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Nada quedó de él, salvo sus libros de poesía publicados. Su casa, sus libros, sus archivos, las cartas... fueron pasto de las llamas. No sólo querían asesinar, dejar sin vida el cuerpo, sino borrarlo de la existencia. Quienes le conocieron y compartieron filas en la generación del 27 le negaron. El "otro poeta malagueño" que decía Cernuda, el que Bergamín afirmaba no haber conocido, el que desapareció de los listados y antologías, el amigo desconocido en las fotos de grupo de poetas con García Lorca de no pocos libros, el poeta que los profesores de Literatura prefieren no nombrar... pero fue el primer y el mejor poeta surrealista de España, José María Hinojosa Lasarte. Asesinado por los republicanos en las tapias del cementerio de San Vicente de Málaga un 22 de agosto, hace 80 años. Aquel al que ahora, en el aniversario de su asesinato, a nadie se le ocurriría homenajear recordando el porqué de su muerte y quienes fueron sus asesinos.

"Herido siempre, desangrado a veces
y ocultando mi sangre sin riberas
llevo mis pasos presos entre tinieblas
y mis miradas van sobre cipreses".

José María Hinojosa, su vida, es uno de esos personajes perdidos en los pliegues de la Historia. Asesinado por los republicanos, pero su poesía estaba muy alejada de las tendencias de la posguerra, y aunque "Caído por Dios y por España" quedó fuera de la exaltación. Detenido por los republicanos por fascista. Había cometido un pecado imperdonable. Antes era de los suyos, de simpatías revolucionarias, pero tuvo el empeño de ir a Moscú a conocer la revolución y volvió desencantado. En Málaga se hace de "derechas". No es extraño verle interviniendo en actos de la Comunión Tradicionalista. Le detendrán en 1932 y en mayo de 1936 cuando es un destacado líder de los agrarios. Para sus compañeros de generación literaria ya es un señorito andaluz, un enemigo de clase.

Se cumplen 80 años desde su muerte y me temo que sería inútil buscar rastros de su vida en cualquier manual de Literatura de los que manejan los estudiantes; citarlo seguro que es un anatema para no pocos. Amigo de Dalí y de Lorca. Asesinado como el poeta granadino en agosto de 1936, pero por los republicanos. ¿Qué he dicho? ¿Es que olvido que es prácticamente doctrina sostener que los únicos intelectuales muertos, especialmente los poetas, fueron de izquierdas?.

Como siempre, para esa muerte hay excusas: los milicianos incontrolados que quieren vengarse por un bombardeo o por el primer miliciano local muerto en el frente. Incontrolados que siguen el mismo patrón en toda la España dominada por el Frente Popular, milicianos anarquistas, del PCE o del PSOE. Manifestación organizada ante la prisión pidiendo la ejecución; un listado para seleccionar; un paseo hasta el cementerio. Matar a Hinojosa era un objetivo. Y leyeron su nombre, el de su padre -culpable por ser terrateniente-, el de su hermano y hasta 50 más... hasta el cementerio, reiterémoslo, que los incontrolados se toman su tiempo para matar. Y a aquellos 50 siguieron otros hasta sumar más de un millar en la Málaga capital en la fosa común. Pero esta historia mejor que no se sepa, que desaparezca de la Historia.

"Poema del campo", "La rosa de los vientos", "Poesía de perfil", "La flor de California".... sus libros. Obras pérdidas en el fuego de los milicianos que arrimaron la tea a los libros y a los cuadros de Dalí que tenía; su "Venus y el marinero" que nunca se pudo leer.

80 años, pero Hinojosa no cuenta para la memoria histórica. No hay un Gibson preocupado por él ni homenajes, ni programas de televisión. En 1936 al contrario que a Lorca nadie intentó salvarle porque para ellos no era más que un fascista, un enemigo de la revolución.

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20160820143938-image.jpegLo mejor es que a mí el badminton es un deporte que nunca me ha llamado la atención, nunca me hubiera sentado a ver un partido hasta que descubrí a Carolina. La chica de oro de España, la que se ha hecho famosa por sus gritos cada vez que anota un punto.
Coraje y decisión, eso es Carolina.
Nos ha hecho vibrar esta chica que cada vez que gana se envuelve en la bandera de España. Y va camino de hacerlo muchas veces.
Hoy, al menos, casi todas las portadas son para ella, porque muchas veces parece que el único deporte del mundo es el fútbol y si la chocolatina de Cristiano Ronaldo está mejor o peor.
Carolina tiene la virtud de entusiasmar, de levantar un pabellón que grita su nombre y aquello de "yo soy español, español". Una heroina moderna viéndola disputar la final a la representante de la India que con su 1.80 parecía enorme, que llegaba con la raqueta con solo alargar el brazo mientras Carolina corría por la pista devolviendo golpes imposibles.
Carolina es la muchacha que nunca se rinde, capaz de levantar el partido a golpe de gritos y de ese gesto de soplarse los dedos con los que agarra la raqueta antes de iniciarse el servicio.
Y es que ayer Carolina nos dio una alegría a todos los españoles, no por ganar sino porque es de esa casta de los que nunca se rinden y porque llora a lágrima viva cuando suena el himno de España.
Ayer parecía que habíamos ganado las Olimpiadas.

(foto tomada de el diario El Mundo)

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20160718095053-image.jpegDebo pedir perdón, tanto a los lectores como al director de esta publicación, tanto por un título tan largo pero explícito como por, quizás, no responder exactamente al encargo y las expectativas de un artículo sobre lo acontecido en el lejano 18 de julio de 1936 realizado por un historiador. También, naturalmente, por lo amplio del texto; pero es difícil resumir algo tan complejo en un artículo de treinta líneas, a no ser que se quiera incurrir en el calificativo/descalificativo, los lugares comunes o recrearse en simples parrafadas militantes para quedar bien con los propios o con el espejo.

Los hechos, que renuncio a relatar, son de sobra conocidos, aunque queden cada vez más desdibujados por la manipulación simplista de quienes exhiben, cuando hablan o escriben, una pasmosa ignorancia o, simplemente, son meras correas de transmisión de una deformación ideológica, que no es nueva en nuestra historia, aunque ahora se disfrace con trapos aparentemente metapolíticos de esos que se divulgan en algunas facultades de Ciencias Políticas, el guerracivilismo: la prédica del odio y la exclusión al/del contrario utilizada como elemento de cohesión y movilización cuando el argumentario ideológico es incapaz de insuflar vida a un cuerpo moribundo. Conviene reflexionar sobre ello, porque el 18 de julio de 1936 no fue el resultado de una conspiración orquestada por unos cuantos militares ambiciosos deseosos de alcanzar el poder en virtud de su pensamiento antidemocrático, sino de una profunda ruptura del tejido social español que fue impulsada y canalizada mediante el guerracivilismo.

Hoy, ochenta años después, se puede seguir acercándose al hecho como si no hubiera transcurrido el tiempo en un ejercicio absurdo de presentismo. Se puede volver o reescribir una historia de buenos y malos, resucitada con generosas subvenciones de la mano de uno de los elementos clave de la expansión de la ideología guerracivilista -esa que hace a algunos manifestantes gritar y definirse con aquello de "arderéis como en el 36"-, que ha pasado a formar parte esencial del discurso de la izquierda, y que asumen sin desdoro algunos sectores del centroderecha, la mal llamada "memoria histórica". Para ellos, recuperar la memoria pasa por recuperar la división excluyente -el contrario aunque grane unas elecciones no tiene derecho real a gobernar-, el clima de enfrentamiento y el sectarismo que condujo a la guerra civil; invirtiendo, curiosamente, el proceso de superación de aquella ruptura social realizado, con cuantos defectos se quiera, a lo largo del régimen de Franco.

A mediados de los años sesenta España estaba inmersa en un proceso de transmutación económica y social que convertía las imágenes de 1936, las de la España de los años treinta, en algo lejano y distante, propio de un tiempo pasado. No es que se perdiera la memoria, o que los vencedores renegaran de su victoria, sino que eran capaces de mirar lo sucedido de otro modo. Un ejemplo, anecdótico si se quiere pero altamente significativo. En esas fechas, en una película oficiosa, un documental sobre la vida de Franco, al llegar al 18 de julio de 1936, tras registrar la catástrofe que fue la II República, se sentenciaba: "por una España mejor, en una y otra orilla, murieron un millón de españoles". La cifra es, como todo el mundo sabe, exagerada, pero la definición/explicación de lo que fue la guerra, de por qué combatieron tantos y tantos miles de españoles, resultaba acertada; aunque hoy -mucho me temo- no se asuma ni a derecha ni a izquierda por razones distintas. Poco después, y este es otro de esos símbolos hoy ignorados, se debatía en las Cortes franquistas -¡en las Cortes franquistas se debatía y mucho!, sorpréndase mis estimados lectores- sobre la necesidad de resarcir a los excombatientes republicanos, y lo planteaban los excombatientes franquistas. Había razón, pero no había posibilidades económicas. Esa España de mediados de los sesenta, en pleno babyboom, era la de aquellos que olvidaban la guerra, mejor dicho, que exorcizaban la guerra. Era la España de la reconciliación social puesta de manifiesto, por vía matrimonial, en casi todas las familias de hoy; esas que tuvieron un abuelo luchando en un bando y otro en el contrario. Era la España que cerraba a marchas forzadas la ideología guerracivilista que ahora se vuelve a recuperar (hasta la nueva izquierda que estaba surgiendo en el interior del país asumía esa realidad, ese cambio, mientras que la oposición en el exterior seguía viviendo en 1939).

