiguetes y demás que son los partidos políticos. Si uno, además, es listillo y trepa la riqueza y la bonanza está servida; pudiendo, como plus, como bonificación, escupir sonrisas, cuando no carcajadas, al rostro de unos administrados que, como diría un niño-pijo, son parte de esa chusma que “huele mal” y no sabe vestir.

Estar en un cargo público no es sinónimo-rara vez lo es- de preparación, hasta el escurridizo Montoro lo ha tenido que reconocer (probablemente le traicionó el subconsciente). Es más bien el resultado de una lealtad perruna, aunque poco tenga que ver en realidad con la lealtad que estos animales muestran a sus dueños, al propietario y señor del partido o a las estructuras de poder del mismo; quienes imperan en las colocaciones digitales (a dedo quiero decir). Así, en muchos casos, los cargos públicos han devenido en el paraíso de los imbéciles.

El último en irrumpir en tan alto Olimpo ha sido el Secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta, al que conscientemente apeo del don. Dispuesto a sostener, con la táctica de manual impuesta a todos los miembros del gobierno y del partido que lo sustenta, el argumentario pro ajustes-reformas-recortes ha cantado las bondades del ahorro que supondrá la expansión de la jornada de los funcionarios en 2.5 horas. Hasta ahí bien, pero, orgulloso, no ha querido dejar pasar la oportunidad de llamar, sin reserva alguna, vagos, improductivos e irresponsables a todos los funcionarios que hipotéticamente están bajo su sapiencia organizativo-directiva. Y se ha quedado más ancho que largo este profesional de la política que ha vivido cara al sol. Me refiero, naturalmente, al sol que más calienta. Este sujeto que vivió al sol de Esperanza Aguirre, ariscada señora que aún maniobra en la sombra para desplazar a Mariano Rajoy, y a la que procuró dejar para colocarse bajo los rayos luminosos y resplandecientes de un señor de Galicia que hoy ocupa la presidencia del gobierno. Está claro que Roma no paga traidores, pero desde el Imperio ha llovido mucho.

Este político, miembro de la casta privilegiada que lleva compartiendo el pastel con sus congéneres, ha ascendido al paraíso de los imbéciles y quiere seguir haciendo méritos. Se ve como un empresario británico de los comienzos de la revolución industrial. De esos que regulaban hasta el tiempo para hacer “pipí”, prohibía a los desgraciados obreros -esos que huelen y visten mal- que hablaran entre ellos para no perder el ritmo de producción (algo de eso también ha sugerido Cospedal cuando nos dice que tenemos que trabajar más, de ahí que de ejemplo con el pluriempleo), o que les ponía multas si silbaban. Y lo ha dejado claro. Ha sacado la fiereza de las charlas de café en lugares caros con individuos de su misma especie para amenazar a los pobrecitos funcionarios: “nada será como antes” (¡qué miedo han debido sufrir esta mañana varios millones de trabajadores!), ya pueden “olvidarse del cafelito y de leer el periódico”.  No cabe mayor villanía, ni mayor insulto. Y si estuviéramos en el siglo XVIII o XIX bien estuviera que se le cruzara la cara con un guante y se le retara a duelo singular a espada o pistola para lavar la mancha del honor.

Pero ojo, el tal Beteta, no ha hecho más que suscribir lo que con los hechos han demostrado, según parece, todos los Grupos Parlamentarios: que los funcionarios son unos inútiles. Por eso los Grupos Parlamentarios, en tiempos de recortes para todos (¿para la casta también?), se han autoautorizado para contratar asesores en vez de utilizar funcionarios. Entre otras razones porque los funcionarios, esos que toman el cafelito y leen el periódico (Sus Señorías lo leen en el I-Pad que les pagamos todos), cobran una tercera parte de lo que pagan a un asesor contratado digitalmente entre amigos, familiares y políticos de alta alcurnia sin tener donde caerse muertos tras perder la poltrona.

Podríamos pensar que estamos ante la boutade de un imbécil y conformarnos. Pero no, forma parte de una estrategia. No sé si Arriola, ese chico que según me dicen andaba por alguna oficina gubernativa en sus tiempos de ariscado opositor estudiantil, habrá sido el genio de la estrategia de la comunicación u otros de su estilo, pero lo que dicen, desde Rajoy hasta el último mindundi al que enchufan una alcachofa, responde a una estrategia de comunicación. El gobierno necesita que todos tengamos enemigos de clase (¡menudo tópico neomarxista me ha salido!) para que no asociemos la responsabilidad o la irresponsabilidad de lo que está pasando y de las decisiones que se toman al propio gobierno. ¿Y qué mejor modo de enfrentar a unos contra otros? Ahí está el meollo que diría un paisano, o la razón última que ampara declaraciones como las del tal Beteta (¡qué fáciles alegorías o metáforas me brinda su apellido mas a ellas renuncio!). Y si me equivoco reto al gobierno, a los populares y a sus fans (¡todo lo que hagan los míos bien hecho está!) a que de forman inmediata pongan a este sujeto de patitas en la calle, porque no es posible conformarse con un socorrido donde dije…

