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Una mirada crítica sobre los que miran críticamente la historia de la División Azul.

Una mirada crítica sobre los que miran críticamente la historia de la División Azul.

La revista Cuadernos de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, en su volumen 34, dedica centenar y medio de páginas a lo que pretende ser una “mirada crítica” sobre la División Azul. En realidad, el conjunto desigual de artículos incluidos, firmados por José Luis Rodríguez Jiménez, Xosé María Nuñez Seixas, Xavier Moreno Juliá, David Alegre Lorenz y Jorge Martínez Reverte, no es más que la trascripción de alguna de las ponencias presentadas a un mini-congreso universitario, de escasa trascendencia y menor resonancia, bastante huérfano de público según algún conocido de quien firma estas líneas que asistió pacientemente al mismo, realizado en la Universidad de Tarragona. Un encuentro casi “semiclandestino” que evitó así tanto el debate como la presencia contestataria de quienes tienen una visión y una perspectiva muy distante, y a tenor de lo leído mucho más científica, de lo que en realidad fue la División Azul. Un encuentro que quedó acomplejado frente a la sombra del Congreso celebrado con motivo del mismo aniversario en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid.

Nos anuncia el historiador Joan María Thomas que, con estos trabajos, por fin recibe “la División Azul desde la historia una mirada crítica, porque la Historia si no es crítica no es”. Lástima que Thomas no haya aplicado esa misma mirada crítica a los trabajos que prologa y se entretenga en lanzar descalificaciones a esos otros encuentros en los que no se analiza críticamente, por ejemplo, la “literatura divisionaria” o que huyeron de ofrecer “reinterpretaciones de la Historia de la Azul a la luz de los más que evidentes progresos de la historiografía española y extranjera sobre el Régimen de Franco durante la Segunda Guerra Mundial, su política interior y sus relaciones exteriores –diplomáticas, militares, económicas, culturales o políticas en general–”. Lo que me lleva a preguntarme si Thomas conoce el contenido de esos encuentros. Cierto es que Nuñez Seixas y David Alegre ponen todo su empeño en presentarnos esa otra visión sobre la División Azul, mientras que Rodríguez Jiménez y Martínez Reverte se contentan con repetir lo escrito anteriormente, pero en conjunto el resultado es científicamente decepcionante, aproximándose en algún párrafo más al panfleto, envuelto un lenguaje de sociólogo y antropólogo de salón, que a la ecuanimidad del historiador realmente independiente. Todo ello, eso sí, orlado en algunos casos con sonoros títulos que acaban decepcionando y que más parecen pensados para poder dar realce al currículo que para resumir esas pretendidas nuevas aportaciones trascendentales para la historiografía. Así pues, en este marco, cuando se concluye la lectura se obtiene la imagen de una División Azul de escasa importancia bélica en el frente ruso, menos particularista de lo que se ha dicho, que, en mayor o menor medida, formó parte del proyecto nazi de Europa contribuyendo a su posible victoria, formada en parte significativa por combatientes fascistas de precario equilibrio psíquico, por hombres que en menor escala que otros también compartieron las brutalidades de aquel frente pero que han disfrutado hasta hoy de una leyenda favorable que es preciso revisar.

Excede con mucho el límite de un artículo la revisión crítica de este conjunto disjunto de artículos. Ahora bien, bastarían al lector una serie de comentarios al hilo de lo planteado por estos autores para evaluar la trascendencia de este pretendido nuevo discurso sobre la División Azul.

No me resisto a comenzar por el texto de Jorge Martínez Reverte quien, bajo el título de “Por qué fueron a Rusia”, se limita a tomar prestadas unas cuantas páginas de su lamentable, deficitario y acientífico libro, harto alejado de la historia, a las que quitar unos párrafos hasta cuadrar el número de palabras necesarias para cubrir el expediente. Y la tesis de Martínez Reverte puede ser cualquier cosa menos crítica y novedosa. En su descargo cabría argumentar que Martínez Reverte no es un historiador y que, desde luego, revisando su trabajo, difícilmente se puede afirmar que conozca esos progresos de la historiografía española y extranjera a la que alude como suprema legitimación científica de estas aportaciones Thomas.

Detengámonos ahora en la colaboración de Alegre Lorenz de la Universidad Autónoma de Barcelona y su pretencioso texto “Coser y desgarrar, conservar y arrojar. Visiones del enemigo y estrategias de supervivencia psíquica en la División Azul”. Alegre, se ha inspirado en un par de textos, los trabajos de Theweleit y Littell, para presentarnos sociológica, psicológica y antropológicamente el perfil del “combatiente fascista” que es el divisionario, que como tal muestra una “extrema brutalidad en el combate”, mantiene “políticas de ocupación marcadas por los excesos” y como fascista padece un “precario equilibrio psíquico” en el que el miedo y los sentimientos pueden llevarle a la perdición al perder así la “armadura física del fascista”. No le era necesaria a Alegre la lectura de los dos trabajos anteriormente citados, a cualquier niño que haya visto Star Wars le sonaría aquello a una reinterpretación de lo de que la “ira y el miedo conducen al reverso tenebroso de la fuerza”. No sé si es que Alegre quiere hacer honor a su apellido, pero ni es serio ni es científico que alguien, disfrazando la falta de estudio con la intertextualización de unas pocas citas teóricas, pretenda hacer un análisis sociológico o antropológico sobre los divisionarios a partir de sus textos en base al análisis parcial, desenfocado, obviando el lícito recurso literario de un relato de guerra que por fuerza contiene posiciones extremas, de las memorias de un solo divisionario, José María Sánchez Diana, ¡ Uno solo! Y, o una de dos, o David Alegre desconoce los relatos existentes -que evidentemente piensa evaluar abstrayéndose de toda coordenada de género- o, simplemente, manipula la realidad. Una pena que Thomas, cuando nos prometía la revisión crítica de las memorias de los divisionarios, que ha hecho con notorio desenfoque Nuñez Seixas, no nos advirtiera que en algún caso sería la revisión de las memorias de un único divisionario.

