Se muestran los artículos pertenecientes al tema División Azul.

20141220004411-image.jpgEn la muerte de José Antonio Ramos.



Francisco Torres García.- Un correo electrónico en algunas ocasiones te deja sin palabras y hace que los recuerdos desfilen ante tus ojos. Nunca le agradeceré lo suficiente a Néstor que, en momentos de dolor, se haya acordado de mí. Gracias a él puedo dar el último adiós a uno de mis más valientes y admirables Soldados de Hierro, José Antonio Ramos, voluntario de la División Azul, herido muy grave en Krasny Bor, once años preso en los campos de concentración soviéticos, Vieja Guardia de la Falange, miembro de la Acción Católica; el hombre al que Garcia Rebull, en unas notas reservadas sobre el comportamiento de los soldados españoles cautivos, añadiría de su puño y letra la calificación de "muy bueno" que solo tuvieron unos pocos, porque el "pequeño Ramos" fue allá, donde más difícil lo era, un héroe a diario.

Hace muchos años, casi tres décadas, un viejo amigo ya fallecido, Alejandro, me dijo: quieres conocer a un valiente. No lo dudé. Unos días después me encontraba con José Antonio. Y allí con una grabadora de cinta de por medio -alguno de mis lectores ya ni sabrá a lo que me refiero- me fue desgranando su vida, narrándome una década de sufrimientos que habían quedado en su memoria. Todavía le dolían las heridas de Krasny Bor, cuando al caer prisionero, pese a saber y ver que los rusos remataban a los que no podían andar -un año antes los prisioneros eran directamente pasados por las armas-, quería poner fin al sufrimiento de una muere lenta, pero su teniente, Honorio, no le dejó, le ayudó a continuar arrastrándose, pero sin caer.

José Antonio era un hombre de tremenda fe. Me recordaba la persecución, la vida en la Murcia roja, su participación en la liberación de la ciudad antes de que entraran los nacionales. Aquel chico de la Acción Católica de Santa Eulalia nunca perdió la fe. Me confesaba que él nunca creyó que pudieran salir del cautiverio en los campos de concentración soviéticos, pero nunca perdió su fe, allí rezaba siempre. Para mí que Dios le dio fuerzas. El pelo se le quedó prematuramente blanco y los presos le llamaban "el profesor". En dos o tres ocasiones me relató el "favor" que le hizo un médico en el campo llegándole a diagnosticar tuberculosis. Lo hizo para intentar alargar su supervivencia y volvió a España creyendo que tenía una enfermedad que entonces se consideraba casi mortal. Poco después volvió a tener noticias de aquel doctor alemán que le explicó lo acontecido: "y yo en aquel hospitalillo, conviviendo con los esputos y utilizando las mismas cucharas. Lo que no sé es cómo no enfermé de verdad".

José Antonio fue de los primeros en alistarse. Algunos no creían que tuviera el valor para hacerlo. Le decían, dada su religiosidad, que "olía a cera". Pero el pequeño Ramos consiguió plaza y acabó en la 4ª Compañía del 263, era de los más jóvenes. Había recuperado sus estudios de peritaje y con su hoja de servicios tenía abiertas todas las puertas, pero...

A finales de marzo de 1943 ya estaba en el lugar de concentración para volver a España, habían dejado aquellos hombres sus equipos de invierno. El general Esteban Infantes ordenó retrasar la salida ante el inminente ataque soviético en Krasny Bor. La situación de la División Azul, situada en el punto de ruptura, era crítica. Dicen que se pidieron voluntarios entre los que iban a volver y Ramos volvió a su unidad sin botas de invierno. En la noche del diez de febrero su compañía avanzó, su capitán resultó mortalmente alcanzado. Al ver al pequeño Ramos el teniente Martín le ordenó que cogiera las botas del capitán: "yo no quería, pero Martín no cejó... aquellas botas irían conmigo". En aquel avance quedaron cercados formando en cuadro con las máquinas apuntando a los cuatro puntos cardinales hasta quedar sin munición.

Dura muy dura fue la vida en los campos, pero nunca percibí en su relato odio o resquemor. Incluso con aquellos otros españoles, alguno de su propia provincia que le tomó especial inquinia, desertores o antiguos republicanos, que fueron sus guardianes. En una ocasión le pregunté por aquellos hombres. Me dijo: "no quisiera yo..." Y desconecté la grabadora. Guardaba muchos secretos porque fue de los insobornables, hasta tal punto que Muñoz Grandes, una vez en España, le llamó en varias ocasiones, tenía que prestar declaración sobre el comportamiento de los oficiales. Me consta que fue sincero, que contó lo que había vivido aunque desmitificara a personas. Le ofrecieron puestos de confianza, que se quedara en Madrid... pero quería seguir en Murcia, volver a la vida, recuperar los años perdidos, formar una familia... pensó en retomar sus estudios pero se veía muy mayor por lo que en 1954 iniciaba su carrera profesional.

En varias ocasiones las lágrimas asomaban a sus ojos y teníamos que parar porque se hacía realidad todo lo sufrido. Me relataba el dolor de su madre primero cuando se dio por vencida y admitió la muerte -conservaba su esquela-, después la alegría de saber que estaba vivo. Guardo copia de unas fotografías, como la que ilustra este recuerdo, de su retorno: en Barcelona con su padre y su hermano. Fue un encuentro entre el padre y el hijo, conmovedor hasta tal punto que aparece en el reportaje realizado por NODO, Retorno a la patria, de la llegada del Semíramis. Una fotografía en la que su padre le coge la cara con las dos manos, con los rostros desencajados, fue premio periodístico. La última vez que le vi lamentaba haberla perdido. Yo le había localizado algunos documentos y le prometí encontrarla. Finalmente la conseguí pero no he podido entregársela. Tengo otra foto de aquella noche en Barcelona de los tres, el padre con sus dos hijos, y lo trascendente es que los rostros siguen desencajados: "mi padre me cogió la mano y no me la soltó hasta que llegamos a Murcia".

Retornó con sus compañeros como un héroe. Las Juventudes de la Acción Católica con su estandarte al frente fueron a recibirle en el límite de la provincia. A hombros entró en la Catedral y él, pese a su natural modestia, gritó a pleno pulmón: ¡Viva Cristo Rey! Y allí estaba su madre. También guardo varias fotografías, simiente para un nuevo libro, de aquel encuentro de la madre con el hijo. Había guardado como un tesoro sus cartas y sus postales.

En una ocasión le acompañaba una de sus nietas. Yo le comenté ¿sabes que tu abuelo fue un héroe? Y él, naturalmente, sonreía con su proverbial no fue para tanto. Deberían haberle dado la Medalla Militar Individual, pero... En mi última visita musitaba: "yo ya quiero descansar". Me admiraba su serenidad al decirlo como hombre de fe que sabe que la vida comienza después. Se ha ido rodeado de los suyos -como a todos nos gustaría marchar-, tranquilo y sereno, diciendo que iba a ver a sus padres.

Queda para su familia el ejemplo, su vida, su dedicación. Para mí, además del recuerdo, la gratitud por compartir retazos de su vida conmigo. Sus confesiones: en realidad los que resistimos siempre fuimos muy pocos; y me recitaba los apellidos como una letanía bien guardada para que yo no olvidará su testimonio.

El testimonio sin importancia de las heroicidades: como aquella huelga de hambre en el campo de concentración soviético mantenida durante días, con torturas para hacerles comer a la fuerza, en la que a pesar de llegar a la debilidad suma, cuando los rusos pusieron bidones con comida caliente a las puertas de la barraca se levantaba para ir a tirarlos al suelo. Testimonio de la desesperación de ver a quien en el hospitalillo llegó a cortarse las venas a mordiscos. Testimonio de un resistente que no se rindió el día que fue hecho prisionero. Testimonio a veces increíble de ir a trabajar cantando el Cara al Sol -"a los rusos les entusiasmaba hacernos cantar"- hasta que alguien explicó al jefe comunista qué era aquella canción -"nunca más supimos de él-.

José Antonio, allá donde estés, desde estas líneas, desde las páginas que las acojan, un lacónico ¡Presente!; cinco rosas y una oración. Eso es todo y es mucho. Eso sí, quedamos en el cielo para que me sigas contando cosas.

Etiquetas: , , , ,

20141220131312-image.jpgEn la muerte de Serapio Martínez Moñino

Hubiera querido acercarme a decirle adiós, a musitar un ¡Presente! y una oración. Las circunstancias y la coincidencia lo han hecho imposible pero no quiero dejar pasar el tiempo escudándome en la distancia y la lejanía a mis fotos y notas para no despedirle con un recuerdo. Esta mañana de un viernes de diciembre, cuando hace unos días despedia a otro divisionario que marchaba a los luceros, casi por casualidad, al leer la prensa local, no puede evitar un rictus de rabia al leer la esquela que comunicaba el fallecimiento el día 18 de Serapio Martínez Moñino, voluntario de la División Azul. Mi relación con él no fue muy profunda. Hace tres o cuatro años le escribí una carta a la dirección que un amigo me había facilitado. Un buen día al descolgar el teléfono y oír su voz, antes de que me dijera quien era ya le contestaba: usted es Serapio Martínez.

Quedamos inmediatamente en la residencia donde se encontraba. Recuerdo que el primer día me comentaba que estaba algo nerviosos, que casi no había dormido recordando sus días en la División, aquellas semanas en el infierno de Possad, a sus amigos Felipe Marín Fuentes y César Rocamora, guardaba unas fotos de ellos, caídos allí. Pero quería que charláramos, desempolvar sus recuerdos para que quedara constancia. Me había preparado un álbum con sus fotos de Rusia: "casi todas son del hospital porque era cuando teníamos tiempo de hacernos fotos". En una carpeta tenía todos los fascículos del coleccionable que yo había escrito entre 1991 y 1992 sobre la División Azul. No sabia que eran míos. Tenía guardados los versos de su amigo Luis Luna y un registro con heridos y caídos de su compañía, la 2ª del 263 del Regimiento Vierna, la compañía de los murcianos.

Desgranó su experiencia en la zona republicana, la persecución, su detención y haber sufrido una ejecución falsa: "nos llevaron a una zona de tiro, formaron el piquete y nos dispusimos a morir, fingieron que iban a disparar pero los disparos no sonaron". Más tarde al movilizar la quinta del cuarenta los republicanos le llamaron a filas, fingió ataques epilépticos: "yo no quería ir a disparar contra los míos". Finalmente tuvo que incorporarse pero el bueno de Serapio se las apañó para no disparar y acabó de ayudante del Comisario Político de la unidad: "yo, un tradicionalista encargado de la lealtad política de la tropa" y reía cuando me lo contaba. Todo ello pesó en su decisión de alistarse en junio de 1941, tenía 21 años. La guerra hacia dos años que había acabado, estaba afiliado a Falange y tenía todas las puertas abiertas, pero decidió marchar a Rusia a combatir al comunismo.
Estuvimos charlando toda la tarde y en no pocas ocasiones sus ojos se tornaron vidriosos. Anécdotas de la vida cotidiana, de los "jaleos" de sus compañeros con las rusas: "yo era muy inocente". Su recuerdo más duro era el de ver caer a sus amigos: "Possad fue algo terrible. Yo había estado en el frente pero aquello era la guerra de verdad. No podíamos estar en los refugios, te mojabas, te helabas o te asfixiabas... La comida era muchas veces fría. Aún quedaba alguna casa de pie, pero era muy peligroso. Nosotros quitábamos algunos troncos para poder disparar... un disparo voló una de ellas con los nuestros dentro, sólo pudimos recoger los pedazos en una manta". Serapio salió relativamente bien de Possad: "se me congeló el pie. No sé como no caímos todos. Debió ser el último día. Nos atacaban por todas partes. Alguien dio orden de calar bayonetas y salir de las trincheras, yo iba medio cojo pero cargamos cantando el Cara al Sol y pusimos a los rojos en fuga". Después vino el hospital. Conservo en mi archivo copia de sus fotos: con el pijama, jugando al ajedrez o paseando por los alrededores del hospital.



La guerra se terminó pronto. En marzo de 1942 volvía a Murcia junto con otros heridos. Serapio se mantuvo siempre leal a sus ideas. Recuerdo haberle visto, pese a su edad y limitaciones, en la misa del Veinte de Noviembre por Franco y José Antonio. Se cogia su autobús y allí estaba cumpliendo con su deber. Yo no quería ahora faltar al mío, que ya es despedir de forma pública a mis viejos Soldados de Hierro que se marchan a sus luceros.

Etiquetas: , , , , , , , ,



20140918212932-bota.jpg

Operación Otensky 2014.

 

La Providencia tiene esas cosas indescifrables. Hace unos meses Luis Valiente, y tengo que personalizar aunque sé que no le gusta, ponía en las librerías  mi libro “Soldados de Hierro. Los voluntarios de la División Azul”. Entre los cientos de historias que contienen esas páginas estaban la de José Melgarejo Balsas y Manuel Sánchez Román. Hace setenta y dos años dejaron su vida combatiendo al comunismo y sus cuerpos quedaron enterrados en una aldea llamada Mostky. Hoy mismo me llega a través de Luis, que anda por las tierras de Rusia con sus camaradas de la ADR, y es difícil traslucir los sentimientos cuando esos nombres te han acompañado durante mucho tiempo de trabajo, que sus cuerpos han sido rescatados del barro, la maleza y el olvido. José tenía una hija -dos años cuando dejó su vida-, Dolores. Guardo algún documento de su dolor. Ojalá pudiéramos localizarla para decirle “han encontrado a tu padre”.

Un puñado de españoles, todos los años, sin subvención alguna, poniendo el dinero y el trabajo, marchan a los añejos campos de combate para intentar rescatar los restos de aquellos españoles olvidados, para colaborar con los trabajadores de la Wolksbund alemana que recupera los restos de los soldados alemanes caídos en el frente ruso que son depositados en bellos cementerios, y con los rusos de Dolina. En uno de ellos, en Pankovka, cerca de Novgorod, reposan ya casi tres mil españoles.

Estos españoles de hoy, que acuden de forma altruista, generosa, por conciencia de deber, a hacer lo que debiera realizar el Estado y el Ejército no tienen, lógicamente, subvenciones de memoria histórica alguna. Tenían el sueño de poder llegar hasta un paraje de perdido acceso donde en 1941 se localizaba el monasterio de Otensky. Allí estuvieron los españoles resistiendo heroicamente entre el seis de noviembre y el ocho de diciembre, protegiendo con las piezas de artillería allí emplazadas a sus camaradas que estaban en la aldea de Possad. Resistiendo bombardeo y asaltos continuos a bajísimas temperaturas, en el hielo donde era muy difícil abrir fosas: 25 españoles en fosas individuales, dos fosas con veintitantos españoles cada una quedaron allí aparentemente para siempre.

Hoy, miércoles 17 de septiembre, casi cuando tenían que desistir, tras decidir llegar andando, cargados con los equipos, hasta aquel lugar, porque el camino, a duras penas si tres metros de ancho rodeado de masas de abedul, zona pantanosa, porque ni los tractores de los madereros pueden llegar, han localizado una de las fosas. Aquellos españoles, los divisionarios, los voluntarios de la División Azul, llevan esperando 73 años a que volvieran por ellos. En 1941, cuando los voluntarios españoles tuvieron que abandonar las posiciones lo hicieron con dolor porque no podía llevarse a sus caídos, hicieron dibujos perdidos del lugar para un día rescatarlos. Han pasado casi 73 años y otros españoles, distintos pero próximos, han tornado a aquellas duras tierras para rescatarlos del lodo, para que cuando las labores de identificación terminen depositar sus restos junto a sus camaradas, a la espera de la eternidad, en el cementerio de los soldados españoles en Novgorod.  

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

20140705021817-salon-casino-0-web.jpg

Adolfo Moncada.- Se está convirtiendo en costumbre. Allá donde llega Francisco Torres con sus "soldados de hierro" de la editorial ACTAS el local se queda pequeño. Sucedió en Casino Militar de Sevilla, en el Real Casino de Murcia, en el Museo Militar de Valencia y ahora en el Centro Cultural de los Ejércitos-Casino Militar de Madrid. Como andaba por la capital pude acercarme a la presentación que tuve que escuchar apoyado en la pared.

No fue la presentación al uso, casi ni una presentación. Escogieron un formato distinto: un moderador, el periodista García Isac, Carlos y Paco, a los que en broma ya llaman el "dúo dinámico" dada la gira de bolos que llevan a sus espaldas, y dos "soldados de hierro", aunque se mostraran remisos a aceptar el calificativo más por humildad y sencillez que por falta de veracidad en el llamativo título del libro, Juan José Sanz Jarque y José María Blanch. Una animada panoplia de explicaciones sobre lo que fue la División Azul y lo que fueron los divisionarios en la que Paco, con su habitual maestría fue insertando las razones que hacen a sus "Soldados de Hierro" una obra única en el género. Una pena que se acabara aquello a la hora y media de empezar, podría haber durado el doble y lo hubiéramos seguido con el mismo interés.

No pocas caras conocidas, los generales Muñoz Grandes y Chicharro, el periodista Luis Fernández-Villamea, el editor del libro y director de ACTAS Luis Valiente -¡qué de felicitaciones por una edición que es una joya y un placer tener!-, Miguel Ángel Vázques de Ediciones Barbarroja, el historiador Pío Moa y hasta un hijo del mismísimo Ramón Serrano Suñer... Como siempre colas para la firma.

Paco ha escrito que sus "soldados de hierro" son "héroes sencillos" y escuchando a Blanch o Sanz Jarque se entiende a la perfección. Renuentes a aceptar verse como "soldados de hierro" -no son el tipo de Clint Eastwood en las películas recordó Carlos Caballero- porque ellos se limitaban a decir que "cumplieron con su deber". Todo lo más "soldados de hojalata" bromeó Blanch -aunque después contara como si no fuera nada lo que hizo en Krasny Bor-. Y Paco, con esa forma tan peculiar que tiene de rematar con la palabra le devolvió la frase recordando que sí, pero como el "hombre de hojalata" del Mago de Oz que no podía llorar porque se oxidaba. Soldados de Hierro, según Carlos Caballero, porque combatieron en circunstancias adversas que hubieran hecho derrumbarse a una unidad que no tuviera un trasfondo de moral indestructible. Soldados de Hierro completó el autor porque fueron capaces de dejarlo todo por su sentido del deber (leyó una preciosa carta de un voluntario en la que habla de que los disgustos -la guerra de España e irse a la División- han provocado a su madre una enfermedad nerviosa que la estaba dejando ciega),pero, además del ideal anticomunista, crisol de las motivaciones, el sueño juvenil de cambiar el mundo luchando.

De fondo, como si nos acompañaran, en una pantalla, se proyectaban imágenes. Eran los "soldados de Paco". No las conté pero más de una hora pasando sin repetirse, quizás unas trescientas fotografías, algunas muy hermosas. A veces el autor paraba las intervenciones para hablar un poco de algunas historias. De esas historias que salpican su libro y que tienen la virtud de conmover y hacernos comprender. Lo recordó García Isac, "no estamos ante un libro de guerra, sino ante un libro de hombres".

Unos hombres, comentaba José María Blanch, con orgullo que vivían en el frente en "auténtico comunismo" porque todo era de todos: "cuando a uno le daban permiso reuníamos dinero para que pudiera divertirse". La generosidad de todos con todos remarcó Sanz Jarque. Un guripa al que su padre, tras echarse las manos a la cabeza, le dijo que si tuviera menos años se marcharía con él a la División. Recuerdos de ejemplos como los del camillero de Mula, Vivo que presumía de "haberlos salvado a todos".

Carlos Caballero profundizó en la importancia que tiene ir derruyendo los mitos construidos por propios y extraños sobre la División: "ello solo es posible hacerlo desde la investigación, como ha hecho Francisco Torres". Animados ejemplos nos dio. Y es que el libro de Paco es una obra académica, hecha por un historiador profesional que domina las fuentes y la bibliografía; que en cada página cuestiona las cosas.

