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Nada quedó de él, salvo sus libros de poesía publicados. Su casa, sus libros, sus archivos, las cartas... fueron pasto de las llamas. No sólo querían asesinar, dejar sin vida el cuerpo, sino borrarlo de la existencia. Quienes le conocieron y compartieron filas en la generación del 27 le negaron. El "otro poeta malagueño" que decía Cernuda, el que Bergamín afirmaba no haber conocido, el que desapareció de los listados y antologías, el amigo desconocido en las fotos de grupo de poetas con García Lorca de no pocos libros, el poeta que los profesores de Literatura prefieren no nombrar... pero fue el primer y el mejor poeta surrealista de España, José María Hinojosa Lasarte. Asesinado por los republicanos en las tapias del cementerio de San Vicente de Málaga un 22 de agosto, hace 80 años. Aquel al que ahora, en el aniversario de su asesinato, a nadie se le ocurriría homenajear recordando el porqué de su muerte y quienes fueron sus asesinos.

"Herido siempre, desangrado a veces
y ocultando mi sangre sin riberas
llevo mis pasos presos entre tinieblas
y mis miradas van sobre cipreses".

José María Hinojosa, su vida, es uno de esos personajes perdidos en los pliegues de la Historia. Asesinado por los republicanos, pero su poesía estaba muy alejada de las tendencias de la posguerra, y aunque "Caído por Dios y por España" quedó fuera de la exaltación. Detenido por los republicanos por fascista. Había cometido un pecado imperdonable. Antes era de los suyos, de simpatías revolucionarias, pero tuvo el empeño de ir a Moscú a conocer la revolución y volvió desencantado. En Málaga se hace de "derechas". No es extraño verle interviniendo en actos de la Comunión Tradicionalista. Le detendrán en 1932 y en mayo de 1936 cuando es un destacado líder de los agrarios. Para sus compañeros de generación literaria ya es un señorito andaluz, un enemigo de clase.

Se cumplen 80 años desde su muerte y me temo que sería inútil buscar rastros de su vida en cualquier manual de Literatura de los que manejan los estudiantes; citarlo seguro que es un anatema para no pocos. Amigo de Dalí y de Lorca. Asesinado como el poeta granadino en agosto de 1936, pero por los republicanos. ¿Qué he dicho? ¿Es que olvido que es prácticamente doctrina sostener que los únicos intelectuales muertos, especialmente los poetas, fueron de izquierdas?.

Como siempre, para esa muerte hay excusas: los milicianos incontrolados que quieren vengarse por un bombardeo o por el primer miliciano local muerto en el frente. Incontrolados que siguen el mismo patrón en toda la España dominada por el Frente Popular, milicianos anarquistas, del PCE o del PSOE. Manifestación organizada ante la prisión pidiendo la ejecución; un listado para seleccionar; un paseo hasta el cementerio. Matar a Hinojosa era un objetivo. Y leyeron su nombre, el de su padre -culpable por ser terrateniente-, el de su hermano y hasta 50 más... hasta el cementerio, reiterémoslo, que los incontrolados se toman su tiempo para matar. Y a aquellos 50 siguieron otros hasta sumar más de un millar en la Málaga capital en la fosa común. Pero esta historia mejor que no se sepa, que desaparezca de la Historia.

"Poema del campo", "La rosa de los vientos", "Poesía de perfil", "La flor de California".... sus libros. Obras pérdidas en el fuego de los milicianos que arrimaron la tea a los libros y a los cuadros de Dalí que tenía; su "Venus y el marinero" que nunca se pudo leer.

80 años, pero Hinojosa no cuenta para la memoria histórica. No hay un Gibson preocupado por él ni homenajes, ni programas de televisión. En 1936 al contrario que a Lorca nadie intentó salvarle porque para ellos no era más que un fascista, un enemigo de la revolución.

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20160718095053-image.jpegDebo pedir perdón, tanto a los lectores como al director de esta publicación, tanto por un título tan largo pero explícito como por, quizás, no responder exactamente al encargo y las expectativas de un artículo sobre lo acontecido en el lejano 18 de julio de 1936 realizado por un historiador. También, naturalmente, por lo amplio del texto; pero es difícil resumir algo tan complejo en un artículo de treinta líneas, a no ser que se quiera incurrir en el calificativo/descalificativo, los lugares comunes o recrearse en simples parrafadas militantes para quedar bien con los propios o con el espejo.

Los hechos, que renuncio a relatar, son de sobra conocidos, aunque queden cada vez más desdibujados por la manipulación simplista de quienes exhiben, cuando hablan o escriben, una pasmosa ignorancia o, simplemente, son meras correas de transmisión de una deformación ideológica, que no es nueva en nuestra historia, aunque ahora se disfrace con trapos aparentemente metapolíticos de esos que se divulgan en algunas facultades de Ciencias Políticas, el guerracivilismo: la prédica del odio y la exclusión al/del contrario utilizada como elemento de cohesión y movilización cuando el argumentario ideológico es incapaz de insuflar vida a un cuerpo moribundo. Conviene reflexionar sobre ello, porque el 18 de julio de 1936 no fue el resultado de una conspiración orquestada por unos cuantos militares ambiciosos deseosos de alcanzar el poder en virtud de su pensamiento antidemocrático, sino de una profunda ruptura del tejido social español que fue impulsada y canalizada mediante el guerracivilismo.

Hoy, ochenta años después, se puede seguir acercándose al hecho como si no hubiera transcurrido el tiempo en un ejercicio absurdo de presentismo. Se puede volver o reescribir una historia de buenos y malos, resucitada con generosas subvenciones de la mano de uno de los elementos clave de la expansión de la ideología guerracivilista -esa que hace a algunos manifestantes gritar y definirse con aquello de "arderéis como en el 36"-, que ha pasado a formar parte esencial del discurso de la izquierda, y que asumen sin desdoro algunos sectores del centroderecha, la mal llamada "memoria histórica". Para ellos, recuperar la memoria pasa por recuperar la división excluyente -el contrario aunque grane unas elecciones no tiene derecho real a gobernar-, el clima de enfrentamiento y el sectarismo que condujo a la guerra civil; invirtiendo, curiosamente, el proceso de superación de aquella ruptura social realizado, con cuantos defectos se quiera, a lo largo del régimen de Franco.

A mediados de los años sesenta España estaba inmersa en un proceso de transmutación económica y social que convertía las imágenes de 1936, las de la España de los años treinta, en algo lejano y distante, propio de un tiempo pasado. No es que se perdiera la memoria, o que los vencedores renegaran de su victoria, sino que eran capaces de mirar lo sucedido de otro modo. Un ejemplo, anecdótico si se quiere pero altamente significativo. En esas fechas, en una película oficiosa, un documental sobre la vida de Franco, al llegar al 18 de julio de 1936, tras registrar la catástrofe que fue la II República, se sentenciaba: "por una España mejor, en una y otra orilla, murieron un millón de españoles". La cifra es, como todo el mundo sabe, exagerada, pero la definición/explicación de lo que fue la guerra, de por qué combatieron tantos y tantos miles de españoles, resultaba acertada; aunque hoy -mucho me temo- no se asuma ni a derecha ni a izquierda por razones distintas. Poco después, y este es otro de esos símbolos hoy ignorados, se debatía en las Cortes franquistas -¡en las Cortes franquistas se debatía y mucho!, sorpréndase mis estimados lectores- sobre la necesidad de resarcir a los excombatientes republicanos, y lo planteaban los excombatientes franquistas. Había razón, pero no había posibilidades económicas. Esa España de mediados de los sesenta, en pleno babyboom, era la de aquellos que olvidaban la guerra, mejor dicho, que exorcizaban la guerra. Era la España de la reconciliación social puesta de manifiesto, por vía matrimonial, en casi todas las familias de hoy; esas que tuvieron un abuelo luchando en un bando y otro en el contrario. Era la España que cerraba a marchas forzadas la ideología guerracivilista que ahora se vuelve a recuperar (hasta la nueva izquierda que estaba surgiendo en el interior del país asumía esa realidad, ese cambio, mientras que la oposición en el exterior seguía viviendo en 1939).

Cuando el que escribe estudiaba en el colegio la EGB, cuando los manuales ya no eran las viejas enciclopedias de los cincuenta, al llegar al estudio de la guerra civil, de las causas y el porqué del 18 de julio de 1936, allá por el 74, se sumaba a los hechos en sí la explicación estructural. En pocas palabras y a riesgo de sintetizar en exceso: los errores de la clase política, el sectarismo, la exclusión del otro y la injusticia social (el problema agrario y la miseria laboral) habían conducido a la guerra. No es, evidentemente, toda la verdad, pero sí se aproximaba bastante a la realidad; porque los responsables de un hecho no son solo los que lo protagonizan, sino que también hay que tener en cuenta la realidad que los obligó a tomar esa decisión.

Curiosamente, con magisterio y guía allende de nuestras fronteras, era la historiografía de izquierdas, bajo el influjo directo de alguno de los exiliados derrotados que seguían viendo España como si aún se estuviera en los años treinta, inmunes ante unos cambios que no querían reconocer, fieles a las visiones maniqueas, optando por argumentaciones de índole marcadamente positivistas -¡quién lo diría!-, trataban de edificar una historia falsa que hoy es casi un dogma: la II República fue un régimen impolutamente democrático que pereció por la conjunción de la ambición militarista de un puñado de generales embadurnados de fascismo, que para imponerse tendían que aniquilar al pueblo, con la oligarquía financiera y terrateniente. Y así comenzó a difundirse de forma masiva, en los años de la Transición, desde las cátedras y los medios, silenciando o intentando silenciar cualquier opinión contraria, avalada por el deseo fehaciente del nuevo régimen de alejarse lo más posible del régimen de Franco, del cual era hija gran parte de su clase política empezando por el propio Jefe del Estado. En esa teoría se han formado no pocos profesores, periodistas, políticos, comentaristas, tertulianos, políticos y blogueros de hoy.

Mantener a fecha de hoy que la II República era un régimen democrático es algo difícilmente sostenible, pero el papel lo soporta todo y quien así se manifiesta no necesita demostrarlo. Lo pudo ser en sus inicios, pero dejó de serlo en 1934 y, fundamentalmente, a partir de febrero de 1936. Difícilmente se puede afirmar ello cuando, por referir algo, desde sus inicios los republicanos y la izquierda socialista o anarquista consideraban que aunque la derecha ganara las elecciones no tenía derecho a gobernar. La coalición republicano-socialista, que gobernó, de un modo u otro, en dos ocasiones, fue siempre sectaria y excluyente. El PSOE -no digamos el PCE o el anarquismo en su varias tendencias- era fundamentalmente antidemocrático -en realidad entendían la democracia al modo popular, como las posteriores democracias comunistas del Este de Europa tras el telón de acero-. Su objetivo, y ahí están los discursos y las publicaciones que no se quieren leer, no era la democracia liberal, la democracia que llamaban despreciativamente burguesa -el modelo de democracia actual, para que el lector se sitúe-, sino la revolución que abriría el camino a la dictadura del proletariado o a la sociedad comunal anarquista. Y en ese camino, para alentar ese camino, la izquierda fomentó el guerracivilismo: ¿Qué fue si no la quema de iglesias? ¿Qué fue si no la persecución de lo católico? ¿Qué fue si no la decisión de combatir al "enemigo de clase" o la decisión de acabar a tiros con los movimientos juveniles de la derecha mucho antes de que estos se defendieran?... El guerracivilismo que hacía a los gobiernos de la izquierda mirar para otro lado cuando la violencia y la vulneración de la ley era cometida por la izquierda... ¿Qué quedó entonces a los demás? ¿Tenían derecho a defender, cuando el sistema político les excluía y perseguía, su modo de ser y de pensar, sus creencias y hasta sus bienes?

El 18 de julio de 1936 hubo, es cierto, un chusco golpe de estado. Inviable, mal planificado, con el apoyo real solo de una parte de un ejército tan fracturado y dividido como el resto de la sociedad. Una acción que hubiera fracasado de no haber existido ese ambiente guerracivilista alentado desde la izquierda de a pie y desde la clase política republicana (ese PSOE con su escolta armada motorizada, con sus juventudes uniformadas, con sus alijos de armas...); guerracivilismo que asesinaba e intentaba asesinar a los dirigentes de la derecha, censuraba o permitía el asalto y el incendio de sus medios de comunicación. No fue la sublevación del ejército contra un pueblo que se alzó para defender la democracia -las milicias no luchaban por la democracia burguesa, es más lo primero que hicieron fue exterminar lo burgués y lo democrático-; esa es la imagen que sigue alimentándose de espaldas a la historia. Lo que se produjo el 18 de julio de 1936 fue la rebelión civil de aquellos que querían defenderse de la amenaza revolucionaria y del sectarismo que los convertía en ciudadanos de segunda. En España, en julio de 1936, la democracia era inexistente. El enfrentamiento era la expresión última de un tejido social roto y enfrentado que la República no sólo no quiso o no supo suturar, sino que contribuyó a desgarrar con mayor intensidad.

Quienes se refugian en reducir lo acontecido a un mero golpe de estado protagonizado por el general Francisco Franco, para, a renglón seguido, enlazar con el argumentario de la sangre -olvidando, eso sí, la otra sangre- no hacen más que manipular u ocultar la realidad. Para media España estaba en juego su supervivencia, pues la otra media le había declarado la guerra. Mejor dicho, solo una parte de esa media, a la que se había embaucado señalando como enemigos, como responsables físicos de su miseria, a quienes no lo eran. Así de complejo y así de sencillo a la vez. Quien piense lo contrario me gustaría que me explicara cómo, si no hubiese sido así, los rebeldes contaron con más voluntarios, tanto en números absolutos como relativos, que los republicanos. Negar que los nacionales eran un pueblo tan amplio y extenso como podrían serlo los republicanos es tergiversar la realidad.

Se pueden acumular, llegados a este punto, todos los elementos negativos, lacrimógenos -esa tontería de la guerra incivil con la que se llenan algunos párrafos carentes de imaginación y vocabulario- que se quiera; abundar en el "salvajismo" de la guerra expandido por la legión de hispanistas angloamericanos que mientras han pontificado sobre ello obviaron el modo de proceder de sus tropas en Vietnam -por citar un ejemplo- u olvidaron y ocultaron a los varios millones, millones subrayó, de muertos que causaron a la población alemana tras la caída de Berlín; abordar los errores de Franco con respecto a los vencidos, sin olvidar, eso sí, que mayoritariamente fueron consecuencia directa del clima de guerra y de las decenas de miles de asesinatos, junto con robos, saqueos, incendios y pillaje, cometidos por los republicanos en su zona... Ahora bien, recordando que demócratas había pocos en 1936 y en 1939, que la democracia no era ni mucho menos el régimen político más popular en 1939, no es menos cierto que en el discurso político de los vencedores, elaborado durante la guerra, es fácil encontrar las huellas y la raíz de esa política de transformación social y económica que consiguió acabar con las causas estructurales de aquella guerra.

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20160717164227-image.jpegLo malo que tienen los aniversarios es que al final toca escribir sobre la fecha para más de un medio. Debo haber escrito algunas decenas de artículos sobre una de esas fechas claves de la Historia de España -permítame la Real Academia de la Lengua utilizar las mayúsculas ahora que está proscrito utilizar las mayúsculas iniciales para subrayar las cosas importantes-, me refiero a la del 18 de Julio. Al hacerlo en las páginas de La Nación no se necesitan grandes explicaciones, porque el lector ya conoce el significado de aquel lejano día de 1936 -ochenta años hace-. Sin embargo, más allá, tengo la impresión de que un porcentaje muy alto de los españoles no sería capaz de identificar correctamente la fecha del otrora festejado Alzamiento Nacional.

Recordemos que, aún antes de la promulgación de la mal llamada Ley de la Memoria Histórica, convertida, ya por aceptación del PP de la legislación sectaria del PSOE, en ley de consenso -no pocos alcaldes del PP compiten con los de la izquierda en retirada de nombres de calles y plazas-, el 18 de Julio quedó reducido a un simple golpe de estado protagonizado por ambiciosos generales contra ese ejemplo de la democracia que fue la II República; manipulando la realidad, fue condenado en el Parlamento por todo el arco parlamentario. Hecho sin parangón político posible, porque el entonces rey, Juan Carlos I, lo fue en virtud de la legitimidad del 18 de julio -véase su discurso de aceptación ante Franco-, y porque el actual sistema político nace a partir de las propias leyes franquistas que basan su legitimidad en el significado y la razón del 18 de julio. Dejemos a un lado la entusiasta participación en la sublevación del 18 de julio y en la guerra en el bando nacional de la familia Borbón, encabezada por Alfonso XIII y secundada por don Juan de Borbón mientras vivían felices y contentos en la Italia fascista (cosas que los monárquicos y Ansón prefieren olvidar).

Afortunadamente aún no es delito contradecir la versión oficial -ya veremos lo que dura- y podemos detenernos en la fecha. No lo digo yo, lo decía José María Gil Robles, líder de la democracia cristiana de los años treinta: simplemente media España no se resignaba a morir. Media España se sumó fervorosa, de forma activa y no pasiva, a un mal planificado golpe militar en el que casi nada salió bien y que, probablemente, de no contar con la participación de Franco hubiera sido aplastado por el gobierno aunque hubiera engendrado, eso sí, con toda probabilidad, una cuarta guerra carlista.

A pocos interesa hoy recordar -es lo malo que tienen los cuentos, que chocan con la realidad- que el proclamado pero no real "golpe de estado" de julio de 1936 contó con el apoyo de todas las fuerzas políticas que no eran de izquierda. Y a los primeros que no les interesa recordarlo es a los dirigentes de los herederos sociológicos de esas fuerzas políticas. Para que el lector pueda trazar un paralelismo, es como si hoy el teórico "golpe de estado" hubiera sido apoyado por el PP, Ciudadanos y el nacionalismo burgués catalán de CDC, junto con otros minoritarios, lo que suma más del 50% de los votantes de las últimas elecciones. Falangistas, monárquicos, carlistas, derechas autoritarias, democristianos, republicanos conservadores, católicos sin partido, republicanos de centro... todos dieron su apoyo a la sublevación militar y se sumaron militántemente a ella. No era pues cosa de unos cuantos ultras golpistas. Y no fue solo un pronunciamiento de sus dirigentes sino la participación activa de decenas de miles de sus militantes y el apoyo sociológico que representaban. ¿Había tantos golpistas?, o mejor dicho: ¿por qué se pretende borrar de la memoria la realidad reseteando las mentes? La respuesta es simple, porque quienes apoyaron y/o se sumaron a la sublevación, a la rebelión, lo hicieron porque asumían que la II República, en manos de los partidos del Frente Popular, lo que hoy serían PSOE, IU, PODEMOS, Esquerra..., había dejado de ser una democracia, vulneraba y pisoteaba sus derechos, conculcaba la libertad, había dejado de ser un régimen constitucional en el que la izquierda aprovechaba los huecos de la ley para promover un auténtico golpe institucional, proscribía a la oposición el derecho a gobernar aún cuando fuera el partido mayoritario... había perdido toda legitimidad.

A menudo se olvida -ingenuo soy, se debe leer se oculta- que Franco, con una zona menos poblada tuvo que movilizar menos reemplazos que la república frentepopulista para sostener la guerra, que las milicias nacionales encuadraron para el combate a unos 250.000 voluntarios y que muchas unidades regulares fueron completadas o creadas con voluntarios (véase el incremento de banderas de la Legión). Aquellos hombres y el entusiasmo que la causa despertaba eran lo que Gil Robles llamó "el pueblo del movimiento". Así pues, se pongan como se pongan, la realidad es la que es: puede que en su planteamiento Mola y los generales sumados asumieran un "golpe de estado", pero su fracaso engendró el Alzamiento Nacional o como apuntaba Ricardo de la Cierva un auténtico levantamiento civil y popular. Evidentemente, reconocer esto provoca un cortocircuito en la nueva historia oficial, porque abre las dudas con respecto a la legalidad y la legitimidad de la república frentepopulista de 1936. El concepto no es el mismo: no es igual hablar de "golpe de estado" o "golpe militar" que de sublevación civil, alzamiento o movimiento nacional -así se consideraba en el XIX por ejemplo la sublevación de mayo de 1808 contra los franceses-. No es lo mismo, porque el primer concepto es el que permite sostener el mito de la izquierda del ejército contra el pueblo -básico en la nueva ideología guerracivilista impulsada por Rodríguez Zapatero y que hoy está en el discurso socialista, comunista o podemita- y el segundo lo destruye. El primer concepto ofrece una interpretación simple para los manuales de historia aderezada con su igualación al fascismo; el segundo, provoca preguntas en las mentes críticas: ¿cómo es posible que en una democracia como la actual -según se dice-, incluso más perfecta, media población no sólo apoye un "golpe de estado" sino que se sume voluntaria y masivamente al combate? ¿Alguna razón les impulsaría a ello?

