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División Azul

Un cementerio español en Rusia

Un cementerio español en Rusia

Probablemente a muy pocos diga algo el nombre de Pankovka. Se trata de un pequeño remanso de paz situado a las afueras de la ciudad rusa de Novgorod. Al margen de la carretera, tras una profunda vaguada salvada por un puente, el viajero vislumbra una planicie con una pequeña curvatura central coronada por una Cruz rodeada de pétreas estelas. En ellas, grabados en la piedra se pueden leer centenas de nombres tallados para hacer perdurar su recuerdo en el tiempo. Al pasar la verja se abre un espacio en el que ahora se imponen las tonalidades intensamente verdes del agosto ruso que se alternan con el blanco invernal usual en aquellas latitudes. Ahora, la hierba está perfectamente cortada y cada cierto tiempo tres cruces de piedra, que difícilmente alcanzan los cincuenta centímetros, rompen el paisaje prolongado aquel viejo “Dios con nosotros” que figuraba grabado en las hebillas de sus cinturones.

No está lejos la carretera pero, sorprendentemente, su ruidoso discurrir es vencido por el manto del silencio que impone la imagen, el significado del lugar y las caprichosas formas, un tanto etéreas, de las nubes tamizadas por los tonos azules del cielo, capaces de crear increíbles contraluces. Los visitantes más musitan que hablan mientras buscan el lugar donde reposan los deudos propios o a los que, simplemente, como muchos de nosotros, se sienten sentimentalmente unidos. Allí, en aquel lugar en el que se siente el aroma de la paz eterna, reposan miles de hombres: los soldados alemanes que combatieron en la zona del río Wolchow durante la II Guerra Mundial y entre ellos un puñado de españoles.

Pankovka no es Arlington o Normandía, no se ha buscado impresionar al visitante, se prefiere la oración a la impresión alejándose del alineamiento perfecto de pequeñas estelas blancas que tantas veces hemos visto. Prácticamente no hay, como en otros cementerios, lápidas individuales que subrayen el lugar donde, en una pequeña caja, se han depositado, tras arrancarlos del fango y el olvido, los restos de los combatientes. Nobilísima tarea que afronta, muchas veces con más entusiasmo y sacrificio que medios, la Volksbund Deutsche Kriegsgräberfursorge e.V.

Probablemente, en unas décadas, la ciudad en su expansión acabará rodeando con su inmensidad aquel lugar lejano, pero estoy seguro que continuará siendo ese remanso de paz que invitan a los que franqueen sus rejas a recordar, a pasear en silencio, a musitar una oración, a dejarse llevar por el sentido del sacrificio…

Pankovka es un enclave que invita a pensar, casi a conversar con los que allí aguardan la resurrección. Es lo que hemos hecho un puñado de españoles que, en este 70 Aniversario, no queríamos que allí faltara el calor de una oración española. Porque allí, a la izquierda de la entrada, coronando una pequeña pradera con forma de pirámide truncada, se abre un semicírculo en cuya base se eleva un blanco y adusto monumento sobre el que se ha grabado una cruz y en el que se puede leer: “Españoles caídos de la División Azul”. Ante él descansan ya casi dos millares de españoles, aunque aún sus nombres no figuren en las lápidas. Estelas tumbadas con una sucesión de nombres y fechas en relieve que hablan de jóvenes caídos en la flor de la vida; jóvenes que dejaron su futuro prendido en la eternidad, porque no pudieron dar forma a sus sueños de mañana.

En Pankovka, en un cementerio lejano, reposan una parte de los cinco mil caídos de la División Azul, sólo algunos familiares han conseguido traer a España, décadas después de su muerte, los cuerpos del ser querido. Poco importa ya la distancia, porque la mayoría de ellos, por razón del discurrir del calendario, han podido reunirse en la eternidad con aquellos que un día les vieron partir y aguardaron inútilmente su regreso.  En nombre de todos, de muchos que ni tan siquiera saben que ahora un familiar suyo que fue a combatir al comunismo hace setenta años reposa en aquel lugar, rezamos y depositamos unas flores. Para llegar hasta allí recorrimos unos miles de kilómetros, lo hemos hecho para cumplir, sencillamente, con el deber autoimpuesto de recordar a unos jóvenes que si bien murieron entonces nosotros hemos sabido eternizarlos en nuestro recuerdo.

70 Aniversario de la División Azul (2)

70 Aniversario de la División Azul (2)

Una misión al servicio de la política exterior española.

Hace setenta años el Estado Mayor del Ejército español fijaba el día D para la salida de España para combatir al comunismo de una unidad de voluntarios que, en los documentos oficiales, se denominaba División Española de Voluntarios y que José Luis de Arrese bautizó definitivamente con el nombre con el que popularmente se la conoce, la División Azul. Poco después partía otra unidad puesta en marcha por el Ejército del Aire, la Escuadrilla Azul. A lo largo de veintisiete meses de campaña (casi 25 en el frente), más cuatro de la Legión Española de Voluntarios que la sustituyó,  en torno a cuarenta y seis mil hombres y 140 mujeres pasaron por sus filas. Dejaron en las frías tierras de Rusia 4.392 caídos de sus unidades de tierra, 22 hombres de la  Escuadrilla Azul y algo más de un centenar de prisioneros españoles que murieron en los campos de concentración rusos, en el siniestro GULAG.