El mecanismo de la estrategia, resumido para terminar en breves líneas es sencillo: los funcionarios, ya se sabe, son unos vagos, por lo tanto es legítimo pisotearlos un poco. Y el resto de los ciudadanos piensa, es lo que se merecen. Tenemos que salvar la Sanidad por eso ajustamos el gasto a lo que es necesario y lo demás lo pagan los que lo necesiten. Y los ciudadanos ya piensan: mejor pagar un euro que pagarlo todo pero ignoran hasta qué punto les afectará la retirada de servicios. Tenemos que abaratar el despido porque así crearemos empleo. Y el ciudadano piensa: bueno, mal pagado y sin derechos, pero al menos trabajaré; aunque el paro sigue creciendo. Tenemos que… La resultante es que todos, acaloradamente, discuten entre todos: tú eres un vago y te lo mereces; tú un defraudador porque nadie controla lo que ganas porque eres autónomo; tú…

Hasta que al final vinieron a por mí, que diría Beltor Brecht.

 

PD: Mirando esta fotografía tomada de 20Minutos me preguntó: según el tal Beteta ¿Si don Mariano es un funcionario, que lo es, y toma un cafelito es también un vago, improductivo e irreponsable?

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El tiempo, que se evapora rápidamente, trae como consecuencia que los lectores impenitentes acabemos amontonando libros que ansiamos devorar pero que siempre dejamos para mañana. Entre los míos figuraba un texto titulado “La Iglesia y la Guerra Española. De 1936 a 1939”, llevado a los anaqueles de las librerías por la Editorial Actas, y cuyo autor es Blas Piñar. No creo que para muchos este nombre necesite de más introducciones: hijo de un defensor del Alcázar de Toledo, Consejero Nacional del Movimiento designado por Francisco Franco, fundador de Fuerza Nueva, diputado entre 1979 y 1982, notario y notable jurista. Menos conocida, fuera de determinados ámbitos, es su destacable obra teológica, sus trabajos sobre los ángeles y la Virgen María. Pero también un hombre de la Acción Católica, que ocupó puestos importantes y que ha vivido en primera línea los cambios en la Iglesia española de los últimos setenta años. ¿Qué nos puede decir -se preguntarán los más escépticos- Blas Piñar, ese hombre que sigue llamando a la “incivil guerra civil”, a la “contienda fratricida”, Cruzada?

A lo largo de algo más de tres centenares de páginas, preñadas de datos y citas que obligan a la relectura y a la reflexión, en las que el autor ha reducido en mucho sus propias opiniones para dejar que fluyan los testimonios que sustentan de forma impecable su tesis, lo que aflora, en una prosa que recuerdan en mucho los modos de sus discursos -para muchos, independientemente de sus posiciones ideológicas, ha sido el mejor orador político de las últimas décadas-, es el dolor que le causa el olvido y hasta la abjuración de la Cruzada. De ahí que el libro se divida en dos grandes apartados: De guerra civil a la Cruzada y De Cruzada a Guerra Civil.

Naturalmente, Piñar no se esconde. Él mismo se autodefine en la introducción: escribe como “católico practicante”, como “ciudadano de la Hispanidad” y estando “orgulloso de ser español”. No oculta al lector cuál es su intención: “dar testimonio a las nuevas generaciones de lo que fue la Cruzada española de 1936 a 1939” y denunciar “lo que yo llamo el proceso secularizador que ha ido minando y destruyendo todo lo que supuso la Cruzada”. Lo que Piñar hace en su texto, extendiéndose en su análisis más allá de la temporalidad que anuncia la portada del libro, es explicarnos también cómo se produjo la abjuración de la Cruzada, un proceso en el que también intervinieron hombres de la Iglesia.

Es fácil encontrar en cualquier manual, en los libros de texto de los escolares, los referentes a la dimensión internacional de la guerra española, uno de los acontecimientos capitales del siglo XX. El eco de que aquel conflicto superó las barreras geográficas hispanas para adquirir validez universal. Eso sí, presentado, erróneamente, como la lucha del fascismo contra el antifascismo. También para Piñar, la Cruzada tiene un valor universal, especialmente para los católicos, como defensa de la civilización cristiana. Así lo vieron los cardenales Gomá y Pla y Daniel (“Cruzada contra el comunismo para salvar la Religión, la Patria y la familia”)

El término Cruzada.