Ahora bien, conviene no obviar que el 18 de julio, contemplado en su globalidad, es un hecho revolucionario. Tan revolucionario como lo fue la proclamación de la República de 1931. Una vez rotos los diques son precisamente los rebeldes, los sublevados políticos y civiles, los que impulsan la creación de un nuevo orden distinto al de la república de 1931. La primera pretensión de restaurar el orden, básica en todo "golpe militar", es pronto superada. Aparece entonces, aunque subyace en algunos de los discursos del 17-19 de julio, la idea del para qué al mismo nivel que la de por qué.

Lo que podríamos denominar como la ideología o el programa del 18 de julio, que naturalmente se va conformando entre 1936 y 1937, que es fácil de identificar en su evolución analizando los discursos de Franco, que a la vez son resumen, síntesis y expresión de las propuestas ideológicas de los grupos políticos, primero partidos y luego corrientes, de la España nacional, engendra el discurso del Nuevo Estado en un tiempo en el que la democracia liberal estaba muy lejos de contar con la aquiescencia popular. Lo interesante es subrayar que en ese discurso subyace una interpretación estructural de las causas profundas del conflicto, del porqué se ha llegado a la guerra, que yo cifraría en dos: primera, el fracaso de la clase política -algo que hoy asumen no pocos historiadores a la hora de explicar el porqué de la quiebra de 1936-; segunda, la ausencia de justicia social, la miseria y la podredumbre, los salarios injustos y la explotación, las enormes desigualdades sociales... todo aquello que impulsó a buena parte de la otra media España a apostar por la revolución marxista que preconizaban el PSOE, el PCE y el POUM o la anarquista que, naturalmente, tampoco eran compatibles con la democracia liberal. De ahí que desde las primeras semanas el discurso del 18 de julio asuma que es necesaria una profunda transformación social, porque esta, conforme se vaya haciendo realidad, permitirá superar las diferencias y recomponer el tejido social de España que es lo que, en definitiva, acabó haciendo y consiguiendo el régimen de Francisco Franco.


Nota: Artículo realizado para La Nación de julio 2016

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20160405112859-image.jpegDe vez en cuando, aunque con plomiza insistencia, Luis María Anson, ese alabado periodista egregio, se acuerda de que le toca exaltar a su añorado Juan III, que ni fue rey -por más que se empeñe en presentarlo casi como rey en el exilio- ni por tanto fue III. Suele hacerlo preñando la historia de olvidos y verdades a medias, que son, en las más de las ocasiones, las mayores falsedades; olvidos que conducen a mitologías y falsificaciones. Y Anson es el último mitólogo de la Monarquía actual y el único que cree en el mito de don Juan.

Leo con retraso de un par de días una de sus "canela fina" cuyo augusto título es "Juan III, Juan Carlos I, Felipe VI", publicado en las vísperas del aniversario de la Victoria nacional -como el corrector automático me corrige para utilizar la mayúscula inicial así lo dejo- en la guerra civil. Vuelve Anson a lo de siempre, meterse con su odiado Franco, "EL DICTADOR", así, escrito con mayúscula superlativa no se nos vaya a olvidar, para ensalzar a un don Juan que defendía una "monarquía de todos". Entiendo que democrática, aunque él utilice la más ajustada definición de "parlamentaria" -la monarquía no es una institución en sí misma democrática, no es electiva sino hereditaria y eso es para la mayoría, menos para los monárquicos, poco democrático-. ¡Claro que eso de que don Juan defendía una monarquía como la danesa o la sueca desde siempre es mucho decir! Digamos que durante mucho tiempo solo fue demócrata liberal a ratos y que durante no pocos años fue más antiliberal que otra cosa, pero ese vicio, el de ser antiliberal, también lo tenía el joven Anson partidario de don Juan, aunque se le haya olvidado o lo considere un pecado de juventud (¡Entonces eran tantos los monárquicos aquejados del mismo pecado!).

Nos dice Anson -dejo a un lado las tonterías sobre la "envidia" que le tenía Franco, a don Juan no a él, por sus viajes a lo largo y ancho de este mundo (viajes particulares en barco) y por sus relaciones con los dirigentes de la época (aquí debería explicar cuáles y de qué tipo, más allá de las reuniones de las testas con corona donde, por cierto, eran simplemente los Barcelona), como si Francisco Franco no las tuviera o no le hubieran venido a ver a su palacio personalidades de su tiempo (¡Haga memoria don Luis María!)- que el objetivo de la Monarquía de don Juan era "devolver al pueblo español la soberanía nacional secuestrada en 1939 por el Ejército vencedor de la guerra incivil". Y por la coda final del artículo me parece que anda entusiasmado por la aplicación antifranquista de la Ley de la Manipulación Histórica, siempre, eso sí, que solo se meta con Franco. No quisiera tenerle que recordar a Anson que ya puestos la Monarquía podía haber incluido, en su heroica lucha contra Franco -modo irónico claro-, el devolverle al pueblo español toda su soberanía, incluyendo votar si quería o no monarquía, porque si los secuestradores fueron el Ejército triunfante en la "guerra incivil" tendríamos que admitir que la expresión de esa soberanía era la II República y por tanto la actual monarquía tendría otra muesca más de ilegitimidad. También Anson, que se lamenta de la "guerra incivil", tendría que explicar cómo esa Monarquía, encabezada por Alfonso XIII y don Juan, con el concurso de la inmensa mayoría de los monárquicos, conspiraron desde el primer minuto para derribar la II República con el recurso al golpe militar que llevaría a una "guerra incivil", o Anson cree que los republicanos y socialistas de entonces se hubieran conformado. ¡Ah, ese don Juan¡, príncipe de los monárquicos antiliberales que le saludaban brazo en alto en Roma el día de su boda (¿fotos pérdidas don Luis María?); príncipe dispuesto a apartar a su padre por el bien de la Corona y al que el padre mandó de viaje de bodas un año para que no cayera en la tentación.

¡Ay, don Luis María!, que sin la "guerra incivil" y sin Franco la monarquía no existiría en España, tendríamos una república y Juan III, Juan Carlos I y Felipe VI hubieran andado o andarían como los Saboya o los Grecia, o tantos otros, dando lustre de título a algún Consejo o emparentados con alguna gran fortuna internacional. Y no se meta con las "monarquías árabes" diciendo que ese era el modelo de Franco -no el de Franco era el mismo que el de los monárquicos antiliberales como lo fueron don Juan y usted mismo-, entre otras razones porque algunas de ellas (Marruecos, Jordania , Arabia Saudí...) han sido y son muy amigas de Juan Carlos I y Felipe VI.

No voy a trazar aquí un memorándum de las declaraciones públicas de don Juan, o mejor dicho de las declaraciones que le escribían a don Juan. Sería una antología del cambio de opinión según el signo de los tiempos y la capacidad de predicción, nula por otra parte, de sus consejeros. Lo declararon casi falangista, y con reiteración tradicionalista y antiliberal, asegurando que de demócrata liberal ni un pelo. Se puso morado a felicitar por los avances y las victorias del Ejército de Franco en la "guerra incivil"; estuvo dispuesto a venir a combatir con los nacionales -media familia Borbón lo hizo- y se libró de morir a bordo del Baleares porque Franco era monárquico y no aceptó su ofrecimiento -Franco lo era, por más que Anson se empeñe a la hora de fabular a la contra-; sus conspiradores, los amanuenses de sus cartas y declaraciones, quisieron que fuera rey con los nazis para sustituir a Franco, rey con los rojos al finalizar la IIGM y creer que echarían a Franco, estuvieron dispuestos a aplaudir una invasión aliada y se callaron cuando con el cerco internacional se sometía al hambre a los españoles -eso es lo que Franco nunca le perdonó a don Juan-; le quisieron hacer rey del Movimiento, verdadero representante de los ideales del 18 de julio... que Franco le hiciera rey y Franco siguiera con todos los honores y, también, que fuera rey democrático, pero ya entrados los sesenta y especialmente cuando su hijo aceptó ser el rey de Franco. Y mientras don Juan andaba con esas cuitas fue Franco quien realizó una maniobra política única cuando las monarquías desaparecían del mapa: volver a poner un rey en la Jefatura del Estado. Y lo hizo en contra de la opinión de no pocos de los suyos y de la propia opinión pública, consiguiendo hacer de Juan Carlos y Sofía los Príncipes de una generación.

La obsesión de Anson con sus hábiles e inexactos escritos es blindar históricamente la Monarquía. Entre otras razones porque sabe leer lo que está sucediendo, porque sabe que la Ley de la Memoria Histórica no tiene solo como objetivo quitar las estatuas de Franco -quedarán cuatro o cinco en toda España-, ni las placas de las calles que llevan retirándose treinta años, sino que va a tirar por elevación y que su objetivo final será el último vestigio del franquismo: la monarquía volando la historia mítica de la Transición. Por eso Anson quiere borrar huellas; por eso cifra la legitimidad de la actual Monarquía en la transmisión de un derecho inexistente, porque don Juan nunca fue rey en exilio, ni fue nunca reconocido internacionalmente como tal, el único reconocimiento lo tenía el régimen de Franco; y la cifra también en la Transición realizada por Juan Carlos I (es de sonrisa eso de que don Juan se atrajo a toda la oposición, porque esa oposición apostaba por una República y lo único que veía en don Juan era un instrumento, un compañero de viaje o un tonto útil según se prefiera). Por eso también tiene que cambiar la historia de la Transición, readecuarla al signo de los tiempos. Por eso, sin solución de continuidad, habla de "pasar de una dictadura de 40 años personificada en el caudillo amigo de Hitler y Mussolini a una democracia pluralista plena"., como si en medio nada hubiera pasado. Un momento: ¿Pluralismo pleno? Pero si hemos leído al mismo Anson defender el modelo bipartidista recomendando utilizar la ley electoral para evitar el molesto pluralismo resultante de las últimas elecciones.

Pero volvamos a la argumentación. ¡Cambiar la Transición¡ Don Luis María vuelve a las trampas: Franco el amigo de Hitler y Mussolini, y en el mismo grado lo sería de Eisenhower, Nixon, De Gaulle, Faisal, Hussein... pero esto se le olvida. No, la Transición no fue solo obra de don Juan Carlos "que tenía la fuerza del Ejército" -Anson se olvida que esa fuerza no era por mérito propio sino porque era el heredero de Franco (a don Juan lo hubieran mandado otra vez a Estoril en el primer tren)- o de Tarancón, o de Marcelino Camacho o de "Felipe González que tenía la fuerza de los votos".... (?) O quizás sea que quiere recordar a Felipe VI la necesidad de vincular la Monarquía, para su pervivencia momentánea, al socialismo como hiciera su padre.

Se le olvida a Anson -en realidad lo oculta- que la Transición fue posible realmente por la colaboración de los franquistas que consideraron que el régimen desaparecía con Franco y procedía su cambio; por el voto sí, pero de los franquistas; por los votos del franquismo sociológico que eran los que nutrían AP -el origen del PP fundada por la tira de ministros de Franco- y la UCD -que contó con el aparato mediático del franquismo, con los hombres del Movimiento en pueblos y provincias-, que sumados eran mayoría, una mayoría que la nefasta acción de gobierno de Suárez hundió. A ese proceso/proyecto abierto por el rey y los franquistas -la inmensa mayoría de ellos-, apoyado por la opinión pública que constituía el franquismo sociológico porque lo realizaba el heredero de Franco y los hombres y estructuras del Movimiento, se sumó primero el PSOE de Felipe González y después el PCE de Santiago Carrillo. Pero este nombre y el de Adolfo Suárez es borrado de la historia por Anson, porque el ilustre periodista necesita borrar a los franquistas de esa Transición y concederle el protagonismo absoluto a su rey y a los socialistas para que la Memoria Histórica no siga tirando del hilo.

Queda la coda final. Esa comparación que hace Anson entre el monumento por suscripción popular a don Juan que perdura mientras se quitan los erigidos a Franco como imagen de una justicia histórica. ¡Qué metáfora tan brillante para un maestro de la pluma! Bueno, recordemos que no pocos de ellos, los de Franco, también lo fueron por suscripción popular, alguno inaugurado después de la muerte de Franco; que cuando Franco murió se abrieron numerosas suscripciones populares para poner monumentos (el gobierno decidió que no era conveniente y el dinero ni se sabe a dónde fue a parar) y que ha hecho falta una ley totalitaria para retirarlos (en más de una ocasión con oposición popular y con intervención policial represora). Pero que no se apure don Luis María, probablemente es solo cuestión de tiempo que le llegue también el turno de la demolición a su monumento histórico favorito, porque de momento ya hemos visto cómo se retiran los retratos de Felipe VI de centros oficiales y se empiezan a quitar los nombres regios otorgados a construcciones y calles y yo no he visto aún a los fervorosos monárquicos salir a la calle en su defensiva.

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20151124185813-image.jpegNo pocos escritores, historiadores y periodistas andan empeñados en hacer de este otoño su particular agosto a costa de Francisco Franco. Los aniversarios terminados en cero es lo que tienen. El último en llegar -probablemente ya sea el penúltimo- es José María Zavala. Lo ha hecho con una obra liviana, fruto de volver a grapar capítulos de sus libros anteriores, más próxima al chisme que a la historia, en la línea de lo escrito hace unos meses por la periodista Pilar Eyre a la que este autor acusa de ningunear sus investigaciones.

El título del invento es "Franco con franqueza. Anecdotario privado del personaje más público", mucho título para tan escaso contenido real, en el que José María Zavala, fiel a su costumbre, al menos en algunas de sus últimas obras, se empeña en descubrir la rueda sobre aspectos supuestamente desconocidos que, en casi todos los casos, son de sobra conocidos. La mitad del libro es repetida, salde de sus dos libros sobre José Antonio, del escrito sobre Pilar Primo de Rivera y de uno bastante anterior sobre Ramón Franco. Como de costumbre sin notas ni aparato crítico. Fiel a su estilo, que resulta ameno y entretenido, todo hay que decirlo, plantea la historia como una investigación cuasi policial para resolver misterios.

No nos equivoquemos, a José María Zavala dista de caerle bien Franco. Es más, el palo a Franco que ha empleado en sus otras obras es casi el salvavidas al que se agarra para no acabar marginado con la vitola de la extremaderecha o similar. Es lo que le garantiza que se hagan eco de sus libros los medios de comunicación del centro y la derecha tipo ABC, La Razón, La Vanguardia o 13TV.

A Zavala lo que le interesaba, dejando a un lado las páginas repetidas, es introducirse de forma por cierto harto superficial, con referencias a unos pocos testimonios, en la vida íntima de Francisco Franco. Todos los tópicos antifranquistas de psiquiatra barato/aficionado afloran en esta obra que, en este sentido, no se aleja de lo habitual en los ladrillos antifranquistas de los sesenta de Ruedo Ibérico y similares (cerillita, complejos, problemas con el padre, voz atiplada, reprimido sexual...). Y, naturalmente, tal y como explica el autor en sus resúmenes y entrevistas, el Franco resultante es "cruel e inmisericorde" (¡Qué malo que era Franco! ¡Qué cruel! Resulta que no indultó al auditor del ministerio de Guerra, asesor de Largo Caballero para la aplicación de las sentencias de muerte -no solo la de José Antonio debemos suponer dado su cargo-, presidente del Tribunal de Guerra y de otros órganos represores republicanos, pese a que tenía una niña a su cargo. ¡Qué ejemplos nos presenta Zavala!). Un hombre que "no tenía piedad", aunque eso sí, "no llega a lo de Hitler". Siempre es un consuelo.

Fiel a su estilo José María Zavala evita poner, en estos temas complejos, la última palabra. Deja a otros que digan lo que parece que él quiere decir pero no se atreve o prefiere mantenerse en la nebulosa de la duda sobre lo que piensa. Ya lo hizo en su libro "La Pasión de José Antonio" y lo reitera en este para presentar a José Antonio, otra vez, como "el incómodo rival de Franco", y, pese a las evidencias, mantener de forma indirecta que Franco no hizo todo lo posible por salvarlo, recogiendo todos los testimonios -sin revisión crítica alguna- que tal opinión tienen y silenciando tanto los hechos como a todos aquellos que opinan lo contrario de forma documental. Dar autoridad, como hace en el libro, en cualquier tema, a las inventivas de Ramón Garriga, que escribía desde su antifranquismo anímico sin más soporte que su opinión, o a las elucubraciones de Alcázar de Velasco, es de nota.

Poco o nada, más bien más nada que poco, aporta este prescindible libro a la hora de conocer la personalidad real de Franco, su mundo interior que hasta ahora es un terreno poco estudiado dada la falta de documentación personal accesible. Auparse para una investigación sobre la larga lista de libros de memorias de familiares de Franco o próximos a él, desde Franco-Salgado a Pilar Franco, editados en su tiempo por Planeta, cuando todos sabemos que son obras convenientemente cocinadas cuando no rehechas, sin pararse a pensar que un testimonio dista de ser una verdad objetiva en las más de las ocasiones, es preocupante.

Hace ya años que Zavala, en su libro sobre Ramón Franco, hizo el "gran descubrimiento" sobre los problemas sexuales de Francisco Franco y la deriva que ello pudiera tener sobre la paternidad de su hija. Vaya por delante, a Zavala se le pasa o lo ignora, ¿o quizás no y eso explica el modo de escribir?, que José Luis de Vilallonga, en un libro infame, sostuvo que Carmen era hija de Ramón Franco, y acabó en los tribunales con condena incluida. Ambos, curiosamente, han recurrido a las mismas fuentes, a los mismos chismes, a las mismas maledicencias y a escritores como Ramón Garriga y similares. Quizás por conocer el caso, José María Zavala se cuide mucho a la hora de pronunciarse, aunque busque llevar al lector a conclusiones similares o, cuanto menos, a sembrar la duda; porque de lo contrario ¿por qué no decir que Carmen es hija de Franco sin duda alguna, sin circunloquios?

Pero vayamos por partes. Hace años -aunque no pocos lo hayan leído en el libro de chismes de Pilar Eyre- Zavala nos obsequió con la gran primicia -sin que nadie medianamente serio le prestara mucha atención- de que Franco había perdido un testículo en África, lo que explicaba "muchas cosas" y le llevó a investigar sobre la paternidad de Carmen Franco. Y ahí comienza el gran misterio que con este libro por fin ha conseguido desentrañar.

La fuente de autoridad, la gran referencia, es la hija del doctor Antonio Puigvert, quien nunca atendió a Franco profesionalmente, aunque mantuvo en sus encuentros conversaciones sobre "temas que nadie podía sospechar". Y entre esos temas, deduce Zavala, estaría el testículo perdido en la guerra. Ello lo transmitió el doctor a su hija -como no le atendió profesionalmente no hay secreto sobre el paciente ¡Todo solucionado!-, la también eminente doctora Ana Puigvert. Esta le dijo a Zavala que Franco era "monórquido". El autor sumó dos y dos y le dio una palabra: el Biutz. El lugar donde Franco fue herido de muerte y en el que perdió según él el testículo, lo que le pudo provocar una "esterilidad parcial", de ahí que solo tuviera una hija y tardara tanto tiempo en tenerla; o, en caso extremo, una impotencia total y...

Tras el libro de Pilar Eyre y su revelación sobre la "fimosis acentuada" de Franco que hizo que, según esta relevante investigadora, una vez tuviera su hija no volviera a tener más relaciones con su mujer -¡Cuánta tontería se tiene que leer!-, Zavala pidió un dictamen a la doctora Puigvert quien, partiendo de la herida del Biutz como causa de la perdida de un testículo, determina que Franco "quedaba imposibilitado para fertilizar por la afectación de la gónada restante y de savia seminal, provocándole, como digo, una infertilidad secretora y una disfunción eréctil". Página antes -para animar la cosa- Zavala se ha acordado de que Sofía Subirán, a la que Franco pretendía y cuyas cartas y testimonios fueron publicadas hace años con errores a granel y de Ángeles Barcón quien decía que tenía las manos frías. Inmediatamente recordó a Marañón, quien en su estudio sobre Enrique IV (se le olvida el apelativo de "El Impotente") anotaba este rasgo identificador de la "morfología de estos eunocoides y deficientes sexuales". ¡Cómo le gusta a Zavala tirar la piedra y esconder la mano!

