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CARTA ABIERTA A PABLO IGLESIAS

Publicado: 23/06/2016 17:08 por Francisco Torres en Los libros
20160623171135-image.jpegEstimado profesor:

Supongo que le sorprenderá, por la distancia ideológica, que comience estos párrafos con tan atrevida formulación porque, evidentemente, usted no ha sido profesor mío, pero lo hago desde el apriorismo cierto de que ambos ejercemos la docencia y hasta escribimos libros.

Le he escuchado en decenas de ocasiones defender la libertad, y en especial la libertad de expresión, y hasta quejarse del poder de los medios para coartar esa libertad, aprovechando su posición de poder, para silenciar o distorsionar; supongo, además, que usted comparte, y hasta ha sido beneficiario de ella, la necesidad de la libertad de cátedra; que cree en el debate académico y hasta en el diálogo con quién no está de acuerdo con lo que usted, su partido o sus seguidores sostienen y que, por ello, es enemigo de la censura en cualquiera de sus formas, incluyendo la censura previa.

No creo que comparta, al menos no es lo que trasluce, la tesis del "enemigo del pueblo" reutilizada por Lenin -de sobra sabe que ha ido dando tumbos por la historia siendo utilizada por unos y por otros-, y que, por tanto, el disidente carece de derechos y debe de ser perseguido, censurado, acallado o proscrito. Porque de lo contrario da igual cuanto le comente, siendo innecesario que siga perdiendo el tiempo leyendo estas letras.

Atropellar la libertad no sé si es compatible con PODEMOS, UNIDOS PODEMOS o la constelación de marcas moradas con las que ha llegado a las instituciones; aplastar los derechos de las personas no parece compatible con las palabras bonitas con las que acompaña el chascarrillo inteligente de sus discursos mientras nos cuenta aquello de ganar el cielo al asalto. ¿Pero?

Denosta usted a la casta, por corrupta, por hacer lo contrario de lo que dice, por ser una oligarquía amparada y escudada en el pensamiento único. Pero parece que su ambición es la de sustituir el pensamiento único por otro pensamiento único. O en el lenguaje que a veces los suyos emplean: sustituir una tiranía por otra tiranía. Y ello es lo que trasluce alguno de los comportamientos de los suyos cuando están en el poder.

Le escribo estas líneas solo a título informativo, ni tan siquiera tienen el valor de la denuncia -el poder cuando es poder apaga la denuncia-. Una de sus marcas moradas, la asturiana SOMOS, ha hecho con quien esto suscribe lo contrario de lo que predica. ¿O quizás no?

Este sábado iba a presentar, como profesor e historiador, un libro, que es la resultante de una investigación cuya raíz es un trabajo universitario, en Oviedo. Su título "Soldados de Hierro. Los voluntarios de la División Azul", que gracias a Dios y mis lectores anda por la segunda edición y que, naturalmente, retrata a unos combatientes que para mí fueron eso, soldados de hierro. Españoles del ayer que combatieron noblemente como hoy reconocen quienes ayer fueron sus enemigos. No creo que por el título, el tema y su previsible contenido usted crea que, si no debe acabar en la hoguera, sí, al menos, debe de ser encarcelado con pena de cadena perpetua. ¿O quizás sí?

El lugar, el Auditorio Príncipe Felipe de la ciudad. A dúo o a coro el concejal de cultura y la vicealcaldesa, ambos de su marca morada, han procedido, con una excusa uno y sin excusa otra, sin que vayan más allá del prejuicio ideológico, a retirar la "concesión" de una sala que pagan todos los ciudadanos de Oviedo con sus impuestos, hasta aquellos que no les han votado y que han tenido la amabilidad de invitarme. Causa sonrojo leer lo escrito por el concejal, y lástima la chulería de la vicealcaldesa en un tuit afirmando que un acto así -la presentación de un libro- no tiene cabida en el Auditorio y tendrá que cancelarse -me dicen que ha borrado el mensaje como si con eso dejara de existir la prueba-. Eso se llama, simplemente, censura. Pero también es discriminación ideológica -¡quién lo diría, usted amparando la discriminación!-.

A buen seguro que, de estar en un debate público, televisivo, de esos a los que usted acude con frecuencia, o cualquiera de sus adláteres, la panoplia de razones y justificaciones, de respuestas a la contra, de contestaciones con preguntas, a favor de la decisión de intentar censurar y criminalizar la presentación de un libro, que evidentemente no gusta a sus representantes en Oviedo, le darían para hacer saltar furibundos a algunos de sus seguidores, dispuestos, llegado el caso, a tener algo más que palabras -¡qué le voy a contar que usted no sepa sobre la fuerza movilizadora del irracionalismo!-. Pero, al final, cuando vuelva a su casa y se mire ante el espejo solo verá el rostro de un censor al que le da miedo un libro de novecientas páginas.

No se alarme, en el fondo está es una de esas cacicadas/concejaladas/alcaldadas que nadie le sacará a relucir, ni será objeto de denuncia en medios y platós, a la hora de alertar sobre lo malo que es PODEMOS, quizás porque teman su rápido mensaje de que están defendiendo a unos fascistas. Y nada hay que ponga a nadie más nervioso por estos lares que tal sugerencia.

No es que me preocupe, afortunadamente todavía no está en el Ministerio del Interior ni es Presidente o Vicepresidente del Gobierno, y, aunque no sé si aún quedan jueces en Prusia, en la humildad de las posibilidades que tiene un individuo presentaré mi libro en Oviedo aunque sea a dos personas en una cafetería; al menos queda para la historia la constatación de los hechos. También puede, a la larga, quedar la lección: ya sabe que la hormiga es muy pequeña frente a un elefante, pero en realidad, por ello, es mucho más fuerte.

También es posible que no estemos más que ante una confusión y que naturalmente usted sea el Pablo Iglesias que dice ser y no el que muchos anuncian y entonces, como un caballero, tendré que rectificar, aunque me temo que esto no será necesario.

Atentamente
Francisco Torres García.
Profesor e historiador.
Víctima de la censura de las marcas moradas de PODEMOS.