Abundantes son las perlas que se pueden leer esbozando una sonrisa en el texto de Alegre. Lástima, por ejemplo, que pese a su sesuda disertación sobre la identificación de Rusia con el comunismo y con el enemigo, a su peregrina teorización sobre las palabras de Serrano Suñer, ignore u olvide que, por ejemplo, las memorias de otro divisionario se titulaban, curiosamente, “Rusia no es culpable”. Su análisis sobre las estrofas del Cara al Sol o del Himno de la División Azul es de un candor admirable al ilustrarnos sobre el sentido del recurso a la palabra cielo como “necesidad primordial del fascista dirigida a recuperar el dosel sagrado”. Y así nos va desgranando sus peculiares teorías sobre la “agorafobia que el fascista siente ante lo desconocido” o sobre “la retaguardia como espacio de disolución” porque el “fascista tiene miedo de sí mismo”.

Dejando a los divisionarios caracterizados como “combatientes fascistas”, aunque en el orden de los textos este es el último cerrando así el círculo de la mirada crítica, entra en liza otro pretendido teórico, Nuñez Seixas dispuesto a poner en su sitio la “leyenda tan favorable” que han tejido los divisionarios -a ello lleva dedicados algunos artículos con notorios desenfoques-  dejando como premisa, en un texto que lleva por título “La Cruzada europea contra el bolchevismo: Mito y realidad”, que la importancia estratégica de la División Azul fue “casi irrelevante” y que estuvo dedicada a “labores defensivas en un frente estático”. Y eso lo dice alguien que debiera conocer, ya que ha sido un divulgador de las aportaciones no editadas en España sobre el conflicto germano-soviético, el valor de los combates librados en torno a Leningrado; de la pugna de carneros que entre el otoño de 1941 y los primeros meses de 1944 se libró en ese frente estático que se cobró centenares de miles de vidas en ofensivas y contraofensivas.

Dejo a un lado el mito y la realidad de la cruzada europea, porque una cosa, en lo que no entra Nuñez Seixas, es la propaganda y los objetivos del Tercer Reich y otra lo que llevó a combatir a anticomunistas de muchos países en el Frente Este y especialmente a los españoles. Me asombran las contradicciones de Nuñez Seixas que además es capaz de ponerlas por escrito, como si quisiera ponerse al mismo tiempo la herida y la venda. No es de recibo, por ejemplo, que primero nos diga que la División Azul no tuvo esa aureola de bajas que le da el tinte heroico, porque estuvieron por debajo de la media alemana (olvida que no sólo debe computar los muertos sino también los heridos y congelados que son las bajas reales) y después apunte que no es menos cierto que las bajas alemanas fueron más altas porque estuvieron combatiendo más tiempo y sobre todo porque fue a partir de 1944 cuando el Ejército Rojo causó bajas de verdad a la Wehrmacht pero los españoles ya no estaban allí. ¿En qué quedamos?

Nuñez está obsesionado, esa es mi opinión, con trasladar la particular guerra de los historiadores alemanes a España. Anda empeñado en demostrar que al igual que no existió la limpia Wehrmacht la actuación divisionaria no fue tan limpia y la unidad española, aun dentro de su singularidad, fue menos particular de lo que parece; fue menos brutal porque tuvo menos oportunidades para ello. Para Nuñez lo que de verdad preocupa para situar a la División Azul en sus justos términos es contestar a preguntas del siguiente tipo: “¿Qué ocurrió con los judíos: vieron o percibieron algo los soldados españoles del proceso de persecución que llevó a su exterminio? ¿Cuál fue el trato otorgado a la población civil? ¿En qué medida pudo la DA ser corresponsable, copartícipe o simple bystander de lo que era una guerra de exterminio diseñada y ejecutada por el Alto Mando de la Wehrmacht? ¿Cuál fue la experiencia de guerra de los divisionarios, y cuáles sus rasgos específicos, si los hubo, al respecto? ¿En qué medida la DA fue una excepción dentro del amplio panorama de las fuerzas invasoras en el frente del Este? No se trata de debatir acerca de su “honor” o de su ejecutoria bélica desde presupuestos normativos, sino de historizar en términos comparativos y necesariamente transnacionales la experiencia de la DA en su marco europeo”. Y así, de un plumazo, Nuñez se refiere a esos otros historiadores que como Negreira, Caballero, Sagarra o quien suscribe mantenemos posiciones críticas con respecto a Nuñez o Rodríguez Jiménez.

Interesa mucho a Nuñez, además de otros temas, precisar: “a) las actitudes hacia la población judía; b) la brutalización de sus condiciones de combate; c) la imagen del enemigo y su evolución, y c) el trato hacia la población civil rusa y los prisioneros del ejército soviético”. Nos dice Nuñez que los españoles no realizaron actos de protección a los judíos, pero no es ese el testimonio de los judíos de Grodno, los únicos con los que realmente tuvieron contacto; nos habla, como Reverte, de los judíos que estaban en los hospitales, pero existen decenas de testimonios de la actuación de los españoles con respecto a ellos. Y, naturalmente, busca sembrar la duda al escribir que “no hay constancia de su participación en matanzas”, pero que en todo caso “pudieron ser testigos” y prefirieron mirar para otro lado. Una muestra clara de la objetividad en el manejo de las fuentes.

En ocasiones tengo la impresión de que Nuñez no llega ni a darse cuenta de lo que escribe. Disiento de su aseveración de que la lucha guerrillera o partisana no fuera importante en el sector divisionario y en la zona de Leningrado; pero es curioso que no repare en lo que significa que los alemanes no encargaran a los españoles actividades antipartisanas porque no confiaban en ellos. Y supongo que no confiaban en su eficacia porque difícilmente utilizarían la represalia y otros medios similares. Llega el dislate y la manipulación a extremos difícilmente comprensibles -¡hasta qué punto puede la servidumbre ideológica torcer la objetividad del historiador!- cuando nos comenta que “los indicios indirectos también sugieren que la orden de los comisarios (que suponía su ejecución inmediata) fue cumplida por la DA de modo similar al conjunto de las unidades del Eje”. Como demostración de la evidencia indirecta nos refiere una instrucción del mando divisionario del verano de 1942 que en realidad contradice las órdenes alemanas  y establece un modelo de comportamiento distinto: “Se instruirá a la tropa sin pérdida de tiempo la prohibición de fusilar a los comisarios Políticos hechos prisioneros o pasados voluntariamente a nuestras filas. Estos Comisarios serán objeto del mismo trato que se da a los demás prisioneros”. ¡Asombroso!

