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Por más que lo he intentado, de ahí mi tardanza en comentarlo, no he podido acceder al texto completo que el profesor Luis Suárez Fernández ha realizado para la entrada biográfica de Francisco Franco incluida en el diccionario biográfico preparado por la Real Academia de la Historia. Lo que en principio no debiera haber sobrepasado los márgenes del debate académico, merced a la presión de la pinza izquierdista que forman Izquierda Unida y el diario Público, a la que se han sumado, con desigual intensidad, la mayor parte de los medios, hasta con mensajes contradictorios de un día para otro, como es el caso del diario El Mundo, se ha transformado casi en un problema nacional.

Todo ese conglomerado mediático-político lo que ha propuesto, enmascarado en los más diversos florilegios, sencillamente es la aplicación de la censura buscando la retirada del artículo, desatando una auténtica caza de brujas a la que se han sumado los rencores de algunos historiadores que no perdonan a Suárez Fernández su gran obra, en varios tomos, revisada en tres ocasiones, y que está editada en Actas, sobre ese periodo de la historia de España, o su gran tomo biográfico sobre Franco y su más reciente Franco y la Iglesia, que ofrece una visión distinta y distante a la visión oficialista sobre el régimen de Francisco Franco. Visión que, por cierto, aún juzga insuficiente la pléyade de vividores de la memoria histórica. De ahí que hayan tratado de minusvalorar su obra diciendo que es un medievalista o patrono de la Fundación Francisco Franco aprovechando que la mayor parte del público desconoce el peso intelectual de Suárez Fernández.

Todos conocemos cuál es el supremo argumento de estos censores: que Luis Suárez Fernández ha calificado el régimen de Franco como autoritario y no totalitario. Se puede entender que los ilectos y la izquierda española hayan saltado hechos una fiera ante tamaño desafío. Ahora bien, que nadie, desde un punto de vista intelectual, haya subrayado algo tan evidente como que estamos ante un debate conceptual sobre la calificación de un régimen político, parece increíble.

Cualquier lector medio de historia, de filosofía política y de historia de las ideas, sabe perfectamente que dictadura es un término con muy escasa precisión a la hora de identificar un régimen político complejo, con un aparato institucional amplio, como era el de Francisco Franco. En esa línea de debate cualquiera sabe que dictadura, totalitarismo y autoritarismo son tres conceptos distintos que, al concretarse en un régimen político concreto, tienen características diferentes. Por eso, más allá del término dictadura, la definición exacta del régimen de Franco es la de autoritario. El profesor Suárez Fernández lo que ha hecho es definir desde el rigor intelectual, lo que los demás hacen es poner de manifiesto su amplio analfabetismo intelectual o la ceguera de vivir todavía pendientes de un antifranquismo retrospectivo.

Otros, sin embargo, que no pueden adscribirse a la izquierda que brama contra Suárez Fernández, prefieren el término dictadura para borrar dos cosas fundamentales: primera, el amplio apoyo social que obtuvo el régimen de Franco; segunda, obviar que el régimen de Franco se sostenía sobre una coalición político-social equivalente al centro y la derecha española actual, y que la lentitud en la institucionalización se derivó del deseo de Franco de conseguir un consenso entre los diversos grupos. Pero esto último es mejor no mentarlo.

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No parece que cese, transcurrida una semana desde que se desatara, desde medios de izquierda autodefinidos como antifranquistas, que, en muchos casos, hacen del antifranquismo retrospectivo un elemento esencial de su corpus ideológico, un interesado e interesante debate sobre la definición del régimen de Francisco Franco iniciado a raíz de la noticia de que, el prestigioso historiador, Luís Suárez Fernández, en la entrada biográfica de Francisco Franco en el Diccionario Biográfico Español, obra de la Real Academia de la Historia, defina dicho sistema como régimen autoritario y no totalitario, en vez de recurrir al usual calificativo de dictadura.

El profesor Suárez Fernández, como ha explicado reiteradamente en estos días, ha utilizado una definición científica para rotular un régimen político que calificado como dictadura, desde un punto de vista meramente conceptual y sin mayor definición, hubiera reflejado, a la larga y no coyunturalmente, una pobreza intelectual que no estaría acorde ni con la pretensión de la obra, ni con el prestigio del autor, ni con la naturaleza de la institución que la ha impulsado.

