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Ausencias reales ¿A qué dedican el tiempo libre?

Publicado: 05/07/2011 12:35 por Francisco Torres en sin tema
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Tengo que decir, no vayan a pensar mal mis lectores, que personalmente el hecho de que la Familia Real, representada por SSAARR los príncipes de Asturias (en realidad sólo él es príncipe), pese a los anuncios, tras decidirlo en el último minuto, no asistiera a la boda de opereta (conste que casi todas las bodas reales lo son), celebrada en Mónaco para darle lustre a un principado de glamour en plena decadencia, me parece una nota de buen gusto. Pero que la decisión de no hacerlo fuera precipitada no deja de escamarme. Podría hacer una “boutade” veraniega, pletórica de maledicencia, escribiendo que probablemente Leticia no quiso competir con las afamadas princesas de Mónaco y la hiperfotografiada Carlota, devoradora desde hace años del papel couché. Pero no pasaría de ser una explicación digna de cualquier programa de cotilleo. Sin embargo, dejando a un lado los gustos personales, alegrándome del ahorro que supone no tener que desplazar a nuestros augustos representantes, sus modelos y su cortejo hasta Mónaco, no deja de ser significativo el hecho que han dejado de cumplir con una de sus obligaciones. Algunos, por elevar el tono patriótico, han comentado que fue la respuesta real a las declaraciones de Alberto de Mónaco cuando la candidatura olímpica de Madrid, pero el pecho se saca desde el principio y no a última hora y sin decirlo.

Más sorprendente ha sido la ausencia de los anteriormente citados, ya que desde hace tiempo el Rey suele delegar en el heredero este tipo de obligaciones, en la entrega de despachos de la Academia Militar de San Javier. No sólo no llegaron a dar el despacho a los cadetes el Príncipe y la princesa consorte, tampoco estaba la fecha, por lo que parece, en la agenda de la enfadada Ministra de Defensa. No es que los cadetes se licenciaran con disgusto o no gritaran jubilosos al lanzar sus gorras al aire, pero no me cabe duda de que, acostumbrados al realce que da la presencia de la Familia Real, lo sintieran como un desdoro. Ausencia sorprendente, porque desde que tengo memoria la presencia de la Familia Real es habitual en este tipo de actos en la Academia. Es posible que lo hayan hecho para ahorrar, pero no parece una excusa muy plausible. 

No es la primera vez que la Casa Real deja a algunos con tres palmos de narices, especialmente cuando llega la canícula veraniega o prevacacional. Alguien debería de recordar a los encargados de protocolo de la augusta casa que la función principal que tiene el Rey y todos los miembros de la Familia Real es la de representación. Ante esa obligación no cabe ni excusa ni pretexto y mucho menos cuando se trata de algo tan vinculado al Jefe del Estado como son los Ejércitos. También deberían los encargados de protocolo asumir que existe vida más allá del peloteo habitual de los medios de comunicación y que, ante estas ausencias, lo que muchos españoles acaban preguntándose es ¿a qué dedican el tiempo libre? Un tiempo que muchos consideran demasiado amplio.

 

 

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Los héroes siempre se imponen a la ingratitud, la mentira y la maledicencia.

Ocultación y desprestigio, bien mezcladas con verdades a medias, suelen ser las dos armas favoritas de quienes, por razones ideológico-políticas, buscan destruir la memoria que no les resulta grata de cualquier hecho histórico. Leía el otro día a un columnista, con vitola de progre y amante del discurso políticamente correcto de la derecha opinante española, que considera que con tal de dar cera al PSOE todo vale, en las páginas de La Razón, afirmar que nunca nadie ha tenido tantos efectivos de nuestro ejército en el exterior como Rodríguez Zapatero, ni misiones con tantos muertos como la de Afganistán que lidera Carmen Chachón. El avezado columnista, que no debe leer ni su propio periódico, ignoró, creo que conscientemente, que en Rusia, hace ahora setenta años de su salida de España, una unidad militar de nuestro Ejército, sin parangón posible con lo que son las actuales misiones en el exterior, tuvo más de cinco mil muertos y casi nueve mil heridos (más de dos mil con consideración de mutilados) y que por aquella unidad pasaron unos 46.000 hombres junto con 140 mujeres.

Se cumple en estos días el 70 Aniversario de la formación y partida de la División Española de Voluntarios, la conocida popularmente como División Azul. Conformada, como todo el mundo sabe, como una unidad de voluntarios, en la que predominaban los falangistas, con mandos militares profesionales, fue constituida como una unidad del ejército español, formando por tanto parte de su historia. Por encima de las razones ideológicas que la sustentaban, el anticomunismo militante, fue enviada al frente ruso por razones de conveniencia nacional, al servicio de la política exterior española de aquel tiempo. El objetivo pragmático de esa decisión y de la ulterior de mantenerla en el frente, pese a que no era posible alcanzar su objetivo máximo de destruir el comunismo, sin dejar a un lado el factor ideológico, razón basal de toda la campaña,  fue adaptándose a la evolución del conflicto bélico y a las razones de la política exterior española.