Lo anotaron Carlos y Paco: se puede ser original y aún quedan muchas cosas que decir. Pero yo me quedo con el cierre de Francisco, cuando explicó que libros como el suyo tienen una misión que es la de ser ejemplo; que la desintegración de la idea nacional, del sentimiento de España se produce, entre otras razones, porque hemos olvidado a nuestros héroes, a los que, como los jóvenes de la División Azul, dieron lecciones de amor a la Patria. Los héroes han sido proscritos de los libros de historia de los jóvenes y con obras como "Soldados de Hierro" -de obligatoria lectura debiera tratarse según García Isac- lo que se consigue es hacer España.

Etiquetas: , , , , , , , , ,

HASTA EL CIELO, DON CÉSAR

Publicado: 03/03/2013 20:37 por Francisco Torres en División Azul
20130303235726-cesar-ibanez-2.jpg

Reconozco que se me hace muy duro despedirme hasta la eternidad de viejos amigos, de los que, pese a la distancia, hemos permanecido unidos por ese lazo indisoluble e imperceptible de la camaradería, ese espacio donde los títulos y la edad se difuminan; de aquellas personas que de un modo u otro han tenido algún papel en mi vida. Siempre crees que nunca va a llegar este momento, que somos casi eternos.

Hace unas semanas un correo de Rafa, su hijo, me advertía de la difícil situación de su padre pese a que había salido de una nueva operación. Hoy don César, nunca me acostumbré a llamarle de otro modo, nos ha dejado y somos todos un poco sus huérfanos. Sin su obra, silenciosa y a veces silenciada, probablemente algunos hubiéramos dejado la trinchera de la lucha por la verdad, pero él era un ejemplo y un acicate.

La última vez que hablé con él fue hace unos dos años. Ya la enfermedad había hecho presa en él, muchos de nosotros probablemente sólo éramos ya ráfagas del recuerdo. En mi archivo guardó varias de sus cartas, las más antiguas, de cuando empecé mi carrera como historiador. Debió ser allá por el año 1985 ó 1986 cuando le conocí. Don César se había vuelto a alistar en la División Azul, aunque siempre había pertenecido a la Hermandad. Como si fuera el mismo recluta falangista de aquel cuartel militar donde se sumó a la que sin duda fue la mayor aventura de su vida para formar en la 14ª Compañía del mítico y laureado Regimiento 269. He buscado inútilmente una foto que me dio en la que aparece junto con otros voluntarios en Sevilla, dispuestos para partir para ilustrar estas notas, pero no sé dónde para. En mi recuerdo eran casi la misma persona, como si el tiempo le hubiera retenido ahí.

Cuando le conocí había vuelto a ser divisionario de primera línea porque no quería que la historia de sus camaradas cayera en el olvido. En realidad nos habíamos visto un par de días antes en el Servicio Histórico Militar, entonces en Madrid, en unas rudimentarias mesitas. Allí estaba don César que con mil y una triquiñuelas, con mil y un favores, y con mil y una ayuda había conseguido que le fueran subiendo papeles que prácticamente nadie había hurgado desde el retorno de Rusia. Estaba obsesionado con la localización de los nombres de todos y cada uno de los caídos de la División y empeñado en que sus restos volvieran a España. Don César recorría los archivos militares y administrativos, fotocopiaba sin descanso para rehacer el archivo de la División Azul, para poder documentar la historia de unos hombres olvidados. Ese era su compromiso.

Creo que nos caímos bien desde el principio. No era sencillo. Hablo de los años ochenta con el socialismo en el poder y la desconfianza a flor de piel a la que se añadían las muchas rencillas entre quienes teóricamente compartían un mismo credo. Don César al igual que Luis Nieto desde el principio ayudaron a este jovencito que venía de provincias porque se le había ocurrido hacer su tesina de licenciatura sobre los voluntarios murcianos, lo que en aquellos años era desde luego una ocurrencia. Hasta me invitó a cenar en su casa y conocí a su hijo Rafa al que desde entonces me une una profunda aunque lejana amistad. Pero no sólo eso, don César estaba empeñado –sus empeños eran continuos- en rehacer las Hermandades, en volver a alistar a los divisionarios de provincias, en dar un nuevo impulso. Recuerdo que conseguimos que en una de las primeras Semanas de Cine Español que se organizaban en Murcia se proyectara un documental de la División Azul. Don César vino a presentarlo y después tuvo una reunión con los universitarios en un Colegio Mayor. Eran sus primeras intervenciones públicas. Allí en un salón, sorprendentemente, se encontraron los viejos camaradas; hombres en algún caso impedidos pero con el mismo espíritu. No pudo evitar emocionarse cuando desgranando la historia de los caídos sin historia dejó constancia de la falsedad de un divisionario que por tener papeles en el cine afirmaba que allí sólo fueron a jugar a las cartas. He visto a muchos divisionarios emocionarse y dejar asomar las lágrimas de indignación ante el menosprecio al sacrificio de sus camaradas.

Mi agradecimiento imperecedero a don César necesitaría páginas y páginas. Cualquier cosa que le pidieras te la facilitaba: “¡Toma, llévatelo y cuando lo termines me lo mandas!”. Era generoso y desprendido porque lo importante era difundir la historia de la División y no quién lo hiciera. Es una lección que algunos hemos interiorizado.

Al hilo de estas líneas rememoro el contacto frecuente que tuvimos durante cerca de dos años. Cuando se enteró de que preparaba un coleccionable para el 50 Aniversario de la División Azul me llamó. Andaba entonces empeñado en recuperar las fotos divisionarias. No reparó en el dinero que aquello le suponía. Todavía no existían los escáner y los ordenadores personales no estaban a la orden del día. Yo con mi máquina de escribir tenía que hacer los capítulos y enviarlos a la editorial y a don César. Él los leía y buscaba las fotografías más apropiadas para cada capítulo. Don César siempre fue la exactitud y le exasperaban las publicaciones en las que este aspecto fundamental no se  cuidaba. Sé, porque luego me lo contaban, que semana a semana se iba a la editorial con sus fotos para pasarlas a los fotolitos y que todo saliera perfecto. Él quería publicar un gran libro de fotografías pero entonces los tiempos no estaban para ello.

Junto con un puñado de divisionarios dio vida a la Fundación. Ésta debía de ser el gran legado colectivo. Aún guardo el título de miembro honorífico de la misma y la medalla que me entregaron. En uno de mis viajes visité con él las obras que estaban llegando a su fin de los nuevos locales y del museo. Era un gran proyecto. Si no recuerdo mal en dos ocasiones don César me llamó para que diera una conferencia en aquellos locales. Una fue sobre los prisioneros y allí estuve teniendo en frente a los protagonistas de lo que yo estaba contando. Don César se había convertido en una pieza esencial de aquel proyecto. Cuando alguien quería investigar sobre la División le remitíamos a él. Ignoro cuántos trabajos han visto la luz merced a ese empeño. De su labor como historiador queda un sinnúmero de trabajos publicados en el boletín Blau División.

No sería justo conmigo mismo sin dejar constancia de los sinsabores, del dolor y de la incomprensión porque una parte de su obra se quedó en el camino cuando, incomprensiblemente para algunos, se decidió ceder aquel impresionante museo, lleno de recuerdos de divisionarios, al Ministerio de Defensa para que duerma el sueño de los justos en los almacenes del silencio; cuando parte de aquel enorme esfuerzo de documentación ande en parte en paradero desconocido. Él tenía suficiente con haber cumplido con el deber que se había autoimpuesto. Con haber contribuido a conmemorar con todos los honores el 50 Aniversario de la salida de la División Azul en antiguo cuartel del infante don Juan; con haber contribuido a que por fin los caídos de la División Azul pudieran volver o encontrar un lugar digno donde aguardar la eternidad; con haber hecho realidad el sueño de que en el cementerio de la Almudena los caídos de la División Azul tengan un monumento. Cosas de las que tantas veces me habló don César. Sin embargo, pese a pequeños detalles de su alistamiento, nunca conseguí que me contara sus andanza por el frente, para él eran cosas sin importancia.

Ahora, César Ibáñez Cagna, se nos ha ido. En nosotros queda la imagen de aquel caballero alto y delgado que siempre fue. Allá, en lo alto, habrá sido recibido por sus camaradas y, con seguridad, el “mejor” le habrá otorgado la Palma de Plata que sin duda se merecía. Yo me quedo con el sentido abrazo que cada año me daba cuando yo intervenía los veinte de noviembre en la Plaza de Oriente.

Etiquetas: , ,

20130215164203-nieve-kb.jpg

El historiador Robert M. Citino ha descrito en un libro imprescindible lo que fue el inicio de la muerte de la Wehrmacht, la maquinaría bélica ofensiva más perfecta del siglo XX, a lo largo del otoño de 1942, aunque probablemente debiera retrasarse tal realidad hasta el verano de 1943. Cierto es que contemplados los hechos desde el presente algunas de las decisiones estratégicas tomadas por Hitler y el OKW alemán entre el verano y el otoño de 1942 prefiguraron ese posible desenlace, pero no es menos cierto que la historia bien pudiera haber concluido de otra forma.

La derrota alemana en el Alamein y la puesta en marcha por parte de los soviéticos de la Operación Urano (14 octubre-12 diciembre 1942), la gran contraofensiva desatada por el Ejército Rojo en el Don y el cerco del 6º Ejército alemán en Stalingrado, que resistiría hasta su rendición en febrero de 1943, abrió el proceso de inversión del signo de la guerra. En poco más de dos meses los soviéticos llegarían a Rostow y Jarkov, pero hasta ahí.

En realidad la suerte de la Segunda Guerra Mundial en Europa se decidió en los meses que transcurrieron desde la liberación de Stalingrado (febrero 1943) a la batalla de Kursk (julio 1943). En ello jugaría un papel fundamental la transformación experimentada por el Ejército Rojo fielmente retratada por Catherine Merridale: nuevos y competentes jefes militares, instrucción de la tropa, mejora en los planteamientos tácticos, incremento de la producción de armas, ahorro de vidas, nuevos uniformes, profesionalidad, honor y una nueva moral de combate. La consecuencia fue que en esos meses se produjo la irrupción de la maquinaría militar que iba a derrotar a la Wehrmacht.

En el invierno de 1942-1943 el Ejército Rojo subestimó la capacidad de recuperación y resistencia de la Wehrmacht. Junto con Urano los soviéticos desencadenaron una sucesión de ofensivas (Marte y Júpiter -ambas frustradas-, Saturno -disminuida en su planteamiento inicial-, Koltso e Iskra) cuyo objetivo era destruir al ejército alemán y sentenciar la guerra, pero pese a sus enormes reservas  y a la continua afluencia de material y unidades a los frentes, pese a la victoria en el Sur con el cerco de Stalingrado y la retirada de la línea alemana unos 250 kilómetros, los alemanes consiguieron desbaratar la Operación Marte cuyo triunfo hubiera permitido a los rusos enlazar sus ofensivas y embolsar al Grupo de Ejércitos Centro. Por otra parte, en el Frente Norte fueron capaces de infringir una severa derrota táctica a los soviéticos en la que la División Azul, la unidad española enviada al frente ruso a combatir al comunismo integrada en la Wehrmacht, desempeñó un papel fundamental. En aquel choque de titanes que se prolongó prácticamente hasta marzo de 1943 ambos ejércitos consumieron todas sus reservas, pero la capacidad de recuperación de cara a las ofensivas de primavera-verano de aquel año se reveló mucho mayor en el caso del Ejército Rojo mientras la Wehrmacht tuvo que variar su planteamiento bélico hacia la guerra defensiva.

La División Azul se había integrado perfectamente en la maquinaria militar germana demostrado, tanto en las operaciones en el Voljov en el invierno del cuarenta y uno como en su participación en las acciones de la Bolsa en la primavera siguiente, su capacidad de combate. A finales de agosto de 1942 los españoles entraban en línea entre Alexandrovka y el río Ishora frente a la ciudad de Leningrado, en una posición central, en el eje de asalto a la ciudad, para participar en la ofensiva que iba a dirigir el mejor de los generales alemanes en aquel teatro de operaciones, el mariscal de campo Erich von Manstein; lo que demuestra el valor y la confianza que se confería a la unidad española. La contraofensiva soviética de aquel otoño obligó a los alemanes a desechar la ofensiva y el propio von Manstein indicó a Muñoz Grandes que procediera a fortificarse.

En diciembre asumía el mando de la División el general Emilio Esteban Infantes, aunque llevaba actuando como segundo jefe de la unidad desde el mes de agosto. El nuevo jefe de la 250 División era un táctico competente que había asumido los planteamientos de lo que en la doctrina táctica del Ejército Nacional dirigido por Francisco Franco se había convertido en una noción clave: la batalla defensiva. En este sentido el general Esteban Infantes tenía la experiencia de haber participado en las batallas de Teruel y Brunete, lo que le permitía conocer los errores básicos en este tipo de planteamiento que el propio Franco había subrayado en su obra ABC de la batalla defensiva. Aportación a la doctrina.

Con sus 14.000/16.000 hombres la División Azul se había convertido en la unidad de infantería más poderosa del sector. Por ello, el mando del 18º Ejército la exprimió para obtener fuerzas complementarias ante la presión soviética: así el II Batallón del 269, que se cubrió de gloria, fue enviado a combatir a la tercera  batalla por los altos de Sinyavino -olvidados y cruciales combates cruciales cuya importancia está subrayando el profesor Carlos Caballero en la historiografía española- en la que los soviéticos, tras lanzar al combate 300.000 hombres, obtuvieron una importante victoria táctica al abrir un pequeño pasillo de diez kilómetros de ancho que suponía el inicio del fin del cerco de Leningrado, pero la línea férrea tendida por el mismo para abastecer la ciudad estaba batida por la artillería pesada germana. La moral de victoria, el deseo de Stalin de liberar la ciudad y de conseguir una segunda gran derrota alemana, se sobrepuso al enorme desgaste sufrido por el Ejército Rojo en los altos de Sinyavino, por lo que se planificó una segunda y ambiciosa operación, Estrella Polar. Como anota uno de los expertos en la guerra en el Frente Oriental, Chris Bellamy, la decisión del Stavka de encargar a los mariscales Zhúkov y Timoshenko la planificación revela la importancia que se le daba.  

El planteamiento soviético era muy similar al de las demás operaciones de esa época: se trataba de embolsar concéntricamente a las fuerzas enemigas del 18º Ejército para destruirlas. El primer ataque partiendo al unísono desde Leningrado y la zona de Mga-Sinyavino cercaría a las unidades germanas situadas ante la ciudad; el segundo, penetraría más al sur entre Novgorod y Cholm para cercar a parte del 16º Ejército. Así se conseguiría acabar con el cerco de Leningrado y llevar a las fuerzas soviéticas hasta Pskov asumiendo el control del golfo de Finlandia. Si el Ejército Rojo alcanzaba sus objetivos qué duda cabe que el golpe sería durísimo para el ejército alemán. La Operación Estrella Polar tendría que ponerse en marcha el diez de febrero de 1943.

Una de las consecuencias de la derrota táctica en Sinyavino fue que la División Azul tuvo que ampliar sus líneas hasta la línea férrea situada más allá del pueblecito de Krasny Bor. Ello supuso que el sector más débil del despliegue español se encontró situado en el punto lógico de ruptura de la ofensiva soviética que debía partir desde la ciudad de Leningrado. Dada la longitud de línea los españoles, pese a la potencia numérica de la División, se quedaron sin reservas tácticas.

Vista la batalla que se iba a desarrollar desde sus resultados parece evidente que los soviéticos carecían de grandes reservas para alimentar sus ambiciosos planes y que confiaban en el poder de fuego como factor de desequilibrio para abrir brecha y asegurar un rápido avance; pero, como anota Carlos Caballero si su artillería era magnífica sus artilleros no lo eran tanto. Lo que quedó confirmado a lo largo del diez de febrero.

Tanto el general Esteban Infantes como el mando alemán procuraron reforzar el sector. Si la División Azul se hundía y los soviéticos conseguían abrir una brecha lo suficientemente amplia como para impedir que el mando alemán embolsara a su vez a los atacantes, la Operación Estrella Polar podría progresar. Observando el terreno, que tuve la oportunidad de visitar, sobre el que se va a producir la acción, ante los españoles en forma diagonal sobre la línea del ferrocarril se abría una gran pradera sin masas boscosas que podía permitir a los soviéticos avanzar rápidamente arrollando tanto a la unidad española como a su vecina la 4ª SS y correr paralelamente a los bosques de Sablino hacia Mishkino para enlazar en la zona de Mga con el 54 Ejército Soviético. Pero, la División Azul no se hundió y pese a su inferioridad, como subraya Bellamy, resistió y, como anota Beevor, “contribuyó enormemente al fracaso de la ofensiva soviética”.

El general Salvador Fontenla subraya que la acción de los españoles en Krasny Bor debe considerarse una “victoria heroica”, que, como ya en 2003 subrayaba Carlos Caballero, frustró en gran medida la ambiciosa Estrella Polar. Cierto es que la línea española ante Krasny Bor cedió entre tres y cuatro kilómetros, pero en ese pequeño espacio el avance soviético quedó empantanado perdiendo en los combates un tercio de sus hombres. Cuando en la tarde-noche del diez de febrero las unidades que aún resistían salieron de línea para que se hiciera cargo del subsector la 212.ª División de Infantería los alemanes habían podido llevar a la zona las reservas suficientes para acabar con el avance soviético en el sector. Los españoles volvían a guarnecer su sector original apostados a las orillas del Ishora y volvieron a aguantar los ataques rusos entre el once y el quince de febrero.

Es de sobra conocido que el ataque soviético se realizó con una superioridad de fuego (95.000 proyectiles fueron lanzados sobre la División Azul) aplastante y con una masa de maniobra en proporción de 7/8 hombres a uno; además los soviéticos dispusieron de 40/80 carros T-26, T-34 y KV-1 frente a los que los antitanques divisionarios poco o nada podían hacer. Sin embargo, como años atrás había escrito el propio Franco: “si la acción de una masa de tanques aparece como impresionante por su potencia y efectos morales, sin embargo, esa acción, temible ante una fuerza desmoralizada, cambia totalmente ante una Infantería bien dotada y con elevada moral”. Y, aunque carecían de armas eficaces, en Krasny Bor sobró el valor personal  para contenerlos (como el del soldado Ponte Anido que obtuvo por ello la Cruz Laureada de San Fernando). A pesar de ello la pregunta que debemos hacernos es: ¿ante tal superioridad cómo es posible que resistieran?

Además del juego de las circunstancias que se da en todo combate (falta de adecuada utilización de la artillería soviética, conversión del terreno en un barrizal que dificultaba el avance enemigo, error táctico al empeñarse en destruir los núcleos de resistencia...), el general Fontenla destaca entre las razones que explican la victoria defensiva de Krasny Bor la “voluntad de vencer” de los españoles y el mantenimiento, pese al castigo artillero, de la capacidad de combate de las unidades que se transformó en resistencia heroica -¡hasta el final, hasta agotar la munición!- una vez iniciada la batalla.