La izquierda antifranquista, tanto política como mediática, que también ha hecho de la mal llamada “memoria histórica”, que en muchos de sus aspectos es una simple falsificación histórica cuyo objetivo es, siguiendo las pautas del irracionalismo, dotar de un universo mitológico atractivo a una izquierda que ha perdido sus mitos, como no podía ser de otro modo, se ha movilizado para pedir, por más justificaciones que se busquen, la aplicación de la censura y la retirada de ésta y otras biografías que, simplemente no cuadran con su universo mitológico. A ello se han sumado quienes, por cobardía moral ante la posibilidad cierta de que también les acusaran por ello de franquismo, no han tenido el valor de salir en defensa de la libertad. De ahí la errática toma de postura de algunos medios de comunicación adscritos al centro-derecha, simbolizados en el contenidos de los editoriales y artículos de opinión del diario EL MUNDO que, en uno de sus editoriales ha acabado abogando, disfrazándolo de rectificación, por la aplicación de la censura. Y, ante la falta de respuesta, tanto desde los medios conservadores como desde el mundo científico, el PSOE ha acabado pidiendo la retirada inmediata de la obra y la creación de una Comisión que corrija lo que los hombres de Rubalcaba denominan “imprecisiones e incorrecciones históricas” o lo que es lo mismo el sometimiento de la historia a la versión de la izquierda merced a la creación de un auténtico comisariado político.

Arquetípico de la posición intermedia en el debate es el largo artículo publicado en la Tribuna del diario EL MUNDO por el catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de dicho diario, Jorge de Esteban. Mal empieza y mal acaba cuando, como casi todos, desacredita la idoneidad del catedrático Luís Suárez Fernández acusándole de subjetividad y cierra, como argumento de su defensa de la calificación de dictadura, recordando, como aval la represión contra la oposición ejemplificada en que se “decretaron varias penas de muerte poco ante de morir Franco. Digo mal acaba, porque este recurso, por otra parte muy habitual, es una distorsión de la realidad utilizada por su efectismo. Se refiere el catedrático de Derecho Constitucional a las sentencias ejecutadas de varios terroristas no por oponerse a Franco sino por cometer actos de terrorismo, que hoy parece que se entienden, por algunos, como justificables.

Afirma Jorge de Esteban que dada la proximidad del personaje, como sucede en otros casos en el Diccionario, la objetividad es difícil y que debiera haberse buscado, especialmente en este caso, otro autor ya que el profesor Suárez Fernández está descalificado, pese a su obra, por su “simpatía hacia el personaje al que conoció personalmente y al que le unen demasiados vínculos afectivos”. Es posible que tenga razón, pero la misma razón en sentido contrario podría esgrimirse para vetar al 99% de los historiadores que muestran un indisimulado antifranquismo que en sentido inverso, debido a la antipatía que les suscita el personaje, se dejan llevar por la animosidad.

Dejando a un lado las disquisiciones sobre la idoneidad del autor y del problema subjetividad que él mismo plantea en la mitad de su artículo, entremos, como él hace, en el debate sobre el calificativo. Afirma que la definición de “régimen autoritario, pero no totalitario, no se acomoda con la realidad de los hechos”, siendo partidario de utilizar el término dictadura; es más, que el régimen de Franco “es un ejemplo paradigmático de dictadura” y para ello se vale de una explicación desenfocada -entiendo que un tanto superficial por razón de espacio- de la evolución institucional del régimen a través de la revisión de las denominadas Leyes Fundamentales, lo que vendría a ser la Constitución abierta del régimen franquista. Análisis ponderado que se quiebra para convertirse en especulativo al final de su artículo.

En mi modesta opinión el profesor Jorge de Esteban lo que ha hecho es una suerte de florilegio tratando de dar entidad a lo que no pasa de ser la visión simplista y de manual sintético de Franco y su régimen: una dictadura con una serie de leyes sin otro valor ni entidad que su mera existencia; leyes inaplicadas destinadas a dar un barniz propagandístico y una aparente legitimidad institucional a lo que no era más que la cubierta del deseo y la ambición del general Franco de mantenerse y ejercer el poder. Visión simplista a la que, evidentemente, la definición que mejor cuadra es la de dictadura personalista. No siendo, en ningún caso, posible definirlo como régimen autoritario o totalitario.

