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Corren aires de optimismo en las filas del socialismo hispano. En virtud de la incapacidad del gobierno para obtener la ansiada y prometida confianza internacional; ante unos recortes, cubiertos con vana palabrería publicitaria, que pierden legitimidad cuando lejos de corregir, aun cuando fuera tímidamente, los malos datos económicos los empeoran; con una administración asfixiada; tras el triunfo socialdemócrata en Francia y las derrotas parciales de la señora Merkel en Alemania, el socialismo que, tras la apabullante pérdida de votos sufrida, creía que iba a pasar varias legislaturas alejado del poder estima que, dado el deterioro demoscópico del gobierno, es posible vencer en unas elecciones que incluso podrían convocarse, pese al enorme poder acumulado por el PP, de forma anticipada.

Ante esta posibilidad el socialismo está colocando sus piezas sin que aparentemente nadie lo perciba. En este sentido Pérez Rubalcaba, renacido tras la no derrota andaluza, maniobrando con el escaso poder territorial que aún resta al PSOE para hacer oposición y alternativa, está poniendo los mimbres para esa confrontación. Por un lado, ha planteado la necesidad de redefinir el discurso socialista en clave del bluf del prefabricado 15-M; por otro, está poniendo caras nuevas, más o menos limpias, al socialismo mucho más adaptables a ese lenguaje.

Hace tiempo, durante la campaña interna para la Secretaría General del partido, advertí sobre la presencia permanente de una joven diputada flanqueando a Pérez Rubalcaba. Esta estrella fulgurante del futuro socialista responde al nombre de María González Veracruz, cuya carrera he seguido con atención dada la proximidad geográfica del que estas líneas escribe al personaje. Con 24 años accedió a la Secretaría de las Juventudes Socialistas en Murcia sacando los pies del tiesto más de una vez pero guardando las distancias con una federación socialista desastrosa. Como tantas otras su carrera profesional es la política, pero cuidado, no es Leire Pajín. Hoy forma parte del Comité Ejecutivo socialista y es la portavoz de Juventud, Investigación, Innovación y Nuevas Tecnologías, lo que no deja de ser significativo. Pérez Rubalcaba la presentó como uno de sus portavoces sin pasado durante las elecciones a la Secretaría General anuncio del segundo cambio, el interno, que ofrecía al socialismo.

Conviene no menospreciar a esta estrella emergente y no dejarse llevar por la idea de que ha llegado ahí por ser hija de uno de los habituales clanes familiares que, tanto en el PP como en el PSOE, se han convertido en caciques locales. Como decía no es Leire Pajín, entre otras razones porque es mucho más inteligente y, aunque comparta con la exministra el gusto por la demagogia, sabe perfectamente donde golpear. Prueba de su capacidad es el hecho de que, merced a su influencia, su padre se haya hecho, contra el aparato local del partido, con la dirección del desastroso socialismo murciano brindando al mismo tiempo a su hija, dadas sus relaciones internas, una mínima base de poder territorial.

Nadie que revise sus escasos discursos o los artículos publicados en su web por la joven diputada podrá encontrar algo más que la reiteración del discurso que en la actualidad mantienen los socialistas. Alguien podría incluso pensar que en la cabeza de esta chica no hay más que la liviandad del “qué bonito” o “qué maravilloso”, pero… Ideológicamente se sitúa, al menos ahí estaba hace media docena de años, en aquellos “jóvenes rojos” reinventados por José Luis Rodríguez Zapatero, aunque por influencia familiar esté vinculada al felipismo. Lo que sí sabe hacer María González Veracruz es utilizar el lenguaje, presentar los elementos ideológicos del socialismo, el proyecto no abandonado de ingeniería social, del modo más aceptable posible. No utiliza el radicalismo verbal del tándem Bibiana-Leire, prefiere el subterfugio y el eufemismo.

Tiene además la chica instinto político a la hora de golpear, aunque le falten horas de vuelo y las necesarias gotas de “mala leche”, como dirían en mi tierra, para convertirse en icono de izquierdas, pero todo se andarán y los equipos publicitarios socialistas son expertos a la hora de tallar el diamante en bruto hasta cuando no es más que mero carbón. Ha dado ejemplo de ello al abordar la bochornosa realidad de la situación que se vive en Lorca con respecto a las ayudas tras el terremoto. Quizás sea pronto para decirlo, pero María González Veracruz, más que la Pajín de Zapatero puede acabar convirtiéndose en la Chacón-Soraya de Pérez Rubalcaba. La han colocado ahí para sintonizar con el voto joven que puede acabar decidiendo las próximas elecciones y probablemente, si se tercia, acabar siendo musa de unos indignados sabiamente reconducidos.

 

 

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El tiempo, que se evapora rápidamente, trae como consecuencia que los lectores impenitentes acabemos amontonando libros que ansiamos devorar pero que siempre dejamos para mañana. Entre los míos figuraba un texto titulado “La Iglesia y la Guerra Española. De 1936 a 1939”, llevado a los anaqueles de las librerías por la Editorial Actas, y cuyo autor es Blas Piñar. No creo que para muchos este nombre necesite de más introducciones: hijo de un defensor del Alcázar de Toledo, Consejero Nacional del Movimiento designado por Francisco Franco, fundador de Fuerza Nueva, diputado entre 1979 y 1982, notario y notable jurista. Menos conocida, fuera de determinados ámbitos, es su destacable obra teológica, sus trabajos sobre los ángeles y la Virgen María. Pero también un hombre de la Acción Católica, que ocupó puestos importantes y que ha vivido en primera línea los cambios en la Iglesia española de los últimos setenta años. ¿Qué nos puede decir -se preguntarán los más escépticos- Blas Piñar, ese hombre que sigue llamando a la “incivil guerra civil”, a la “contienda fratricida”, Cruzada?

A lo largo de algo más de tres centenares de páginas, preñadas de datos y citas que obligan a la relectura y a la reflexión, en las que el autor ha reducido en mucho sus propias opiniones para dejar que fluyan los testimonios que sustentan de forma impecable su tesis, lo que aflora, en una prosa que recuerdan en mucho los modos de sus discursos -para muchos, independientemente de sus posiciones ideológicas, ha sido el mejor orador político de las últimas décadas-, es el dolor que le causa el olvido y hasta la abjuración de la Cruzada. De ahí que el libro se divida en dos grandes apartados: De guerra civil a la Cruzada y De Cruzada a Guerra Civil.

Naturalmente, Piñar no se esconde. Él mismo se autodefine en la introducción: escribe como “católico practicante”, como “ciudadano de la Hispanidad” y estando “orgulloso de ser español”. No oculta al lector cuál es su intención: “dar testimonio a las nuevas generaciones de lo que fue la Cruzada española de 1936 a 1939” y denunciar “lo que yo llamo el proceso secularizador que ha ido minando y destruyendo todo lo que supuso la Cruzada”. Lo que Piñar hace en su texto, extendiéndose en su análisis más allá de la temporalidad que anuncia la portada del libro, es explicarnos también cómo se produjo la abjuración de la Cruzada, un proceso en el que también intervinieron hombres de la Iglesia.

Es fácil encontrar en cualquier manual, en los libros de texto de los escolares, los referentes a la dimensión internacional de la guerra española, uno de los acontecimientos capitales del siglo XX. El eco de que aquel conflicto superó las barreras geográficas hispanas para adquirir validez universal. Eso sí, presentado, erróneamente, como la lucha del fascismo contra el antifascismo. También para Piñar, la Cruzada tiene un valor universal, especialmente para los católicos, como defensa de la civilización cristiana. Así lo vieron los cardenales Gomá y Pla y Daniel (“Cruzada contra el comunismo para salvar la Religión, la Patria y la familia”)

El término Cruzada.