A mi juicio, inicialmente, la presencia de la División Azul en el frente ruso permitía a las autoridades españolas alcanzar cuatro objetivos fundamentales: primero, dar muestras de amistad con Alemania en un momento en el que las relaciones se habían enfriado por la reiterada negativa española a entrar en la guerra; segundo, alejar la posibilidad de que se pusiera en marcha una operación alemana sobre el territorio español; tercero, demostrar la capacidad combativa del ejército español como elemento disuasorio; cuarto, en caso de que se alcanzara la que entonces parecía incuestionable victoria alemana tener un asiento en la conferencia de paz que reordenaría el mapa colonial del mundo, quebrando el para España lesivo dominio franco-británico.

A partir del verano de 1942, conforme la guerra fue cambiando de signo, especialmente cuando la posibilidad de que los aliados abrieran un segundo frente en occidente, siendo España uno de los puntos calientes, la División Azul fue mantenida en el frente por dos razones: primera, continuar dando muestras de la capacidad combativa del ejército español y por tanto evitar la tentación alemana de cerrar el Mediterráneo en Occidente; segunda, conseguir de Alemania el envío de armamento moderno para hacer frente a una posible agresión aliada. Finalmente, la División Azul y la posterior Legión Azul que la sustituyó estarían en el frente ruso hasta finales de 1943 y abril de 1944 respectivamente por otras tres razones: primera, seguir manteniendo un lazo de colaboración con Alemania que evitara una posible acción a la desesperada sobre España; segunda, porque Franco, la Falange y el Ejército se resistían a dejar de dar testimonio de su deseo de luchar contra el comunismo; tercera, por razones de independencia frente a las presiones aliadas que finalmente obligaron a la retirada definitiva de los combatientes españoles.

Aquellos combatientes, en su casi totalidad voluntarios, tuvieron que pagar un altísimo precio en sangre y vidas humanas para cumplir con esa misión exterior someramente descrita. Lo hicieron combatiendo con un valor, entrega y sacrificio de tal grado que admiró a toda Alemania, desde el orgulloso Führer hasta el último soldado. Tal fue la campaña de la División Azul que puede considerarse, desde el punto de vista militar, como una de las más heroicas de nuestro ejército. Queda como constancia el altísimo número de condecoraciones, españoles y alemanas, conseguidas por sus hombres. Número que pudo ser mayor y que se redujo porque la sucesión de hechos distinguidos provocó que se considerara que la concesión de tantas condecoraciones depreciaría el valor de las mismas. Así pues las autoridades militares fueron parcas a la hora de conceder las dos grandes condecoraciones españolas: la Medalla Militar y la Cruz Laureada de San Fernando. Aún así obtuvieron: 8 Cruces Laureadas de San Fernando, 53 Medallas Militares individuales, 2 Medallas Militares colectivas. Todo ello en unos veinticinco meses de campaña.

Resumir la campaña militar de los españoles en el durísimo Frente del Este en el estrecho margen de este artículo es prácticamente un ejercicio imposible. Baste decir que, frente a lo que se suele decir habitualmente, los españoles llegaron, después de ser desviados de su destino inicial, el Frente de Moscú, al Frente del Wolchow para participar en la ofensiva alemana diseñada para asegurar el cerco de Leningrado y crear una línea de invierno firme. Los españoles participaron en lo que los historiadores militares soviéticos denominaron la Batalla Thinkin-Wolchow. Cruzaron el río, establecieron una cabeza de punte y llegaron a relevar a los alemanes en Otenski-Possad, donde realizaron una heroica defensa. En aquellas operaciones dejó la vida una parte importante de la Vieja Guardia falangista de Madrid y Murcia. Allí soportaron, al otro lado de un río helado, la bajada de las temperaturas del que sería el invierno más frío desde hacía décadas, superándose los 40º bajo cero y todo ello sin equipo adecuado. Allí mostraron hasta dónde podía llegar la capacidad de resistencia de unos españoles que estaban dispuestos a defender Nowgorod, como explicara Muñoz Grandes a unos temerosos mandos alemanes, hasta la muerte. Aquellos soldados demostraron que no eran solo palabras. Así había sucedido en Udarnik donde la guarnición española fue clavada con picos al suelo, mutilando cadáveres al atravesar con ellos sus rostros aprovechando la oquedad de la boca.