(Publicado en Diario Ya)

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20160623000200-image.jpegNo sé quién es peor, si el que intenta poner fin a tus derechos, busca pisotearte, o el que se calla, pese a que anda agitando el espantajo del comunismo, porque por un lado cree -ingenuo- que estas cosas nunca irá con él, nunca le pasarán a él, o porque así cree que él está a salvo y no es un peligroso antidemócrata como pudiera serlo el que suscribe -y quizás, si fuera necesario, se sumaría a tirar piedras-.

No soy ingenuo. La libertad de expresión no existe, existe la libertad a expresarte siempre que nadie te oiga. Eso es lo que hoy se entiende por libertad de expresión. Que conste que nadie va a apoyarnos -hablo en plural- ahora. Ya estamos acostumbrados. Decir la verdad es incómodo. Tener y demostrar que se tiene razón molesta. Nosotros no tenemos adversarios, tenemos enemigos. Así de claro, porque lo que ellos desean es nuestro exterminio, si no físico sí al menos moral. Cuentan con la neutralidad cobarde, meliflua, apocada, de quienes quieren ser puros y virginales, ser admitidos en la pandilla -no pueden ser más tontos-, gracias al silencio que equivale al dedo acusador del: "veis cómo somos buenos, esos son los fascistas".

No es la primera vez que soy "víctima" de la decisión de la izquierda -alguna vez también de la derecha- de decidir sobre qué se puede decir o qué no se puede decir. En Sevilla tuve que presentar un libro -¡presentar un libro!, tremendo acto fascista- en la calle, en Granada repartieron los colectivos de izquierda -más nombres que gente- pasquines denunciando que se presentara un libro en un barrio obrero y popular llamando a la movilización, en Almería nos cerraron el local municipal, en Alicante una concentración de la izquierda presta a visitarnos parada por la policía... Ahora ha sido en Oviedo -escribo en pasado cuando probablemente sea en presente-.

En Oviedo es ya casi un culebrón preñado de despropósitos lo que está aconteciendo. Un concejal que hace "decretos" para decir que no a la concesión de una sala pública, advirtiendo que las otras cuatro y hasta el local del restaurante está ocupado por actividades de la concejalía -a fecha de ayer no había ninguna-; una vicealcaldesa, que dice que no hay sitio para la presentación de un libro sobre la División Azul en un local municipal y que tendrán que cancelar el acto; advertencias de todo tipo al encontrar otro local que lo mismo ya nos ha sido retirado...

Los que prohíben, censuran e intentan que el acto -¡presentar un libro!- no se celebre son, eso sí, de PODEMOS, de una de sus marcas moradas, pero los que guardan silencio ante el atropello tampoco son inocentes. Ya les llegará el turno.

Vamos a presentar un libro, Soldados de hierro. Los voluntarios de la División Azul. El problema no es el autor. Dudo mucho que yo sea tan conocido. El problema es lo que sin leerlo saben que se dice en el libro. Si yo anotara que los divisionarios fueron criminales de guerra, que fueron a Rusia engañados por una cruel dictadura, por la pasta, porque estaban en la cárcel... obligados en los cuarteles, sin ningún ideal... a morir como perros para que sus jefes ganaran medallas y ascensos en una campaña sin ningún heroísmo, seguro que no tendría ningún problema y hasta la vicealcaldesa de la marca local de PODEMOS me hubiera estampado dos besos, subvencionado los gastos y hasta ejercido de introductora. Pero yo no puedo escribir o decir eso, como hace alguno de mis doctos colegas: primero, porque no lo creo; y segundo, como demuestro empíricamente en mi libro, producto de una seria y profunda investigación, porque no es verdad. Pero, ¿qué importa eso en la España de la memoria histórica de la izquierda? ¿Qué importa a los que se pasan el día blasonando de libertad y democratitis aguda?

Nada. Ellos tienen asumido que al enemigo ni agua. Que ni tan siquiera cien o doscientas personas deben oír otra versión. Censura, censura, censura... ese es su lema.

Pero es mucho más que eso, porque estas prohibiciones amparadas en coartadas de carcajada que ofenden a la inteligencia, constituyen la vulneración de un derecho reconocido e institucionalizan la censura e, incluso, de forma encubierta, al animar a luchar para que el acto no se realice, incurren en un delito de discriminación ideológica cuando no de amenazas.

Como en otras ocasiones yo voy a ir a Oviedo a defender mis derechos, pero también la verdad. Quienes siguiendo a sus maestros, desde Lenin a Stalin pasando por Castro, Maduro o Chavez, están en lo que siempre han estado -la cheka, la lubianka y el GULAG-, actúan como siempre lo han hecho. La libertad es solo un prejuicio burgués, decían sus clásicos. Ellos siguen al pie de la letra esa máxima. La que nos convierte en "enemigos del pueblo" y, por tanto, en sujetos sin derechos. Se colocan al lado de todo aquello contra lo que fueron a luchar los voluntarios de la División Azul. Es lógico que 75 años después quieran vengarse.

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COMENTANDO UN LIBRO DE EDDA NEGRI MUSSOLINI (la nieta del Duce)

Ya sé que a tenor de lo publicado por algunos medios carezco de posible objetividad por haber estado en un "acto fascista" (invito al lector a que añada todos los apelativos que se le ocurran que a buen seguro corto se quedará), denunciado por los colectivos de la "Memoria histórica" -al paso que vamos pronto serán de la censura histórica-; los mismos que reunieron en magna protesta unos dos mil valencianos en una ciudad que ronda los 800.000 habitantes, según leo en el diario digital Público -digital, porque no encontró lectores que lo compraran-, al que aplicándole su propio rasero me vería obligado a calificar de comunista (la ideología con más muertos a sus espaldas -afirmar semejante cosa es ser un "fascista"-). Tal acto "fascista" consistió en unas conferencias "fascistas" -entre ellas la de Javier Barraycoa Vicerrector de la Universidad Abat Oliva, naturalmente "fascista" por denunciar las falsedades históricas del nacionalismo catalán- y mi modesta colaboración en la presentación de una novela que he prologado (por cierto, como son "fascistas" nadie te supervisa lo que vas a decir, e incluso se puede disentir desde la tribuna de la línea que todo el mundo presupone a los organizadores). Unas conferencias organizadas anualmente por la legal Asociación Cultural In Memorian Juan Ignacio bajo el título de Primavera, en cuyos actos por cierto jamás ha habido incidente alguno -y eso que los "fascistas", como todo el mundo sabe, son unos seres violentos y muy peligrosos-. Un acto casi clandestino, porque si se publicita nadie quiere alquilar un salón para su desarrollo, ya que previamente se desata una campaña para su prohibición vulnerando derechos y cayendo en el delito ideológico.

