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FELIPE VI: ¿EL REY DE SU GENERACIÓN PARA LOS RETOS DEL FUTURO?

FELIPE VI: ¿EL REY DE SU GENERACIÓN PARA LOS RETOS DEL FUTURO?

Andábamos mirando a la Luna -eran los tiempos del Apolo XI- cuando Francisco Franco anunció que designaba al futuro Juan Carlos I como su sucesor a título de rey, concluyendo así el proceso, único en la Europa de después de las guerras mundiales, de restauración de la monarquía en un país desarrollado.

Ahora no estamos mirando a la Luna pero, entre dimisiones y miedos tan inenarrables como histéricos por un tío con coleta, bien pudiera trazarse un cierto paralelismo. Cierto es que entonces los españoles veían crecer, año tras año, un salario medio que ahora, por vez primera desde 1964, desciende y que el entonces Príncipe se ganó el apoyo de una mayoría de los españoles de su generación, mientras que hoy los españoles de la generación de Felipe y, sobre todo, los de las generaciones posteriores miran a la institución como una antigualla irracional, cara e inservible.

Hoy el anuncio de la abdicación nos ha pilaldo a todos con el paso cambiado. Después de tanta maniobra político-mediática, después de tanta presión desde los círculos de poder en favor de la abdicación, después de varios años de "operaciones príncipe", desde la impulsada por  el exdirector de El Mundo a la que por lo visto comenzó a diseñar la Zarzuela hace unos meses, sin una filtracion, nadie esperaba la noticia sin el previo calentamiento de la opinión pública.

Que conste, y así lo escribí hace tiempo, que creo que el relevo era necesario; que la monarquía, si aspira a perdurar en España, tiene que virtualizarse y demostrar su funcionalidad. El fin de la autocensura y el blindaje informativo que durante décadas mantuvo una imagen pública tan falsa como etérea de los habitantes de la Zarzuela, ya no existe. Alegaba entonces que para que la operación sucesoria tuviera éxito era preciso popularizar a la próxima pareja "reinante", someterla a un maratoniano recorrido por España, lograr que fueran los reyes de su generación. Si la Zarzuela estaba preparando la sucesión desde hace seis meses no me parece que hayan estado en esa línea. Por el contrario, en vez de ello hemos asistido, en los últimos meses, a ataques más o menos directos al matrimonio de Felipe y Letizia; con acusaciones -estimo que infundadas- de conspiraciones, cual si fuera digna émula de la Princesa de Éboli, de Letizia contra el rey.

Al futuro Felipe VI le toca lidiar con la herencia de la falta de popularidad -la pérdida de aprecio popular ha sido históricamente una de las causas de la caída de la monarquía en España- y la pervivencia de la monarquía depende más de la capacidad de atracción que se tenga sobre la opinión pública que de satisfacer los experimentos institucionales de la casta política para perdurar en el poder.

El rey pude haber decidido abdicar ahora, una vez pasadas las elecciones -debió ser la cláusula que le impusieron Rubalcaba y Rajoy- por diversas razones. Hipótesis existen varias: su estado real de salud, pese a su anuncio de que ha esperado a estar en buena forma; la situación de su hija Cristina, que podría acabar imputada, y lo que se derive del juicio por el caso Urdangarín que podrían dañar gravemente su imagen; la imposibilidad, dada la crisis económica, política e institucional -el rey ya sabe que también supone un desgaste para la corona tal y como sucedió en 1981- de revertir unas encuestas que, mes tras mes, marcan el distanciamiento de los españoels con la institución. En definitiva, los mismos argumentos que desde hace dos o tres años se hacían llegar a la Zarzuela o salían desde la Zarzuela.

Escuchando la letra, la música y el interlineado de las razones del rey encuentro, eso sí, motivos mucho más preocupantes; especialmente si tenemos en cuenta que las palabras del Jefe del Estado son visadas por el gobierno. Podría tratarse de una mera reiteración retórica: "el rey de la generación actual" que hará frente a los "retos del futuro" toma el relevo. Ahora bien, cuando se habla de reformas que implican o condicionan a la institución mucho me temo que se estén refiriendo al orden constitucional. Algo, por otra parte, lógico, porque no pocos estiman que el régimen del 78, el modelo autonómico y, por derivación, el juancarlismo, están escribiendo los últimos capítulos de su historia. Por ello, dado que el dupolio que nos gobierna, PP-PSOE, había sido puesto en antecedentes, tanto de la operación como de la decisión final, lo que en en estos momentos me preocupa es que esos cambios, ese hacer frente a los retos del futuro, pase por una reforma constitucional para que el PP y el PSOE nos lleven a un nuevo modelo de organización territorial de corte federal con "unidad" -por llamarla de algún modo- en la corona de Felipe IV, rey, al mismo tiempo, de un trocito llamado España y de los estados inventados.

¡QUE VIENEN LOS ROJOS!

¡QUE VIENEN LOS ROJOS!

Las elecciones europeas han hecho, no sé si de forma definitiva, un roto al duopolio PP-PSOE, poniendo en evidencia una tendencia electoral que, de confirmarse, podría poner fin al modelo político del bipartisimos imperfecto creado por la Transición. Un modelo que hoy da muestras fehacientes de agotamiento.

La crisis, la corrupción, el descrédito de la clase política y las maniobras intra muros mediático-políticas, ha acabado por abrir la caja de Pandora que tanto temían las cúpulas populares y socialistas. De hecho, propuestas de pretendida regeneración, que han estado encima de la mesa, como los cambios hacia un modelo de distritos uninominales o de reducción del número de representantes en los parlamentos, solo tienen como objetivo reaseguar el bipartidismo ante la fuga evidente de votos hacia otras opciones.