A lo largo del invierno de 1941-1942 la División Azul se ganó, a fuerza de sangre y valor, la confianza de los alemanes merced a sus acciones de socorro. Sus efectivos la convertían en la última esperanza de obtener refuerzos para las unidades germanas. En enero de 1942 la Compañía de Esquiadores de la División cruzó el Ilmen, a cincuenta grados bajo cero, para liberar a los alemanes de la 290ª División cercados en Vsvad, según los norteamericanos Kleinfeld y Tambs se trata de uno de los episodios heroicos de la II Guerra Mundial. A mediados de enero la 126ª alemana perdía Teremets, el segundo Batallón del 269 fue enviado a taponar una brecha de seis kilómetros en lo que fue una auténtica carnicería, ya que ni los rusos ni la columna germano-española estuvieron dispuestos a ceder. En febrero una batería española fue enviada a reforzar a los alemanes en Podbereje. El 12 de febrero el 2º Batallón del 269 fue enviado a rescatar los alemanes de las SS y del 426º Regimiento cercados en Mal Samoschje, quedándose después de liberar a los germanos para formar parte de los ataques que la 126ª División realizó en Bol Samoschje. El 22 de febrero la 3ª Compañía del 250ª Batallón es enviada a ayudar a los alemanes en Vodoskoje. En marzo el 250º Batallón será enviado a reforzar nuevamente a la 126ª División alemana. Estas acciones fueron las que hicieron a Hitler pronunciar públicamente frases admirativas sobre los soldados españoles.

La División Azul se ganó a pulso el título de unidad de granaderos, unidad de elite del ejército alemán. Participó brillantemente en las acciones de la liquidación de la Bolsa del Wolchow. A finales del verano de 1942 fue trasladada a posiciones frente a la ciudad de Leningrado para participar en el asalto definitivo a la misma. Pero los alemanes habían llegado a su punto máximo de esfuerzo. La operación fue abandonada y los españoles se encontraron situados en uno de los posibles puntos de ruptura del frente alemán. Allí volvieron a demostrar su capacidad de combate prestando su colaboración a las fuerzas germanas que tuvieron que desbaratar la primera ofensiva soviética para intentar poner fin al cerco. Como en tantas ocasiones los españoles acudieron a reforzar a los germanos. Allá fue el Segundo Batallón del 269, a cubrirse de gloria en Posselok defendiendo los vitales altos de Sinyavino, sufriendo unas bajas que se elevaron al 95% de sus hombres, pero rechazando a un enemigo muy superior. Aún les quedaría tiempo a los divisionarios para realizar una de sus mayores gestas: detener, contra todo pronóstico, la ofensiva rusa en Krasny-Boor. La División defendía uno de los puntos de ruptura escogidos por el mando soviético para lanzar la operación que permitiría acabar con el cerco de Leningrado. Pese a la abrumadora superioridad rusa los españoles aguantaron ganando un tiempo vital para que los alemanes pudieran acumular fuerzas y fijar el frente. La pugna en todo el sector norte se mantuvo a lo largo de todo un mes, después agotados, se produjo una calma relativa. Un tiempo de guerra de soportar bombardeos y golpes de mano.

Sucesivamente la División Azul estuvo mandada por los generales Muñoz Grandes y Esteban Infantes. Sin embargo, para la historia, el primero sería siempre el general de la División Azul. No podía ser de otro modo porque fue una creación suya. Muñoz Grandes tuvo que crear una unidad con una fuerte identidad porque iba a combatir en un frente durísimo,  muy lejos de su patria y por razones puramente ideológicas: ni se defendía físicamente el territorio español, ni existía la amenaza directa sobre los propios, ni era posible conquista territorial alguna. La División Azul era una unidad compuesta básicamente de voluntarios civiles con poca o ninguna experiencia militar; había un buen número de excombatientes, pero se trataba de muchachos que habían estado en sectores de línea durante la guerra civil; de soldados que se habían presentado voluntarios en los cuarteles pero con una escasa preparación. El factor cualitativo favorable era que se trataba de una tropa altamente motivada. El general Muñoz Grandes, sin embargo, se rodeó de un competentísimo equipo de jefes y oficiales, entre los que abundaban los condecorados, con experiencia en unidades de elite y de choque durante la guerra civil. Con todo ello creó, en poco tiempo, una unidad físicamente endurecida tras recorrer andando mil kilómetros y con un alto espíritu de cuerpo. También impuso el general un sistema de relevos a partir de 1942 que le permitió mantener el mismo espíritu, la misma cohesión y la misma efectividad. Los hombres cambiaban pero la unidad seguía siendo la misma. Este fue el gran secreto de la División Azul.

Y, por encima o por debajo de todo, lo más importante, lo fundamental, fue la razón que impulsó su nacimiento: el “¡Rusia es culpable!” de Serrano Suñer. La División Azul era una continuación, sublimada, de las razones que habían llevado a millones de españoles a apoyar la sublevación contra la República y a decenas de miles a combatir voluntariamente contra ella. Entre esas razones brillaba, como crisol y aglutinador, el anticomunismo. Combatir en la URSS suponía combatir al único país en el que comunismo (entonces tanto el anarquismo como el marxismo quedaban englobados en el término genérico comunismo, independientemente de que fuera libertario o no) había triunfado y actuaba como ejemplo y elemento difusor de la revolución; suponía combatir a la nación que había hecho posible la resistencia del Ejército Rojo con sus envíos de material; suponía combatir a los asesinos y los torturadores del Frente Popular y a los enemigos de la cristiandad. Sólo por eso fueron, como repitió el general Muñoz Grandes el día de la jura en Alemania, a combatir heroicamente en el Frente Oriental. Lo demás es literatura, propaganda y deseo de ganar dinero fácil difamando a los héroes olvidados. Unos héroes que bien merecieran un homenaje público y nacional.