El revuelo de este año, que por cierto mide cómo andamos de vida democrática, es fruto de la presencia en la misma -razón importante para mí para asistir al igual que para El País, diario "fascista" por excelencia, como todo el mundo sabe, que quería una entrevista- de Edda Negri Mussolini -hoy utiliza tras una batalla legal el apellido Mussolini del que se siente muy orgullosa-; la nieta del Duce que nació allá por 1963, dieciocho años después de su asesinato en Giulinio di Mezzegra a manos de un grupo partisano dirigido por el Coronel Valerio (Walter Andirio), sujeto que anduvo por la guerra civil con las Brigadas Internacionales organizadas por la Internacional Comunista, cuyas decisiones dependían de ese ejemplo de democracia y humanidad llamado José Stalin. Ejecución inmediata por decisión del futuro Presidente de la República Italiana, Sandro Pertini (que lo maten "como un perro rabioso", dijo) y/o, según las fuentes que se consulten, de Luigi Longo, después Secretario del Partido Comunista Italia. Pero Edda afirmó que no siente ningún rencor por ello.

Edda Mussolini llegó a Valencia en medio de la campaña de la orgánica y supongo que subvencionada Asociación de Memoria Histórica de turno -su memoria claro, porque si se les recuerda a los asesinados por los republicanos, sin derecho a placa, monumento o reconocimiento, en las tierras de Levante, que suman algunos miles, les da un sarpullido- por ser la nieta del "criminal de guerra, asesino..." cuyos aviones bombardearon Valencia durante la guerra civil, por lo que la visita era considerada una "afrenta" a las víctimas y no sé cuántas cosas más. Dejemos a un lado que tales bombardeos, "criminales, terroríficos, sangrientos", y dicho con todo el respeto para quienes en ellos perdieron la vida, a los que me parece muy bien que se recuerde y se rinda el homenaje, según leo en el nada sospechoso de fascista o pro franquista diario Público de los -tampoco sospechosos de condescendencias con los nacionales- catedráticos de historia de la Universidad de Barcelona, Aracil y Villarroya, máximos expertos en el tema, fueron en toda la Comunidad 637 las acciones de bombardeo causando menos de dos mil muertos (es decir que esos bombardeos sistemáticos de terror, que se dieron entre 1936 y 1939,durante casi tres años, tuvieron una media de menos de tres muertos por acción y como en algún caso fueron algo más cabe colegir que en muchos no hubo víctimas mortales). No existen guerra limpias y Edda reiteró en su intervención que nada es blanco o negro, que la Verdad suele estar en el punto medio, que ella se ha abrazado con antiguos partisanos -los que mataron a su abuelo y a miles de fascistas sin juicio tras la guerra- y que ella defiende la libertad, el diálogo y el debate que es lo que nos hace mejores.

Edda Negri Mussolini vino a España para presentar un libro de título altamente peligroso: Donna Rachele mia nonna. La moglie di Benito Mussolini (La señora Raquel, mi abuela. La mujer de Benito Mussolini). Un libro que, por razón de apellido de la autora y por la transmisión de vivencias sobre una familia con peso en la historia, me parece más que interesante. Lástima que probablemente no vea edición española.

Edda, la autora, la nieta, y es interesante subrayarlo, ha sido hace pocos años alcaldesa de Gemmano en Italia y candidata al Parlamento por el partido Futuro y Libertad para Italia, creado tras la ruptura del Partido de la Libertad y nieto del ya desaparecido Movimiento Social Italiano (MSI), que a su vez era heredero del fascismo italiano (lo que algunos califican hoy como "el fascismo democrático"). Una corriente política que siempre ha sido una realidad social en Italia, con millones de votos y en consecuencia diputados, senadores, alcaldes y concejales que hoy son parte de la política italiana. En Italia hay asociaciones de partisanos y de excombatientes de la guerra en España; uno puede visitar la tumba de Mussolini, su casa y comprar cualquier tipo de recuerdo. Si uno viaja por el sur del país o sube hasta el Etna, por los pueblos pequeños, se encuentra con retratos de Mussolini en los bares y heladerías y no pasa absolutamente nada. Para unos es el dictador, para otros, como decía Giorgio Almirante, fundador del MSI, el "dictador generoso", para otros el Duce. No es extraño que distingan, como también lo hace Edda, entre el avance social que se vivió en el ventenino del Mussolini que no supo superar la tentación de la guerra -no pocos piensan que al final le empujaron a ella ignorando que las guerras paralelas son imposibles-. Y así, el mismo hombre que había condenado la política alemana en Stresa, en 1935, acabó uniendo su destino al Tercer Reich, lo que fue la tumba política del fascismo respetado en los años treinta. Cuando uno viaja por Italia no es inusual que los guías te digan: ese ferrocarril (el vesubiano) lo hizo Mussolini, estas playas son obra de Mussolini o este puerto... Algo que Edda destacó, porque si bien existe el Mussolini de la guerra, cada vez más apagado por la fascinación hitleriana, también está el Duce de la obra social y de modernización de Italia del ventenino.

Resulta difícil de entender la liviandad de los comentarios ante el libro que Edda ha escrito de forma conjunta, a resultas de horas de entrevista y archivo, con la periodista del Giornale d’Italia, Enma Moriconi. Afirmar, por ejemplo, que la visión que da de su familia es positiva como descalificación es una idiotez (lo habitual es que en este tipo de obras se transmita esa visión positiva, lo contrario es lo extraño de no mediar el distanciamiento). Este libro no es un trabajo de análisis histórico, es fundamentalmente un testimonio que tiene una razón de ser que poco tiene que ver con los refritos de quienes dudo que hayan leído o vayan a leer esta obra. Lo que ocurre es que tiene pasajes sumamente molestos y algunos que contravienen algunos de los clichés sobre la vida personal de Mussolini. Edda insiste en que ella lo que ha pretendido es buscar la verdad.