No quiero cerrar este ya de por sí largo comentario sin una referencia a Rodríguez Jiménez para quien la División Azul, formó parte de la maquinaría del mal, por encima de cualquier otra consideración, al “dar relevo a tropas alemanas y vida al proyecto nazi de una Europa dominada por el pueblo ario”. Y se ha quedado tan contento.

La historiografía sobre la División Azul, entre héroes e indeseables (Sin acritud)

La historiografía sobre la División Azul, entre héroes e indeseables (Sin acritud)

¡Hoy era un día feliz!.

Concierto de acordeón y final con Noche de Paz… pero, mi buen amigo Carlos Caballero, adelantándose quizás al Día de los Inocentes, me ha remitido un mensaje…

¡Cáspita, un nuevo libro divisionario! Y ya me veía gastándome los dineros, pese a los recortes, en esta nueva joya, pero… entre los autores figuran esos tres reyes magos de la moderna historiografía que son Rodríguez Jiménez, Martínez Reverte y Nuñez Seixas… Ya me veía leyendo y maldiciendo en arameo… Menos mal que la publicación es gratuita porque de lo contrario ni en los saldos la hubiéramos podido adquirir.

Aparecen los artículos en la Revista “Cuadernos de Historia Contemporánea” vol. 34 (2012), bajo el título de “La División Azul, una mirada crítica”. Tan crítica que a algunos se les olvidó mirar o simplemente tenían lentes con los cristales tintados cuando no desenfocados. En realidad son las ponencias de aquel congreso semiclandestino –sin publicidad, no se nos ocurriera a algunos de nosotros acudir y enmendar la plana a los doctos ponentes- celebrado en una Universidad de Cataluña de escasa repercusión y al que sólo debieron asistir los alumnos encadenados al crédito para oír lo que llevan algunos escribiendo, cambiando los títulos, desde hace años.

Confieso que no me he podido resistir a la tentación de ojear a estos expertos en una lectura diagonal. Arrobado me he quedado leyendo la introducción –justificación de Thomas: por fin podemos acceder a la verdadera historia de la División Azul. ¡Y yo sin enterarme!

 

Y he seguido y no continuado con el texto del golfo más golfo –dicho con todo el cariño y la raigambre umbraliana del término- de estos “héroes o indeseables”, que diría el ínclito Rodríguez Jiménez, de la historiografía. Comienzo a leer a Martínez Reverte y me digo: “me suena, me suena, me suena”. Y tanto, como que su ponencia no es más que la reducción mediante el sistema de quitar párrafos, de las primeras hojas de su infumable libro… de ahí que cariñosamente le adjetive de golfo. Con esta insigne y novedosa aportación, sin duda, Martínez Reverte debió prestigiar lo que se presenta a posteriori como el “sumun” del congreso científico divisionario.

 

Pero, bueno, al menos, y dadas las normativas universitarias, algunos podrán hacer el necesario currículo… Concluyo, pero ardo en deseos de comenzar a leer esa ponencia que habla de “estrategias de supervivencia psíquica” en la División Azul. No sé por qué pero me temo que alguno necesite urgentemente recurrir al psicoanálisis.

 

 

 

“Que tengan una bandera de España y una sepultura digna”

“Que tengan una bandera de España y una sepultura digna”

Presentación de un libro divisionario en Alicante.

Una frase y un gesto. Esos dos gratísimos recuerdos guardo de la invitación que hace unas semanas me cursara Luis Valiente para intervenir en la presentación el libro del general Salvador Fontenla, “Los combates de Krasny Bor” en Alicante. Gracias Luis por darme la oportunidad de poder compartir, como anotó Carlos Caballero, unos momentos de amor a España, a sus soldados y a sus gestas; de sentirnos en estos instantes de pesimismo nacional orgullosos de los que nos precedieron.

Una frase y un gesto, porque allí en primera fila estaba, recordándonos que cumplió los diecinueve, los veinte y los veintiuno en el frente ruso nuestro entrañable secretario de la Hermandad divisionaria alicantina Enrique Cernuda. Testimonio vivo del ideal y del orgullo de haber servido en la División Azul.

Una frase, que es todo un deseo, pronunciada por el general Salvador Fontenla como cierre de su intervención, recordando que allá, bajo las tierras de Krasny Bor reposan ochocientos españoles. Él está noblemente empeñado en que al menos, allí puedan reposar en una sepultura digna bajo una bandera española.

Dentro de unos meses se cumplirá el 70 Aniversario de aquella batalla que el general Fontenla califica en su trabajo como “una victoria heroica”, que como tal “merece anotarse en los anales de la Historia Militar española”; el, en palabras de Carlos Caballero, que nos refirió la notable mención a la misma de Anthony Beevor en un reciente libro sobre la II Guerra Mundial, “último gran combate del Ejército español”.

El general Salvador Fontenla en su trabajo ha recuperado para la historia una documentación de valor  incalculable que nos permite seguir y reconstruir, paso a paso, los combates librados en aquella aldea aquel diez de febrero de 1943. Es la historia siguiendo los partes que se remitían desde las unidades. Palabras escuetas, sinceras, sin adorno, sin el peso del interés por destacar el papel propio u ocultar los desaciertos. Y el general Fontenla deshace los mitos, las interpretaciones, las frases bellas de combates románticos, las críticas a la actuación del mando.

