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La cita del jueves con la farsa parlamentaria.

Se anuncia para la primera hora del primer jueves de agosto, en plena ida y venida vacacional -al menos del segmento de españoles que influyen en la sociedad y crean opinión- una sesión más de la gran farsa parlamentaria. Hemos tenido, en estos días, bombo y platillo, tertulianos calentando y calentándose la boca, diputados y dirigentes preparando a la opinión e interrumpiendo en todo debate que se precie para apagar los argumentos -cuentan que corren instrucciones de Génova para que así se comporten-. Un ruido insoportable que no ha ido a más por el drama y la tragedia ocurrido en las vías de Santiago.

Cuando se anunció, por fin, la comparecencia del presidente en el Parlamento -¡qué manía tienen los presidentes en convertir en excepción lo que debiera de ser normal!- con tanto tiempo de preparación a nadie se ocultó que lo que se buscaba era conjurar el peligro, preparar a la opinión: ¡Bárcenas! ¿Quién es Bárcenas? -se pregunta Rajoy- ¿acaso es de los míos?; ¿Bárcenas? Un hombre sin honor -repite Cospedal-, que cambia de tercio al servicio de la oscura trama político-periodística lanzada contra el PP y Rajoy. Un delincuente y la sesión del jueves una pataleta organizada por el PSOE, que busca desesperadamente escaquearse de la losa de los EREs -¡eso sí que es corrupción y no las minucias de un golfo que nada tiene que ver con el partido!- y la izquierda para ganar lo que no consigue en las urnas. Y portadas de La Razón al servicio del partido que para eso su director fue servidor del partido.

Asistiremos atónitos a la farsa del jueves. Farsa, porque con un hábil mandoble, convirtiendo el caso particular en caso general, Rajoy sabe que tiene a sus pies la réplica del “y tú más” que jalean como nadie algunos de los contertulios de 13TV y el director de La Razón: IU, ¿qué puede decir IU cuando está salpicada por el fango andaluz?; CiU, ¿qué puede decir CiU, la de la Cataluña nacionalista del caso Palau, del 3%, de esos feos y turbios asuntos que comenzaron a la sombra de los Pujol en Banca Catalana?; PSOE, Rubalcaba ni tan siquiera podrá alzar la voz, hablará para los suyos y los holigans peperos disfrutarán con los recordatorios de la corrupción socialista. Y me suenan las sirenas del instinto que me dicen que ya han pactado no ir más allá de los estrictamente necesario haciendo valer aquello de mejor “entre bomberos no nos pisemos la manguera” que al final el gato se lo lleva otro al agua.

Farsa, porque Rajoy no va a explicar nada y no va a contestar nada. Nos dirá que la justicia en España trabaja con independencia, que él está al lado de la Ley sin interferencias, que los corruptos no tienen legitimidad para reprocharle nada, que los tribunales serán los que finalmente hablen y nos propondrá una batería de palabrería disfrazada de iniciativas para luchar contra la corrupción. Como si la corrupción fuera un ente abstracto, externo, venido de otro mundo, que nada tiene que ver ni con su partido, ni con los demás partidos ni con el modelo de casta política. Le hablarán de Bárcenas y Rajoy se limitará a decir: “¿Bárcenas, quién es Bárcenas?” Olvidándose de las comidas y reuniones del clan, de sus leales, entre los que se encontraba Bárcenas, en el chalé de Ana Mato. Se olvidará, conscientemente, de que una cosa son las responsabilidades penales y otras las morales y políticas, que si en el primer caso se puede ser inocente, con todos los pronunciamientos favorables, en el segundo se puede ser culpable. Y cerrará, henchido de patriotismo, recordándonos que es necesario mantener la imagen de un gobierno fuerte, sin sombra de duda, que no debe ser atacado, porque está en juego nuestra credibilidad y el futuro ahora que estamos en el buen camino, pudiendo así proseguir con el famoso programa de reformas.

Lo demás carece de importancia. Rajoy, el PP y sus pperiodistas saben que cualquier posible conducta delictiva fiscal dimanada de los afamados papeles de Bárcenas está prescrita, por lo que los tribunales difícilmente dirán nada; y sin condena judicial todo quedará en el archivo de los recuerdos -salvo que Pedro J. siga insistiendo como buen perro de presa al igual que hiciera con el caso de los GAL- y en unos superables daños colaterales.

La farsa del jueves se cerrará cuando Rajoy sea incapaz de contestar con un Sí o un No a tres sencillas preguntas: ¿tenía el PP contabilidad B? ¿se financió el PP recibiendo donativos no declarados? ¿se pagaban o no se pagaban sobresueldos? Dará igual que no lo haga, porque para un sector importante de la opinión pública las respuestas son afirmativas. Entre otras razones porque nadie se cree que Bárcenas tenga una capacidad de fabulación e inventiva capaces de mejorar las dotes de Tolkien y Lewis aderezadas con unas notas de Stephen King.

En el fondo, el problema es que a mí el tal Bárcenas, me recuerda a Louis Shumway, contable de segunda de Alcapone, aquel chico al que echaron el guante Eliot Ness y sus míticos intocables, y que cantó como Carusso a la primera embestida de la presión. Que conste que Rajoy no es Alcapone, pero sí que tengo la impresión de que algunos pensaban que Bárcenas era como Jack Gusik, el leal jefe de cuentas y abogados del gánster, al que todos conocían como Pulgar Sucio, que nunca hubiera cantado.