Es evidente que hoy el término Cruzada no se aplica a la guerra civil. Es más, como anota Piñar, cayó en desuso a principios de los setenta. Ya en las postrimerías del régimen de Franco él era uno de los pocos que continuaban utilizándolo. Hoy sólo encontramos referencias al mismo en los textos y manuales para subrayar que la Iglesia miró la guerra civil con esa consideración; aunque no son pocos los autores que han tratado de reducir al mínimo posible esa vinculación sepultando bajo la hojarasca de las palabras los textos que Piñar exhuma con la precisión del notario. Los ojos del lector recorren las declaraciones de Pío XI, Pío XII o Juan XXIII, las de decenas de miembros de la jerarquía eclesiástica nacional o internacional y de pensadores católicos que hasta los años cincuenta dieron a la guerra civil española, o, mejor dicho, a la lucha sostenida por los ejércitos nacionales el título de Cruzada.

Son muchas las reflexiones que se abren ante el lector y que a buen seguro despertarán la polémica en el seno de la conciencia. Entre ellas estimo que dos resultan altamente sugerentes: primera, ¿por qué la inquinia contra la utilización de este término?; segunda, ¿cómo se incardina la polémica, muy posterior, sobre la definición de Cruzada en todo el proceso de deslegitimación de aquellos que en 1936 se sublevaron contra la República del Frente Popular, que ha conducido a la actual mitificación de la II República como el más idílico de los regímenes políticos que ha tenido España? ¿cómo situarla dentro del intento de trocar la victoria de 1939 en una derrota sobre el pasado emprendido por la izquierda, al objeto de mitificarse a sí misma ocultando el reguero de sangre que dejó en España entre 1931 y 1939?

Convendría que muchos tuvieran presente que la definición de una guerra como Cruzada es algo que, salvo para los católicos, carece de toda trascendencia. No es más, traducido a un lenguaje laico, que una condecoración. Ahora bien, no es menos cierto, y ahí es donde radica el problema, que esa definición y el propio término implican una consideración de “causa justa”, cuya sola existencia siembra la duda en el cuadro del discurso oficial de la izquierda sobre la guerra civil que ha sido intentado sacralizar con la denominada Ley de Memoria Histórica salida de los cenáculos ideológicos socialistas.

Quienes desde el orbe católico vivieron en primera persona el tiempo de una guerra civil, iniciada mucho antes de julio de 1936, quienes ya habían sufrido los primeros brotes de la persecución religiosa que se abriría como un torrente sangriento en el verano del treinta y seis, resultante de la política antirreligiosa/anticatólica impulsada por el jacobinismo anticlerical republicano encabezado por Manuel Azaña y por la tensión revolucionaria de socialistas y anarquistas que demandaba la aniquilación de un enemigo ideológico declarando la guerra al mismo Dios, no dudaron a la hora de dar a la sublevación contra la República del Frente Popular, no a la república como forma de gobierno, el carácter de Cruzada. Básicamente por una razón, anota Piñar, por que se trata de una lucha “para liberar territorios que fueron cristianos y de los que se hicieron dueños los enemigos de la fe, destruyendo todo testimonio o vestigio del cristianismo por odium fidei”. Es evidente que eso había sucedido o estaba sucediendo en España. Así lo vieron los Papas registrándolo en Encíclicas como la Divini Redemptoris en marzo de 1937:

“El furor comunista no se ha limitado a matar a obispos y millares de sacerdotes,  de religiosos y religiosas, escogiendo precisamente a los que con mayor celo se ocupaban de los obreros y de los pobres, sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares de toda clase, que aún ahora son asesinados cada día, en masa, o por el mero hecho de ser buenos cristianos, o, al menos, contrarios al ateísmo comunista”.

Ante esta situación Pío XI asume la responsabilidad de una “bendición especial a cuantos en España se impusieron la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y la religión”. Uno tras otro registra Piñar los pronunciamientos del episcopado español apoyando el carácter de Cruzada que anida en el ánimo de los nacionales: “No había sido esta Cruzada -anota monseñor Pla y Daniel en 1939- ni ordenada ni convocada por la Iglesia, pero fue reconocida y bendecida como tal por Pío XI el 14 de diciembre de 1936”.

Difícilmente hasta los años setenta este carácter de Cruzada sería criticado o puesto en tela de juicio, salvo por sectores minoritarios. El conocimiento de lo que fue la guerra civil y de la persecución religiosa estaba vivo, porque muchos de los testigos, de los supervivientes, aún formaban parte del clero regular y secular. Seminaristas o jóvenes sacerdotes de 1936 ocuparon durante tres décadas importantes puestos en la Iglesia defendiendo el espíritu de la Cruzada. Otros, de una generación posterior o simplemente inmersos en el progresismo secularizador se dejaron llevar por el “signo de los tiempos”, participaron el “proceso secularizador de la Cruzada” denunciado por Piñar. Parece querer el autor, de algún modo, simbolizarlos, en los ámbitos eclesiásticos, en la persona del cardenal Vicente Enrique y Tarancón. Un hombre que, hasta 1972, según los textos insertos en el libro, asumió públicamente el “carácter de  verdadera Cruzada” de una guerra en la que “nuestros jóvenes empuñaron el fusil con espíritu de verdaderos cruzados de la religión”; pero que después se sumó al grupo de obispos y eclesiásticos que se posicionaron contra el alineamiento de la Iglesia con uno de los dos bandos, lo que suponía la abjuración de la Cruzada.