(Artículo publicado en el nº 586-587 de La Nación, del 12de julio al 2 agosto de 2011)

 

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Una misión al servicio de la política exterior española.

Hace setenta años el Estado Mayor del Ejército español fijaba el día D para la salida de España para combatir al comunismo de una unidad de voluntarios que, en los documentos oficiales, se denominaba División Española de Voluntarios y que José Luis de Arrese bautizó definitivamente con el nombre con el que popularmente se la conoce, la División Azul. Poco después partía otra unidad puesta en marcha por el Ejército del Aire, la Escuadrilla Azul. A lo largo de veintisiete meses de campaña (casi 25 en el frente), más cuatro de la Legión Española de Voluntarios que la sustituyó,  en torno a cuarenta y seis mil hombres y 140 mujeres pasaron por sus filas. Dejaron en las frías tierras de Rusia 4.392 caídos de sus unidades de tierra, 22 hombres de la  Escuadrilla Azul y algo más de un centenar de prisioneros españoles que murieron en los campos de concentración rusos, en el siniestro GULAG.

Transcurridos setenta años cabría preguntarse por el ¿por qué de la División Azul? ¿por qué fue enviada a combatir a un frente tan lejano? ¿qué utilidad tuvo su sacrificio?. Como todo el mundo sabe, la División Española de Voluntarios, surgió al impulso del sector falangista del régimen de Franco, pero, precisamente por la razón de la movilización, el deseo de luchar contra el comunismo, se convirtió en un punto de encuentro de lo que era la España de la Victoria, uno de cuyos nexos de unidad e identidad era el anticomunismo. Esa motivación le confirió la inmensa popularidad que la acompañó durante toda su historia. Constituida como una unidad del Ejército Español, hecho diferencial con respecto a otros combatientes españoles en la II Guerra Mundial, forma parte de su historia elevándose sobre posicionamientos exclusivamente conyunturales.

Miles de jóvenes secundaron voluntariamente, alistándose en la milicia falangista o en los cuarteles, el “¡Rusia es culpable!” de Serrano Suñer, entonces Ministro de Asuntos Exteriores y Presidente de la Junta Política de FET de las JONS. Lo hicieron porque la División Azul era la continuación, sublimada, de las razones que habían llevado a millones de españoles a apoyar la sublevación contra la República y a decenas de miles a combatir voluntariamente contra ella en las filas del Ejército Nacional o de las Milicias. Entre esas razones brillaba, como crisol y aglutinador, el anticomunismo. Combatir en la URSS suponía combatir al único país en el que comunismo (entonces tanto el anarquismo como el marxismo quedaban englobados en el término genérico comunismo, independientemente de que fuera libertario o no) había triunfado y actuaba como ejemplo y elemento difusor de la revolución; suponía combatir a la nación que había hecho posible la resistencia del Ejército Rojo con sus envíos de material; suponía combatir a los asesinos y los torturadores del Frente Popular y a los enemigos de la cristiandad; era un modo de hacer justicia tras las decenas de miles de asesinatos cometidos en la retaguardia republicana, tras la persecución religiosa y el inmenso expolio económico realizado por los frentepopulistas simbolizado en el famoso “oro de Moscú”. Y para eso, en la España de la Victoria, sobraban posibles voluntarios.

Ahora bien, la División Azul no fue enviada a combatir a la URSS solamente por eso. Según se prefiera, por encima o por debajo de las razones ideológicas que la sustentaban, el anticomunismo militante, aquella unidad del Ejército Español marchó a combatir al frente ruso por razones de conveniencia nacional, al servicio de la política exterior española de aquel tiempo. Eso sí, los objetivos pragmáticos de esa decisión y de la ulterior de mantenerla en el frente, pese a que se hizo visible que ya no era posible alcanzar su objetivo máximo de destruir el comunismo, sin dejar a un lado el factor ideológico, razón basal de toda la campaña, fueron adaptándose a la evolución del conflicto bélico y a lo que en cada momento era más conveniente para la política exterior española.

A mi juicio, inicialmente, la presencia de la División Azul en el frente ruso, además de hacer patente la decisión programática del régimen de combatir al comunismo, permitió a las autoridades españolas alcanzar cuatro objetivos fundamentales: primero, dar muestras fehacientes de amistad con Alemania en un momento en el que las relaciones se habían enfriado por la reiterada negativa española a entrar en la guerra y por las negociaciones económicas; segundo, alejar la posibilidad de que se pusiera en marcha la operación alemana que sobre el territorio español tenía diseñado el Alto Mando germano; tercero, demostrar la capacidad combativa del ejército español actuando así como elemento disuasorio; cuarto, en caso de que se alcanzara la que entonces parecía incuestionable victoria alemana, tener un asiento en la conferencia de paz que reordenaría el mapa colonial del mundo, quebrando el para España lesivo dominio franco-británico y consiguiendo el soñado, desde mediados del siglo XIX, imperio colonial en el norte de África así como la recuperación de Gibraltar.