18 de Julio de 2013: entre la falsa memoria y la verdad histórica.

18 de Julio de 2013: entre la falsa memoria y la verdad histórica.

El objetivo principal de la ideológica, socialista y manipuladora “Ley de la memoria histórica” era construir una “verdad oficial” a la que todos deberían rendir pleitesía. Intelectualmente debería haberse producido una contestación general a la pretensión de una parte sectaria de la clase política de imponer a una serie de temas, que deben ser objeto de investigación científica, que ya sólo deberían ser historia, unas conclusiones a priori a las que adaptar cualquier tipo de trabajo; pero para acallar la siempre dúctil conciencia estaba el ambicioso programa de subvenciones con las que sufragar los estudios más nimios que vinieran a secundar los objetivos de la ley. Así nos encontramos con la discriminación que supone abordar cualquier tipo de estudios referidos al período de la II República, la guerra y el régimen de Franco: si se hace en consonancia con la “memoria histórica” de la izquierda se obtiene una cuantiosa subvención, si no se está en consonancia el trabajo lo tiene que sufragar el investigador de su bolsillo. Y al igual que hace unos años para progresar en determinados ambientes se tenía que rendir pleitesía a las tesis prehechas del desprestigiado Tuñón de Lara hoy, para progresar curricularmente, se tienen que loar las falsedades de la “memoria histórica”.

La ley de la “memoria histórica” tiene su antecedente en la condena parlamentaria al mal denominado “golpe” de julio de 1936. Condena a la nada, porque el 18 de julio no fue, en realidad, un golpe de Estado o un golpe militar. Precisemos, lo fue en su concepción pero no en su realidad en desarrollo. Es más, si hubiera sido sólo eso, un golpe militar, los republicanos lo hubieran aplastado en pocos días. Dejémoslo claro, el 18 de julio de 1936, y el 19, y el 20 y el 21, lo que se produjo fue una auténtica sublevación popular; sin esa aportación traducida en decenas de miles de voluntarios para la lucha, con una movilización en retaguardia de cientos de miles, insisto, el “golpe militar” hubiera sido vencido. Ahora bien, ese carácter popular, destruye el mito de la izquierda, también grato ahora al centro-derecha, del enfrentamiento entre el siempre temible y dictatorial ejército y un pueblo desarmado que lucha heroicamente en defensa de la libertad y la democracia.

Ya lo alumbraba la condena parlamentaria y lo confirma la “ley de la memoria histórica”. Dice esta nueva verdad oficial: en julio de 1936 se produjo un golpe militar o fascista, según los gustos, contra la democracia, algo que curiosamente admiten como cierto en muchas tertulias diputados populares cuando se les plantea este tema. Pero, ¿en 1936 existía la democracia en España?

Confundir la democracia con la II República e incluso identificar la forma de gobierno republicana con la II República es un error y una falsificación de la realidad. Dejémoslo claro: la II República intentó ser en sus inicios una democracia excluyente. En la mentalidad de los republicanos el régimen era concebido de forma patrimonial, de tal modo que sólo los partidos republicanos y los de izquierda tenían derecho a detentar el poder y todos los demás eran considerados antirrepublicanos y por tanto debía negárseles la legitimidad para gobernar, independientemente del resultado de las urnas.

La II República dejó de ser, en su desarrollo, una democracia: mantuvo, por ejemplo, un régimen de censura de prensa y cuando quiso se permitió cerrar periódicos fundamentalmente derechistas, lo que resulta incompatible con la democracia; proscribió la libertad de educación, prohibiendo los colegios religiosos; persiguió a los católicos… y discriminó a los españoles en función de sus creencias… Pero, además, una parte importante de los que trajeron la República, formada por la mayor parte del PSOE y los anarquistas -porque los comunistas eran muy pocos hasta 1936-, siempre consideraron la República, o mejor dicho la democracia liberal, como un estadio hacia la revolución. Reiterémoslo, el objetivo político de los anarquistas, del PCE, de la inmensa mayoría del PSOE (el sector socialdemócrata era ínfimo y despreciado), del POUM, era hacer la revolución, poner fin a la democracia e instalar el comunismo libertario o la dictadura del proletariado. Pero la izquierda lleva cincuenta años intentando borrar que entonces su objetivo era derribar la democracia y para ello cuenta con la inestimable ayuda de la cobardía moral del centroderecha hispano, de los periodistas paniaguados y de la censura ejercida contra quienes sostienen tesis distintas. Y la izquierda continua dictando la “memoria” sin renunciar a exaltar el valor de la revolución, evitando siempre cualquier condena a sus desmanes y a su intento real de destruir la democracia. En esta línea, resulta curioso que se reconozca como válido y se legitime el “derecho a la revolución” -la izquierda nunca considera violencia su violencia-, pero al mismo tiempo se condene el derecho de los demás a defenderse de dicha agresión.

La realidad es que la democracia había dejado de existir en España en julio de 1936. De hecho se estaba viviendo en una pendiente hacia la revolución caracterizada por la subversión del orden constitucional a través de los recovecos de la ley, el Estado de derecho había dejado de existir. Pero es más, es que días antes de la sublevación, la izquierda, a través de sus milicias, con participación de miembros de la escolta armada miliciana de Indalecio Prieto, que había actuado en Cuenca como agentes de orden con tolerancia del gobierno civil, había pretendido asesinar a los principales dirigentes de la oposición: José María Gil Robles, José Calvo Sotelo… pero sólo encontraron al diputado monárquico.