Me sorprende sobremanera el escándalo fariseo, producto sin duda de la ignorancia, porque este libro se presente y hasta que, como ha dicho algún izquierdista italiano, se haya escrito. En Italia lleva dos ediciones en pocos meses. Sorprendente, porque no es la primera Mussolini que ha escrito y sus libros se han publicado en Inglaterra o en España. Sus hijos han escrito: Romano dio a la imprenta Il Duce, mio padre (2004) y Último acto: la verdad sobre el final del Duce (2005); Vittorio en 1973, Mussolini: las mujeres trágicas en su vida; Edda, la mujer de Ciano, la más fascista de sus hijos, Piquete de ejecución para un fascista y La mia vita. Donna Rachele, siempre la han llamado así gran parte de los italianos, firmó un libro fruto de entrevistas titulado Mussolini sin máscara, ya en los cuarenta apareció una obra propagandística también firmada por ella con el título Mi vida con Benito.

Edda no ha escrito un libro sobre Benito Mussolini, no es el Duce el protagonista y dudo que más allá del lógico cariño familiar se pueda presentar como una exaltación de Mussolini o del fascismo (salvo que ser un padre preocupado por sus hijos se presente como tal). Es un libro sobre una mujer relativamente ignorada hasta después de su muerte, Rachele Mussolini, la abuela, para muchos solo la mujer del "infiel". Lo remarca la coautora Emma Moriconi: se presenta a un Mussolini falso debido a que muchos se centran en su gestión política, se orilla la faceta personal pero se profundiza en sus amantes, se hacen películas sobre sus amantes (Ida Dalser, Clara Petacci o Margherita Sarfatti) pero se olvida a su verdadera mujer, Donna Rachele y su papel en el ventenino.

Edda, no ha querido hacer un libro de historia, aunque hayan recuperado documentos de la vida familiar en los archivos (para mí muy interesantes a la hora de acercarse a otra faz del personaje), sino un texto sobre su abuela -que al fallecer su madre con pocos años la cuidó como a la última hija-. Sobre las vivencias de una familia, la suya. La nonna Rachele aparece como una mujer que tuvo "una vida plena de pasión, de amor, pero también de angustia y de tristeza, una vida que le ha regalado tanto pero también la ha destrozado... la verdadera y única donna y mujer del abuelo Benito".


Rachele conoció a Benito en 1910, comenzaron a convivir en 1911. El recorrido vital de las sensaciones es lo que han querido reflejar Edda y Enma. El Mussolini que nunca cobró del Estado; Rachele, que, cuando hasta el más nimio de los jefes y cargos fascistas se desplazaba utilizando el coche oficial, iba por Roma en autobús. Anécdotas ilustrativas sobre la abuela que hacía la pasta, cuidaba el huerto, daba de comer a los pollos o regalaba calcetines cuando Mussolini ya era el Duce. A través de Edda lo que llegan son las confidencias de su abuela, los recuerdos de familia; porque para el Mussolini que se dibuja la familia era lo más importante. Podía tener amantes, pero lo primero era su familia: "siempre volvía a Rachele". Lo que, sin duda, chocará al lector actual que no escapará a la idea de la idealización del pasado en vez de mantener una consideración negativa, pero para entender no se puede prescindir del hecho de que aquél era otro tiempo. Al finalizar el libro es el lector el que tiene que opinar.

Hay en el texto una segunda parte que presumo es la que peor sienta por lo que de denuncia sin rencor conlleva en el homenaje indisimulado y anunciado que una nieta rinde a su abuela. El internamiento en la prisión y el campo de concentración en Montecatini y Terni, donde Rachele pidió que al dejaran trabajar en la cocina haciendo sus famosos tagliatelle; el destierro a la isla de Ischia en el Tirreno, que entonces no era el destino turístico de moda, donde sobrevivieron gracias a la ayuda de los lugareños porque el Estado se desentendió; la confiscación de los bienes y, sobre todo, el no poder llevar hasta 1957 unas flores a la tumba de Benito.

En el libro se habla de la muerte de Mussolini y el destino de sus restos sin ira. Fue un asesinato, mantienen Edda y Enma. El cuerpo colgado y ultrajado del que se hicieron fotos en color de forma macabra en la morgue de Milán donde se aprecía el resultado de la ira sobre el Duce, quedando irreconocible. La tumba sin identificación en Milán, pero a la que muchos acudían para vejar el lugar. El secuestro del cuerpo realizado por tres hombres capitaneados por el futuro diputado del MSI Domenico Leccisi dejando aquella nota que decía: "Finalmente, Duce usted está con nosotros". La imposibilidad de trasladar el cadáver de un lado a otro hasta que es depositado en una Iglesia. El pacto con el Estado de entrega y silencio para una sepultura digna hasta que en 1957 los restos de Mussolini sean devueltos a la familia para ser enterrados en la cripta de San Cassiano en Predappio. La explicación de por qué finalmente el Estado cedió tras años de interpelaciones parlamentarias protagonizadas por Giorgio Almirante.

Siendo Giovanni Gronchi Presidente de la República, en los años de gobiernos democristianos, se produjo la caída del gobierno Segni, para sustituirlo se encargó formar gobierno al democristiano antifascista Adone Zoli. El MSI facilitaría el gobierno si se entregaban los restos de Mussolini para ser enterrados con dignidad. Zoli aceptó. Simbólicamente Leccisi sería el diputado del voto decisorio dejando el grupo del MSI para ello. Quien rescató el cadáver de la indignidad casi doce años era quien conseguía con su voto que el Estado permitiera el descanso en lugar público (impresionantes las fotos del libro de aquel acto).

Un libro peligroso por lo visto, en el que el homenaje inexistente a Mussolini, denunciado por Público, los de la Memoria Histórica y de forma medio pensionista por Compromis, que no se enteran de nada -de vez en cuando es preciso leer-, era para una mujer por parte de su nieta. Una obra cuya autora cierra con una reflexión/confesión sobre los valores aprendidos y su filosofía de la vida: "una filosofía muy simple, la que habla del respeto hacia los otros y de ver las cosas en positivo, porque si se piensa de forma negativa solo te llegarán cosas negativas".

Un libro tan "fascista" y peligroso que se cierra con la receta más afamada de Rachele -solo al final de su vida recibió una pobre pensión y antes tuvo un restaurante- Tagliatelle al ragù receta per 6 persone. Pero en Valencia, clama Público, la movilización -pobre- de la "conciencia democrática valenciana" -Oltra y Ximo dixit- ha detenido al fascismo.