Es evidente que hoy el término Cruzada no se aplica a la guerra civil. Es más, como anota Piñar, cayó en desuso a principios de los setenta. Ya en las postrimerías del régimen de Franco él era uno de los pocos que continuaban utilizándolo. Hoy sólo encontramos referencias al mismo en los textos y manuales para subrayar que la Iglesia miró la guerra civil con esa consideración; aunque no son pocos los autores que han tratado de reducir al mínimo posible esa vinculación sepultando bajo la hojarasca de las palabras los textos que Piñar exhuma con la precisión del notario. Los ojos del lector recorren las declaraciones de Pío XI, Pío XII o Juan XXIII, las de decenas de miembros de la jerarquía eclesiástica nacional o internacional y de pensadores católicos que hasta los años cincuenta dieron a la guerra civil española, o, mejor dicho, a la lucha sostenida por los ejércitos nacionales el título de Cruzada.

Son muchas las reflexiones que se abren ante el lector y que a buen seguro despertarán la polémica en el seno de la conciencia. Entre ellas estimo que dos resultan altamente sugerentes: primera, ¿por qué la inquinia contra la utilización de este término?; segunda, ¿cómo se incardina la polémica, muy posterior, sobre la definición de Cruzada en todo el proceso de deslegitimación de aquellos que en 1936 se sublevaron contra la República del Frente Popular, que ha conducido a la actual mitificación de la II República como el más idílico de los regímenes políticos que ha tenido España? ¿cómo situarla dentro del intento de trocar la victoria de 1939 en una derrota sobre el pasado emprendido por la izquierda, al objeto de mitificarse a sí misma ocultando el reguero de sangre que dejó en España entre 1931 y 1939?

Convendría que muchos tuvieran presente que la definición de una guerra como Cruzada es algo que, salvo para los católicos, carece de toda trascendencia. No es más, traducido a un lenguaje laico, que una condecoración. Ahora bien, no es menos cierto, y ahí es donde radica el problema, que esa definición y el propio término implican una consideración de “causa justa”, cuya sola existencia siembra la duda en el cuadro del discurso oficial de la izquierda sobre la guerra civil que ha sido intentado sacralizar con la denominada Ley de Memoria Histórica salida de los cenáculos ideológicos socialistas.

Quienes desde el orbe católico vivieron en primera persona el tiempo de una guerra civil, iniciada mucho antes de julio de 1936, quienes ya habían sufrido los primeros brotes de la persecución religiosa que se abriría como un torrente sangriento en el verano del treinta y seis, resultante de la política antirreligiosa/anticatólica impulsada por el jacobinismo anticlerical republicano encabezado por Manuel Azaña y por la tensión revolucionaria de socialistas y anarquistas que demandaba la aniquilación de un enemigo ideológico declarando la guerra al mismo Dios, no dudaron a la hora de dar a la sublevación contra la República del Frente Popular, no a la república como forma de gobierno, el carácter de Cruzada. Básicamente por una razón, anota Piñar, por que se trata de una lucha “para liberar territorios que fueron cristianos y de los que se hicieron dueños los enemigos de la fe, destruyendo todo testimonio o vestigio del cristianismo por odium fidei”. Es evidente que eso había sucedido o estaba sucediendo en España. Así lo vieron los Papas registrándolo en Encíclicas como la Divini Redemptoris en marzo de 1937:

“El furor comunista no se ha limitado a matar a obispos y millares de sacerdotes,  de religiosos y religiosas, escogiendo precisamente a los que con mayor celo se ocupaban de los obreros y de los pobres, sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares de toda clase, que aún ahora son asesinados cada día, en masa, o por el mero hecho de ser buenos cristianos, o, al menos, contrarios al ateísmo comunista”.

Ante esta situación Pío XI asume la responsabilidad de una “bendición especial a cuantos en España se impusieron la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y la religión”. Uno tras otro registra Piñar los pronunciamientos del episcopado español apoyando el carácter de Cruzada que anida en el ánimo de los nacionales: “No había sido esta Cruzada -anota monseñor Pla y Daniel en 1939- ni ordenada ni convocada por la Iglesia, pero fue reconocida y bendecida como tal por Pío XI el 14 de diciembre de 1936”.

Difícilmente hasta los años setenta este carácter de Cruzada sería criticado o puesto en tela de juicio, salvo por sectores minoritarios. El conocimiento de lo que fue la guerra civil y de la persecución religiosa estaba vivo, porque muchos de los testigos, de los supervivientes, aún formaban parte del clero regular y secular. Seminaristas o jóvenes sacerdotes de 1936 ocuparon durante tres décadas importantes puestos en la Iglesia defendiendo el espíritu de la Cruzada. Otros, de una generación posterior o simplemente inmersos en el progresismo secularizador se dejaron llevar por el “signo de los tiempos”, participaron el “proceso secularizador de la Cruzada” denunciado por Piñar. Parece querer el autor, de algún modo, simbolizarlos, en los ámbitos eclesiásticos, en la persona del cardenal Vicente Enrique y Tarancón. Un hombre que, hasta 1972, según los textos insertos en el libro, asumió públicamente el “carácter de  verdadera Cruzada” de una guerra en la que “nuestros jóvenes empuñaron el fusil con espíritu de verdaderos cruzados de la religión”; pero que después se sumó al grupo de obispos y eclesiásticos que se posicionaron contra el alineamiento de la Iglesia con uno de los dos bandos, lo que suponía la abjuración de la Cruzada.

La Cruzada martirial.

Esta Cruzada no es para Piñar sólo una lucha bélica tiene además una dimensión martirial en las personas, pero también en las cosas. Nadie desconoce el hecho, aunque se trate de rebajar en su significado y cuantificación, de que en la España del Frente Popular se desató la persecución religiosa contra personas, edificios, obras de arte, documentos… Tal magnitud tuvo que Pío XI, en septiembre de 1936, reconoció a las víctimas la consideración de mártires. Pío XII habló de los que “han sellado con su sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica. ¡No hay mayor prueba de amor!”. 

Que la Iglesia y los Papas otorguen la consideración de mártires a los católicos asesinados por odio a la fe no debiera provocar las “olas de cólera” que hoy se dan. Como sucede con el término Cruzada se trataría de un valor que sólo tendría trascendencia para los católicos. El problema es que la elevación pública a los altares de estos mártires implica el reconocimiento de que fueron asesinados, y en la inmensa mayoría de los casos torturados, deshaciendo de un plumazo la leyenda rosa de la España del Frente Popular; y aunque ellos murieran perdonando nadie puede exonerar de responsabilidad a sus asesinos directos y al poder político de izquierdas, básicamente socialista, que lo permitió.

Piñar subraya como en la abjuración -“secularización” anota el autor- de la Cruzada se produjo, y probablemente en primer lugar, el segundo martirio para estos hombres y mujeres que murieron por miles: “esta calificación de mártires, que merecían quienes lo fueron, fue puesta en entredicho, incluyendo, además, otro segundo, martirio el del silencio y del olvido de los que se habían exaltado como testigos ejemplares de la fe”.

La Iglesia del diálogo cristianismo-marxista, la Iglesia del aggiornamiento, la Iglesia que, por razones políticas, artificialmente deslindadas de la razones de Fe, desde Roma inició un oportunista proceso de desenganche del régimen de Franco en el ocaso del mismo, escogió como víctima propiciatoria la Cruzada. De ahí que los procesos de beatificación fueran paralizados y los sectores progresistas de la Iglesia española pidieran, impidieran o boicotearan, según los tiempos, su continuidad. Y, naturalmente, se produjeron los asombrosos cambios de actitud, fruto del oportunismo, que Piñar, sin juzgar registra.