Ahora bien, lo que permitió ese triunfo fue, sin duda, la aplicación de la Doctrina de la batalla defensiva de los españoles. Un análisis detenido, que excedería los límites de este trabajo, nos indicaría que el general Esteban Infantes y sus jefes y oficiales consiguieron, con las correcciones que hicieron a las posiciones alemanas heredadas, optimizar al máximo sus armas y aprovechar el terreno. En muchos lugares la disposición de las compañías (por ejemplo en las de Oroquieta, Arozarena, Campos y Aramburu) mejoraba la defensa y la capacidad de repliegue por lo ondulado del terreno o permitía batir el avance enemigo formando una triangulación mejorando el sistema de fuegos (Huidobro, Palacios, Iglesias); además todos los oficiales, siguiendo el reglamento táctico, dispusieron sus ametralladoras para obtener el máximo rendimiento tanto desde la posición propia como de la distancia entre las posiciones, minimizando errores que también se produjeron. Todo ello causó enormes pérdidas a la infantería contraria minando su moral de combate. Finalmente, pese a la falta de efectivos, sobre Krasny Bor las unidades se distribuyeron en profundidad (los españoles formaban tres líneas) creando una zona de resistencia que permitió recuperar hombres y lanzar contraataques locales. Todo ello potenció un elemento clave en la batalla defensiva, el factor psicológico. Es imposible que la “voluntad de vencer” que demostraron los divisionarios se hubiera dado, teniendo en cuenta el enorme castigo recibido en la primera fase de la batalla, sin la alta moral de combate que prestaba el hecho de que se trataba de tropas voluntarias con una vertebración ideológica nucleada en los voluntarios falangistas, sin la cohesión de las unidades y sin la existencia de una más que demostrada capacidad de liderazgo ejercida por los oficiales impulsando el heroísmo individual y colectivo.

En su empeño por detener a los soviéticos los españoles perdieron algo más de un tercio de los efectivos comprometidos en los combates: algo más de 1.200 muertos y desaparecidos y sobre un millar de heridos a los que habría que sumar varios centenares de enfermos derivados de los combates. Tal y como ha analizado Carlos Caballero los oficiales pagaron un alto precio ya que el 25% cayó en combate (el 47% de los capitanes). De muchas de las heroicidades de aquel día no quedó testimonio y la mayor parte de los caídos aún permanecen en ignoradas fosas comunes en un campo de batalla que aún no ha sido abierto y sigue siendo una zona peligrosa por la cantidad de proyectiles intactos que aún guarda aquella tierra.

Quienes se han acercado a la realidad de la batalla están de acuerdo a la hora de reseñar la insuficiencia en las recompensas concedidas, pálido espejo del heroísmo de la jornada. A pesar de ello los vencedores de Krasny Bor obtuvieron tres Laureadas de San Fernando (Palacios, Huidobro y Ponte Anido) y once Medallas Militares individuales (Oroquieta, Altura, Rosaleny; Molero, Castillo, Moreno, Cavero, Salamanca, Pestaña y Rodríguez); pero fueron muchas las denegadas o no cursadas. Un ejemplo, el capitán Jesús María Andújar no pudo recibir la Medalla Militar porque ya tenía dos. Y los partes de las unidades publicados por el general Fontenla revelan el valor de aquellos combatientes pues son increíbles las relaciones de distinguidos y muy distinguidos en los combates. Ellos, en definitiva, con sus armas y su valor frenaron a los rusos y empantanaron la ofensiva.

Tal y como ha pedido Pablo Sagarra los combates de Krasny Bor debieran justificar, setenta años después, la concesión de una condecoración colectiva para la División Azul. Una unidad que consiguió la última gran victoria del ejército español.

 

 

Para saber más: Fernando Vadillo, … y lucharon en Krasny Bor (Marte 1975); Francisco Torres García, La División Azul cincuenta años después (FN-1991); Carlos Caballero Jurado, Morir en Rusia. La División Azul en la batalla de Krasny Bor (Quirón-2003); David M. Glantz, The Battle for Leningrad 1941-1944 (BCA 2004); Chris Bellamy, Guerra absoluta (Ediciones B 2012); Antony Beevor, La Segunda Guerra Mundial (Pasado y presente 2012); Salvador Fontenla, Los combates de Krasny Bor (2013); Caballero, González, Sagarra y Fernández-Navarro, La victoria de Krasny-Bor. El Ejército español humilla a Stalin (Galland 2013).

Etiquetas: , , , , , , , , , , , ,

20121221204157-6270186415-edf6927b38-z.jpg

La revista Cuadernos de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, en su volumen 34, dedica centenar y medio de páginas a lo que pretende ser una “mirada crítica” sobre la División Azul. En realidad, el conjunto desigual de artículos incluidos, firmados por José Luis Rodríguez Jiménez, Xosé María Nuñez Seixas, Xavier Moreno Juliá, David Alegre Lorenz y Jorge Martínez Reverte, no es más que la trascripción de alguna de las ponencias presentadas a un mini-congreso universitario, de escasa trascendencia y menor resonancia, bastante huérfano de público según algún conocido de quien firma estas líneas que asistió pacientemente al mismo, realizado en la Universidad de Tarragona. Un encuentro casi “semiclandestino” que evitó así tanto el debate como la presencia contestataria de quienes tienen una visión y una perspectiva muy distante, y a tenor de lo leído mucho más científica, de lo que en realidad fue la División Azul. Un encuentro que quedó acomplejado frente a la sombra del Congreso celebrado con motivo del mismo aniversario en la Universidad San Pablo-CEU de Madrid.

Nos anuncia el historiador Joan María Thomas que, con estos trabajos, por fin recibe “la División Azul desde la historia una mirada crítica, porque la Historia si no es crítica no es”. Lástima que Thomas no haya aplicado esa misma mirada crítica a los trabajos que prologa y se entretenga en lanzar descalificaciones a esos otros encuentros en los que no se analiza críticamente, por ejemplo, la “literatura divisionaria” o que huyeron de ofrecer “reinterpretaciones de la Historia de la Azul a la luz de los más que evidentes progresos de la historiografía española y extranjera sobre el Régimen de Franco durante la Segunda Guerra Mundial, su política interior y sus relaciones exteriores –diplomáticas, militares, económicas, culturales o políticas en general–”. Lo que me lleva a preguntarme si Thomas conoce el contenido de esos encuentros. Cierto es que Nuñez Seixas y David Alegre ponen todo su empeño en presentarnos esa otra visión sobre la División Azul, mientras que Rodríguez Jiménez y Martínez Reverte se contentan con repetir lo escrito anteriormente, pero en conjunto el resultado es científicamente decepcionante, aproximándose en algún párrafo más al panfleto, envuelto un lenguaje de sociólogo y antropólogo de salón, que a la ecuanimidad del historiador realmente independiente. Todo ello, eso sí, orlado en algunos casos con sonoros títulos que acaban decepcionando y que más parecen pensados para poder dar realce al currículo que para resumir esas pretendidas nuevas aportaciones trascendentales para la historiografía. Así pues, en este marco, cuando se concluye la lectura se obtiene la imagen de una División Azul de escasa importancia bélica en el frente ruso, menos particularista de lo que se ha dicho, que, en mayor o menor medida, formó parte del proyecto nazi de Europa contribuyendo a su posible victoria, formada en parte significativa por combatientes fascistas de precario equilibrio psíquico, por hombres que en menor escala que otros también compartieron las brutalidades de aquel frente pero que han disfrutado hasta hoy de una leyenda favorable que es preciso revisar.

Excede con mucho el límite de un artículo la revisión crítica de este conjunto disjunto de artículos. Ahora bien, bastarían al lector una serie de comentarios al hilo de lo planteado por estos autores para evaluar la trascendencia de este pretendido nuevo discurso sobre la División Azul.

No me resisto a comenzar por el texto de Jorge Martínez Reverte quien, bajo el título de “Por qué fueron a Rusia”, se limita a tomar prestadas unas cuantas páginas de su lamentable, deficitario y acientífico libro, harto alejado de la historia, a las que quitar unos párrafos hasta cuadrar el número de palabras necesarias para cubrir el expediente. Y la tesis de Martínez Reverte puede ser cualquier cosa menos crítica y novedosa. En su descargo cabría argumentar que Martínez Reverte no es un historiador y que, desde luego, revisando su trabajo, difícilmente se puede afirmar que conozca esos progresos de la historiografía española y extranjera a la que alude como suprema legitimación científica de estas aportaciones Thomas.

Detengámonos ahora en la colaboración de Alegre Lorenz de la Universidad Autónoma de Barcelona y su pretencioso texto “Coser y desgarrar, conservar y arrojar. Visiones del enemigo y estrategias de supervivencia psíquica en la División Azul”. Alegre, se ha inspirado en un par de textos, los trabajos de Theweleit y Littell, para presentarnos sociológica, psicológica y antropológicamente el perfil del “combatiente fascista” que es el divisionario, que como tal muestra una “extrema brutalidad en el combate”, mantiene “políticas de ocupación marcadas por los excesos” y como fascista padece un “precario equilibrio psíquico” en el que el miedo y los sentimientos pueden llevarle a la perdición al perder así la “armadura física del fascista”. No le era necesaria a Alegre la lectura de los dos trabajos anteriormente citados, a cualquier niño que haya visto Star Wars le sonaría aquello a una reinterpretación de lo de que la “ira y el miedo conducen al reverso tenebroso de la fuerza”. No sé si es que Alegre quiere hacer honor a su apellido, pero ni es serio ni es científico que alguien, disfrazando la falta de estudio con la intertextualización de unas pocas citas teóricas, pretenda hacer un análisis sociológico o antropológico sobre los divisionarios a partir de sus textos en base al análisis parcial, desenfocado, obviando el lícito recurso literario de un relato de guerra que por fuerza contiene posiciones extremas, de las memorias de un solo divisionario, José María Sánchez Diana, ¡ Uno solo! Y, o una de dos, o David Alegre desconoce los relatos existentes -que evidentemente piensa evaluar abstrayéndose de toda coordenada de género- o, simplemente, manipula la realidad. Una pena que Thomas, cuando nos prometía la revisión crítica de las memorias de los divisionarios, que ha hecho con notorio desenfoque Nuñez Seixas, no nos advirtiera que en algún caso sería la revisión de las memorias de un único divisionario.

Abundantes son las perlas que se pueden leer esbozando una sonrisa en el texto de Alegre. Lástima, por ejemplo, que pese a su sesuda disertación sobre la identificación de Rusia con el comunismo y con el enemigo, a su peregrina teorización sobre las palabras de Serrano Suñer, ignore u olvide que, por ejemplo, las memorias de otro divisionario se titulaban, curiosamente, “Rusia no es culpable”. Su análisis sobre las estrofas del Cara al Sol o del Himno de la División Azul es de un candor admirable al ilustrarnos sobre el sentido del recurso a la palabra cielo como “necesidad primordial del fascista dirigida a recuperar el dosel sagrado”. Y así nos va desgranando sus peculiares teorías sobre la “agorafobia que el fascista siente ante lo desconocido” o sobre “la retaguardia como espacio de disolución” porque el “fascista tiene miedo de sí mismo”.

Dejando a los divisionarios caracterizados como “combatientes fascistas”, aunque en el orden de los textos este es el último cerrando así el círculo de la mirada crítica, entra en liza otro pretendido teórico, Nuñez Seixas dispuesto a poner en su sitio la “leyenda tan favorable” que han tejido los divisionarios -a ello lleva dedicados algunos artículos con notorios desenfoques-  dejando como premisa, en un texto que lleva por título “La Cruzada europea contra el bolchevismo: Mito y realidad”, que la importancia estratégica de la División Azul fue “casi irrelevante” y que estuvo dedicada a “labores defensivas en un frente estático”. Y eso lo dice alguien que debiera conocer, ya que ha sido un divulgador de las aportaciones no editadas en España sobre el conflicto germano-soviético, el valor de los combates librados en torno a Leningrado; de la pugna de carneros que entre el otoño de 1941 y los primeros meses de 1944 se libró en ese frente estático que se cobró centenares de miles de vidas en ofensivas y contraofensivas.

Dejo a un lado el mito y la realidad de la cruzada europea, porque una cosa, en lo que no entra Nuñez Seixas, es la propaganda y los objetivos del Tercer Reich y otra lo que llevó a combatir a anticomunistas de muchos países en el Frente Este y especialmente a los españoles. Me asombran las contradicciones de Nuñez Seixas que además es capaz de ponerlas por escrito, como si quisiera ponerse al mismo tiempo la herida y la venda. No es de recibo, por ejemplo, que primero nos diga que la División Azul no tuvo esa aureola de bajas que le da el tinte heroico, porque estuvieron por debajo de la media alemana (olvida que no sólo debe computar los muertos sino también los heridos y congelados que son las bajas reales) y después apunte que no es menos cierto que las bajas alemanas fueron más altas porque estuvieron combatiendo más tiempo y sobre todo porque fue a partir de 1944 cuando el Ejército Rojo causó bajas de verdad a la Wehrmacht pero los españoles ya no estaban allí. ¿En qué quedamos?

Nuñez está obsesionado, esa es mi opinión, con trasladar la particular guerra de los historiadores alemanes a España. Anda empeñado en demostrar que al igual que no existió la limpia Wehrmacht la actuación divisionaria no fue tan limpia y la unidad española, aun dentro de su singularidad, fue menos particular de lo que parece; fue menos brutal porque tuvo menos oportunidades para ello. Para Nuñez lo que de verdad preocupa para situar a la División Azul en sus justos términos es contestar a preguntas del siguiente tipo: “¿Qué ocurrió con los judíos: vieron o percibieron algo los soldados españoles del proceso de persecución que llevó a su exterminio? ¿Cuál fue el trato otorgado a la población civil? ¿En qué medida pudo la DA ser corresponsable, copartícipe o simple bystander de lo que era una guerra de exterminio diseñada y ejecutada por el Alto Mando de la Wehrmacht? ¿Cuál fue la experiencia de guerra de los divisionarios, y cuáles sus rasgos específicos, si los hubo, al respecto? ¿En qué medida la DA fue una excepción dentro del amplio panorama de las fuerzas invasoras en el frente del Este? No se trata de debatir acerca de su “honor” o de su ejecutoria bélica desde presupuestos normativos, sino de historizar en términos comparativos y necesariamente transnacionales la experiencia de la DA en su marco europeo”. Y así, de un plumazo, Nuñez se refiere a esos otros historiadores que como Negreira, Caballero, Sagarra o quien suscribe mantenemos posiciones críticas con respecto a Nuñez o Rodríguez Jiménez.

Interesa mucho a Nuñez, además de otros temas, precisar: “a) las actitudes hacia la población judía; b) la brutalización de sus condiciones de combate; c) la imagen del enemigo y su evolución, y c) el trato hacia la población civil rusa y los prisioneros del ejército soviético”. Nos dice Nuñez que los españoles no realizaron actos de protección a los judíos, pero no es ese el testimonio de los judíos de Grodno, los únicos con los que realmente tuvieron contacto; nos habla, como Reverte, de los judíos que estaban en los hospitales, pero existen decenas de testimonios de la actuación de los españoles con respecto a ellos. Y, naturalmente, busca sembrar la duda al escribir que “no hay constancia de su participación en matanzas”, pero que en todo caso “pudieron ser testigos” y prefirieron mirar para otro lado. Una muestra clara de la objetividad en el manejo de las fuentes.

En ocasiones tengo la impresión de que Nuñez no llega ni a darse cuenta de lo que escribe. Disiento de su aseveración de que la lucha guerrillera o partisana no fuera importante en el sector divisionario y en la zona de Leningrado; pero es curioso que no repare en lo que significa que los alemanes no encargaran a los españoles actividades antipartisanas porque no confiaban en ellos. Y supongo que no confiaban en su eficacia porque difícilmente utilizarían la represalia y otros medios similares. Llega el dislate y la manipulación a extremos difícilmente comprensibles -¡hasta qué punto puede la servidumbre ideológica torcer la objetividad del historiador!- cuando nos comenta que “los indicios indirectos también sugieren que la orden de los comisarios (que suponía su ejecución inmediata) fue cumplida por la DA de modo similar al conjunto de las unidades del Eje”. Como demostración de la evidencia indirecta nos refiere una instrucción del mando divisionario del verano de 1942 que en realidad contradice las órdenes alemanas  y establece un modelo de comportamiento distinto: “Se instruirá a la tropa sin pérdida de tiempo la prohibición de fusilar a los comisarios Políticos hechos prisioneros o pasados voluntariamente a nuestras filas. Estos Comisarios serán objeto del mismo trato que se da a los demás prisioneros”. ¡Asombroso!

No quiero cerrar este ya de por sí largo comentario sin una referencia a Rodríguez Jiménez para quien la División Azul, formó parte de la maquinaría del mal, por encima de cualquier otra consideración, al “dar relevo a tropas alemanas y vida al proyecto nazi de una Europa dominada por el pueblo ario”. Y se ha quedado tan contento.

Etiquetas: , , , ,

20121219154305-6270728352-4fc47d5281-b.jpg

¡Hoy era un día feliz!.

Concierto de acordeón y final con Noche de Paz… pero, mi buen amigo Carlos Caballero, adelantándose quizás al Día de los Inocentes, me ha remitido un mensaje…

¡Cáspita, un nuevo libro divisionario! Y ya me veía gastándome los dineros, pese a los recortes, en esta nueva joya, pero… entre los autores figuran esos tres reyes magos de la moderna historiografía que son Rodríguez Jiménez, Martínez Reverte y Nuñez Seixas… Ya me veía leyendo y maldiciendo en arameo… Menos mal que la publicación es gratuita porque de lo contrario ni en los saldos la hubiéramos podido adquirir.

Aparecen los artículos en la Revista “Cuadernos de Historia Contemporánea” vol. 34 (2012), bajo el título de “La División Azul, una mirada crítica”. Tan crítica que a algunos se les olvidó mirar o simplemente tenían lentes con los cristales tintados cuando no desenfocados. En realidad son las ponencias de aquel congreso semiclandestino –sin publicidad, no se nos ocurriera a algunos de nosotros acudir y enmendar la plana a los doctos ponentes- celebrado en una Universidad de Cataluña de escasa repercusión y al que sólo debieron asistir los alumnos encadenados al crédito para oír lo que llevan algunos escribiendo, cambiando los títulos, desde hace años.

Confieso que no me he podido resistir a la tentación de ojear a estos expertos en una lectura diagonal. Arrobado me he quedado leyendo la introducción –justificación de Thomas: por fin podemos acceder a la verdadera historia de la División Azul. ¡Y yo sin enterarme!

 

Y he seguido y no continuado con el texto del golfo más golfo –dicho con todo el cariño y la raigambre umbraliana del término- de estos “héroes o indeseables”, que diría el ínclito Rodríguez Jiménez, de la historiografía. Comienzo a leer a Martínez Reverte y me digo: “me suena, me suena, me suena”. Y tanto, como que su ponencia no es más que la reducción mediante el sistema de quitar párrafos, de las primeras hojas de su infumable libro… de ahí que cariñosamente le adjetive de golfo. Con esta insigne y novedosa aportación, sin duda, Martínez Reverte debió prestigiar lo que se presenta a posteriori como el “sumun” del congreso científico divisionario.

 

Pero, bueno, al menos, y dadas las normativas universitarias, algunos podrán hacer el necesario currículo… Concluyo, pero ardo en deseos de comenzar a leer esa ponencia que habla de “estrategias de supervivencia psíquica” en la División Azul. No sé por qué pero me temo que alguno necesite urgentemente recurrir al psicoanálisis.

 

 

 

Etiquetas: ,

20121218222523-articulo.jpg

Presentación de un libro divisionario en Alicante.

Una frase y un gesto. Esos dos gratísimos recuerdos guardo de la invitación que hace unas semanas me cursara Luis Valiente para intervenir en la presentación el libro del general Salvador Fontenla, “Los combates de Krasny Bor” en Alicante. Gracias Luis por darme la oportunidad de poder compartir, como anotó Carlos Caballero, unos momentos de amor a España, a sus soldados y a sus gestas; de sentirnos en estos instantes de pesimismo nacional orgullosos de los que nos precedieron.

Una frase y un gesto, porque allí en primera fila estaba, recordándonos que cumplió los diecinueve, los veinte y los veintiuno en el frente ruso nuestro entrañable secretario de la Hermandad divisionaria alicantina Enrique Cernuda. Testimonio vivo del ideal y del orgullo de haber servido en la División Azul.