Hace veinte años definí la batalla de Krasny Bor como el Brunete de Rusia. Algo que de algún modo también subraya el general Fontenla al destacar la importancia que tuvo la “defensa estoica de las posiciones”, la idea de “resistencia a ultranza en las posiciones defensivas en caso de ruptura del frente” frenando y estrangulando la penetración enemiga. Unos “conceptos que estaban grabados a fuego en el espíritu militar español que son esenciales para comprender el comportamiento de la resistencia numantina de los divisionarios en Krasny Bor”. En veinticinco apretadas páginas el general Fontenla, con la precisión del experto, con la admirable capacidad del profesional, es capaz de trazar un resumen explicativo interesantísimo de aquel combate.

Al general Gomariz, a Carlos Caballero y a un servidor nos correspondió ser los teloneros de un trabajo esencial para la historiografía divisionaria. Trazar, como hizo el general Gomariz, la impresionante biografía profesional de un militar de línea, el autor, que ha estado al frente de unidades de la Legión y la Brigada Paracaidista. Recordar, como hice yo, que la División Azul fue constituida como una unidad del Ejército español y por tanto forma parte de su historia; que marchó a Rusia al servicio de la política exterior española de la época; que fue una unidad básicamente formada por voluntarios ideológicos que creían que luchaban por una causa justa y que por su propia idiosincrasia formaron parte de lo que algunos autores alemanes denominan la “bandera invisible”, la bandera humanitaria dentro de lo que fue la guerra de exterminio que se libró en el frente ruso entre alemanes y soviéticos. Y apuntar, como con certeza hizo Carlos Caballero, que sólo ahora, cuando se asume que fue el Ejército Rojo el que derrotó realmente al ejército alemán, se comienza a valorar internacionalmente lo que fue militarmente hablando la participación española en la Segunda Guerra Mundial, aunque su combate fuera en realidad un mundo aparte.

 

Las condiciones de la OCDE.

Las condiciones de la OCDE.

Tengo la impresión de que la OCDE está utilizando España, debido a su grave situación económica, como banco de pruebas para el orden económico futuro. Un orden en el que, en el mundo de economías de escala en el que vivimos, las diferencias quedarán aún más marcadas por el grado de riqueza de las naciones o mejor dicho, aunque suene demagógico o populista, por la diferencia entre la riqueza y la pobreza de las personas.

La economía globalizada ha colocado por encima de los países y las personas a los grandes grupos financieros conjugados con las multinacionales. En este marco, el esquema tradicional de países ricos, en desarrollo, pobres y emergentes queda un tanto desfasado.

La crisis económica global nos conduce inexorablemente, porque este es el mensaje que se transmite, a una nueva distribución del papel de cada país en el mercado. Los denominados países ricos posindustriales, entre los que no se va a encontrar España, continuarán gozando de situaciones de privilegio en las que el sacrificio de algunos aspectos del denominado Estado del Bienestar no tendrán comparación posible con las reducciones que se tratan de imponer a los países de segundo nivel entre los que se sitúa España. Basta, por ejemplo, con comparar la diferencia existente entre los beneficios sociales de los trabajadores alemanes y los españoles (la baja por maternidad con el 100% del salario es de seis semanas antes más ocho semanas después, se puede incrementar a un año con el 67% del salario).

Para los grandes grupos financieros, para las multinacionales y para los teóricos que defienden el libre mercado absoluto y la reducción hasta mínimos irrisorios del papel mediador y redistribuidor del Estado es necesario, para preservar la riqueza y el desarrollo, profundizar en ese modelo de absoluto liberalismo económico que, hace algo más de tres décadas, inició su recorrido con los postulados de la Escuela de Chicago, tuvo sus hijos predilectos en los neocons y que declaró la guerra a las tesis keynesianas, difundiendo el falso mensaje de que éstas eran una barrera para la continuidad de la expansión económica, cuando en realidad eran una barrera para el incremento de los beneficios de esos grupos (de ahí la insistencia de que lo privado es siempre mejor que lo público en materia de sanidad o educación, objetivo de negocio futuro para estos grupos); pero todos ellos olvidan que la responsabilidad última de la crisis de origen especulativo que las economías desarrolladas han experimentado radica en el avance de esos postulados. Las tesis de los Chicago-boys, de los ultraliberales y en cierto modo de los neocons son las responsables últimas de la situación actual y para remediar el error buscan exprimir al máximo al ciudadano, de tal modo que pierda el individuo pero gane no el Estado sino ese entramado económico-financiero.

La crisis económica, especialmente en los países donde por sus deficiencias estructurales se ha hecho prácticamente sistémica, porque, como en el caso español, se les asignó un papel erróneo dentro de un mercado más amplio, la UE, está sirviendo para que los centros de decisión económica, como es la OCDE, difundan e impongan el modelo dual de enriquecimiento por parte de los grupos financieros y empresas multinacionales y empobrecimiento de los ciudadanos bajo la tesis, expresada de forma sencilla, de que es mejor tener un mal trabajo o un trabajo con salario reducido, en peores condiciones, que no tenerlo (idea que repiten muchos representantes del PP). Modelo que será tanto más opresor para el ciudadano cuanto más débil sean sus datos macroeconómicos.

La OCDE, como el FMI y otros organismos, aplauden las medidas adoptadas por el gobierno, pero las consideran insuficientes. Con ello se explica por qué no funcionan y por qué la destrucción de empleo continua y el crecimiento se estanca.

En la misma línea, todos los días, las tertulias de los aparatos mediáticos próximos al gobierno, los columnistas y opinadores cercanos al ejecutivo, que no se sabe si son sólo meros altavoces, sostienen el mismo argumento desde la asunción de la doctrina económica ortodoxa que, con pretendidos efectos demiúrgicos, nos dice que es necesaria una mayor liberalización económica. Liberalización que siempre pasa por empobrecer y reducir derechos a la gran masa de los ciudadanos, incluso a aquellos que estúpidamente no se consideran trabajadores por no ir a la fábrica y no llevar mono de color azul.