A partir del verano de 1942, conforme la guerra fue cambiando de signo, especialmente cuando la posibilidad de que los aliados abrieran un segundo frente en occidente, siendo España uno de los posibles puntos de ruptura, la División Azul fue mantenida en el frente por dos razones: primera, continuar dando muestras de la capacidad combativa del ejército español y por tanto evitar la tentación alemana de cerrar el Mediterráneo en Occidente; segunda, conseguir de Alemania el envío de armamento moderno para hacer frente a una posible agresión aliada. Finalmente, la División Azul y la posterior Legión Azul que la sustituyó estarían en el frente ruso hasta octubre de 1943 y abril de 1944 respectivamente por otras tres razones: primera, seguir manteniendo un lazo de colaboración con Alemania que evitara una posible acción a la desesperada sobre España; segunda, porque Franco, la Falange y el Ejército se resistían a dejar de dar testimonio de su deseo de luchar contra el comunismo; tercera, por razones de independencia frente a las presiones aliadas que finalmente obligaron a la retirada definitiva de los combatientes españoles.

Aquellos combatientes, en su casi totalidad voluntarios, tuvieron que pagar un altísimo precio en sangre y vidas humanas para cumplir con esa misión exterior someramente descrita. Lo hicieron combatiendo con un valor, entrega y sacrificio de tal grado que admiró a toda Alemania, desde el orgulloso Führer hasta el último soldado. Tal fue la campaña de la División Azul que puede considerarse, desde el punto de vista militar, como una de las más heroicas de nuestro ejército. Queda como constancia el altísimo número de condecoraciones, españoles y alemanas, conseguidas por sus hombres. Número que pudo ser mayor y que se redujo porque la sucesión de hechos distinguidos provocó que se considerara que la concesión de tantas condecoraciones depreciaría el valor de las mismas. De todos modos, proporcionalmente es una de las unidades más condecoradas del ejército español en lo referente a las más altas recompensas: 8 Cruces Laureadas de San Fernando, 53 Medallas Militares Individuales, 2 Medallas Militares colectivas y 138 Cruces de Hierro de primera clase. Miles de voluntarios obtuvieron otras condecoraciones por hechos de guerra. 

Resumir la campaña militar de los españoles en el durísimo Frente del Este en el estrecho margen de este artículo es prácticamente un ejercicio imposible. Baste decir que, frente a lo que se suele decir habitualmente, los españoles llegaron, después de ser desviados de su destino inicial, el Frente de Moscú, al Frente del Wolchow para participar en la ofensiva alemana diseñada para asegurar el cerco de Leningrado y crear una línea de invierno firme. Los españoles participaron en lo que los historiadores militares soviéticos denominaron la Batalla Thinkin-Wolchow. Cruzaron el río, establecieron una cabeza de punte y llegaron a relevar a los alemanes en Otenski-Possad, donde realizaron una heroica defensa. En aquellas operaciones dejó la vida una parte importante de la Vieja Guardia falangista de Madrid y Murcia. Allí soportaron, al otro lado de un río helado, la bajada de las temperaturas del que sería el invierno más frío desde hacía décadas, superándose los 40º bajo cero y todo ello sin equipo adecuado. Allí mostraron hasta dónde podía llegar la capacidad de resistencia de unos españoles que estaban dispuestos a defender Nowgorod, como explicara Muñoz Grandes a unos temerosos mandos alemanes, hasta la muerte. Aquellos soldados demostraron que no eran solo palabras. Así había sucedido en Udarnik donde la guarnición española fue clavada con picos al suelo, mutilando cadáveres al atravesar con ellos sus rostros aprovechando la oquedad de la boca.

A lo largo del invierno de 1941-1942 la División Azul se ganó, a fuerza de sangre y valor, la confianza de los alemanes merced a sus acciones de socorro. Sus efectivos la convertían en la última esperanza de obtener refuerzos para las unidades germanas. En enero de 1942 la Compañía de Esquiadores de la División cruzó el Ilmen, a cincuenta grados bajo cero, para liberar a los alemanes de la 290ª División cercados en Vsvad, según los norteamericanos Kleinfeld y Tambs se trata de uno de los episodios heroicos de la II Guerra Mundial. A mediados de enero la 126ª alemana perdía Teremets, el segundo Batallón del 269 fue enviado a taponar una brecha de seis kilómetros en lo que fue una auténtica carnicería, ya que ni los rusos ni la columna germano-española estuvieron dispuestos a ceder. En febrero una batería española fue enviada a reforzar a los alemanes en Podbereje. El 12 de febrero el 2º Batallón del 269 fue enviado a rescatar los alemanes de las SS y del 426º Regimiento cercados en Mal Samoschje, quedándose después de liberar a los germanos para formar parte de los ataques que la 126ª División realizó en Bol Samoschje. El 22 de febrero la 3ª Compañía del 250ª Batallón es enviada a ayudar a los alemanes en Vodoskoje. En marzo el 250º Batallón será enviado a reforzar nuevamente a la 126ª División alemana. Estas acciones fueron las que hicieron a Hitler pronunciar públicamente frases admirativas sobre los soldados españoles.