La democracia dejó de existir como ficción formal el 18 de julio de 1936 en la zona controlada por el gobierno, por lo que no cabe hablar de lucha entre demócratas y no demócratas. Aunque hoy se oculte, y sobre todo lo borre de la memoria el centroderecha político español que prefiere alinearse con sus adversarios, esa sublevación cívico-militar, y pongo delante el cívico a conciencia, tuvo el apoyo político de los partidos políticos de esa tendencia a través de sus principales dirigentes: José María Gil Robles, líder de la CEDA, con mucha distancia el equivalente al PP, junto con numerosos diputados apoyaron la sublevación; igualmente lo hizo Alejandro Lerroux, líder del partido radical, que podría representar en términos actuales a los republicanos de derechas; miembros de la Lliga, que sería el equivalente a parte de lo que hoy es CiU... Pero no se trata sólo de declaraciones políticas, es que la España que sociológicamente dio apoyo a esos partidos formó entre los sublevados aportando, tal y como indicaba, miles de voluntarios constituyendo la base del Ejército Nacional, lo que José María Gil Robles denominó “el pueblo del movimiento”. De hecho hubo más voluntarios en las filas nacionales que en las republicanas. El problema es que el actual centroderecha quiere borrar lo que considera un baldón y un “pecado original”, presa de ese miedo cerebral que tiene ante la pretendida superioridad democrática de la izquierda. Por ello admite la “memoria histórica” y escupe sobre el sacrificio de decenas de miles de los que hubieran sido sus votantes. Ellos son la más clara traducción práctica del celebérrimo “París bien vale una misa” que iniciara José María Aznar cuando cantó las bondades de Manuel Azaña situándolo como uno de sus modelos políticos e intelectuales.

No basta sin embargo el anterior razonamiento para explicar lo que fue el 18 de julio. Una interpretación somera, con escasa profundidad, subrayaría las negaciones que dieron ese aliento popular para luchar contra la II República, que no contra la república como forma de gobierno. Pero el 18 de julio tuvo en su desarrollo una carga propositiva. Los que lucharon lo hicieron también por crear una nueva España capaz de superar la crisis nacional y poner coto a las injusticias sociales que caracterizaban la España vieja. La idea de restaurar la nación y alumbrar un Nuevo Estado que proscribiera de una vez por todas las razones para la revolución.

LOS TRAMPOSOS

LOS TRAMPOSOS

Oyendo a Mariano Rajoy en su comparecencia ante la prensa en La Moncloa el pasado lunes y leyendo las píldoras amargas que día a día le está dispensando el diario El Mundo a todo el mariachi vocero popular, empezando por Rajoy y siguiendo por Floriano, Alonso o Cospedal -todas las mañanas voy al kiosco con el alma en vilo cual si fueran a regalarme una novela de Agatha Christie-, me vino a la memoria el título de una original cinta de Pedro Lazaga, Los Tramposos, sobre dos golfillos que viven en Madrid a costa del timo de la “estampita” y el “toco mocho” (soberbias interpretaciones de Leblanc y Ozores frente a las malas de Rajoy y Floriano). Entre otras razones porque ante el caso Bárcenas, ya el caso PPBárcenas, el partido y el gobierno se están comportando como auténticos timadores de la verdad.

El silente Mariano, que está provocando el silencio de muchos de los votantes populares por causa del sonrojo que todo esto les está causando, no tuvo más remedio que hablar porque la visita del primer ministro portugués invalidaba el recurso al comunicado, al plasma y a los usuales PPeriodistas que ya comienzan a abandonar el barco para evitar que una posible caída de Mariano les arrastre. Por fin habló sobre el caso Bárcenas para decirnos que sobre ello ya había hablado mucho y que el Estado de Derecho no admite chantajes. ¡Pues bueno!, pensé yo. Más le valiera haber seguido calladito.

Miraba a Mariano hablando con seguridad y pronunciación, bajando la mirada para mirar el papel, y no pude por menos que recordar a los tramposos de la película. Veía la cara de Mariano Rajoy, trasunto de la de Floriano, y no podía quitarme de la cabeza el timo del “toco mocho” cuando leía -¡leía!- la respuesta a un periodista ante una pregunta sobre los SMS de Bárcenas. No es que yo piense que el eficaz Arriola o el equipo de asesores demoscópicos de Mariano -que estuvieron perezosos el domingo porque se levantan tarde para pergeñar la justificación heroica que llenó la boca de Floriano de naderias- no pensara que la pregunta se la iban a hacer y por tanto se la cocinaran convenientemente, pero…

He aquí, sin embargo, que al día siguiente nos desayunamos con la noticia de que había timo -otra vez Los Tramposos vinieron a mi memoria-, que la pregunta había sido dictada a su periodista por un director de periódico afín al gobierno y que Mariano le dio irregularmente el turno al periodista que, casualmente, le tenía que hacer la pregunta en los términos más adecuados para que él nos pudiera contar la milonga de que en España existe el Estado de Derecho (bueno en España existe un cuarto de Estado de Derecho porque las otras partes son patrimonio del gobierno) y no se admite el chantaje. ¡En todo caso Bárcenas quería chantajear a Mariano y no al Estado de Derecho y si creemos lo que se ha publicado enviados del PP también quisieron chantajear a Bárcenas!