¿Qué es lo que nos piden los mercados, la UE y la OCDE? Simplemente pagar más y cobrar menos. Subir el IVA en aquellos servicios que aún no han llegado al 21% (entre ellos curiosamente el del turismo, una de nuestras bases económicas); reducir las indemnizaciones por despido; reducir las deducciones en el IRPF (lo que implica una nueva subida encubierta del mismo); alargar la jubilación eliminando, además, cualquier tipo de jubilación anticipada; reducir las deducciones fiscales de las hipotecas que aún las tienen (otras subida indirecta del IRPF); computar toda la vida laboral para el cálculo de la pensión (lo que implica una reducción de las mismas); reformar las pensiones de viudedad para reducirlas. Indirectamente es fácil deducir que estas son las condiciones genéricas para avalar el tan traído y llevado rescate. Se trata de recaudar más a costa del ciudadano, lo que implica su empobrecimiento. Se trata de imponer un modelo económico para los denominados países del sur que ahondará las diferencias con los del norte y consagrará un modelo particular de escala en el seno de la UE.

¿Qué medidas aportan para la expansión económica y la creación de empleo? En realidad ninguna. Lo que nos vienen a decir es que al tener trabajadores más baratos se contratará más (filosofía que inspiró la reforma laboral y que de momento no ha dado resultado). Insistiendo en la tesis de que al reducir costes laborales -reducir las cotizaciones sociales por la llegada de nuevas aportaciones al Estado a través de la subida general de impuestos- las empresas contratarán más. Obviando que la única alternativa para la creación de empleo estable pasa por una apuesta decidida por la expansión del tejido industrial y la creación de una infraestructura para el desarrollo de sectores palanca posindustriales. Pero esto ni se lo plantea la OCDE, ni la UE, que quiere otro papel para España; ni el gobierno, que sólo tiene ojos para intentar controlar los índices macroeconómicos y evitar un rescate que costaría a Mariano Rajoy el sillón de la Moncloa.

De momento el gobierno, en cuyo seno chocan los partidarios de incrementar la recaudación subiendo la presión impositiva y recortando derechos (Montoro) y aquellos que confían en que las propia evolución económica en la Eurozona, la integración bancaria y los altibajos alemanes den un respiro a nuestros índices macroeconómicos para seguir con el peligroso juego de continuar endeudándonos para financiarnos (Rajoy y Guindos), prefiere aguardar y, en todo caso, aplacar la presión mediante la adopción pausada de alguna de las medidas propuestas. Claro ejemplo de ello es la decisión de dar un sí y un no a la revalorización de las pensiones.

Ahora bien, no existe, y este es el problema base, planteamiento alguno de reforma estructural económica real. Llamar reforma estructural a la reforma laboral o a pomposas leyes de emprendedores no pasa de ser un mal chiste. El problema español es su falta de tejido industrial y no su sistema de relaciones laborales. El desarrollo de un tejido industrial propio fue proscrito cuando entramos en la UE en cuyo mapa económico figuraba España como una economía de servicios. Hubo que cerrar o vender el importante sector público industrial bajo la excusa, muchas veces falsa, de que no era rentable su mantenimiento -a nadie se le ocurrió forzar planes de viabilidad-. Con eso más los fondos de compensación europeos, que fueron malgastados, se creó una economía de base especulativa que se ha desmoronado como un castillo de naipes al primer soplo de viento contrario. Y éste es nuestro drama. Es ahí donde tiene que producirse la gran reforma de nuestra estructura económica y que yo sepa, salvo algunas tímidas iniciativas, desde hace años, con el gobierno del PSOE y ahora con el del PP, se habla de ello pero no se adopta decisión trascendente alguna. Sólo nos resta saber si esto es por imposibilidad, por incapacidad o por imposición.

Tras las elecciones las fichas del ajedrez se mueven en Cataluña

Pasada la euforia y la resaca ya son más que menos los que asumen que en Cataluña se ha producido un voto de castigo al gobierno de CiU, pero no una clara repulsa a la propuesta secesionista que defendía Artur Mas. De ahí que, pese a que se haya producido una movilización electoral, que ha hecho subir en once puntos la participación, por lo que por ejemplo el incremento de voto del PP tiene menos importancia de la que se afirma, los independistas puros sólo hayan perdido un punto, pero teniendo en cuenta que ICV comparte los presupuestos secesionistas catalanistas lo que se ha producido es una subida porcentual de 1.5 puntos.

En la trastienda de la campaña electoral se han ido moviendo las piezas de un desdibujado ajedrez. Curiosamente, en medio de la campaña, saltó en un medio de comunicación, como un aviso, como quien no quiere la cosa, la asombrosa historia de los dineros en el extranjero de la familia Mas y la familia Pujol que ya veremos si se investiga o no se investiga. Igualmente, en el punto de mira, se ha vuelto a situar el proindependentista exaltado, con coche de alto lujo incluido, Oriol Pujol sobre el que se cierne la sombra de la sospecha sobre el caso de las ITV en Cataluña. Y, justo acaba la campaña electoral, donde el silencio sobre la corrupción ha sido más que evidente, donde nadie salvo Albert Rivera quiso preguntar por ello, y las imputaciones llegan al PSC vía Ayuntamiento de Sabadell de la mano de los Mozos de Escuadra tras anunciar los socialistas que no apoyarían a Mas. Aunque todo podría variar en función de si Chacón decide ser Carme o Carmen. Y, por si no fuera suficiente, sobre la mesa tenemos denuncias policiales de vetos a determinadas investigaciones… y al ciudadano le queda la impresión de que en Cataluña lo que existe es un sistema de corrupción organizado del que disfrutan los que están en el poder. Pero atendiendo al calendario, un mal pensado diría que todos andan haciendo fintas de esgrima para obligar a cambiar las fichas en el tablero de tal manera que el jaque mate no se produzca o la partida quede en tablas.