Claro que nos dice, no sea que acabe ante un tribunal, que pudo ser una "esterilidad temporal" y en una de las veces pudo engendrar a Carmen. Pero no contento cierra el capítulo correspondiente de este modo: primero, reproduce parte del texto que le ha mandado la doctora, "Finalmente, como informa Pilar Eyre, la . Estoy de acuerdo con esta afirmación. Por lo tanto, sin capacidad de engendrar, aunque no fuera en su caso la fimosis el motivo de dicha inactividad sexual, difícilmente hubiera podido tener una hija"; y añada Zavala: "Más claro agua". ¿Pero qué está claro?

Y ello nos lleva a un nuevo capitulo: "la paternidad". Y otra vez el mismo juego para concluir, tras hablar de los misterios en torno a las partidas de nacimiento de Carmen que no son de la época, tras recorrer todas las maledicencias de los que ponían en duda la paternidad de Franco (Garriga, Alcázar de Velasco, Vilallonga...) o no les extrañaba que no fuera el padre (insuperable el recurso a Max Borrell para sembrar la duda), para concluir recordando que para saber la verdad sin la sombra de duda que algunos proyectan se necesitaría una prueba de ADN.

¡Ah, la Historia! Si Zavala conociera medianamente la biografía de Franco de verdad, más allá de los lugares comunes (medio libro poco tiene que ver con Franco directamente) sabría que Carmen Polo tuvo un aborto. Se habría dado cuenta de que Carmencita nació en 1926, algo menos de tres años después de la boda, no porque Franco tuviera "esterilidad temporal", consecuencia de la pérdida de un testículo según Zavala, o porque sufriera una "fimosis acentuada" según Pilar Eyre, sino porque Franco estuvo en campaña casi con continuidad entre 1923 y 1925. Pero claro, para darse cuenta de eso era necesario investigar. Franco y Carmen se casaron en octubre de 1923 y el jefe de la Legión estuvo de permiso hasta finales de noviembre. Volvió a África para dirigir las operaciones de 1924 (Xauen) y Carmen se quedó en Ceuta; regresó a casa para estar poco más de una semana en diciembre de aquel año y tuvo que volver a salir para avanzar sobre Alcazarsaguer (desembarco de Anyera) y así hasta el desembarco de Alhucemas (septiembre de 1925). Si Zavala o la señora Eyre hicieran las cuentas encontrarían la razón de por qué tardaron algo más de dos años en engendrar una niña.

¡Ah, la Historia! ¡Qué fácil es inventar! Zavala sin sustento de prueba alguna, más allá de los chismes, deduce que la herida del Biutz fue la responsable de la pérdida de un testículo, porque no era posible que fuera monórquido de nacimiento. No sé si ha encontrado y lo guarda como as en la manga el informe sobre la herida. Evidentemente yo no lo he visto directamente, pero tenemos los testimonios de los dos doctores que lo atendieron. Primero, el capitán médico Antonio Mallou que le hizo la primera cura que le salvó. Segundo, el del médico militar doctor Blasco quien dejó su testimonio directo. Confieso mi ignorancia médica, pero el doctor Blasco señalaba que la penetración de la bala, que no afectó ningún órgano vital, entró por el vientre -señala en la radiografía unos tres o cuatro dedos más abajo del esternón-, rozó el diafragma por abajo y salió por detrás sin tocar el hígado que estaba en la trayectoria, lo que no parece avalar la tesis de Zavala si recurrimos a la anatomía elemental.

Pero estas son las cosas de un "Franco con franqueza" cuyo título más que una tesis es una antítesis formulada en tres palabras. Un libro cuyo mejor espacio para presentarlo me parece que sería el plató de Sálvame.


CODA CON ESTRAMBOTE: Ya sabemos que Paul Preston anda por ahí explicando que Francisco Franco es comparable con Adolfo Hitler. Zavala, más modesto, también los compara: "a las simpatías que pudieran profesarse a Franco y a Hitler les unía la pérdida de un testículo en el mismo año 1916". Y nos informa que se ha desclasificado un documento sobre Hitler que lo confirma -en realidad fue en 2008-. Reduzcamos el valor de documento, se trata de unas transcripciones de las conversaciones que el médico/enfermero Johan Jambor tuvo con su sacerdote en los sesenta donde le revelaba lo apesadumbrado que estaba por haberle salvado la vida a Hitler, estos papeles llegaron a un historiador aficionado polaco que los publicó. Hitler, nos cuenta, estaba ensangrentado por el estallido de una granada en el vientre con la pérdida traumática de un testículo (¡selectiva la granada en tan delicada parte!). Pese a tan grave amputación en dos meses Hitler estaba otra vez en el frente (no sé si debiera consultar a su doctora de cabecera sobre tan asombrosa recuperación). Naturalmente ninguno de los biógrafos de Hitler desde Fest a Kershaw, que algo más que Zavala saben, ha dado crédito a una revelación que suena a chiste y que no es ningún documento con valor, pero a Zavala esto de los testimonios le chifla. Pero esta historia, cuyo origen es una pretendida autopsia soviética, es la que inspiró a Zavala para transcribirla al caso de Franco cuando poco después hizo su libro sobre Ramón Franco, cuyas páginas recupera para este. Lástima que su dominio de la bibliografía sea escaso. De lo contrario conocería los documentos desclasificados, documentos médicos de verdad, de hace un par de años sobre Hitler o habría leído el libro exitoso de Thomas Weber de 2012 desmintiendo el comportamiento heroico del futuro Führer en la IGM en el que indica que lo de la pérdida del testículo es falso. Pero no va a permitir Zavala que un riguroso estudio documental le arruine la película. Ya puesto podría haber comparado también a Franco con Napoleón, de quien también se dice que le faltaba un testículo -¡qué manía, cielos!-. O como gusta de lo paranormal recordar el valor de los hombres con un solo testículo que en la mitología artúrica guardan el secreto del camino al Santo Grial. Así que ya puestos, además de unas páginas sobre el brazo de Santa Teresa -otro clásico sobre el Generalísimo-, podía habernos dicho que el Caudillo era el guardián del cáliz de Cristo

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Me había prometido no caer en la tentación de escribir un artículo con motivo del 40 aniversario de la muerte de Francisco Franco. Bastantes tonterías han escrito los que no saben de qué escribir -antológico el artículo de un columnista de El Mundo el jueves 19, seguro que lo ha enmarcado y espera el Pulitzer- o aspiran a sacar unos euros a base de libros, tan infumables como insulsos, para contarnos que si don Francisco era un general corrupto que hacía negocios con el café (Ángel Viñas), un hombre cruel e inmisericorde (Paul Preston y José María Zavala) o redescubrir chismes al más puro estilo Sálvame para contarnos que Franco perdió un testículo en la guerra de África -el secreto mejor guardado de todos los secretos- y de paso dar pábulo a la tesis de que su hija no era hija suya (José María Zavala)... ¡Y cuanto se tercie!, pues contra Su Excelencia el Generalísimo, que así lo llamaban cuando se pasaba el día inaugurando cosas en el NODO, ya se sabe que cualquier cosa es válida, aunque esté bien eso de hacer caja a su costa, pero teniendo cuidado no sea que a uno le caiga el sambenito de franquista y se acabe el chollo. No quería escribir pero me he tomado un café de tarde con un artículo de chiste de la señorita Beatriz Talegón y a estas horas ya es 21 de noviembre.

¡Mola!, que diría esta política-tertuliana, en plena euforia dialéctica, que ya no sé por dónde anda tras ir dando tumbos por la izquierda tras hacerse socialista después del 11-M, saltar al estrellato por meterse con los actos socialistas en hoteles con estrellas, salir con acusaciones de falta de trasparencia del carguillo en Viena en la Unión Internacional de Jóvenes Socialistas, abandonar el PSOE, explicarnos si tenía o no tenía novio, andar en manitas con Podemos, emerger como estrella para el 20D de una efímera "Por la izquierda" de la que ha salido para no darse un batacazo, alumbrar deducciones de peso como aquella de que tras el 15-M estaba la derecha y acabar, como tantos, casi dando gracias a Franco por existir -para ella parece que aún vive- y poder en privado gritar "¡Franco, Franco, Franco!", por qué sin él no sabría de qué hablar ni aspirar a caudilla. Y doña Beatriz se nos ha hecho este 20N una nostálgica del franquismo para poder ser antifranquista de trapillo.

Me ha dado por reírme ante la candidez y escaso argumentario de quien se supone que es una chica de verbo fácil y altura dialéctica demostrada; capaz de sacar de sus casillas a la mismísima Isabel Durán, hasta el punto que acabó ella de patitas en la calle; de no arredrarse y mantener su escotada indumentaria ante el censor Pablo Iglesias -¡el de PODEMOS!- porque ya sabemos lo que opinan en Irán sobre mostrar canalillo por televisión -¡Ah, que admitió la censura la heroica luchadora! No me lo creo-. Me esperaba una soflama de las suyas, pletórica de ingenio, capaz de encandilar a las juventudes de la izquierda que la veían como caudilla. Leyéndola me la imaginaba en pleno mitin antifranquista, culminando su vibrante discurso, como sus escritos, con un "¡Salud y República!" al más puro estilo miliciana, con las masas gritando "¡Caudilla Talegón!". Yo me la imaginaba con ese alarde de ingenio que Edmond Rostand puso en boca de Cyrano para tomar el pelo a quien le quería sin poder insultar, lo que equivalía a llamarle tonto o vulgar en siete idiomas. ¿Quizás me este equivocando al distribuir los papeles?

Hete aquí que, tras releer el artículo aparentemente insidioso contra la memoria de don Francisco, me he dado cuenta de que no; que Beatriz Talegón -en el fondo tiene todas mis simpatías o mejor dicho me es más simpática que Preston o que Soraya- lo que ha hecho es un artículo casi franquista.

Mira que hablar de los que andan por las cunetas, de los luchadores por la democracia durante el franquismo, para después llamarlos tontos en grado superlativo o algo peor recordándonos que entre los miles (bueno aquí se queda corta porque si a las colas añadimos a los que acudieron a multitudinarios actos en toda España sumarían algunos millones de españolitos) de españoles que ante los restos mortales del Caudillo -no le llamo dictador para no copiar la insigne aportación definitoria de la articulista- desfilaron durante varios días -no fueron más porque el gobierno decidió que ya estaba bien- había también miles que hicieron horas de cola, rodeados de franquistas llorosos, disimulando su alegría, echando lagrimitas por si las moscas, para poder pasar delante de su cadáver para comprobar si estaba muerto. Argumento de la autora que si se toma en serio solo cabe dudar si adscribirlo al género tonto o al género idiota.

Me alegra infinito el artículo de Beatriz Talegón porque sus fans o ex fans -a estas alturas ya no se sabe qué pensar- ya son antifranquistas, de argumentario tan cortito como el que exhibe en sus líneas, sin necesidad de leerla, y los que le tienen manía -la legión de los que no la soportan- pensarán que cuanto dice es simple vómito izquierdista o "mentira cochina" que diría un tierno infante.

Me congratulo y me descubro ante artículos como el suyo que tienen la virtud de hacer brotar admiradores de Franco como rosquillas. Así que doña Beatriz le ha hecho, en la conmemoración del 40 aniversario de su muerte, un inmenso favor a don Francisco, un sentido homenaje. Pero me sigo preguntando: ¿por qué ha escrito un artículo tan inane si sabía que tenía que codearse con la catarata de artículos antifranquistas de la semana? No se me antoja cómo, de no ser una máscara, se pueden escribir en tan pocas líneas tantas tonterías sin ser capaz de alumbrar la más mínima originalidad aunque no pasará de ser una boutade.

¡Esas perlas de doña Beatriz!

Nos dice, "Murió postrado en una cama" -le falta añadir de un hospital de la Seguridad Social construido por él para los trabajadores-: pues claro, cómo se muere uno normalmente cuando está grave en un hospital ¿bailando la conga?

"Sometió a gran parte de la población a 40 años de miseria, analfabetismo". Pero si en 1975 éramos la 8ª potencia industrial del mundo -hoy andamos por la doce o catorce-; si el franquismo hizo caer las tasas de analfabetismo, endémicas en España, de forma acelerada y a finales de los sesenta, por primera vez en la historia, todos los niños podían ser escolarizados -no se me enfadé pero la República quiso alfabetizar cerrando la intemerata de colegios católicos y dejando a los niños en la calle, pero esto seguro que lo ignora-; si los índices de convergencia con Europa del final del franquismo cayeron después y no se recuperaron hasta los años noventa; si hasta los españoles pudieron comprarse piso sin ser víctimas de la especulación y no podían perder la casa familiar por embargo. Franco fue pues un precursor de los movimientos antidesahucios.

"Injustas condenas sin procesos". Aquí confieso mi sorpresa gramatical porque para que haya condena, aunque sea injusta, tiene que haber juicio/proceso... a no ser que se refiera a condenas morales.

Se queja de que se olvide a los que "dieron su vida por defender la democracia", pero en los años treinta, cuarenta y cincuenta esos luchadores tenían un concepto muy peculiar de democracia que naturalmente se parecía a lo que el común de los mortales entiende hoy como tal como un huevo a una castaña. Y algunos, varios miles, perdieron la vida no por defender nada, sino más bien por liquidar al contrario en la zona republicana, torturar, perseguir... o cometer atentados y no pocos atracos en los años cuarenta o cincuenta. Pero estoy seguro que la señorita Talegón, que es joven y preocupada por el futuro y no debe tener mucho tiempo para el pasado, desconoce esta otra cara de la historia. Pero, ¿cómo se puede hablar de olvidos cuando están un día sí y otro también hablando de ellos? De los que no se habla son de las otras víctimas, entre otras razones porque así nadie se pregunta por aquellos de la causa y el efecto. Víctimas que no es que sean olvidadas, es que está proscrito recordarlas. Y digo yo que también tendrán derechos.

Beatriz Talegón no sé si es una víctima de la LOGSE pero sí un arquetipo de los que andan como zombis por la política. Se salió del PSOE porque era un partido vacío de ideas y mira por dónde, al final, su discurso anda reverdeciendo el "No a la guerra" por un lado y por otro creyendo que el antifranquismo es una ideología, aunque en realidad no sea más que un discurso tranochado con el que parece buscar hacerse un hueco como rojilla oficial para las tertulias de derecha, pero no olvide doña Beatriz que co un Pablo Iglesias ya han tenido bastante.

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El negocio del 40 aniversario.


Me hace gracia lo bien que hacen caja algunos a costa de don Francisco Franco. Ellos son los auténticos nostálgicos del franquismo; y que dure la nostalgia que no es malo para el bolsillo -se dicen-. Eso sí todos ellos, los Preston, Juliá, Casanova, Viñas y un no tan largo etcétera, llevan cuarenta años intentando convencer a los españoles, libro tras libro, de lo malo malísimo que era el sanguinario y cruel dictador Francisco Franco. Y, en algunos casos, están molestos porque en la guerra de papel pierden en ventas frente a lo que ellos ya llaman los "revisionistas", cuando ellos son los únicos revisionistas. O como califica Viñas a los que no tienen su bendición, a los historiadores o investigadores que le contradicen y le amargan la vida, cumpliendo con su autoproclamado papel de Gran Censor: "historietógrafos" -antes su amigo Reig los llegó a llamar "tontilocos"-. Lo que a no pocos nos invita a decir aquello de "dime de qué presumes...", preguntándonos si no son ellos los auténticos devotos de la historieta (historietas malas pues difícilmente llegan a la altura de Mortadelo y Filemón).

Franco es un negocio redondo, porque sigue apasionando a muchos leer sobre un periodo tan largo como trascendente de la historia reciente de España, y también tan enigmático. Y más negocio es cuando llega la fecha emblemática del 20 de Noviembre. Quien lo ponga en duda que se de una vueltecita por los estantes de las librerías o las portadas de periódicos y revistas en las próximas semanas. Vamos que Franco es para casi todos, por interés o por devoción, un superestar y los que más carrete le dan son precisamente los antifranquistas de oficio y de beneficio. Ellos han convertido a Franco en una auténtica estrella.

Francisco Franco falleció hace cuarenta años en un hospital de la Seguridad Social, no en una clínica privada. Seguridad Social fundada por él -aunque Pedro Sánchez probablemente también piense que la crearon los socialistas-. Así que llegada la fecha, agrandada por el guarismo conmemorativo, toca revival -perdón por el extranjerismo- editorial, periodístico y político -ya verán a Franco participar en la campaña electoral como insulto, claro está-. ¡Pero tranquilos están en Génova 13 porque hay consenso entre los historiadores a la hora de afirmar que no pertenecería al Partido Popular! Lo que no creo que le haya hecho mucha gracias a Viñas. Por no quedarse atrás en esta carrera, hasta el diario El Mundo nos lo ha resucitado -no tiene mérito, ya lo había hecho Vizcaíno Casas- y lo ha paseado con fotógrafos por las calles de Madrid sin que por cierto parezca que le hayan insultado.

Pío Moa, hace unos meses, ya daba unos cuantos soplamocos intelectuales, con su meritorio ensayo histórico sobre el franquismo, a los historiadores antifranquistas. Un más que recomendable texto que ha puesto de los nervios a los que no lo nombran en sus críticas o se refieren a él en tercera persona; hace unas semanas Luis Suárez Fernández publicaba una nueva obra clarificadora para desquiciamiento de los antifranquistas, pues el profesor Suárez es para ellos otra bestia negra. Frente a ello, como llegaba el 20N, tras el fracaso de un refrito anterior con poca fortuna de la mano de los revisionistas antifranquistas con título de profesores universitarios, Ángel Viñas nos obsequiaba con un libro que se aproxima mucho a la definición de panfleto tanto en el fondo como en la forma; donde, como perla de objetividad, nos indica que el asesinato de Calvo Sotelo no fue tal porque técnicamente se trataba de un homicidio. ¡Toma del frasco Carrasco!, que diría un castizo. Y después de eso casi mejor ahorrarse la lectura.

Faltaba a la cita el simpático Preston -él, yo y Franco tenemos en común que nos gustan las películas del Oeste-, quien al menos reconoce que es antifranquista -Viñas también aunque nos recuerde que para ser objetivo a la hora de hablar de Franco solo se puede ser, al menos, tan antifranquista como él-. Preston también olfatea el dinero -de tonto no tiene un pelo y sabe que cuenta con la publicidad gratis de quienes le consideran un tótem de la historia- y nos obsequia como conmemoración una nueva edición de su conocida biografía sobre Franco, con algunas aportaciones y novedades, según leo, para redondear su obra:

Primero, la demostración, pese a lo publicado y documentado, de que Franco no contribuyó a la protección de los judíos perseguidos a través de los representantes diplomáticos españoles en la Europa del Reich -supongo que no ha leído el último artículo del hijo del entonces ministro general Jordana-, porque ya se sabe que media docena de diplomáticos en legaciones distintas actúan del mismo modo por inspiración divina y no siguiendo instrucciones (seguro que a Preston también se le olvida la ayuda al Mossad en 1972 para sacar a 2000 judíos de Marruecos donde estaban bastante achuchados).

Segundo, nos dice que también va a poner sobre la mesa el antisionismo de Franco (ojito, Preston, porque ser antisionista no es ser antijudío; pero a Preston como a Viñas les gusta no decir toda la verdad), para ello retorcerá y recortará los discursos del Generalísimo a su gusto, olvidando, eso sí, que en 1948 fue el Estado de Israel el que no pidió el reconocimiento a España y que se negó a iniciar las relaciones diplomáticas pedidas por el régimen de Franco, aunque en los 50 el régimen prefiriera la amistad con los países árabes y apoyará la causa Palestina (ergo don Francisco era un progre de tomo y lomo por situarse en ese punto).

Tercero, lo anterior, no le parece bastante a Preston como reclamo y, entre otras perlas, naturalmente, pese a la demostración empírica de lo contrario, realizada por el investigador Moisés Domínguez, se suma a su amigo Viñas para sostener que Balmes fue asesinado por Franco o sus amigos -dejemos claro que Viñas no demostró nada más que sus prejuicios-. Luego están las perogrulladas habituales de la izquierda sobre la guerra y las ayudas externas (¡Ah, el amigo Viñas prescindiendo de datos a la hora de valorar las ayudas en el campo de la artillería como le ha recordado el experto en la materia Lucas Molina!) o teorizar sobre las cosas que escribía su primo Pacón en su diario para demostrarnos con ello las "tontunas" de Franco (como he escrito en alguna ocasión si lo tomamos al pie de la letra lo tomamos para todo y no solo para lo que conviene, que es lo que suelen hacer casi todos).