La Cruzada martirial.

Esta Cruzada no es para Piñar sólo una lucha bélica tiene además una dimensión martirial en las personas, pero también en las cosas. Nadie desconoce el hecho, aunque se trate de rebajar en su significado y cuantificación, de que en la España del Frente Popular se desató la persecución religiosa contra personas, edificios, obras de arte, documentos… Tal magnitud tuvo que Pío XI, en septiembre de 1936, reconoció a las víctimas la consideración de mártires. Pío XII habló de los que “han sellado con su sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica. ¡No hay mayor prueba de amor!”. 

Que la Iglesia y los Papas otorguen la consideración de mártires a los católicos asesinados por odio a la fe no debiera provocar las “olas de cólera” que hoy se dan. Como sucede con el término Cruzada se trataría de un valor que sólo tendría trascendencia para los católicos. El problema es que la elevación pública a los altares de estos mártires implica el reconocimiento de que fueron asesinados, y en la inmensa mayoría de los casos torturados, deshaciendo de un plumazo la leyenda rosa de la España del Frente Popular; y aunque ellos murieran perdonando nadie puede exonerar de responsabilidad a sus asesinos directos y al poder político de izquierdas, básicamente socialista, que lo permitió.

Piñar subraya como en la abjuración -“secularización” anota el autor- de la Cruzada se produjo, y probablemente en primer lugar, el segundo martirio para estos hombres y mujeres que murieron por miles: “esta calificación de mártires, que merecían quienes lo fueron, fue puesta en entredicho, incluyendo, además, otro segundo, martirio el del silencio y del olvido de los que se habían exaltado como testigos ejemplares de la fe”.

La Iglesia del diálogo cristianismo-marxista, la Iglesia del aggiornamiento, la Iglesia que, por razones políticas, artificialmente deslindadas de la razones de Fe, desde Roma inició un oportunista proceso de desenganche del régimen de Franco en el ocaso del mismo, escogió como víctima propiciatoria la Cruzada. De ahí que los procesos de beatificación fueran paralizados y los sectores progresistas de la Iglesia española pidieran, impidieran o boicotearan, según los tiempos, su continuidad. Y, naturalmente, se produjeron los asombrosos cambios de actitud, fruto del oportunismo, que Piñar, sin juzgar registra.

Quizás sea destacable el del padre José María Llanos S.J., cuyos dos hermanos fueron asesinados por los republicanos, que evolucionó desde su posición como capellán del Frente de Juventudes y perseguidor de películas “inmorales” a miembro destacado del Partido Comunista, de “cura obrero” a “cura rojo” que se decía en la época. Así en 1942 escribía: “primavera de mártires prometedora… vamos sin rebozos ni simulaciones, sin titubeos, a entrar por el camino, largo, empinado y triunfal de la glorificación de los muertos, juventud de España a los altares”. Sin embargo, en 1991  pedía dilatar los procesos y aconsejaba para ellos un silencio discreto. En la misma línea el cardenal Vicente Enrique y Tarancón se sumó a quienes buscaban invalidar los procesos distorsionando la causa necesaria, el martirio por causa de la Fe, estimando que en aquellos asesinatos y torturas “pesaba más el odio a un clero que ellos entendían como protector de los ricos”, aunque cuatro décadas antes pensara lo contrario y, por razón de oportunismo político, prefiriera ignorar los testimonios que en los procesos ocupan miles y miles de páginas.

Queda, como final, el análisis que Piñar hace de las consecuencias de la abjuración de la Cruzada y que podemos sintetizar en la apertura del “proceso de descristianización y paganización de España que se está produciendo con pasos de gigante”, y que, nuevamente, con precisión de notario, trata de poner en evidencia. Lo que, sin duda, para muchos católicos será motivo de reflexión. Queden, como cierre de este breve recorrido por un libro más que notable, unas frases explicativas que comienzan al inicio de la obra y que invitan a introducirse en sus páginas:

“Lo inesperado y sorprendente es que el proceso secularizador de la Cruzada contase con el apoyo decisivo (que en este libro se pone de manifiesto y se comprueba) de hombres de la Iglesia, tanto de la docente como de la discente; apoyo incomprensible, a mi modo de ver, para que ese proyecto prosperase y consiguiese lo que se proponía”.

 

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