Recordemos, porque a veces se olvida con suma facilidad, que estamos ante un debate científico o que, al menos, debería haberse sostenido dentro de esos márgenes, que se ha transformado, por impulso de la izquierda política y mediática, en debate ideológico y político. A veces se olvida que para la inmensa mayoría de los ciudadanos dictadura y autoritario vienen a ser lo mismo; y aunque el término totalitario es menos usual, una rápida encuesta probablemente nos dijese que en la práctica es una voz sinónima. ¿Por qué entonces sacar el debate del área de lo científico como se está haciendo?

Creo que por que a todos conviene. No es que, como se ha dicho y escrito, la utilización de la definición del régimen de Franco como autoritario y no totalitario le haga mejor o peor, ni que con ello se buque blanquear la figura de Francisco Franco, como interpretaba, también en el diario EL MUNDO, que en su haber debe incluirse el facilitar a los lectores el acceso a todas las opiniones, el dibujante Ricardo, es, sencillamente que con el término dictadura se busca ocultar o aminorar la importancia de dos realidades fundamentales: primera, que el régimen de Franco contó con un importante y amplio apoyo social y popular, entre otras razones porque era producto de una rebelión que, más allá del golpe fracasado, fue cívico-militar; segunda, que el régimen de Franco es la resultante de una coalición político-social que equivale a lo que sería en la actualidad el centro-derecha español, con participación entusiasta de lo que se conocen como “los catalanes de Franco” y los aún no estudiados “vascos de Franco”. Realidades que hoy, naturalmente, conviene proscribir porque configuran una realidad muy distante a la imagen simplista de dictadura personalista y opresiva que se quiere transmitir.

Volvamos al artículo del profesor Jorge de Esteban. Decir que el régimen de Franco fue una dictadura, aferrándose al término sólo y en razón de la carga negativa y pervertidora de la realidad antes apuntada, es decir muy poco. Argumentar la validez del término en función de un análisis desenfocado de las Leyes Fundamentales, indicando que en realidad la “auténtica Norma Fundamental fueron las leyes de 1938 y 1939”, que fundaron una dictadura, es contemplar sólo una parte de la realidad.

Nadie niega que el régimen del general Francisco Franco comenzara siendo una dictadura personal. No podía ser de otro modo. Los generales sublevados, en función de las circulares del general Mola, tenían previsto instaurar una “dictadura militar” que entraría dentro de los parámetros de lo que sería -forzando la interpretación- una dictadura comisoria por mandato autoasumido (la dictadura del general Primo de Rivera es una dictadura de este tipo). Por fuerza, como el profesor Jorge de Esteban no ignora, una situación revolucionaria que derriba o carece de aparato jurídico-institucional deriva siempre en una concentración de poderes más o menos temporal, en una dictadura. En qué radica la “originalidad” o la “diferenciación” del franquismo: en la progresiva autolimitación de esos poderes, bien sea en la praxis o en el orden jurídico-institucional. Tanto en la práctica como en la evolución del régimen esa es una realidad difícilmente prescindible. El profesor Jorge de Esteban, para sostener su tesis, estima que la única intención de Franco al hacer eso, la autolimitación del poder, era “tener todos los poderes -entiendo que por ambición de poder- y durar en su cargo de forma vitalicia”. Es posible pero no probable y en todo caso es una interpretación más especulativa que objetiva.

Si el profesor Jorge de Esteban, además de analizar las Leyes Fundamentales, reparara en el planteamiento del propio Franco creo que matizaría su apreciación. El historiador, que debe rehuir el planteamiento especulativo para escapar, dentro de lo posible, a la subjetividad propia o ambiental, no puede obviar, y mucho menos en el caso de la existencia de un poder personal última instancia de las decisiones fundamentales, lo que el protagonista presenta como su proyecto político para valorar si después obra en coherencia con el mismo. Curiosamente las líneas maestra de sus objetivos y actuación subsiguiente las plantea Francisco Franco, pese a que sean numerosos los historiadores que lo minusvaloren, entre 1937 y 1938. El general Franco afirma que su objetivo es crear un “régimen autoritario de integración nacional”, bajo los principios de autoridad y jerarquía, que asume como función primordial la “ingente tarea de reconstrucción espiritual y material” y que en el futuro, cuando esté concluida la obra, será el pueblo el que decida si vuelve a la monarquía, y eso lo hace cuando calificarse como dictador no tenía ninguna carga peyorativa o negativa.