La División Azul se ganó a pulso el título de unidad de granaderos, unidad de elite del ejército alemán. Participó brillantemente en las acciones de la liquidación de la Bolsa del Wolchow. A finales del verano de 1942 fue trasladada a posiciones frente a la ciudad de Leningrado para participar en el asalto definitivo a la misma. Pero los alemanes habían llegado a su punto máximo de esfuerzo. La operación fue abandonada y los españoles se encontraron situados en uno de los posibles puntos de ruptura del frente alemán. Allí volvieron a demostrar su capacidad de combate prestando su colaboración a las fuerzas germanas que tuvieron que desbaratar la primera ofensiva soviética para intentar poner fin al cerco. Como en tantas ocasiones los españoles acudieron a reforzar a los germanos. Allá fue el Segundo Batallón del 269, a cubrirse de gloria en Posselok defendiendo los vitales altos de Sinyavino, sufriendo unas bajas que se elevaron al 95% de sus hombres, pero rechazando a un enemigo muy superior. Aún les quedaría tiempo a los divisionarios para realizar una de sus mayores gestas: detener, contra todo pronóstico, la ofensiva rusa en Krasny Bor. La División defendía uno de los puntos de ruptura escogidos por el mando soviético para lanzar la operación que permitiría acabar con el cerco de Leningrado. Pese a la abrumadora superioridad rusa los españoles aguantaron ganando un tiempo vital para que los alemanes pudieran acumular fuerzas y fijar el frente. La pugna en todo el sector norte se mantuvo a lo largo de todo un mes, después agotados, se produjo una calma relativa. Un tiempo de guerra de soportar bombardeos y golpes de mano.

Sucesivamente la División Azul estuvo mandada por los generales Muñoz Grandes y Esteban Infantes. Sin embargo, para la historia, el primero sería siempre el general de la División Azul. No podía ser de otro modo porque fue una creación suya. El general Agustín Muñoz Grandes, designado para ello personalmente por Franco, tuvo que crear una unidad muy especial cuya fuerza moral residiría en una fuerte identidad moral que le permitiera combatir en un frente durísimo,  muy lejos de su patria y por razones puramente ideológicas: ni se defendía físicamente el territorio español, ni existía la amenaza directa sobre los propios, ni era posible conquista territorial alguna.

La División Azul era una unidad compuesta por: voluntarios civiles con poca o ninguna experiencia militar; un buen número de excombatientes, pero se trataba de muchachos que mayoritariamente habían estado en sectores de línea durante la guerra civil; soldados que se habían presentado voluntarios en los cuarteles pero con una escasa preparación (muchos de los voluntarios de 1942 y 1943 tenían como mucho un par de meses de instrucción de cuartel). A diferencia de otras unidades militares poseían un importante factor cualitativo que demostró su importancia a lo largo de los combates: en líneas generales se trataba de una tropa altamente motivada. El general Muñoz Grandes lo que sí hizo fue rodearse de un competentísimo equipo de jefes y oficiales con amplia experiencia de combate entre los que abundaban los condecorados, militares con más experiencia que a mayoría de los mandos alemanes. Con todo ello creó, en poco tiempo una unidad físicamente endurecida tras recorrer andando mil kilómetros y con un alto espíritu de cuerpo. También impuso el general un sistema de relevos a partir de 1942 que le permitió mantener el mismo espíritu, la misma cohesión y la misma efectividad. Los hombres cambiaban pero la unidad seguía siendo la misma y en ella los falangistas hicieron amplio proselitismo, hasta tal punto que iconográficamente era imposible distinguir a los seguidores de José Antonio de los que no lo eran. Hombres que -y no es literatura-, desde Possad a Krasny Bor, entraban en combate cantando el Cara al Sol, lo que ahogaba los gritos de combate de los soviéticos, convirtiéndose en un arma psicológica de primer orden. Esta identidad y fuerza moral es el gran secreto de la gloriosa campaña militar de la División Azul.