Una frase, que es todo un deseo, pronunciada por el general Salvador Fontenla como cierre de su intervención, recordando que allá, bajo las tierras de Krasny Bor reposan ochocientos españoles. Él está noblemente empeñado en que al menos, allí puedan reposar en una sepultura digna bajo una bandera española.

Dentro de unos meses se cumplirá el 70 Aniversario de aquella batalla que el general Fontenla califica en su trabajo como “una victoria heroica”, que como tal “merece anotarse en los anales de la Historia Militar española”; el, en palabras de Carlos Caballero, que nos refirió la notable mención a la misma de Anthony Beevor en un reciente libro sobre la II Guerra Mundial, “último gran combate del Ejército español”.

El general Salvador Fontenla en su trabajo ha recuperado para la historia una documentación de valor  incalculable que nos permite seguir y reconstruir, paso a paso, los combates librados en aquella aldea aquel diez de febrero de 1943. Es la historia siguiendo los partes que se remitían desde las unidades. Palabras escuetas, sinceras, sin adorno, sin el peso del interés por destacar el papel propio u ocultar los desaciertos. Y el general Fontenla deshace los mitos, las interpretaciones, las frases bellas de combates románticos, las críticas a la actuación del mando.

Hace veinte años definí la batalla de Krasny Bor como el Brunete de Rusia. Algo que de algún modo también subraya el general Fontenla al destacar la importancia que tuvo la “defensa estoica de las posiciones”, la idea de “resistencia a ultranza en las posiciones defensivas en caso de ruptura del frente” frenando y estrangulando la penetración enemiga. Unos “conceptos que estaban grabados a fuego en el espíritu militar español que son esenciales para comprender el comportamiento de la resistencia numantina de los divisionarios en Krasny Bor”. En veinticinco apretadas páginas el general Fontenla, con la precisión del experto, con la admirable capacidad del profesional, es capaz de trazar un resumen explicativo interesantísimo de aquel combate.

Al general Gomariz, a Carlos Caballero y a un servidor nos correspondió ser los teloneros de un trabajo esencial para la historiografía divisionaria. Trazar, como hizo el general Gomariz, la impresionante biografía profesional de un militar de línea, el autor, que ha estado al frente de unidades de la Legión y la Brigada Paracaidista. Recordar, como hice yo, que la División Azul fue constituida como una unidad del Ejército español y por tanto forma parte de su historia; que marchó a Rusia al servicio de la política exterior española de la época; que fue una unidad básicamente formada por voluntarios ideológicos que creían que luchaban por una causa justa y que por su propia idiosincrasia formaron parte de lo que algunos autores alemanes denominan la “bandera invisible”, la bandera humanitaria dentro de lo que fue la guerra de exterminio que se libró en el frente ruso entre alemanes y soviéticos. Y apuntar, como con certeza hizo Carlos Caballero, que sólo ahora, cuando se asume que fue el Ejército Rojo el que derrotó realmente al ejército alemán, se comienza a valorar internacionalmente lo que fue militarmente hablando la participación española en la Segunda Guerra Mundial, aunque su combate fuera en realidad un mundo aparte.

 

Etiquetas: , , , , , , , , , ,

20121105012103-estandarte-v.a..jpg

Se llama Antonio Ángel Algora, Obispo de Ciudad Real, Príncipe de la Iglesia y que, a partir de hoy, puede sumar a sus muchos méritos pastorales la felicitación, no sé si entusiasta, del Foro de la Memoria Histórica de Castilla-La Mancha -es decir un escuálido grupo de comunistas y progres beneficiarios de la subvención-, que aprecia la muestra de “sensibilidad” dada por este personaje al ordenar, porque los ruegos de un Obispo a una Hermandad son en realidad órdenes, que la Hermandad de la Virgen de las Angustias deje de portar el estandarte con el que desfila desde 1949 en el que figura el escudo de la División Azul.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, ha escogido conforme a su sabiduría, prudencia y no sé si a su Fe, entre la memoria de quienes, en gratitud a la Virgen por su protección, como muestra de su credo, decidieron crear esta Hermandad y la petición revanchista de quienes se consideran herederos ideológicos de quienes asesinaron a 1.642 de sus feligreses en la Ciudad Real republicana; de quienes jamás han pedido perdón por los asesinatos cometidos por la izquierda.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, ha olvidado o quizás simplemente lo desconozca, que aquellos hombres, que a su vuelta decidieron procesionar con la Virgen de las Angustias, allá por el año 1944 y que tras adquirir la talla ni tenían dinero para confeccionar túnicas, también marcharon a la lucha por razón de su credo; que en aquellas fechas, en Carta Pastoral, se les consideró defensores de la civilización cristiana; que cuatro obispos firmaron indulgencias especiales para aquellos que cayeran en el frente; que centenares de jóvenes de la Acción Católica formaron en la División Azul simplemente por razón de su Fe y que aquellos que cayeron fueron considerados como mártires por la Acción Católica. Pero don Ángel Algora, setenta años después de los hechos, ha preferido atender la “sensibilidad” de quienes siguen considerando tanto a la Iglesia como a los católicos como su principal enemigo ideológico.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, no lo ha dudado y ha ejercido todo el peso de su anillo para presionar mediante carta y palabra a los hermanos para que, pese al unánime apoyo a que el estandarte con el escudo de la División Azul bordado por las madres adoratrices continuara desfilando, tal y como lo lleva haciendo desde hace más de medio siglo sin la más mínima muestra de rechazo entre quienes acuden a los desfiles procesionales y entre los que a buen seguro no figuran los abanderados de la memoria histórica, éste dejara de salir por el “sesgo político” del mismo.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, quizás haya olvidado o probablemente prefiera relegarlo al arcón de lo inconveniente, que la “memoria histórica” también la conforman el casi centenar de sacerdotes, religiosas y seminaristas asesinados en Ciudad Real, el 40% de los religiosos de la diócesis, por los republicanos que hoy reivindican los Foros de la Memoria Histórica, casi todos vinculados a organizaciones comunistas; también la compone el “martirio de las cosas”, la totalidad de los templos de su diócesis asaltados y parcialmente destruidos –seis totalmente- así como la pérdida de todo el ajuar religioso de las iglesias perdiéndose innumerables obras de arte.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, quizás ignore que muchos de aquellos jóvenes que al volver decidieron, como en otros muchos lugares de España, dar testimonio público de su Fe, sacando cada Semana Santa a la Virgen de las Angustias a la calle, marcharon a combatir, formando parte de una unidad del Ejército español, movidos también por el recuerdo de las llamas en los templos y los asesinatos en las calles. Asesinatos cruentos como los del joven claretiano Cándido Catalán que no fue rematado y que murió desangrado entre los cuerpos sin vida de sus compañeros mientras los milicianos oían sus gritos de muerte.

Don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, ha preferido ser “sensible” y olvidar a quienes decidieron dar testimonio público de su Fe. Probablemente espere que el paso del tiempo disipe la razón que dio vida a la Hermandad para hacerla así menos molesta para el señor Obispo. No sé si en la próxima Semana Santa, don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia, contemplará el paso de la Virgen de las Angustias y verá en su rostro la angustia por la injusticia cometida. Le invito a reflexionar sobre ello.

Pero que no se preocupe don Antonio Ángel Algora, Príncipe de la Iglesia. Allá en lo alto, estoy seguro, que los fundadores de la Hermandad, probablemente ya todos fallecidos, habrán encontrado el consuelo de Monseñor Narciso Esténaga, obispo prior de Ciudad Real, asesinado por los republicanos en 1936 porque no estuvo dispuesto a dejar de ser inconveniente.

 

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

Un lucero para José María

Publicado: 04/07/2012 01:32 por Francisco Torres en División Azul
20120704013202-ortin-par-articulo.jpg

 

Mi recuerdo de José María Ortín Cano es imborrable. Calles de Platería y Trapería. Siempre con sombrero y en el ojal de la chaqueta la insignia divisionaria. Nos conocimos hace casi treinta años. Recuerdo, como si fuera ayer, nuestras conversaciones en la antigua Hermandad de los Alféreces Provisionales. Alguna guardo en cinta magnetofónica. Estuvo siempre por encima del correr de los tiempos. Nunca quiso doblegarse. Me decía, hace menos de un año, sentado en el sillón de su casa, que siempre en su despacho de la antigua organización sindical tuvo una orla donde figuraban todos los voluntarios de la capital murciana hasta que se jubiló ya muerto Franco y transmutado el signo político. Nunca le estorbó aquello de lo que se sentía profundamente orgulloso.

José María nos ha dejado.  Tenía noventa y cinco años, pero la última vez que le vi seguía tan animoso como siempre y no mucho antes mantenía la voz de una de sus más preciadas aficiones, el canto. José María fue de los que con el coro aguardaba dentro de la catedral murciana para la misa cantada que se ofició cuando sus compañeros divisionarios, presos en el GULAG, regresaron a Murcia en 1954.

Recuerdo cómo se emocionaba cuando me relataba el día que regresó del frente ruso. En su pueblo, Guadalupe, una pequeña localidad de extrarradio de Murcia, le recibieron con cohetes y banda de música. Era un héroe local: “me llamaban el caudillo porque dicen que me parecía a Franco”. De allí habían salido tres voluntarios. Tres amigos que decidieron marchar a la División Azul: “estábamos en un bar por la tarde y no recuerdo quién dijo ¿nos vamos a la División?”. Dicho y hecho. Los tres, José María, César, Ángel, fueron seleccionados. José María era un hombre de profundas convicciones religiosas, como lo era su amigo Ángel. Los tres fueron a Rusia a combatir al comunismo. José María ya lo había hecho durante la guerra civil. Consiguió llegar a las filas nacionales. Fue herido y condecorado.

En Rusia, casi con remordimiento, me contaba “me mandaron a la Plana Mayor, a pechar con dos caballos, ¡como era un chico de huerta!. Pero aquellos caballos estaban resabiados. Yo creo que sólo entendían el alemán”. No estuvo en primera línea. Sus andanzas en el frente discurrieron por la retaguardia lo que le permitió conocer al pueblo ruso, hacer amistad con aquellos hombres: “acudía a los pueblos a buscar suministros, patatas y esas cosas… iba confiado con mi carro… Fíjate que casi nunca llevaba el arma dispuesta. Iba tirada con las otras cosas”. Recordaba con amargura a un chico del SEU que no pudo resistir la dureza de los combates, las penurias, y que intentó desertar. Le fusilaron. Y a ellos, voluntarios falangistas, les dio un escalofrío de dolor por aquel camarada. Aficionado a la fotografía era uno de los divisionarios con cámara, aunque con el paso del tiempo muchas de esas instantáneas se perdieron: “Fotos en las noches blancas haciendo guardia”. Entre las que conservaba algunas del tiempo de descanso. Como si no hubiera guerra: bañándose con los amigos en el río, montando a caballo en bañador.

Siempre recordaba a su amigo Ángel. Caído en el frente por una bala perdida el mismo día que había notificado a su madre que volvía mientras buscaba un regalo para su novia. Quizás por eso conservaba la foto que se hizo ante la tumba del amigo y el camarada para traerla como testimonio a España. Lamentablemente no pude decirle que el cuerpo de Ángel hoy reposa en Pankova. José María también dejó a su novia. Se enteró después que se había ido.

Se encrespaba cuando alguien decía que los voluntarios fueron a Rusia a la fuerza: “yo no conocí a nadie que fuera obligado, algunos muchos años después han dicho…” Me relataba la discusión que un día tuvo con alguien que afirmaba que fue a la fuerza desde el cuartel de artillería de Murcia. Y ante la vehemencia de José María el individuo tuvo que reconocer que pidieron voluntarios y él, como muchos, dio el paso al frente y luego le seleccionaron. Naturalmente acabó alegando que “cómo no iba a dar el paso al frente en aquella época”. Hace menos de un año me decía: ¿qué pocos quedamos?”. Estábamos repasando unos listados de la Hermandad Divisionaria de Murcia.

Hoy José María, setenta años después, se habrá vuelto a encontrar con Ángel. Se habrán dicho tantas cosas. José María nos ha dejado con el orgullo de haber servido en las filas de la División Azul. A buen seguro que su fe falangista habrá hecho brillar un nuevo lucero.

Etiquetas: , , , , ,

20120406145814-savador-cordoba-abanderado3.jpg

No he querido mirar mis notas ni revisar una vieja grabación en cinta magnetofónica para despedir a un amigo y a un camarada. Esta mañana, Viernes Santo, mientras cerca de mi casa resuenan los tambores que acompañan a la Dolorosa de Salzillo, me ha llamado Pepe Hernansaez. Inocentemente creía que sería para alguna de sus cosas, pasa los días buscando información sobre lejanos tiempos: ¿Sabes que ha muerto Salvador?

¡Salvador Córdoba Carrión! Me ha dejado –no consigo acostumbrarme- sin saber qué decir. A mi mente ha venido la imagen de aquella tarde noche en la que quedamos en la oficina donde estaba para rememorar su paso por la División Azul. Seguía siendo, más que un guripa, un muchacho del Frente de Juventudes, entonces aún Organizaciones Juveniles, con la mirada brillante cuando recordaba su viaje por Italia al terminar la guerra del que guardo una fotografía delante del palacio que flanquea la entrada a la Plaza de San Marcos.

Salvador se nos ha ido en silencio. Falleció hace unas semanas. Casi nos hemos enterado por casualidad. Al preguntarle a su hijo por él en estos días de desfiles procesionales. Me hubiera gustado ir a despedirle, a decirle adiós con cinco rosas. Ahora le despido con estas líneas, algo que hasta hace poco era remiso a hacer porque no me gustan los obituarios, quizás porque así se mantiene la ficción de que realmente no se han ido, que siguen ahí en el sitio en que los recordamos por última vez. Recuerdo que cuando le pedí que me resumiera de algún modo su experiencia divisionaria, cincuenta años después, se paró y me dijo, sin alarde alguno: “yo me siento orgulloso de haber ido a la División Azul”.

Tenía diecisiete años cuando se alistó falsificando su edad. En la estación del Carmen, en Valencia y en Alemania llegó a temer que lo devolvieran, junto con dos o tres más consiguió mantener el engaño. Lisa y llanamente me decía: “fui a luchar contra el comunismo, porque era falangista… Yo tenía una medio novia que se quedó esperándome y mi padre tomó un disgusto enorme, pero yo fui palante”. Debido a su edad fue de los primeros en volver y allí estaba, formando con el Frente de Juventudes, portando la bandera, esperando el gran retorno en agosto de 1942.  Lo que pocos saben, él mismo tenía el recuerdo borroso en una segunda ocasión en que nos vimos, es que intentó alistarse otra vez. Decidido a ello falsificó la autorización paterna que se había hecho obligatoria. Su padre lo descubrió y acudió a denunciarla como falsa. Sufrir dos veces, cuando tantos habían caído, era un dolor insoportable.

Aquel muchacho que se fue a Rusia era una representación de la otra cara de la Falange. La deformación y la manipulación ha creado una falsa imagen de señoritos hijos de la burguesía media y alta, pero en aquel torrente de voluntarios que acudieron a los banderines de enganche en Murcia para luchar contra el comunismo, también abundaban los chicos, como Salvador Córdoba, de extracción humilde. Su padre era carpintero y él había puesto que su oficio era de pintor. Cuando retornó no pidió nada. En realidad nunca se aprovechó de su historial. Se ganó a pulso desde conserje su ascenso en la vida laboral: “nunca hubiera aceptado nada para lo que yo no estuviera capacitado”. Y, sobre todo, siguió siendo falangista. Así se sentía a mediados de los ochenta cuando tantos habían dejado las filas azules. En ese trayecto, de lo que más orgulloso sentía era de su labor como instructor del Frente de Juventudes: “queríamos educar a los jóvenes en la camaradería, en el buen camino, en la búsqueda del bienestar para todos los españoles… nosotros charlábamos con ellos, les preguntábamos por la familia, por sus cosas… dialogábamos… Creo que hicimos una gran labor”. Pero sin dejar de recordar que había conseguido con su trabajo sacar adelante su familia. También fue durante años abanderado de la Hermandad. Recuerdo una foto en la que su mujer llevaba el estandarte de Murcia cuando fueron a Zaragoza para entregar el manto que la Virgen del Pilar tiene con el emblema divisionario bordado. Y cuando se inauguró el monumento en el cementerio de la Almudena tampoco Salvador quiso dejar pasar el tiempo sin acudir a visitarlo.

Es curioso pero en aquella larguísima charla hablamos poco de las cosas de la guerra. Los divisionarios que yo he conocido eran remisos a contar sus heroicidades y siempre hablaban de las glorias conjuntas de la División. Hoy me arrepiento porque en aquellas entrevistas que hice me interesaban más las generalidades y sobre todo cómo eran aquellos hombres. Cuando le preguntaba por su relación con los rusos y por las chicas, porque Córdoba, ahí quedan las fotografías, era un muchacho atractivo con su pelo negro ensortijado, se reía: “Otros tuvieron más suerte. Yo estuve siempre en el frente y allí no quedaban más que tres o cuatro viejas”.

Su padre cuando por fin le estrechó en sus brazos y vio que regresaba sano y salvo sólo pudo dar gracias a Dios. Salvador volvía  a Murcia con algo de dinero. Era el remanente de su paga y de sus ahorros en el frente. Pese a ser tiempos de escasez y de condición modesta su padre quiso que aquel dinero fuera a parar a una talla que fue depositada en la capilla de los carpinteros en la parroquia de Santa Eulalia donde hoy permanece como testimonio de la fe de aquellos hombres.

Pensaba ir con Pepe a visitarle uno de estos días para llevarle una grabación del viaje a los frentes de combate de la División Azul que realicé el pasado verano, no ha podido ser. Espero que allá en lo alto, donde a buen seguro se habrá rencontrado con Pepe, con Federico, con Felipe, con Enrique, con Ángel, con César…. con sus amigos que quedaron en Rusia hace setenta años, haya reclamado la misma bandera que portaba orgulloso en las formaciones. Lejos, mientras escribo, resuena el redoble de los tambores. Ahora simplemente me toca rezar.

 

Nota: Salvador es en la imagen el que aparece en primer término de la formación con la bandera de España. La imagen probablemente es de agosto de 1942.

Etiquetas: , , , , ,

20120210175728-imagesca3wr2ls.jpg

Tal día como hoy, diez de febrero de 1943, algo más de cinco mil españoles, desplegados ante la pequeña aldea de Krasny Bor, en un espacio limitado por la vital línea del ferrocarril Leningrado-Moscú y el margen del río Ishora, consiguieron inexplicablemente dislocar la ofensiva rusa que debería haber sepultado al Grupo de Ejércitos Norte alemán. Fue, sin duda, la última gesta del Ejército español.

La División Azul, trasladada desde las riberas del río Voljov, llegó a las puertas de Leningrado unos meses antes para participar en el asalto final a la ciudad. Aún parecía posible, tras los fulgurantes avances del verano, que la Wehrmacht alcanzase la victoria en aquel otoño. Esta posibilidad comenzó a desvanecerse entre septiembre y octubre de 1942 y se hizo evidente cuando los soviéticos desataron en el sur la “Operación Urano” que acabaría atrapando en Stalingrado al 6ª Ejército alemán de von Paulus. Stalin quería que la ofensiva rusa iniciada en noviembre en el aquel punto tuviera continuidad en el norte con un doble objetivo: liberar la ciudad de San Petersburgo -entonces Leningrado- y destrozar al grupo de Ejércitos Norte alemán llevando al Ejército Rojo a las puertas de Estonia.