Quizás sea destacable el del padre José María Llanos S.J., cuyos dos hermanos fueron asesinados por los republicanos, que evolucionó desde su posición como capellán del Frente de Juventudes y perseguidor de películas “inmorales” a miembro destacado del Partido Comunista, de “cura obrero” a “cura rojo” que se decía en la época. Así en 1942 escribía: “primavera de mártires prometedora… vamos sin rebozos ni simulaciones, sin titubeos, a entrar por el camino, largo, empinado y triunfal de la glorificación de los muertos, juventud de España a los altares”. Sin embargo, en 1991  pedía dilatar los procesos y aconsejaba para ellos un silencio discreto. En la misma línea el cardenal Vicente Enrique y Tarancón se sumó a quienes buscaban invalidar los procesos distorsionando la causa necesaria, el martirio por causa de la Fe, estimando que en aquellos asesinatos y torturas “pesaba más el odio a un clero que ellos entendían como protector de los ricos”, aunque cuatro décadas antes pensara lo contrario y, por razón de oportunismo político, prefiriera ignorar los testimonios que en los procesos ocupan miles y miles de páginas.

Queda, como final, el análisis que Piñar hace de las consecuencias de la abjuración de la Cruzada y que podemos sintetizar en la apertura del “proceso de descristianización y paganización de España que se está produciendo con pasos de gigante”, y que, nuevamente, con precisión de notario, trata de poner en evidencia. Lo que, sin duda, para muchos católicos será motivo de reflexión. Queden, como cierre de este breve recorrido por un libro más que notable, unas frases explicativas que comienzan al inicio de la obra y que invitan a introducirse en sus páginas:

“Lo inesperado y sorprendente es que el proceso secularizador de la Cruzada contase con el apoyo decisivo (que en este libro se pone de manifiesto y se comprueba) de hombres de la Iglesia, tanto de la docente como de la discente; apoyo incomprensible, a mi modo de ver, para que ese proyecto prosperase y consiguiese lo que se proponía”.

 

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Para acceder a un cargo público, magníficamente remunerado, no se necesita oposición alguna, basta con saber hacer genuflexiones y derramar baba arrimándose, eso sí, al sol que más calienta dentro de esa fábrica de colocaciones para familiares, amigos, amiguetes y demás que son los partidos políticos. Si uno, además, es listillo y trepa la riqueza y la bonanza está servida; pudiendo, como plus, como bonificación, escupir sonrisas, cuando no carcajadas, al rostro de unos administrados que, como diría un niño-pijo, son parte de esa chusma que “huele mal” y no sabe vestir.

Estar en un cargo público no es sinónimo-rara vez lo es- de preparación, hasta el escurridizo Montoro lo ha tenido que reconocer (probablemente le traicionó el subconsciente). Es más bien el resultado de una lealtad perruna, aunque poco tenga que ver en realidad con la lealtad que estos animales muestran a sus dueños, al propietario y señor del partido o a las estructuras de poder del mismo; quienes imperan en las colocaciones digitales (a dedo quiero decir). Así, en muchos casos, los cargos públicos han devenido en el paraíso de los imbéciles.

El último en irrumpir en tan alto Olimpo ha sido el Secretario de Estado de Administraciones Públicas, Antonio Beteta, al que conscientemente apeo del don. Dispuesto a sostener, con la táctica de manual impuesta a todos los miembros del gobierno y del partido que lo sustenta, el argumentario pro ajustes-reformas-recortes ha cantado las bondades del ahorro que supondrá la expansión de la jornada de los funcionarios en 2.5 horas. Hasta ahí bien, pero, orgulloso, no ha querido dejar pasar la oportunidad de llamar, sin reserva alguna, vagos, improductivos e irresponsables a todos los funcionarios que hipotéticamente están bajo su sapiencia organizativo-directiva. Y se ha quedado más ancho que largo este profesional de la política que ha vivido cara al sol. Me refiero, naturalmente, al sol que más calienta. Este sujeto que vivió al sol de Esperanza Aguirre, ariscada señora que aún maniobra en la sombra para desplazar a Mariano Rajoy, y a la que procuró dejar para colocarse bajo los rayos luminosos y resplandecientes de un señor de Galicia que hoy ocupa la presidencia del gobierno. Está claro que Roma no paga traidores, pero desde el Imperio ha llovido mucho.

Este político, miembro de la casta privilegiada que lleva compartiendo el pastel con sus congéneres, ha ascendido al paraíso de los imbéciles y quiere seguir haciendo méritos. Se ve como un empresario británico de los comienzos de la revolución industrial. De esos que regulaban hasta el tiempo para hacer “pipí”, prohibía a los desgraciados obreros -esos que huelen y visten mal- que hablaran entre ellos para no perder el ritmo de producción (algo de eso también ha sugerido Cospedal cuando nos dice que tenemos que trabajar más, de ahí que de ejemplo con el pluriempleo), o que les ponía multas si silbaban. Y lo ha dejado claro. Ha sacado la fiereza de las charlas de café en lugares caros con individuos de su misma especie para amenazar a los pobrecitos funcionarios: “nada será como antes” (¡qué miedo han debido sufrir esta mañana varios millones de trabajadores!), ya pueden “olvidarse del cafelito y de leer el periódico”.  No cabe mayor villanía, ni mayor insulto. Y si estuviéramos en el siglo XVIII o XIX bien estuviera que se le cruzara la cara con un guante y se le retara a duelo singular a espada o pistola para lavar la mancha del honor.

Pero ojo, el tal Beteta, no ha hecho más que suscribir lo que con los hechos han demostrado, según parece, todos los Grupos Parlamentarios: que los funcionarios son unos inútiles. Por eso los Grupos Parlamentarios, en tiempos de recortes para todos (¿para la casta también?), se han autoautorizado para contratar asesores en vez de utilizar funcionarios. Entre otras razones porque los funcionarios, esos que toman el cafelito y leen el periódico (Sus Señorías lo leen en el I-Pad que les pagamos todos), cobran una tercera parte de lo que pagan a un asesor contratado digitalmente entre amigos, familiares y políticos de alta alcurnia sin tener donde caerse muertos tras perder la poltrona.

Podríamos pensar que estamos ante la boutade de un imbécil y conformarnos. Pero no, forma parte de una estrategia. No sé si Arriola, ese chico que según me dicen andaba por alguna oficina gubernativa en sus tiempos de ariscado opositor estudiantil, habrá sido el genio de la estrategia de la comunicación u otros de su estilo, pero lo que dicen, desde Rajoy hasta el último mindundi al que enchufan una alcachofa, responde a una estrategia de comunicación. El gobierno necesita que todos tengamos enemigos de clase (¡menudo tópico neomarxista me ha salido!) para que no asociemos la responsabilidad o la irresponsabilidad de lo que está pasando y de las decisiones que se toman al propio gobierno. ¿Y qué mejor modo de enfrentar a unos contra otros? Ahí está el meollo que diría un paisano, o la razón última que ampara declaraciones como las del tal Beteta (¡qué fáciles alegorías o metáforas me brinda su apellido mas a ellas renuncio!). Y si me equivoco reto al gobierno, a los populares y a sus fans (¡todo lo que hagan los míos bien hecho está!) a que de forman inmediata pongan a este sujeto de patitas en la calle, porque no es posible conformarse con un socorrido donde dije…

El mecanismo de la estrategia, resumido para terminar en breves líneas es sencillo: los funcionarios, ya se sabe, son unos vagos, por lo tanto es legítimo pisotearlos un poco. Y el resto de los ciudadanos piensa, es lo que se merecen. Tenemos que salvar la Sanidad por eso ajustamos el gasto a lo que es necesario y lo demás lo pagan los que lo necesiten. Y los ciudadanos ya piensan: mejor pagar un euro que pagarlo todo pero ignoran hasta qué punto les afectará la retirada de servicios. Tenemos que abaratar el despido porque así crearemos empleo. Y el ciudadano piensa: bueno, mal pagado y sin derechos, pero al menos trabajaré; aunque el paro sigue creciendo. Tenemos que… La resultante es que todos, acaloradamente, discuten entre todos: tú eres un vago y te lo mereces; tú un defraudador porque nadie controla lo que ganas porque eres autónomo; tú…

Hasta que al final vinieron a por mí, que diría Beltor Brecht.