Cuando el que escribe estudiaba en el colegio la EGB, cuando los manuales ya no eran las viejas enciclopedias de los cincuenta, al llegar al estudio de la guerra civil, de las causas y el porqué del 18 de julio de 1936, allá por el 74, se sumaba a los hechos en sí la explicación estructural. En pocas palabras y a riesgo de sintetizar en exceso: los errores de la clase política, el sectarismo, la exclusión del otro y la injusticia social (el problema agrario y la miseria laboral) habían conducido a la guerra. No es, evidentemente, toda la verdad, pero sí se aproximaba bastante a la realidad; porque los responsables de un hecho no son solo los que lo protagonizan, sino que también hay que tener en cuenta la realidad que los obligó a tomar esa decisión.

Curiosamente, con magisterio y guía allende de nuestras fronteras, era la historiografía de izquierdas, bajo el influjo directo de alguno de los exiliados derrotados que seguían viendo España como si aún se estuviera en los años treinta, inmunes ante unos cambios que no querían reconocer, fieles a las visiones maniqueas, optando por argumentaciones de índole marcadamente positivistas -¡quién lo diría!-, trataban de edificar una historia falsa que hoy es casi un dogma: la II República fue un régimen impolutamente democrático que pereció por la conjunción de la ambición militarista de un puñado de generales embadurnados de fascismo, que para imponerse tendían que aniquilar al pueblo, con la oligarquía financiera y terrateniente. Y así comenzó a difundirse de forma masiva, en los años de la Transición, desde las cátedras y los medios, silenciando o intentando silenciar cualquier opinión contraria, avalada por el deseo fehaciente del nuevo régimen de alejarse lo más posible del régimen de Franco, del cual era hija gran parte de su clase política empezando por el propio Jefe del Estado. En esa teoría se han formado no pocos profesores, periodistas, políticos, comentaristas, tertulianos, políticos y blogueros de hoy.

Mantener a fecha de hoy que la II República era un régimen democrático es algo difícilmente sostenible, pero el papel lo soporta todo y quien así se manifiesta no necesita demostrarlo. Lo pudo ser en sus inicios, pero dejó de serlo en 1934 y, fundamentalmente, a partir de febrero de 1936. Difícilmente se puede afirmar ello cuando, por referir algo, desde sus inicios los republicanos y la izquierda socialista o anarquista consideraban que aunque la derecha ganara las elecciones no tenía derecho a gobernar. La coalición republicano-socialista, que gobernó, de un modo u otro, en dos ocasiones, fue siempre sectaria y excluyente. El PSOE -no digamos el PCE o el anarquismo en su varias tendencias- era fundamentalmente antidemocrático -en realidad entendían la democracia al modo popular, como las posteriores democracias comunistas del Este de Europa tras el telón de acero-. Su objetivo, y ahí están los discursos y las publicaciones que no se quieren leer, no era la democracia liberal, la democracia que llamaban despreciativamente burguesa -el modelo de democracia actual, para que el lector se sitúe-, sino la revolución que abriría el camino a la dictadura del proletariado o a la sociedad comunal anarquista. Y en ese camino, para alentar ese camino, la izquierda fomentó el guerracivilismo: ¿Qué fue si no la quema de iglesias? ¿Qué fue si no la persecución de lo católico? ¿Qué fue si no la decisión de combatir al "enemigo de clase" o la decisión de acabar a tiros con los movimientos juveniles de la derecha mucho antes de que estos se defendieran?... El guerracivilismo que hacía a los gobiernos de la izquierda mirar para otro lado cuando la violencia y la vulneración de la ley era cometida por la izquierda... ¿Qué quedó entonces a los demás? ¿Tenían derecho a defender, cuando el sistema político les excluía y perseguía, su modo de ser y de pensar, sus creencias y hasta sus bienes?

El 18 de julio de 1936 hubo, es cierto, un chusco golpe de estado. Inviable, mal planificado, con el apoyo real solo de una parte de un ejército tan fracturado y dividido como el resto de la sociedad. Una acción que hubiera fracasado de no haber existido ese ambiente guerracivilista alentado desde la izquierda de a pie y desde la clase política republicana (ese PSOE con su escolta armada motorizada, con sus juventudes uniformadas, con sus alijos de armas...); guerracivilismo que asesinaba e intentaba asesinar a los dirigentes de la derecha, censuraba o permitía el asalto y el incendio de sus medios de comunicación. No fue la sublevación del ejército contra un pueblo que se alzó para defender la democracia -las milicias no luchaban por la democracia burguesa, es más lo primero que hicieron fue exterminar lo burgués y lo democrático-; esa es la imagen que sigue alimentándose de espaldas a la historia. Lo que se produjo el 18 de julio de 1936 fue la rebelión civil de aquellos que querían defenderse de la amenaza revolucionaria y del sectarismo que los convertía en ciudadanos de segunda. En España, en julio de 1936, la democracia era inexistente. El enfrentamiento era la expresión última de un tejido social roto y enfrentado que la República no sólo no quiso o no supo suturar, sino que contribuyó a desgarrar con mayor intensidad.

Quienes se refugian en reducir lo acontecido a un mero golpe de estado protagonizado por el general Francisco Franco, para, a renglón seguido, enlazar con el argumentario de la sangre -olvidando, eso sí, la otra sangre- no hacen más que manipular u ocultar la realidad. Para media España estaba en juego su supervivencia, pues la otra media le había declarado la guerra. Mejor dicho, solo una parte de esa media, a la que se había embaucado señalando como enemigos, como responsables físicos de su miseria, a quienes no lo eran. Así de complejo y así de sencillo a la vez. Quien piense lo contrario me gustaría que me explicara cómo, si no hubiese sido así, los rebeldes contaron con más voluntarios, tanto en números absolutos como relativos, que los republicanos. Negar que los nacionales eran un pueblo tan amplio y extenso como podrían serlo los republicanos es tergiversar la realidad.

Se pueden acumular, llegados a este punto, todos los elementos negativos, lacrimógenos -esa tontería de la guerra incivil con la que se llenan algunos párrafos carentes de imaginación y vocabulario- que se quiera; abundar en el "salvajismo" de la guerra expandido por la legión de hispanistas angloamericanos que mientras han pontificado sobre ello obviaron el modo de proceder de sus tropas en Vietnam -por citar un ejemplo- u olvidaron y ocultaron a los varios millones, millones subrayó, de muertos que causaron a la población alemana tras la caída de Berlín; abordar los errores de Franco con respecto a los vencidos, sin olvidar, eso sí, que mayoritariamente fueron consecuencia directa del clima de guerra y de las decenas de miles de asesinatos, junto con robos, saqueos, incendios y pillaje, cometidos por los republicanos en su zona... Ahora bien, recordando que demócratas había pocos en 1936 y en 1939, que la democracia no era ni mucho menos el régimen político más popular en 1939, no es menos cierto que en el discurso político de los vencedores, elaborado durante la guerra, es fácil encontrar las huellas y la raíz de esa política de transformación social y económica que consiguió acabar con las causas estructurales de aquella guerra.

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20160717164227-image.jpegLo malo que tienen los aniversarios es que al final toca escribir sobre la fecha para más de un medio. Debo haber escrito algunas decenas de artículos sobre una de esas fechas claves de la Historia de España -permítame la Real Academia de la Lengua utilizar las mayúsculas ahora que está proscrito utilizar las mayúsculas iniciales para subrayar las cosas importantes-, me refiero a la del 18 de Julio. Al hacerlo en las páginas de La Nación no se necesitan grandes explicaciones, porque el lector ya conoce el significado de aquel lejano día de 1936 -ochenta años hace-. Sin embargo, más allá, tengo la impresión de que un porcentaje muy alto de los españoles no sería capaz de identificar correctamente la fecha del otrora festejado Alzamiento Nacional.

Recordemos que, aún antes de la promulgación de la mal llamada Ley de la Memoria Histórica, convertida, ya por aceptación del PP de la legislación sectaria del PSOE, en ley de consenso -no pocos alcaldes del PP compiten con los de la izquierda en retirada de nombres de calles y plazas-, el 18 de Julio quedó reducido a un simple golpe de estado protagonizado por ambiciosos generales contra ese ejemplo de la democracia que fue la II República; manipulando la realidad, fue condenado en el Parlamento por todo el arco parlamentario. Hecho sin parangón político posible, porque el entonces rey, Juan Carlos I, lo fue en virtud de la legitimidad del 18 de julio -véase su discurso de aceptación ante Franco-, y porque el actual sistema político nace a partir de las propias leyes franquistas que basan su legitimidad en el significado y la razón del 18 de julio. Dejemos a un lado la entusiasta participación en la sublevación del 18 de julio y en la guerra en el bando nacional de la familia Borbón, encabezada por Alfonso XIII y secundada por don Juan de Borbón mientras vivían felices y contentos en la Italia fascista (cosas que los monárquicos y Ansón prefieren olvidar).