Eso sí, al final, perdido ante otra pregunta, repitiéndose más que los pimientos, Mariano no supo contestar a algo tan sencillo como si cobró o no cobró sobresueldos. Y no es que piense que cobrar sobresueldos es una ilegalidad y por tanto que Mariano debiera dimitir como pide a coro y con cierta chufla la oposición, es sencillamente que como yo no paso de españolito de filas me asombro de la necesidad de emolumentos que precisan los dilectos escogidos para encabezar los aparatos partidarios: sueldo de diputado, senador o Ministro, dietas, sueldo de excedencia, complementos diversos y sueldo del partido. A final de mes una pasta gansa. Nada ilegal, como no es ilegal que el partido abonara según los papeles de Bárcenas los trajes de temporada de Mariano por valor de 12.620 Euros, aunque no nos precisaran si el resto de los trapitos de sus dirigentes máximos también los paga la cuenta corriente del Partido Popular. Puede que no sea ilegal -siempre y cuando lo declaren claro está- pero para muchos españoles, incluyendo muchos votantes del Partido Popular, resulta altamente inmoral.

PD.  A qué espera Montoro para iniciar las pertinentes averiguaciones.  

Aún quedan jueces en España.

Resulta rigurosamente cierto que allá por el siglo XVIII, Federico II el Grande, rey de Prusia, monarca del despotismo ilustrado, porque dañaba visualmente la imagen de su palacio, ordenó derribar un molino. El molinero recurrió a los tribunales y el rey fue condenado a reconstruir el edificio y pagar a su propietario por los daños. Cuentan que Federico afirmó: Es gibt noch Ricther in Berlín! (“veo con alborozo que aún hay jueces en Berlín”). No era usual, como pueden imaginar mis lectores, que un juez fallara contra el rey; aunque hoy prácticamente sea un imposible.

Hace décadas en Italia, recordándonos la España más reciente, la casta política se consideraba inmune ante la actuación judicial. Era tradicional que los asuntos que implicaban a los políticos quedaran archivados o se perdieran en el marasmo burocrático merced a la patente de corso que las urnas parecen adjuntar al acta de diputado. Un buen día, un juez consideró que había llegado el momento de poner punto y final a lo que casi se había convertido en “derecho consuetudinario” e imputó y procesó al primer político. La Democracia Cristiana, detentadora del poder durante décadas en Italia, corrupta por definición y aplicación, no pudo sobrevivir al desfile de políticos ante los tribunales.

No pocos españoles tenemos la impresión de que, por regla general, el político goza de un estatus especial ante el delito, presunto o evidente, o al menos era así hasta hace muy poco tiempo. La impunidad había hecho posible la corrupción y la corrupción hace posible la impunidad. Así de sencillo. No es que los españoles hayamos dejado de pensar que esto es así, pero… Lo cierto es que en muy poco tiempo un ramillete cada vez más amplio de jueces han decidido que el título de político no es un blindaje y que es necesario actuar cumpliendo lo que es una obligación, porque ese es uno de los fundamentos de la regeneración democrática. Jueces que, pese a la presión ambiental, han comenzado a levantar la manta, a sacar expedientes y a llevarlos hasta sus  últimas consecuencias por lo que el desfile de políticos ante los tribunales de justicia comienza a ser un hecho cotidiano. Lo que, dicho sea de paso, ha incrementado la confianza que los españoles tienen en sus jueces porque están dispuestos, llegado el caso, a condenar al mismísimo rey o en su defecto a su yerno.

No quiere esto decir que no subsistan las decisiones que causan escándalo.Que los ciudadanos, legos en materia procesal, nos sublevemos ante una Fiscalía, que no olvidemos es de designación política, que no ve engaño o delito en el asunto de las preferentes y llega a explicar que los ancianos, algunos con estudios muy básicos, sabían perfectamente lo que firmaban y que, por otro lado, traguemos con la tesis de que la Infanta Cristina no sabía nada, no veía nada y permanecía en la ignorancia más absoluta de los negocios de su avezado marido; todo ello sin, por supuesto, preguntarse, como dice el cuplé, "de dónde saca para tanto como destaca” (por si fuera poco los técnicos dicen que la Agencia Tributaria está favoreciendo a la Infanta ante las peticiones de información del juez).

En la misma situación nos econtramos cuando un día nos despertemos alborozados porque Blesa, el responsable del hundimiento de Bankia, entra en la cárcel y al siguiente comiencen a aparecer pruebas para aminorar los cargos o nos parezca que todo es una gigantesca maniobra para conseguir que al final se produzca una nulidad que ahorre el juicio a tan egregio destructor financiero. Y lo de la Fiscalía planteándose, en el mismo caso, querellarse contra el juez por prevaricación no nos deja olvidar que los cargos son de nombramiento político.

A pesar de todo los españoles hemos descubierto que aún quedan jueces en España, aunque el gobierno, con una reforma que no acaba de precisar, ande empeñado en recortar la poca independencia del poder judicial -ese es el objetivo real de Alberto Ruíz Gallardón- y se ufane por haber conseguido que en el Tribunal Constitucional vuelva a ser dominado por el PP; aunque Soraya Saenz de Santamaría, sin vergüenza ni rubor, se haya encargado de controlar, supervisar y probablemente muñir el próximo nombramiento de nuevos magistrados para el alto tribunal, aunque nos diga que está por allí simplemente para estar informada del proceso de nombramiento y no para influir en el mismo.