Transcurridos setenta años cabría preguntarse por el ¿por qué de la División Azul? ¿por qué fue enviada a combatir a un frente tan lejano? ¿qué utilidad tuvo su sacrificio?. Como todo el mundo sabe, la División Española de Voluntarios, surgió al impulso del sector falangista del régimen de Franco, pero, precisamente por la razón de la movilización, el deseo de luchar contra el comunismo, se convirtió en un punto de encuentro de lo que era la España de la Victoria, uno de cuyos nexos de unidad e identidad era el anticomunismo. Esa motivación le confirió la inmensa popularidad que la acompañó durante toda su historia. Constituida como una unidad del Ejército Español, hecho diferencial con respecto a otros combatientes españoles en la II Guerra Mundial, forma parte de su historia elevándose sobre posicionamientos exclusivamente conyunturales.

Miles de jóvenes secundaron voluntariamente, alistándose en la milicia falangista o en los cuarteles, el “¡Rusia es culpable!” de Serrano Suñer, entonces Ministro de Asuntos Exteriores y Presidente de la Junta Política de FET de las JONS. Lo hicieron porque la División Azul era la continuación, sublimada, de las razones que habían llevado a millones de españoles a apoyar la sublevación contra la República y a decenas de miles a combatir voluntariamente contra ella en las filas del Ejército Nacional o de las Milicias. Entre esas razones brillaba, como crisol y aglutinador, el anticomunismo. Combatir en la URSS suponía combatir al único país en el que comunismo (entonces tanto el anarquismo como el marxismo quedaban englobados en el término genérico comunismo, independientemente de que fuera libertario o no) había triunfado y actuaba como ejemplo y elemento difusor de la revolución; suponía combatir a la nación que había hecho posible la resistencia del Ejército Rojo con sus envíos de material; suponía combatir a los asesinos y los torturadores del Frente Popular y a los enemigos de la cristiandad; era un modo de hacer justicia tras las decenas de miles de asesinatos cometidos en la retaguardia republicana, tras la persecución religiosa y el inmenso expolio económico realizado por los frentepopulistas simbolizado en el famoso “oro de Moscú”. Y para eso, en la España de la Victoria, sobraban posibles voluntarios.

Ahora bien, la División Azul no fue enviada a combatir a la URSS solamente por eso. Según se prefiera, por encima o por debajo de las razones ideológicas que la sustentaban, el anticomunismo militante, aquella unidad del Ejército Español marchó a combatir al frente ruso por razones de conveniencia nacional, al servicio de la política exterior española de aquel tiempo. Eso sí, los objetivos pragmáticos de esa decisión y de la ulterior de mantenerla en el frente, pese a que se hizo visible que ya no era posible alcanzar su objetivo máximo de destruir el comunismo, sin dejar a un lado el factor ideológico, razón basal de toda la campaña, fueron adaptándose a la evolución del conflicto bélico y a lo que en cada momento era más conveniente para la política exterior española.

A mi juicio, inicialmente, la presencia de la División Azul en el frente ruso, además de hacer patente la decisión programática del régimen de combatir al comunismo, permitió a las autoridades españolas alcanzar cuatro objetivos fundamentales: primero, dar muestras fehacientes de amistad con Alemania en un momento en el que las relaciones se habían enfriado por la reiterada negativa española a entrar en la guerra y por las negociaciones económicas; segundo, alejar la posibilidad de que se pusiera en marcha la operación alemana que sobre el territorio español tenía diseñado el Alto Mando germano; tercero, demostrar la capacidad combativa del ejército español actuando así como elemento disuasorio; cuarto, en caso de que se alcanzara la que entonces parecía incuestionable victoria alemana, tener un asiento en la conferencia de paz que reordenaría el mapa colonial del mundo, quebrando el para España lesivo dominio franco-británico y consiguiendo el soñado, desde mediados del siglo XIX, imperio colonial en el norte de África así como la recuperación de Gibraltar.

A partir del verano de 1942, conforme la guerra fue cambiando de signo, especialmente cuando la posibilidad de que los aliados abrieran un segundo frente en occidente, siendo España uno de los posibles puntos de ruptura, la División Azul fue mantenida en el frente por dos razones: primera, continuar dando muestras de la capacidad combativa del ejército español y por tanto evitar la tentación alemana de cerrar el Mediterráneo en Occidente; segunda, conseguir de Alemania el envío de armamento moderno para hacer frente a una posible agresión aliada. Finalmente, la División Azul y la posterior Legión Azul que la sustituyó estarían en el frente ruso hasta octubre de 1943 y abril de 1944 respectivamente por otras tres razones: primera, seguir manteniendo un lazo de colaboración con Alemania que evitara una posible acción a la desesperada sobre España; segunda, porque Franco, la Falange y el Ejército se resistían a dejar de dar testimonio de su deseo de luchar contra el comunismo; tercera, por razones de independencia frente a las presiones aliadas que finalmente obligaron a la retirada definitiva de los combatientes españoles.

Aquellos combatientes, en su casi totalidad voluntarios, tuvieron que pagar un altísimo precio en sangre y vidas humanas para cumplir con esa misión exterior someramente descrita. Lo hicieron combatiendo con un valor, entrega y sacrificio de tal grado que admiró a toda Alemania, desde el orgulloso Führer hasta el último soldado. Tal fue la campaña de la División Azul que puede considerarse, desde el punto de vista militar, como una de las más heroicas de nuestro ejército. Queda como constancia el altísimo número de condecoraciones, españoles y alemanas, conseguidas por sus hombres. Número que pudo ser mayor y que se redujo porque la sucesión de hechos distinguidos provocó que se considerara que la concesión de tantas condecoraciones depreciaría el valor de las mismas. De todos modos, proporcionalmente es una de las unidades más condecoradas del ejército español en lo referente a las más altas recompensas: 8 Cruces Laureadas de San Fernando, 53 Medallas Militares Individuales, 2 Medallas Militares colectivas y 138 Cruces de Hierro de primera clase. Miles de voluntarios obtuvieron otras condecoraciones por hechos de guerra. 