El 18 de enero de 1943 la “Operación Centella” rompió el bloqueo de la ciudad de Leningrado y el seis de febrero el primer convoy ferroviario llegó a la ciudad. Era hora de consolidad el pasillo abierto, de volver a dominar la línea férrea y tratar de derrotar al Grupo de Ejércitos Norte alemán. El plan consistía en lanzar una serie de ofensivas desde el Ladoga hasta más allá del sur del lago Ilmen. La “Operación Estrella Polar” se abriría con la ofensiva del Frente de Leningrado sobre Krasny Bor que se simultanearía con el ataque del Frente del Voljov y cerraría el avance del Frente Noroeste. Y en el punto inicial de ruptura escogido por los soviéticos estaba desplegado el 50% de los hombres de la unidad española.

El diez de febrero un millar de cañones acompañados por los lanzacohetes Katiuskas abrieron fuego. Dos horas de intenso bombardeo. En sus líneas estaba desplegada, aguardando, la primera oleada de ataque: unos 33.000 hombres apoyados por medio centenar de tanques. Entre ellos los hombres de la 63División de La Guardia -unidad de élite en Ejército Rojo- que tenían como objetivo pasar sobre los cadáveres de los soldados españoles. A ambos lados de la misma la 72División de Fusileros, atravesando el Ishora, atacaría a los españoles frete a Kolpino  mientras que la 43División y unidades de la 45 sobrepasarían a las compañías españolas apoyadas en el talud del ferrocarril para poder asegurar la línea férrea abierta. Los alemanes, faltos de reservas, estimaban que la División Azul no resistiría. Probablemente los rusos podrían haber lanzado, una vez comenzada la ofensiva, una segunda oleada con otros treinta carros y unos veinte mil hombres.

La artillería soviética prácticamente barrió las trincheras españolas. Se calcula que por termino medio los españoles sufrieron un 60% de bajas por efecto del cañoneo, perdiendo además gran parte de su material de combate: a muchos sólo les quedaban granadas, sus fusiles y algún fusil-ametrallador. Sin embargo, cuando las bocas de fuego comenzaron a alzar el tiro, los voluntarios de la División Azul ocuparon sus trincheras para hacer frente al enemigo. La primera línea española quedó borrada del mapa. Sin dejar de combatir los españoles se fueron replegando para hacerse fuertes en Krasny Bor. Pero la línea no se rompió. Los españoles lanzaron desesperados contrataques, los cañones tiraron a cero. Los actos heroicos se sucedieron durante dieciocho horas de combate. Gracias a ello, a aquel sacrificio, los alemanes pudieron acumular fuerzas y contener definitivamente la ofensiva.

Según los datos oficiales ese día cayeron 1.127 hombres, otros 1.035 fueron heridos y, como mínimo, un centenar de españoles fueron dados por desaparecidos mientras que otros doscientos combatientes fueron hechos prisioneros tras agotar la munición. Prueba del alto grado de heroísmo, por hechos acontecidos en el frente, obtuvieron ese día 3 Laureadas de San Fernando y 11 Medallas Militares Individuales. Al enemigo le causaron más de diez mil bajas. Agotado, el Ejército Rojo aún tardaría un año en liberar Leningrado pero la División Azul ya no estaría allí.

 

Etiquetas: , , , , ,

20120128162149-fotograma.jpg

Probablemente, de no tratarse de una película bélica al estilo clásico, sin orgías gore de sangre, situada en la II Guerra Mundial y de no desarrollarse en el marco de lo que fue la campaña de la División Española de Voluntarios, no hubiera acudido al cine a ver la cinta firmada por Gerardo Herrero, bajo el título de Silencio en la nieve, con un guion extraído de la relativamente exitosa novela de Ignacio del Valle, El tiempo de los emperadores solitarios. Autor que ha vuelto a escoger el marco bélico de la batalla final en la capital del Tercer Reich para desarrollar su último trabajo, Los demonios de Berlín. Probablemente no hubiera sacado mi entrada porque, pese a ser un cinéfilo impenitente, una parte sensible de la producción española, dada su temática, no es capaz de atraer mi interés y las cintas de la “memoria histórica” se repiten con unos maniqueos esquemas de buenos y malos que las hacen sólo aptas para izquierdistas recalcitrantes y antifranquistas retrospectivos.

Silencio en la nieve, rodada en parte en Lituania lo que da verosimilitud estética al conjunto, es una producción notable dentro de las coordenadas del cine español, con un buen reparto, con actuaciones contenidas pero efectistas de los dos protagonistas, Juan Diego Boto y Carmelo Gómez, y una panoplia de secundarios más que notable. Una película con una cuidada fotografía que ha conseguido con la utilización adecuada de los filtros transmitir el ambiente general del color de la campaña española en Rusia, creando una atmósfera de tonalidades grises capaz de llevar al espectador a aquellos lares. Dejemos a un lado los habituales deslices en materia de armamento o condecoraciones, si allí pudo estar tal o cual tanque o pieza, las licencias cinematográficas que hacen visualmente más efectistas las escenas bélicas o la inexistencia del combate final defendiendo el cuartel de Prokoskaya. Prescindiendo de lo anterior la película resulta cuanto menos entretenida y está muy por encima de muchas de las producciones americanas con las que comparte cartelera. Su mayor problema es que adolece de falta de ritmo y de tensión, algo fundamental en un thriller y que el guión resulta incompleto porque la película no consigue transmitir por qué están aquellos españoles allí.

Teóricamente, al igual que sucede en la novela, la adaptación cinematográfica de lo que no es sino un thriller bien entrelazado en lo referente a la trama de la investigación, evitando la funesta manía de descubrir o situar al espectador-lector sobre las huellas del criminal, escogiendo el camino de la búsqueda del móvil como hilo conductor en vez el sucesivo descarte de sospechosos o la investigación realizada en función de los detalles sobre el cómo se perpetró el asesinato, el marco, la División Azul en el Frente Oriental,  no es más que una excusa, la ambientación necesaria. 

No estamos ante una película sobre la División Azul, ni como unidad ni como relato coral de sus componentes ni como reflejo de sus hechos de armas o de la razón de su presencia a tantos kilómetros de distancia de España. En ese sentido el director ha mantenido la letra más que el espíritu de la novela, pero ha perdido la oportunidad que el tema le ofrecía para ir más allá del cine negro redondeando una película que para el espectador se queda a medio. Quien más y quien menos, seducido por los trailers y la publicidad -pese a saber lo engañoso que resulta fiarse-, esperaba al menos una ráfaga capaz de presentarnos a la División Azul en combate -le ha faltado imaginación para suplir los límites presupuestarios- o que el pulso del director fuera capaz de cerrar la cinta, incluso dentro de los parámetros de lo que pretende infructuosamente mostrar y probablemente también demostrar, con un combate final que queda absolutamente perdido, no en la nieve sino en la incapacidad de quien seguramente buscaba cerrar la película con el último verso del enigma superpuesto a un final abierto a la imaginación sobre la suerte del protagonista y del verdadero asesino.

Tanto Ignacio del Valle como Gerardo Herrero, autor de la novela y director de la cinta respectivamente, por debajo de la nueva aventura del inspector Arturo Andrade, que hubiera necesitado en la película de un desarrollo mayor de su historia en vez de anclarla en la sugerencia o en  el misterio que nunca se cierra e impide o frustra dar sentido a la nebulosa trama amorosa del protagonista, buscaban pintar “un lugar desquiciado, absurdo” donde “reinan los emperadores extraños”, lo que por otro lado no se corresponde con la realidad de los divisionarios como colectividad. Algo que Gerardo Herrero  trata infructuosamente transmitir intentando emular la locura bélica, la conversión del hombre en animal, de Francis Ford Coppola en Apocalypse Now. Ni la ruleta rusa, ni los crímenes, ni la ausente evolución del protagonista, ni la brutalidad de los alemanes o la ejecución de un automutilado divisionario por un piquete en el que forma su propio hermano, algo que trata de presentar como algo diario, ni la ausente guerra son capaces en la película de mostrar ese mundo desquiciado que con algunas frases trata el guionista de hacer creíble. En ocasiones, cuando conscientemente busca una situación de sinrazón, el lenguaje cinematográfico, lo que transmite, más que locura, es un modelo heroico: así sucede cuando los soldados cantan en un camión que transita bajo el fuego enemigo una copla de su tierra. Nada tiene que ver la escena con la insensibilidad desquiciada y heroica de los helicópteros de Coppola en la célebre llegada a los sones de la Cabalgata de las Walkirias.

Cabría preguntarse por qué, pese a la intención manifiesta del director, la cinta no consigue trasportarnos a ese lugar  en el que el hombre pierde su humanidad. Yo me atrevería a decir que al guionista y al director ha acabado por ganarles la partida el recuerdo y el relato de lo que fue la División Azul, porque para el espectador los personajes desquiciados, Guerrita o Vicuña, no se convierten en arquetipos porque son solo elementos necesarios para sostener la trama y la investigación. Son hombres que muy poco tienen que ver con el resto de los desdibujados soldados. Ni tan siquiera el elemento central de la trama, los asesinatos que siguen un ritual masónico, tienen algo que ver con la situación bélica en que aquellos hombres viven o con la División Azul, porque su origen está muy lejos de aquel frente, por lo que la brutalidad cae como un castillo de naipes pese a que director y guionista hayan hurtado al espectador la razón del delito que origina los asesinatos: la decisión de un masón de eliminar las huellas de su pasado para poder hacer carrera en la nueva situación creada tras la victoria de Franco.

Dos escenas, de muy distinto significado, ponen de manifiesto esta otra lectura de la película. Parece que el poder o la fuerza del momento hayan ganado la partida a un director que no ha querido, por muy diversas razones, entre ellas el público potencial, convertir su lectura de la obra de Ignacio del Valle en un panfleto aunque la película lleve en su seno las notas de una sibilina manipulación. Una de las escenas es la resolución del tiempo sin guerra con una reunión de soldados que aguardan la llegada de unas rusas bebiendo y jugando. Ni los diálogos llegan a transmitir la imagen de seres desquiciados ni la “pudorosa orgía” los reduce a la categoría animal y eso que la obsesión por las camas y los desnudos más o menos gratuitos parecen ser una marca del cine español. La segunda de las escenas, que se ha convertido en un clásico en las referencias cinematográficas o literarias sobre los divisionarios, es el momento de tensión en el que los españoles se rebelan y sacan sus armas ante la previsible matanza de civiles que van a realizar los alemanes. Así, el resultado, es que frente al desquiciamiento brilla el gesto humano y valiente de los españoles que inicia el único de los secundarios identificado claramente como falangista. Pues los falangistas son en la película como mudas sombras que no se pueden ignorar: “nosotros somos la columna vertebral de la División”, le dice un oficial al inspector Andrade. Falangistas que quedan en “silencio en la nieve” porque el único entierro al que asistimos es casi una metáfora con una brillante bandera falangista que va cubriéndose de nieve.

Hubiera sido mucho pedir que Gerardo Herrero llegara en su lectura más allá de Ignacio del Valle para hacer un retrato mucho más rico e interesante de los divisionarios. Sin conseguirlo el autor de la novela quiso reflejar los hipotéticos enfrentamientos internos entre los diferentes grupos que formaban la División, especialmente el teórico choque entre los falangistas y los militares, tampoco en esto ha tenido más fortuna el director. Visualmente el director ha querido dejar claro, manipulando la realidad, la identificación entre la División Azul y el nazismo, algo esencial para transmitir la idea del fanatismo genérico de la empresa, de ahí la conversión del cuartel general divisionario en un arbolito de cruces gamadas sobre inmaculados muros blancos -¡cuán felices hubieran sido los artilleros o la aviación rusa con tales señales!- que no se corresponde con la realidad. Igualmente, de forma sugerida en las más de las ocasiones, ha querido el director dejar patente que además de militares y falangistas estaban los “traidores”, los comunistas dispuestos a pasarse, los antiguos republicanos, los que han ido para medrar, los obligados. Hábilmente nos presenta esta otra cara de la División Azul envuelta en el misterio y en el silencio: unas frases del sargento, alguna referencia de un cabo y, sobre todo, la visión lejana y clandestina de la ejecución de un traidor y de un automutilado. Manipulación sibilina, porque el guionista hace decir al leal sargento que eso está sucediendo todos los días, cuando el número real de condenados a la pena capital por cualquier delito fue en la división porcentualmente inapreciable (a lo largo de 1942 se produjeron catorce ejecuciones y no todos eran españoles). Con todo ello el director paga el tributo necesario para que la película consiga el aplauso de la crítica y de la izquierda. En definitiva se trata de una cinta que podía haber dado, en todos los sentidos, mucho más de sí, pero, insisto, y este es su mayor defecto, ni es una película sobre la División Azul ni un retrato certero de los divisionarios.

 

Etiquetas: , , , , , , ,

20120127181248-yo-y-chano-3.jpg

Resulta difícil, muy difícil, acostumbrarse a pronunciar un adiós y despedirse hasta el cielo, a musitar una oración e invocar un viejo y nostálgico “¡Presente!” mientras inconscientemente, como un susurro, entonamos un “si-la-sol…re-sol-la-si” clandestino, simplemente porque nos sale del corazón y porque muchos seguimos creyendo que es la mejor despedida para aquellos que hicieron de su vida una lección de servicio y sacrificio. ¡Qué difícil resulta decir adiós a uno de nuestros héroes sencillos y olvidados en los pliegues de la historia! ¡Qué duro es saber que poco a poco, aquellos hijos de estirpe hispana a los que hemos admirado, por razón de calendario, nos abandonan para formar el pequeño rosario de cuentas que con sus nombres conformamos cuando acudimos a rezar por ellos cada diez de febrero!

En silencio, como tantos otros, sin más reseña que la dolorosa llamada del amigo que te dice con voz entrecortada “Chano se ha ido”, se ha marchado un héroe. Se llamaba y, para los que le conocimos, se llama Juan Carreras Barceló, rebautizado por nosotros como “el león de Possad”. Estoy seguro que sus viejos camaradas, entre ellos Vicente Mas, también recientemente fallecido, habrán formado para recibirle en sus filas; a buen seguro que con un ramo de flores y con una sonrisa le esperaba para con paso firme acompañarle en su nueva singladura Amelia, su esposa y compañera, fallecida hace unos meses. Siempre les había visto juntos en los actos en recuerdo de los caídos de la División Azul que cada año se realizan en Alicante. Ella se desvivía por él cuando la vista primero y la memoria después comenzaban a fallarle. Frente al Alzheimer ella era su brazo y su aliento, la que compartía con él su pasión divisionaria, y Chano, valiente hasta el final, fiel a su compromiso, se ha dejado llevar para unirse a ella en esa eternidad para la que Amelia había vuelto a bordar con hilos rojos, en una camisa azul, un yugo y unas flechas . No hubiera podido, fiel a su cita, estar sin ella este año con nosotros. Todos echaremos en falta una presencia que lo era todo. En mi archivo guardo una colección de fotos de los jóvenes que pugnaban por retratarse con el héroe y la sonrisa con la que los atendía.

Recuerdo con la gracia con la que Chano nos contaba sus aventuras y desventuras en el Alicante republicano tras afiliarse a la Falange. Un adolescente que supo lo que era la violencia política de quienes hacían de la “caza del fascista” un deporte. Se libró de la muerte pero decenas de sus camaradas fueron asesinados en el Alicante rojo dominado por los anarquistas. En 1941, como tantos otros, se alistó en la División Azul. Con gracia solía contar, como si tal cosa, como si no fuera con él, su particular campaña de Rusia. Aquel muchacho -caprichos del destino- acabó filiado en la 2ª Compañía de Antitanques, donde estaban la mayor parte de los falangistas más conocidos (Ridruejo, Aznar, los Vernacci, los García Noblejas, Sotomayor…): “yo estaba un poquito acomplejado entre tanta gente importante. Allí estaba yo codeándome con los jefes”. Una compañía pletórica de falangistas, de hombres que estaban allí por idealismo como el azul sargento Patiño que tenía otros cuatro hermanos en la División Azul. Todavía, hace unos años, Chano recordaba la imponente nevada que les recibió en Novaja-Mjelnitza: “mira que hacía frío”. Con la 2ª de Antitanques cruzó el Voljov para llegar hasta Sitno y Chano hizo alguna peligrosa excursión hasta el poblado de Russa. El avance paralelo al río se paralizó. Los alemanes ordenaron a Muñoz Grandes que con sus hombres acudiera a cubrir las posiciones de Otensky y Possad. Mantenerlas era vital para asegurar las comunicaciones propias e impedir el avance ruso sobre las posiciones alemanas. Allá fue la 2ª de Antitanques y allí, Chano se portó como un héroe. Era imposible frenar a los tanques rusos. Su blindaje hacía que rebotaran los proyectiles y las granadas, pero allí estaba Chano. Contaba su hazaña desde la más absoluta humildad. Descubrió que tirando las granadas con efecto conseguía acertar al tanque y a esos se dedicó Chano. Lo que, tal y como lo contaba, parece muy fácil y nada peligroso, pero… Así ganó la Cruz de Hierro que orgullosamente siempre lucía en el ojal de su chaqueta. Chano era un ejemplo de aquellos muchachos, valientes a la locura, pero ni locos ni desquiciados, que allí entre Otensky y Possad cantaban:

                        Los rusos creían, creían

                        Que con alemanes se tropezarían.

                        Eran españoles los que allí habían…

A su vuelta Chano no quiso la tranquilidad, y ese es el ejemplo que nos brindó a cuantos le conocimos. Siguió fiel a los ideales que le llevaron a Rusia y hasta hace muy poco ha estado al frente de la Hermandad de la División Azul alicantina, porque él quiso ser hasta el final aquel joven jabato que peleaba como nadie en las trincheras del frente ruso.  Con estas sentidas líneas quiero despedirle y que, al menos, un puñado de españoles tengan noticia de la muerte de un valiente español.

Etiquetas: , , ,

20111110133409-monolito-pankovka.jpg

Desde las páginas de La Gaceta se insulta a los voluntarios de la División Azul.

En su edición del domingo seis de noviembre, el diario del grupo Intereconomía, La Gaceta, que dirige el periodista Carlos Dávila incluía un artículo a toda página dedicado a la División Azul firmado por el profesor José Luis Rodríguez Jiménez, bajo el ya de por sí insultante título de “Ni Azul ni de Voluntarios”. Todo ello después de que La Gaceta, como otros medios, ignorara el reciente Congreso Internacional de Historiadores celebrado en la Universidad San Pablo-CEU, en el que participaron todos los expertos, a excepción de Rodríguez Jiménez, nacionales o extranjeros, que han investigado o están investigando sobre la presencia de los voluntarios españoles en el frente ruso.

En la inauguración de dicho Congreso el general Agustín Muñoz-Grandes, hijo del primer jefe de la División Azul, afirmó que aún peor que una mentira es una verdad a medias y que, por tanto, es preciso denunciarla y evitar que se extienda. Parece como si Carlos Dávila, director de La Gaceta, le hubiera oído pero no escuchado aprestándose a poner su medio al servicio de esa “verdad a medias” o “mentira con algunas dosis de verdad” que practican autores como Martínez Reverte o Rodríguez Jiménez.

A nadie que conozca la bibliografía existente sobre la División Azul le pueden sorprender las tesis de Rodríguez Jiménez, autor de un libro de escasa difusión, que ha acabado en los mercadillos de saldo, significativamente titulado “De héroes e indeseables. La División Azul”. Texto lleno de errores, prejuicios, desenfoques, desconocimiento y manipulación de las fuentes que más debiera causarle sonrojo que orgullo pero que, a buen seguro, le permitió escalar posiciones académicas. 