Desde el año 2009 el número de políticos imputados por diversos delitos, fundamentalmente de prevaricación o corrupción, no ha hecho sino crecer. En el 2009 todavía era una investigación casi clandestina oculta tras casos tan extemporáneos como el de la corrupción en Marbella. En 2012 más de ochocientos políticos y cargos estaban imputados, aunque eso no impidió que un centenar fueran en las listas electorales. Hoy el número ronda el millar (el PSOE y el PP acumulaban en torno al 60% de los casos). Y en breve el caso de los ERES podría meter en chirona a medio PSOE andaluz.

Mientras que los jueces-políticos al estilo Garzón han acabado condenados y separados de la carrera los jueces independientes merecen cada vez una mayor confianza por parte de los ciudadanos. Los jueces-estrella de la década anterior han sido sustituidos por jueces eficaces como Mercedes Alaya, cuya investigación está derrumbando las bases del socialismo en Andalucía.  O la actuación limpia y honesta del juez que lleva el caso Urdangarín sobre el que se nos ha dicho hasta la saciedad que al no tener aspiraciones actúa con libertad para desgracia de la Casa Real. Parece como si muchos jueces hubieran hecho suya la máxima de Ramiro Ledesma Ramos “queremos y pedimos la aplicación de las penas más rigurosas para aquellos que especulan con la miseria del pueblo”. Y qué mayor delito que el cometido con los ERE fraudulentos del socialismo andaluz en el poder.

Cierto es que la situación en los juzgados continúa siendo pésima, que los casos se acumulan y los jueces faltos de medios no dan abasto; que los gobiernos autonómicos se gastan millones en “ciudades de la justicia”, en despachos por los que se puede correr para después no dotar de fondos a los juzgados que les permitan salir del atasco que cualquiera te refiere. Si la transferencia de competencias ha sido en muchos casos una fuente de problemas no lo es menos en el caso de la Justicia. La falta de recursos económicos ha hecho que más de un preboste autonómico se plantee la posibilidad de devolver esas competencias al Estado después de construir y dotar bonitos y costosísimos edificios. Pero lo que al ciudadano más le preocupa en estos momentos es que el colapso de la Justicia, real o exagerado, acabe poniendo en libertad por excusas leguleyas a eses sector de la casta política y sindical que ha creído vivir en la más absoluta impunidad. Si la Justicia en España es lenta, muy lenta, lo que los españoles perciben es que cuando se tarda tanto tiempo  en jugar a un detenido el caso puede acabar desapareciendo.

Sin medios, estos nuevos jueces-eficacia están poniendo de manifiesto que bien pudiera ser que alguien estuviera interesado en que las investigaciones no prosperaran. Porque de lo contrario, ¿por qué la falta de medios?  Bastante hacen con ver las grandes cifras pero sin entrar en los detalles. Ejemplo típico de esta asfixia por falta de medios es lo que sucede con el Tribunal de Cuentas que se encuentra bloqueado por el número de casos por lo que hace inútil su labor de control sobre los partidos. Igualmente grave es el hecho de que sean los propios jueces los que reclamen más medios para poder atajar la corrupción, desde la mayor dotación para la policía judicial a pedir especialistas expertos en ingeniería contable, funcionarios, policías y peritos especializados en temas de corrupción. Vergüenza debiera dar al Ministro de Justicia escuchar a los jueces decanos afirmar: “Debemos asumir que no es posible llevar a cabo una investigación seria y rigurosa y continuar desempeñando al mismo tiempo el trabajo propio de la dinámica diaria del juzgado, o hacerlo careciendo de elementos tan fundamentales para una rigurosa y ágil investigación, como los son los funcionarios, policías y peritos especializados”.

Pero a pesar de las denuncias sobre la falta de medios que, por ejemplo, Ruíz Gallardón prefiere no escuchar y no dotar a los jueces de medios. Aunque, de la noche a la mañana, la casta política haya comenzado a asumir que se extiende el número de jueces que como el tribunal de Berlín están dispuestos llegado el caso a condenar al poder político, porque como ellos mismos han dicho en sus jornadas reivindicativas: “Sin justicia independiente no hay Estado de Derecho”.

Especuladores de la desesperanza.

Especuladores de  la desesperanza.

Depende de cómo transcurra la semana, de los sobresaltos que produzcan las evaluaciones de los organismos internacionales, de los repuntes y pespuntes de los quebrados y tobogánicos vectores de la economía española, de cómo vaya la sempiterna pelea entre De Guindos y Montoro, de la calma que azote a la fiera alemana, de la evolución de la prima de riesgo, de las facturas políticas que el gobierno tenga que pagar, porque cree -equivocadamente- que con euros podrá comprar a Arturito Plus, y sobre todo de la afamada cachaza de Mariano Rajoy, nos desayunamos con los más negros de los augurios o con, más que brotes, selvas verdes que anuncian que por fin estamos saliendo del agujero, que la destrucción de empleo se desacelera y el horizonte de crear empleo está cada vez menos lejano. O dicho de otro modo, cómo ha previsto el increíble González Pons -en frases este hombre atildado es capaz de superar al tándem magnífico de la Vega-Pajín y sus acontecimientos interplanetarios- “al final del túnel veremos la luz”, encandilando así a los rendidos de antemano tertulianos nocturnos de 13-TV.