Eso sí, como Viñas, este a regañadientes, Preston tiene que reconocer que la corrupción ha ido a peor desde 1975 y que en ello han brillado las gentes de izquierda que pensaron que ahora les tocaba a ellos (bueno, esta parte del discurso de Preston dudo que la asuma Viñas). Pero lo que más me gusta de sus afirmaciones es eso de que los corruptos de la Dictadura quisieron seguir con sus privilegios. Lástima que el periodista de El Mundo no le preguntara por los nombres de esos corruptos, sería interesante la lista porque los políticos propiamente franquistas desaparecieron en meses y los que yo presupongo me parece que incrementaron exponencialmente su fortuna después de la muerte de don Francisco; pero ya se sabe que Franco tiene la culpa de todo por malacostumbrar a los españoles. Dejo a un lado las chorraditas sobre la corrupción en el franquismo (¡qué se lo digan a papá Pujol!), porque Preston y demás no quieren reconocer que si Franco estuvo cuarenta años en el poder sin rebelión alguna no fue por una represión inmisericorde (repase el historiador las cifras de población penal desde finales de los cuarenta), sino por un apoyo popular que lejos de disminuir fue incrementándose. Muestra de ello son los varios millones de españoles que le despidieron en noviembre de 1975 en todas las ciudades y pueblos de España. Ahí están las hemerotecas. Son esos apartados de la crónica que me parece se le habrá olvidado referir a don Pedro J. Ramírez, quien también se ha sumado al revival con una nueva versión de El año que murió Franco (libro que por cierto también ya había escrito antes Vizcaíno Casas).

Lo demás, lo de siempre en Preston. Quiere titulares, ir un poco más allá que sus conmilitones -dicho solo con afán descriptivo y no despectivo-: Franco fue el segundo en el podio de los dictadores más crueles de Europa, después de Hitler y por delante de Mussolini. ¿Por qué a estos izquierdistas británicos, y a no pocos de por aquí, se les suele olvidar que puestos a realizar podios el cajón más alto debiera ocuparlo un tal Stalin y como ideología el comunismo?

¡Ah! ¡Claro!, porque entonces a quien tacharían de fascista sería al propio Preston y hasta ahí llegaría la fama y la venta.

¿Por qué el autor y el editor en vez de titular el renovado libro de Preston con una bonita foto y la leyenda de "Franco. Caudillo de España" no lo rotulan, para que quede claro, "Franco. El dictador cruel y sanguinario", y de subtítulo "la obra definitiva de un historiador antifranquista"?

¡Ah! ¡Claro!, porque entonces no iban a vender muchos ejemplares y, entre el antifranquismo y los euros, Preston y la editorial Debate prefieren los euros. Las cosas como son. Y más allá de todo lo dicho queda el interés evidente que existe en el público. Entre otras razones porque las versiones maniqueas que se facilitan sobre Francisco Franco no parece que acaben de convencer al personal. Lo que le da mucha rabia al señor Viñas

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Coincidencias. Leía hace unos días un magnífico artículo de uno de los pensadores modernos marginados, el argentino Alberto Buela, titulado "La Industria de la memoria". Evidentemente no se refiere a la situación española, pero no pocos de sus argumentos serían fácilmente extrapolables a nuestro caso. También aquí lleva décadas desarrollándose esa industria a costa del erario público iniciada con indemnizaciones sin cuento y culminada con subvenciones increíbles a grupos constituidos en muchos casos para la explotación de la memoria.

Como la canícula aprieta la prensa se puebla de reportajes y entre ellos es habitual encontrar noticias sobre los hallazgos y avances de estos "explotadores de la memoria" o de la persecución a cualquier nombre relacionado con el franquismo en los callejeros. Cierto es que esas decenas de miles de desaparecidos -hilarantes son los números presentados por estas asociaciones que no son más que organizaciones vinculadas a IU inicialmente y que ahora andan arribando a las procelosas aguas podemitas-, enterrados en fosas ocultas, no aparecen por ningún lado. Sin embargo, es usual que estos desenterradores se topen, como ha sucedido hace unas semanas, con una fosa con medio centenar de soldados del ejército republicano ejecutados por retroceder frente al enemigo. Práctica usual en las unidades comunistas y que viene a probar que son ciertos los relatos que me contaba un viejo soldado a las órdenes de El Campesino -líder comunista- explicándome cómo ponía las ametralladores a la espalda de sus soldados para que no retrocedieran. O lo acontecido a los buscadores de dos ejecutados en Borriol por los nacionales al encontrarse en la fosa con 77 soldados nacionales que eran desaparecidos porque no se sabía dónde estaban enterrados. Lo que por cierto viene a dejar en evidencia otro de los argumentos de las Asociaciones de la Memoria de la izquierda: que los nacionales ya habían sido todos localizados y homenajeados. Hay también muchos desaparecidos del bando nacional: unos, enterrados en zona de combate; otros, asesinados, como los oficiales de marina arrojados al mar en Cartagena.

Viene al caso todo lo anterior, la cascada de coincidencias, porque hace unos días, comentando estas cosas, me escribió la sobrina-nieta de un jesuita, don Pedro Miró de Mesa, nacido en Palma de Mallorca. Cursó estudios en Holanda, impartió clase en Argentina. Ya en España la guerra le estalla en Barcelona. Como tantos otros es detenido el dos de noviembre de 1936, hacía poco que había cumplido 35 años. Da igual si fueron las milicias anarquistas o las del POUM... Su final fue la terrible checa de San Elías de la capital catalana, dependiente del Comité Central de Milicias Antifascistas donde todos tenían representación y en esa época "atendida" por los asesinos de la anarquista FAI. Según se anota en la documentación se supone que fue asesinado el 20 de noviembre de 1936 en represalia por la muerte del líder anarquista Buenaventura Durruti. Su cadáver aún sigue sin aparecer y hasta 1948 no se pudo hacer la inscripción correspondiente en el registro civil. Al no encontrarse el cadáver y sin más testimonios no se pudo iniciar el proceso de beatificación para dolor de sus familiares ¿Qué sucedió en la Cheka?

La Cheka de San Elías, situada en los sótanos del convento de las clarisas de Jerusalén, era uno de los varios centros de tortura y muerte de la capital catalana que el presidente Companys toleró sin mayor problema. Algunos de los defensores de la memoria histórica de la izquierda tratan de borrar de la historia aquel siniestro lugar y sus métodos. Los asesinatos en masa como los del 28 de octubre de 1936 que llevaron a la muerte a 46 hermanos maristas y las torturas eran usuales. Durante once meses se sacó a los presos de las hacinadas celdas. Se leía la lista y eran asesinados en los sótanos o el cementerio. En la Cheka existía un horno crematorio que evidentemente permitió deshacerse de los cadáveres, expoliados convenientemente de sus dientes de oro. También tenían una piara de 42 cerdos. Aunque pueda parecer increíble ese fue el destino de algunos de los prisioneros torturados, servir de alimento a los puercos. Ese fue el destino, por ejemplo, de Eusebio y Ramón Cortés según mantuvo su familia. Por Barcelona corría meses después el anuncio de la venta de los "chorizos de monja", al provenir de los cerdos alimentados con los restos de los torturados. De ahí que, ante los diversos testimonios, sea más que posible que ese fuera el destino del cuerpo de la madre Apolonia del Santísimo Sacramento. Con más de sesenta años fue desnudada y cortados en vida sus miembros mientras rezaba por sus asesinos. Después sus restos arrojados a los cerdos. Otros restos tuvieron como final el aljibe. Los enseres, la ropa de los asesinados, se acumulaba en el claustro. Cuando en 1943 las monjas recuperaron el convento e indicaron las obras encontraron gran cantidad de huesos que fueron depositados en una habitación convertida en cripta bajo la advocación Ipsi vero mortui sunt pro Christo, et vivent in aeternum. Entre los muros de San Elías quedan las últimas oraciones de tantos que allí encontraron la muerte y también la verdad del último destino del cuerpo nunca hallado de don Pedro Miró, asesinado por ser sacerdote y enseñar.

¿Acaso no merecen estos muertos y desaparecidos, asesinados por la izquierda que hoy reclama memorias, las placas, las lápidas y el recuerdo que oficialmente se proscribe?

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20150724163224-image.jpgAlguien podría pensar que lo que voy a contar es consecuencia directa de las sucesivas olas de calor que azotan la tierra patria -Cataluña incluida-, o que el cambio climático, en el que es obligatorio creer como en las brujas, causa estragos en las siempre doctas y privilegiadas mentes de nuestros políticos, en sus dos especies: los de la casta y los de la gente.

Resulta que los PODEMOS, los podemitas a secas y los podemitas travestidos de lagarterana o de cándida oveja, que han birlado los asientos a la casta y han llenado consistorios y parlamentos de segunda de nuevos look entre informales y casuales -por cierto que vestirse/disfrazarse de perro flauta cuesta una pasta, casi tanto como algunas chanclas y similares que lucen-, se han dado cuenta que el furor antifranquista de los viejunos, tipo señora Carmena, da para muy poco, que encima hay que ponerse a estudiar para identificar a alguno de los militares que para no pocos debieron ser de los tiempos de Viriato. Y como son leídos, tienen carrera y hasta blasonan de nacer del profesorado universitario, han podido discernir el verdadero alcance de la infumable Ley de la Memoria Histórica.

El alma viejuna -que conste que Monedero no es ningún jovencito barbilampiño- y la falta de ideas, porque una cosa es seguir las palabras del gran timonel que cosecha votos y otra hacer algo de provecho para la comunidad -para la gente como ellos dicen- les ha llevado a presentar como gran aporte, como muestra del cambio que representan, la eliminación definitiva de los franquistas del callejero municipal. Y la oposición -léase el PP- ha respirado tranquila, casi con la misma tranquilidad del gobierno de don Mariano que no fue capaz de derogar tan inicua ley, entre otras razones porque a no pocos dirigentes peperos les parece estupenda debido a su ignorancia manifiesta.

Algunos se han tomado a chiste -no es para menos- la limpieza que se anuncia para la capital de España, iniciada con el cambio de la Plaza Vázquez de Mella por la de Zerolo. Lógico, porque en la lista aparecen no pocos intelectuales usualmente considerados de derechas como sospechosos de ser simpatizantes del franquismo -no vamos a poner pegas porque alguno fuera fusilado/asesinado por los republicanos en el verano de 1936 por ser de derechas-. Ilógico el tomárselo a chiste, porque en el fondo la Ley de la Memoria no solo iba contra don Francisco -como piensan los temerosos del PP- como ahora se comienza a poner en evidencia.

A la izquierda le molesta más que Franco, que ya es historia, la bandera o el reconocimiento a cualquiera que no sea de izquierdas. Lo de Franco es la excusa. Los honores y los reconocimientos públicos solo pueden ser para la izquierda y durante un rato para los tontos útiles. La guerra contra la bandera de España es larga y poco tiene que ver con la manipulación de presentarla como franquista. Lo usual ha sido que en muchos ayuntamientos y sedes oficiales desaparezca sin que se haga nada. Y ahora nos encontramos con la estulticia de algunas corporaciones colocando carteles explicando que la ponen porque les obliga el gobierno central. Dan la nota en tan bella Arcadia algunos cantantes foráneos de gira por Hispania, que en plena canícula andan amargando la vida a nacionalistas y progres exhibiendo sin cautela la bandera española (de nota los Scorpions cantando rock delante de la proyección de una gigantesca bandera de España en Santa Coloma de Gramanet)

Ada Colau, esa insigne alcaldesa de la gente con tendencia a vestirse de superhéroe, más revolucionaria y menos viejuna que Carmena, ha decidido que ya está bien de tonterías y que lo que importa es lo que importa, que don Francisco se murió hace unas décadas y lo importante es lo actual. Por eso, sin miramientos ha descabalgado al rey emérito del sitial de honor municipal que tenía en su reino -el de Colau, claro- y su busto ha acabado en una digna caja de cartón camino de los sótanos o del trapero. Ya puestos algunos ya piden que se limite el auge de la simbología monárquica en algunos centros oficiales. Remata la jugada, de momento, el Ayuntamiento de Zaragoza que le ha retirado al pabellón deportivo el nombre de Príncipe de Asturias y esto no ha hecho más que empezar.

Ya lo he escrito en alguna ocasión. La Ley de la Memoria Histórica tiene un claro objetivo político: cuestionar la legitimidad actual. En última instancia la persecución y proscripción del franquismo, el mal de todos los males, incluye el proceso de la Transición realizado por la clase política del franquismo y ello incluye a la monarquía porque ellos no olvidan que si hoy existe la monarquía es porque un señor llamado Francisco Franco se empeñó en dejar como su sucesor a otro señor llamado Juan Carlos de Borbón. No entiendo por qué algunos se llevan las manos a la cabeza cuando otras estatuas comienzan a llevar el camino de las de Franco.

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20150720200814-image.jpgLos manuales de historia con los que aprendimos la generación de la EGB, producto de la Ley Educativa de 1970, hacía mucho que habían dejado atrás las lecturas patrióticas propias de los años cuarenta. Aprendíamos que la guerra civil tuvo causas estructurales de índole socioeconómico que no se habían solventado, que la II República fracasó en su intento reformista precisamente por su cariz jacobino, por su deseo manifiesto de expulsar de la vida pública a media España y por la persecución desatada contra la religión católica -entonces todos éramos católicos-, lo que hizo inevitable la guerra civil. Había poco de maniqueísmo en aquellos planteamientos. Hoy, sin embargo, cuando se ojea alguno de los manuales con los que estudian nuestros escolares, nos sería complicado encontrar algo tan sencillo como las causas de la guerra. Corrijo, lo que encontraremos será básicamente una versión maniquea en la que un puñado de ambiciosos generales dieron un golpe de estado calificado como fascista contra la democracia.
Alguien escribió con acierto que a la guerra de las armas siguió la guerra del papel y que en este terreno los vencidos con las armas llevan varias décadas ganando batallas para cambiar la historia. El proceso ha sido largo. Dejemos a un lado lo acontecido antes de los sesenta para situarnos en aquellos tiempos en los que arribaron a la historiografía los hispanistas, tipo Gabriel Jackson o H.R. Southworth, por no entrar en las líneas de interpretación difundidas por editoriales como Ruedo Ibérico, o en el alimento de la progresía que deseaba reescribir la historia a las ubres de negacionistas de la verdad como Tuñón de Lara -probablemente hoy ya pocos sepan quién fue este sujeto- y sus Encuentros de Pau donde mamaron doctrina una parte de las nuevas generaciones de estudiantes de historia, desde entonces hemos asistido a una mitificación de la II República de tal calibre que hoy es casi una herejía afirmar que en 1936, con la victoria del Frente Popular, la mediodemocracia que era aquel régimen solo para republicanos había dejado de existir. En la España de 1936 los partidarios del régimen burgués de democracia liberal eran una minoría muy exigua, aunque hoy no se quiera reconocer.
Aunque el “gran camuflaje”, denunciado inútilmente por Bollonten, sea una realidad incuestionable no es menos cierto que hoy pocos se atreven a recordar que el PSOE no era en 1936 un partido democrático, sino un partido que mayoritariamente contemplaba la República como un peldaño en el camino de la revolución y que, como marxista declarado, su objetivo era realizar la revolución e instalar la dictadura del proletariado en España. Y ya se sabe que para la ensoñación revolucionaria de la izquierda todo es legítimo salvo que alguien ose defenderse ante ella utilizando, simplemente, las mismas armas.
Naturalmente la izquierda, pero también una parte de la derecha acomplejada, ha hecho suyo el mito de una democracia rota por la ambición de unos generales que perpetraron un golpe de Estado un 18 de julio de 1936 para instaurar una feroz dictadura. De hecho, antes de que se aprobara la mal llamada “ley de la memoria histórica”, ya todos los grupos parlamentarios habían condenado la sublevación cívico-militar de aquel verano catalogándola de golpe fascista. Un segundo mito que complementara aquel otro de la impoluta democracia que fue la II República.
Tanto la izquierda como la derecha han querido borrar su vinculación histórica a lo acontecido en 1936. La izquierda, para camuflar su posición antidemocrática y su deseo de acabar con aquel sistema y acabar convirtiéndose en la defensora de la democracia frente a la pérfida derecha. La derecha, preñada de complejos, para evitar que la izquierda la señale con el dedo acusador que tanto les preocupa. Por ello, la nueva verdad oficial, porque políticamente a todos conviene, nos dice que el 18 de julio los generales, por ambición personal, dieron un cruento golpe de estado, y entre ellos el más ambicioso era Francisco Franco.
¡Qué más da que sea verdad o no cuando a todos les conviene! El ambicioso general quería el poder y por ello protagonizó el golpe con un solo objetivo perpetuarse en ese poder. Así pues, en esta línea, la guerra civil no tendría más causa que esa ambición borrando de un plumazo la realidad.
Ahora bien, la “verdad oficial”, impuesta desde arriba, rara vez tiene algo que ver con la verdad o con los hechos. El 18 de julio de 1936, se ha repetido aunque inútilmente y hoy es casi un delito afirmarlo, hubo un intento de golpe de estado pero, al mismo tiempo, una auténtica sublevación popular y sin esa eclosión es casi seguro que la victoria nacional hubiera sido imposible. Decenas de miles de voluntarios se aprestaron a combatir a la República del Frente Popular desde el minuto uno de los hechos, nutriendo unidades de milicias políticas pero también unidades militares, desde regimientos a banderas de la Legión. Igualmente todos los partidos de la oposición al Frente Popular apoyaron o se sumaron a la sublevación: desde la Falange a la CEDA, pasando por los carlistas, Renovación Española, la Lliga o los radicales de Lerroux. Y lo hicieron porque eran conscientes de la amenaza real para la libertad y sus creencias que representaba la república del Frente Popular. La prueba indirecta es que la democracia formal dejó de existir en la mal llamada zona republicana -ambas zonas eran republicanas- siendo la derecha perseguida y aniquilada en ella.
El ambicioso Francisco Franco no existía en julio de 1936. Es de sobra conocido que su asentimiento definitivo a la sublevación fue tardío y que en vano intentó que el gobierno adoptara medidas apoyándose en el Ejército para no entregarse al radicalismo frentepopulista. Es menos conocido que su nombre no figuraba entre los integrantes de un futuro directorio militar y que el único puesto pedido, la única ambición, era la de desempeñar el Alto Comisariado en Marruecos que no pudo asumir al ser llamado al Estado Mayor Central, lo que era acorde a su propia biografía. Fueron las circunstancias, el propio fracaso del golpe rápido deficientemente diseñado por el general Mola, pues no calibró la profunda división del ejército, la misma que sacudía la sociedad española, las que llevaron a Franco a la Jefatura del Estado, cuando ni tan siquiera formó parte desde el principio de la Junta de Defensa que se hizo cargo de la situación en la zona rebelde tras la muerte del general Sanjurjo. Y Franco ganó una guerra que de antemano los sublevados tenían con los datos en la mano perdida el 20 de julio de 1936.
Mayor silencio se suele guardar ante una realidad para mí altamente significativa: todos esperaban que el general Franco, antes de la sublevación de julio de 1936, les abriera la puerta del poder. En 1935, José Antonio Primo de Rivera, en un informe sobre la situación política española, anotaba que Franco era el “primer prestigio militar”; pocos meses después le sondearía en persona. En la crisis que supuso el fin del gobierno radical-cedista el propio Gil Robles instaría a Franco a protagonizar un golpe de Estado desde la Jefatura del Alto Estado Mayor y los radicales de Portela Valladares barajaron mantenerse en el poder con el apoyo de Franco y del ejército. Y poco después sería Calvo Soleto quien presionaría para que Franco se decidiera. Como anotaba Javier Tusell, Franco se convirtió entre 1935 y 1936 en el “árbitro de la circulación política y militar”. Fueron todos los políticos de la época los que trataron de atraer a Franco a sus posiciones o a que este les abriera las puertas del poder.
Cuando la lógica se impuso y los generales se inclinaron por la necesidad de un mando único sólo una candidatura era posible, la de Franco. Dudo mucho que en octubre de 1936 Francisco Franco tuviera un proyecto político definido cuando lo único importante era la guerra. Eso sí, en sus primeras intervenciones lo que se trasluce era la necesidad de que la guerra que ya tenía un por qué tuviera un para qué. Y resulta curioso que lo primera que destacara fuera el mensaje de que era necesario un orden social más justo en España.