Y es que algunos no dan para más. Bueno, sí, para poder sacar al censor que llevan dentro porque lo que más temen es la libertad.

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Una crítica sobre mi libro

Publicado: 17/12/2013 17:25 por Francisco Torres en Los libros
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TORRES GARCÍA, Francisco: El último José Antonio, Barbarroja, Madrid 2013, 601 págs.

Prácticamente todas las cuestiones controvertidas sobre la vida, obra y muerte de José Antonio Primo de Rivera (1903-1936) reciben una luz nueva en esta obra del historiador Francisco Torres García, a quien ya se deben obras notables -en documentación y análisis- sobre la División Azul, Francisco Franco o el proceso de restauración/instauración monárquica en la persona de Juan Carlos de Borbón y Borbón. El último José Antonio mantiene alto ese nivel de calidad bibliográfica y figura entre la media docena de libros imprescindibles sobre el fundador de Falange Española. No sólo por el mérito de aportar documentación inédita sobre una época que recibe desde hace décadas los focos de cientos de investigadores, sino porque utiliza su objetivo específico (las circunstancias que rodearon a José Antonio entre su detención y su muerte) como palanca para elevarse a una precisa, serena y matizada valoración general sobre el personaje, su tiempo y su legado.

Torres García demuestra, sin lugar a dudas, que el Gobierno del Frente Popular tuvo conocimiento de la condena a muerte de José Antonio con tiempo suficiente para evitarla, y deliberadamente no quiso hacerlo. Con posterioridad a los acontecimientos, cuando había trascendido fuera de España la comisión de un asesinato legal en la persona de un joven político claramente inocente de los cargos que se le imputaban, se intentó alegar que la petición de indulto había llegado al Consejo de Ministros demasiado tarde. Estas páginas prueban que se debatió en él.

Y que Indalecio Prieto votó en contra. La supuesta simpatía del líder socialista por José Antonio es una mentira piadosa orientada a salvar la cara de un PSOE "menos malo" frente al PSOE "peor" de Francisco Largo Caballero. En realidad, Largo y Prieto fueron los principales responsables políticos del crimen de Alicante.

Ellos... y los anarquistas. Toda la historia del proceso de José Antonio está trufada de momentos de odio insuperable por parte de la CNT y la FAI. Controlaban la capital levantina desde el inicio de la guerra y, enfrentados entre sí por todo, allí actuaron de consuno para matar a José Antonio, cuya bonhomía e idealismo veía en ellos -proclamó varias veces-, "a poco que se rascara", las mejores vetas del ser español. Los anarquistas del Gobierno votaron contra José Antonio en el Consejo de Ministros, y los anarquistas de Alicante se aseguraron mediante dos piquetes de ejecución de impedir cualquier posible fuga del reo.

El último José Antonio presenta un relato cronológico pormenorizado de los catorce intentos de rescate del fundador de la Falange, todos ellos respaldados por Franco, apoyados con cuantos medios tuvo a su disposición o directamente organizados por él. En un caso, comprometiendo al crucero Canarias (uno de los dos únicos que tenía el bando nacional) en una operación muy mal vista por los alemanes, quienes consideraban irresponsable empeñar el buque en salvar la vida de una sola persona, por importante que fuese. Después de esta obra de Torres García, cualquier intento de dibujar al Caudillo "dejando hacer" al Frente Popular para que le despejase el terreno de adversarios políticos resulta sencillamente patético.

Aporta el autor un listado completo de los participantes en uno de esos inentos de liberación, formado por falnagistas de la Vega Baja que fracasaron en su misión y fueron fusilados por el Frente Popualr. El interés del elenco, amén de honrar su memoria, reside en que el registro oficial hace constar la profesión de los ajusticiados. Entre las 68 personas detenidas por los hechos (62 de las cuales fueron ejecutadas), figuran 28 jornaleros, 18 labradores, 2 mecánicos, 2 espadadores, 2 albañiles, 2 chóferes y un carpintero, un barbero, un soldado y un maestro. ¿Dónde están los "señoritos" que apunta la propaganda izquierdista como origen sociológico de la Falange?

También explica Torres dónde y cómo nació la figura de El Ausente, término de resonancia mitológicas sin el cual no se entiende la liturgia joseantoniana. Nació en la misma jerarquía falangista al conocer su fusilamiento para no tener que elegir un sucesor, lo que habría desatado una feroz batalla interna de imrpevisibles consecuencias en un momento delicadísimo de la guerra. Pero tampoco se trató de una operación maquiavélcia ni de un mezquino plan de engaño: en noviembre de 1936 se creía próximo el final de la contienda y se confiaba en abordar esa delicada cuestión desde la inmediata tranquilidad de la Victoria. No fue así, y durante un tiempo el icono referencial de El Ausente dio tono al dramatismo de los primeros meses de guerra.

El último José Antonio, al hilo de la citada liturgia, incide en la importancia de la que se ha dado en llamar la "corte literaria de José Antonio", que suplió con bella literatura los agujeros doctrinales y la falta de pensadores sólidos que aquejaron a la Falange, sobre todo una vez muertos también Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma. Excelentes escritores (pero no doctrinarios) como Dionisio Ridruejo, Rafael Sánchez Mazas, Agustín de Foxá, Giménez Caballero, Luis Santa Marina, Eugenio Montes, etc., fueron quienes crearon el José Antonio que el régimen de Franco convirtió en modelo para varias generaciones de jóvenes. Porque eso, un modelo, más que el suministrador de una teoría fundante, fue lo que el Caudillo vio de más aprovechable en la figura de alguien a quien habían tratado poco, pero cuya capacidad movilizadora y formativa, más tras la entrega de su vida con dignidad que aún hoy conmueve, comprendió enseguida.

Torres ahonda analíticamente en ese proceso literario-político (el cual, sugiere, aún necesita una monografía que aporte todas las claves) al tiempo que sitúa doctrinalmente a José Antonio en el ámbito de la Tradición política española, aunque es notora la hetereogeneidad de las fuentes filosóficas y políticas en las que había bebido durante su formación.