Afortunadamente aún no es delito contradecir la versión oficial -ya veremos lo que dura- y podemos detenernos en la fecha. No lo digo yo, lo decía José María Gil Robles, líder de la democracia cristiana de los años treinta: simplemente media España no se resignaba a morir. Media España se sumó fervorosa, de forma activa y no pasiva, a un mal planificado golpe militar en el que casi nada salió bien y que, probablemente, de no contar con la participación de Franco hubiera sido aplastado por el gobierno aunque hubiera engendrado, eso sí, con toda probabilidad, una cuarta guerra carlista.

A pocos interesa hoy recordar -es lo malo que tienen los cuentos, que chocan con la realidad- que el proclamado pero no real "golpe de estado" de julio de 1936 contó con el apoyo de todas las fuerzas políticas que no eran de izquierda. Y a los primeros que no les interesa recordarlo es a los dirigentes de los herederos sociológicos de esas fuerzas políticas. Para que el lector pueda trazar un paralelismo, es como si hoy el teórico "golpe de estado" hubiera sido apoyado por el PP, Ciudadanos y el nacionalismo burgués catalán de CDC, junto con otros minoritarios, lo que suma más del 50% de los votantes de las últimas elecciones. Falangistas, monárquicos, carlistas, derechas autoritarias, democristianos, republicanos conservadores, católicos sin partido, republicanos de centro... todos dieron su apoyo a la sublevación militar y se sumaron militántemente a ella. No era pues cosa de unos cuantos ultras golpistas. Y no fue solo un pronunciamiento de sus dirigentes sino la participación activa de decenas de miles de sus militantes y el apoyo sociológico que representaban. ¿Había tantos golpistas?, o mejor dicho: ¿por qué se pretende borrar de la memoria la realidad reseteando las mentes? La respuesta es simple, porque quienes apoyaron y/o se sumaron a la sublevación, a la rebelión, lo hicieron porque asumían que la II República, en manos de los partidos del Frente Popular, lo que hoy serían PSOE, IU, PODEMOS, Esquerra..., había dejado de ser una democracia, vulneraba y pisoteaba sus derechos, conculcaba la libertad, había dejado de ser un régimen constitucional en el que la izquierda aprovechaba los huecos de la ley para promover un auténtico golpe institucional, proscribía a la oposición el derecho a gobernar aún cuando fuera el partido mayoritario... había perdido toda legitimidad.

A menudo se olvida -ingenuo soy, se debe leer se oculta- que Franco, con una zona menos poblada tuvo que movilizar menos reemplazos que la república frentepopulista para sostener la guerra, que las milicias nacionales encuadraron para el combate a unos 250.000 voluntarios y que muchas unidades regulares fueron completadas o creadas con voluntarios (véase el incremento de banderas de la Legión). Aquellos hombres y el entusiasmo que la causa despertaba eran lo que Gil Robles llamó "el pueblo del movimiento". Así pues, se pongan como se pongan, la realidad es la que es: puede que en su planteamiento Mola y los generales sumados asumieran un "golpe de estado", pero su fracaso engendró el Alzamiento Nacional o como apuntaba Ricardo de la Cierva un auténtico levantamiento civil y popular. Evidentemente, reconocer esto provoca un cortocircuito en la nueva historia oficial, porque abre las dudas con respecto a la legalidad y la legitimidad de la república frentepopulista de 1936. El concepto no es el mismo: no es igual hablar de "golpe de estado" o "golpe militar" que de sublevación civil, alzamiento o movimiento nacional -así se consideraba en el XIX por ejemplo la sublevación de mayo de 1808 contra los franceses-. No es lo mismo, porque el primer concepto es el que permite sostener el mito de la izquierda del ejército contra el pueblo -básico en la nueva ideología guerracivilista impulsada por Rodríguez Zapatero y que hoy está en el discurso socialista, comunista o podemita- y el segundo lo destruye. El primer concepto ofrece una interpretación simple para los manuales de historia aderezada con su igualación al fascismo; el segundo, provoca preguntas en las mentes críticas: ¿cómo es posible que en una democracia como la actual -según se dice-, incluso más perfecta, media población no sólo apoye un "golpe de estado" sino que se sume voluntaria y masivamente al combate? ¿Alguna razón les impulsaría a ello?

Ahora bien, conviene no obviar que el 18 de julio, contemplado en su globalidad, es un hecho revolucionario. Tan revolucionario como lo fue la proclamación de la República de 1931. Una vez rotos los diques son precisamente los rebeldes, los sublevados políticos y civiles, los que impulsan la creación de un nuevo orden distinto al de la república de 1931. La primera pretensión de restaurar el orden, básica en todo "golpe militar", es pronto superada. Aparece entonces, aunque subyace en algunos de los discursos del 17-19 de julio, la idea del para qué al mismo nivel que la de por qué.

Lo que podríamos denominar como la ideología o el programa del 18 de julio, que naturalmente se va conformando entre 1936 y 1937, que es fácil de identificar en su evolución analizando los discursos de Franco, que a la vez son resumen, síntesis y expresión de las propuestas ideológicas de los grupos políticos, primero partidos y luego corrientes, de la España nacional, engendra el discurso del Nuevo Estado en un tiempo en el que la democracia liberal estaba muy lejos de contar con la aquiescencia popular. Lo interesante es subrayar que en ese discurso subyace una interpretación estructural de las causas profundas del conflicto, del porqué se ha llegado a la guerra, que yo cifraría en dos: primera, el fracaso de la clase política -algo que hoy asumen no pocos historiadores a la hora de explicar el porqué de la quiebra de 1936-; segunda, la ausencia de justicia social, la miseria y la podredumbre, los salarios injustos y la explotación, las enormes desigualdades sociales... todo aquello que impulsó a buena parte de la otra media España a apostar por la revolución marxista que preconizaban el PSOE, el PCE y el POUM o la anarquista que, naturalmente, tampoco eran compatibles con la democracia liberal. De ahí que desde las primeras semanas el discurso del 18 de julio asuma que es necesaria una profunda transformación social, porque esta, conforme se vaya haciendo realidad, permitirá superar las diferencias y recomponer el tejido social de España que es lo que, en definitiva, acabó haciendo y consiguiendo el régimen de Francisco Franco.


Nota: Artículo realizado para La Nación de julio 2016

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¿UNIDOS? PERDEMOS

Publicado: 04/07/2016 22:44 por Francisco Torres en Elecciones
20160704224450-image.jpegUNA INTERPRETACIÒN DEL "FRACASO" DE PODEMOS

Es un chiste fácil el que se ha hecho, tras los resultados y para rechifla de sus adversarios, especialmente para todos aquellos que estaban en modo de pánico a las ocho y cuarto de la tarde del 26J, transformando el nombre de la coalición de Pablo Iglesias -subrayemos lo de Pablo Iglesias- en "Unidos Perdemos", aderezado con el título de gafe nacional para un cadáver político, que sobrevivirá como un zombi, apellidado Garzón.

No pocos analistas, incluso en las filas de la propia coalición, habían advertido que en política, donde quedan siempre que ello se produce un número importante de descontentos que si no llegan al odio eterno sí al odio inmediato, uno más uno no siempre suman dos. Algo que, aparentemente, se ha confirmado en estas elecciones. Sin embargo, no era eso lo que las encuestas indicaban, porque en números absolutos, en tanto porcentual, sí parecía que iba a permitir a Unidos Podemos superar en votos y en escaños al PSOE, pero no a alcanzar los más de seis millones de votos que hubieran sido el punto de partida de la suma. Lo que nadie preveía es que la coalición se dejara 1.2 millones de votos en las urnas, fuera seriamente castigada en las ciudades, no consiguiera movilizar a su potencial electorado. Las cifras más adversas, según algunos análisis de última hora, indicaban que se habían dejado en la no-campaña la mitad de esos votos.

Anotan los medios, los bien informados, los que parece que tuvieran conexión directa con los líderes -PODEMOS, debemos volver a decir PODEMOS-, los que se hacen eco de todos los chismes sin dirimir hasta qué punto son interesados (ya se revive el enfrentamiento Iglesias/Errejón en el que yo no creo), que el cuarteto Errejón-Monedero-Iglesias-Echenique -Garzón anda muy lejos de estas cosas- no son capaces de saber lo que ha pasado, que andan en acusaciones mutuas y confidencias similares: es el fracaso de los politólogos. Tienen razón, a diferencia de otros partidos que han vivido experiencias similares, con o sin representación parlamentaria, en una cosa: que lo que han vertido en la reunión de su cúpula -ignoro si tienen realmente una ejecutiva- son solo opiniones, que no tienen elementos de juicio suficientes para explicar algo con lo que no contaban, que se dejaron llevar o fueron engañados por las encuestas, que también ellos fueran víctimas de la desasfección, del desencanto de quienes habían visto en ellos el caballo blanco y a Pablo Iglesias en el papel de Gandalf. Quizás el problema, como ahora trataremos de explicar, haya sido exactamente ese, que en PODEMOS han preferido Juego de Tronos al Señor de los Anillos.