En Cataluña, digámoslo claro, lo que ha triunfado es la izquierda, cada vez más radicalizada, y el independentismo. La izquierda radical, que representan ERC y CUP junto con el posicionamiento de ICV, mucho más antitodo que IU, ha conseguido prácticamente el 28% de los sufragios, algunos puntos más que en las anteriores elecciones. Y en Cataluña, por primera vez fuera de Vascongadas, ha irrumpido un partido mucho más antisistema, antiespañol y anticapitalista que las sucesivas máscaras de Batasuna, el CUP, usufructuario directo del 15-M, el 25-S, los movimientos okupas y la antiglobalización que actúa impunemente en la comunidad. Una izquierda independentista. Por todo ello, ahora, el nacionalismo burgués y conservador de CiU  será rehén del nacionalismo izquierdista si la federación capitaneada por Mas se mantiene en su hoja de ruta hacia la independencia por etapas.

Mariano Rajoy esperaba que las piezas se distribuyeran en el tablero de otra forma y aún piensa que Mas o CiU podrían sacrificar algunos peones incluyendo a la reina disfrazada de novio de la Barbie que tienen por líder. Afortunadamente, el resultado electoral no ha dibujado el peor de los escenarios posibles, porque los secesionistas, incluyendo a ICV, no han alcanzado los 90 escaños que permitirían a Mas, utilizando el Estatuto, convocar dentro de cuatro u ocho años, con ciertos visos de legalidad, una consulta popular. El gobierno cree factible, ahora o dentro de unos meses, tras la sangría de votos y escaños de CiU, conseguir una reorientación táctica de la federación que forman Convergencia y Unión, que le permita pactar con los nacionalistas. Ello implicaría la caída de Artur Mas, lo que si bien, dado que ERC ha anunciado que apoyará a Mas sin mencionar a CiU, ahora mismo no parece posible bien pudiera darse dentro de unos meses, sobre todo si Durán y Lleida mueve ficha arropado por el poder económico catalán que comienza a notar la presión de quienes se muestran remisos a adquirir productos catalanes. A cambio de la caída de Mas, ahora o en el futuro inmediato, el PP ofrecerá lo que más gusta a los nacionalistas, el dinero. Si CiU renuncia a la hoja de ruta hacia la consulta secesionista presentada por Artur Mas, y que ahora ERC y otras fuerzas le exigen que cumpla, el gobierno, en compensación, estaría dispuesto a emprender una reforma del modelo de financiación, aun cuando ello suponga, como ha ofrecido Alicia Sánchez Camacho en la campaña, que las diversas Comunidades Autónomas, también en este aspecto, dejen de ser iguales. Con ello estima el gobierno que conseguirá hacer retroceder al nacionalismo en sus propuestas dos décadas.

CiU, como siempre se deja querer y espera deshojar la margarita de Mas o no Mas. Mientras, el ventilador de la corrupción sigue extendiendo la sombra de la sospecha que más parecen avisos sobre un futuro inminente que deseo de hacer justicia.

De cara a la galería tanto el PP como el PSOE han anunciado que no apoyarán a Mas, pero ambos partidos estarían dispuestos a cambiar su decisión si Artur Mas dejara de ser el candidato a la presidencia de la Generalidad o el presidente en un futuro inmediato. Hoy por hoy su electorado, conservador o socialista, no lo perdonaría, pero, como han demonizado a Mas y no a CiU, “muerto el perro se acabó la rabia”. Ahora bien una vuelta a las viejas alianzas CiU-PP o CiU-PSOE continuaría permitiendo al nacionalismo educar a la independencia de tal modo que dentro de cuatro u ocho años, tras la manipulación por inmersión en el independentismo, tras una década de propaganda antiespañola, sea posible convocar una consulta con visos de victoria. Lo que será posible porque tanto PP como PSOE, en función de quién sea el socio de gobierno, continuarán haciéndose simpáticos a los nacionalistas convirtiéndose de hecho en paranacionalistas.

Lo que nadie quiere ver es que al viento de la crisis, de la indignación, se está produciendo un resurgimiento de una izquierda radical, anticapitalista y más o menos antisistema y nada parece indicar que los apaños y los juegos de ajedrez vayan a frenarla.

¡Albricias, Mariano es masón!

¡Albricias, Mariano es masón!

Larga sería la lista de rumores que sobre Mariano, ese registrador de la propiedad que hoy ocupa la presidencia del gobierno con menos fortuna y acierto de lo que predican los aparatos de propaganda, han corrido desde sus tiempos de delfín tapado de José María Aznar. Rumores a los que por cierto no han sido ajenas las densas y celosas filas populares en la disputa cainita por el más alto sillón de Génova 13.

A Mariano le han llamado muchas cosas, pero desde su extraño viaje a Méjico corría el rumor de que el líder del PP se había hecho masón. Para la inmensa mayoría de los españoles tal filiación carece de importancia o mejor dicho, tiene la misma trascendencia que si Mariano se hubiera transformado en un devoto seguidor del Alcorcón FC. Y, además, a la mayoría de los españoles esto de la masonería le suena a cuento de brujas y elucubraciones propias de tiempos pretéritos.

La masonería, para quienes les suena de algo su existencia, aunque sólo sea por el éxito de algunas cintas cinematográficas, no pasa de ser para muchos una asociación un tanto friki de señores algo mayores y un tanto iluminados. Algunos, más avezados en el conocimiento de la misma, repasando la lista habitual de supuestos masones conocidos, pueden llegar a la conclusión de que se trata de una asociación primo hermana de la afamada Iglesia de la Cienciología, en la que sus miembros ocupan cargos públicos, políticos, mediáticos o económicos, lo que por razón de grupo les otorga un inmenso poder y explica asombrosas promociones personales.

Que Mariano se haya hecho masón significa que es liberal, sincrético y relativista. Pero es que Mariano y el Partido Popular son, desde hace mucho tiempo, liberales, sincréticos y relativistas; como lo es, consciente o inconscientemente, la mayor parte de la sociedad española. Que Mariano se haya hecho masón también significa que es internacionalista y globalizador, lo que ideológicamente explicaría en parte ese profundo amor que siente por las estructuras burocrático-económicas de la UE o a los dictados de los grandes poderes financieros a los que también se achaca su vinculación a la masonería.