Resumir la campaña militar de los españoles en el durísimo Frente del Este en el estrecho margen de este artículo es prácticamente un ejercicio imposible. Baste decir que, frente a lo que se suele decir habitualmente, los españoles llegaron, después de ser desviados de su destino inicial, el Frente de Moscú, al Frente del Wolchow para participar en la ofensiva alemana diseñada para asegurar el cerco de Leningrado y crear una línea de invierno firme. Los españoles participaron en lo que los historiadores militares soviéticos denominaron la Batalla Thinkin-Wolchow. Cruzaron el río, establecieron una cabeza de punte y llegaron a relevar a los alemanes en Otenski-Possad, donde realizaron una heroica defensa. En aquellas operaciones dejó la vida una parte importante de la Vieja Guardia falangista de Madrid y Murcia. Allí soportaron, al otro lado de un río helado, la bajada de las temperaturas del que sería el invierno más frío desde hacía décadas, superándose los 40º bajo cero y todo ello sin equipo adecuado. Allí mostraron hasta dónde podía llegar la capacidad de resistencia de unos españoles que estaban dispuestos a defender Nowgorod, como explicara Muñoz Grandes a unos temerosos mandos alemanes, hasta la muerte. Aquellos soldados demostraron que no eran solo palabras. Así había sucedido en Udarnik donde la guarnición española fue clavada con picos al suelo, mutilando cadáveres al atravesar con ellos sus rostros aprovechando la oquedad de la boca.

A lo largo del invierno de 1941-1942 la División Azul se ganó, a fuerza de sangre y valor, la confianza de los alemanes merced a sus acciones de socorro. Sus efectivos la convertían en la última esperanza de obtener refuerzos para las unidades germanas. En enero de 1942 la Compañía de Esquiadores de la División cruzó el Ilmen, a cincuenta grados bajo cero, para liberar a los alemanes de la 290ª División cercados en Vsvad, según los norteamericanos Kleinfeld y Tambs se trata de uno de los episodios heroicos de la II Guerra Mundial. A mediados de enero la 126ª alemana perdía Teremets, el segundo Batallón del 269 fue enviado a taponar una brecha de seis kilómetros en lo que fue una auténtica carnicería, ya que ni los rusos ni la columna germano-española estuvieron dispuestos a ceder. En febrero una batería española fue enviada a reforzar a los alemanes en Podbereje. El 12 de febrero el 2º Batallón del 269 fue enviado a rescatar los alemanes de las SS y del 426º Regimiento cercados en Mal Samoschje, quedándose después de liberar a los germanos para formar parte de los ataques que la 126ª División realizó en Bol Samoschje. El 22 de febrero la 3ª Compañía del 250ª Batallón es enviada a ayudar a los alemanes en Vodoskoje. En marzo el 250º Batallón será enviado a reforzar nuevamente a la 126ª División alemana. Estas acciones fueron las que hicieron a Hitler pronunciar públicamente frases admirativas sobre los soldados españoles.

La División Azul se ganó a pulso el título de unidad de granaderos, unidad de elite del ejército alemán. Participó brillantemente en las acciones de la liquidación de la Bolsa del Wolchow. A finales del verano de 1942 fue trasladada a posiciones frente a la ciudad de Leningrado para participar en el asalto definitivo a la misma. Pero los alemanes habían llegado a su punto máximo de esfuerzo. La operación fue abandonada y los españoles se encontraron situados en uno de los posibles puntos de ruptura del frente alemán. Allí volvieron a demostrar su capacidad de combate prestando su colaboración a las fuerzas germanas que tuvieron que desbaratar la primera ofensiva soviética para intentar poner fin al cerco. Como en tantas ocasiones los españoles acudieron a reforzar a los germanos. Allá fue el Segundo Batallón del 269, a cubrirse de gloria en Posselok defendiendo los vitales altos de Sinyavino, sufriendo unas bajas que se elevaron al 95% de sus hombres, pero rechazando a un enemigo muy superior. Aún les quedaría tiempo a los divisionarios para realizar una de sus mayores gestas: detener, contra todo pronóstico, la ofensiva rusa en Krasny Bor. La División defendía uno de los puntos de ruptura escogidos por el mando soviético para lanzar la operación que permitiría acabar con el cerco de Leningrado. Pese a la abrumadora superioridad rusa los españoles aguantaron ganando un tiempo vital para que los alemanes pudieran acumular fuerzas y fijar el frente. La pugna en todo el sector norte se mantuvo a lo largo de todo un mes, después agotados, se produjo una calma relativa. Un tiempo de guerra de soportar bombardeos y golpes de mano.

Sucesivamente la División Azul estuvo mandada por los generales Muñoz Grandes y Esteban Infantes. Sin embargo, para la historia, el primero sería siempre el general de la División Azul. No podía ser de otro modo porque fue una creación suya. El general Agustín Muñoz Grandes, designado para ello personalmente por Franco, tuvo que crear una unidad muy especial cuya fuerza moral residiría en una fuerte identidad moral que le permitiera combatir en un frente durísimo,  muy lejos de su patria y por razones puramente ideológicas: ni se defendía físicamente el territorio español, ni existía la amenaza directa sobre los propios, ni era posible conquista territorial alguna.