En el Frente Ruso aportaron una visión cristiana de la guerra. Ellos habían ido a combatir al comunismo y nada más. Así lo había precisado el propio Muñoz Grandes ante los mandos alemanes. Despreciaron las normas alemanas con respecto a la población civil, confraternizaron con ella y aliviaron sus males. Compartieron con ellos casa, reposo, mantel y medicinas porque no eran sus enemigos. Todo ello en un frente en el que abundo el rostro incivil de las guerras. Combatieron siempre bajo bandera española, bajo mando español y según las ordenanzas españolas, haciendo oídos sordos a cualquier otro planteamiento. Desde el presente, mirando hacia atrás, no cabe duda de que la División Azul sirvió a los intereses nacionales de la época y contribuyó, con su sacrificio, a mantener alejada a la nación de la guerra real. Bien merecieran pues, estos combatientes, el reconocimiento y la gratitud nacional.

(Artículo publicado en el Diario YA)

http://www.diarioya.es/content/una-misión-al-servicio-de-la-política-exterior-española 

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No vayan a alarmarse mis sufridos lectores, ni me han afectado los muchos grados que marcan las temperaturas ni estoy pidiendo un nuevo “Alzamiento Nacional” contra la crisis y el gobierno, aunque la protesta cívica debiera ser mucho más evidente y plural de lo que es. Es que -utilizando la muletilla de Bono-, pensando en la fecha, he reflexionado sobre la gran pregunta que se hace nuestra casta política, ¿cómo obtener dinero para que el Estado pueda mitigar sus deudas y la casta política seguir pagando con nuestro dinero sus ocurrencias?

Mirando el calendario, en esta tarde veraniega, me ha venido la inspiración recordando un articulo debido a un enfadado César Vidal -enfadado porque le han metido en el mismo saco histórico que a Pío Moa, o sea en la “ultra” y no le gusta-, en el que acababa echando en última instancia la culpa a Franco del paro que tenemos, porque el actual sistema de relaciones empresario-trabajador es obra del franquismo, ya que para los gurús liberalotes, incluyendo a la aclamada Esperanza Aguirre, ahora resulta que  don Francisco era un socialdemócrata peligroso, por lo que estos corsés deben ser eliminados, entre otras razones, por franquistas.

He mirado la fecha y he reparado en la versión oficial sobre el acontecimiento. Versión naturalmente rojiprogre-socialdemócrata en connivencia con la timorata exderecha española y el insondable y metafísico centro político. Nos dicen los medios, casi todos los medios, que se ha cumplido, con baja intensidad, el 75º Aniversario del golpe fascista-franquista que nos condujo a la noche de los tiempos apartándonos de la luz de la historia y el progreso, retrotrayéndonos hasta casi la edad de piedra mientras el mundo nos escupía por aguantar a un dictador bajito (lo de ser bajo o gordo es para la sociedad actual casi un pecado), mediocre y prácticamente tonto de remate. Y ya puestos, culpable en última instancia de la actual crisis económica por engañarnos con el fantasma de un desarrollismo inútil que llevaba en su seno la última venganza del general que ahora todos estamos pagando. ¡Casi nada!

Entre las muchas injusticias y desafueros cometidos por don Francisco figuran algunos que deben ser, de una vez por todas, proscritos por franquistas. A don Francisco se le ocurrió que los españoles debían de ser dueños de su vivienda y, coherentemente, tuvo la ocurrencia de poner los medios necesarios para que así fuera y los españolitos pudieran adquirir una casa en propiedad, pagarla en un tiempo razonable y hasta poder vivir y de paso poner coto a la especulación inmobiliaria. ¡Qué cosas tenia este intolerable fascista!

Otra cosa que se le vino a ocurrir, ¡que ya es manía!, es que los españoles tuvieran seguridad en el trabajo, que los contratos fueran mayoritariamente fijos… la consecuencia de ello fue la creación de un mercado laboral rígido cuyo efecto debía ser, como nos dicen nuestros expertos anticrisis, el incremento del paro y la inviabilidad del crecimiento económico… Bueno ya se sabe que el paro fue durante el franquismo galopante, que la presión intervencionista hacia inviable crear empresas y que sólo se creció durante catorce años en tasas del 6% al 12%.

Como además don Francisco tenía que evitar que los trabajadores salieran a la calle a protestar ante la feroz represión los encadenó dándoles seguridad en el trabajo, creando la Seguridad Social y el sistema de pensiones, las vacaciones pagadas (que antes no existían), permitiendo la compra a crédito, dando créditos baratos a través de la banca pública, convirtiéndolos en clase media, alienándolos mediante la televisión poniendo todas las semanas un partido de fútbol y retransmitiendo las corridas de el Cordobés en una televisión que sólo emitía unas horas… y, sobre todo, instaurando la paga del 18 de Julio para que los españoles pudieran irse de vacaciones… Y así, entre ser propietarios, tener coche, irse de vacaciones, pagar las letras y hacer frente a la hipoteca se estaban quietecitos y de vez en cuando gritaban aquello de “¡Franco, Franco, Franco!” Repito, ¡intolerable abuso fascista!