En realidad, que Mariano sea o no masón, repito, no le quita el sueño a nadie… A nadie, salvo teóricamente a los católicos practicantes con un cierto grado de formación, a algunas poderosas organizaciones religiosas católicas, a la jerarquía eclesiástica y también al último cura de pueblo que han firmado un pacto tácito de apoyo sin fisuras a Mariano y al PP. Esto es así o debiera ser así porque si algo es antitético al catolicismo es la masonería. No es que la masonería se dedique a quemar iglesias y perseguir curas, aun cuando sea en un sentido metafórico, es simplemente que para la masonería del siglo XXI la religión en general y el catolicismo en particular debe quedar reducida a la esfera de lo privado e individual, sin ninguna influencia social o política hasta tal punto que la sociedad secularizada se convierta en incompatible con los domas religiosos, lo que debe conseguirse mediante procesos de ingeniería social y aculturación. Pero, la idea de que la religión es algo personal e individual, algo que no debe condicionar al político, aun cuando se confiese católico, está hoy tan extendida como que dos más dos son cuatro.

Estoy seguro de que para la inmensa mayoría de los españoles que Mariano sea o no masón carece de importancia o simplemente que las ideas genéricas que defiende la masonería, que de forma muy sintética hemos expuesto, son en realidad compartidas por gran parte de la sociedad, pero…

Quien ha puesto sobre la mesa la posible filiación masónica de Mariano es un sacerdote y no un sacerdote cualquiera, es uno de los expertos en sectas de la Iglesia, Manuel Guerra autor del libro “Masonería, religión y política”. No sólo ha señalado a Mariano, también a una parte significativa de la cúpula del PP, con especial peso en Galicia o en el País Vasco y que ha ocupado puestos en sectores tan trascendentes como Educación. Ese mismo sacerdote ha puesto de manifiesto la subordinación del actual gobierno al programa de ingeniería social de José Luis Rodríguez Zapatero dada la ausencia de rectificación del mismo. Repasando declaraciones y posicionamientos políticos también resulta que dos más dos son cuatro, por ello a algunos nos gustaría que Mariano nos dijera si es o no es masón. Tampoco es para esconderlo… ¿o sí?

Cobardía moral: el obispo y la División Azul.

Cobardía moral: el obispo y la División Azul.

Se llama Antonio Ángel Algora, Obispo de Ciudad Real, Príncipe de la Iglesia y que, a partir de hoy, puede sumar a sus muchos méritos pastorales la felicitación, no sé si entusiasta, del Foro de la Memoria Histórica de Castilla-La Mancha -es decir un escuálido grupo de comunistas y progres beneficiarios de la subvención-, que aprecia la muestra de “sensibilidad” dada por este personaje al ordenar, porque los ruegos de un Obispo a una Hermandad son en realidad órdenes, que la Hermandad de la Virgen de las Angustias deje de portar el estandarte con el que desfila desde 1949 en el que figura el escudo de la División Azul.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, ha escogido conforme a su sabiduría, prudencia y no sé si a su Fe, entre la memoria de quienes, en gratitud a la Virgen por su protección, como muestra de su credo, decidieron crear esta Hermandad y la petición revanchista de quienes se consideran herederos ideológicos de quienes asesinaron a 1.642 de sus feligreses en la Ciudad Real republicana; de quienes jamás han pedido perdón por los asesinatos cometidos por la izquierda.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, ha olvidado o quizás simplemente lo desconozca, que aquellos hombres, que a su vuelta decidieron procesionar con la Virgen de las Angustias, allá por el año 1944 y que tras adquirir la talla ni tenían dinero para confeccionar túnicas, también marcharon a la lucha por razón de su credo; que en aquellas fechas, en Carta Pastoral, se les consideró defensores de la civilización cristiana; que cuatro obispos firmaron indulgencias especiales para aquellos que cayeran en el frente; que centenares de jóvenes de la Acción Católica formaron en la División Azul simplemente por razón de su Fe y que aquellos que cayeron fueron considerados como mártires por la Acción Católica. Pero don Ángel Algora, setenta años después de los hechos, ha preferido atender la “sensibilidad” de quienes siguen considerando tanto a la Iglesia como a los católicos como su principal enemigo ideológico.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, no lo ha dudado y ha ejercido todo el peso de su anillo para presionar mediante carta y palabra a los hermanos para que, pese al unánime apoyo a que el estandarte con el escudo de la División Azul bordado por las madres adoratrices continuara desfilando, tal y como lo lleva haciendo desde hace más de medio siglo sin la más mínima muestra de rechazo entre quienes acuden a los desfiles procesionales y entre los que a buen seguro no figuran los abanderados de la memoria histórica, éste dejara de salir por el “sesgo político” del mismo.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, quizás haya olvidado o probablemente prefiera relegarlo al arcón de lo inconveniente, que la “memoria histórica” también la conforman el casi centenar de sacerdotes, religiosas y seminaristas asesinados en Ciudad Real, el 40% de los religiosos de la diócesis, por los republicanos que hoy reivindican los Foros de la Memoria Histórica, casi todos vinculados a organizaciones comunistas; también la compone el “martirio de las cosas”, la totalidad de los templos de su diócesis asaltados y parcialmente destruidos –seis totalmente- así como la pérdida de todo el ajuar religioso de las iglesias perdiéndose innumerables obras de arte.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, quizás ignore que muchos de aquellos jóvenes que al volver decidieron, como en otros muchos lugares de España, dar testimonio público de su Fe, sacando cada Semana Santa a la Virgen de las Angustias a la calle, marcharon a combatir, formando parte de una unidad del Ejército español, movidos también por el recuerdo de las llamas en los templos y los asesinatos en las calles. Asesinatos cruentos como los del joven claretiano Cándido Catalán que no fue rematado y que murió desangrado entre los cuerpos sin vida de sus compañeros mientras los milicianos oían sus gritos de muerte.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, ha preferido ser “sensible” y olvidar a quienes decidieron dar testimonio público de su Fe. Probablemente espere que el paso del tiempo disipe la razón que dio vida a la Hermandad para hacerla así menos molesta para el señor Obispo. No sé si en la próxima Semana Santa, don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, contemplará el paso de la Virgen de las Angustias y verá en su rostro la angustia por la injusticia cometida. Le invito a reflexionar sobre ello.