Se equivoca, como se equivocan muchos autores, el profesor Jorge de Estebada no en el análisis del conjunto de las Leyes Fundamentales, cuyo horizonte en el pensamiento de Franco, su razón de ser, no era poner fin a su magistratura vitalicia, aun cuando se aferrara, casi siempre, al estricto cumplimiento de las mismas una vez promulgadas, sino ser la base del régimen que dejaría a un heredero con poderes más limitados: el actual rey. Un rey cuya legitimidad de origen está en Franco y en la sublevación de julio de 1936, sin ambos no existiría la monarquía.  

Para el profesor Jorge de Esteban estas leyes son fruto de la necesidad de Franco de acomodarse a las circunstancias políticas exteriores e interiores. Interpretación que no se ajusta a la realidad global, pero muy eficaz a la hora de mantener la ficticia imagen del dictador que lo hace todo, lo controla todo y lo dicta todo. La realidad es que todas esas leyes fueron fruto de un largo y enconado debate político entre las diversas fuerzas políticas que convivieron en el régimen de Franco. Un debate fundamental que los historiadores prefieren reflejar en un segundo plano: el de la institucionalización del régimen (incluyendo a los que no querían que se institucionalizase y fuera una simple dictadura más o menos transitoria). En este proceso es Franco quien toma la decisión final y resulta que ésta estuvo siempre condicionada por su decisión de sacrificar la celeridad, que dados sus poderes fundacionales era prescindible, al consenso. De ahí que escogiera el modelo de Constitución abierta.

No repara el profesor Jorge de Esteban en un hecho clave, las leyes de 1938 y 1939, incluyendo el fundamental Decreto de Unificación de 1937, que olvida, son resultado de la pretensión totalitaria de Ramón Serrano Suñer. Construcción totalitaria que el propio Franco acaba desechando y que abre un proceso de institucionalización distinto. Olvida el profesor Jorge de Esteban que, además del debate, que existió y muy fuerte, entre cada Ley Fundamental, aparecen una serie larga de leyes que van construyendo el aparato institucional del régimen. No son las Leyes Fundamentales, como parece inferirse del artículo, entes aislados que aparecen en función de las circunstancias, son colofón de esos procesos. Y es, en el periodo 1937-1942, en las leyes y decretos que son responsabilidad última absoluta de Franco, en el que se desecha la vía totalitaria, siendo el colofón la Ley de Cortes de 1942. Todo ello sucede en simultaneidad al debate sucesivo sobre dos proyectos constitucionales completos, convertidos en algo así como el uno contra todos, diseñados por Ramón Serrano Suñer y por Eduardo Aunós.

¿Qué sucede a partir de aquí, de la proscripción de la vía totalitaria? Pues lo que el profesor Fernández Carvajal denominó la aparición de una “dictadura constituyente”, que busca crear un aparato institucional propio con un horizonte de permanencia, como régimen político estable, más allá del propio Franco. Un régimen que en ese proceso asume como objetivo el desarrollo económico y social, de ahí la definición de “dictadura de desarrollo”, uno de cuyos efectos es la aparición de esa “clase media como nunca había existido en España” que cita el profesor Jorge de Esteban, pero que no aparece, como podría inferirse de su escrito, como un ectoplasma a pesar del régimen sino que es impulsada por éste.

La resultante de ese proceso es la aparición del “régimen autoritario de pluralismo limitado” definido por le politólogo Juan Linz, que es lo que inicialmente se proponía el propio Franco y, probablemente, la definición descriptiva más ajustada a lo que fue el régimen. Una definición con tanta validez científica como otras y que no implica un juicio moral sobre el mismo. Lo contrario es la interpretación especulativa que conlleva la subjetividad ideológica del antifranquismo retrospectivo que tantos lleva dentro y que aflora cuando surgen este tipo de debates.