La División Azul era una unidad compuesta por: voluntarios civiles con poca o ninguna experiencia militar; un buen número de excombatientes, pero se trataba de muchachos que mayoritariamente habían estado en sectores de línea durante la guerra civil; soldados que se habían presentado voluntarios en los cuarteles pero con una escasa preparación (muchos de los voluntarios de 1942 y 1943 tenían como mucho un par de meses de instrucción de cuartel). A diferencia de otras unidades militares poseían un importante factor cualitativo que demostró su importancia a lo largo de los combates: en líneas generales se trataba de una tropa altamente motivada. El general Muñoz Grandes lo que sí hizo fue rodearse de un competentísimo equipo de jefes y oficiales con amplia experiencia de combate entre los que abundaban los condecorados, militares con más experiencia que a mayoría de los mandos alemanes. Con todo ello creó, en poco tiempo una unidad físicamente endurecida tras recorrer andando mil kilómetros y con un alto espíritu de cuerpo. También impuso el general un sistema de relevos a partir de 1942 que le permitió mantener el mismo espíritu, la misma cohesión y la misma efectividad. Los hombres cambiaban pero la unidad seguía siendo la misma y en ella los falangistas hicieron amplio proselitismo, hasta tal punto que iconográficamente era imposible distinguir a los seguidores de José Antonio de los que no lo eran. Hombres que -y no es literatura-, desde Possad a Krasny Bor, entraban en combate cantando el Cara al Sol, lo que ahogaba los gritos de combate de los soviéticos, convirtiéndose en un arma psicológica de primer orden. Esta identidad y fuerza moral es el gran secreto de la gloriosa campaña militar de la División Azul.

En el Frente Ruso aportaron una visión cristiana de la guerra. Ellos habían ido a combatir al comunismo y nada más. Así lo había precisado el propio Muñoz Grandes ante los mandos alemanes. Despreciaron las normas alemanas con respecto a la población civil, confraternizaron con ella y aliviaron sus males. Compartieron con ellos casa, reposo, mantel y medicinas porque no eran sus enemigos. Todo ello en un frente en el que abundo el rostro incivil de las guerras. Combatieron siempre bajo bandera española, bajo mando español y según las ordenanzas españolas, haciendo oídos sordos a cualquier otro planteamiento. Desde el presente, mirando hacia atrás, no cabe duda de que la División Azul sirvió a los intereses nacionales de la época y contribuyó, con su sacrificio, a mantener alejada a la nación de la guerra real. Bien merecieran pues, estos combatientes, el reconocimiento y la gratitud nacional.

(Artículo publicado en el Diario YA)

http://www.diarioya.es/content/una-misión-al-servicio-de-la-política-exterior-española 

70 Aniversario de la División Azul

70 Aniversario de la División Azul

Los héroes siempre se imponen a la ingratitud, la mentira y la maledicencia.

Ocultación y desprestigio, bien mezcladas con verdades a medias, suelen ser las dos armas favoritas de quienes, por razones ideológico-políticas, buscan destruir la memoria que no les resulta grata de cualquier hecho histórico. Leía el otro día a un columnista, con vitola de progre y amante del discurso políticamente correcto de la derecha opinante española, que considera que con tal de dar cera al PSOE todo vale, en las páginas de La Razón, afirmar que nunca nadie ha tenido tantos efectivos de nuestro ejército en el exterior como Rodríguez Zapatero, ni misiones con tantos muertos como la de Afganistán que lidera Carmen Chachón. El avezado columnista, que no debe leer ni su propio periódico, ignoró, creo que conscientemente, que en Rusia, hace ahora setenta años de su salida de España, una unidad militar de nuestro Ejército, sin parangón posible con lo que son las actuales misiones en el exterior, tuvo más de cinco mil muertos y casi nueve mil heridos (más de dos mil con consideración de mutilados) y que por aquella unidad pasaron unos 46.000 hombres junto con 140 mujeres.

Se cumple en estos días el 70 Aniversario de la formación y partida de la División Española de Voluntarios, la conocida popularmente como División Azul. Conformada, como todo el mundo sabe, como una unidad de voluntarios, en la que predominaban los falangistas, con mandos militares profesionales, fue constituida como una unidad del ejército español, formando por tanto parte de su historia. Por encima de las razones ideológicas que la sustentaban, el anticomunismo militante, fue enviada al frente ruso por razones de conveniencia nacional, al servicio de la política exterior española de aquel tiempo. El objetivo pragmático de esa decisión y de la ulterior de mantenerla en el frente, pese a que no era posible alcanzar su objetivo máximo de destruir el comunismo, sin dejar a un lado el factor ideológico, razón basal de toda la campaña,  fue adaptándose a la evolución del conflicto bélico y a las razones de la política exterior española.

A mi juicio, inicialmente, la presencia de la División Azul en el frente ruso permitía a las autoridades españolas alcanzar cuatro objetivos fundamentales: primero, dar muestras de amistad con Alemania en un momento en el que las relaciones se habían enfriado por la reiterada negativa española a entrar en la guerra; segundo, alejar la posibilidad de que se pusiera en marcha una operación alemana sobre el territorio español; tercero, demostrar la capacidad combativa del ejército español como elemento disuasorio; cuarto, en caso de que se alcanzara la que entonces parecía incuestionable victoria alemana tener un asiento en la conferencia de paz que reordenaría el mapa colonial del mundo, quebrando el para España lesivo dominio franco-británico.