Pero que no se preocupe don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia. Allá en lo alto, estoy seguro, que los fundadores de la Hermandad, probablemente ya todos fallecidos, habrán encontrado el consuelo de Monseñor Narciso Esténaga, obispo prior de Ciudad Real, asesinado por los republicanos en 1936 porque no estuvo dispuesto a dejar de ser inconveniente.

 

Las tribulaciones del rey

Las tribulaciones del rey

 

Cuando en los estertores del año 1980 se quebró la alianza política tácita existente entre el rey de España y Adolfo Suárez, que acabó distanciando humanamente a ambos personajes, no pocos comentaristas, en aquel momento o más tarde, estimaron que la razón de dicha ruptura residía en el daño que la falta de respuesta del gobierno ante la crisis política y económica estaba causando a la monarquía. Hasta tal punto era así que el desencanto y el pesimismo que se extendía entre gran parte de la población comprometía a la Jefatura del Estado al hacerla corresponsable de la situación.

Para nadie es un secreto que desde entonces, una vez superada, gracias a las consecuencias del intento de golpe de estado del 23 de Febrero de 1981, la crisis político-institucional provocada por el primer desboque del sistema autonómico, y cauterizado el desencanto merced al miedo al fantasma de la guerra civil, la Zarzuela cerró su vinculación con el centroderecha para establecer una nueva y beneficiosa entente con el socialismo que a la larga contribuyó a consolidar la Monarquía librándola de su pecado original: el haber sido la restauración monárquica obra personalísima de Francisco Franco. Nadie ignora la fluida relación que existió entre Felipe González y Juan Carlos de Borbón, que para muchos consolidó la continuidad de la institución, ni la distancia que existió entre José María Aznar y el Jefe del Estado.

La crisis interna que desde hace unos años, por razón de los líos familiares, sacude a la Casa Real española, aireada por la ruptura del pacto de silencio informativo que sobre las actividades privadas de la Familia Real o del Rey se mantuvo hasta la carta blanca propiciada por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, ha hecho a Juan Carlos I esclavo de los gobiernos, perdiendo el distanciamiento político que había conseguido tras dar por concluido su papel como motor del cambio. Por ello, en la última década el rey se ha visto obligado a secundar de forma claramente partidista al gobierno en sus intervenciones públicas, pero tanto José Luis Rodríguez Zapatero como Mariano Rajoy no han movido un dedo para hacer frente a la mitificación del republicanismo que ha contribuido a rebajar los índices de popularidad y apoyo de la institución.

En Zarzuela se mira con harta preocupación lo que está sucediendo. El rey es consciente de que la popularidad de la monarquía y de él mismo está cayendo por los errores propios y las conductas poco edificantes, a lo que se suma la posibilidad, una y otra vez más preclara, de que el pasado, sumido hasta ahora en los márgenes del rumor y el bulo, aflore como un argumento para forzar una nueva “operación príncipe” que conduzca a la abdicación. Maniobra que adquirió una inusitada fuerza hace unos meses y que hoy, de momento, parece postergada debido a la evolución negativa de la situación política y económica española.

Teóricamente las funciones constitucionales del Jefe del Estado quedaron hace poco limitadas a las importantes labores de representación nacional, ya que el papel moderador es en la práctica irreal. Ahora bien, los silencios del rey y los discursos del rey, esclavos de las circunstancias, han colocado a la institución, en estos momentos de crisis política, económica y nacional, en los límites de la complicidad con el desastre. Aunque atado de pies y manos por el oprobio del caso Urdangarín pero también por sus propias andanzas, el rey se ha lanzado, junto con el heredero, a una campaña de virtualización de la corona que la aleje de la cada vez más extendida idea de que la casta política en general y el gobierno en particular es incapaz de encontrar soluciones a la crisis y que el rey no hace nada. Por ello el rey se ha convertido en un ministro plenipotenciario para la búsqueda de inversores mientras que la acción gubernativa se torna casi en inexistente en este campo.

En Zarzuela se teme que el pesimismo y el desencanto de finales de los setenta se reproduzcan, afectando también a la continuidad de la institución. El desencuentro, cada vez más evidente, entre el Jefe del Estado y el Presidente del Gobierno, entre Juan Carlos I y Mariano Rajoy, no ya sólo a cuenta de la incapacidad de éste último para hacer frente a la crisis económica sino también por la gravedad de lo que está aconteciendo en Cataluña, es un hecho. Desencuentro público, porque lo que sugiere alguno de los comentarios del rey es que en Zarzuela se critica al Presidente del Gobierno por su falta de decisión y por el hecho de que sean los ciudadanos de a pie los que están haciendo los grandes sacrificios. Es más, también el hasta ahora contenido heredero ha filtrado en sus últimas intervenciones algunas críticas indirectas a la gestión del gobierno en la crisis provocada por la aventura secesionista exhibida como amenaza por Arturo Mas y CiU.

En Zarzuela preocupa que la indignación de un nuevo impulso a un republicanismo que hasta hace poco, hasta los años de nefasta gestión de Rodríguez Zapatero, era más propio de añejos progres que de una masa social importante. Ahora, sin embargo, el republicanismo comienza a formar parte del discurso estético de la indignación. Y Juan Carlos I teme que el final de su reinado se vea empañado para la historia por el inicio del proceso que condujo a una definitiva caída de la monarquía, por un retroceso económico sin precedentes y por la posible desmembración de España, lo que hundiría el mito del “motor del cambio”.

 

 

Publicado en el Diario YA