 

Nota: Este artículo aparece en

http://www.diarioya.es/content/la-definición-del-régimen-de-franco-polémica-debate-trasfondo-y-realidad

http://bitacorapi.blogia.com/2011/060801-la-definicion-del-regimen-de-franco-polemica-debate-trasfondo-y-realidad..php

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Seamos francos al PSOE, a la pomposa y parcial “Comisión de Expertos” de no sabemos qué, que tiene como flor y coartada a un melindre de derechas, y a los vividores de la Memoria Histórica, que se reparten euros a tanto por barba para fines mucho menos limpios que el de dar sepultura digna a los españoles que no la tengan, los restos de Francisco Franco les importan un pimiento. Entre otras razones porque su heroico antifranquismo retrospectivos es de nómina e instrumental.

La fantasmada lacrimógena del abuelo de Zapatero, en un partido plagado de hijos de franquistas (Chaves, Bono, Fenández de la Vega, Guerra, Belloch…), a los que incluso hemos visto acudir a beatificaciones de los mártires de la Cruzada, no pasa de ser un barniz para disfrazar la realidad. A ellos, ni Franco ni los muertos, de izquierdas o de derechas, les interesan más allá de los réditos electorales que de sus huesos puedan obtener.

Estamos, subrayémoslo, ante un antifranquismo retrospectivo instrumental. Huérfana de referentes ideológicos la izquierda está construyendo una mitología encaminada a blanquear un pasado en el que abunda la sangre y la destrucción. Uno, quizás el único, de esos mitos es la exaltación de la II República, porque el patético intento de algunos individuos como Santiago Carrillo de ver lo bueno de Stalin no pasa de ser una página tragicómica de una vejez que rememora su exaltación juvenil. Este nuevo universo mitológico, este referente, es para ellos algo vital para poder mantener la movilización permanente de los propios dentro de las coordenadas de lo que marcan los gurús de la demoscopia y la sociología electoral: cuando la gestión es nefasta sólo queda recurrir a lo ideológico.

El problema es que la izquierda actual no cuenta en su haber con elementos ideológicos unificadores y diferenciadores al compartir con la derecha muchos planteamientos y comportamientos sociales y económicos; a lo que se suma la imperceptible diferencia en materia cultural, familiar o moral. De ahí que para la movilización electoral la izquierda necesite referentes mitológicos con los que retener un electorado que, conforme se deshacen los tópicos generacionales, comienza a tener comportamientos volátiles. Por ello es preciso rearmar los tópicos y ¿qué mejor modo que recurrir a Franco cuando derecha ya no equivale, para muchos, a maldad política y la vergüenza pública?

Antaño bastaba con llamar franquistas a los dirigentes del Partido Popular, lo que por otro lado tampoco podía extrañar a un partido fundado por siete ministros de Francisco Franco, hoy, con varias generaciones sin “memoria histórica”, resulta casi cómico. Por eso han tenido que recurrir a edificar una mitología de buenos y “malísimos”, demonizar a través de la insidia y la mentira el Valle de los Caídos y, ahora, poner sobre la mesa la posibilidad cierta de sacar de su tumba el cadáver de Francisco Franco. El objetivo no era hacer una pretendida “justicia histórica”, aunque no pase de ser algo más que una grotesca y cobarde revancha/venganza, que en algunos casos es más contra sus propios progenitores que contra Franco. El objetivo es, simplemente, intentar debilitar electoralmente al Partido Popular. Era lógica la escalada, porque el PP no sólo no ha entrado al trapo sino que, a su modo, ha acabado dejando al PSOE jugar con su inventillo de la “memoria histórica” que sólo ha cosechado una oposición mediática limitada. Sin embargo, para algunos analistas, la aplicación de la "memoria histórica", la percepción de lo que realmente es, ha acabado mostrando a muchos electores la cara sectaria de la izquierda que el felipismo había conseguido maquillar, actuando de forma negativa sobre el cuerpo electoral centrista.

El PSOE y toda la izquierda quieren ejecutar su venganza sacando los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos, en el que reposa por decisión de un tal Juan Carlos I, pero quiere hacerlo simplemente por razones electorales. El señor Pérez, apoyado por el taimado Jáuregui, ha diseñado su estrategia electoral discursiva de cara a las próximas elecciones: más radicalismo izquierdista, para recuperar la posible fuga de votos hacia Izquierda Unida (el ingenuo Cayo Lara está cayendo en la trampa sin darse cuenta); más demagogia izquierdista, para ganar votos entre el espacio sociológico secuestrado por el inventillo de los indignados y, sobre todo, restar votos como sea al PP. Por ello, el señor Pérez ha gritado como un poseso: “¡Franco, Franco, Franco! El caudillo nos dará la victoria”. Pérez piensa que si el PP se opone, aunque sea muy poquito, de aquel modo que tiene Rajoy de oponerse a las cosas, aunque sea diciendo que el “PSOE sólo mira al pasado y nosotros al futuro”, podrá agitar el espantajo de la derecha rancia, dictatorial y franquista, lo que será bueno para reafirmar su identidad izquierdista y quizás cambie el voto de algún incauto. Quizás Rubalcaba sueñe, por el tancredismo habitual de Rajoy, con una defección de la masa votante que admira a Franco y vota al PP que le cause la pérdida de algunos diputados.