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20150610155148-image.jpgEN OVIEDO, EL ÚLTIMO ALCALDE DEL PP APLICA ANTES DE IRSE LA LEY DE LA MEMORIA HISTÓRICA.


Seguro que alguien exclamará al ver el contenido de este artículo que qué hago hablando de estas cosas y que por qué ando todavía empeñado en combatir, con la que se avecina, la infausta y consensuada -el PP ni tan siquiera quiso reformarla con su poderosa mayoría absoluta- "Ley de la Memoria Histórica" y la papanatería de los "histé(o)ricos", que diría mi amigo Alfonso Arranz. Ya no sé si es puro masoquismo, espíritu de disidencia o esa bendita locura que aún nos invita, aunque sea en solitario, en plan francotirador, a enfrentarnos a los molinos de la herrumbe convertidos al amparo del poder en gigantes.

Lo curioso es que no debiera ser noticia que retirarán un monumento a Francisco Franco. La noticia es que llevan casi cuarenta años así y aún les quedan. Pero lo es. Nadie se ha resistido a ensalzar la enésima lanzada a toro pasado realizada el pasado lunes. ¡Por fin, otra victoria sobre el infame general que aún se resiste por algunas calles y plazas de España. Y hasta gana alguna votación popular para que al pueblo ese que construyó regalando tierras y casas siga llamándose "no se qué del Caudillo".

La curiosidad del hecho viene determinada por el lugar donde se ha producido. Las Juventudes Socialistas se han apresurado a afirmar que por fin ya no tendrán que ver, cuando paseen por allí o se junten para un botellón, la cara del odiado dictador. Ha sido en Oviedo. Allí estaba el denominado "Monumento a Franco" obra del prestigioso escultor Juan de Ávalos. Una obra de arte en la que el rostro de Franco aparecía en un medallón inserto en un monolito sobre el que estaba la diosa Hera y delante las esculturas de Neptuno sobre un delfín y Apolo cegado por el sol. Dejo al lector el significado mitológico de la composición de Ávalos, porque lo importante es que se trataba de una obra de arte que debiera haber quedado excluida de la aplicación de la ley. Pero este detalle a la habitual y digital Comisión de Expertos reunida para determinar qué mandar al ostracismo, nuevos "chekistas de las cosas" diría yo, les ha importado un pimiento ante su determinación de liberar a Oviedo de la sombra de Francisco Franco. Un curioso y singular monumento que se erigió tras la muerte de Franco por suscripción popular (del pueblo no del PP, no vayan a confundir) y que alguna guía oficial data de 1975, supongo que para evitar recordar que fue inaugurado bastantes meses después de que tuvieran lugar las primeras elecciones democráticas, ergo no es un monumento autofranquista. ¡Por suscripción popular y municipal y puesto ahí dos años después de morir Franco! A algunos esta historia supongo no les va a cuadrar.

No hace falta decir que la izquierda lleva décadas pidiendo que se utilice la piqueta. Pero para evitar que corra aquello del revanchismo los apesebrados de la pluma han informado que la victoria ha sido fruto de la acción judicial de unos particulares, de la sociedad civil que dicen por ahí. ¡Tate! El sujeto en cuestión es el número tres de la candidatura municipal socialista. Los mismos socialistas que aún andan exaltando el golpe socialista contra la República organizado por el PSOE en 1934 que tuvo su epicentro violento y sangriento en Asturias, con especial virulencia en la ciudad de Oviedo.

No es cuestión glosar aquí las veces que Franco se dio una vueltecita por Asturias en olor de multitudes, ni que pescara tan tranquilamente por los ríos de allí, durmiera en la casa familiar de San Cucao de Llanera, que su mujer fuera asturiana y su boda un acontecimiento popular en la ciudad, que no participó en la represión de las huelgas en Asturias durante el reinado de Alfonso XIII, ni en la represión de la revolución de octubre de 1934 que fue decisión del gobierno de la República. Ni que en mayo de 1946, cuando el único núcleo de resistencia guerrillera, con presencia de guerrilleros llegados desde Francia, realmente importante estuviera en la Montaña Central, cuando comenzaba a plantearse el "caso español" en la ONU y se anunciará a troche y moche que no contaba con apoyo popular alguno, Franco se fuera de gira por las minas, acompañado de Girón y de su señora, a coche descubierto y con unos policías en moto que vistos hoy no dan para mucho, y unos falangistas haciendo de cordón al trote del vehículo. Y como muestran las fotos había miles de personas y, entre ellos, seguro que muchos de los derrotados. Y por allí anduvo pese a las amenazas de los guerilleros con el famoso Cagigal dispuestos a todo, pero no tanto como para atacar a la comitiva de gira. Los que se acabaron conformando con tirar algunos postes de teléfono y paralizar una línea de tren. Y Franco volvió por Asturias para inaugurar y esas cosas, para apoyar ENSIDESA. Y el régimen trató de solventar el problema de la vivienda de las decenas de miles de emigrantes que llegaron a Asturias, con viviendas de protección y de alquiler para unos obreros que vivían en barracones... Y todo eso explica la suscripción popular después de muerto... Pero, parafraseando a don Miguel, "amigo Sancho, con la memoria histórica y los histé(o)ricos hemos topado".

Hablando de "histé(o)ricos", rematado la faena, una tal Ana Taboada -por cierto se da un aire a la señora Colau- previsible alcaldesa de Oviedo, lideresa de la marca de PODEMOS allá, Somos Oviedo, ha presentado el hecho, la retirada del medallón, como símbolo del cambio y anuncio de la recuperación de la memoria democrática de Asturias -supongo que incluye en ella a los revolucionarios de 1934 y a los heroicos asesinos de los nueve hermanos de las Escuelas Cristianas de Turón-. Lástima, eso sí, que tan heroica acción no haya sido llevada a efecto por el "tripartito del miedo", por el "nuevo Frente Popular", PODEMOS-SOMOS OVIEDO+PSOE+IU, que anunciaba como gran recurso el alcalde hasta hoy del PP, don Agustín Iglesias Caunedo, sino como flamante despedida del alcalde desde 2012 del PP. Y es que a don Agustín, que lleva en política desde que terminó el instituto, como a tantos otros, no le hacen falta los "rojos" a la hora de acabar con la sombra Franco. Yo, de los alcaldes y demás del PP, después de visto lo acontecido en Valladolid y Oviedo, comenzaría a pensar que ser colaborador necesario en estas cosas también se acaba pagando

PD.- Si el medallón es obra de Juan de Ávalos tiene un importante valor artístico y monetario. De momento nos cuentan que va a un almacén municipal. Algún día alguien tendrá que hacer el inventario de las obras de arte extraviadas durante la Transición tras ser retiradas de dependencias públicas, porque una cosa es ser antifranquista y otra no entender del precio de la firma.

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20150428233313-image.jpgOlvido y manipulación periodística en torno a unos papeles sobre el asesinato de García Lorca



Curiosamente -¡caprichos del destino!- cuando en 1972 se colocó en el Teatro de la Comedia de Madrid una lápida recordando que allí se fundó Falange Española, hoy retirada por la corporación municipal del PP escudándose en una aplicación sin base de la llamada Ley de la Memoria Histórica, se representaba la incomparable Yerma de Federico García Lorca. Por ello, un periodista notorio, de esos que ya pensaban en el después de Franco, entre líneas, hizo referencia al asesinato de Federico y a la "responsabilidad" de los falangistas que ya empezaban a cargar con las "culpas" de casi todos. Otro periodista le contestó que a la hora de buscar responsables debiera mirar en otras orillas ideológicas.

Hace unos días el digital eldiario.es y la Cadena SER difundían, con gran revuelo mediático, las fotografías de un informe elaborado en 1965 por la 3ª Brigada de Investigación Social de la Jefatura Superior de Policía de Granada remitido al Gobernador Civil, probablemente en respuesta a la solicitud de información cursada al ministro Fernando María de Castiella por la escritora francesa Marcelle Auciair que trabajaba en un libro sobre García Lorca que vería la luz en 1968. Lógicamente los medios citados recurrieron al sensacionalismo para presentar estos documentos no dudando en iniciar una curiosa carrera de manipulación. Lo que realmente ha interesado a no pocos no es lo que pudieran aportar estos documentos -no mucho, ciertamente- sino poder mantener que Lorca fue asesinado por "masón, socialista y homosexual", siendo pues un crimen político cuyo último responsable, naturalmente, se llamaría Francisco Franco.

En esa línea de interpretación el informe policial pasa a ser para la Cadena SER -grupo PRISA no lo olvidemos- la "versión franquista" del crimen, dándole un valor oficial a los documentos que en realidad no tienen. El País, que no podía faltar, con su habitual parcialidad en estos temas, anota a renglón seguido que "la dictadura ocultó el informe que la implicaba en el crimen de Lorca" y otro digital, panorama.es refería que estos papeles "certifican que Franco ordenó el asesinato", pues eldiario.es ya había anunciado que los documentos "prueban la implicación del régimen en el asesinato". Así hasta The Guardian ha dado la noticia afirmando: "Federico García Lorca was killed on official orders say 1960s police files" -anotemos en su descargo que el redactor lo ignora todo y ha hecho un refrito de los titulares españoles-. El Mundo, en pleno dislate, nos informaba de que "salen a la luz los documentos en los que el gobierno de Franco reconoce el asesinato" (todo el mundo sabe que un informe de la policía es igual a la opinión de un gobierno). Remata El Plural, en pleno carnaval de la ignorancia y la manipulación, diciendo que lo descubierto nos revela que Federico "fue asesinado por la policía franquista". Y para rematar hasta la página cristianosgay explica que "fuerzas falangistas procedieron a su detención".

La manipulación está servida para alentar el guerracivilismo ideológico de la izquierda a costa del asesinato de García Lorca volviendo a exhumar los mitos de la guerra civil. Alguien debería recordar a estos ínclitos manipuladores que en agosto de 1936 no existía régimen franquista alguno y que Franco no era la autoridad máxima de los rebeldes, de hecho hasta el tres de agosto no formó parte de la Junta de Defensa y aunque las fuerzas del sur estaban bajo su mando militar el poder desde Sevilla a Granada lo ejercía el general Gonzalo Queipo de Llano. Tampoco, como hemos señalado, el informe de una jefatura policial de Granada es reflejo de la posición del gobierno en 1965 por mucho empeño que pongan en ello; y, por supuesto, quienes asesinaron a Lorca no formaban parte de una policía franquista que no existía, ni...

Algo más hay en la lectura parcial y manipuladora que han hecho los medios de los documentos citados: la ocultación de lo que confirman. Por ello han evitado transcribirlos -como sería lógico-, para conseguir que se acepte su interpretación, salvo que alguien se deje la visión en el intento escudriñando en las reproducciones a baja resolución. Y si Franco es el culpable final de los hechos no es menos evidente cómo se esfuman los esfuerzos, confirmados en el documento, de los falangistas por salvar la vida del poeta. Invito a mis lectores, si no me creen, a que repasen la información publicada y vean como los manipuladores pasan sobre este asunto, e incluso llegan al extremo de El Plural de eliminar el significado ideológico de lo acontecido para decirnos simplemente que "los amigos de Lorca intercedieron por él", lo que es una verdad a medias que se transforma en la peor de las mentiras.

Dejemos a un lado que los papeles son un informe de hechos en los que no se entran a profundizar en los móviles reales del asesinato y en los que brilla la intención evidente de evitar la identificación de los responsables del crimen; que, en consonancia con la denuncia que causó el arresto de Federico que le llevó a la muerte, la detención se realizó bajo la acusación de "socialista, masón y homosexual" -¿demuestra esto que en 1965 aún se conservaba la denuncia que hoy parece desaparecida?-. Ahora bien, lo interesante es que la propia policía, en la Nota Informativa.Antecedentes, deja entrever la precariedad de algunas de las acusaciones: no había tenido actividades como socialista y se le "conceptuaba" así por sus manifestaciones y por su vinculación a Fernando de los Ríos; también en lo referente a una homosexualidad de sobra conocida la policía anota que "no hay antecedentes de ningún caso concreto en tal sentido" sobre sus "prácticas homosexuales". Casi parece que fueran partícipes de la afirmación de Luis Rosales de que "le mataron por una calumnia". Cierto es que nada de lo que se afirma es novedoso: ya estaba en el Expediente de Responsabilidades Políticas de Federico -de ahí sin duda recoge la policía sus datos- conocido de desde los años ochenta. Ahí aparecía el cuento de que era masón activo con el nombre Homero. Eso sí el "ideario comunista" es ya socialista y no se hace referencia a sus pretendidos poemas contra Dios -corrieron poemas falsos en Granada en 1936- o que casi fuera un hombre de Moscú (acusación habitual en los años de la guerra y los primeros de posguerra de que al final todo pasaba por Moscú y que hoy algunos recuperan como piedra filosofal de todas las explicaciones).

Lo que si avala el informe, cerrando toda especulación, pese a que los manipuladores hayan preferido dejarlo de lado o disimularlo, es el hecho cierto y conocido de que fueron varios los "antiguos falangistas" -camisas viejas- que "pretendieron su libertad", citando textualmente a los hermanos Rosales, al jefe local José Díaz -de quien yo recuerde no se había hablado- y al jefe de milicias Cecilio Cirre. Y el informe confirma otro dato importante: las amenazas a quienes, pese a ser falangistas de antes de la guerra, habían protegido al poeta e intentado salvarle. Así los Rosales, además de la sanción (25.000 o 50.000 pesetas), según el documento, pudieran haber sido objeto de unas represalias que "evitó la Falange granadina", aunque en realidad quien lo consiguiera fuera Narciso Perales, condecorado por José Antonio con la Palma de Plata, quien se hizo cargo de la jefatura del partido el 19 de agosto, dos días después del crimen. Pero estos datos merecen poco interés a los comentaristas, entre otras razones porque destruyen el mito oficial de esas versiones que suelen jugar con las verdades a medias como ha hecho el historiador izquierdista Santos Juliá al escribir: "para matar a Lorca hizo falta que las manos de fascistas de Falange, católicos de la CEDA, militares y guardias civiles rebeldes tuviera cada cual su parte del crimen", reiterando que "unos falangistas, católicos, militares, guardias civiles lo empujaron y lo llevaron a matar". Y si bien es cierto que un falangista de nueva camisa o de camisa-disfraz y familiar de Lorca participó en el crimen, que hubo milicianos azules a los que no importó ir a acordonar el cuartel de la Falange, no es menos cierto que falangistas de la primera hora le ocultaron, le protegieron e intentaron evitar su asesinato; pero, evidentemente, esto mejor es no mencionarlo.

¿Y Franco? Otro de los documentos nos habla de las posiciones en 1965 del Ministro de Exteriores y del Ministro de Información y Turismo, partidarios de dar a conocer los datos oficiales que se tuvieran sobre el asesinato de García Lorca a raíz de la petición efectuada por la escritora francesa aludida, por lo que trataron de convencer al Ministro de la Gobernación, general Camilo Alonso Vega, quien debió ordenar a la comisaría de Granada realizar el informe. No sabemos si esta cuestión llegó hasta Franco quien sí tenía informes sobre el caso.

Ian Gibson, conocido experto en la figura de García Lorca, hispanista de izquierdas, defensor de la vinculación del poeta al Frente Popular, ha sido contundente con respecto a la posible responsabilidad del Generalísimo: "Ni Franco era Franco entonces y quien manda en Andalucía es Gonzalo Queipo de Llano y Franco no intervino para nada en lo que pasó con Lorca". Pero esta afirmación carece de importancia, como hemos visto, para la pléyade de manipuladores.

El documento, que relata con evidente parecido a lo publicado hasta hoy lo referido a la detención, nos dice que después de la misma los "datos que pudieran adquirirse son muy confusos" entre otras razones porque desde aquel verano de 1936 ya nadie quería ser responsable de un crimen que la izquierda y los medios internacionales exhibía como acusación contra los rebeldes. Si creemos el testimonio del falangista Joaquín Romero Murube con autorización de Franco investigó los hechos en Granada poco después y acabó determinando, aunque pocos querían hablar, que el crimen fue perpetrado por los descontrolados que actuaban en la Granada prácticamente rodeada por el enemigo en aquellas semanas. Franco asumió que esa era la realidad de los hechos y así lo explicó a los medios extranjeros en 1937 indicando que "como poeta su pérdida ha sido lamentable". A esta versión se aferró hasta los años cincuenta, como lo demuestra algún comentario recogido por su primo Franco-Salgado. Aunque no está claro si la iniciativa fue de José María Pemán, en 1955 con autorización de Franco el poeta gaditano se entrevistó con los familiares de Lorca, algunos recién llegados del exilio, ofreciendo recuperar los restos de Federico para ser enterrados en el Valle de los Caídos. La familia se negó.

En 1959 el general Eisenhower, presidente de los EEUU, visitó España. Resulta que en su entrevista con el Generalísimo habló del asesinato de García Lorca. Franco mantuvo la versión de que fue obra de los descontrolados al principio de la guerra. Ike le indicó que no era así y que la CIA había investigado el caso (Agustín Penón) por lo que le remitiría un informe. Franco ordenó abrir una investigación y poco después encargaría a Pemán la misión de localizar a los testigos que hubiera para poder recuperar los restos del poeta. En este sentido el informe de 1965 parece recoger los datos que se tenían, pues indica el paraje donde se debió producir el asesinato -que concuerda con la zona que hoy se estima más probable- pero anotando que "es un lugar que se hace muy difícil de localizar". La incógnita que nos asalta es si existe documentación referida a la investigación ordenada por Franco según los testimonios y si Ike le llegó a mandar el informe. Ahora bien, en 1960 no todo se podía averiguar porque la pieza clave, el principal protagonista, el comandante Valdés había fallecido.

Hoy sabemos, en realidad se conoce desde hace décadas, que García Lorca, refugiado en la casa de los Rosales, auténtico cuartel de la Falange de Granada en el verano de 1936, fue detenido a resultas de una denuncia falsa firmada y probablemente redactada por el diputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso pergeñada en la redacción del diario El Ideal; que no muy lejos andaban el también cedista Juan Trescastros y el jefe de la CEDA Juan García Alix. Muchos años más tarde Ramón Ruiz explicaría que lo que buscaban era darle un susto por orden de Queipo de Llano para conseguir localizar al odiado Fernando de los Rios. Pero detrás lo que latía era la lucha por el poder entre los falangistas y los cedistas, aunque todos llevaran camisa azul, por el control político y nada mejor que eliminar la influencia de los jefes de FE acusándoles de proteger a un denunciado. Que Ramón Ruiz temía la posible reacción de los falangistas lo demuestra que fuera a ver, como anota el documento, a Miguel Rosales para que le acompañara a su casa para proceder a la detención del poeta y el hecho, que algunos han negado pero el documento demuestra, de que para ello hombres armados en número importante rodearan la casa donde estaba refugiado FEDERICO. Si como dice el documento los datos en 1965 eran confusos lo que no ofrece al historiador muchas dudas son los hechos.

El susto inicial a Lorca, la amenaza a los Rosales, acabó en algo más. La vida de Lorca no fue protegida pese a la promesa de la autoridad a los falangistas. No sabemos quién decidió trasladar a Lorca a la antesala de la muerte, si fue una decisión del gobernador civil, pero sí, y lo anota el documento, que fue sacado del Gobierno Civil por "fuerzas dependientes del mismo". Pero, ¿esas fuerzas eran soldados, milicianos, guardias civiles? Lo que nos dice la historia, ahí están los trabajos de Miguel Caballero y Antonio Ramos, es que en Granada pululaban a las órdenes del gobernador pero también operando por libre lo que se han denominado "escuadras negras", y entre ellas había una vinculada a las milicias falangistas que Narciso Perales eliminó rápidamente cuando ocupó la Jefatura en agosto; que el comandante Valdés, afiliado a Falange en febrero de 1936, puesto ahí por los Rosales, prefería a los hombres de la CEDA, a los nuevos falangistas procedentes e las organizaciones derechistas, que entre sus colaboradores civiles bajo su mando estaban, por ejemplo, los Jiménez de Parga (aconsejaron a uno de los Rosales que no defendieran a un maricón, según los testimonios publicados); que una de esas escuadras se llevó a Federico y que en ella figuraba uno de sus primos, Antonio Benavides; que entre los próximos a la autoridad estaban sus familiares los Roldán Benavides y los Rodríguez Alba con los que estaba enfrentado. Se dieron prisa en asesinarlo porque era evidente que si le retenían sus poderosos amigos, tanto su padre como los falangistas, conseguirían su libertad.