Con dos ediciones en pocos meses, El último José Antonio ve respaldado con su éxito de ventas el esfuerzo de rigurosa documentación exhibida por Francisco Torres en cada párrafo, así como la lucidez de sus análisis, como corresponde a uno de los más sólidos y fiables estudiosos del período 1931-1975.

Carmelo López-Arias Montenegro,  publicado en Razón Española (noviembre 2013)

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Ya está a la venta mi libro "El último José Antonio" editado por Barbarroja. Puede adquirirse a través de la web del libro elultimojoseantonio.como, en la página de la editorial

 http://www.libreriabarbarroja.com/libreria/index.php?route=product/product&keyword=ultimo%20jose%20antonio&product_id=1333

Pronto estaremos en Madrid, Alicante, Valencia, Albacete y Barcelona presentándolo.

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A veces los alumnos te sorprenden. Hoy uno de ellos, especialmente inquisitivo, lo que no suele ser habitual, me ha traído un librito de esos que aparecen en las estanterías. Es un texto escolar de la II República que vendría a ser el equivalente a la polémica asignatura de Educación para la Ciudadanía, aunque dudo mucho que alguno de sus contenidos no fuera considerado como políticamente incorrecto, cuando no abiertamente subversivo con respecto al discurso dominante.

El autor del libro en cuestión, titulado “Lecturas cívicas comentadas”, es Manuel Franganillo Monge, pero se trata de una edición corregida y adaptada a la Constitución de 1931 por su hijo Juan Franganillo. Conviene situar a los autores para evitar suspicacias. Resulta que ambos ejercieron, sucesivamente, como Directores de la Escuela Graduada de Fregenal de la Sierra (Badajoz), donde la riqueza brillaba al igual que la justicia por su ausencia: “¡Cuán tiraste es que la carestía de la vida obligue a las mujeres a salir de sus casas, para con su trabajo, contribuir al sostenimiento de su familia por no bastar el jornal del marido” (p.160). El texto en cuestión es de 1934, pero leyéndolo se nota que debió ser escrito en 1932, porque habla del proyecto de Ley de Reforma Agraria que se estaba preparando como esperanza para los sin tierra.

Me he fijado en tres o cuatro temas de singular actualidad. En las definiciones de Patria, Nación y Familia.  Probablemente a muchos les sorprenderá lo que se enseñaba a los niños sobre estas cuestiones en esta particular Educación para la Ciudadanía.

"Tu sabes, con toda seguridad, lo que es la Patria. Sientes el concepto, aunque podrías explicarlo con poca propiedad y con las incorrecciones naturales de tus pocos años. Pero si tienes el sentimiento de lo que significa la palabra Patria, ya cuentas con lo principal para entrar en posesión de tan sublime ideal. (p 11)

Si te dejaran definir la voz Patria, quizás dirías que la “Patria es nuestra madre”; “que es el pueblo en que vivimos”; que es la sociedad de que formamos parte, con sus leyes que nos amparan y protegen. O tal vez, contestes lisa y llanamente: Mi Patria es España (p 12)…

Tendrías razón al contestar en esta forma….

El pueblo en que te criaste y creciste, donde viven los amigos de tu infancia con los cuales compartías tus juegos, tus dichas y tus pesares, es un pueblo español, y, por tanto, de tu Patria. Y lo mismo que te digo de tu pueblo pudiera decirte de todos los pueblos que, reunidos, forman tu provincia; y de las regiones de nuestra España.

Pero la Patria es algo más que el suelo, que la tierra de nuestro país, con sus pueblos, provincias y regiones. Comprende también las personas, a saber: tus padres, tus Maestros, tu familia, tus vecinos, tus paisanos, todos los españoles. Y no sólo se refiere a los vivos sino a tus antepasados, a los muertos, que nos legaron el caudal de su experiencia, de su trabajo, de su ingenio, de sus múltiples sacrificios.

Todavía puedes añadir que la Patria es nuestra lengua, sonora y armoniosa; nuestras leyes, de país civilizado; nuestras costumbres; nuestro carácter independiente; nuestra caridad y hospitalidad; la hidalguía, la nobleza, el heroísmo, nuestros sabios, nuestros poetas, nuestros valientes soldados, nuestros mártires, nuestros héroes…”

¿Y la nación? Pues según el manual: “La nación española, que es de la que vamos tanto, es la sociedad formada por todos los hombres que vivimos en España sometidos a nuestro Gobierno”. Existen autonomías, pero “esta autonomía no supone hacerse independiente de España” (p.185).

Tengo la impresión que a más de uno de los que ahora enarbolan como icono revolucionario la bandera de la II República Española, que no la bandera republicana, esta definición les sonaría a rancio derechismo cuando no puro franquismo.

No menos políticamente incorrecto resulta reproducir lo referido a la familia: “es el tipo más perfecto de sociedad humana, como que está fundada en los vínculos de la sangre, en el amor mutuo y recíproco que existe entre las personas que la constituyen” (p.62). Pero ¿qué es familia para estos republicanos?: “Tu familia está constituida por tu padre, tu madre, tus hermanos y tu. La familia tiene su origen en el matrimonio… La más sencilla definición es esta: la unión legítima de un hombre y una mujer para auxiliarse mutuamente, conservar la especie humanas y educar a sus hijos” (p.63). Nos ilustra también el autor del tipo de divorcio republicano: “La ley pone ciertas restricciones a los casados para que no se divorcien sino en casos de verdadera incompatibilidad, pues de lo contrario se prestaría a grandes abusos”.

¡Qué cosas nos dicen Franganillo padre e hijo! No creo que esta Educación para la ciudadanía representase el más mínimo problema para nadie, pero dudo mucho que el cielo no se cayera sobre la cabeza del ingenuo que se atreviera a difundir tan peligrosas ideas...

 

 

Nota biblilográfica:  Manuel Franganillo y Monge, Manuel y Franganillo y Fernández, Juan, Lecturas cívicas comentadas, Nueva Edición corregida y aumentada según la constitución de 1931, Editores Gerona, Madrid 1934, 267 páginas.