Vaya por delante que, pese a los comentarios de los que en la noche electoral respiraban aliviados, PODEMOS no está muerto ni ha entrado en caída libre, es una realidad política que ha venido para quedarse, aunque siga siendo un partido sin estructurar con un riesgo de implosión más que evidente, especialmente ahora que el resultado no ha sido los suficientemente definitorio como para transformar al líder o líderes en el gran conductor/conductores para los votantes de cada uno de los cuatro núcleos que conforman PODEMOS (PODEMOS, En Común, Compromis y Mareas). Ahora bien, como anotaba Pablo Iglesias, tras reconocer la derrota, en dos años han creado de la nada un partido con cinco millones de votos, un cierto poder territorial a nivel municipal y autonómico que parte con buenas previsiones de cara a las próximas autonómicas de Galicia, País Vasco y Cataluña. Ahora les queda hacer partido y configurarse como la oposición real frente al jefe de la oposición nominal que será, mientras dure, Pedro Sánchez. Que nadie ignore antes de vender la piel del oso que Iglesias y Errejón pueden ser letales jugando a la contra en el día a día parlamentario.

¿Por qué han perdido votos? ¿Cómo explicar que el autosorpasso? Eso es lo que casi todo el mundo se pregunta. Lo fácil, desde la orilla contraria, es responsabilizar de ello a su radicalizándose, a ser los representantes del caduco comunista y heraldos de la ruina venezolana. Dejemos a un lado esto e intentemos entrar en los parámetros con los que calibran las cosas los podemitas, porque ya tenemos populares, naranjitos, socialistas, nacionalistas y podemitas.

Naturalmente no hay una sola causa a la hora de explicar cualquier realidad. Lo habitual es que los partidos acaben echando las culpas a los agentes externos y nunca sean capaces de asumir, públicamente y a veces también internamente, los agentes internos (mucho más importantes porque son sobre los que pueden actuar). Olvidan en demasía que el adversario también juega el partido. El lector conoce de sobra todas las argumentaciones sobre el voto del miedo, los medios, etc. Responsabilizar al tiempo es solo el recurso a la táctica del avestruz.

La primera interpretación cuando fracasa una coalición es pensar que el motivo es la coalición en sí misma. Obvian habitualmente que el problema real es el sentido de la coalición. El problema es que Unidos Podemos se ha visto como lo que era, un mercadeo, un juego de tronos. Iglesias pretendía fagocitar a Izquierda Unida -posiblemente lo haya hecho porque los excomunistas también andan en estado de shock, aunque al final tengan cuatro escaños-, acabar con un rival en la izquierda. Lo que no fueron capaces de hacer era asentar las bases de un proyecto político que parte de grupos distintos para alumbrar algo nuevo, algo que el elector podía percibir como positivo e incluso convencer a la legión de damnificados y lo han acabado pagando -una lección a tener en cuenta-. Si a ello se suma el error táctico de las campañas y propaganda diferenciada, que subrayaban ese juego de tronos donde cada uno representaba opciones distintas y no la expresión de una suma, todo queda dicho.

La segunda lectura, que difícilmente harán en público, es reconocer que en la desafección ha tenido un peso importante, sin duda, ahí están los datos, el comportamiento de la clase política podemita en el poder o en la oposición. Hasta diciembre eran casi una incógnita, pese a que apuntaban maneras tras las municipales. Los políticos de PODEMOS han conseguido cosechar, por término general, unos índices de rechazo, todavía bajos pero en crecimiento constante, que han roto su pretendida transversalidad con un alineamiento muy claro en la izquierda radical, lo que conduce a directamente con la ruptura del monopolio de la indignación que gestionaban a través de su discurso populista. ¿Cómo se van a presentar como transversales sectarias tan claras como Carmena o, sobre todo, Mónica Oltra?

El tercer factor es la diversidad y variabilidad en el discurso que además es contradicho de forma constante por la acción política diaria. No se puede ser de izquierda radical un día, neocomunista otro y populista los más de los días; lucir la enseña nacional los días de mitin y la republicana en cuanto dan cuartelillo al personal; abominar de las políticas socialistas y presentarse como socialdemócratas; ser patriótico en Sevilla y proconsulta en Barcelona; justificar a los asalta capillas y en plan simpático confesar que pone el Belén; defender la libertad y afirmar que se pondrá fin a los conciertos educativos; jugar a ser de izquierdas estilo Allende sin darse cuenta -sí se daban cuenta, pero creían que con el cuento y el marketing conformarían al más pintado- de que una parte significativa de los indignados, de los de abajo, no son de izquierdas -el problema es que esto es incapaz de asumirlo un marxista de libro-..., y así hasta el infinito. Ellos mismos percibieron que se estaban equivocando y trataron de rectificar en el mensaje de campaña, pero...

El cuarto elemento. Han caído en el mismo error que Ciudadanos, pensar que ya estaba todo hecho. La campaña de Unidos Podemos ha sido un ejemplo de cómo no se debe actuar cuando se es una fuerza no sistémica y con estructura insuficiente. No midieron, son de los que creen que todo es televisión e internet, que estaban tocando techo en sus posibilidades de difusión a través de esos medios en los que se mueven con soltura. He sostenido y lo mantengo que hicieron la mejor campaña en televisión y en la red, pero fueron incapaces de valorar cuál era el grado real de penetración de esos medios más allá de los habituales. Unidos Podemos tenía que ganar el voto en la calle y no lo ha hecho. Como todos los partidos, sin excepción, territorialmente los dirigentes locales de Unidos Podemos viven del líder y de la marca, lo que se llama la búsqueda del "efecto faraón". Pese a que Unidos Podemos contaba a priori con varias cabezas con tirón mediático, capaces de desarrollar una campaña de calle, no han sido capaces de patear España para movilizar a los indecisos y mantener la tensión. Por ello el PSOE ha resistido, por ello no han convencido a los votantes de IU y por ello el PP, que si ha hecho campaña de calle, de día a día, de boca a boca, ha movilizado y ganado votantes.

Con cinco millones de votos y 71 diputados es difícil sostener que PODEMOS haya entrado en crisis, pero sí que está ante una encrucijada. Lo anotó Errejón en la noche electoral, su mejor opción es quedarse en la oposición para construir partido. Recuperar la idea de transversalidad me parece harto imposible, lo que incrementará la desafección, cuando ya han dejado claro que ellos son una fuerza de izquierda cuyo objetivo es ser la fuerza hegemónica de la izquierda, pero para ello necesitan una unificación real.

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20160630205249-image.jpegConfieso que, en estas elecciones, me he dejado en parte llevar por el rosario de expertos, sociólogos, analistas políticos, politólogos y demás supuestos expertos que forman parte de la campaña electoral e influyen en ella. Mantuve desde el principio que nos movíamos en el marco de la volatilidad y la desafección, aunque sin prever que la última fuera a hacer mella de tal modo en las previsiones sobre los resultados de PODEMOS, aunque se produjera el abandono de una parte de los votantes de IU cifrado inicialmente en un 50%. El 50% con el que Pedro Sánchez, el hombre del ego descomunal, soñaba para sobrevivir. Eso sí, anotaba cuál era la razón de la estrategia electoral del PP y su táctica dirigida a movilizar su electorado: la polarización, el voto útil y especialmente el voto del miedo.

Cuando en alguna ocasión me han preguntado por mi valoración sobre las encuestas he dejado constancia de una realidad que los lectores y hacedores interesados obviaban: con unas encuestas con menos de cinco puntos de diferencia en los resultados porcentuales de los tres primeros partidos, con entre 2 y 3 puntos de posible variación, hechas sobre muestras para mí insuficientes dado lo ajustado de la distribución, resultaba muy difícil hacer predicciones y, en gran parte, todo dependería de quién quedaba segundo en cada circunscripción y era beneficiario de nuestro sistema de reparto que ya no sería monopolizado por el PP y el PSOE.

A diferencia de lo que afirmaban los analistas, antes y después de las elecciones, atendiendo a lo ocurrido en Diciembre y en las anteriores europeas, he señalado que, debido al alto número de indecisos, sobre el 30% del electorado, la campaña iba a ser trascendente, pues esta, como en otros países, había recuperado un protagonismo perdido. Y, aunque los analistas siguen sin querer asumirlo -ellos sabrán por qué-, la importancia de la campaña es una realidad difícilmente prescindible y mucho más trascendente que la influencia del Brexit, utilizada como argumento para crear una verdad/explicación distorsionada pero que viene de perlas al discurso conveniente. Otra cosa es que, incomprensiblemente, algunos partidos, fundamentalmente Ciudadanos, no perciban esta realidad. Ya vaticinaba que a Ciudadanos le iba a pasar algo similar a lo ocurrido en Diciembre, que su mala campaña iría en detrimento de sus expectativas.