El gobierno, tras los nubarrones de hace unas semanas, tras presentar unos datos y previsiones que invitaban más que al desencanto a la rebelión, se quedó sin aliento porque no cabía mayor reconocimiento del fracaso -Arriola no estuvo ducho a la hora de plantear la estrategia de comunicación con un soberano “prepárense para lo peor-, ni mayor susto al día siguiente entre unos dirigentes populares acostumbrados a repetir lo que dicta con membrete del PP la nota diaria sobre lo que tienen que opinar. Los datos gubernativos de hace unas semanas  venían a demostrar que el ejecutivo es incapaz de hacer frente a los tres problemas fundamentales de nuestra economía que afectan al ciudadano de a pie: la falta de palanca productiva industrial y lo que es peor sin capacidad de innovación; la retracción continua del consumo que es el problema base de la economía moderna a nivel de calle y el incremento del paro. Al mismo tiempo, con silencio y procurando no darle mucha luz, se van desgranando los primeros balances de las grandes empresas, del sector bancario –no confundir con el conjunto de cajas-bancos satrapado por la clase política popular y socialista y que son las que han precisado el rescate- y de alguno más que, a río revuelto, han conseguido la añorada ganancia de pescadores (para ellos si ha funcionado la reforma laboral pudiendo reducir costes e incrementar beneficios cambiando trabajadores caros por baratos). Tan pasmado se quedó el gobierno que sus aleccionados y supongo que recompensados periodistas orgánicos corrieron presurosos desde sus altavoces favoritos, La Razón y 13-TV, a explicarnos que habían dado unas previsiones muy negativas, pesimistas, de cara a Europa pero que en realidad los datos al final serían positivas. Y más de uno se lo creyó.

Faltaba la guinda, que no podía dar De Guindos, y cómo no, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde los ínclitos días del trío Zapatero-Garmendía-Corbacho, Mariano salió a sacar pecho a costa de lo habitual: el descenso del paro producto del inicio de las contrataciones de la temporada estival, que si no se tuerce la situación va a dar un respiro al gobierno para que pueda seguir vendiendo por unos meses selvas verdes. Todo ello bien agitado con la última barrera defensiva del Partido Popular: “nuestras medidas comienzan a dar resultado, teníamos que poner orden y conseguimos evitar la catástrofe de la intervención”. Y, sobre todo, vender en positivo que ahora van a tener que recortar 18.000 millones menos para, a renglón seguido, con esa práctica tan habitual de los propagandistas, dejar de mencionar que van a seguir recortando. Pero la realidad es que frente al 27% de paro, frente a la sensación de que nuestro sistema de asistencia (sanidad+pensiones+paro) está tocado de muerte y malvive en un desesperado salvemos lo que podamos, ante ese 50% de jóvenes de menos de 24 años en paro a los que debe sumarse una larga lista de subempleados, frente a los desahucios, frente al bloqueo de un crédito bancario que prefiere la deuda para salvar el trasero al gobierno en vez de impulsar el crecimiento, la propaganda del gobierno, porque eso es lo que hace el presidente que habla sin preguntas y por televisión, se torna ineficaz salvo para los holigans peperos, los periodistas de La Razón y los comentaristas de 13-TV.

Convertidos en auténticos especuladores de la desesperanza, son ya muchos los españoles que han dejado de creer tanto en el gobierno popular como en la oposición socialista. No es sólo que el PP se hunda en intención de voto dejándose en el camino diez puntos sino que el PSOE continúa cayendo. Lo cierto, lo que los barómetros nos indican es que el 50% de los españoles está dando la espalda al duopolio popular-socialista aunque el desencanto que conduce a la abstención maquille las futuras cifras electorales.

Cierto es que, de momento, poco preocupa esto a los dos grandes partidos. Continúan respirando tranquilos a sabiendas de que, si no se produce una eclosión alternativa a derecha e izquierda del duopolio y no dentro del duopolio, nada cambiará porque a los españoles que votan no les quedará más remedio que votarles para que no gane el odiado enemigo; porque muchos al no encontrar opción se quedarán en casa; porque el crecimiento de otros grupos no hará que la sangre llegue al río; porque los radicales de izquierda y sus nuevos vientos revolucionarios no conseguirán más allá de dos o cuatro diputados. Por ello, el gobierno y su mariachi mediático continuará extrayendo réditos especulando sobre el final de la crisis, sobre el crecimiento del empleo, sobre la recuperación en unos años del nivel de vida anterior, para poder mantener el mínimo del voto de sus holigans, porque el resto de los españoles, sencillamente, ha dejado de creer en que Mariano Rajoy y el PP sean esos gestores milagrosos preñados de eslóganes para llegar al poder; porque, en definitiva, Mariano es ese hombre que vive entre dos cuentos: aquel “que viene el lobo” y el del “traje del rey”. Pero los españoles están ya muy creciditos para creer en el cuento de la lechera.

Es evidente que en un momento, y es posible que tras sucesivas caídas ya hayamos llegado a él, la recesión-crisis tocará fondo. Es lo que los asesores económicos, tanto del gobierno Zapatero como del de Rajoy, han venido diciendo al oído del dueño de las posaderas que se asientan en el sillón de la Moncloa. Es posible repito, porque no tenemos nunca acceso a todos los datos y el político sólo suele dar aquellos que publicitariamente le conviene, que estemos en ese punto de inflexión. Aquel en el que si se cae más se produce el caos, la quiebra definitiva del sistema. Es lo que indican los augurios del ejecutivo. El problema es saber cuánto tiempo vamos a estar ahí. El gobierno estima que serán unos meses, camuflados por la temporada veraniega, por lo que el paro volverá a incrementarse cuando la temporada se cierre, pero ello le permitirá seguir sacando pecho hasta 2014 esperando que la subordinación a Europa del pedigüeño se transforme en maná salvador.