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El tiempo, que se evapora rápidamente, trae como consecuencia que los lectores impenitentes acabemos amontonando libros que ansiamos devorar pero que siempre dejamos para mañana. Entre los míos figuraba un texto titulado “La Iglesia y la Guerra Española. De 1936 a 1939”, llevado a los anaqueles de las librerías por la Editorial Actas, y cuyo autor es Blas Piñar. No creo que para muchos este nombre necesite de más introducciones: hijo de un defensor del Alcázar de Toledo, Consejero Nacional del Movimiento designado por Francisco Franco, fundador de Fuerza Nueva, diputado entre 1979 y 1982, notario y notable jurista. Menos conocida, fuera de determinados ámbitos, es su destacable obra teológica, sus trabajos sobre los ángeles y la Virgen María. Pero también un hombre de la Acción Católica, que ocupó puestos importantes y que ha vivido en primera línea los cambios en la Iglesia española de los últimos setenta años. ¿Qué nos puede decir -se preguntarán los más escépticos- Blas Piñar, ese hombre que sigue llamando a la “incivil guerra civil”, a la “contienda fratricida”, Cruzada?

A lo largo de algo más de tres centenares de páginas, preñadas de datos y citas que obligan a la relectura y a la reflexión, en las que el autor ha reducido en mucho sus propias opiniones para dejar que fluyan los testimonios que sustentan de forma impecable su tesis, lo que aflora, en una prosa que recuerdan en mucho los modos de sus discursos -para muchos, independientemente de sus posiciones ideológicas, ha sido el mejor orador político de las últimas décadas-, es el dolor que le causa el olvido y hasta la abjuración de la Cruzada. De ahí que el libro se divida en dos grandes apartados: De guerra civil a la Cruzada y De Cruzada a Guerra Civil.

Naturalmente, Piñar no se esconde. Él mismo se autodefine en la introducción: escribe como “católico practicante”, como “ciudadano de la Hispanidad” y estando “orgulloso de ser español”. No oculta al lector cuál es su intención: “dar testimonio a las nuevas generaciones de lo que fue la Cruzada española de 1936 a 1939” y denunciar “lo que yo llamo el proceso secularizador que ha ido minando y destruyendo todo lo que supuso la Cruzada”. Lo que Piñar hace en su texto, extendiéndose en su análisis más allá de la temporalidad que anuncia la portada del libro, es explicarnos también cómo se produjo la abjuración de la Cruzada, un proceso en el que también intervinieron hombres de la Iglesia.

Es fácil encontrar en cualquier manual, en los libros de texto de los escolares, los referentes a la dimensión internacional de la guerra española, uno de los acontecimientos capitales del siglo XX. El eco de que aquel conflicto superó las barreras geográficas hispanas para adquirir validez universal. Eso sí, presentado, erróneamente, como la lucha del fascismo contra el antifascismo. También para Piñar, la Cruzada tiene un valor universal, especialmente para los católicos, como defensa de la civilización cristiana. Así lo vieron los cardenales Gomá y Pla y Daniel (“Cruzada contra el comunismo para salvar la Religión, la Patria y la familia”)

El término Cruzada.

Es evidente que hoy el término Cruzada no se aplica a la guerra civil. Es más, como anota Piñar, cayó en desuso a principios de los setenta. Ya en las postrimerías del régimen de Franco él era uno de los pocos que continuaban utilizándolo. Hoy sólo encontramos referencias al mismo en los textos y manuales para subrayar que la Iglesia miró la guerra civil con esa consideración; aunque no son pocos los autores que han tratado de reducir al mínimo posible esa vinculación sepultando bajo la hojarasca de las palabras los textos que Piñar exhuma con la precisión del notario. Los ojos del lector recorren las declaraciones de Pío XI, Pío XII o Juan XXIII, las de decenas de miembros de la jerarquía eclesiástica nacional o internacional y de pensadores católicos que hasta los años cincuenta dieron a la guerra civil española, o, mejor dicho, a la lucha sostenida por los ejércitos nacionales el título de Cruzada.

Son muchas las reflexiones que se abren ante el lector y que a buen seguro despertarán la polémica en el seno de la conciencia. Entre ellas estimo que dos resultan altamente sugerentes: primera, ¿por qué la inquinia contra la utilización de este término?; segunda, ¿cómo se incardina la polémica, muy posterior, sobre la definición de Cruzada en todo el proceso de deslegitimación de aquellos que en 1936 se sublevaron contra la República del Frente Popular, que ha conducido a la actual mitificación de la II República como el más idílico de los regímenes políticos que ha tenido España? ¿cómo situarla dentro del intento de trocar la victoria de 1939 en una derrota sobre el pasado emprendido por la izquierda, al objeto de mitificarse a sí misma ocultando el reguero de sangre que dejó en España entre 1931 y 1939?

Convendría que muchos tuvieran presente que la definición de una guerra como Cruzada es algo que, salvo para los católicos, carece de toda trascendencia. No es más, traducido a un lenguaje laico, que una condecoración. Ahora bien, no es menos cierto, y ahí es donde radica el problema, que esa definición y el propio término implican una consideración de “causa justa”, cuya sola existencia siembra la duda en el cuadro del discurso oficial de la izquierda sobre la guerra civil que ha sido intentado sacralizar con la denominada Ley de Memoria Histórica salida de los cenáculos ideológicos socialistas.

Quienes desde el orbe católico vivieron en primera persona el tiempo de una guerra civil, iniciada mucho antes de julio de 1936, quienes ya habían sufrido los primeros brotes de la persecución religiosa que se abriría como un torrente sangriento en el verano del treinta y seis, resultante de la política antirreligiosa/anticatólica impulsada por el jacobinismo anticlerical republicano encabezado por Manuel Azaña y por la tensión revolucionaria de socialistas y anarquistas que demandaba la aniquilación de un enemigo ideológico declarando la guerra al mismo Dios, no dudaron a la hora de dar a la sublevación contra la República del Frente Popular, no a la república como forma de gobierno, el carácter de Cruzada. Básicamente por una razón, anota Piñar, por que se trata de una lucha “para liberar territorios que fueron cristianos y de los que se hicieron dueños los enemigos de la fe, destruyendo todo testimonio o vestigio del cristianismo por odium fidei”. Es evidente que eso había sucedido o estaba sucediendo en España. Así lo vieron los Papas registrándolo en Encíclicas como la Divini Redemptoris en marzo de 1937:

“El furor comunista no se ha limitado a matar a obispos y millares de sacerdotes,  de religiosos y religiosas, escogiendo precisamente a los que con mayor celo se ocupaban de los obreros y de los pobres, sino que ha hecho un número mucho mayor de víctimas entre los seglares de toda clase, que aún ahora son asesinados cada día, en masa, o por el mero hecho de ser buenos cristianos, o, al menos, contrarios al ateísmo comunista”.