La venganza de los asesinos es una realidad difícil de esquivar pese a que ahora con estos documentos -esa es la intención de la publicación- se trate de mantener que lo mataron por lo que lo detuvieron, por socialista y por masón -lo de por homosexual vino después- (los tiros al cabezón se transformaron en los tiros al maricón). Es también evidente que con la detención y la amenaza a los Rosales el gobernador civil trataba de afirmar su autoridad; que Ramón Ruiz, el exdiputado al que José Antonio llamó el "obrero domesticado" no permitiéndole ingresar en la Falange, esperaba, además de contribuir a que la CEDA, disfrazada de azul o sin disfrazar, ocupara el poder en la Granada de aquellas semanas, acceder nuevamente al Olimpo de la fama política y del poder, nunca pensó que aquella firma sería la responsable de su ostracismo social y político. Como anotó Luis Rosales, Lorca se convirtió en la "pieza necesaria para la ambición política de un cretino". Después de los hechos todos los responsables indirectos, los que no habían apretado el gatillo del mismo modelo de mauser con el que se ejecutó a José Antonio, se escudaron, en sus recuerdos transmitidos a familiares, como última y única justificación, en unas teóricas órdenes dadas por Queipo de Llano. Si creemos el testimonio indirecto de Ramón Ruiz, años después, sería llamado por Franco para que explicara los hechos. Si mantuvo su versión debió responsabilizar a Valdés y a Queipo que ya habían muerto. Ahora probablemente volverá a cobrar fuerza la tesis de la orden de Queipo de Llano, porque andan los paladines de la memoria histórica intentando que sus restos sean sacados de la Iglesia que los guarda a los pies de la Macarena.

La realidad es que, como en 1948 escribía Pemán, fue "un episodio vil y desgraciado totalmente ajeno a toda responsabilidad e iniciativa oficial", entendiendo por tal a Franco añado yo. Como apunta Pilar Tarres en los "desaciertos mortales" de Federico, el "destino le colocó en el lugar desacertado en el momento inoportuno". Pero todo esto no quita al crimen ni el calificativo de execrable, ni permite que pueda admitirse justificación coyuntural alguna para los asesinos, ni que se olvide que fueron los "falangistas antiguos" los que inútilmente le protegieran e intentaran salvarle.

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20150401214505-image.jpgEl primero de abril, aniversario de la victoria nacional, es hoy prácticamente una fecha más del calendario. De los fastos de antaño se ha pasado al silencio, la proscripción y, probablemente, con una interpretación radical de la mal llamada "ley de memoria histórica", a la persecución de aquellos que de algún modo pretendan no ya conmemorarla sino solo recordarla. Dada la inquisitorial coyuntura en que nos movemos resulta evidente que habrán de pasar algunas décadas hasta que la verdad del primero de abril pueda ser expuesta sin las cortapisas del sistema de censura directa vigente -la indirecta existe desde los años ochenta-.

La historia de los principales hechos del siglo XX no puede hacerse únicamente con documentos y testimonios orales o impresos, también nos quedan las imágenes. Recuerdos visuales que la izquierda utiliza admirablemente para identificarse con el pueblo -ahí quedan los reiterados fotogramas del catorce de abril en la Puerta del Sol-, movimientos de "masas" que llevan décadas presentando como aval plebiscitario de su razón -táctica propagandística que siguen utilizando en la actualidad tal y como ha ocurrido con el ficticio 15M o con las concentraciones perpetradas por Pablo Iglesias-, pero que censuran, minimizan o explican mediante peregrinas tesis -masas movilizadas a la fuerza, movidas por el miedo o pagadas con el bocadillo-, cuando son de signo contrario para poder negar esa misma capacidad plebiscitaria que ellos otorgan a sus concentraciones.

Cuando Martín Patino intentó cuadrar su filmografía antifranquista con una película documental hilvanada con las canciones de la posguerra titulada Canciones para después de una guerra, cinta frustrada porque los críticos acabaron viendo en ella casi una loa a Franco y una exaltación nostálgica, escogió para su inicio una larga selección de escenas de unos tres minutos de duración de la entrada de las fuerzas nacionales en Madrid el uno de abril, Día de la Victoria. El ritmo cinematográfico convertía en masas los pocos madrileños que ven la entrada de las tropas en las afueras de la ciudad. Imágenes del desbordamiento popular del uno de abril. Masas a ocultar porque la doctrina oficial nos dice que la guerra fue consecuencia de la ambición de unos cuantos generales que con el ejército sojuzgaron a la población e instalaron una dictadura -el régimen de Franco-, elevada sobre la represión permanente, que solo apoyaban los curas, los banqueros y los ricos. Tontería que han llegado a asumir incluso algunos de los que son herederos de las fuerzas políticas más militantes en la guerra. No viene al caso recordar que la sublevación, el alzamiento cívico militar de 1936, apoyado por todas las fuerzas políticas desde el centro a la derecha más extrema, fue el resultado de la política sectaria, antidemocrática, anticlerical y excluyente de los gobiernos de la II República, de la posibilidad cierta de que en España, por la miopía y falta de conciencia social de una parte significativa de la sociedad -entre ella todo el conglomerado oligárquico financiero terrateniente-, se produjera una revolución socialista -el PSOE era entonces revolucionario y no democrático- que impusiera la dictadura del proletariado. Así pues, tras esa sublevación hubo pueblo; es más, ese pueblo imponía que era necesario promover cambios sociales a esa estructura oligárquica que apoyó el movimiento condicionada por la defensa de sus intereses y que estará al lado de Franco mientras se mantuviera ese interés, aunque por debajo bramaran por el "impuesto revolucionario" que tenían que pagar. Esta es una realidad que hoy se pretende borrar de la historia.

El historiador al analizar en perspectiva esa fecha del primero de abril lo que percibirá es la alegría de la fecha, no sólo porque importantes masas de población lo sintieron como una liberación tras vivir escondidos, callados, como sombras en la zona roja, no solo porque era el fin de la guerra, sino también porque durante tres años lo que se había prometido era un tiempo nuevo bajo eslóganes atrayentes como la Patria, el Pan y la Justicia; con promesas de hogar, lumbre y pan para todos los españoles. Lo que indirectamente implicaba el deseo manifiesto de acabar con las causas objetivas que habían empujado a cientos de miles de españoles a los brazos de la revolución, pero también de incorporar a los beneficios que esa victoria iba a suponer a los vencidos y así crear una sociedad nueva. Lo que no implica que no existiera temor o que se desconociera la persistencia de la sombra de la venganza que hacía muy difícil la reconciliación social inmediata porque, evidentemente, los arcángeles guerreros pletóricos de bondad solo existen en la poseía de Pemán y en los cuarteles del cielo. No se podían borrar los odios acumulados por decreto. Pero no es menos cierto que cuando el historiador se toma la molestia de revisar las grabaciones cinematográficas, las fotografías de aquellos días, lo que ve son masas de españoles. Hasta, evidentemente por otras razones no exentas a las circunstancias políticas actuales, a la petulancia insultante del nacionalismo, el diario El Mundo en la primera edición de una selección comentada -ahí está la manipulación para vender la realidad como propaganda- de las grabaciones del NODO, nos encontramos con la multitudinaria y pacífica entrada de las fuerzas nacionales en Barcelona.

Aunque algunos se pasan la vida explicándonos que la utilización de los movimientos de masas con valor plebiscitario es cosa de dictaduras y fascismos, siempre que no sean de izquierdas, todos sabemos que ese recurso es ampliamente utilizado por las fuerzas políticas y sociales. No es necesario traer aquí ejemplos porque están en la mente de todos. Lo cierto es que el plebiscito de masas del uno de abril no fue remitiendo sino ampliándose. Ahí están las imágenes y las fotografías. Los efectos del programa político, pero sobre todo social y económico del primero de Abril, que Franco había expuesto, discurso a discurso, durante la guerra, al que asombrosamente fue fiel durante todo su mandato -ahí nos encontramos desde la idea de explotar el turismo a la repoblación forestal pasando por la industrialización-, lo que hicieron fue ampliar la base social de apoyo del régimen, como hasta hace poco tenían que reconocer los historiadores -hoy seria anatema mencionarlo porque la historia oficial es que las masas populares estaban contra Franco-. Hasta tal punto fue esa expansión popular del apoyo social a Franco, que arrancó a la izquierda grandes bloques de lo que constituía su base sociológica, constituyendo lo que se denominó "el franquismo sociológico", hoy por razón biológica muy reducido y prácticamente sin peso real, pero que a la muerte de Franco garantizó una amplia mayoría a lo que entonces se denominó el centro-derecha, con valores de apoyo real situados entre el 55% y el 60% del electorado. Fue ese franquismo sociológico, surgido de los efectos de la consecución del programa del uno de abril -ni un español sin hogar, sin pan y sin lumbre-, el que ganó las dos primeras elecciones democráticas -por eso no cabía una memoria histórica que solo es factible tras una premeditada campaña de proscripción y lavado de cerebro-, aunque la incapacidad de gobierno demostrada llevará a parte de ese espacio a volver a su espacio sociológico natural situado en la izquierda.

Así pues mirando la fecha del primero de abril con la perspectiva del mañana se hace evidente que las dos claves serían la popularidad y el arranque real de la modernización de España.



Nota.- Este artículo ha sido realizado para las publicaciones de la Findación Nacional Francisco Franco


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20150317172815-image.jpgEl País vuelve a manipular la historia.



Leo con escaso asombro la segunda entrega -de la tercera mejor ni hablar- de documentos inéditos sobre Francisco Franco publicada por El País -¡qué manía tienen algunos con eso de que sus pretendidos inéditos van a cambiar la historia!-.

No es nada nuevo ver sobre el papel la tesis de que Franco despreciaba a José Antonio, para poder así luego sostener que, por ambición y cálculo político, el general más joven de Europa, el máximo prestigio militar español en su época, presa de los celos, no hizo todo lo posible por salvar al joven líder del paredón de fusilamiento. La pléyade de expertos en tal aserto es tan larga como su capacidad de censurar aquello que molesta a la tesis o incluso establecer una disección entre lo que una misma persona ha dejado como testimonio reproduciendo solo una parte de su argumentación, lo que también es una manipulación.

Ya en mi libro "El último José Antonio" (elultimijoseantoni@terra.com) subrayaba la curiosa proscripción que se prodiga en los trabajos que versan sobre el particular de la última propuesta realizada desde la zona nacional para intentar un canje. Curiosamente es la única que hizo personalmente Francisco Franco -los demás intentos fueron propuestas de otros a los que él brindó su apoyo y colaboración, e incluso su asesoramiento militar-. Fue el cuatro de noviembre de 1936 tras desecharse la posibilidad de realizar un acción de comandos -el juicio comenzó el día 16-. Franco ofrecía un canje por el diputado socialista, líder de la revolución de octubre, Graciano Antuña y 4 millones de pesetas. Como El País ha tenido la amabilidad de convertir en euros actuales las cifras de la época, cifras por cierto coincidentes con los cálculos que yo hice en mi trabajo -pese a las dificultades de valorar la moneda en los primeros meses de la guerra-, resulta que Francisco Franco, el hombre que según la nueva entrega de un tal Jesús Ruiz Mantilla despreciaba a José Antonio, que lo quería "mejor muerto que vivo", ofreció para facilitar el canje la nada desdeñable cantidad de 4 millones de pesetas de la época que actualizadas a euros de hoy son unos 8.660.080 Euros, casi 1.500 millones de pesetas; ochenta veces más de lo que habitualmente se estaba pagando en Alicante para conseguir una liberación -unas 50.000 pesetas, algo más de cien mil euros actuales-. Curiosa forma de detestar, sobre todo porque además había autorizado, para otra operación de canje, el gasto de seis millones de pesetas: unos 12.990.120 Euros o 2.156 millones de pesetas. Gasto que por cierto fue criticado por otros sectores de la zona nacional, tal y como se desprende de un testimonio de Fal Conde (los carlistas comenzaron a reunir un millón de pesetas de la época para colaborar). Evidentemente con estas cifras en la mano resulta difícil pensar que Franco detestara a José Antonio o prefiriera que se quedara en Alicante y si lo ejecutaban mejor.

Eso sí, dado que la antipatía mutua, los celos y similares tienen muy poca base documental y sólo queda un testimonio al que todos hacen referencia, casi siempre de forma incompleta, Jesús Ruiz Mantilla y El País nos presentan por fin el documento que demuestra de forma fehaciente el desprecio que roía a Franco: la contestación que, por orden suya, se transmite a una supuesta y desconocida "novia" de José Antonio que escribe al "Excmo. General Franco" el 24 de noviembre de 1936. Y a la que Franco no da largas, pues una semana después ya tenía la "novia" la dolorosa respuesta.

No sé si la redacción de el diario El País ha querido jugarle una mala pasada a su articulista al situar junto a su segunda tontería, muestra al mismo tiempo de cierta ignorancia, rotulada con el titular sensacionalista de "El desprecio de Franco por José Antonio", una entrevista con Raúl Zurita en la que se destaca como síntesis y epígrafe su sentencia "Vivimos la agonía del idioma". Ignoro si la pluma del señor Ruiz Mantilla es agónica, pero de lo que no tengo ninguna duda es que necesita con cierta urgencia repasar la asignatura de "análisis y comentario de textos", porque nadie creería que un periodista de El País se deje llevar por los prejuicios, la falta de investigación o la práctica de la manipulación.

Dispuesto a sorprendernos el periodista nos trae una carta dirigida a Franco por la "novia de José Antonio". Aclaremos para su disgusto que no es ninguna novedad. Hace ya años José María García de Tuñón -¡Ah la funesta manía de algunos de no indicar las fuentes!- escribió sobre esta carta que estaba a la venta a un elevado precio en un anticuario de la villa. Merced a su investigación hice referencia a ella en mi libro "El último José Antonio". Lamentándolo mucho El País no nos desvela lo esencial, la identidad de, según el autor, "una de las misteriosas amantes de José Antonio" -corrección: novia y amante no son sinónimos, aunque lo parezca, ni significan lo mismo-. ¿Quién es María Santos Kant vecina de Segovia? Ya podría El País, que tiene dinero y medios, haber enviado al señor Ruiz Mantilla a investigar en la calle citada pues Segovia no ha cambiado tanto, pero el periodista se ha conformado con consultar los índices onomásticos de unos libros, donde naturalmente no aparece, y mirar en Google según nos informa. ¡Ay, en lo que ha quedado el periodismo de investigación!

Si el periodista hubiera trabajado más se habría encontrado con algunas variables como posible respuesta a su interrogante: primera, que se tratara de la misteriosa Isabel, chica como la firmante de la Sección Femenina, que José Antonio conoció a finales de 1935 y de la que se conservan varias cartas -cabría la posibilidad de que se llamara María Isabel o que utilizara un seudónimo-, pero de la que sabemos que vivía en la calle Santa Engracia de Madrid; segunda, que fuera Carmen Magallón, que si no recuerdo mal o era de Segovia o tenía relación con la localidad; tercera, la que me parece más plausible, que fuera un seudónimo de mujer muy conocida, también falangista, que sí me consta que se dirigió al Cuartel General y que por ello sería posible que se le contestara y de la que hablo en mi libro. Esta última opción es la más lógica y la propia carta nos deja entrever que es un nombre falso, pues nos indica que para contestarle "las señas más seguras son". De otra parte esta carta y la respuesta ha salido de una partida de documentos de Franco que sorpresivamente salieron a venta. Precisamente por ser importante Franco la guardó.

La identidad, salvo por la curiosidad, es lo menos trascendente de la noticia del diario oficial de la izquierda. Lo fundamental para el articulista es presentar a un Franco frío, cruel, como demuestra la respuesta que da a la pobre novia que se agarra como un clavo ardiendo a que su amado no haya muerto. Franco ni siquiera se toma la molestia de contestarle directamente, sino que lo encarga a su secretaría, lo que como todos sabemos es muy extraño en el proceder de un Jefe de Estado. Amén de esto es en el análisis de la respuesta donde el periodista muestra su escaso conocimiento del contexto -en realidad no hace análisis alguno-. Dejo a un lado sus "piropos" a José Antonio y su entierro, "procesión propia de santurrón medieval". Pero es que en realidad José Antonio interesa muy poco al señor Ruiz Mantilla, solo es un recurso para meterse con un Franco deseoso de verlo muerto para quedarse con un "aseado corpus ideológico... para fundamentar su política de odio".

Cerremos este comentario con el análisis de la respuesta de la que el autor deduce el desprecio de Franco. Apliquemos algo tan elemental como la lógica: una señorita escribe a Franco diciendo que es la "novia de José Antonio". Como partimos de la base de que era alguien conocido y no una chalada, que es lo que en primera instancia podría pensarse, el general Franco, que no debía tener otro asunto más importante que atender mientras intentaba sostenerse ante Madrid y evitar la llegada de material soviético, ordena que se le conteste. Estoy seguro que ni se le pasó por la cabeza preguntar si José Antonio tenía una novia. Evidentemente contesta por consideración a José Antonio. En ello no puede ir mucho más allá de lo que aparece en un texto que, al contrario de lo que anota el periodista, está muy lejos del desprecio.

Algunos, con insidia, han utilizado lo que no dice la carta como prueba del desprecio por el tono despectivo que ellos suponen, así afirman que se refiere a José Antonio como "ese señor". La realidad es que lo que la carta dice es "dicho señor". Lo hace porque once palabras antes (incluyendo artículos) ya se menciona a Primo de Rivera, evitando así una reiteración. Dejando a un lado la gramática, lo sorprendente es que Franco, que evidentemente no sabe "directamente nada relativo a la suerte..." -otra frase que el periodista considera prueba de desprecio- de José Antonio, ordene que se confirme indirectamente que el fundador de la Falange ha sido fusilado ("no es creíble que lo digan sin que sea ello verdad, pues el mentir en este asunto no tendría para ellos utilidad"). No ha reparado el periodista en que Franco se había comprometido con la decisión de la Falange, tomada en su Consejo Nacional, de no difundir la muerte de José Antonio y que pese a ello confirma su muerte a esta "novia" sin comprometerse: una confirmación indirecta nada más y nada menos que del Cuartel General del Jefe del Estado. No quiere dar falsas esperanzas a María cuando podía haberse callado o alegar que se estaba trabajando en su liberación. Cierra con un "sintiendo no poderle dar mejores noticias", que no me parece sea sinónimo de frialdad en este tipo de contestaciones. Y es que Franco no podía en realidad ir mucho más allá.

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Resulta que los historiadores profesionalmente antifranquistas -hoy hay antifranquistas de todo tipo y para todos los gustos y bolsillos- encabezados por el experto en confundir los listados de caídos y muertos en acción de guerra por tierras zaragozanas para poder multiplicar las "víctimas del franquismo", el profesor Julián Casanova, andan promocionando un libro antifranquista -de lo contrario no habría promoción ni mérito- titulado "40 años con Franco" que, para no engañar con portadas atrayentes al lector, deberían rotular "40 años cobrando por estar contra Franco".

Prestos a socorrer al sistema, acosado por la imagen de la corrupción y los beneficios económicos de la clase política -la casta que diría el ínclito Pablo Iglesias-, el mariachi historiográfico ha encontrado una nueva veta para meterse con Franco: demostrar que la austeridad económica de Francisco Franco es un mito. Y que el Generalísimo -lo pongo con mayúscula para fastidio de mis colegas- además de tener una desmedida ambición política, resultado de sus frustraciones, tenía una desmedida ambición monetaria. En síntesis: "el hombre comido por la ambición" según Paul Preston. Historiador este que debiera anotar para ilustrarnos sus altos y merecidísimos honorarios por meterse en cualquier lugar con don Francisco (recuerdo un Congreso donde nos tomó el pelo perorando largo tiempo sobre la Guardia Mora).

Para reforzar el tema el diario El País -¡Ah, El País, ese diario al que en cuanto te descuidas se olvida de la corrupción de la izquierda desde los tiempos del idolatrado Felipe!-, aplicando la moda de los inéditos misteriosos que cambiarán el mundo, nos obsequia estos días con una serie de papeles de don Francisco Franco propiedad de un coleccionista de alto copete. El primero, la nómina del Caudillo -también lo pongo con mayúscula para fastidiar a mis colegas- de 1935 cuando era Jefe del Estado Mayor Central del Ejército de la II República. El artículo ilustrativo de la nómina lo firma un tal Ruiz Montilla y debiera figurar en la galería de tonterías que se escriben desde el más rancio de los antifranquismos. Un insulto a la inteligencia, pero los lectores del diario El País, me temo, que cuando se habla de Franco desde este talmud de la verdad de quiosco no necesitan pensar; basta con tragarse la pastillita y a razonar como zombis.