El gobierno continuará especulando con la desesperanza; vendiendo el humo del milagro económico que no llega. Continuaremos con las portadas delirantes de La Razón explicándonos que el “milagro del 96” –que no fue tal pero esto es otra historia- se realizó con una presión fiscal mayor así que mejor que no nos quejemos; pero desayunándonos con titulares económicos internacionales que ya hablan de la insolvencia de un Estado que ha pasado, merced a la política de Mariano Rajoy, a tener una deuda equivalente al 100% de su PIB. Pero lo que es peor es que seguimos sin un proyecto de crecimiento. Entre otras razones porque el gobierno sabe que para ello es necesario bajar los impuestos, embridar el insostenible e inviable Estado Autonómico, redirigir la inversión pública –poca o mucha- hacia los sectores de futuro. Medidas que por supuesto, por afectar al sistema que mantiene las “sociedades para la explotación del voto”, que diría Onésimo Redondo, que son PP y PSOE, el gobierno no está dispuesto a tomar. Así que los españoles están condenados, para sobrevivir, a ser más pobres y cuando lleguemos a ese estado por supuesto que tendremos los brotes verdes de la miseria para una mayoría de los españoles. Ese será el éxito de los especuladores con la desesperanza que les permitirá continuar formando parte de la casta del privilegio.

Mi nuevo libro "EL ÚLTIMO JOSÉ ANTONIO"

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¿Abdicar o no abdicar? He ahí la cuestión.

¿Abdicar o no abdicar? He ahí la cuestión.

No es ningún secreto revelar la existencia de una amplia malla de personalidades del mundo político-económico-mediático que desde hace unos años están planteando e impulsando la que cada vez parece menos inevitable abdicación de don Juan Carlos de Borbón y Borbón. Son los mismos que hace tiempo decidieron que había que poner fin a la censura que, desde hacía más de treinta años, se mantenía en torno a las actividades particulares del Jefe del Estado, blindando así su imagen y manteniendo las pretéritas altas cotas de popularidad de la institución.

En voz baja, con la boca pequeña, más de un gacetillero cortesano, cuando el tema era tabú, a finales de los ochenta y principios de los noventa, hablaba de las peligrosas amistades del rey. Peligrosas en todos los sentidos. Circulaban también mil y un rumores -como antaño se prodigaba el que se refería al escaso intelecto del entonces Príncipe- sobre la lista de “amigas entrañables” que se suponía rondaban a Su Majestad. Todo ello, afortunadamente para el rey, quedaba soterrado por el botafumeiro incansable y edulcorado de una prensa rosa encantada de trastocar lo que hoy se consideraría un despilfarro a costa de los españoles en la más sublime imagen del glamur. Hoy, una vez agrietado el muro de la autocensura, lo que asoma una peligrosa carrera por sacar a la luz la trastienda de Juan Carlos de Borbón erosionando su imagen hasta límites insospechados y dando alas a los añorantes de caducas repúblicas.

Cuentan que en su período de formación el entonces Príncipe Juan Carlos estaba obsesionado por entender las causas que llevaron a la caída de la Monarquía en 1931. Tanto las externas como las internas, pues si bien las primeras no tienen por qué reproducirse, la recuperación de los vicios bien pudieran hacer rebrotar las segundas. Se ha escrito que las razones por las que en tres ocasiones los Borbones tuvieron que salir del país estuvieron en relación directa con el hundimiento de la popularidad del monarca: Isabel II por su tendencia casquivana y sus líos de cama; Carlos IV y Fernando VII por aquel quítate tú que me pongo yo denigrante culminado con las abdicaciones ante Napoleón y Alfonso XIII, con un largo rosario de amantes e hijos a sus espaldas, por corrupto y diletante. Mézclese un poco de todo y el resultado lo puede poner usted mi estimado lector.

Desde hace unos años, para preservar la institución, la estabilidad y la continuidad del orden constitucional, se está planteando en los círculos del poder, como salida institucional que abra la necesaria reforma constitucional que reordene el sistema político español, como revulsivo, la abdicación del rey en su hijo Felipe: lo que pondría fin al pecado original de la Monarquía -no olvidemos que Juan Carlos es el rey de Franco- y a los vicios y servidumbres que el poder genera cuando se ostenta durante décadas. Si la maniobra se ha mantenido en un perfil bajo hasta hoy ha sido precisamente por la triple crisis que lo condiciona todo: la crisis económica, la crisis político-institucional y la crisis territorial. A ello se suma ahora la crisis de la Familia Real.

La sucesión de los escándalos, en ese hilo que arranca en Urdangarín, se continúa por Corina, pasa por los elefantes, remata en la nunca aclarada fortuna real y en la herencia de don Juan -Ansón debería hacerse reparar su fervor juanista porque flaco favor ha hecho al hijo al convertir en muchimillonario el legado del conde de Barcelona poniendo algún cero de más-, y no se cierra, por más que pudiera parecerlo, con la lógica imputación de Cristina de Borbón, está poniendo a la Monarquía contra las cuerdas; porque difícilmente la figura de Juan Carlos I puede salir indemne ante tamaña desafuero Y, tal como va la cosa, temiendo la noticia que cualquier día nos pudemos desayunar, alguien debería recordar al rey que una de las razones de la caída de Alfonso XIII fue la acusación de negocios turbios, tráfico de comisiones… que entonces se hacían a nombre del “señor Gutiérrez”.