A partir del verano de 1942, conforme la guerra fue cambiando de signo, especialmente cuando la posibilidad de que los aliados abrieran un segundo frente en occidente, siendo España uno de los puntos calientes, la División Azul fue mantenida en el frente por dos razones: primera, continuar dando muestras de la capacidad combativa del ejército español y por tanto evitar la tentación alemana de cerrar el Mediterráneo en Occidente; segunda, conseguir de Alemania el envío de armamento moderno para hacer frente a una posible agresión aliada. Finalmente, la División Azul y la posterior Legión Azul que la sustituyó estarían en el frente ruso hasta finales de 1943 y abril de 1944 respectivamente por otras tres razones: primera, seguir manteniendo un lazo de colaboración con Alemania que evitara una posible acción a la desesperada sobre España; segunda, porque Franco, la Falange y el Ejército se resistían a dejar de dar testimonio de su deseo de luchar contra el comunismo; tercera, por razones de independencia frente a las presiones aliadas que finalmente obligaron a la retirada definitiva de los combatientes españoles.

Aquellos combatientes, en su casi totalidad voluntarios, tuvieron que pagar un altísimo precio en sangre y vidas humanas para cumplir con esa misión exterior someramente descrita. Lo hicieron combatiendo con un valor, entrega y sacrificio de tal grado que admiró a toda Alemania, desde el orgulloso Führer hasta el último soldado. Tal fue la campaña de la División Azul que puede considerarse, desde el punto de vista militar, como una de las más heroicas de nuestro ejército. Queda como constancia el altísimo número de condecoraciones, españoles y alemanas, conseguidas por sus hombres. Número que pudo ser mayor y que se redujo porque la sucesión de hechos distinguidos provocó que se considerara que la concesión de tantas condecoraciones depreciaría el valor de las mismas. Así pues las autoridades militares fueron parcas a la hora de conceder las dos grandes condecoraciones españolas: la Medalla Militar y la Cruz Laureada de San Fernando. Aún así obtuvieron: 8 Cruces Laureadas de San Fernando, 53 Medallas Militares individuales, 2 Medallas Militares colectivas. Todo ello en unos veinticinco meses de campaña.

Resumir la campaña militar de los españoles en el durísimo Frente del Este en el estrecho margen de este artículo es prácticamente un ejercicio imposible. Baste decir que, frente a lo que se suele decir habitualmente, los españoles llegaron, después de ser desviados de su destino inicial, el Frente de Moscú, al Frente del Wolchow para participar en la ofensiva alemana diseñada para asegurar el cerco de Leningrado y crear una línea de invierno firme. Los españoles participaron en lo que los historiadores militares soviéticos denominaron la Batalla Thinkin-Wolchow. Cruzaron el río, establecieron una cabeza de punte y llegaron a relevar a los alemanes en Otenski-Possad, donde realizaron una heroica defensa. En aquellas operaciones dejó la vida una parte importante de la Vieja Guardia falangista de Madrid y Murcia. Allí soportaron, al otro lado de un río helado, la bajada de las temperaturas del que sería el invierno más frío desde hacía décadas, superándose los 40º bajo cero y todo ello sin equipo adecuado. Allí mostraron hasta dónde podía llegar la capacidad de resistencia de unos españoles que estaban dispuestos a defender Nowgorod, como explicara Muñoz Grandes a unos temerosos mandos alemanes, hasta la muerte. Aquellos soldados demostraron que no eran solo palabras. Así había sucedido en Udarnik donde la guarnición española fue clavada con picos al suelo, mutilando cadáveres al atravesar con ellos sus rostros aprovechando la oquedad de la boca.

A lo largo del invierno de 1941-1942 la División Azul se ganó, a fuerza de sangre y valor, la confianza de los alemanes merced a sus acciones de socorro. Sus efectivos la convertían en la última esperanza de obtener refuerzos para las unidades germanas. En enero de 1942 la Compañía de Esquiadores de la División cruzó el Ilmen, a cincuenta grados bajo cero, para liberar a los alemanes de la 290ª División cercados en Vsvad, según los norteamericanos Kleinfeld y Tambs se trata de uno de los episodios heroicos de la II Guerra Mundial. A mediados de enero la 126ª alemana perdía Teremets, el segundo Batallón del 269 fue enviado a taponar una brecha de seis kilómetros en lo que fue una auténtica carnicería, ya que ni los rusos ni la columna germano-española estuvieron dispuestos a ceder. En febrero una batería española fue enviada a reforzar a los alemanes en Podbereje. El 12 de febrero el 2º Batallón del 269 fue enviado a rescatar los alemanes de las SS y del 426º Regimiento cercados en Mal Samoschje, quedándose después de liberar a los germanos para formar parte de los ataques que la 126ª División realizó en Bol Samoschje. El 22 de febrero la 3ª Compañía del 250ª Batallón es enviada a ayudar a los alemanes en Vodoskoje. En marzo el 250º Batallón será enviado a reforzar nuevamente a la 126ª División alemana. Estas acciones fueron las que hicieron a Hitler pronunciar públicamente frases admirativas sobre los soldados españoles.

La División Azul se ganó a pulso el título de unidad de granaderos, unidad de elite del ejército alemán. Participó brillantemente en las acciones de la liquidación de la Bolsa del Wolchow. A finales del verano de 1942 fue trasladada a posiciones frente a la ciudad de Leningrado para participar en el asalto definitivo a la misma. Pero los alemanes habían llegado a su punto máximo de esfuerzo. La operación fue abandonada y los españoles se encontraron situados en uno de los posibles puntos de ruptura del frente alemán. Allí volvieron a demostrar su capacidad de combate prestando su colaboración a las fuerzas germanas que tuvieron que desbaratar la primera ofensiva soviética para intentar poner fin al cerco. Como en tantas ocasiones los españoles acudieron a reforzar a los germanos. Allá fue el Segundo Batallón del 269, a cubrirse de gloria en Posselok defendiendo los vitales altos de Sinyavino, sufriendo unas bajas que se elevaron al 95% de sus hombres, pero rechazando a un enemigo muy superior. Aún les quedaría tiempo a los divisionarios para realizar una de sus mayores gestas: detener, contra todo pronóstico, la ofensiva rusa en Krasny-Boor. La División defendía uno de los puntos de ruptura escogidos por el mando soviético para lanzar la operación que permitiría acabar con el cerco de Leningrado. Pese a la abrumadora superioridad rusa los españoles aguantaron ganando un tiempo vital para que los alemanes pudieran acumular fuerzas y fijar el frente. La pugna en todo el sector norte se mantuvo a lo largo de todo un mes, después agotados, se produjo una calma relativa. Un tiempo de guerra de soportar bombardeos y golpes de mano.