 

PD: Mirando esta fotografía tomada de 20Minutos me preguntó: según el tal Beteta ¿Si don Mariano es un funcionario, que lo es, y toma un cafelito es también un vago, improductivo e irreponsable?

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Nos dijeron que en cuanto llegaran al poder generarían confianza y los “mercados”, ese ente abstracto que parece gobernarnos, cambiarían de signo con respecto a España; nos dijeron que las reformas eran el sacrificio que exigían los “mercados” para que España fuera económicamente viable; nos dijeron que tras los cien días de venia y reforma esa espada de Damocles que es la prima de riesgo comenzaría a dejar de preocuparnos; nos dijeron que en cuanto los Presupuestos fueran presentados los “mercados” aplaudirían y gratificarían el sacrificio español; nos dijeron que los poderosos, el eje anglo-alemán, confiaría en España… ¡Nos han dicho tantas cosas! Pero lo cierto es que la prima de riesgo anda por los terroríficos cuatrocientos puntos y la bolsa hispana en caída libre.

Ahora nos dicen que el sacrificio, el ajuste y el recorte realizado es insuficiente, que los Presupuestos presentados hace unos días son papel mojado porque tenemos que recortar otros diez mil millones de euros. Ahora nos dicen que lo que no se podía tocar es necesario tocarlo, porque así lo reforzaremos (¡excusa incomprensible!), que no queda más remedio que recortar en educación y sanidad… mañana nos dirán que nos aprestemos a bajarnos los pantalones de forma pública y notoria.

Cada vez que un experto, un docto economista, dictamina sobre el qué tiene que hacer el gobierno los españoles tenemos que echarnos a temblar. Ya lo dicen sin sordina y en breve el gobierno, a buen seguro, lo incorporará a sus recetas: es necesario recortar las pensiones, reducir los salarios de los funcionarios (eliminando una de sus pagas extras), subir el IVA al 23% (de golpe o en plazos), eliminar reducciones en los impuestos…y hacer de los españolitos una masa pobretona y paleta dispuesta a enjugarse la baba cada vez que vea a uno de esos europeos a los que hasta hace bien poco tosía.

Mientras, Mariano y su gobierno, se escudan, ante el fracaso evidente de unos programas de ajuste incapaces de generar confianza y de ser bendecidos por los “mercados”, con el apoyo y el beneplácito de su mariachi mediático, en decir que ellos, a diferencia de otros, nos dicen la verdad: que estamos muy mal. Se entretienen, y probablemente ya sólo sus leales les crean, en explicarnos, un día sí y otro también, que la culpa la tiene ese engendro del mal llamado José Luis Rodríguez Zapatero que nos colocó donde nos colocó. Y así sus bases pueden distraerse intentando quemar el muñeco roto.

Lo que no nos dice Mariano, lo que no quiere decir Mariano, es que si España no genera confianza es porque ha estado mareando la perdiz con las cifras de nuestro déficit; porque aplazó la necesaria y urgente publicación de los Presupuestos para intentar apoltronar al amado Javier Arenas; porque en esos Presupuestos se cuenta con ingresos que no es posible garantizar (el artificio de la amnistía fiscal encubierta para los defraudadores); porque lo que los “mercados” le dicen a España, por activa y por pasiva, es que el problema no es de crédito, no es de deuda, es del Estado de las Autonomías que es incapaz de generar la más mínima credibilidad.

Para que España genere confianza lo que es necesario es que el Estado sea Estado, que las Autonomías sean entes subordinados y no elementos díscolos o destructores; lo que los “mercados” dicen es que es necesario reformar el Estado y no dedicarse a tratar de desviar la atención prometiendo meter a más niños en las clases para ahorrar unos miles de euros. El problema que tenemos es que eso tocaría directamente al sistema clientelar que garantiza el poder en ocasiones al PP y en ocasiones al PSOE. El problema es que la casta política y sindical, un auténtico ejército de algunas decenas de miles de personas, no quiere renunciar a los coches oficiales, a las bicocas, a los asientos en los consejos de administración, a las direcciones de las empresas creadas en el inútil INI autonómico-municipal, al ejército de asesores que les acompañan, a las tarjetas de crédito, a los móviles y a recompensar a los amigos mediante la subvención. Y como Mariano, producto de la casta, no quiere hacerlo España se puede ir al garete, perder su soberanía, quedar intervenida y don Mariano retirarse tranquilamente, con sueldo público incluido, a meditar en la soledad de un pazo.

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No he querido mirar mis notas ni revisar una vieja grabación en cinta magnetofónica para despedir a un amigo y a un camarada. Esta mañana, Viernes Santo, mientras cerca de mi casa resuenan los tambores que acompañan a la Dolorosa de Salzillo, me ha llamado Pepe Hernansaez. Inocentemente creía que sería para alguna de sus cosas, pasa los días buscando información sobre lejanos tiempos: ¿Sabes que ha muerto Salvador?

¡Salvador Córdoba Carrión! Me ha dejado –no consigo acostumbrarme- sin saber qué decir. A mi mente ha venido la imagen de aquella tarde noche en la que quedamos en la oficina donde estaba para rememorar su paso por la División Azul. Seguía siendo, más que un guripa, un muchacho del Frente de Juventudes, entonces aún Organizaciones Juveniles, con la mirada brillante cuando recordaba su viaje por Italia al terminar la guerra del que guardo una fotografía delante del palacio que flanquea la entrada a la Plaza de San Marcos.

Salvador se nos ha ido en silencio. Falleció hace unas semanas. Casi nos hemos enterado por casualidad. Al preguntarle a su hijo por él en estos días de desfiles procesionales. Me hubiera gustado ir a despedirle, a decirle adiós con cinco rosas. Ahora le despido con estas líneas, algo que hasta hace poco era remiso a hacer porque no me gustan los obituarios, quizás porque así se mantiene la ficción de que realmente no se han ido, que siguen ahí en el sitio en que los recordamos por última vez. Recuerdo que cuando le pedí que me resumiera de algún modo su experiencia divisionaria, cincuenta años después, se paró y me dijo, sin alarde alguno: “yo me siento orgulloso de haber ido a la División Azul”.

Tenía diecisiete años cuando se alistó falsificando su edad. En la estación del Carmen, en Valencia y en Alemania llegó a temer que lo devolvieran, junto con dos o tres más consiguió mantener el engaño. Lisa y llanamente me decía: “fui a luchar contra el comunismo, porque era falangista… Yo tenía una medio novia que se quedó esperándome y mi padre tomó un disgusto enorme, pero yo fui palante”. Debido a su edad fue de los primeros en volver y allí estaba, formando con el Frente de Juventudes, portando la bandera, esperando el gran retorno en agosto de 1942.  Lo que pocos saben, él mismo tenía el recuerdo borroso en una segunda ocasión en que nos vimos, es que intentó alistarse otra vez. Decidido a ello falsificó la autorización paterna que se había hecho obligatoria. Su padre lo descubrió y acudió a denunciarla como falsa. Sufrir dos veces, cuando tantos habían caído, era un dolor insoportable.