La gran sorpresa ha sido, sin duda, no el triunfo, que todo el mundo daba por descontado, del Partido Popular sino el triunfo personal de Mariano Rajoy. Nadie, ni el PP, ni Mariano Rajoy esperaban esos 137 escaños. El máximo previsible era 130, suficiente para sumar con los 30/40 de Ciudadanos. Las encuestas lo dejaban en unos 125 con un 29/30% de voto con menos participación electoral que el 20D. Digo que nadie lo esperaba, ni el PP ni Rajoy, porque los discursos de la noche electoral no se improvisan y todos pudimos escuchar al presidente haciendo variaciones inconexas sobre un "hemos ganado" equivalente a un "vamos a gobernar", pues con los datos en la mano y la lógica política, con el trasvase de la duda al adversario, poca dudas caben sobre ello, salvo que el PSOE, Ciudadanos e incluso PODEMOS, estén dispuestos a suicidarse, aunque con Pedro Sánchez nunca se puede estar seguro.

El triunfo de Mariano Rajoy se cimienta en la confianza de una estrategia diseñada por su equipo demoscópico, el mismo que ha sido criticado hasta la saciedad por un sector del PP con el diario La Razón como punta de lanza y 13TV o la ya poco influyente Intereconomía como secundarios. Un equipo que conoce muy bien el comportamiento y los impulsos del Jano bifronte que es el electorado fiel del PP que se sitúa entre los 7 y los 8 millones de votantes estables. Esa es la estrategia que, ante la nueva realidad electoral que estaba emergiendo, impulsó la división del voto de la izquierda en tres fuerzas, aunque la resultante prevista no fuera la aparición de un partido de 5/6 millones de votos como PODEMOS, ni la creación de una coalición difícil entre este e IU. La estrategia que provocaría el hundimiento electoral del PSOE, lo que merced a la ley electoral beneficiaría al PP, partido que se convertiría definitivamente en hegemónico en la política española recuperando el diseño inicial planteado en 1977/1978, hundido por el desastre político que fue en la gestión, aunque ahora se pinte de otro color, Adolfo Suárez.

El crecimiento imprevisto de la coalición de Pablo Iglesias unido a lo que ha sido la práctica diaria de sus representantes, que han acabado mostrándoles como lo que son, un lobo con piel de cordero -el cierre de la noche electoral puño en alto y cantando putrefactas canciones del rojerío progre setentero lo dice todo ahorrando explicaciones-, permitió al PP polarizar la campaña, con lo que a la vez consiguió movilizar a su electorado más reticente invocando sin disimulo el voto del miedo. Esa movilización es la responsable del éxito, con un mensaje hacia su derecha y su izquierda similar: "¡qué vienen los rojos¡". Daba cierta sonrojo leer a algunos destacados y destacadas, entre comillas por supuesto dada la importancia real de estas personas, llenar líneas manteniendo sus críticas a Mariano y al PP socialdemócrata para acabar llamando a liberales y derechistas, a los orgullosos de ser de derechas, a parar a los rojos, por ideología o por bolsillo, dejando atrás la tentación de quedarse en casa o de, como recordaban, "tirar el voto". Ya en el supremo argumento daba cierta vergüenza intelectual ver, desde Rajoy al último de sus diputados, en el otro lado, argumentar que dar el voto a Ciudadanos era darlo al comunismo o permitir el triunfo del extremismo. Casi la misma vergüenza intelectual que da leer ahora que se ha impuesto el voto moderado, cuando los teóricos extremistas tienen más de 5 millones de votos y el PP ha movilizado a su particular "macizo de la raza" para que le diera la victoria, aprovechando las ganas de marcha que el grupo de Iglesias les provoca y en el que las que las críticas al PP y a Mariano se disuelven como un azucarillo. Aunque este recurso no sea nuevo, ya fue explotado hasta la saciedad por Manuel Fraga y el propio Adolfo Suárez.

Ahora bien, el triunfo de Mariano Rajoy, que ahoga cualquier crítica, que refuerza su liderazgo entre los suyos -¡cuántos hubieran estado dispuestos a sustituirle si solo hubiera obtenido 115/120 escaños y el pacto con Rivera hubiera dependido de que el líder no fuera el futuro presidente del gobierno!-, también ha sido posible por los errores y deficiencias del adversario.

A fecha de hoy ni PODEMOS ni Ciudadanos pueden competir en una campaña con el PP o el PSOE, porque estos partidos cuentan con una estructura territorial que llega a casi todos los pueblos de España, y esos militantes y simpatizantes son capaces de hacer una impagable e infravalorara campaña boca a boca con la que PODEMOS y especialmente Ciudadanos no pueden contar. Unos han acudido a salvar al PSOE, porque se consideran socialistas; otros, a derrotar a PODEMOS al considerar que el PP era la salvaguarda de sus ideas (ahí queda el llamamiento, por ejemplo, a defender la religión). Ciudadanos y PODEMOS tienen su principal canal de difusión en los medios y en el marketing, mucho más efectivo que los del PP o el PSOE entre los menores de 40 años. Pero son teledependientes. Han olvidado que no todos los españoles ven la televisión, ni se tragan las tertulias nocturnas de 13TV, la Cuatro o la Sexta, ni siguen los editoriales de la prensa. Mariano Rajoy, que no el PP, ha ganado los debates por incomparecencia y porque ha dado mejor, para los espectadores que los han seguido, en esos insufribles programas publicitarios que ha sido los especiales, con niños o sin niños, con los cuatro candidatos. Los debates podían haber sido decisivos, era lo que necesitaba Pablo Iglesias y también Pedro Sánchez, pero Génova se cerró en banda -Mariano esquivó la trampa de la Sexta- y en medio de un mundial de fútbol nadie los echó de menos.
El PP, directa o indirectamente, consiguió en la campaña algo muy difícil, minar a PODEMOS a la vez que desgastar al PSOE, lo que ocurre es que nadie esperaba que Unidos Podemos -hoy Unidos Perdemos- se dejara más de un millón de votos sobre el total posible (haciendo real la máxima de que en política 1+1 no siempre dan dos). Cierto es que para ello contó con el apoyo inestimable de algunas tertulias y medios. PODEMOS, por su parte, cayó víctima de sus propias contradicciones, que son las que le han ocasionado la primera desafección importante entre sus electores, algo que he comentado en alguna ocasión anunciando que se produciría entre los votantes a PODEMOS que no se corresponden ideológicamente con la izquierda que realmente representa. El difícil equilibrio entre la aparente transversalidad y el neocomunismo -más bien neorojismo-, subyacente en la explotación de la indignación, que le catapultó en diciembre ha hecho aguas. La acción de gobierno de sus representantes, el sectarismo, la incapacidad, el paranacionalismo, sus amistades con Venzuela o Irán, su irritante posición en el tema del terrorismo y los presos, la animadversión creciente que despiertan, los ataques a la religión, a la libertad de educación o de expresión han ido erosionando la credibilidad del discurso de Pablo Iglesias, con la carcajada final ante su presentación como socialdemócrata unida a la guinda de sumar a sus huestes a Izquierda Unida, con el consiguiente cabreo de la mitad de los votantes de IU que odian a Iglesias tanto como a Sánchez. Algo que ha estallado en ese momento que los sociólogos denominan como el vértigo electoral, que se produce en las últimas horas antes de ir a las urnas, algo que habían detectado algunos estudios aunque, a mi juicio, se equivoquen cuando lo achacan a la influencia del Brexit y no a las contradicciones entre la imagen, el discurso y la realidad de PODEMOS. El intento del equipo de Iglesias de presentar una posición moderada de izquierda chocó con el peso tanto de comportarse como los "rojos" como de los meses de artículos y tertulias que, en definitiva, les presentaban como populistas, radicales o comunistas, un peligro para unos 12/15 millones de electores. No valorar ese factor fue lo que llevó a las encuestas a equivocarse al adjudicar muchos de los escaños de los restos a Unidos Podemos.

No olvidemos que un 30% de españoles no han votado, que un millón de los votantes de diciembre se quedaron en casa y que la abstención es una opción con un respaldo similar al obtenido por el PP y más que el obtenido por el PSOE o Unidos Podemos. Solo el PP ha conseguido más sufragios que en diciembre, rescatando voto o movilizando a abstencionistas. No ha cambiado pues ni la volatilidad ni la desafección. Sigue existiendo un sector de españoles que no se reconoce en ninguna de las opciones que se han presentado; un sector que se podría cifrar en torno al 10% del electorado y que pese a lo trascendente de estos comicios, tal y como repitió la propaganda, decidió quedarse en su casa, son los indignados sin alternativa electoral. Ahora bien, para los partidos la abstención no cuenta, son votos que dan por amortizados.