Sucesivamente la División Azul estuvo mandada por los generales Muñoz Grandes y Esteban Infantes. Sin embargo, para la historia, el primero sería siempre el general de la División Azul. No podía ser de otro modo porque fue una creación suya. Muñoz Grandes tuvo que crear una unidad con una fuerte identidad porque iba a combatir en un frente durísimo,  muy lejos de su patria y por razones puramente ideológicas: ni se defendía físicamente el territorio español, ni existía la amenaza directa sobre los propios, ni era posible conquista territorial alguna. La División Azul era una unidad compuesta básicamente de voluntarios civiles con poca o ninguna experiencia militar; había un buen número de excombatientes, pero se trataba de muchachos que habían estado en sectores de línea durante la guerra civil; de soldados que se habían presentado voluntarios en los cuarteles pero con una escasa preparación. El factor cualitativo favorable era que se trataba de una tropa altamente motivada. El general Muñoz Grandes, sin embargo, se rodeó de un competentísimo equipo de jefes y oficiales, entre los que abundaban los condecorados, con experiencia en unidades de elite y de choque durante la guerra civil. Con todo ello creó, en poco tiempo, una unidad físicamente endurecida tras recorrer andando mil kilómetros y con un alto espíritu de cuerpo. También impuso el general un sistema de relevos a partir de 1942 que le permitió mantener el mismo espíritu, la misma cohesión y la misma efectividad. Los hombres cambiaban pero la unidad seguía siendo la misma. Este fue el gran secreto de la División Azul.

Y, por encima o por debajo de todo, lo más importante, lo fundamental, fue la razón que impulsó su nacimiento: el “¡Rusia es culpable!” de Serrano Suñer. La División Azul era una continuación, sublimada, de las razones que habían llevado a millones de españoles a apoyar la sublevación contra la República y a decenas de miles a combatir voluntariamente contra ella. Entre esas razones brillaba, como crisol y aglutinador, el anticomunismo. Combatir en la URSS suponía combatir al único país en el que comunismo (entonces tanto el anarquismo como el marxismo quedaban englobados en el término genérico comunismo, independientemente de que fuera libertario o no) había triunfado y actuaba como ejemplo y elemento difusor de la revolución; suponía combatir a la nación que había hecho posible la resistencia del Ejército Rojo con sus envíos de material; suponía combatir a los asesinos y los torturadores del Frente Popular y a los enemigos de la cristiandad. Sólo por eso fueron, como repitió el general Muñoz Grandes el día de la jura en Alemania, a combatir heroicamente en el Frente Oriental. Lo demás es literatura, propaganda y deseo de ganar dinero fácil difamando a los héroes olvidados. Unos héroes que bien merecieran un homenaje público y nacional.

(Artículo publicado en el nº 586-587 de La Nación, del 12de julio al 2 agosto de 2011)

 

Mentira y propaganda sobre la División Azul: Martínez Reverte y El País.

Mentira y propaganda sobre la División Azul: Martínez Reverte y El País.

La mentira era para el comunismo, entre otros para Lenin, inventor del siniestro GULAG, un arma más. Anclados en esa consigna perseveran un número creciente de escritores, con mayor o menor competencia curricular, que además cuentan con el apoyo de todo el aparato mediático de una izquierda que no renuncia a cambiar el ayer en beneficio de la deconstrucción de la historia que practican; individuos que sueñan, en el tiempo de la “desmemoria histórica”, simplemente, con hacer caja merced a la propaganda o la subvención, aunque para ello tengan que cubrir de lodo y estiércol la memoria de quienes supieron ser sólo héroes sencillos sin alcanzar gran recompensa a cambio. Son, ese conjunto de periodistas, comentaristas, historiadores y charlatanes varios, los que ante el vil metal se repiten, parafraseando a Lenin, “¿Verdad? ¿Para qué?”

Digno representante de ese mundo es Jorge Martínez Reverte que, avalado por la izquierda, ahora decide utilizar para hacer caja a los héroes sencillos de la División Azul. No es una novedad. Ya los divisionarios recibieron, con poca fortuna por cierto, las dentelladas de Cardona o Rodríguez Jiménez. Ahora, cuando se va a cumplir el 70 Aniversario del inicio de su gesta, cuando pocos pueden ya contestar personalmente al insulto con su presencia, de ahí el curioso silencio que han mantenido muchos autores de izquierdas sobre los hechos, parece que los autores de la “desmemoria histórica” les van a elegir como su blanco favorito. Rompe el fuego Jorge Martínez Reverte, que publica un libro titulado “La División Azul. Rusia 1941-1944” y amplifica su tesis el diario El País incluyendo un desmesurado y falaz artículo del autor, titulado con harta ironía Yo tenía un camarada, junto con una recensión de la obra firmada por otro izquierdista notorio, amante de la “desmemoria histórica” e inventor de enormes listados de represión franquista tal y como señaló Martín Rubio, Julián Casanova.