Aquel muchacho que se fue a Rusia era una representación de la otra cara de la Falange. La deformación y la manipulación ha creado una falsa imagen de señoritos hijos de la burguesía media y alta, pero en aquel torrente de voluntarios que acudieron a los banderines de enganche en Murcia para luchar contra el comunismo, también abundaban los chicos, como Salvador Córdoba, de extracción humilde. Su padre era carpintero y él había puesto que su oficio era de pintor. Cuando retornó no pidió nada. En realidad nunca se aprovechó de su historial. Se ganó a pulso desde conserje su ascenso en la vida laboral: “nunca hubiera aceptado nada para lo que yo no estuviera capacitado”. Y, sobre todo, siguió siendo falangista. Así se sentía a mediados de los ochenta cuando tantos habían dejado las filas azules. En ese trayecto, de lo que más orgulloso sentía era de su labor como instructor del Frente de Juventudes: “queríamos educar a los jóvenes en la camaradería, en el buen camino, en la búsqueda del bienestar para todos los españoles… nosotros charlábamos con ellos, les preguntábamos por la familia, por sus cosas… dialogábamos… Creo que hicimos una gran labor”. Pero sin dejar de recordar que había conseguido con su trabajo sacar adelante su familia. También fue durante años abanderado de la Hermandad. Recuerdo una foto en la que su mujer llevaba el estandarte de Murcia cuando fueron a Zaragoza para entregar el manto que la Virgen del Pilar tiene con el emblema divisionario bordado. Y cuando se inauguró el monumento en el cementerio de la Almudena tampoco Salvador quiso dejar pasar el tiempo sin acudir a visitarlo.

Es curioso pero en aquella larguísima charla hablamos poco de las cosas de la guerra. Los divisionarios que yo he conocido eran remisos a contar sus heroicidades y siempre hablaban de las glorias conjuntas de la División. Hoy me arrepiento porque en aquellas entrevistas que hice me interesaban más las generalidades y sobre todo cómo eran aquellos hombres. Cuando le preguntaba por su relación con los rusos y por las chicas, porque Córdoba, ahí quedan las fotografías, era un muchacho atractivo con su pelo negro ensortijado, se reía: “Otros tuvieron más suerte. Yo estuve siempre en el frente y allí no quedaban más que tres o cuatro viejas”.

Su padre cuando por fin le estrechó en sus brazos y vio que regresaba sano y salvo sólo pudo dar gracias a Dios. Salvador volvía  a Murcia con algo de dinero. Era el remanente de su paga y de sus ahorros en el frente. Pese a ser tiempos de escasez y de condición modesta su padre quiso que aquel dinero fuera a parar a una talla que fue depositada en la capilla de los carpinteros en la parroquia de Santa Eulalia donde hoy permanece como testimonio de la fe de aquellos hombres.

Pensaba ir con Pepe a visitarle uno de estos días para llevarle una grabación del viaje a los frentes de combate de la División Azul que realicé el pasado verano, no ha podido ser. Espero que allá en lo alto, donde a buen seguro se habrá rencontrado con Pepe, con Federico, con Felipe, con Enrique, con Ángel, con César…. con sus amigos que quedaron en Rusia hace setenta años, haya reclamado la misma bandera que portaba orgulloso en las formaciones. Lejos, mientras escribo, resuena el redoble de los tambores. Ahora simplemente me toca rezar.

 

Nota: Salvador es en la imagen el que aparece en primer término de la formación con la bandera de España. La imagen probablemente es de agosto de 1942.

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Quizás alguien, llevado por una ingenuidad digna de elogio, bien fuera en la derecha o en la izquierda hispana, pudiera haber pensado que la “huelga general”, en realidad huelga particular, tenía como objetivo único trasladar a la calle la teórica protesta social ante las medidas de ajuste-recorte adoptadas por el gobierno del Partido Popular. Interpretando de este modo los hechos, unos, se han afanado a la hora de exaltar la derrota sindical ya que el seguimiento de la jornada de protesta ha sido globalmente muy limitado y sólo un poco superior a lo que aconteció en la “huelga de mentirijillas” convocada en los infaustos tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero; otros, han procurado trucar las cifras para hablar de porcentajes de seguimiento superiores al 70%, que en realidad sólo se vieron en los sectores industriales y que prosperaron merced a la acción de los piquetes coercitivos, ya que éste debiera ser su verdadero nombre.

En los “mercados”, es decir, en ese conjunto de intereses invisibles que impone ajustes y reformas a los gobiernos, y especialmente al de don Mariano Rajoy, pese a las voces alarmistas del empresariado, feroz defensor de la reforma laboral y que pide a gritos más marcha al gobierno en este campo, que por boca de su presidente nos decía que una huelga repercutiría negativamente en la imagen de España (¿ignora el señor Rosell que en Francia llevan un rosario de huelgas sin que éstas hayan empañado su imagen o credibilidad?), la huelga general, con éxito o sin él, estaba amortizada de antemano. ¿Alguien podría pensar que una reforma que atenta directamente contra los derechos de los trabajadores, que contribuye a la disminución de los salarios, a la inseguridad y al empobrecimiento no tendría una protesta airada en la calle, aunque en esta ocasión fuera una protesta realizada a través de esos organismos extraños en el Estado denominados sindicatos? Como, además, la huelga no ha paralizado el país, aunque sí algunos sectores industriales básicos, tal y como han dicho los mercados aparentemente no existe realmente una oposición social a las reformas capaz de pararlas. Es más, yo diría, que esta errónea tesis abona la posibilidad, tal y como se está viendo, de ampliarlas.

Convendría a los “mercados”, a los voluntariosos “señores de derechas” a los que cualquier protesta social provoca sarpullidos y erupciones, a los medios al servicio del gobierno que cantan, cual si fueran las gestas de Aquiles, las heroicas y acertadas decisiones de Mariano Rajoy en sus cien días de gobierno, y a tanto bobo metido a opinante orgánico que anda suelto (aquellos que según Gramschi cumplían el papel de legitimar las decisiones del poder), evitar realizar lecturas simplistas e interesadas de la realidad. El fracaso del 29-M como huelga general, como movilización social contra los ajustes-recortes del gobierno, no implica que no exista una amplia situación de descontento; al contrario, lo nos dice el 29-M es que los elementos de control de la frustración, de la indignación, que son los sindicatos y los partidos de izquierda no son aún, como ellos quisieran, los legítimos representantes de la protesta. No es que los españoles, al menos el 56% de los españoles, apoyen las reformas-ajustes-recortes, es simplemente que no otorgan a los sindicatos la legitimidad de la representación de la misma porque los consideran piezas del mismo sistema, sátrapas que tienen el mismo nivel de responsabilidad en la quiebra de España que la casta política. Probablemente, incluyendo el que suscribe, son muchísimos más los españoles que hubieran ido a la huelga de los que  han ido. No lo han hecho sencillamente porque les repugna la manipulación, el mar de banderas rojas, la burocracia burguesa sindical, el ejército de liberados que vive a costa del erario público, la esquilmación del Estado realizada por unos sindicatos devenidos en ricopropietarios en muchas ciudades, el chanchullo y la subvención; porque, por múltiples circunstancias, no pueden permitirse el lujo de perder un día de trabajo; porque el gobierno, sus medios afines, sus opinantes y el inefable mariachi que les acompaña andan desde hace meses empeñados en evitar la identificación de la culpabilidad enfrentando a trabajadores con funcionarios, a funcionarios con funcionarios, a parados con parados, a autónomos con obreros; porque los mismos que se han convertido en los paganos de los caprichos de la casta, aquellos a los que se les está metiendo con total descaro la mano en el bolsillo, son aquellos que siguen creyendo que existe una Patria que no puede permitirse las pérdidas millonarias de un día de huelga.