Ante esta situación Pío XI asume la responsabilidad de una “bendición especial a cuantos en España se impusieron la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y la religión”. Uno tras otro registra Piñar los pronunciamientos del episcopado español apoyando el carácter de Cruzada que anida en el ánimo de los nacionales: “No había sido esta Cruzada -anota monseñor Pla y Daniel en 1939- ni ordenada ni convocada por la Iglesia, pero fue reconocida y bendecida como tal por Pío XI el 14 de diciembre de 1936”.

Difícilmente hasta los años setenta este carácter de Cruzada sería criticado o puesto en tela de juicio, salvo por sectores minoritarios. El conocimiento de lo que fue la guerra civil y de la persecución religiosa estaba vivo, porque muchos de los testigos, de los supervivientes, aún formaban parte del clero regular y secular. Seminaristas o jóvenes sacerdotes de 1936 ocuparon durante tres décadas importantes puestos en la Iglesia defendiendo el espíritu de la Cruzada. Otros, de una generación posterior o simplemente inmersos en el progresismo secularizador se dejaron llevar por el “signo de los tiempos”, participaron el “proceso secularizador de la Cruzada” denunciado por Piñar. Parece querer el autor, de algún modo, simbolizarlos, en los ámbitos eclesiásticos, en la persona del cardenal Vicente Enrique y Tarancón. Un hombre que, hasta 1972, según los textos insertos en el libro, asumió públicamente el “carácter de  verdadera Cruzada” de una guerra en la que “nuestros jóvenes empuñaron el fusil con espíritu de verdaderos cruzados de la religión”; pero que después se sumó al grupo de obispos y eclesiásticos que se posicionaron contra el alineamiento de la Iglesia con uno de los dos bandos, lo que suponía la abjuración de la Cruzada.

La Cruzada martirial.

Esta Cruzada no es para Piñar sólo una lucha bélica tiene además una dimensión martirial en las personas, pero también en las cosas. Nadie desconoce el hecho, aunque se trate de rebajar en su significado y cuantificación, de que en la España del Frente Popular se desató la persecución religiosa contra personas, edificios, obras de arte, documentos… Tal magnitud tuvo que Pío XI, en septiembre de 1936, reconoció a las víctimas la consideración de mártires. Pío XII habló de los que “han sellado con su sangre su fe en Jesucristo y su amor a la religión católica. ¡No hay mayor prueba de amor!”. 

Que la Iglesia y los Papas otorguen la consideración de mártires a los católicos asesinados por odio a la fe no debiera provocar las “olas de cólera” que hoy se dan. Como sucede con el término Cruzada se trataría de un valor que sólo tendría trascendencia para los católicos. El problema es que la elevación pública a los altares de estos mártires implica el reconocimiento de que fueron asesinados, y en la inmensa mayoría de los casos torturados, deshaciendo de un plumazo la leyenda rosa de la España del Frente Popular; y aunque ellos murieran perdonando nadie puede exonerar de responsabilidad a sus asesinos directos y al poder político de izquierdas, básicamente socialista, que lo permitió.

Piñar subraya como en la abjuración -“secularización” anota el autor- de la Cruzada se produjo, y probablemente en primer lugar, el segundo martirio para estos hombres y mujeres que murieron por miles: “esta calificación de mártires, que merecían quienes lo fueron, fue puesta en entredicho, incluyendo, además, otro segundo, martirio el del silencio y del olvido de los que se habían exaltado como testigos ejemplares de la fe”.

La Iglesia del diálogo cristianismo-marxista, la Iglesia del aggiornamiento, la Iglesia que, por razones políticas, artificialmente deslindadas de la razones de Fe, desde Roma inició un oportunista proceso de desenganche del régimen de Franco en el ocaso del mismo, escogió como víctima propiciatoria la Cruzada. De ahí que los procesos de beatificación fueran paralizados y los sectores progresistas de la Iglesia española pidieran, impidieran o boicotearan, según los tiempos, su continuidad. Y, naturalmente, se produjeron los asombrosos cambios de actitud, fruto del oportunismo, que Piñar, sin juzgar registra.

Quizás sea destacable el del padre José María Llanos S.J., cuyos dos hermanos fueron asesinados por los republicanos, que evolucionó desde su posición como capellán del Frente de Juventudes y perseguidor de películas “inmorales” a miembro destacado del Partido Comunista, de “cura obrero” a “cura rojo” que se decía en la época. Así en 1942 escribía: “primavera de mártires prometedora… vamos sin rebozos ni simulaciones, sin titubeos, a entrar por el camino, largo, empinado y triunfal de la glorificación de los muertos, juventud de España a los altares”. Sin embargo, en 1991  pedía dilatar los procesos y aconsejaba para ellos un silencio discreto. En la misma línea el cardenal Vicente Enrique y Tarancón se sumó a quienes buscaban invalidar los procesos distorsionando la causa necesaria, el martirio por causa de la Fe, estimando que en aquellos asesinatos y torturas “pesaba más el odio a un clero que ellos entendían como protector de los ricos”, aunque cuatro décadas antes pensara lo contrario y, por razón de oportunismo político, prefiriera ignorar los testimonios que en los procesos ocupan miles y miles de páginas.

Queda, como final, el análisis que Piñar hace de las consecuencias de la abjuración de la Cruzada y que podemos sintetizar en la apertura del “proceso de descristianización y paganización de España que se está produciendo con pasos de gigante”, y que, nuevamente, con precisión de notario, trata de poner en evidencia. Lo que, sin duda, para muchos católicos será motivo de reflexión. Queden, como cierre de este breve recorrido por un libro más que notable, unas frases explicativas que comienzan al inicio de la obra y que invitan a introducirse en sus páginas:

“Lo inesperado y sorprendente es que el proceso secularizador de la Cruzada contase con el apoyo decisivo (que en este libro se pone de manifiesto y se comprueba) de hombres de la Iglesia, tanto de la docente como de la discente; apoyo incomprensible, a mi modo de ver, para que ese proyecto prosperase y consiguiese lo que se proponía”.

 

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