¿Por qué La Gaceta, diario que blasona de representar a quienes se sienten “orgullosos de ser de derechas”, según reza a propaganda de Intereconomía, encargó un artículo sobre la División Azul a un escritor cuyas tesis mejor cuadrarían en las páginas de Público? ¿Por qué La Gaceta, diario “orgulloso de ser de derechas”, ha cedido sus páginas para difundir las tesis de la izquierda y vituperar de paso a miles de españoles? No lo sé, pero me consta que más de un divisionario o un familiar de los mismos sintió ganas de vomitar cuando leyó el artículo de La Gaceta. Periódico que, a buen seguro, alguno ha dejado de comprar. 

Para el artículo publicado en La Gaceta la División Azul no estuvo compuesta por falangistas/derechistas voluntarios; alguno hubo –nos ilustra- pero fueron una minoría. Por el contrario, lo que sí abundó, según tan docta opinión, fueron los jóvenes de clase baja (¿de dónde ha sacado este dato el articulista?¿qué estudio socioeconómico ha realizado para establecer tal aserto?) obligados a ir por el Ejército, reclutados a la fuerza en los cuarteles, desafectos al régimen, hijos de fusilados o de prisioneros republicanos recién liberados… Eso sí, José Luis Rodríguez Jiménez ha tenido cuidado a la hora de no reproducir su tesis de que los mandos militares fueron a Rusia por ambición, para ganar ascensos y pasta, no fuera a ser que por eso no pasara La Gaceta. Y, sólo veladamente, nos ha dicho que los voluntarios fueron a Rusia para ganar dinero. Con ello pretende ocultar algo fundamental: la existencia, en aquellos años, de una poderosa y fuerte ideología anticomunista que consideraba al comunismo como el enemigo natural de la civilización occidental y cristiana, como un régimen antihumano que era preciso eliminar. Y es que para la mentalidad progresista no es admisible que existieran jóvenes que voluntariamente quisieran ir a luchar y morir para poner punto y final al comunismo. Precisamente eso es lo que molesta de la División Azul.

El artículo de José Luis Rodríguez Jiménez, que es preciso contestar y denunciar, está lleno de verdades a medias. Esas “verdades” que acaban falsificando y manipulando la historia. Pongámoslas en evidencia y juzgue el lector el grado de colaboración de La Gaceta en esa falsificación y en el menosprecio o el desprecio que sobre la División transmite el autor en las páginas de dicha publicación: 

a) Comienza el articulista menospreciando o despreciando a la unidad militar española, cuando por el volumen de efectivos que poseía y por su propia estructura se aproximaba más a un Cuerpo de Ejército que a una División, tal y como ha demostrado con profundidad y documentación el profesor Carlos Caballero. 

b) Nos dice a continuación, extendiendo la insidia del menosprecio, que la División no participó en “ninguna de las rupturas del frente” siendo utilizada por “el mando alemán en pequeñas escaramuzas ofensivas”, y “sobre todo en la defensa de un frente estacionario”, entre 1941 y 1942.  Lo único que revela tamaña interpretación es lo ayuno que está Rodríguez Jiménez en lo referente al análisis militar de las operaciones en los sectores de los frentes de Leningrado y el Voljov. No conoce la historiografía soviética donde esas “escaramuzas ofensivas” se convierten en la “ofensiva/batalla Tikhvin-Volkhov”, que se saldó con la derrota alemana y que salvó a Leningrado de caer en diciembre de 1941, por que lo mínimo que se puede pedir a un “historiador” es  conozca en líneas generales la consideración que los soviéticos dan a estas operaciones en su oficial historia de la Gran Guerra Patria. En esas operaciones la División Azul fue una de las puntas de lanza de la ofensiva general del Grupo de Ejércitos en que se encontraba integrada. Siete días después de llegar al frente la unidad española ya participaba en esta gran operación. Es evidente que Rodríguez Jiménez desconoce también lo que en realidad fue la continuada batalla que se libró en torno a la ciudad entre 1941 y 1943 y no ha leído las obras del máximo experto en esos combates, David M. Glantz. Lo que desde aquí le recomiendo que haga. 

c) No contento con el desprecio o el menosprecio nos precisa que la División Azul se dedicó en el frente de Novgorod a buscar y capturar guerrilleros rusos.  No cabe mayor insulto a la sangre derramada, al heroísmo de los españoles. Precisemos: tras la derrota alemana en Tikhvin los soviéticos tenían como objetivo recuperar Novgorod, la ciudad defendida por los españoles, lo que se encargó al 52ª Ejército soviético. Muñoz Grandes se comprometió a defender sus posiciones hasta la muerte y demostró que estaba dispuesto a realizarlo. El tanteo realizado por los soviéticos sobre las posiciones españoles se saldó con un fracaso para el Ejército Rojo por lo que el asalto no se produciría directamente sobre la División Azul sino en sus flancos. La División Española, pese a sus bajas, era un 30% más potente que cualquier unidad alemana. Los españoles cedieron fuerzas, una y otra vez, a las unidades germanas próximas o acudieron en socorro de las mismas solventando situaciones tácticamente graves. Ni era, como con ignorancia afirma Rodríguez Jiménez, un frente estático ni los españoles se dedicaban a cazar partisanos. 

El intento soviético se saldaría también con una derrota. La penetración del Ejército Rojo, iniciada a mediados de enero de 1942 chocará con la resistencia española en Kretschewizy (un regimiento español frena a la 125º División de fusileros) y después los españoles acuden en socorro de los alemanes en Mal Samoschje, por esta acción el II Batallón del 269 Regimiento español obtendrá la Medalla Militar Colectiva (el profesor Rodríguez Jiménez y La Gaceta deben repasar lo que eso significa). Los españoles, al norte de sus líneas, van a participar en lo que se conoce como “la bolsa del Voljov” que permitirá el aniquilamiento de 9 Divisiones de Infantería, 6 Brigadas de Infantería y parte de una Brigada blindada, con pérdidas de unos cien mil hombres para los soviéticos. Probablemente una “operación sin importancia” para el autor del artículo. 

d) Concluye Rodríguez Jiménez su síntesis bélica, que tiene como objetivo mostrar la irrelevancia militar de a División Azul, diciéndonos que después de “cazar partisanos”, la mandaron a uno de los sectores del asedio de Leningrado. Se olvida otra vez de contarnos que se envió a la División a un punto clave de ese frente; con la misión de ser punta de ruptura en el asalto final a la ciudad diseñado por von Manstein. Sector clave también para los soviéticos que lo considerarán punto de ruptura de su ofensiva. Ofensiva a la que se enfrentarán los españoles en Krasny Bor. Pero esto no cuadra en las tesis de Rodríguez Jiménez y por eso lo oculta. 

e) Nos dice Rodríguez Jiménez que la División no fue azul -con mala y confusa redacción por cierto- porque, entendemos al leer, sólo una cuarta parte de los efectivos tenían un “ideario fascista”. ¿Cómo llega a tan curiosa conclusión? Dejemos a un lado que, en su libro, madre del artículo, Rodríguez Jiménez no nos explica de donde saca tan curioso dato y cómo ha medido la identidad ideológica de los voluntarios. Ningún estudio global -imposible hacerlo de 45.000 voluntarios- ni local –a excepción del que yo mismo he realizado- ha entrado en tan fundamental cuestión. Vayamos a la documentación. Lo único que el profesor Rodríguez Jiménez sabe es que las Jefaturas de la Falange facilitaron un total de 23.442 hombres. Aplicando la matemática elemental no son el 25% sino, en realidad, algo más del 58% del total, porque tenemos que descontar a los jefes, oficiales y la mayoría de los suboficiales, pero no es necesario recordar que muchos de ellos también eran falangistas. Cierto es que no todos podían ser falangistas o derechistas, pero sí en volúmenes que podrían situarse, como mínimo, entre un 80% y un 90%. Ahora bien, si a ello sumamos a los excombatientes del Ejército Nacional o a los posteriores afiliados a la Hermandad de la División Azul podríamos situarnos en cifras superiores al 95%. Pero es que, además, en los cuarteles, haciendo la mili, también estaban miles de falangistas/derechistas que se alistaron para ir a Rusia por efecto del mismo impulso que hizo alistarse a los que estaban fuera de los cuarteles. Estos datos parciales, no los generales, salen del estudio de una muestra de más de mil divisionarios, los del profesor Rodríguez Jiménez de la especulación. Es más, lo que nos dicen los expedientes de los divisionarios es que muchos de los que no encontraron plaza en 1941 se fueron desde un cuartel militar al incorporarse al servicio militar los reemplazos de 1942 y 1943. 

f) Nos dice el profesor Rodríguez Jiménez, sin aportar en su estudio más documentación que la anécdota,  que al faltar los voluntarios el Ejército presionó a los cuarteles para que forzaran a la tropa a ir. Sin embargo, lo que nos dice la documentación militar de la Comandancia General de Baleares y de la Capitanía General de Sevilla es que las unidades remitían, sin mayor problema, los partes diciendo “no hay voluntarios para la División”. Lo que revela el estudio, que Rodríguez Jiménez no ha realizado, de los Batallones de Marcha (compuestos por los voluntarios que partieron hacia el frente entre 1942 y 1943), es que la composición es muy diversa y que no se puede afirmar que la Milicia dejara de aportar hombres, porque lo hizo de forma similar o superior al Ejército en muchos de los Batallones, incluyendo los últimos. Lo que también nos dice ese estudio es que en la inmensa mayoría de las unidades militares, en los cuarteles, se trata de alistamientos individualizados o de muy pocos voluntarios que desmienten las fábulas de compañías enteras enviadas a Rusia o de procedimientos como elegir a uno de cada tres o cinco de formación. Tesis que La Gaceta avala porque ha entresacado y destacado del texto la frase: “las plazas no cubiertas por voluntarios las ocupaban soldados elegidos a dedo”. Lo que el profesor Rodríguez Jiménez ignora es que los cupos dejaron de existir a partir de marzo-abril de 1942. Lo que el profesor Rodríguez Jiménez ignora, porque no ha revisado la documentación, es que en fechas tan tardías como marzo de 1943 (la División se retiró en octubre de ese año) muchas de las Jefaturas de la Milicia falangista rechazaban a aquellos voluntarios que no ofrecían suficientes garantías, pero lógicamente, no en todos los casos, dada el escaso lapso de tiempo que tenían podían comprobar la idoneidad de todos los voluntarios.

g) Ni en su estudio ni en su artículo el profesor Rodríguez Jiménez documenta, más allá de la anécdota, la existencia de esos obligados sacados de las cárceles, recién liberados de las prisiones, hijos de fusilados, etcétera que él pretende convertir en tipología del voluntario. Sin base documental sus deducciones son pura especulación: “como en 1943 se liberó a muchos presos pues se alistaron a la División”, nos viene a decir. ¿Dónde están los listados? ¿Dónde está el estudio en el que se basa esa afirmación? Porque Rodríguez Jiménez y quien esto suscribe hemos manejado, teóricamente, la misma documentación.

h) El articulista, como tantos otros autores, lo que hace es proyectar sus prejuicios y evaluar a los voluntarios según su código. Así, por ejemplo, en su libro insiste en la aparente condena moral por la existencia de casos de enfermedades venéreas (tener este tipo de enfermedad hacía a un voluntario “indeseable” para la misma). Y vuelve a manejar la condena moral esgrimiendo unas listas sobre indeseables que confunde y sobredimensiona porque el que suscribe se ha tomado la molestia de revisarlas y sus conclusiones distan de las de Rodríguez Jiménez. Precisemos y expliquemos, que es lo que no hace Rodríguez Jiménez: el término “indeseable”, militarmente hablando, es la constatación de que un soldado no tiene las condiciones idóneas para cumplir con la misión encomendada a la unidad. Así se podía, de hecho lo era, ser válido para estar en la Legión y no para estar en la División Azul. Precisemos: la División Azul estableció, sorprendentemente, “el derecho de admisión” y devolvió a todos aquellos voluntarios que no consideraba idóneos. Y en ese grupo, los que Rodríguez Jiménez denomina “desafectos” eran una minoría muy minoritaria, una individualidad y no una generalidad. 

i) Yo he revisado la misma documentación que el profesor Rodríguez Jiménez y ni su número es correcto ni su interpretación es exacta. Cualquiera que ojee, sin profundizar mucho, la documentación observará, por ejemplo, que para ser “indeseable” bastaba con que alguien escuchara a un voluntario que se tira días y días hacinado en un tren para llegar hasta el campamento base en Alemania protestar; o, simplemente, que alguien pusiera en duda, en 1943, la posible victoria alemana, por no hablar de aquellos que fueron rechazados o devueltos por tener malas referencias morales (un caso se refiere por ejemplo a que convivía con una mujer sin estar casado) o los que en el informe se anota como nota desfavorable que blasfema o que bebe. Y es que los mandos de la División eran muy exquisitos a la hora de admitir voluntarios. Pero vayamos a la intrahistoria ilustrando al lector, y al profesor Rodríguez Jiménez, con algunos casos:

- César, un “vago incorregible” de la División originaria. Nos vamos a su   expediente y nos encontramos con un joven falangista, que en “zona roja” es movilizado y tiene que ir al Ejército Republicano, que en cuanto puede se pasa a las filas nacionales, que hace toda la guerra, que gana numerosas condecoraciones, entre ella la Medalla de Sufrimientos por la Patria. Un “indeseable” para Rodríguez Jiménez.

 -Jesús, Guardia de Asalto en la zona republicana, alistado en un cuartel en octubre de 1943, cuando la División prácticamente iba a ser retirada. Aparentemente uno de los “republicanos” alistados a la fuerza según Rodríguez Jiménez. En realidad Vieja Guardia de la Falange.

-Ginés, un agricultor, afiliado a la UGT, voluntario durante la guerra civil en las milicias socialistas que se fue voluntario al frente tras desempeñar funciones de retaguardia y que -¡sorpresa!- se pasa a las filas del Ejército Nacional y gana la Cruz Roja, la Cruz de Guerra y una herida en el ojo izquierdo de consideración. En febrero de 1942, con sus medallas y heridas como recomendación, dejando mujer e hijo de corta edad en España, se alistó en la División Azul.

-Juan, un joven, con antecedentes de estafa y, probablemente, estraperlo (ganar dinero en el mercado negro) se alista. Está claro que es un “indeseable” según Rodríguez Jiménez. He aquí que cuando escarbamos nos encontramos a un falangista hermano de un Vieja Guardia que dejará su vida peleando heroicamente en Rusia.

 Alguien debería recordar que, luchando en la División Azul, cinco mil españoles dejaron su vida en los campos de Rusia. Españoles que, según Rodríguez Jiménez en su artículo en La Gaceta, ni existieron, porque en realidad estuvieron de vacaciones en un “frente estático” dedicados a perseguir partisanos y participar en escaramuzas. ¿Y por qué no existen en el artículo? ¿Por qué el menosprecio a su actuación como fuerza de combate? Por una razón elemental, porque una unidad como la española, que realizó hazañas increíbles, entre ellas una de las más bellas y heroicas de las II Guerra Mundial; que se desangró en el Voljov, en la Intermedia, en Sinyavino y en Krasny Bor; que combatió en condiciones durísimas y que tuvo un número inexplicablemente bajísimo de desertores; que según los datos de su sección jurídica fue altamente disciplinada, difícilmente hubiera alcanzado el prestigio y la gloria militar que se deriva de sus condecoraciones sin tener una alta moral de combate. Moral que no hubiera tenido jamás una unidad compuesta, como nos quiere transmitir Rodríguez Jiménez con la bendición de Carlos Dávila, por indeseables, voluntarios forzados y mercenarios.

 *Foto de la ofrenda realizada por los miembros del Foro de la División Azul en el cementerio de Pankovka (Novgorod) el mes de octubre.

Etiquetas: , , , , , , ,

20110827204532-en-pankovka.jpg

Probablemente a muy pocos diga algo el nombre de Pankovka. Se trata de un pequeño remanso de paz situado a las afueras de la ciudad rusa de Novgorod. Al margen de la carretera, tras una profunda vaguada salvada por un puente, el viajero vislumbra una planicie con una pequeña curvatura central coronada por una Cruz rodeada de pétreas estelas. En ellas, grabados en la piedra se pueden leer centenas de nombres tallados para hacer perdurar su recuerdo en el tiempo. Al pasar la verja se abre un espacio en el que ahora se imponen las tonalidades intensamente verdes del agosto ruso que se alternan con el blanco invernal usual en aquellas latitudes. Ahora, la hierba está perfectamente cortada y cada cierto tiempo tres cruces de piedra, que difícilmente alcanzan los cincuenta centímetros, rompen el paisaje prolongado aquel viejo “Dios con nosotros” que figuraba grabado en las hebillas de sus cinturones.

No está lejos la carretera pero, sorprendentemente, su ruidoso discurrir es vencido por el manto del silencio que impone la imagen, el significado del lugar y las caprichosas formas, un tanto etéreas, de las nubes tamizadas por los tonos azules del cielo, capaces de crear increíbles contraluces. Los visitantes más musitan que hablan mientras buscan el lugar donde reposan los deudos propios o a los que, simplemente, como muchos de nosotros, se sienten sentimentalmente unidos. Allí, en aquel lugar en el que se siente el aroma de la paz eterna, reposan miles de hombres: los soldados alemanes que combatieron en la zona del río Wolchow durante la II Guerra Mundial y entre ellos un puñado de españoles.

Pankovka no es Arlington o Normandía, no se ha buscado impresionar al visitante, se prefiere la oración a la impresión alejándose del alineamiento perfecto de pequeñas estelas blancas que tantas veces hemos visto. Prácticamente no hay, como en otros cementerios, lápidas individuales que subrayen el lugar donde, en una pequeña caja, se han depositado, tras arrancarlos del fango y el olvido, los restos de los combatientes. Nobilísima tarea que afronta, muchas veces con más entusiasmo y sacrificio que medios, la Volksbund Deutsche Kriegsgräberfursorge e.V.

Probablemente, en unas décadas, la ciudad en su expansión acabará rodeando con su inmensidad aquel lugar lejano, pero estoy seguro que continuará siendo ese remanso de paz que invitan a los que franqueen sus rejas a recordar, a pasear en silencio, a musitar una oración, a dejarse llevar por el sentido del sacrificio…

Pankovka es un enclave que invita a pensar, casi a conversar con los que allí aguardan la resurrección. Es lo que hemos hecho un puñado de españoles que, en este 70 Aniversario, no queríamos que allí faltara el calor de una oración española. Porque allí, a la izquierda de la entrada, coronando una pequeña pradera con forma de pirámide truncada, se abre un semicírculo en cuya base se eleva un blanco y adusto monumento sobre el que se ha grabado una cruz y en el que se puede leer: “Españoles caídos de la División Azul”. Ante él descansan ya casi dos millares de españoles, aunque aún sus nombres no figuren en las lápidas. Estelas tumbadas con una sucesión de nombres y fechas en relieve que hablan de jóvenes caídos en la flor de la vida; jóvenes que dejaron su futuro prendido en la eternidad, porque no pudieron dar forma a sus sueños de mañana.

En Pankovka, en un cementerio lejano, reposan una parte de los cinco mil caídos de la División Azul, sólo algunos familiares han conseguido traer a España, décadas después de su muerte, los cuerpos del ser querido. Poco importa ya la distancia, porque la mayoría de ellos, por razón del discurrir del calendario, han podido reunirse en la eternidad con aquellos que un día les vieron partir y aguardaron inútilmente su regreso.  En nombre de todos, de muchos que ni tan siquiera saben que ahora un familiar suyo que fue a combatir al comunismo hace setenta años reposa en aquel lugar, rezamos y depositamos unas flores. Para llegar hasta allí recorrimos unos miles de kilómetros, lo hemos hecho para cumplir, sencillamente, con el deber autoimpuesto de recordar a unos jóvenes que si bien murieron entonces nosotros hemos sabido eternizarlos en nuestro recuerdo.

Etiquetas: , , , , , , ,

20110715192829-retorno-de-divisionarios.jpg

Una misión al servicio de la política exterior española.