Pero el 29-M no era en realidad una jornada de protesta contra la reforma-ajuste-recorte. Era la imagen que la izquierda quería dar de sí misma al filo de los cien días de gobierno de Mariano Rajoy, la del poder de la calle. Y no sería prudente ignorar que en toda España proliferaron importantes manifestaciones de izquierda en la tarde de la huelga general. Unas manifestaciones henchidas por lo acontecido en las elecciones andaluzas donde, como se alardea, en menos de tres meses han “parado a la derecha”, representada por ese epígono del señorito andaluz llamado Javier Arenas. Henchidas también porque las elecciones andaluzas han puesto sobre la mesa el rápido desgaste que está sufriendo el gobierno: en tres meses el PP ha perdido en Andalucía la friolera de medio millón de votos. Vociferantes, porque en la hoja de ruta de Pérez Rubalcaba está la posibilidad de que el desgaste del gobierno sea de tal magnitud que Mariano Rajoy no llegue a cumplir los dos años en la Moncloa y él está dispuesto a echar una o dos manos para ello. De ahí esas tímidas voces que hablan de un gobierno que, contando con el apoyo del PSOE, tenga como objetivo hacer frente a la crisis. Aunque otros planteen otro tipo de esperanza si llegado el momento Mariano es incapaz de hacer frente al increscendo de la calle con que amenaza una izquierda deseosa, para recuperar el poder, de ser la única usufructuaria del descontento social.

Se cierra el beneficio de los cien días. Unos, los amigos del gobierno, exaltan las decisiones de un valiente al que pedían más reformas-ajustes-recortes. Otros, cierran la centena con la protesta. Saldado, con aparatosa derrota, el tema andaluz, Mariano ha anunciado nuevos recortes confirmando la tesis de quienes afirmábamos que estaba esperando que se celebraran los comicios para que Javier Arenas pudiera ganar. Lo que, curiosamente, desde la óptica del gobierno, de los mercados y de los medios que le son afines, es la aplicación de la más estricta noción del partidismo anteponiendo la sed de poder a los intereses de España (¿no nos decían que las reformas no se podían atrasar?).

No tiene Mariano Rajoy poetas que le compongan coronas de sonetos en su honor, pero sí un florido ramillete de periodistas, tertulianos y comentaristas que han alabado como grandes hitos su Ley de Estabilidad Presupuestaria, su reforma laboral, la garantía del pago a proveedores, la Ley de Transparencia, la reforma financiera, la propuesta de emprendedores o el ignoto cambio en materia energética… son los mismos que se han apresurado a exaltar la intolerable amnistía fiscal para los dueños del dinero negro, que callan ante la necesaria persecución de la economía sumergida… Y sobre todo aplauden enfervorizados la respuesta de don Mariano a la exaltación izquierdista y a la derrota andaluza: el anunciado incremento del ignoto programa de reformas-ajustes-recortes.

No es suficiente el espacio de un artículo, que ya es excesivamente amplio, para ir desgranando las debilidades, y también las injusticias, de esas reformas-ajustes-recortes. Tiempo habrá.  Ni de recordar al bueno de don Mariano la parte que tiene de la responsabilidad en la situación actual, porque él, que sí sabía que había crisis, no movió un dedo para que sus Comunidades Autónomas (Murcia o Valencia por ejemplo) acabaran con el dispendio. Ni tan siquiera para matizar la última trinchera de sus defensores afirmando que se ha propuesto, como gran heroicidad, no reducir ni las pensiones ni los sueldos de los funcionarios (aunque en realidad sí se ha producido esa reducción a la inversa). Ni de entrar en la querencia a los beneficios del titular que muestra el gobierno, como por ejemplo sucede con una Ley de Transparencia que se queda a medio camino y que en el fondo deja en manos de los políticos la aplicación de la misma, cuando lo que se tenía que hacer era simplemente aplicar los códigos vigentes.

No creo que ni una sola de las medidas aprobadas sirva para impulsar el crecimiento económico que necesitamos en porcentajes significativos, ni que contribuyan a la reactivación del consumo de forma determinante, ni que creen empleo… Mariano ha anunciado que este año perderemos otros seiscientos mil empleos. Estas medidas tienen otro objetivo, el de recaudar más y gastar menos para salvar más que a España a la propia clase política y al destructivo Estado de las Autonomías. Y lo más peligroso, lo que ya se detecta en estos cien días, es que pese a que los amigos políticos continúen diciéndonos que la inmensa mayoría de los españoles confía en la capacidad de gestión económica del gobierno, la indignación, la proletarización y el desasosiego acaben empujando a los españoles a los brazos de la izquierda. Lo he escrito en otras ocasiones: alguien debería recordar a Rajoy que el PP no ganó las elecciones, simplemente el PSOE perdió cuatro millones de votos. Lo que aparentemente puede ser igual pero no es lo mismo.

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El ajuste pasa factura al PP y hunde a Javier Arenas.

Publicado: 26/03/2012 02:14 por Francisco Torres en sin tema

Con los resultados definitivos de las elecciones en Andalucía y Asturias he hecho un breve recorrido por las declaraciones de unos y otros, por los análisis de urgencia de los habituales de las tertulias y por los diversos medios impresos. Dejando a un lado el caso asturiano, en el que el centro-derecha tiene la mayoría absoluta (suma del partido de Cascos con el PP), y en el que la señora Dolores de Cospedal ha tenido que reinventarse las palabras para anunciar que están dispuestos a pactar con Álvarez Cascos, lo más destacado, que se cuela entre líneas, es la tímida recuperación de los socialistas que han mejorado en Asturias y evitado la debacle en Andalucía; junto a ello es preciso destacar el avance de la izquierda en su conjunto con un importante crecimiento de Izquierda Unida. Algo que no debiera caer en saco roto para quienes estiman que es más importante el mercado que las personas.

Puede que las páginas amigas traten, de momento, de mantener con vida a un cadáver político, el de Javier Arenas; pero probablemente no pasen de ser flor de un día. Su insuficiente victoria en Andalucía, cuando todo apuntaba a una mayoría absoluta que se ha quedado lejana, pese a que el Partido Popular ha procurado retrasar hasta el día después cuanto ha podido de la batería de medidas que hubieran podido perjudicarle en su carrera hacia la presidencia de la Junta, le ha convertido en el gran derrotado de estas elecciones. Cuando todos cantaban el fin de José Antonio Griñán resulta que el destino pone fin a la carrera política de Javier Arenas, uno de los escasos supervivientes de aznarismo. Arenas ha conseguido lo que parecía imposible ganar y perder al mismo tiempo.

Sin embargo, la victoria-derrota del Partido Popular en Andalucía tiene más de un responsable. He escrito, en dos ocasiones, que por vez primera la campaña electoral iba a resultar fundamental en Andalucía. Esa campaña que inicialmente permitió recortar distancias al socialismo, aun cuando en la última semana volvieran a dar la mayoría absoluta al Partido Popular. Al PP le ha faltado campaña para ganar frente a la movilización que ha hecho el socialismo andaluz. Javier Arenas confiaba en la “táctica del faraón” tan grata a los políticos locales españoles: ir a rebufo de la victoria nacional y del hecho de que sean quienes gobiernan en España. Pero la resultante ha sido distinta a la esperada.

¿Cómo es posible que el PSOE haya conseguido mantenerse en la Andalucía del paro o la corrupción?, se preguntan muchos votantes del Partido Popular. La respuesta deberíamos buscarla en una realidad que los analistas suelen despreciar: que el PP no ganó las elecciones del 20-N, fue el PSOE el que las perdió. La situación económica, las cifras del paro, los datos macroeconómicos crearon las mayorías absolutas populares: un espejismo, porque se basaba en un crecimiento de voto muy alejado de los prácticamente cuatro millones perdidos por el socialismo. Las mayorías absolutas logradas por el PP, primero en las municipales y autonómicas y después en las generales, fueron fruto más de la desesperación ante la situación económica y de la imagen de buenos gestores que transmitían que de una conversión ideológica del electorado o sociológica de los españoles.