Por eso, se me ocurre, que dado que hoy florecen los antifranquistas el gobierno pida a todos que renuncien a esa paga conmemorativa del “glorioso Alzamiento Nacional”, instituida no lo olvidemos por don Francisco Franco, entregándola este año al Estado como prueba máxima de la repulsa al odioso dictador y eliminándola el próximo para facilitar la rebaja de los costes de la masa salarial en los balances del Estado y las empresas. Así, ahora mismo, varios miles de millones entrarían en las arcas públicas y daríamos ejemplo a Europa, demostrando, como dice Rajoy, que los españoles saben salir de situaciones difíciles. El único problema sería que a la hora de la verdad sólo existieran un puñado de concienciados antifranquistas. No creo; estoy seguro que los españoles de la “memoria histórica” correrán presurosos y orgullosos a tirar este dinero manchado por la larga mano de Francisco Franco.

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Tiene gracia que el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que ha hecho de la “desmemoria histórica” bandera ideológica, haya escogido la fecha del Veinte de Noviembre, aniversario de la muerte de Francisco Franco y del asesinato-ejecución por los republicanos de José Antonio Primo de Rivera, para que se celebren unas elecciones que, según todos los datos, no sólo serán la tumba política de José Luis Rodríguez Zapatero sino también el día en que el PSOE sufrirá una derrota histórica tras conducir al desastre a la nación española. Pero, tengo que tengo la impresión de que la maquinaria propagandística socialista va a utilizar el simbolismo de la fecha para movilizar a los “jóvenes rojos”, dentro de la estrategia de captación de voto que ha iniciado Pérez Rubalcaba, a los que ahora seguro que podrán movilizar diciendo: “ojo, que vuelve Franco”.

No me cabe duda de que el presidente del gobierno convoca elecciones adelantadas contra su voluntad, pero obligado por las circunstancias. No lo ha hecho por la presión, un tanto débil y etérea, del Partido Popular. Lo ha hecho por interés del partido. Ya señalé, hace tiempo, que podría darse el caso de que, ante el difícil panorama económico, de no existir datos macroeconómicos positivos, los estrategas socialistas consideraran que, entre la necesidad de dar tiempo al nuevo candidato o auparse sobre algunos datos positivos con los que presentarse a las elecciones, primara lo segundo. La evolución negativa de la prima de riesgo española de las últimas semanas, que nada hace presagiar que vaya a remitir de forma inmediata, pero que sí es posible que se produzca una bajada de la misma considerable, al viento de las medidas que el Eurogrupo está adoptando con respecto a Grecia, ha sido quizás el elemento desencadenante pero no el origen de la decisión. Súmese también a ello el problema de la elaboración de los próximos Presupuestos Generales del Estado, inviables porque los ajustes que impone Europa son incompatibles con el precio que el gobierno tendría que pagar a unos nacionalistas que, conscientes de esta realidad, hace días que comenzaron un proceso de desenganche de su apoyo al gobierno. Pero lo que de ningún modo debe obviarse, porque ahí está la clave, es la presión interna desatada hace unas semanas desde el propio partido socialista; la decisión del equipo de Rubalcaba, con  el diario El País como portavoz, de obligar al presidente a adelantar las elecciones, al entender que ello abriría para el PSOE la puerta que evitaría una derrota estrepitosa que condenara al socialismo a permanecer una década en la oposición.

Tengo la impresión de que la decisión de adelantar las elecciones debe explicarse en clave interna socialista, en función de los intereses electorales del partido. El presidente del gobierno había asumido, como razón de su permanencia, la obligación que tenía de realizar los ajustes que la UE demanda a España, entendiendo que con ello se produciría una mejora progresiva en los datos macroeconómicos al generar elementos de confianza para los mercados. Al hundirse las cifras, siendo imposible sacar adelante unos ajustes que, por fuerza, mermarían el apoyo electoral socialista, sólo quedaba como salida para el PSOE y para Rubalcaba convocar elecciones.

Creo también que esta salida también estaba en la agenda del presidente desde finales de junio. Ahora ha salido a la luz porque el presidente entiende que es lo mejor para el PSOE. Lo mejor, porque Rubalcaba, según los datos del CIS, puede reducir la enorme diferencia existente en intención de voto entre el PSOE y el PP; porque los estrategas del PSOE han escogido una precampaña corta para que Rubalcaba pueda, sin dar tiempo a que se produzca el desencanto o el desengaño, lanzar un mensaje diseñado para atraer el voto de la izquierda extraparlamentaria, mermar la fuga de votos de izquierda hacia IU y ser el principal usufructuario del prefabricado movimiento del 15-M, buscando recuperar así entre 500.000 y un millón de votos. Superpóngase a ello el efecto positivo que pudieran suponer los datos de reducción del paro que, merced a una buena campaña veraniega, se van a mantener hasta octubre y quizás hasta diciembre. En esta clave a Rodríguez Zapatero aún le queda una misión: sacarse de la chistera algunos decretos demagógicos en sintonía con el programa izquierdista con "R" de Rubalcaba.

 

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