¿Y el futuro? La lógica y la realidad, las declaraciones públicas y los deseos, continúan chocando pese a los resultados. La lógica indica que Mariano Rajoy debiera gobernar en minoría y que para los demás sería lo más ventajoso ejercer la oposición, especialmente cuando el PP cuenta con la mayoría absoluta en el Senado. Entre líneas Errejón suscribió esa idea que también apoyan algunos dirigentes socialistas. El problema es que, a día de hoy, Pedro Sánchez sigue sin darse por muerto, y en la pugna por la hegemonía en la izquierda necesita que Pablo Iglesias le niegue el apoyo para gobernar, repitiendo el juego que nos llevó a unas nuevas elecciones, antes de dejar vía libre a un gobierno del PP. ¿Podríamos enfrentarnos a unas nuevas elecciones? La lógica dice que no, que habrá gobierno en minoría, pero la ilógica de Pedro Sánchez nunca se sabe hasta dónde podría conducirnos.

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CARTA ABIERTA A PABLO IGLESIAS

Publicado: 23/06/2016 17:08 por Francisco Torres en Los libros
20160623171135-image.jpegEstimado profesor:

Supongo que le sorprenderá, por la distancia ideológica, que comience estos párrafos con tan atrevida formulación porque, evidentemente, usted no ha sido profesor mío, pero lo hago desde el apriorismo cierto de que ambos ejercemos la docencia y hasta escribimos libros.

Le he escuchado en decenas de ocasiones defender la libertad, y en especial la libertad de expresión, y hasta quejarse del poder de los medios para coartar esa libertad, aprovechando su posición de poder, para silenciar o distorsionar; supongo, además, que usted comparte, y hasta ha sido beneficiario de ella, la necesidad de la libertad de cátedra; que cree en el debate académico y hasta en el diálogo con quién no está de acuerdo con lo que usted, su partido o sus seguidores sostienen y que, por ello, es enemigo de la censura en cualquiera de sus formas, incluyendo la censura previa.

No creo que comparta, al menos no es lo que trasluce, la tesis del "enemigo del pueblo" reutilizada por Lenin -de sobra sabe que ha ido dando tumbos por la historia siendo utilizada por unos y por otros-, y que, por tanto, el disidente carece de derechos y debe de ser perseguido, censurado, acallado o proscrito. Porque de lo contrario da igual cuanto le comente, siendo innecesario que siga perdiendo el tiempo leyendo estas letras.

Atropellar la libertad no sé si es compatible con PODEMOS, UNIDOS PODEMOS o la constelación de marcas moradas con las que ha llegado a las instituciones; aplastar los derechos de las personas no parece compatible con las palabras bonitas con las que acompaña el chascarrillo inteligente de sus discursos mientras nos cuenta aquello de ganar el cielo al asalto. ¿Pero?

Denosta usted a la casta, por corrupta, por hacer lo contrario de lo que dice, por ser una oligarquía amparada y escudada en el pensamiento único. Pero parece que su ambición es la de sustituir el pensamiento único por otro pensamiento único. O en el lenguaje que a veces los suyos emplean: sustituir una tiranía por otra tiranía. Y ello es lo que trasluce alguno de los comportamientos de los suyos cuando están en el poder.

Le escribo estas líneas solo a título informativo, ni tan siquiera tienen el valor de la denuncia -el poder cuando es poder apaga la denuncia-. Una de sus marcas moradas, la asturiana SOMOS, ha hecho con quien esto suscribe lo contrario de lo que predica. ¿O quizás no?

Este sábado iba a presentar, como profesor e historiador, un libro, que es la resultante de una investigación cuya raíz es un trabajo universitario, en Oviedo. Su título "Soldados de Hierro. Los voluntarios de la División Azul", que gracias a Dios y mis lectores anda por la segunda edición y que, naturalmente, retrata a unos combatientes que para mí fueron eso, soldados de hierro. Españoles del ayer que combatieron noblemente como hoy reconocen quienes ayer fueron sus enemigos. No creo que por el título, el tema y su previsible contenido usted crea que, si no debe acabar en la hoguera, sí, al menos, debe de ser encarcelado con pena de cadena perpetua. ¿O quizás sí?

El lugar, el Auditorio Príncipe Felipe de la ciudad. A dúo o a coro el concejal de cultura y la vicealcaldesa, ambos de su marca morada, han procedido, con una excusa uno y sin excusa otra, sin que vayan más allá del prejuicio ideológico, a retirar la "concesión" de una sala que pagan todos los ciudadanos de Oviedo con sus impuestos, hasta aquellos que no les han votado y que han tenido la amabilidad de invitarme. Causa sonrojo leer lo escrito por el concejal, y lástima la chulería de la vicealcaldesa en un tuit afirmando que un acto así -la presentación de un libro- no tiene cabida en el Auditorio y tendrá que cancelarse -me dicen que ha borrado el mensaje como si con eso dejara de existir la prueba-. Eso se llama, simplemente, censura. Pero también es discriminación ideológica -¡quién lo diría, usted amparando la discriminación!-.

A buen seguro que, de estar en un debate público, televisivo, de esos a los que usted acude con frecuencia, o cualquiera de sus adláteres, la panoplia de razones y justificaciones, de respuestas a la contra, de contestaciones con preguntas, a favor de la decisión de intentar censurar y criminalizar la presentación de un libro, que evidentemente no gusta a sus representantes en Oviedo, le darían para hacer saltar furibundos a algunos de sus seguidores, dispuestos, llegado el caso, a tener algo más que palabras -¡qué le voy a contar que usted no sepa sobre la fuerza movilizadora del irracionalismo!-. Pero, al final, cuando vuelva a su casa y se mire ante el espejo solo verá el rostro de un censor al que le da miedo un libro de novecientas páginas.

No se alarme, en el fondo está es una de esas cacicadas/concejaladas/alcaldadas que nadie le sacará a relucir, ni será objeto de denuncia en medios y platós, a la hora de alertar sobre lo malo que es PODEMOS, quizás porque teman su rápido mensaje de que están defendiendo a unos fascistas. Y nada hay que ponga a nadie más nervioso por estos lares que tal sugerencia.

No es que me preocupe, afortunadamente todavía no está en el Ministerio del Interior ni es Presidente o Vicepresidente del Gobierno, y, aunque no sé si aún quedan jueces en Prusia, en la humildad de las posibilidades que tiene un individuo presentaré mi libro en Oviedo aunque sea a dos personas en una cafetería; al menos queda para la historia la constatación de los hechos. También puede, a la larga, quedar la lección: ya sabe que la hormiga es muy pequeña frente a un elefante, pero en realidad, por ello, es mucho más fuerte.

También es posible que no estemos más que ante una confusión y que naturalmente usted sea el Pablo Iglesias que dice ser y no el que muchos anuncian y entonces, como un caballero, tendré que rectificar, aunque me temo que esto no será necesario.

Atentamente
Francisco Torres García.
Profesor e historiador.
Víctima de la censura de las marcas moradas de PODEMOS.

(Publicado en Diario Ya)

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20160623000200-image.jpegNo sé quién es peor, si el que intenta poner fin a tus derechos, busca pisotearte, o el que se calla, pese a que anda agitando el espantajo del comunismo, porque por un lado cree -ingenuo- que estas cosas nunca irá con él, nunca le pasarán a él, o porque así cree que él está a salvo y no es un peligroso antidemócrata como pudiera serlo el que suscribe -y quizás, si fuera necesario, se sumaría a tirar piedras-.

No soy ingenuo. La libertad de expresión no existe, existe la libertad a expresarte siempre que nadie te oiga. Eso es lo que hoy se entiende por libertad de expresión. Que conste que nadie va a apoyarnos -hablo en plural- ahora. Ya estamos acostumbrados. Decir la verdad es incómodo. Tener y demostrar que se tiene razón molesta. Nosotros no tenemos adversarios, tenemos enemigos. Así de claro, porque lo que ellos desean es nuestro exterminio, si no físico sí al menos moral. Cuentan con la neutralidad cobarde, meliflua, apocada, de quienes quieren ser puros y virginales, ser admitidos en la pandilla -no pueden ser más tontos-, gracias al silencio que equivale al dedo acusador del: "veis cómo somos buenos, esos son los fascistas".

No es la primera vez que soy "víctima" de la decisión de la izquierda -alguna vez también de la derecha- de decidir sobre qué se puede decir o qué no se puede decir. En Sevilla tuve que presentar un libro -¡presentar un libro!, tremendo acto fascista- en la calle, en Granada repartieron los colectivos de izquierda -más nombres que gente- pasquines denunciando que se presentara un libro en un barrio obrero y popular llamando a la movilización, en Almería nos cerraron el local municipal, en Alicante una concentración de la izquierda presta a visitarnos parada por la policía... Ahora ha sido en Oviedo -escribo en pasado cuando probablemente sea en presente-.

En Oviedo es ya casi un culebrón preñado de despropósitos lo que está aconteciendo. Un concejal que hace "decretos" para decir que no a la concesión de una sala pública, advirtiendo que las otras cuatro y hasta el local del restaurante está ocupado por actividades de la concejalía -a fecha de ayer no había ninguna-; una vicealcaldesa, que dice que no hay sitio para la presentación de un libro sobre la División Azul en un local municipal y que tendrán que cancelar el acto; advertencias de todo tipo al encontrar otro local que lo mismo ya nos ha sido retirado...