Hace setenta años el Estado Mayor del Ejército español fijaba el día D para la salida de España para combatir al comunismo de una unidad de voluntarios que, en los documentos oficiales, se denominaba División Española de Voluntarios y que José Luis de Arrese bautizó definitivamente con el nombre con el que popularmente se la conoce, la División Azul. Poco después partía otra unidad puesta en marcha por el Ejército del Aire, la Escuadrilla Azul. A lo largo de veintisiete meses de campaña (casi 25 en el frente), más cuatro de la Legión Española de Voluntarios que la sustituyó,  en torno a cuarenta y seis mil hombres y 140 mujeres pasaron por sus filas. Dejaron en las frías tierras de Rusia 4.392 caídos de sus unidades de tierra, 22 hombres de la  Escuadrilla Azul y algo más de un centenar de prisioneros españoles que murieron en los campos de concentración rusos, en el siniestro GULAG.

Transcurridos setenta años cabría preguntarse por el ¿por qué de la División Azul? ¿por qué fue enviada a combatir a un frente tan lejano? ¿qué utilidad tuvo su sacrificio?. Como todo el mundo sabe, la División Española de Voluntarios, surgió al impulso del sector falangista del régimen de Franco, pero, precisamente por la razón de la movilización, el deseo de luchar contra el comunismo, se convirtió en un punto de encuentro de lo que era la España de la Victoria, uno de cuyos nexos de unidad e identidad era el anticomunismo. Esa motivación le confirió la inmensa popularidad que la acompañó durante toda su historia. Constituida como una unidad del Ejército Español, hecho diferencial con respecto a otros combatientes españoles en la II Guerra Mundial, forma parte de su historia elevándose sobre posicionamientos exclusivamente conyunturales.

Miles de jóvenes secundaron voluntariamente, alistándose en la milicia falangista o en los cuarteles, el “¡Rusia es culpable!” de Serrano Suñer, entonces Ministro de Asuntos Exteriores y Presidente de la Junta Política de FET de las JONS. Lo hicieron porque la División Azul era la continuación, sublimada, de las razones que habían llevado a millones de españoles a apoyar la sublevación contra la República y a decenas de miles a combatir voluntariamente contra ella en las filas del Ejército Nacional o de las Milicias. Entre esas razones brillaba, como crisol y aglutinador, el anticomunismo. Combatir en la URSS suponía combatir al único país en el que comunismo (entonces tanto el anarquismo como el marxismo quedaban englobados en el término genérico comunismo, independientemente de que fuera libertario o no) había triunfado y actuaba como ejemplo y elemento difusor de la revolución; suponía combatir a la nación que había hecho posible la resistencia del Ejército Rojo con sus envíos de material; suponía combatir a los asesinos y los torturadores del Frente Popular y a los enemigos de la cristiandad; era un modo de hacer justicia tras las decenas de miles de asesinatos cometidos en la retaguardia republicana, tras la persecución religiosa y el inmenso expolio económico realizado por los frentepopulistas simbolizado en el famoso “oro de Moscú”. Y para eso, en la España de la Victoria, sobraban posibles voluntarios.

Ahora bien, la División Azul no fue enviada a combatir a la URSS solamente por eso. Según se prefiera, por encima o por debajo de las razones ideológicas que la sustentaban, el anticomunismo militante, aquella unidad del Ejército Español marchó a combatir al frente ruso por razones de conveniencia nacional, al servicio de la política exterior española de aquel tiempo. Eso sí, los objetivos pragmáticos de esa decisión y de la ulterior de mantenerla en el frente, pese a que se hizo visible que ya no era posible alcanzar su objetivo máximo de destruir el comunismo, sin dejar a un lado el factor ideológico, razón basal de toda la campaña, fueron adaptándose a la evolución del conflicto bélico y a lo que en cada momento era más conveniente para la política exterior española.

A mi juicio, inicialmente, la presencia de la División Azul en el frente ruso, además de hacer patente la decisión programática del régimen de combatir al comunismo, permitió a las autoridades españolas alcanzar cuatro objetivos fundamentales: primero, dar muestras fehacientes de amistad con Alemania en un momento en el que las relaciones se habían enfriado por la reiterada negativa española a entrar en la guerra y por las negociaciones económicas; segundo, alejar la posibilidad de que se pusiera en marcha la operación alemana que sobre el territorio español tenía diseñado el Alto Mando germano; tercero, demostrar la capacidad combativa del ejército español actuando así como elemento disuasorio; cuarto, en caso de que se alcanzara la que entonces parecía incuestionable victoria alemana, tener un asiento en la conferencia de paz que reordenaría el mapa colonial del mundo, quebrando el para España lesivo dominio franco-británico y consiguiendo el soñado, desde mediados del siglo XIX, imperio colonial en el norte de África así como la recuperación de Gibraltar.

A partir del verano de 1942, conforme la guerra fue cambiando de signo, especialmente cuando la posibilidad de que los aliados abrieran un segundo frente en occidente, siendo España uno de los posibles puntos de ruptura, la División Azul fue mantenida en el frente por dos razones: primera, continuar dando muestras de la capacidad combativa del ejército español y por tanto evitar la tentación alemana de cerrar el Mediterráneo en Occidente; segunda, conseguir de Alemania el envío de armamento moderno para hacer frente a una posible agresión aliada. Finalmente, la División Azul y la posterior Legión Azul que la sustituyó estarían en el frente ruso hasta octubre de 1943 y abril de 1944 respectivamente por otras tres razones: primera, seguir manteniendo un lazo de colaboración con Alemania que evitara una posible acción a la desesperada sobre España; segunda, porque Franco, la Falange y el Ejército se resistían a dejar de dar testimonio de su deseo de luchar contra el comunismo; tercera, por razones de independencia frente a las presiones aliadas que finalmente obligaron a la retirada definitiva de los combatientes españoles.

Aquellos combatientes, en su casi totalidad voluntarios, tuvieron que pagar un altísimo precio en sangre y vidas humanas para cumplir con esa misión exterior someramente descrita. Lo hicieron combatiendo con un valor, entrega y sacrificio de tal grado que admiró a toda Alemania, desde el orgulloso Führer hasta el último soldado. Tal fue la campaña de la División Azul que puede considerarse, desde el punto de vista militar, como una de las más heroicas de nuestro ejército. Queda como constancia el altísimo número de condecoraciones, españoles y alemanas, conseguidas por sus hombres. Número que pudo ser mayor y que se redujo porque la sucesión de hechos distinguidos provocó que se considerara que la concesión de tantas condecoraciones depreciaría el valor de las mismas. De todos modos, proporcionalmente es una de las unidades más condecoradas del ejército español en lo referente a las más altas recompensas: 8 Cruces Laureadas de San Fernando, 53 Medallas Militares Individuales, 2 Medallas Militares colectivas y 138 Cruces de Hierro de primera clase. Miles de voluntarios obtuvieron otras condecoraciones por hechos de guerra. 

Resumir la campaña militar de los españoles en el durísimo Frente del Este en el estrecho margen de este artículo es prácticamente un ejercicio imposible. Baste decir que, frente a lo que se suele decir habitualmente, los españoles llegaron, después de ser desviados de su destino inicial, el Frente de Moscú, al Frente del Wolchow para participar en la ofensiva alemana diseñada para asegurar el cerco de Leningrado y crear una línea de invierno firme. Los españoles participaron en lo que los historiadores militares soviéticos denominaron la Batalla Thinkin-Wolchow. Cruzaron el río, establecieron una cabeza de punte y llegaron a relevar a los alemanes en Otenski-Possad, donde realizaron una heroica defensa. En aquellas operaciones dejó la vida una parte importante de la Vieja Guardia falangista de Madrid y Murcia. Allí soportaron, al otro lado de un río helado, la bajada de las temperaturas del que sería el invierno más frío desde hacía décadas, superándose los 40º bajo cero y todo ello sin equipo adecuado. Allí mostraron hasta dónde podía llegar la capacidad de resistencia de unos españoles que estaban dispuestos a defender Nowgorod, como explicara Muñoz Grandes a unos temerosos mandos alemanes, hasta la muerte. Aquellos soldados demostraron que no eran solo palabras. Así había sucedido en Udarnik donde la guarnición española fue clavada con picos al suelo, mutilando cadáveres al atravesar con ellos sus rostros aprovechando la oquedad de la boca.

A lo largo del invierno de 1941-1942 la División Azul se ganó, a fuerza de sangre y valor, la confianza de los alemanes merced a sus acciones de socorro. Sus efectivos la convertían en la última esperanza de obtener refuerzos para las unidades germanas. En enero de 1942 la Compañía de Esquiadores de la División cruzó el Ilmen, a cincuenta grados bajo cero, para liberar a los alemanes de la 290ª División cercados en Vsvad, según los norteamericanos Kleinfeld y Tambs se trata de uno de los episodios heroicos de la II Guerra Mundial. A mediados de enero la 126ª alemana perdía Teremets, el segundo Batallón del 269 fue enviado a taponar una brecha de seis kilómetros en lo que fue una auténtica carnicería, ya que ni los rusos ni la columna germano-española estuvieron dispuestos a ceder. En febrero una batería española fue enviada a reforzar a los alemanes en Podbereje. El 12 de febrero el 2º Batallón del 269 fue enviado a rescatar los alemanes de las SS y del 426º Regimiento cercados en Mal Samoschje, quedándose después de liberar a los germanos para formar parte de los ataques que la 126ª División realizó en Bol Samoschje. El 22 de febrero la 3ª Compañía del 250ª Batallón es enviada a ayudar a los alemanes en Vodoskoje. En marzo el 250º Batallón será enviado a reforzar nuevamente a la 126ª División alemana. Estas acciones fueron las que hicieron a Hitler pronunciar públicamente frases admirativas sobre los soldados españoles.

La División Azul se ganó a pulso el título de unidad de granaderos, unidad de elite del ejército alemán. Participó brillantemente en las acciones de la liquidación de la Bolsa del Wolchow. A finales del verano de 1942 fue trasladada a posiciones frente a la ciudad de Leningrado para participar en el asalto definitivo a la misma. Pero los alemanes habían llegado a su punto máximo de esfuerzo. La operación fue abandonada y los españoles se encontraron situados en uno de los posibles puntos de ruptura del frente alemán. Allí volvieron a demostrar su capacidad de combate prestando su colaboración a las fuerzas germanas que tuvieron que desbaratar la primera ofensiva soviética para intentar poner fin al cerco. Como en tantas ocasiones los españoles acudieron a reforzar a los germanos. Allá fue el Segundo Batallón del 269, a cubrirse de gloria en Posselok defendiendo los vitales altos de Sinyavino, sufriendo unas bajas que se elevaron al 95% de sus hombres, pero rechazando a un enemigo muy superior. Aún les quedaría tiempo a los divisionarios para realizar una de sus mayores gestas: detener, contra todo pronóstico, la ofensiva rusa en Krasny Bor. La División defendía uno de los puntos de ruptura escogidos por el mando soviético para lanzar la operación que permitiría acabar con el cerco de Leningrado. Pese a la abrumadora superioridad rusa los españoles aguantaron ganando un tiempo vital para que los alemanes pudieran acumular fuerzas y fijar el frente. La pugna en todo el sector norte se mantuvo a lo largo de todo un mes, después agotados, se produjo una calma relativa. Un tiempo de guerra de soportar bombardeos y golpes de mano.

Sucesivamente la División Azul estuvo mandada por los generales Muñoz Grandes y Esteban Infantes. Sin embargo, para la historia, el primero sería siempre el general de la División Azul. No podía ser de otro modo porque fue una creación suya. El general Agustín Muñoz Grandes, designado para ello personalmente por Franco, tuvo que crear una unidad muy especial cuya fuerza moral residiría en una fuerte identidad moral que le permitiera combatir en un frente durísimo,  muy lejos de su patria y por razones puramente ideológicas: ni se defendía físicamente el territorio español, ni existía la amenaza directa sobre los propios, ni era posible conquista territorial alguna.

La División Azul era una unidad compuesta por: voluntarios civiles con poca o ninguna experiencia militar; un buen número de excombatientes, pero se trataba de muchachos que mayoritariamente habían estado en sectores de línea durante la guerra civil; soldados que se habían presentado voluntarios en los cuarteles pero con una escasa preparación (muchos de los voluntarios de 1942 y 1943 tenían como mucho un par de meses de instrucción de cuartel). A diferencia de otras unidades militares poseían un importante factor cualitativo que demostró su importancia a lo largo de los combates: en líneas generales se trataba de una tropa altamente motivada. El general Muñoz Grandes lo que sí hizo fue rodearse de un competentísimo equipo de jefes y oficiales con amplia experiencia de combate entre los que abundaban los condecorados, militares con más experiencia que a mayoría de los mandos alemanes. Con todo ello creó, en poco tiempo una unidad físicamente endurecida tras recorrer andando mil kilómetros y con un alto espíritu de cuerpo. También impuso el general un sistema de relevos a partir de 1942 que le permitió mantener el mismo espíritu, la misma cohesión y la misma efectividad. Los hombres cambiaban pero la unidad seguía siendo la misma y en ella los falangistas hicieron amplio proselitismo, hasta tal punto que iconográficamente era imposible distinguir a los seguidores de José Antonio de los que no lo eran. Hombres que -y no es literatura-, desde Possad a Krasny Bor, entraban en combate cantando el Cara al Sol, lo que ahogaba los gritos de combate de los soviéticos, convirtiéndose en un arma psicológica de primer orden. Esta identidad y fuerza moral es el gran secreto de la gloriosa campaña militar de la División Azul.

En el Frente Ruso aportaron una visión cristiana de la guerra. Ellos habían ido a combatir al comunismo y nada más. Así lo había precisado el propio Muñoz Grandes ante los mandos alemanes. Despreciaron las normas alemanas con respecto a la población civil, confraternizaron con ella y aliviaron sus males. Compartieron con ellos casa, reposo, mantel y medicinas porque no eran sus enemigos. Todo ello en un frente en el que abundo el rostro incivil de las guerras. Combatieron siempre bajo bandera española, bajo mando español y según las ordenanzas españolas, haciendo oídos sordos a cualquier otro planteamiento. Desde el presente, mirando hacia atrás, no cabe duda de que la División Azul sirvió a los intereses nacionales de la época y contribuyó, con su sacrificio, a mantener alejada a la nación de la guerra real. Bien merecieran pues, estos combatientes, el reconocimiento y la gratitud nacional.

(Artículo publicado en el Diario YA)

http://www.diarioya.es/content/una-misión-al-servicio-de-la-política-exterior-española 

Etiquetas: , , , , , , , ,

20110714192235-a-las-puertas-del-hospital.jpg

Los héroes siempre se imponen a la ingratitud, la mentira y la maledicencia.

Ocultación y desprestigio, bien mezcladas con verdades a medias, suelen ser las dos armas favoritas de quienes, por razones ideológico-políticas, buscan destruir la memoria que no les resulta grata de cualquier hecho histórico. Leía el otro día a un columnista, con vitola de progre y amante del discurso políticamente correcto de la derecha opinante española, que considera que con tal de dar cera al PSOE todo vale, en las páginas de La Razón, afirmar que nunca nadie ha tenido tantos efectivos de nuestro ejército en el exterior como Rodríguez Zapatero, ni misiones con tantos muertos como la de Afganistán que lidera Carmen Chachón. El avezado columnista, que no debe leer ni su propio periódico, ignoró, creo que conscientemente, que en Rusia, hace ahora setenta años de su salida de España, una unidad militar de nuestro Ejército, sin parangón posible con lo que son las actuales misiones en el exterior, tuvo más de cinco mil muertos y casi nueve mil heridos (más de dos mil con consideración de mutilados) y que por aquella unidad pasaron unos 46.000 hombres junto con 140 mujeres.

Se cumple en estos días el 70 Aniversario de la formación y partida de la División Española de Voluntarios, la conocida popularmente como División Azul. Conformada, como todo el mundo sabe, como una unidad de voluntarios, en la que predominaban los falangistas, con mandos militares profesionales, fue constituida como una unidad del ejército español, formando por tanto parte de su historia. Por encima de las razones ideológicas que la sustentaban, el anticomunismo militante, fue enviada al frente ruso por razones de conveniencia nacional, al servicio de la política exterior española de aquel tiempo. El objetivo pragmático de esa decisión y de la ulterior de mantenerla en el frente, pese a que no era posible alcanzar su objetivo máximo de destruir el comunismo, sin dejar a un lado el factor ideológico, razón basal de toda la campaña,  fue adaptándose a la evolución del conflicto bélico y a las razones de la política exterior española.

A mi juicio, inicialmente, la presencia de la División Azul en el frente ruso permitía a las autoridades españolas alcanzar cuatro objetivos fundamentales: primero, dar muestras de amistad con Alemania en un momento en el que las relaciones se habían enfriado por la reiterada negativa española a entrar en la guerra; segundo, alejar la posibilidad de que se pusiera en marcha una operación alemana sobre el territorio español; tercero, demostrar la capacidad combativa del ejército español como elemento disuasorio; cuarto, en caso de que se alcanzara la que entonces parecía incuestionable victoria alemana tener un asiento en la conferencia de paz que reordenaría el mapa colonial del mundo, quebrando el para España lesivo dominio franco-británico.

A partir del verano de 1942, conforme la guerra fue cambiando de signo, especialmente cuando la posibilidad de que los aliados abrieran un segundo frente en occidente, siendo España uno de los puntos calientes, la División Azul fue mantenida en el frente por dos razones: primera, continuar dando muestras de la capacidad combativa del ejército español y por tanto evitar la tentación alemana de cerrar el Mediterráneo en Occidente; segunda, conseguir de Alemania el envío de armamento moderno para hacer frente a una posible agresión aliada. Finalmente, la División Azul y la posterior Legión Azul que la sustituyó estarían en el frente ruso hasta finales de 1943 y abril de 1944 respectivamente por otras tres razones: primera, seguir manteniendo un lazo de colaboración con Alemania que evitara una posible acción a la desesperada sobre España; segunda, porque Franco, la Falange y el Ejército se resistían a dejar de dar testimonio de su deseo de luchar contra el comunismo; tercera, por razones de independencia frente a las presiones aliadas que finalmente obligaron a la retirada definitiva de los combatientes españoles.

Aquellos combatientes, en su casi totalidad voluntarios, tuvieron que pagar un altísimo precio en sangre y vidas humanas para cumplir con esa misión exterior someramente descrita. Lo hicieron combatiendo con un valor, entrega y sacrificio de tal grado que admiró a toda Alemania, desde el orgulloso Führer hasta el último soldado. Tal fue la campaña de la División Azul que puede considerarse, desde el punto de vista militar, como una de las más heroicas de nuestro ejército. Queda como constancia el altísimo número de condecoraciones, españoles y alemanas, conseguidas por sus hombres. Número que pudo ser mayor y que se redujo porque la sucesión de hechos distinguidos provocó que se considerara que la concesión de tantas condecoraciones depreciaría el valor de las mismas. Así pues las autoridades militares fueron parcas a la hora de conceder las dos grandes condecoraciones españolas: la Medalla Militar y la Cruz Laureada de San Fernando. Aún así obtuvieron: 8 Cruces Laureadas de San Fernando, 53 Medallas Militares individuales, 2 Medallas Militares colectivas. Todo ello en unos veinticinco meses de campaña.