Las elecciones andaluzas, en las que el PP ha perdido casi cuatrocientos mil votos con respecto a las generales, vienen a introducir en el convulso panorama político español un nuevo factor: el rápido desgaste que el Partido Popular está sufriendo en el poder. Ni los datos económicos confirman la imagen transmitida del PP como salvador de la situación, ni las políticas de ajuste -que todo el mundo cree que irán a más- contribuyen a consolidar los índices de apoyo conseguidos en noviembre. A ese desgaste y al descontento creciente es atribuible tanto la derrota real de la candidatura de Javier Arenas como la recuperación electoral de la izquierda en su conjunto.

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La banca siempre gana y los españoles siempre pierden

Publicado: 15/03/2012 21:39 por Francisco Torres en sin tema
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Se me ha ocurrido echar un breve vistazo a la prensa económica para rastrear cuál es el balance de los bancos españoles. Yo esperaba, siguiendo la imagen que a veces se nos da, balances negativos, pérdidas y demás daños colaterales producto de esta crisis, de origen básicamente especulativo-financiero, relacionada directamente con la banca. Sin embargo, después de oír el quejido lastimero de la banca me encuentro con el hecho de que, en plena crisis, los balances de 2011 se cierran para las cinco primeras entidades españolas con el pequeño beneficio neto de 10.197 millones de euros. Lo que dados los tiempos de crisis no está nada mal. Cierto es que el argumento pedigüeño de las plañideras monetarias es rigurosamente exacto: sus beneficios han caído aproximadamente en un 32% con respecto al año anterior y esto, para ellos, resulta inasumible.

Tengo la impresión, porque no tengo datos fidedignos ni bola de adivino, que cuando, probablemente tras una casi una década de sacrificios, abandonemos el escenario de crisis entrando en una nueva fase económica expansiva, los grandes bancos habrán salido enormemente favorecidos de esta coyuntura, con un increscendo increíble de beneficios y un proceso de concentración bancaria, con la eliminación en el camino del viejo sistema de Cajas de Ahorro, que les habrá hecho mucho más ricos y también más poderosos porque ellos forman parte de esa nebulosa oculta que llaman los mercados.

Leo que, por ejemplo, en plena crisis, tras todas las provisiones y dotaciones para cubrir las nuevas exigencias, la morosidad y eso que llaman “activos tóxicos” (un parque de viviendas que acabará revalorizándose pues seguirán cobrando la deuda hipotecaria y procederán a una venta controlada y vinculada), el Banco de Santander obtuvo en 2011 la nada despreciable suma de 5.351 millones de Euros; el BBVA unos 3.000 millones; CaixaBank 1.053 millones; el Banco Popular 479 millones y Bankia 309 millones. Y mientras logran esos beneficios el crédito continua bloqueado, las condiciones reales para el préstamo endurecidas, las comisiones en cuarto creciente… y, naturalmente, a ningún gobierno se le ocurrirá ponerles algún que otro impuesto especial.

Para nadie es un secreto que la Banca está haciendo el negocio del siglo, aun cuando los resultados sean según su particular criterio bajos en esta primera fase. La Banca se está beneficiando de un dinero barato que después coloca invirtiendo en deuda o en préstamos a alto interés. Así, un dinero que debiera ir a las empresas y familias para reactivar la economía acaba siendo desviado hacia el gran negocio de base especulativa. Dinero que están recibiendo al 1% y que ellos colocan en créditos que van del 5% al 17% porque una vez que el metálico está en la caja es difícil diferenciar.

La voracidad bancaria es increíble y ha encontrado la bicoca de ser la administradora del dinero público que proviene del Instituto de Crédito Oficial, haciendo negocio con el dinero de todos los españoles merced a concesiones que recuerdan a las viejas concesiones fiscales del rey a los nobles en los tiempos del feudalismo.

Puestos a inventar “productos” parce ser que al viento de la decisión del gobierno de acabar con la morosidad de la administración pública, que también está asfixiando la economía, a través del Fondo para la Financiación de los Pagos a Proveedores, los bancos han encontrado una nueva fuente de negocio comprando masivamente la deuda a los proveedores y pagándolas de inmediato con un descuento global del 8% al 10% aprovechándose de la situación y de la necesidad de financiación que tienen las empresas, lo que sumarían al 5% de interés que tendrán que pagar las administraciones por los créditos con los que pagarán esas deudas, parte de las cuales habrán comprado los bancos con descuentos. Y por si fuera poco, para participar en la iniciativa del gobierno, la Banca podrá hacerse con más fondos de los librados por el BCE a bajísimo interés, que podrán seguir utilizando para hacer negocio con los vaivenes de la deuda. Y todo ello pagado por el contribuyente.

No va a ser suficiente porque el siguiente sacrificio que exigirán las vestales bancarias serán las compensaciones para aceptar la “moratoria” hipotecaria para las familias que no pueden pagar por efecto de la crisis. Un modelo que tal y como se ha planteado está lejos de su objetivo y más parece un sistema pergeñado para que los bancos continúen ganando dinero e incrementando su cuenta de beneficio esquivando los enojosos e impopulares desahucios y tratando de reducir la presión existente a favor de la necesaria dación en pago. Una banca que acumula un parque de viviendas impresionante, pero que prefiere no poner en circulación mediante fórmulas de alquiler-venta porque, a la larga, serán una garantía para la captura de nuevos clientes esclavos de su propia red de préstamos.

Sorprenden estos hechos cuando uno de los problemas de la economía  española es la estrangulación del crédito para empresas y familias. Sorprende -o quizás no tanto- que el gobierno no incluya entra las posibles opciones el desarrollo de una banca pública y la gestión por parte de la misma de los créditos ICO lo que daría veracidad al papel social que debe tener el crédito. Pero ya se sabe que función social y capital son términos que hoy por hoy casan mal en el lenguaje de los demiurgos del mercado y sus sayones bancarios.

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Resulta cuanto menos sorprendente la panoplia de justificaciones que está exhibiendo el gobierno para vender como maravillosa, justa y necesaria una reforma laboral que ahora entra en el imprescindible trámite parlamentario. Recordemos: en primera instancia era la reforma necesaria que, por arte de magia, iba a crear empleo en cuanto se pusiera en marcha; después, el sacrificio preciso para salir de la crisis y conseguir que los que no tienen empleo pudieran trabajar aun cuando fuera en precario y, ahora la milagrosa fórmula que no sabemos por qué intrincado conjuro, dentro de un año, más o menos, creará empleo, porque según el gobierno anuncia a lo largo de este año se destruirán seiscientos mil puestos de trabajo y el número de parados, pese al más de medio millón de españoles y extranjeros que han abandonado el país, puede que se aproxime a los seis millones.

Así pues estamos ante una “necesaria” reforma laboral que, según dicen, restará protección a los que tienen trabajo para preocuparse por los que no lo tienen y cuyos efectos positivos no se notarán hasta dentro de nueve o diez meses. Una reforma que, se pinte como se pinte, se disimule como se disimule, contribuirá a la proletarización de las clases medias, la caída de los salarios y la inestabilidad permanente en el empleo. Aderezada además con un recorte de derechos que dependerá en su extensión del grado de bondad y voluntarismo de las personas.

Como contraposición, como nivelador de la balanza, trata de contentarnos el actual titular de Economía con la afirmación de que esta reforma creará un millón de empleos. O sea, más o menos, los que van a desaparecer este año con la reforma en vigor. Lo que no dice el titular de Economía es que por fuerza el próximo año se creará empleo, con reforma o sin ella, porque la economía española habrá tocado fondo y, en buena lógica, cualquier pequeño crecimiento generará empleo, aunque ya veremos como será ese empleo. Por lo que dentro de un año, conformándose con esos pequeños crecimientos, podrá decir que su reforma ha sido “chanchipiruli”, aunque se tope en la calle con un torrente cada vez más amplio de indignados que ya poco tendrán que ver con la manipulación ultraizquierdista, pero del que la izquierda se va a beneficiar.