Los que prohíben, censuran e intentan que el acto -¡presentar un libro!- no se celebre son, eso sí, de PODEMOS, de una de sus marcas moradas, pero los que guardan silencio ante el atropello tampoco son inocentes. Ya les llegará el turno.

Vamos a presentar un libro, Soldados de hierro. Los voluntarios de la División Azul. El problema no es el autor. Dudo mucho que yo sea tan conocido. El problema es lo que sin leerlo saben que se dice en el libro. Si yo anotara que los divisionarios fueron criminales de guerra, que fueron a Rusia engañados por una cruel dictadura, por la pasta, porque estaban en la cárcel... obligados en los cuarteles, sin ningún ideal... a morir como perros para que sus jefes ganaran medallas y ascensos en una campaña sin ningún heroísmo, seguro que no tendría ningún problema y hasta la vicealcaldesa de la marca local de PODEMOS me hubiera estampado dos besos, subvencionado los gastos y hasta ejercido de introductora. Pero yo no puedo escribir o decir eso, como hace alguno de mis doctos colegas: primero, porque no lo creo; y segundo, como demuestro empíricamente en mi libro, producto de una seria y profunda investigación, porque no es verdad. Pero, ¿qué importa eso en la España de la memoria histórica de la izquierda? ¿Qué importa a los que se pasan el día blasonando de libertad y democratitis aguda?

Nada. Ellos tienen asumido que al enemigo ni agua. Que ni tan siquiera cien o doscientas personas deben oír otra versión. Censura, censura, censura... ese es su lema.

Pero es mucho más que eso, porque estas prohibiciones amparadas en coartadas de carcajada que ofenden a la inteligencia, constituyen la vulneración de un derecho reconocido e institucionalizan la censura e, incluso, de forma encubierta, al animar a luchar para que el acto no se realice, incurren en un delito de discriminación ideológica cuando no de amenazas.

Como en otras ocasiones yo voy a ir a Oviedo a defender mis derechos, pero también la verdad. Quienes siguiendo a sus maestros, desde Lenin a Stalin pasando por Castro, Maduro o Chavez, están en lo que siempre han estado -la cheka, la lubianka y el GULAG-, actúan como siempre lo han hecho. La libertad es solo un prejuicio burgués, decían sus clásicos. Ellos siguen al pie de la letra esa máxima. La que nos convierte en "enemigos del pueblo" y, por tanto, en sujetos sin derechos. Se colocan al lado de todo aquello contra lo que fueron a luchar los voluntarios de la División Azul. Es lógico que 75 años después quieran vengarse.

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20160615144343-image.jpegNo es una novedad apuntar que lo que usualmente se denomina extrema derecha sociológica está en y/o vota al PP, y se siente extremadamente cómoda ahí. De vez en cuando, eso sí, se despierta enfadada y da un respingo que dura dos o tres elecciones: así sucedió con el PADE (10.000 votos en su mejor resultado), la Agrupación Ruíz Mateos (219.000 votos en 1989) o más recientemente VOX (244.929 votos en las últimas europeas que se quedaron en 53.000 poco después). Una vez que a este electorado se le pasa el sarampión los votos vuelven casi aritméticamente al PP, mientras que esos partidos desaparecen o se consumen lentamente.

Existe una "extrema derecha militante", que naturalmente no se considera como tal, aunque en ese espacio la sitúen los medios y la mayoría de los españoles. Empleemos y aceptemos tal calificación solo a efectos descriptivos, porque la mayoría de los partidos de ese espectro ni se reconocen bajo tal calificativo, ni incluso estiman que estén a la derecha del PP; es más, en algunos casos se sitúan en las antípodas de los demás.

Desde el punto de vista sociológico se afirma que entre 500.000 y un millón de votantes podrían apoyar una opción similar a las que con diversa denominación, desde el Frente Nacional francés hasta el FPO pasando por Alternativa por Alemania, están polarizando el cambio electoral en muchos países de Europa (otros se miran en modelos como Amanecer Dorado)... No pocos creen que con copiar el nombre y los gestos se producirá en España una irrupción similar e incluso algunos se plantean el retorno al modelo de los años de la Transición, cuando más pujante fue esta opción en España. La realidad es que esa "extrema derecha militante" se mueve, desde el año 2004, entre los 50.000 y los 78.000 votos, a repartir según las elecciones -dejamos a un lado los resultados en municipales y autonómicas- entre cuatro o seis formaciones (no incluimos PxC porque tras una aparente eclosión quedó prácticamente reducida a la nada).

Ahora bien, no es menos cierto que, tanto por razones internas como externa o de propio posicionamiento político probablemente, otros 50.000 votos se queden en la abstención. Cifras pequeñas pero que en unas elecciones como las del 26-J pudieran valer algunos escaños.

En 1979 la "extrema derecha militante" obtuvo su más alto número de votos, 413.000. Anotemos que de haber concurrido unida esta opción hubiera obtenido hasta tres escaños, en vez del único que consiguió Blas Piñar, fueron sus años de mayor extensión y penetración social, pero sin conseguir desgajar a la extremaderecha sociológica del voto a la entonces Alianza Popular, el antecedente del PP. La división, la fragmentación y el cainismo condujeron a que en 1982 se perdieran 265.000 votos que fueron absorbidos por AP(PP). La caída constante en el número de votos se mantuvo hasta el año 2004, cuando se obtuvieron en total unos 65.000 votos. Síntoma claro de la existencia de una potencialidad y de una renovación. Constituye desde entonces este potencial electorado un nicho emergente de difícil proyección.

Cierto es que no se trata de un voto consolidado, que además se enfrenta: primero, a la ausencia de candidaturas en muchas circunscripciones debido a la Ley Electoral; segundo, al "miedo a la izquierda" que sigue teniendo hoy un peso específico en este electorado (miedo en el sentido de aceptar cualquier sacrificio -votar al PP- antes que gane la izquierda). En 2015, aunque irrelevante dado el número de provincias con candidatura presentada, se obtenían unos 9.000 votos tras los 78.000 de las elecciones europeas de 2014, siendo la opción más habitual en este sector la abstención o el voto nulo sin que se produzca un gran trasvase que favorezca a la papeleta del partido que haya concurrido (algo entendible porque, en parte, aquellos que están vinculados a una opción contemplan a las demás como meros competidores). A pesar de todo, algunos analistas estiman que esta opción política/electoral está creciendo entre sectores de menos de 25 años, que, por otra parte, son poco receptivos ante la petición de voto de partidos tradicionales como el PP.

En estas elecciones, las del 26J, solo en 16 provincias habrá candidaturas objetivas para esos electores, las de los falangistas; en el resto, aunque algunos puedan votar al PP o a VOX, la inmensa mayoría se abstendrá o hará voto nulo. Naturalmente el PP o VOX piensan en este mercado. El PP, porque sabe que un puñado de votos pueden darle algún escaño y cuenta con el efecto anti-Podemos para sacarlos de la abstención; VOX por pura necesidad de frenar su proceso de destrucción tras perder 191.000 votos en pocos meses, ya que ve en esos votos su tabla de salvación para continuar (aunque gran parte de ese sector considera a VOX un grupo de derechona pijo). Pero que la "extrema derecha militante" -la vieja, pero también la nueva que está comenzando a aflorar en sectores juveniles- en gran medida no irá a votar es también una realidad fácilmente perceptible, especialmente entre aquellos que más desligados están del duopolio PP/PSOE y que ya no consideran asumibles las tesis del "voto útil" y no tienen otra opción en su colegio electoral.

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¿Qué puede pasar el 26-J?

Publicado: 13/06/2016 00:06 por Francisco Torres en Elecciones
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Anoche se iniciaba la campaña electoral que llevará a los españoles a las urnas el 26 de junio; cita electoral que probablemente sea la de mayor incertidumbre de los últimos cuarenta años. Confirmarán, sin duda, lo que ya es una evidencia: que el modelo bipartidista diseñado en 1978, para el que se creó una Ley Electoral que lo permitiera e impulsara (ya se sabe que en realidad no todos los votos valen igual), ha saltado por los aires.

La clase política, los medios de comunicación, los politólogos y no pocos sociólogos se han pasado la vida retratando una sociedad plural que, elección tras elección, dejaba de serlo cuando se conocían los resultados de cada comicio. Existía un consenso para alabar ese bipartidismo -hoy, rendidos a la evidencia, ya no son capaces de sostenerlo- que también ha saltado por los aires. Aún andan, eso sí, los dos grandes partidos -cada vez menos grandes-, especialmente el Partido Popular, enfrascados en buscar cómo imponer el “amaño” a través de la Ley. Lo hace propagando la idea de pequeñas circunscripciones a dos vueltas para que sólo alcance representación el que obtenga la mayoría -algún incauto, por no decir otra cosa, preso del miedo a la izquierda, creyendo que siempre ganará el PP, lo apoya desde posiciones teóricas a la “derecha” del PP-. Democrático modelo que negaría la representación a millones de españoles.