Resumir la campaña militar de los españoles en el durísimo Frente del Este en el estrecho margen de este artículo es prácticamente un ejercicio imposible. Baste decir que, frente a lo que se suele decir habitualmente, los españoles llegaron, después de ser desviados de su destino inicial, el Frente de Moscú, al Frente del Wolchow para participar en la ofensiva alemana diseñada para asegurar el cerco de Leningrado y crear una línea de invierno firme. Los españoles participaron en lo que los historiadores militares soviéticos denominaron la Batalla Thinkin-Wolchow. Cruzaron el río, establecieron una cabeza de punte y llegaron a relevar a los alemanes en Otenski-Possad, donde realizaron una heroica defensa. En aquellas operaciones dejó la vida una parte importante de la Vieja Guardia falangista de Madrid y Murcia. Allí soportaron, al otro lado de un río helado, la bajada de las temperaturas del que sería el invierno más frío desde hacía décadas, superándose los 40º bajo cero y todo ello sin equipo adecuado. Allí mostraron hasta dónde podía llegar la capacidad de resistencia de unos españoles que estaban dispuestos a defender Nowgorod, como explicara Muñoz Grandes a unos temerosos mandos alemanes, hasta la muerte. Aquellos soldados demostraron que no eran solo palabras. Así había sucedido en Udarnik donde la guarnición española fue clavada con picos al suelo, mutilando cadáveres al atravesar con ellos sus rostros aprovechando la oquedad de la boca.

A lo largo del invierno de 1941-1942 la División Azul se ganó, a fuerza de sangre y valor, la confianza de los alemanes merced a sus acciones de socorro. Sus efectivos la convertían en la última esperanza de obtener refuerzos para las unidades germanas. En enero de 1942 la Compañía de Esquiadores de la División cruzó el Ilmen, a cincuenta grados bajo cero, para liberar a los alemanes de la 290ª División cercados en Vsvad, según los norteamericanos Kleinfeld y Tambs se trata de uno de los episodios heroicos de la II Guerra Mundial. A mediados de enero la 126ª alemana perdía Teremets, el segundo Batallón del 269 fue enviado a taponar una brecha de seis kilómetros en lo que fue una auténtica carnicería, ya que ni los rusos ni la columna germano-española estuvieron dispuestos a ceder. En febrero una batería española fue enviada a reforzar a los alemanes en Podbereje. El 12 de febrero el 2º Batallón del 269 fue enviado a rescatar los alemanes de las SS y del 426º Regimiento cercados en Mal Samoschje, quedándose después de liberar a los germanos para formar parte de los ataques que la 126ª División realizó en Bol Samoschje. El 22 de febrero la 3ª Compañía del 250ª Batallón es enviada a ayudar a los alemanes en Vodoskoje. En marzo el 250º Batallón será enviado a reforzar nuevamente a la 126ª División alemana. Estas acciones fueron las que hicieron a Hitler pronunciar públicamente frases admirativas sobre los soldados españoles.

La División Azul se ganó a pulso el título de unidad de granaderos, unidad de elite del ejército alemán. Participó brillantemente en las acciones de la liquidación de la Bolsa del Wolchow. A finales del verano de 1942 fue trasladada a posiciones frente a la ciudad de Leningrado para participar en el asalto definitivo a la misma. Pero los alemanes habían llegado a su punto máximo de esfuerzo. La operación fue abandonada y los españoles se encontraron situados en uno de los posibles puntos de ruptura del frente alemán. Allí volvieron a demostrar su capacidad de combate prestando su colaboración a las fuerzas germanas que tuvieron que desbaratar la primera ofensiva soviética para intentar poner fin al cerco. Como en tantas ocasiones los españoles acudieron a reforzar a los germanos. Allá fue el Segundo Batallón del 269, a cubrirse de gloria en Posselok defendiendo los vitales altos de Sinyavino, sufriendo unas bajas que se elevaron al 95% de sus hombres, pero rechazando a un enemigo muy superior. Aún les quedaría tiempo a los divisionarios para realizar una de sus mayores gestas: detener, contra todo pronóstico, la ofensiva rusa en Krasny-Boor. La División defendía uno de los puntos de ruptura escogidos por el mando soviético para lanzar la operación que permitiría acabar con el cerco de Leningrado. Pese a la abrumadora superioridad rusa los españoles aguantaron ganando un tiempo vital para que los alemanes pudieran acumular fuerzas y fijar el frente. La pugna en todo el sector norte se mantuvo a lo largo de todo un mes, después agotados, se produjo una calma relativa. Un tiempo de guerra de soportar bombardeos y golpes de mano.

Sucesivamente la División Azul estuvo mandada por los generales Muñoz Grandes y Esteban Infantes. Sin embargo, para la historia, el primero sería siempre el general de la División Azul. No podía ser de otro modo porque fue una creación suya. Muñoz Grandes tuvo que crear una unidad con una fuerte identidad porque iba a combatir en un frente durísimo,  muy lejos de su patria y por razones puramente ideológicas: ni se defendía físicamente el territorio español, ni existía la amenaza directa sobre los propios, ni era posible conquista territorial alguna. La División Azul era una unidad compuesta básicamente de voluntarios civiles con poca o ninguna experiencia militar; había un buen número de excombatientes, pero se trataba de muchachos que habían estado en sectores de línea durante la guerra civil; de soldados que se habían presentado voluntarios en los cuarteles pero con una escasa preparación. El factor cualitativo favorable era que se trataba de una tropa altamente motivada. El general Muñoz Grandes, sin embargo, se rodeó de un competentísimo equipo de jefes y oficiales, entre los que abundaban los condecorados, con experiencia en unidades de elite y de choque durante la guerra civil. Con todo ello creó, en poco tiempo, una unidad físicamente endurecida tras recorrer andando mil kilómetros y con un alto espíritu de cuerpo. También impuso el general un sistema de relevos a partir de 1942 que le permitió mantener el mismo espíritu, la misma cohesión y la misma efectividad. Los hombres cambiaban pero la unidad seguía siendo la misma. Este fue el gran secreto de la División Azul.

Y, por encima o por debajo de todo, lo más importante, lo fundamental, fue la razón que impulsó su nacimiento: el “¡Rusia es culpable!” de Serrano Suñer. La División Azul era una continuación, sublimada, de las razones que habían llevado a millones de españoles a apoyar la sublevación contra la República y a decenas de miles a combatir voluntariamente contra ella. Entre esas razones brillaba, como crisol y aglutinador, el anticomunismo. Combatir en la URSS suponía combatir al único país en el que comunismo (entonces tanto el anarquismo como el marxismo quedaban englobados en el término genérico comunismo, independientemente de que fuera libertario o no) había triunfado y actuaba como ejemplo y elemento difusor de la revolución; suponía combatir a la nación que había hecho posible la resistencia del Ejército Rojo con sus envíos de material; suponía combatir a los asesinos y los torturadores del Frente Popular y a los enemigos de la cristiandad. Sólo por eso fueron, como repitió el general Muñoz Grandes el día de la jura en Alemania, a combatir heroicamente en el Frente Oriental. Lo demás es literatura, propaganda y deseo de ganar dinero fácil difamando a los héroes olvidados. Unos héroes que bien merecieran un homenaje público y nacional.

(Artículo publicado en el nº 586-587 de La Nación, del 12de julio al 2 agosto de 2011)

 

Etiquetas: , , , , , , , ,

20110306231713-bailando-3.jpg

La mentira era para el comunismo, entre otros para Lenin, inventor del siniestro GULAG, un arma más. Anclados en esa consigna perseveran un número creciente de escritores, con mayor o menor competencia curricular, que además cuentan con el apoyo de todo el aparato mediático de una izquierda que no renuncia a cambiar el ayer en beneficio de la deconstrucción de la historia que practican; individuos que sueñan, en el tiempo de la “desmemoria histórica”, simplemente, con hacer caja merced a la propaganda o la subvención, aunque para ello tengan que cubrir de lodo y estiércol la memoria de quienes supieron ser sólo héroes sencillos sin alcanzar gran recompensa a cambio. Son, ese conjunto de periodistas, comentaristas, historiadores y charlatanes varios, los que ante el vil metal se repiten, parafraseando a Lenin, “¿Verdad? ¿Para qué?”

Digno representante de ese mundo es Jorge Martínez Reverte que, avalado por la izquierda, ahora decide utilizar para hacer caja a los héroes sencillos de la División Azul. No es una novedad. Ya los divisionarios recibieron, con poca fortuna por cierto, las dentelladas de Cardona o Rodríguez Jiménez. Ahora, cuando se va a cumplir el 70 Aniversario del inicio de su gesta, cuando pocos pueden ya contestar personalmente al insulto con su presencia, de ahí el curioso silencio que han mantenido muchos autores de izquierdas sobre los hechos, parece que los autores de la “desmemoria histórica” les van a elegir como su blanco favorito. Rompe el fuego Jorge Martínez Reverte, que publica un libro titulado “La División Azul. Rusia 1941-1944” y amplifica su tesis el diario El País incluyendo un desmesurado y falaz artículo del autor, titulado con harta ironía Yo tenía un camarada, junto con una recensión de la obra firmada por otro izquierdista notorio, amante de la “desmemoria histórica” e inventor de enormes listados de represión franquista tal y como señaló Martín Rubio, Julián Casanova.

Curiosamente, algunos autores, empezando por Martínez Reverte, y se preparan otros en la misma estela, comienzan su andadura, cuando no utilizan el recurso como señuelo para manipular los recuerdos personales o familiares de los voluntarios españoles, recordando que su padre, su tío o su abuelo fue un divisionario. Así pueden presentar un referente de autoridad y una aparente fuente de veracidad: si lo dice un familiar, verdad será. Después viene lo consabido: los divisionarios fueron un conjunto de falangistas, pistoleros y matones sin duda, sedientos de venganza; de oficiales y suboficiales que fueron a Rusia para ganar ascensos intentando hacer carrera; de soldados forzados a alistarse; de pobres jornaleros y campesinos obligados a luchar para huir de la miseria… Todo ello porque, como buenos izquierdistas, se niegan a pensar que pudieran existir jóvenes dispuestos a poner fin a la dictadura comunista y estuvieran dispuestos a combatir voluntariamente por ello; jóvenes que creyeran que el comunismo era un mal y no un bien, y que la revolución proletaria no era más que una inmensa mentira con la que cubrir los enormes campos de concentración en que se convirtieron los países que vivieron bajo su lacra y también, naturalmente, la hoy alabada zona republicana durante la guerra civil. ¿Cómo puede un izquierdista de corazón, que en el fondo sigue embelesado con el romanticismo de la revolución soviética, reconocer que combatir esa imagen fuera algo por lo que muchos estuvieran dispuestos a dar la vida? La vida, según ellos, solo la ofrecen desinteresadamente los jóvenes idealistas de izquierda. Los otros sólo pueden tener motivaciones menos altruistas.

Borrar esa idea es la finalidad última de todos esos autores. Para ello nada mejor que recurrir a difuminarla, a enmascararla, con el hecho cierto de que aquellos españoles combatieron en/con el Ejército del Tercer Reich, pero como una unidad del ejército español. Y si es necesario se fuerza la nota como hace Julián Casanova, profesor universitario de historia, para argumentar que los españoles fueron a la URSS para combatir a los “bolcheviques, los masones y los judíos” distorsionando interesadamente la realidad para evitar que se asuma como apriorismo que el comunismo era un mal. Espero que el señor Casanova nos explique en qué argumentos basa tan asombrosa deducción: no están esos objetivos en discurso de Serrano Suñer (“¡Rusia es culpable!”), ni están en las declaraciones oficiales, ni en la nota dada por el Ministerio de Asuntos Exteriores, ni en la propaganda para la recluta en 1941, 1942 ó 1943, ni en los recuerdos de la inmensa mayoría de los divisionarios y sobre todo en el discurso en Alemania del general Agustín Muñoz Grandes, quien afirmó ante las autoridades alemanas que estaban allí sólo para combatir el comunismo.

Volvamos a la mentira como norma que parece guiar el artículo, y supongo que el libro, de Jorge Martínez Reverte. No está mal, como ejemplo de las valoraciones del autor a la hora de presentar a los personajes, lo de referirse a José Antonio Girón, entonces Ministro de Trabajo (¡Qué cosas un ministro que quiere dejar su cargo para ir a luchar y quizás morir al frente de combate!) simplemente como “antiguo pistolero de la vieja guardia” falangista. Reverte no ignora el valor de la imagen y el uso del lenguaje y sabe que no es lo mismo decir que se marcha un ministro, lo que implica un cierto idealismo, que decir que se marcha un pistolero extendiendo el ejemplo a arquetipo. A partir de este punto Martínez Reverte juega con las palabras para edificar su mentira. Nos dice que los voluntarios juraron “solemnemente fidelidad a Hitler, hasta la muerte”. Fundamentación necesaria para luego poder argumentar que los divisionarios, por acción o por omisión, fueron cómplices en las matanzas de judíos y que tenían que obedecer. Martínez Reverte sabe, porque dice que ha leído, que lo único que juraron los divisionarios fue obedecer a Hitler como jefe del ejército en la lucha contra el comunismo. Martínez Reverte debería saber que en 1941 las “matanzas” eran realizadas por grupos especiales que operaban con relativa independencia de los jefes de las unidades alemanas.

Para Martínez Reverte y los secuaces que le seguirán el objetivo, en definitiva, no es otro que incluir a los divisionarios entre los criminales de guerra, lo que equivale a destruir lo que ellos denominan el “mito de la División Azul”. No ignora Martínez Reverte el peso de los testimonios múltiples que existen que no avalan precisamente su tesis. Sin embargo, este escritor, ha solucionado el enigma del que no pudo salir Rodríguez Jiménez cuando se limitó a argumentar que éstos eran producto de una reconstrucción interesada de la memoria. Según Martínez Reverte los divisionarios que ayudaron a los rusos o a los judíos lo hicieron por piedad o por lástima pero, sobre todo en el caso de los judíos, a “otros les parece que es lo que se merecen”. Ignoro con qué divisionarios ha hablado Martínez Reverte y qué ignotas memorias ha leído, pero yo acumulo un buen número de entrevistas, cartas y memorias no publicadas de voluntarios de a pie, falangistas y no falangistas, sin nombre sonoros como el de Ridruejo, cuyo testimonio es por razones biográficas es relativamente honesto (¿cuándo, en qué momento de su vida decía la verdad?), y lo que se desprende del tema de los judíos es lo contrario. Fueron decenas los voluntarios que se jugaron el tipo por proteger a un judío o a una judía. ¡Qué gran disgusto debe haberle producido a Martínez Reverte que se simultanee con su libro el estreno de la película de Carlos Iglesias “Ispansi”! y que el director haya contando la referencia al hecho real de que los españoles, esos divisionarios que Reverte quiere retratar o manipular, protegieron una aldea de judíos ante los alemanes cuando éstos iban a deportarlos, aunque después los retrate con cierta insidia. Insiste Reverte en que los divisionarios no hablaban de estos temas, que ocultaban la realidad. ¡Pues menos mal! Porque todos los divisionarios, en sus memorias, publicadas o no, tienen espacio para estos hechos. Aunque quizás Martínez Reverte los ha conocido merced a la lectura de la amplia bibliografía soviética sobre el tema, ya que ¿si no hablaban cómo es posible que todos los que se han molestado en leer algo sobre los divisionarios supieran de ellos?

Lo peor, sin embargo, es que Martínez Reverte tome al lector por tonto o mejor dicho que haya escrito para lectores de películas del oeste de serie B. Como guionista en las películas de Randolph Scott y Bub Boetticher no hubiera tenido competencia: “el judío es el bolchevique y hay que liquidarlo” se dicen los divisionarios. Y los españoles cumplen porque “tienen que ser fieles a su juramento”. De ahí que Martínez Reverte, como he explicado, haya manipulado el elemento base de toda su argumentación. Espero con fruición leer ampliado el relato de las ejecuciones del hospital de Vilna a las que se refiere en su artículo: ya leo las frases de los heridos españoles contemplando por las ventanas del hospital como en el patio los alemanes matan a los judíos por cientos. ¡Qué olvidos los de Martínez Reverte! ¿Es que ignora que muchos de los que formaban parte del personal auxiliar del hospital español en Vilna eran judíos? Al comentarle esta mañana el artículo de Martínez Reverte a un gran historiador, Carlos Caballero, me ha recordado que él mismo tiene fotos del hospital en el que aparecen los voluntarios con los judíos… Pero ya se sabe que fueron matanzas que los españoles vieron y no hablaron de ello ¿Cómo se ha enterado Martínez Reverte? Según este gran manipulador, este falsario, este historietista, lo que pasa es que los divisionarios callaron y obedecieron al “Führer, que exige la eliminación de los eslavos o de los judíos y gitanos. Los españoles venían preparados para ello”. Lo único que Martínez Reverte está dispuesto a reconocerles es el valor en el combate. No podía ser de otro modo, pero siempre compensándolo con su idea obsesiva: criminales de guerra. ¡Qué distinta sería la historia si cantara las “gestas” de los españoles que ocuparon París y que según algún exagerado exegeta desembarcaron en Normandia cual si fueran modernos mirmidones! ¡Cómo le rezuma a Martínez Reverte la vesania! ¡Cómo le traiciona la pluma! Un ejemplo: Krasny Bor, la gran gesta de los divisionarios, es para el autor una derrota. Sorprendente porque lo único que indica es la falta de conocimientos. Krasny Bor no es una derrota, pues lo que consiguen los españoles con una resistencia numantina, en la que ni los alemanes creían, es desbaratar la ofensiva enemiga en el punto de ruptura del sector. ¿Dónde está la derrota? El mando soviético se propuso destruir la División Azul, utilizar sus líneas como punto de ruptura y lo único consiguió fue hacerles retroceder unos kilómetros dentro de sus propias líneas. Utilizó para ello una proporción de 6 ó 7 a uno en el número de combatientes, preparación artillera sin contrabatería posible (700 piezas batiendo cinco kilómetros) y tanques. Los españoles no cedieron. Sin embargo, para Martínez Reverte, que busca zaherir a unos ancianos que acuden a recordar a sus camaradas caídos en el cementerio de la Almudena, es una derrota.

Martínez Reverte espera, sin duda, con su libro descubrir a estos nuevos criminales de guerra. A unos criminales de guerra que, según su falsaria imagen, colaboraron en el exterminio judío en Rusia, que contribuyeron a que “más de un millón y cuarto de personas, de civiles, de ancianos, jóvenes o niños, de hombres o de mujeres” murieran en San Petesburgo. Y, en el mejor de los casos, serían culpables por omisión. Echémonos a temblar no sea que un Garzón cualquiera decida abrir una causa contra ellos amparándose en una fuente de autoridad tan solvente como Martínez Reverte.

Lo único que no nos explica el señor Martínez Reverte es algo tan sencillo como que la División Azul operó de forma autónoma, bajo bandera española y bajo las normas españolas; que, donde ella operó, no rigieron las normas alemanas con respecto a la población civil y que estuvieron siempre en primera línea de combate. Todo ello, cierto es, dentro de los límites que a la civilización impone la guerra. Todavía quedan, y circula por la red algún testimonio, paisanos rusos que estuvieron en la zona española y recuerdan con afecto la presencia de los divisionarios. No le vendría tampoco mal a Martínez Reverte recordar que según muchos de los divisionarios que volvieron en 1954, después de pasar más de una década en el GULAG, indicaban que las autoridades no les pudieron procesar como criminales de guerra porque no encontraron rusos dispuestos a denunciarles como tales, lo que en la Rusia comunista de Stalin hubiera sido un mérito.

Para cerrar le doy gratis al señor Martínez Reverte una anécdota que a buen seguro no formará parte de su libro: el periodista Crespo Villoldo en una reunión internacional en los años sesenta se encontró con un homónimo ruso. En broma los reunidos hicieron constar que estuvo en la División Azul, contra todo pronóstico el corresponsal ruso brindó por aquellos españoles que se habían comportado bien con su pueblo. Con historias como esta El País no le hubiera dado cuatro páginas ni RBA le hubiera publicado su libro: esa historia, que es la historia real de miles de divisionarios, simplemente no interesa a quienes sólo piensan en rojo y en el vil metal.

Francisco Torres García    

Etiquetas: , , , , , ,