Lo que curiosamente nadie ha advertido al señor Pérez es que también pudiera producirse el efecto contrario; que, aunque se convirtiera en ídolo del rojerío callejero y mediático ultraizquierdista encabezado por el diario Público, los votantes moderados de izquierdas, entre los que por cierto, según las encuestas, también existen personas con una visión positiva de Francisco Franco, pudieran volverle aún más la espalda por cobarde, tonto e inútil. Pero, insisto, Franco les importa un pimiento.

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Lo que hasta hace poco eran casi parabienes y sonrisas se ha transformado en preocupación, alarma y hasta en un airado “¡Hasta aquí!”. Los denominados indignados, nomenclaruta elevada a definición ideológica por los mismos que ahora se escandalizan y reclaman acciones contundentes, han cruzado “la línea roja”, han atentado “contra la democracia” y quieren “secuestrar la voluntad popular”, nos dicen. Y todo, simplemente, porque, en lógica con sus propuestas, las mismas que eran animadas desde medios de muy diverso color, se han vuelto de forma clara, sonora y rotunda contra la clase política. Ahora, que han pasado a mayores, los abucheados no son ni los banqueros, ni los explotadores y los damnificados no son ni los comerciantes, ni las tiendas, ni los cajeros automáticos, ni el mobiliario urbano.

Las imágenes de jóvenes y no tan jóvenes insultando con palabra gruesa a los políticos, de todo color, en Madrid, Valencia y Barcelona, me han recordado un cuadro de Goya visto a la inversa: son los hijos los que devoran a Saturno y éste tiene la misma mirada descompuesta e irracional que cuando él era el devorador. ¿Cómo ha sido posible se preguntan algunos? ¿Pero no eran de los nuestros, decían otros? ¿Cómo me han insultado a mí que defiendo sus propuestas?, debió pensar Cayo Lara mientras le gritaban, con toda la razón, “oportunista”. Y, hasta los adláteres de la Sexta, los opinadores rojiprogres, los que sueñan en rojo vivo, se quejaban de que los airados manifestantes no supieran diferenciar entre los que imponen los recortes, son súbditos de la patronal, la banca y las multinacionales y quienes se oponen a ellos con valor y coraje desde los cómodos escaños de los mil y un parlamentos de las Españas. Los que se presentaban como usufructuarios directos de la protesta, los mismos que la animaban, se han encontrado, de pronto, con que los indignados no distinguen entre un político y otro político, porque son todos miembros de la casta. Lo que, dicho sea de paso, han demostrado cuando todos se han visto zaheridos del mismo modo.

Como la izquierda es hábil, y la tontuna del mito progresista llega a los más recónditos lugares, ya tenemos la explicación. Existen dos movimientos de indignados: uno, el de los ideales del 15-M, cristalino, arcangélico y de izquierdas; otro, violento, antisistema y casi fascista cuyo propósito es acabar con la nueva primavera de los pueblos cantada por los bardos de la estulticia que pueblan los medios. Y ese 15-M bondadoso se solidariza con la casta agredida, porque toda ha sido vilipendiada cuando el objetivo de su ira sólo debería tener un único color: todo aquello que no fuera izquierda.