El artículo del señor Ruiz Montilla tiene como única finalidad -no es formativo sino deformativo- demostrar la ceguera de Franco por el dinero. Así pues gracias a su pluma y a El País nos enteramos -ya estaba enterado cualquiera que quisiera hacerlo- que Francisco Franco como Jefe del Estado Mayor Central del Ejército, general desde hacía casi una década, con la tira de medallas en su guerrera, cobraba la friolera de 2.429,98 pesetas. Resultado pues de una brillante carrera militar que el plumilla de El País sintetiza a medio camino del asombro y el insulto sibilino con frase como: "el héroe de África con ínfulas, el oficial más joven de Europa en todos los escalafones superados hasta ser nombrado estrafalariamente generalísimo" -¡Qué mala que es la envidia!"-.

El audaz periodista de investigación que se nos revela Ruiz Montilla consultó y consiguió la gran exclusiva: esa cantidad equivaldría a 5.263,80 Euros actuales. Sueldo establecido -esto se le olvida al periodista- no por Francisco Franco sino por el gobierno de la idolatrada II República. Pero "ojo" un 45% menos de lo que hoy cobra un almirante general cuya hoja de servicios, por brillante que sea, no puede compararse con la del Generalísimo. Naturalmente que el periodista de El País no explica bien esto y como no le cuadra lo que escribe con la intención que le anima nos advierte, a renglón seguido, que era mucho comparado con los salarios militares de la época (evidentemente se ha hecho un lío porque los salarios eran los establecidos por el gobierno y eran para el puesto y no para el nombre de quien ostentara el puesto, pero ¡qué más da!).

Para completar el gran descubrimiento el periodista nos cuenta que en 1975 Franco cobraba 768.000 pesetas al año (168.000 como Capitán General). No nos informa de que Franco donaba parte de esa nómina a huérfanos militares (esto tampoco lo anotan ni Preston, ni Casanova, ni el mariachi de la ambición). Comentaba yo en la red, nada más salir la noticia, que ya puesto podía haber hecho la conversión y la comparación con la nómina del actual Jefe del Estado o del Presidente del Gobierno, para que quedara bien claro y sin discusión que don Francisco era un ambicioso de tomo y lomo frente al escaso pecunio de nuestros actuales gobernantes.

Como si me hubieran leído -quizás sí- Cuatro, haciendo la cuenta de la vieja, nos informaba para escándalo que Franco cobraba al año 821.000 euros actuales. Muestra palpable de la ambición monetaria del general que se había autoconcedido -como por cierto hacen diputados y concejales- el sueldo (se puso el mismo que Azaña). Cantidad escandalosa, propia de un dictador que consideraba España como su cortijo que dicen los historiadores como Preston o Casanova, comparada con los 254.000 Euros que cobra Felipe VI y los 74.000 Euros de Mariano Rajoy. Como soy así me voy a las tablas de conversión utilizadas generalmente (ver página del INE para los desconfiados) y hago rápidamente las cuentas: euro arriba euro abajo me salen 53.000 Euros anuales a valor actual (parece que los de Cuatro se han despistado con la calculadora). Ergo, la quinta parte de lo que cobra Felipe VI y 20.000 Euros menos que don Mariano Rajoy. Y bastante menos que la pensioncilla que cobra el señor Rodríguez Zapatero -también la podía haber sacado a relucir el audaz periodista de El País- que es de 80.000 Euros a los que se añaden otros 74.000 como Consejero de Estado (tres veces más que el salario de Francisco Franco).

La pregunta que debiéramos hacernos es: ¿Y todo esto ahora para qué? ¿Para darle lanzadas a Franco que lleva descansando cuarenta años? No. La respuesta es simple: quieren tapar la corrupción y el privilegio con la excusa del demócrata. Decirnos que en el fondo, aunque parezcan emolumentos y bicocas intolerables, no es nada con lo que supondría una dictadura. Lástima que a Cuatro y El País ni le salgan las cuentas, ni sus periodistas den para más que para convencer a los convencidos.

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20150128183433-image.jpgExcelentísimo señor don Francisco Javier León de la Riva
Alcalde de Valladolid



Me dirijo a usted, en primer lugar, para expresarle nuestra repulsa más rotunda a la decisión adoptada por la corporación que usted preside con mayoría absoluta de proceder a la destrucción del monumento dedicado a Onésimo Redondo situado en cerro de San Cristóbal, escudándose en la partidista consideración, fruto de la presión de la izquierda ante la que su corporación ha cedido, de dicha obra como contraria a la sectaria ley conocida popularmente como de "la memoria histórica".

En segundo lugar, para pedirle que proceda a la revisión de tan lamentable decisión y no solo mantenga el monumento en recuerdo de un vallisoletano ilustre, sino que proceda a su restauración y vigilancia, instando a actuar contra aquellos que, asumiendo el papel de juez y verdugo, actuando con total impunidad, han procedido en diversas ocasiones a causar daños al mismo.

La historia no se borra a base de piqueta, ni memoria alguna es posible cuando se procede a cercenarla para complacer a aquellos que son adversarios políticos y se defrauda a quienes, con mayor o menor convencimiento, le han apoyado.

No es necesario referirle aquí la historia de la vida de Onésimo Redondo, ni su defensa encomiable de los remolacheros en los años treinta, ni la gigantesca obra de asistencia realizada al comienzo de la guerra por su esposa Mercedes Sanz Bachiller, ni recordarle que perdió la vida a manos de quienes profesaban la misma ideología -la izquierda- que quienes le han forzado ha adoptar la decisión de destruir el monumento que sus vecinos, por suscripción popular, no pagado por ninguna instancia oficial del régimen de Francisco Franco, erigieron en 1961, veintidós años después del final de la guerra civil.

Estimo que sus asesores le han informado mal, pues este monumento, por su propia razón de ser, no solo no contraviene la mal llamada "ley de la memoria histórica", que el Partido Popular por miedo a la izquierda no se ha atrevido a reformar, sino que se encuentra protegido por la misma. No es necesario que le recuerde que la Ley 52/2007 se rotula con una declaración de intenciones que no deja muchos espacios a la duda, pues establece "medidas en favor de quienes padecieron persecución y violencia durante la guerra civil" sin concluir en el enunciado que se refiera a los de una sola parte, y Onésimo Redondo está incluido en tal consideración ya que fue asesinado el 24 de julio de 1936, a los pocos días de iniciarse la guerra. ¿Cabe mayor padecimiento de violencia?

No es posible justificar la destrucción de un monumento dedicado a una persona con lo dispuesto en la citada ley. Por su propia naturaleza este grupo escultórico que debiera ser considerado patrimonio histórico-artístico, no es conmemorativo de la guerra civil, pues está erigido para recordar a una persona que murió en la guerra; tampoco es un monumento conmemorativo de la Dictadura, pues Onésimo Redondo fue asesinado en julio de 1936 y el régimen del general Franco se inicia en paridad el uno de octubre del mismo año; tampoco constituye una exaltación de la sublevación militar, pues su única finalidad es el recuerdo y homenaje a un líder político muerto al iniciarse el conflicto. Es más, ni siquiera la inserción en el mismo del ya medio derruido emblema del yugo y las flechas puede ser considerada contraria a la ley cuando existen diversos partidos legales que lo mantienen como símbolo y con el que han concurrido a todas las elecciones desde 1977, no siendo preciso apuntar que esa utilización no ha supuesto la menor controversia por parte de las Juntas Electorales, ahondando en el hecho de que una reciente sentencia no establece una titularidad en exclusiva de este símbolo a un partido concreto.

Por todo ello me veo en la obligación de requerirle para que, amparándose en el razonamiento sucintamente expuesto pero que estoy seguro sus asesores podrán desarrollar, proceda a la detención de la demolición y a la revisión de la decisión adoptada por la corporación que usted preside.


Atentamente

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20150123192558-image.jpgEl PP ordena derribar su monumento en Valladolid.

Hace casi ochenta años Onésimo Redondo, fundador de las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, editor y director de varios periódicos -uno de ellos bautizado significativamente como Libertad-, que desembocarían en las JONS para fusionarse con la Falange de José Antonio, defensor de los campesinos vallisoletanos, perseguido por el régimen republicano, que no tuvo reparos a la hora de auxiliar a la derecha acobardada y perseguida por la izquierda en la primavera de 1936, que no rehusó a una posible coalición en las municipales que teóricamente se iban a celebrar tras la victoria del Frente Popular por hacer frente a la inminente revolución, fue asesinado por la izquierda en una refriega al principio de la guerra porque no quiso parapetarse tras la mesa de un cómodo despacho. Onésimo Redondo, aclamado y exaltado después, también por esa derecha vallisoletana trufada de patriotismo verbenero, como "Caudillo de Castilla".

Han pasado casi ochenta años y hoy, merced a la cobardía moral y real de eso que algunos consideran la derecha española, a la entrega del Partido Popular, actuando esta al unísono a nivel nacional y local (todo huele a podrido en Génova, que diría un epígono de Shakespeare), sirviendo de lacayos y mamoporreros a la izquierda de todos los tintes, a los beodos y becerros que exhiben banderas tricolores, el monumento que se levantara en un cerro próximo a la capital castellana va a ser derribado. No lo hace caer la izquierda, pese a que lo ha intentado una y otra vez, pese a sus exiguas y ridículas concentraciones. Lo derriba la derecha para mayor escarnio y vergüenza.

Digámoslo sin medias tintas. Ayer la izquierda asesinó con balas a Onésimo Redondo, hoy la derecha, el Partido Popular, se brinda orgullosa a participar en la ejecución de su memoria. Hoy viernes o en los días próximos el Ayuntamiento de Valladolid gobernado con mayoría absoluta por el Partido Popular, de común acuerdo con el Ministerio de Industria al que pertenecen los terrenos, entregará el soberbio monumento dedicado a Onésimo Redondo físicamente a la piqueta y moralmente a la izquierda. Esa misma izquierda que lleva años atacándolo, pintándolo y derribándolo por entregas sin que el valiente alcalde de la derecha, ese que blasonaba de declaraciones salidas de tono para alimentar a lo más cavernario de sus seguidores, haya recordado jamás de qué ideología eran las balas que pusieron fin a la vida de Onésimo. Hoy, a la cobardía de ayer suma el Partido Popular su decisión de colaborar entusiásticamente en la nueva ejecución del líder falangista.

Hoy el alcalde del PP, el presidente de la Comunidad del PP y hasta el gobierno del PP podrán exhibir esta decisión, cara a las municipales, como una muestra más de que ellos son tan progres como el que más; que sin problema escupen sobre el pasado y se suman a la suicida exaltación de la orgía republicana de 1936-1939, mientras que la izquierda hace una muesca más en el revolver de la venganza. Y es que en el fondo para ellos "París bien vale una Misa" y, además, qué narices, Onésimo, que no quería ser de derechas, no era de los suyos aunque Josemari jugara a las cartas en Quintanilla de Onésimo. Y por si fuera poco había definido a los partidos como sociedades para la explotación del voto y a los peperos no les gusta que los pongan delante del espejo.

Se me olvidaba, siempre tienen una excusa. Como diría Mariano: no nos queda más remedio, es a lo que obliga la ley porque no querrán ustedes que yo no mantenga, por inicua que sea, una ley hecha por la izquierda como esa de la Memoria Histórica. Qué pena no ser de pucela para en las próximas elecciones depositar en la urna en vez de una papeleta una foto de Onésimo Redondo y despacharme a gusto.

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20141229202516-image.jpgHace unos días un amigo me prestó -alertándome sobre su contenido- una “novela histórica” que pretendía retratar algunos episodios de la vida de Santiago Carrillo con un título alentador “Con la piel de cordero”. La novela histórica es un género difícil que requiere dominar perfectamente la biografía de los personajes, su visión del mundo, el tiempo en que vivieron y tener la capacidad de reconstruir escenas y diálogos sobre los que no se tienen más que referencias, rellenando además esos huecos de los que no se tiene información haciéndolos creíbles.
El autor, según leo de antecedentes ideológicos falangistas, es el periodista Josele Sánchez y ha buscado promoción anunciando que en la novela se revela el secreto más tétrico de Santiago Carrillo: estranguló a su primera mujer y la enterró en el jardín de la casa parisina de Dolores Ibárruri, la célebre Pasionaria. Según sus propias declaraciones no fue fácil conseguir la documentación para el libro, pero en realidad no hay nada que no sea conocido, ni que no esté en cualquiera de las numerosas publicaciones que se han hecho sobre el PCE y Carrillo, incluyendo el tema de la muerte sospechosa de la primera mujer o compañera del dirigente comunista. Ya en 2012 el diario El Mundo publicó las contradicciones de Carrillo en este tema derivadas de sus sucesivas memorias y entrevistas.
Vaya por delante que Santiago Carrillo es uno de los personajes más abyectos de la política española del siglo XX; que su carrera política, como todo el mundo sabe, está cimentada en un camino de cadáveres; que ese peregrinar arranca en Paracuellos del Jarama, continúa con la persecución del POUM, tiene un nuevo pico en la destrucción del aparato comunista surgido en el sur de Francia que dirigió la invasión guerrillera a finales de la Segunda Guerra Mundial, tuvo su brillo en los procesos en Moscú y en su biografía quedan para la historia las acusaciones de eliminación o entrega de compañeros del PCE al dictado de la URSS o de sus intereses. Todo ello se conoce con precisión desde hace décadas sin que haya sido ocultado por pacto alguno o mediante secuestro de documentos rescatados por los personajes de Josele Sánchez. Otra cosa es que a los muñidores de una Transición cuyo objetivo era consolidar un modelo bipartidista, que impulsaron la expansión del PSOE en detrimento de un PCE que fracasó en el enésimo movimiento táctico de Carrillo, les interesara integrar a los comunistas y los comunistas asumieran que sólo tenían esa posibilidad. Carrillo no necesitaba pacto alguno para su protección más allá de acusaciones de actividades políticas ilegales. Por su responsabilidad de sobra conocida y aireada en los asesinatos masivos de Paracuellos era inviable pedirle cuentas en los Tribunales, pero no por la ulterior ley de amnistía o por pactos avalados desde la Zarzuela, sino porque la propia legislación franquista hacia años que había dado por prescritos los crímenes de la guerra; otra cosa es que la historiografía izquierdista, que era predominante, anduviera borrando de la historia -en ello continua- los crímenes de los suyos para transformar a vulgares asesinos en víctimas del franquismo y héroes de la libertad.
El autor ha escrito una “novela” muy desigual que se lee rápido, aunque con poco interés para quienes se trate de hechos conocidos sin necesidad de ser especialistas en la materia. Y a mi juicio ha desperdiciado las amplias posibilidades que da un personaje como Carrillo para una novela histórica. Demasiadas páginas para que el autor invente o muestre una desinformación asombrosa. Y eso es lo preocupante, porque si en un momento dado esas partes, que como el autor ha dicho son una “verdad histórica” que se percibe claramente frente a la ficción, se caen como un castillo de naipes se podría poner en tela de juicio lo que sí son verdades innegables como Paracuellos del Jarama y la actuación contra sus enemigos políticos en el seno del PCE. Mejor hubiera sido que prestara más atención a lo que él mismo pone en boca de uno de sus personajes cuando dice “eso pasa cuando los periodistas, dicho con todo respeto, os da por meteros a historiadores”.
Anda el autor empeñado, y esto tiene otra lectura, en demostrar que Santiago Carrillo era el hombre de Stalin en España en 1936 cuando la realidad es que Carrillo era un dirigente de segunda abriéndose camino hacia lo alto. Lo que me lleva a pensar que el autor ha querido de algún modo librar de determinadas responsabilidades a otros dirigentes del Frente Popular. El retrato no puede ser menos real: Carrillo es el hombre de Stalin al que teme todo el Comité Central del PCE en 1936, buró del que el líder supremo desconfía, es el niño de mimado de Rosenberg. ¡Sorprendente revelación! Sobre todo porque todo el mundo sabe que el PCE sufrió la purga en 1932 pedida desde España por el nuevo grupo dirigente estalinista que en su mayoría había estudiado en la escuela de Lenin y en la academia de Frunza: José Díaz, Jesús Hernández, Vicente Uribe, Antonio Mije, Manuel Hurtado y Dolores Ibárruri. A los que en 1936 se sumaría con Álvarez del Vayo. Hombres de toda confianza de Moscú. Otra cosa es que en el diseño táctico del Comintern, con un obediente PCE dispuesto a deglutir al socialismo, entrara el control absoluto de las JSU que dirigía un triunvirato del que formaba parte Carrillo.
Pero el autor necesita un Carrillo con conexión directa con Stalin porque quiere darnos otra primicia: una particularísima y llena de errores versión del asesinato-ejecución de José Antonio Primo de Rivera. Lo que de paso le permite darle un palo a Franco, cosa que repite un par de veces más. Nos cuenta, sin que venga a cuento, que Franco se opuso al ofrecimiento republicano de canjear al fundador de la Falange por el hijo de Largo Caballero que estaba preso en la zona nacional. Curioso, porque lo sucedido es exactamente lo contrario y los testimonios de ello no son ni uno, ni dos, ni tres. Pero dejando a un lado los testimonios nacionales queda el de Ángel Galarza, ministro de la gobernación republicano, y del socialista Julián Zugazagoitia que plantearon esta posibilidad a la que Largo Caballero se negó. Es más, con autorización de Franco, el escritor Eugenio Montes llevará a Francia la oferta del hijo de Largo Caballero, dinero y una lista en blanco de nombres para el posible canje. Y si en algo tan sencillo el autor inventa, no pocos podrían acabar sumando dos y dos con el resto del trabajo.
No contento con el palo, como anunciábamos, inventa el autor la intervención decisiva de Santiago Carrillo en los hechos, en el asesinato de Primo de Rivera. Para ello llega a Valencia en la madrugada del 17 de noviembre para reunirse a las cinco y media de la mañana con el juez Enjuto, el fiscal Vidal Gil Tirado, Indalecio Prieto y el secretario del tribunal López Zafra. No está mal, teniendo en cuenta que el juicio se inició el 16, que el 17 era el día clave de las conclusiones definitivas y de los informes finales; que la sesión del 16 se cerró entre las doce y las tres de la mañana y que con los medios de la época las dos horitas largas no te las quitaba nadie para ir de Alicante a Valencia. En definitiva, que el fiscal ni durmió entre el viaje de ida y vuelta a Valencia para recibir unas órdenes que no necesitaba, además de las varias horas de reunión a tenor de lo tratado según Josele Sanchez que complican la cronología. Y todo ello para que Carrillo llevara la orden de Stalin de fusilar a José Antonio. El autor ignora, independientemente de las licencias, que Enjuto no era el juez sino el juez instructor y que no intervenía en la sala, que López Zafra era solo un secretario sin intervención en el proceso y que Vidal Gil Tirado no necesitaba ninguna instrucción porque su propuesta era la de pena de muerte; que las 48 horas que da Carrillo ya están fijadas legalmente porque son las que se aplican en los Consejos (el orden del 17 ya estaba establecido). Todo ello ¿por qué? Sencillo, porque el autor quiere mantener, a duras penas, eso sí, la leyenda de que no se quería ejecutar a José Antonio, al que querían hasta los anarquistas. Y nos presenta al ministro de Justicia, el anarquista García Oliver, dubitativo hasta la intervención de Carrillo. Lástima que no se haya tomado la molestia de leer los resúmenes de las reuniones previas al juicio de García Oliver con quienes iban a juzgar a José Antonio, de la imposición por parte del mismo de las penas que se tenían que pedir… Lástima que nos hurte la votación en el Consejo de Ministros donde la mayoría, incluyendo al señor Prieto y a los anarquistas, votaron a favor de la condena a muerte. Tampoco el trabajo de documentación ha sido fructífero en lo referente a la ejecución de José Antonio donde los errores son abundantes (ni González Vázquez mandaba el piquete, ni era salomónico de seis comunistas y seis anarquistas, ni hubo orden de fuego…)
Pero volvamos a Carrillo. En realidad, Carrillo es nombrado miembro de la Junta de Defensa porque es el representante de la JSU que es una organización independiente, con una fuerte estructura en Madrid, y que como tal debe tener representación, y porque el PCE con Mije -ferviente estalinista- domina la Consejería de Guerra y quiere un afín en Orden Público. Carrillo tiene que hacer méritos pues no lleva tanto frecuentando al grupo dirigente del PCE. Son los servicios prestados los que le van a llevar al buró político del PCE en 1937, primero Paracuellos y después la participación en la persecución del POUM, y es ahí donde ganará notoriedad y reconocimientos. Curiosamente el autor refiere con detalle la mecánica para la selección de los ejecutables en Paracuellos pero olvida explicar que la "eliminación" es fruto de un acuerdo previo con los anarquistas. Pero durante todo este tiempo Carrillo no tuvo un papel relevante en la dirección comunista que obedecía ciegamente los designios de Moscú sin que Carrillo tuviera que ser el intermediario.
No sé si Carrillo llevó una vida disoluta durante su etapa Hispanoamericana cuando fue enviado allá en 1940 como agente de la Comintern tras estar en Moscú donde su compañera recibió entrenamiento como operadora de radio. Lo que sí sabemos es que su vuelta a Europa nada tuvo que ver con esa vida como nos sugiere Josele Sánchez, sino con la necesidad de acabar con el autonomismo de los dirigentes comunistas en el sur de Francia y la pronto fracasada invasión guerrillera. Una acción que permitirá a Carrillo ascender hacia la cumbre del comunismo estalinista. Eso sí en el relato del exilio el autor nos pinta a la aviación nacional -aunque diga que alemana e italiana- ametrallando las columnas de refugiados que huían a Francia (“la aviación enemiga se desliza a baja altura e inmisericorde ametralla el convoy de fugitivos”), lo que es una aportación novedosa porque no tenía constancia de esas acciones, o nos informe de que “decenas de miles de repatriados acaban sus días ante un pelotón de fusilamiento” (no debe conocer muy bien los datos de ejecuciones tras la guerra ). Aunque supongo que es para compensar, con el palo a Franco, (de quien, en otra perla típicamente izquierdista, el autor nos dice que murió como empezó, fusilando), la siniestra imagen de Carrillo y de paso darle un disgusto a los lectores de derechas de la novela, porque me supongo que pocos de otro signo van a adquirirla.
No puedo cerrar este comentario, ya de por sí largo, aun dejando muchas perlas en el tintero -lo del asesinado de Trotsky es de nota-, sin hacer referencia a lo del “estrangulamiento”. Dejemos a un lado que la fuente del autor sea el testimonio no publicado de Enrique Lister -enemigo declarado de Carrillo al que yo en persona oí relatar en una charla la verdad del personaje que no tuvo desperdicio aunque sonara a justificado rencor-. Cuando en 2012 se habló del tema de forma notoria también se publicó que Asunción Sánchez Tudela, distanciada de Santiago Carrillo, inició una relación con Antonio Muñoz Martín, que era uno de los encargados de los operativos de radio de Carrillo en Francia y que según informes de la policía francesa, que procedió a finales de los cuarenta a desarticular la estructura del PCE en Francia porque se estimaba que realizaba tareas de espionaje para la URSS, huyó con Antonio Muñoz, falleciendo en Cuba en 1958. Tampoco existe constancia de que cuando se construyó en el lugar en que se encontraba la casa de la Pasionaria en las obras se encontrara cadáver alguno. Dejo dicho esto porque si las revelaciones sensacionalistas que sirven de reclamo a la novela, presentadas en declaraciones a la prensa no como ficción sino como realidad -al menos eso se desprende de los titulares-, se confirman como falsas flaco favor habrá hecho esta fallida novela histórica a la verdadera historia de un sujeto tan despreciable como Santiago Carrillo.