No son pocos pues los que estiman que ha llegado el momento, aprovechando que tenemos un rey desaparecido por razones de salud, de asumir que la única salida para virtualizar la monarquía es la abdicación real. Cierto es que esta no pude hacerse de la noche a la mañana, que debe ser ordenada y natural para no provocar ningún seísmo político-económico, que Felipe y Letizia necesitan prodigarse por España para ganar simpatías emocionales -alguien ha procurado que esa campaña no se desarrolle convenientemente-, pero sí es posible ir dando los pasos adecuados en ese sentido.

La imputación de la Infanta y el debate sobre la fortuna del rey vía paterna no son hechos superficiales, tracas fallidas en noche de artificio, son avisos. En poco tiempo se va a producir un amplio relevo en las casas reales europeas y no son pocos los que exigen que este también se produzca en España, entre otras razones porque el rey ya no tiene el poder “supletorio” que antaño le acompañaba, porque la generación de políticos que podían “temer” la intervención real está desapareciendo y porque, en estos momentos, con el problema territorial que España tiene planteado lo que menos se necesita una imagen vetusta y cuestionada en la Jefatura del Estado. La historia reciente de los Borbones avala la salida, porque tanto don Juan como don Juan Carlos estuvieron dispuestos, por el bien de España eso sí, a no esperar.

 

Nota: concluido y enviado este artículo a varios medios anoto que un primo de Letizia saca viejos "trapos sucios" y acusa a la consorte del Príncipe de Asturias de haber abortado. Las puñaladas y las zancadillas a las que me refería en el artículo deben estar a la orden del día en los aledaños de la Zarzuela y el talón de Aquiles de Felipe se llama Letizia.

¡QUÉ COSAS TIENE EL PAPA FRANCISCO!

Tengo la ligera impresión de que el Papa Francisco, con sus gestos, que a veces me sorprende en exceso que sean considerados revolucionarios (¿cuántos sacerdotes en el mundo lavan los pies a marginados por Semana Santa sin tanto ruido?), va dando callada respuesta a todos aquellos que se pasan el día, entre otras cosas, negando la acción de la Gracia sobre un sacerdote, por muy cardenal que además sea, que ha sido señalado para ser Papa, simplemente porque no les gusta aunque en más de un caso se abstengan de mantenerlo con la frente alta.

Tengo la impresión de que el Papa Francisco molesta y mucho, por muy diversas razones, a gentes de las más diversas tendencias. Algunos le urgen y otros suponen que va a revolucionar las estructuras de la Iglesia en el sentido doctrinal, pero olvidan que es un jesuita y un pastor y que, independientemente de la formación intelectual que todo cardenal tiene, no va a ser un Papa-teólgo como lo ha sido Benedicto XVI. En sus primeras intervenciones no parece que ello vaya a formar parte de su “programa”, si es que es lícito hablar de la existencia de tal proyecto.

Tengo la impresión de que lo que molesta y mucho, por muy diversas razones, es esa insistencia en que ha llegado la hora de que la Iglesia salga de la Iglesia, de los muros en que está constreñida, de la mundanización que la oprime. Mundanización que es consustancial con la Iglesia europea. Esa que es crítica de muros para adentro con el mundo pero que no es capaz de enfrentarse al mundo. Esa que parece que ha asumido que la Fe es algo individual que se vive de puertas para adentro o en comunidades que tienden a aislarse del mundo, pero que fuera de esa muralla aceptan como válido el equilibrio con la mundanización. Frente a ello, el Papa Francisco, y ese es de momento el núcleo de su programa-mensaje, porque a un Papa como tal sólo se le puede juzgar por lo que hace o dice en el ejercicio de su Ministerio como Obispo de Roma, porque es cuando la Gracia actúa o cuando ésta le muestra el camino, está empeñado en acabar con esa aceptación tácita que en el fondo legitima las situaciones morales o económicas contrarias a lo que el Magisterio sostiene y que va, poco a poco, transformando lo que debiera ser un catolicismo vivo y militante, por tanto atrayente, en algo periclitado que acabará recluido en las reservas de las curiosidades antropológicas.

Tengo la impresión de que no son pocos los que tienen reservas ante el Papa Francisco porque temen que esa nueva evangelización, que tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI consideraban fundamental, tenga un acendrado componente social (¡ahí, aquello del rico y el ojo de la aguja!) porque se va a dirigir a los pobres: de espíritu y de condición; porque, además, va a llevar, sin duda, aparejada una fuerte crítica a lo que es el ultraliberalismo económico y la tiranía de los mercados que nos azota y porque va a denunciar todo el andamiaje de la neoesclavitud y la explotación. Y eso no gusta.

Y para dejar las cosas en su punto, uno de los primeros decretos que como Papa ha firmado ha sido el que declara mártires a un puñado de religiosos entre los que se encuentran: 58 españoles víctimas del odio a la Fe durante la Guerra Civil asesinados por los republicanos del Frente Popular (entre ellos al obispo de Jaén a quien además se le reconoce un milagro), otros dos religiosos asesinados por los comunistas en Rumanía y Hungría, y el jovencísimo seminarista Rolando Rivi víctima de los partisanos comunistas. Decretos que no revestían la más mínima urgencia y que Su Santidad podía haber dilatado en el tiempo. Pero este gesto a muchos se les ha escapado.

Lo dicho, ¡Qué cosas tiene el Papa Francisco!