¿Qué está sucediendo? Simplemente algo muy viejo en los movimientos ideológicos: la rebelión de los cachorros. Existe una generación, cuya punta de lanza son los antisistema, los antiglobalización, los ocupa, los red-skin, y los denominados perro-flauta, pero que sociológicamente supera lo que para muchos no pasan de ser tribus urbanas de la modernidad. Esa generación es, en buena medida, la protagonista de estos movimientos, la base de los indignados jóvenes, la que se ha movilizado y ha acampado. Una generación educada por una amplia colección de progres burgueses de izquierda de salón que les han cantado las glorias del comunismo, el anarquismo, la revolución rusa, la revolución castrista, el Che,  y ahora la II República Española. Ese es su universo mitológico y el resultado es que aspiran a imitarlo y emularlo. Son los que se han quedado en las plazas y los que continúan movilizándose. Los medios y los opinadores, los mismos que ahora se quejan, han exaltado hasta la estulticia su “revolución”. Los viejos progres entrados en años veían en ellos sus vástagos, la resurrección del idolatrado “mayo francés” del 68. El mismo que Franco -que siempre tiene que acabar saliendo- les secuestró, frustrando a la intrépida Celia Villalobos blasonadora de su correr ante los grises (“que esos sí que pegaban y no los actuales angelicales antidisturbios”, nos razonó). Para esos progres envejecidos, los indignados del 15-M eran, hasta hace poco, los rescatadores del espíritu de la auténtica izquierda perdido tras la caída del comunismo y acorralada en Cuba; los que les retrotraían a las imágenes de sus asambleas universitarias destinadas a cambiar un mundo que después, cuando han estado en el poder, han hecho más burgués y menos sacrificado que el de sus padres a los que tan exaltadamente despreciaban por su conformismo. Eso sí orlado con la droga y el amor libre que tanto les gustaba. El problema es que para sus “indignados” el enemigo no es la derecha, es la casta política y el sistema. El enemigo que ha sepultado la añorada y exaltada revolución.

 

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Releyendo la historia del Titanic

Publicado: 19/06/2011 12:05 por Francisco Torres en sin tema
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Con cierto retraso, en la sección de efemérides de un diario, he reparado en la botadura, hace un centenar de años, un 31 de mayo para ser exactos, del flamante navío de la White Star Lines bautizado como Royal Mail Steamship Titanic, en un astillero de Belsfat. No llegó a cumplirse un año cuando, una vez completadas las obras de decoración, se hizo a la mar en un célebre viaje inaugural que, pese a su trágico destino, lo convertiría en un icono del siglo veinte.

Repasar la historia de aquella increíble nave de 52.000 toneladas, además de retrotraernos al tiempo donde las diferencias sociales marcaban las mismas distancias que, siglos atrás, existieron entre privilegiados y no privilegiados, es una invitación permanente a la relectura en clave intemporal del simbolismo de la rápida travesía hacia la eternidad descrita por el Titanic.

El Titanic fue el producto de una época y de un momento concreto. Era la demostración palpable y tangible de hasta dónde podía conducir a la humanidad (un calificativo que se reservaba sólo a los occidentales) la técnica y la fe en el progreso como elemento clave del camino de hacia una vida mejor y un mundo feliz. En dos años y medio, ingenieros, arquitectos, decoradores y obreros -éstos en duras condiciones de trabajo- llevaron a cabo la construcción de aquel desafío tecnológico, de aquel gigante con corazón de fuego. Una nave concebida por el hombre y para el hombre que surcaría los mares haciendo visible que, a través del progreso y la técnica, se podía doblegar definitivamente a la Naturaleza. Aquel era el primer barco insumergible del mundo.

El Titanic era también una expresión material del poder del capitalismo. Una obra de ingeniería que se había realizado merced al dinero de J. Pierpont Morgan. Un símbolo de los ideales del momento: más rápido, mejor y con más ganancia. Un espejo desmesurado del gusto por la ostentación, del poder del dinero. Un muestrario de la estratificación en clases sociales bien diferenciadas y separadas. Todo el lujo y todas las miserias. Un barco insumergible elevado a mito por la propaganda y la publicidad en el que se había sacrificado la seguridad hasta tal punto que ni tan siquiera tenía botes de salvamento para todos. Un barco con un capitán obligado a demostrar que podía desafiar la naturaleza, desoír las advertencias y, por tanto, dejar a un lado las necesarias acciones preventivas. Un barco que se correspondía con la tesis del mayor beneficio al menor coste posible.

El 14 de abril de 1912 un humilde iceberg hundía en un tiempo increíble aquel desafío tecnológico, aquella expresión del poder del capitalismo. Dos años después de aquella crisis el mundo feliz se hundía en el lodo de las trincheras de la I Guerra Mundial.

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