Curiosamente, algunos autores, empezando por Martínez Reverte, y se preparan otros en la misma estela, comienzan su andadura, cuando no utilizan el recurso como señuelo para manipular los recuerdos personales o familiares de los voluntarios españoles, recordando que su padre, su tío o su abuelo fue un divisionario. Así pueden presentar un referente de autoridad y una aparente fuente de veracidad: si lo dice un familiar, verdad será. Después viene lo consabido: los divisionarios fueron un conjunto de falangistas, pistoleros y matones sin duda, sedientos de venganza; de oficiales y suboficiales que fueron a Rusia para ganar ascensos intentando hacer carrera; de soldados forzados a alistarse; de pobres jornaleros y campesinos obligados a luchar para huir de la miseria… Todo ello porque, como buenos izquierdistas, se niegan a pensar que pudieran existir jóvenes dispuestos a poner fin a la dictadura comunista y estuvieran dispuestos a combatir voluntariamente por ello; jóvenes que creyeran que el comunismo era un mal y no un bien, y que la revolución proletaria no era más que una inmensa mentira con la que cubrir los enormes campos de concentración en que se convirtieron los países que vivieron bajo su lacra y también, naturalmente, la hoy alabada zona republicana durante la guerra civil. ¿Cómo puede un izquierdista de corazón, que en el fondo sigue embelesado con el romanticismo de la revolución soviética, reconocer que combatir esa imagen fuera algo por lo que muchos estuvieran dispuestos a dar la vida? La vida, según ellos, solo la ofrecen desinteresadamente los jóvenes idealistas de izquierda. Los otros sólo pueden tener motivaciones menos altruistas.

Borrar esa idea es la finalidad última de todos esos autores. Para ello nada mejor que recurrir a difuminarla, a enmascararla, con el hecho cierto de que aquellos españoles combatieron en/con el Ejército del Tercer Reich, pero como una unidad del ejército español. Y si es necesario se fuerza la nota como hace Julián Casanova, profesor universitario de historia, para argumentar que los españoles fueron a la URSS para combatir a los “bolcheviques, los masones y los judíos” distorsionando interesadamente la realidad para evitar que se asuma como apriorismo que el comunismo era un mal. Espero que el señor Casanova nos explique en qué argumentos basa tan asombrosa deducción: no están esos objetivos en discurso de Serrano Suñer (“¡Rusia es culpable!”), ni están en las declaraciones oficiales, ni en la nota dada por el Ministerio de Asuntos Exteriores, ni en la propaganda para la recluta en 1941, 1942 ó 1943, ni en los recuerdos de la inmensa mayoría de los divisionarios y sobre todo en el discurso en Alemania del general Agustín Muñoz Grandes, quien afirmó ante las autoridades alemanas que estaban allí sólo para combatir el comunismo.

Volvamos a la mentira como norma que parece guiar el artículo, y supongo que el libro, de Jorge Martínez Reverte. No está mal, como ejemplo de las valoraciones del autor a la hora de presentar a los personajes, lo de referirse a José Antonio Girón, entonces Ministro de Trabajo (¡Qué cosas un ministro que quiere dejar su cargo para ir a luchar y quizás morir al frente de combate!) simplemente como “antiguo pistolero de la vieja guardia” falangista. Reverte no ignora el valor de la imagen y el uso del lenguaje y sabe que no es lo mismo decir que se marcha un ministro, lo que implica un cierto idealismo, que decir que se marcha un pistolero extendiendo el ejemplo a arquetipo. A partir de este punto Martínez Reverte juega con las palabras para edificar su mentira. Nos dice que los voluntarios juraron “solemnemente fidelidad a Hitler, hasta la muerte”. Fundamentación necesaria para luego poder argumentar que los divisionarios, por acción o por omisión, fueron cómplices en las matanzas de judíos y que tenían que obedecer. Martínez Reverte sabe, porque dice que ha leído, que lo único que juraron los divisionarios fue obedecer a Hitler como jefe del ejército en la lucha contra el comunismo. Martínez Reverte debería saber que en 1941 las “matanzas” eran realizadas por grupos especiales que operaban con relativa independencia de los jefes de las unidades alemanas.

Para Martínez Reverte y los secuaces que le seguirán el objetivo, en definitiva, no es otro que incluir a los divisionarios entre los criminales de guerra, lo que equivale a destruir lo que ellos denominan el “mito de la División Azul”. No ignora Martínez Reverte el peso de los testimonios múltiples que existen que no avalan precisamente su tesis. Sin embargo, este escritor, ha solucionado el enigma del que no pudo salir Rodríguez Jiménez cuando se limitó a argumentar que éstos eran producto de una reconstrucción interesada de la memoria. Según Martínez Reverte los divisionarios que ayudaron a los rusos o a los judíos lo hicieron por piedad o por lástima pero, sobre todo en el caso de los judíos, a “otros les parece que es lo que se merecen”. Ignoro con qué divisionarios ha hablado Martínez Reverte y qué ignotas memorias ha leído, pero yo acumulo un buen número de entrevistas, cartas y memorias no publicadas de voluntarios de a pie, falangistas y no falangistas, sin nombre sonoros como el de Ridruejo, cuyo testimonio es por razones biográficas es relativamente honesto (¿cuándo, en qué momento de su vida decía la verdad?), y lo que se desprende del tema de los judíos es lo contrario. Fueron decenas los voluntarios que se jugaron el tipo por proteger a un judío o a una judía. ¡Qué gran disgusto debe haberle producido a Martínez Reverte que se simultanee con su libro el estreno de la película de Carlos Iglesias “Ispansi”! y que el director haya contando la referencia al hecho real de que los españoles, esos divisionarios que Reverte quiere retratar o manipular, protegieron una aldea de judíos ante los alemanes cuando éstos iban a deportarlos, aunque después los retrate con cierta insidia. Insiste Reverte en que los divisionarios no hablaban de estos temas, que ocultaban la realidad. ¡Pues menos mal! Porque todos los divisionarios, en sus memorias, publicadas o no, tienen espacio para estos hechos. Aunque quizás Martínez Reverte los ha conocido merced a la lectura de la amplia bibliografía soviética sobre el tema, ya que ¿si no hablaban cómo es posible que todos los que se han molestado en leer algo sobre los divisionarios supieran de ellos?