La realidad hoy es bien distinta a la de hace diez años, por no irnos muy lejos. Ya no tenemos dos partidos con posibilidades reales de gobierno sino cuatro. Por más que el Partido Popular y sus teóricos/voceros se empeñen, aunque ganen las elecciones, la representación del que más votos obtenga, si se confirman los sondeos será el PP, distará mucho de ser la traslación de la mayoría de los españoles. Pocas veces se suele indicar -rompería los discursos interpretativos- que la representación real es la resultante del porcentaje obtenido sobre el total del censo y no sobre el total de los que han votado. Ello quiere decir que un partido que obtenga entre un 28% y un 30%, dependiendo de la abstención, tendrá una representación real situada en torno al 20%. Es decir que el partido que más votos obtenga sólo tiene esa representación. De un modo u otro tanto el PP como el PSOE, pasando por PODEMOS o incluso -aunque es menos probable- Ciudadanos, podrían acabar gobernando con un acuerdo o en coalición. Las mayorías absolutas están finiquitadas y a ello debemos acostumbrarnos los españoles. Y una vez que el gobierno sea reo de esos acuerdos para gobernar todo lo que se diga en esta campaña es tan volátil como perfectamente olvidable.

Elecciones de incierto resultado, porque las variables a contemplar son muchas, porque sociológicamente el cuerpo electoral está variando de forma acelerada. Los votos tradicionales, los que votaban de forma sitémica al PSOE o al PP, se van reduciendo. Se trata de electores mayores de 50 años. Los votos libres, no condicionados por los miedos, la historia o la ideología bidireccional derecha/izquierda, van creciendo de forma constante y son los que deciden, porque el bloque anterior está tasado porcentualmente. Son ellos los que deciden, son ellos los que han dado vida a los denominados partidos emergentes y los que no forman parte del voto cautivo. Ahora bien, al mismo tiempo, en determinados segmentos, especialmente entre los menores de 25 años, anda pareja la inclinación hacia el voto que hacia la abstención. Existe en este segmento un amplio rechazo a los dos grandes partidos tradicionales, PP y PSOE, siendo poco permeables a sus discursos tecnocráticos.

Elecciones en las que la campaña electoral y los errores que cometan los partidos -el PP ya lleva unos cuantos debido a la presencia de algunas personas en sus listas que deberían haberse retirado para no perjudicar al partido- pueden tener una incidencia decisiva en el voto final.

Elecciones inciertas, porque la propia Ley Electoral ha acabado transformándose en una auténtica espada de Damocles, pues no estaba pensada para que hubiera tres partidos que obtuvieran sobre un 20% de los votos y un cuarto sobre el 15%. La resultante es que entre 20 y 30 escaños dependen de unos cientos o miles de votos. La Ley favorecía a los dos partidos que más votos tuvieran y especialmente, a la hora de los restos, al primero, dándoles un plus. Pero eso era cuando el primero y el segundo eran PP y PSOE o viceversa y el resto sacaban pocos votos. Ahora, en no pocas circunscripciones es difícil saber quién será el segundo y los restos ya no tienen por qué acabar favoreciendo al más votado. La mecánica/cocina del recuento/reparto puede dar una mayoría con margen sobre los demás al PP, pero también convertir a cualquier otro en un partido con más peso del esperado (sería el caso de la coalición UNIDOS PODEMOS) que merced a un acuerdo pudiera acceder al gobierno. Un marco en el que decir que “gobierne el más votado” (quiere decir el que más votos tenga de los depositados) no pasa de ser un recurso efectista pero infantil que puede asemejarse a la rabieta de un niño incapaz de asumir la frustración ante la realidad.

Cuando el lector tenga este artículo entre sus manos es seguro que andará, salvo aquellos que sólo sigan un medio, perdido entre unas encuestas que presentan unas horquillas de resultados tan amplias que hacen imposible saber qué pasará al final. Habrá sufrido o seguido con interés varios debates y “tragado” las píldoras preparadas que cada partido hace para que salgan por televisión. Es probable que hasta tenga el efecto de saturación provocado por la reiteración en el mensaje. Cierta es aquella frase de que una mentira repetida mil veces puede transformarse en una verdad, pero también puede acabar irritando y convirtiéndose en un arma de doble filo (algo que le puede ocurrir al PP y al PSOE si siguen insistiendo en un mensaje que deja tantos huecos al adversario que puede acabar horadando sus expectativas).

Los partidos están jugando y algunos hasta tomando posiciones para el día después. Es lo que está sucediendo en Cataluña. El centroderecha nacionalista burgués que, por la independencia, ha hecho un pacto antinatura con los anticapitalistas (CUP) ha visto saltar por los aires su acuerdo de gobierno. En ello, además de las tensiones, subyace el “día después”. En función de los resultados unos u otros podrán pactar con los vencedores. Unos pueden inclinarse hacia el PSOE o el PP, es cuestión de precio; otros hacia Unidos Podemos. Por eso se ha producido la ruptura que puede llevar a nuevas elecciones en Cataluña, algo que no sabremos hasta septiembre cuando, en teoría, ya se tenga definido el nuevo gobierno.

¿Qué puede pasar el 26-J? La primera posibilidad es que se confirme lo que las encuestas indican y lo que la tendencia y la variabilidad del voto oculto anuncian: una victoria del PP difícil de traducir en escaños reales pero con posibilidad de gobierno en alianza con Ciudadanos y apoyos de minoritarios (pero Ciudadanos ha puesto un precio, Rajoy). La segunda: que la aritmética confiera posibilidades de gobierno al bloque de izquierda (el PSOE confía en poder mantenerse como segunda fuerza y Unidos Podemos con sobrepasarlo).

Hasta aquí estaríamos dentro de lo previsible pero queda el factor campaña que para mí va a ser decisivo. Las anteriores elecciones revelaron dos variables: primera, que PODEMOS mejora resultados en campaña; segunda, que Ciudadanos pierde fuelle en campaña. En estas juega un nuevo factor: Unidos Podemos se presenta como rival del PP y el PP ha asumido que ello es así; una polarización que por razones distintas favorece a ambos: al PP, porque quiere recuperar voto entre los votantes Ciudadanos y los moderados del PSOE (básicamente anti-Podemos); a Unidos Podemos, porque les convierte de facto en la alternativa para el votante de izquierda. A ambos les interesa porque esa dicotomía es un antídoto contra lo que más temen, la abstención. El PP puede conseguir la movilización del miedo y Unidos Podemos galvanizar a su electorado de menor edad, donde mayores apoyos tiene pero con una clara tendencia hacia la abstención según el día.

Cuando termino estas reflexiones sólo he tenido oportunidad de ver uno de los debates a cuatro con segundas espadas, pero su análisis nos permite estudiar cómo y qué efecto pueden tener sus discursos en una campaña que se va a dirimir, fundamentalmente, en televisión y en las tertulias. Lógicamente se debe prescindir del voto convencido. Mal van algunos si hacen campaña para los convencidos. Lo importante es medir cuál puede ser la reacción de los indecisos, de los que pueden variar su voto por efecto de la campaña.

Si segmentamos el electorado es evidente que el discurso con mayor receptibilidad en el punto de arranque es el de Unidos Podemos y el que menos capacidad de atracción presenta es el de Ciudadanos (algo que ya se hizo palpable en la anterior campaña, Ciudadanos pierde los votos en campaña y es algo que no ha sabido solucionar). Unidos Podemos -Garzón juega de comparsa por más que se empeñe en sacar trapos republicanos- está acentuando su discurso populista y dejando en segundo plano su discurso izquierdista, consciente de que sus puntos débiles podrían ser explotados por otros que no fueran el PSOE o el PP, pero es a ellos a quienes se enfrenta. El PP, si se empeña con discursos tan escasamente motivadores como los de Cifuentes o Levi en el inicio de la campaña; en la utilización de muñecos que repiten de forma continua el discurso patrón hecho (en algunos casos llega a ser una ofensa al oyente pues parece que le toman por tonto); en la defensa a ultranza de la gestión hecha y la mirada al pasado -enfrascarse hoy en lo mal que lo hicieron los socialistas no sirve más que para los convencidos- o en su débil y preparada respuesta al tema de la corrupción, puede acabar llevándose un disgusto inesperado (doctores tienen en Génova).

Ante esta situación, muy volátil, el PP juega con cartas marcadas, pues entiende que está jugando al empate. Asume que es imposible alcanzar la mayoría absoluta poselectoral con Ciudadanos, al que no otorga crecimiento real, y algún apoyo, pero espera que el miedo a PODEMOS y la debacle del PSOE de Pedro Sánchez –de ahí su decisión de polemizar con Unidos Podemos y no con el PSOE para debilitarlo- le permita gobernar con la abstención socialista. Pero queda por ver si al final este no es el cuento de la lechera.


Nota: foto tomada de La Vanguardia

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