Dejemos claro que esta reforma laboral es, como la posible subida del IVA o la escalada del precio de los carburantes, una imposición de los mercados y de nuestro entorno. La situación del mercado laboral español, con su alta protección al trabajador, con un exceso de derechos y obligaciones contractuales, es una anomalía con respecto a otros países con la que se quería acabar. Los servidores del mercado, los que no tienen más referente que los vástagos del ultraliberalismo de las últimas décadas, creen a pies juntillas que el sistema de protección del trabajador es una barrera para el crecimiento económico, de ahí el consenso existente sobre la necesidad de la reforma que va desde los sectores más liberales de la socialdemocracia a todo el centro y derecha, incluyendo algunas facciones de lo que habitualmente se denomina extremaderecha.

Por el contrario, resulta curioso, mirando hacia atrás, que España llegara a situaciones de pleno empleo, aunque ciertamente en coyuntura distinta, teniendo un sistema de alta protección del trabajador y escasa flexibilidad del mercado laboral y que ahora se mantenga que esa política es la responsable de la altísima tasa de paro existente en España.

Dejemos claro que la reforma laboral no va a crear empleo en los términos que España necesita. Es la reforma para el reparto de la miseria y no para la creación de la riqueza. Es el parche de los que han aceptado que la economía española tenía que convivir con un paro estructural situado en cifras próximas a los dos millones de trabajadores y no hicieron nada para eliminarlo. Es la opción de los que no fueron capaces de abordar la necesaria reforma estructural de la economía española para que ésta ganara en productividad y competitividad, para que desarrollara un nuevo tejido industrial que hiciera a nuestra economía, como sucede en los países del norte, menos vulnerable a los caprichos interesados de unos mercados dominados por los grupos especulativos. Es la apuesta de los que dieron vida al gran espejismo de una riqueza ficticia basada en la especulación, el dinero fácil, la venta de los ahorros y el maná de los fondos que venían del extranjero. Por ello son tantos los que están dispuestos a aplaudirla, aunque me parece que son muchísimos más los que la vituperan porque ellos son los que van a sufrir sus consecuencias.

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He leído críticamente, pero con la calculadora en la mano, un interesante trabajo publicado en el diario El Mundo, el domingo cuatro de marzo, en el que Martín Mucha apunta cómo recortar la mareante cifra de 140.904.733.210 Euros sin que se tenga que recortar en Educación y Sanidad o subir los impuestos. Dejando a un lado el sensacionalismo y la pequeña carga de demagogia interesada que puedan contener unos datos que sirven de reclamo para un libro de inminente aparición, asumiendo que ya el gobierno ha realizado recortes en algunas de esas partidas -pobres, timoratos y a regañadientes ciertamente- en un 20% y que debemos suponer, aun cuando dadas las cifras de déficit no parece que así haya acontecido, que las administraciones autonómicas y locales han procedido de modo similar, añadiendo que no todas las propuestas son válidas, lo cierto es que si sólo se pudieran ahorrar 40/70.000 millones de euros estaríamos muy por encima de las necesidades objetivas que de ahorro tiene el gobierno.

¿Por qué si es posible dicho ahorro sin gravar la economía de los españoles, sin contribuir a proletarizar las clases medias, sin disminuir la calidad en los servicios educativos y sanitarios por razón de ahorro, no se hace? La respuesta que no se atreve a plantear en toda su extensión el articulista, aunque lata en el fondo de reportajes como el que nos ocupa, es sencilla: Mariano Rajoy, como cualquier político, no está dispuesto a desmantelar el régimen clientelar que padecemos, entre otras razones porque él y su partido también son beneficiarios políticos de ese régimen. Un sistema que permite controlar a la sociedad y mantenerla dentro de los parámetros de las propuestas del bipartidismo imperfecto que sufrimos y que es responsable, por acción, por interés o por omisión de la permanencia de esos más de 10.000 millones de euros que todos los años se escapan por las procelosas aguas de la corrupción.

Queriendo ser Churchill, aun cuando en realidad más se parezca a una caricatura, Mariano Rajoy y su equipo insisten, una y otra vez, en la necesidad de los recortes, directos o indirectos, salariales o impositivos, así como en la virtud del sacrificio, con una envolvente retórica pseudopatriótica en la que se alaba la capacidad, demostrada a lo largo de su reciente historia, de los españoles para salir adelante. A vuelta de correo los españoles, que van a sufrir directamente el sacrificio, responden donde pueden que por qué no se recortan los primeros ellos para dar ejemplo. Les salva, para que la protesta no se convierta en torrente, para que la sociedad harta de la explotación no les vuelva la espalda, la inexistencia de una denuncia pública y constante de los caprichos de la casta política en los medios que les obligara a la dimisión o a la regeneración. Pero esa denuncia, salvo en lo anecdótico, no existe entre otras razones porque el régimen clientelar acaba, al final, blindando a la casta política. Todavía resuena en mis oídos el aplauso al “uninoso” -que diría un personaje de Jardiel Poncela- de socialistas y populares a Mariano Rajoy en el debate de investidura cuando ante el tema de la corrupción defendió la honestidad de los políticos.

Cómo no nos vamos a molestar los ciudadanos; cómo no vamos a saltar de cólera en nuestro sillón cuando escuchamos las soflamas de los responsables económicos, de los sindicatos o de la CEOE; cómo no vamos a arder en estallidos de indignación cuando este gobierno de los recortes se ha gastado un millón de euros en iPads para los diputados (un juguete que difícilmente sirve para desarrollar el nivel de trabajo que se supone a un diputado); cómo no nos vamos a enfadar cuando los partidos políticos y sus fundaciones se reparten, a pesar de los recortes, más de cien millones de euros; cómo no se va a enfadar el español que tiene que ir con su coche o en transporte público a su centro de trabajo cuando se estima que España gasta al año en coches oficiales casi dos mil millones de euros; cómo no vamos a reírnos de nuestra imbecilidad cuando nos llega la factura del teléfono y nos enteramos que se estima que los políticos gastan a costa del erario público treinta millones de euros en facturas de móvil; cómo no vamos a pensar que nos toman por estúpidos o por borregos -no sé qué será peor- cuando se habla de lo que cuestan las más de diez mil tarjetas de crédito con cargo a nuestros impuestos tienen a su disposición: la friolera de 24 millones de euros…

Las cifras del reportaje aludido son de por sí indignantes aunque no desconocidas: 630 millones se gasta Cataluña en sus Consejos comarcales y después cierran hospitales por las tardes; cincuenta y cinco millones nos cuesta un Senado que nadie sabe a ciencia cierta para qué sirve; 24 millones se siguen gastando en asesores y cargos de confianza, puestos con los que se recompensa y colca al staff del partido de turno; 180 millones se gastan las Comunidades en las subvenciones a las líneas aéreas para que vuelen desde sus aeropuertos (¿cuánto le va a costar la broma del nuevo aeropuerto a la endeudadísima Comunidad Autónoma de Murcia?). Y así, suma y sigue…

Si la situación es difícil y comprometida, como lo es, estoy seguro de que los españoles aceptaríamos el sacrificio, pero el de todos  y no el de los de siempre. Lo que no es de recibo es que, porque es necesario mantener el régimen clientelar, el reparto del botín, unos nos sacrifiquemos y otros continúen, como siempre, anclados en el oropel. Puede el gobierno y la oposición socialista, que también es gobierno en algunos puntos, continuar aplicando la demagogia y la sordina del gran hermano mediático, puede que el inventillo les continúe funcionando durante un tiempo. Pero también es posible que un día un puñado de españoles digan basta y se rebelen, sin que entonces el aparato de control de la izquierda consiga reconducirlos para poder seguir manteniendo el juego bipartidista de PP a PSOE y tiro porque me toca.

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