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Últimamente, por efecto positivo de la publicación de mi libro “El último José Antonio”, que me está deparando poder rastrear pequeños tesoros perdidos sobre la vida del fundador de la Falange, ando rodeado de viejos recuerdos almacenados en casa por tradición familiar y devoción particular de lo que un día significara, para decenas de miles de jóvenes, el “Día del Dolor”.

Merced a la bondad del hijo de un Vieja Guardia tengo sobre la mesa trabajo un recordatorio del 20 de Noviembre de 1943 pidiendo un ruego por el alma de José Antonio Primo de Rivera. Contiene una oración, simple, ingenua y hermosa, en la que no se habla ni de enemigos ni del pasado; simplemente de futuro, de hacer la “España difícil” que “él ambicionó”, de pedirle protección y aliento para que aquellos jóvenes pudieran realizar su sueño (“alienta nuestros esfuerzos”). Junto a ella unas frases de esa pieza magistral de sentimientos que es el testamento de José Antonio, escrito en las vísperas de su ejecución con una serenidad contenida y la evidente tranquilidad en el espíritu: “Condenado ayer a muere, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a este trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia”. Y José Antonio fue ejecutado, asesinado paralegalmente, por la república al amanecer de un 20 de Noviembre. Murió de forma heroica pero sin sobreactuación alguna: de una forma decorosa, exacta, como a él le hubiera gustado.

Después, aquella generación de muchachos, varios millones, que pasaron por las Falanges Juveniles de Franco, por el Frente de Juventudes, se convirtieron en la gran base sociológica de una forma de entender España. No se cumplieron sus sueños revolucionarios, orlados de bellas palabras y estrofas de canciones para marchas de campamento, pero supieron construir una España diferente a la que habían recibido. Ellos integraron a la otra España, a los derrotados porque ellos también tuvieron plaza en sus campamentos, en sus escuadras; porque fueron generosos a la hora de conseguir que las becas llegaran para estudiar a todos; porque llegados a la mayoría de edad formaron familia con los descendientes de los vencidos. Ellos sellaron lo que fue la reconciliación social de los españoles que fue muy superior y amplia a la posterior “reconciliación de los políticos”. Esa que los “políticos”, unos por acción y otros por omisión, se están encargando de volatilizar inventando o renovando el resentimiento del odio como elemento ideológico polarizante para jóvenes que nada vivieron, que nada saben y que casi todo lo ignoran; que son fácilmente manipulables con el recurso a la etiqueta descalificadora y a la excitación por la acción directa.

Los jóvenes del que fuera durante algo más de dos décadas “el Día del Dolor” conservaron y transmitieron el mito de su joven héroe, de José Antonio. Lástima que las generaciones posteriores, alienadas por la propaganda de la falacia del progresismo y la modernidad, hayan preferido estampar en sus camisetas, por moda e ignorancia, la imagen de Ernesto Che Guevara en vez la de José Antonio Primo de Rivera. Dos revolucionarios sí, pero de revoluciones distintas. El primero, jalonando su vida con la sangre derramada, apóstol de la revolución materialista que, en el fondo, lo único que hace es sustituir una alienación por otra; el segundo, el idealista de la revolución individual, interior que fuerza capaz de alumbrar la revolución ordenadora engendradora de un orden social nuevo y mucho más justo.

Aquellos jóvenes del “Día del Dolor”, ya en muchos casos en el invierno de sus vidas, cuando vuelven la vista atrás y ven la imagen siempre joven de su héroe, de su mito, de su modelo, no pueden dejar de musitar: “¡Qué pena!”. Algunos aún siguen ahí, con el viejo sueño político en pie; la inmensa mayoría han pasado página, cerrado su contribución a la sociedad aunque cada Veinte de Noviembre, al amanecer, recuerden aquellos otros días en los que había que levantarse muy temprano, ponerse el uniforme y acudir ante una Cruz para hacer guardia y rezar. Testimonio de un tiempo del que ya sólo quedan las añejas fotografías pues aquellas cruces fueron en la mayoría de los casos derribadas.

Aún queda, no sabemos por cuánto tiempo, el lugar del descanso eterno a los pies del Altar Mayor de la Basílica de Santa Cruz del Valle de los Caídos. Siempre hay flores sobre la tumba de José Antonio, pese a la diligencia habitual del personal de Patrimonio por evitar la acumulación.

He estado allí hace pocos días, escuchando la Santa Misa. Situado ante una de las capillas que dan paso a la cripta donde reposan miles de españoles de uno y otro bando, me vino a la memoria las veces que rezamos por todos los caídos allí enterrados. Y mirando hacia arriba, notando los estragos de la humedad y las filtraciones de agua, me embargó la pena de ver cómo la desidia puede hacer que el Valle de los Caídos se deteriore. Quise ir porque no sé si finalmente se consumará, cualquier día la villanía de la propuesta de la izquierda de sacar los restos de Francisco Franco y quitar los de José Antonio del lugar que ocupan. Y como los muchachos del recordatorio de 1943 sólo se me ocurrió pedir a Dios por su protección.

 

 

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En realidad a la izquierda en general y al socialismo en particular los huesos de don Francisco Franco, Caudillo de España, Generalísimo de los Ejércitos -cargo militar y no muestra de peloteo rampante- y Jefe del Estado Español (por cierto España fue Estado en su concepción contemporánea gracias a don Francisco Franco), le importan un pimiento.

Convertida la izquierda, pese a los aspavientos de la promocionada por la crisis Izquierda Unida, aupada realmente sobre los vientos de la desesperación, en una devota sierva de las tesis económicas capitalistas, porque en su vertiente económica el turno socialdemocracia-liberalismo es una misma moneda con dos caras para mantener los entramados más sociológicos que ideológicos de izquierda y derecha; perdiendo terreno en las apuestas de ingeniería social que conformaron su discurso en los últimos cuarenta años pero que hoy, sólo era cuestión de tiempo, también acaba asumiendo de un modo u otro la derecha  (véanse los casos del aborto, multiculturalismo, la diversidad de modelos familiares admisibles, el matrimonio homosexual, el ecologismo…); convencida de que la defensa del llamado Estado del Bienestar tiene corto recorrido, porque también, teóricamente, lo quieren hacer sobrevivir sus contrarios (con un par de subidas de las pensiones, un recorte de impuesto y más presupuestos de ayuda social se recorta el descontento); ayuna de elementos ideológicos propios realmente movilizadores (no lo son la petición de la regeneración política, la lucha contra la corrupción o la protesta ante los efectos de la crisis y el ultraliberalismo), anda en España buscando crear un enemigo que galvanice y origine una nueva izquierda (en realidad toda la izquierda, aunque esté alcanforada, se haya aburguesada y disfrute con los lujos, las marcas, la cocaína y las drogas de diseño, sigue soñando con el mito revolucionario, con las trencas y las greñas del sesenta y ocho). Y por eso tienen que sacar a pasear, una y otra vez, a Francisco Franco.

No es nuevo el comportamiento en la izquierda española. En los años treinta creó el mito de un inexistente fascismo (fascista era todo el que no era de izquierdas y por ahí anda alguna histérica tertuliana con el mismo discurso) como pantalla para justificar la violencia coercitiva que desató sobre España y que se llevó por delante la República, la  democracia formal -¡sólo formal!- y nos condujo directamente a la guerra civil. Hoy, utilizando los nuevos antifascistas como ejército de choque han vuelto a lo mismo: todos los que no somos de izquierdas somos fascistas. Es la izquierda que vendió como legítima protesta la violencia de los grupos antiglobalización, dio alas al movimiento “okupa”, ensalzó a un nuevo anarquismo poblado de hijos de la burguesía vestidos de perro-flauta, y ahora los ha reconvertido en el movimiento antifascista cuya especialidad es reventar actos, abrir cabezas, incendiar contendores, volcar coches; exaltando, de un modo u otro una violencia que siempre les sale gratis pues ¿quién se va a meter con un “heroico antifascista” que combate contra los malos malísimos de las película de ficción que se han inventado?. Y para dar cohesión a esa amalgama entusiasmada con la lucha en el mundo digital no hay nada mejor que resucitar periódicamente a Francisco Franco. El “odioso dictador” que sus papas y abuelos criticaban, eso sí desde la comodidad burguesa, porque los heroicos luchadores cabían en un salón de actos o en la entrada de una Facultad escuchando las insufribles canciones de Luis Llach, o que según los casos -multitudinarios por otra parte- aplaudían con entusiasmo cuando no ocupaban cargos y disfrutaban de prebendas.

A la izquierda le gusta el simbolismo de la venganza. Por eso Gallardón -conviene recordarlo- le regaló a Carrillo en su cumpleaños la retirada de la estatua de Francisco Franco en los Nuevos Ministerios, y ahora, un 29 de octubre, 80 Aniversario de la Fundación de la Falange, recibida a tiros y porras con cuchillas de afeitar -esa fue la dialéctica de los puños y las pistolas real de aquel día- por la izquierda, el PSOE, a través de un infame Odón Elorza -¡quién no recuerda la posición de este sujeto con respecto a los terroristas, el mismo que decía a las víctimas que “no hay que humillar a los presos etarras”!- pide que se trasladen los restos de José Antonio del lugar que ocupa en la Basílica del Valle de los Caídos, escudándose cobardemente -es su estilo- en que están en una jerarquía contraria a la mal llamada Ley de la Memoria Histórica.

No sólo eso, ya que se aproxima el aniversario de la muerte de Francisco Franco y del asesinato paralegal, firmado por un presidente del gobierno del Partido Socialista, de José Antonio, pide también que se exhumen los restos del ex Jefe del Estado y se pongan a disposición de la familia. Y reitero, no es que al PSOE le importen los huesos de Francisco Franco es que ha detectado el valor ideológico del “antifranquismo” sin Franco, por ello quiere disputárselo a Izquierda Unida y demás grupos de su ámbito, evitando que la camada de los “nuevos rojos” incubada por José Luis Rodríguez Zapatero se le pase con armas y votos haciendo al PSOE víctima del fuego amigo. Pero también porque en la fiesta del todo vale aspira a desgastar al PP si por sus complejos accede a ello y provoca una nueva fractura entre parte de su electorado.

El gobierno y el PP, en vez de tener una posición clara y gallarda danto por zanjado el tema, seguirán refugiándose en la denuncia del “oportunismo” socialista destinado a cubrir vergüenzas y problemas internos; en que no es el momento y que los españoles tienen cosas más importantes en que ocuparse -en realidad los que tienen o debieran tener cosas más importantes son los políticos- o que este tema no está en el debate social. Todo ello, simplemente, porque parte del PP ha acabado comprando la mercancía fatua y falsa de la “memoria histórica”, porque parte de la casta dirigente popular está asumiendo las posturas de la izquierda, la “nueva verdad oficial” con respecto a la II República, la Guerra Civil y el régimen de Francisco Franco y por ello ha olvidado una de sus promesas: acabar con una ley tan inicua como la de la “memoria histórica”. No lo ha hecho simplemente porque la mayor parte de los dirigentes populares padecen una enorme cobardía moral y un evidente complejo de inferioridad con respecto a la izquierda. Ese es el problema.

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Hasta hace unos días, como muchos españoles, no sabía situar en el mapa un pequeño pueblo denominado Baralla. Al alcalde de la localidad, del Partido Popular, se le ocurrió en el calor de un pleno afirmar, según la izquierda, que “quienes fueron condenados a muerte” durante el régimen de Franco “sería porque lo merecían”; aunque otras versiones indican que sus palabras fueron “que algo habrían hecho”. Suficiente para que la izquierda y los nacionalistas, ardorosos defensores de avanzar en lo que ellos llaman “ley de memoria histórica”, pusieran el grito en el cielo y el alcalde, como es natural, se apresurara a rectificar.

Pudiera ser una anécdota, como el anuncio de la Junta de Andalucía de sancionar a aquellos Ayuntamientos -se cuentan por centenas- que aún mantengan símbolos o nombres franquistas en su callejero; o la campañita que los idiotas de la “memoria histórica” hacen poniendo pegatinas, eso sí con la hoz y el martillo -símbolos nada democráticos-, en las placas que aún conservan esos temibles nombres. En realidad es una forma de mantener abierto un inexistente debate para avanzar en la propuesta socialista de hacer más efectiva la ley y que cualquier tipo de mención positiva o utilización de símbolos “franquistas”, o simplemente alzar el brazo, sea constitutivo de delito.

Probablemente, don Manuel González, que así se llama el alcalde arrepentido de Baralla (Lugo), no se haya molestado en leer la reforma del Código Penal propuesta por el ínclito Alberto Ruíz Gallardón y que los populares aplaudirán con tanto entusiasmo como alguno de sus progenitores aplaudía al Generalísimo. Con ella cualquier juez progresista podría, aplicándola de forma laxa, acabar procesando a quien hiciera una manifestación como la suya; alzando el brazo; utilizando la bandera española con el águila (vigente también durante el actual sistema democrático) o poner en duda la historia oficial que la izquierda está elaborando sobre la guerra civil y el franquismo. Todo ello cuando Mariano Rajoy, más o menos, había dado a entender que con él se acabaría la ideología de la revancha y se pondría fin a la ley socialista. Pero hete aquí que la propuesta de reforma del Código Penal, en este punto, más parece estar en consonancia con la propuesta del PSOE que otra cosa.

Es evidente que toda generalización es, por su propia indefinición, errónea, discriminatoria e incluso insultante, aunque pueda ser entendible o explicable. Ahora bien, desde hace mucho tiempo asistimos a una maniobra propuesta por la izquierda de revisionismo histórico.

La izquierda lleva décadas intentando limpiar su nombre y convertir en héroes a quienes para muchos no fueron más que vulgares asesinos o chorizos. Es usual, por ejemplo, recordar que Franco estuvo “matando” hasta el final al no conmutar las sentencias de muerte de 1975, pero borrando el hecho de que se trataba de terroristas de ETA y de otras organizaciones que exhibían como símbolo la hoz y el martillo.

Que yo sepa, hasta hoy, la izquierda -leáse el PSOE y el PCE- jamás ha pedido perdón por los asesinatos cometidos por sus miembros, por sus milicias armadas, durante la II República y la Guerra Civil; que yo sepa, hasta hoy, el PCE no ha pedido perdón por los cientos de asesinatos  y robos cometidos por los maquis o los denominados guerrilleros en los años cuarenta-cincuenta. Claro que para algunos esos asesinatos estaban justificados. Ahora bien, yo me pregunto: ¿al reconquistar el territorio o acabar la guerra, o ante delitos de terrorismo, era lógico que quienes eran responsables de esas muertes comparecieran ante los tribunales y de acuerdo con lo usual entonces fueron condenados a la máxima pena?

El problema es que la izquierda -léase el PSOE, el PCE y los nuevos rojos- lo que ha buscado es romper la relación directa existente entre los crímenes en la zona republicana y la llamada represión franquista. De ahí su obsesión, hace treinta años, porque desaparecieran las lápidas que en cada pueblo de España recordaban el nombre de los asesinados de la localidad. Algo esencial para negar la evidencia, borrar la historia y deshacer la relación causa-efecto. Ahora, en el tiempo actual, lo que buscan es simplemente transformar a quienes fueron reos por sus crímenes en héroes de la libertad injustamente asesinados, y dejemos a un lado que injusticias hubo.

Así, por ejemplo, me encuentro con la conversión en héroe de un ejecutado. Resultaba que fue concejal durante la guerra. Los defensores de la leyenda rosa de la zona republicana, antecesores de los alevines de la “memoria histórica”, han afirmado que fue condenado por ser un representante democrático. En realidad, él junto con otros, lo que hizo fue perseguir a un sacerdote que había huido del pueblo y había conseguido refugiarse en otra provincia. Hasta allí llegaron y lo asesinaron, después al “héroe” de la hazaña lo hicieron concejal. Y así podrían multiplicarse los ejemplos: ¿Es que acaso eran héroes los que en agosto de 1936 en la punta de S’Esperó, en la Mola (Menorca), asesinaron a Hercelia de Solá Cuscheri y al alférez Facundo Flores? ¿Es que acaso las hermanas Chavas Riera, falangistas, asesinadas deben tener menor consideración que las llamadas “13 rosas”? ¿Es que pueden ser héroes hoy los componentes de aquella partida de maquis-guerrilleros que penetraron en un pueblecito se llevaron a la familia del alcalde, incluyendo niños y ancianos, y los asesinaron bárbaramente en un bosque próximo al pueblo? ¿Es que son héroes los tripulantes de los buques que cogieron a los oficiales, les ataron planchas de hierro y los lanzaron por la borda? Y los responsables, detenidos y juzgados en algunos casos, en muchas ocasiones acabaron ante un pelotón de ejecución, aunque hoy se les presente como heroicos luchadores contra Franco por la democracia.

Como quemar los archivos está feo nada mejor que sepultarlos bajo la amenaza del Código Penal tal y como propone el socialismo para que a nadie se le ocurra volver a establecer una relación de causa-efecto; porque en esa relación, además de las personas, aparecerían las siglas del PCE y del PSOE.

    

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