Lo peor, sin embargo, es que Martínez Reverte tome al lector por tonto o mejor dicho que haya escrito para lectores de películas del oeste de serie B. Como guionista en las películas de Randolph Scott y Bub Boetticher no hubiera tenido competencia: “el judío es el bolchevique y hay que liquidarlo” se dicen los divisionarios. Y los españoles cumplen porque “tienen que ser fieles a su juramento”. De ahí que Martínez Reverte, como he explicado, haya manipulado el elemento base de toda su argumentación. Espero con fruición leer ampliado el relato de las ejecuciones del hospital de Vilna a las que se refiere en su artículo: ya leo las frases de los heridos españoles contemplando por las ventanas del hospital como en el patio los alemanes matan a los judíos por cientos. ¡Qué olvidos los de Martínez Reverte! ¿Es que ignora que muchos de los que formaban parte del personal auxiliar del hospital español en Vilna eran judíos? Al comentarle esta mañana el artículo de Martínez Reverte a un gran historiador, Carlos Caballero, me ha recordado que él mismo tiene fotos del hospital en el que aparecen los voluntarios con los judíos… Pero ya se sabe que fueron matanzas que los españoles vieron y no hablaron de ello ¿Cómo se ha enterado Martínez Reverte? Según este gran manipulador, este falsario, este historietista, lo que pasa es que los divisionarios callaron y obedecieron al “Führer, que exige la eliminación de los eslavos o de los judíos y gitanos. Los españoles venían preparados para ello”. Lo único que Martínez Reverte está dispuesto a reconocerles es el valor en el combate. No podía ser de otro modo, pero siempre compensándolo con su idea obsesiva: criminales de guerra. ¡Qué distinta sería la historia si cantara las “gestas” de los españoles que ocuparon París y que según algún exagerado exegeta desembarcaron en Normandia cual si fueran modernos mirmidones! ¡Cómo le rezuma a Martínez Reverte la vesania! ¡Cómo le traiciona la pluma! Un ejemplo: Krasny Bor, la gran gesta de los divisionarios, es para el autor una derrota. Sorprendente porque lo único que indica es la falta de conocimientos. Krasny Bor no es una derrota, pues lo que consiguen los españoles con una resistencia numantina, en la que ni los alemanes creían, es desbaratar la ofensiva enemiga en el punto de ruptura del sector. ¿Dónde está la derrota? El mando soviético se propuso destruir la División Azul, utilizar sus líneas como punto de ruptura y lo único consiguió fue hacerles retroceder unos kilómetros dentro de sus propias líneas. Utilizó para ello una proporción de 6 ó 7 a uno en el número de combatientes, preparación artillera sin contrabatería posible (700 piezas batiendo cinco kilómetros) y tanques. Los españoles no cedieron. Sin embargo, para Martínez Reverte, que busca zaherir a unos ancianos que acuden a recordar a sus camaradas caídos en el cementerio de la Almudena, es una derrota.

Martínez Reverte espera, sin duda, con su libro descubrir a estos nuevos criminales de guerra. A unos criminales de guerra que, según su falsaria imagen, colaboraron en el exterminio judío en Rusia, que contribuyeron a que “más de un millón y cuarto de personas, de civiles, de ancianos, jóvenes o niños, de hombres o de mujeres” murieran en San Petesburgo. Y, en el mejor de los casos, serían culpables por omisión. Echémonos a temblar no sea que un Garzón cualquiera decida abrir una causa contra ellos amparándose en una fuente de autoridad tan solvente como Martínez Reverte.

Lo único que no nos explica el señor Martínez Reverte es algo tan sencillo como que la División Azul operó de forma autónoma, bajo bandera española y bajo las normas españolas; que, donde ella operó, no rigieron las normas alemanas con respecto a la población civil y que estuvieron siempre en primera línea de combate. Todo ello, cierto es, dentro de los límites que a la civilización impone la guerra. Todavía quedan, y circula por la red algún testimonio, paisanos rusos que estuvieron en la zona española y recuerdan con afecto la presencia de los divisionarios. No le vendría tampoco mal a Martínez Reverte recordar que según muchos de los divisionarios que volvieron en 1954, después de pasar más de una década en el GULAG, indicaban que las autoridades no les pudieron procesar como criminales de guerra porque no encontraron rusos dispuestos a denunciarles como tales, lo que en la Rusia comunista de Stalin hubiera sido un mérito.

Para cerrar le doy gratis al señor Martínez Reverte una anécdota que a buen seguro no formará parte de su libro: el periodista Crespo Villoldo en una reunión internacional en los años sesenta se encontró con un homónimo ruso. En broma los reunidos hicieron constar que estuvo en la División Azul, contra todo pronóstico el corresponsal ruso brindó por aquellos españoles que se habían comportado bien con su pueblo. Con historias como esta El País no le hubiera dado cuatro páginas ni RBA le hubiera publicado su libro: esa historia, que es la historia real de miles de divisionarios, simplemente no interesa a quienes sólo piensan en rojo y en el vil metal.

Francisco Torres García