Las elecciones recientes no han hecho más que agravar la crisis de identidad y liderazgo del Partido Socialista y han supuesto un serio aviso para un Partido Popular que apostó por salvar los muebles evitando una campaña dura de incierto resultado, por ello nadie quiso salir al balcón otrora triunfal de Génova 13.

Ahora bien, lo que nadie puede discutir es el triunfo real de la extrema izquierda, rebasando a una formacion en franca huida del acomodo en el sistema del 78 como es Izquierda Unida, que ya no podrá marcar el paso de baile a esa izquierda sino que va a convertirse en la dama pretendida. Lo cierto es que, dependiendo de cómo se calibren los resultados, esa nueva izquierda radical, que recupera propuestas de viejo cuño maquilladas, eso sí, con la retórica simple del descontento social, suma prácticamente dos millones de votos a los que se tendría que añadir el millón y medio de IU. De ahí que, en la noche electoral primero y en la red después, corra como la pólvora la sentencia: "¡Que vienen los rojos!".

Mucho me temo que este va a ser uno de los argumentos utilizados, de aquí hasta las próximas elecciones generales, por los estrategas, mediáticos y demoscópicos, del Partido Popular para movilizar a esa parte de su electorado que, como protesta, se ha quedado en su casa; para recuperar el cuarto de millón que se ha ido por su derecha y de paso, conseguir para su causa el apoyo de algunos miles de los ochenta mil refugiados en lo que comúmente denominan "ultraderecha". Se ha creado así una tormenta perfecta, porque si bien esas opciones de izquierda continuarán debilitando a un PSOE presa de sus contradicciones y su siembra, no es menos cierto que, sin grandes concesiones ideológicas a su electorado más derechista, sin pagar por la pernada, el "temor a los rojos" obrará milagros esterilizantes.

Lo que nadie parece querer admitir, enfrascados en sesudos corrimientos de los guarismos, tal y como he explicado en otras ocasiones, es que estos "rojos" han venido probablemente para quedarse; que son el producto de tres corrientes: el descontento social, que no es en sí mismo "rojo", pero que parece haber encontrado refugio en esa opción en España; el radicalismo de la ultraizquierda, tolerado y mimado durante la última década por la clase político-mediática -exculpación de la violencia incluida- y un voto joven -más de un millón de nuevos votantes desde las últimas europeas- que ha sido entregado en masa a esa opción -ahí está parte del éxito de PODEMOS- mediante el adoctrinamiento al servicio del radicalismo izquierdista -los famosos nuevos rojoz que iba a crear Zapatero- acompañado, en muchos lugares de España, por el veneno separatista. Y ese mal, señores que tanto temen a los "rojos", no hará más que crecer en el futuro inmediato dada la falta para esos sectores de otros referentes que no sean los de la izquiera, el falso progresismo y la asunción por parte del sistema del modelo social creado por la ingeniería social que el PP no quiere desmontar.

Ante las elecciones europeas: las dos opciones posibles.

Ante las elecciones europeas: las dos opciones posibles.

Es una obviedad y una realidad, pero no es menos cierto que, a veces, por la vorágine de la omnipresente y controlada publicidad política, de los avatares de las tertulias, parece diluirse un hecho fundamental a la hora de posicionarnos ante la convocatoria de unas elecciones al Parlamento Europeo: que se trata de eso, de decidir sobre Europa, y no de pronunciarse sobre la situación política española. 

La casta política lleva tiempo planteándolas siempre en clave nacional y de ahí la desafección de los ciudadanos. Para ellos son sólo un juego destinado a dar por ganador al gobierno o a la oposición, refrendando así, mediante un voto donde lo que predomina es la abstención, sus posiciones obteniendo así una nueva legitimidad democrática. El hecho cierto es que las elecciones siempre se presentan de ese modo procurando orillar la cuestión fundamental: el modelo de Unión Europea que queremos, lo que debiera ser el elemento crucial a la hora de decidir el voto. 

La casta política, consciente de que una parte significativa del electorado se abstiene porque ve el tema europeo como algo cuanto menos ajeno y cuanto más como una cueva de ladrones que exprime a países como España, busca sólo movilizar su electorado más hooligan, ese que sólo va a votar para conseguir que no gane el otro. Así el PSOE azuzará la idea de “derrotar a la derecha” y el PP la tesis de “impedir que gane la izquierda”, aderezados, eso sí, con alguna que otra promesa que sintonice con las necesidades reales de las personas como increíbles y futuras bajadas de impuestos. Argumentos más que suficientes para movilizar y asegurar esos sectores del electorado. 

Lo curioso, lo importante, lo trascendente y lo que por tanto se oculta es que, en unas elecciones europeas donde lo importante es saber cuál es el modelo de Unión Europea que cada partido defiende, solo existen dos grandes opciones. La primera, la que nos pide más Europa y  menos soberanía. La segunda la que pide  que las naciones recuperen competencias, la soberanía cedida a los eurócratas de Bruselas que hoy por hoy condicionan nuestras leyes, nuestros impuestos o nos obliga a dejar terroristas en la calle por la euroidolatría de la casta política. La primera, la de los que dicen que, para salir de la crisis, para crecer y de paso recortar salarios, pensiones y derechos sociales, lo que necesitamos es “más Europa”, mayor entrega política y económica. La segunda, la de quienes defienden lo contrario, que los Estados, las naciones, que son realidades no discutibles, son los titulares de la soberanía nacional y económica en vez de dejarla en manos del Banco Central Europeo o la oligárquica Comisión que aparentemente gobierna la UE. La primera, la de los que aspiran, en el fondo, a diluir la nación en una falsa ciudadanía europea. La segunda, la de quienes plantean que la UE debe volver a su concepción original: la de un Mercado Común en el que la cesión de soberanía es sustituida por la cooperación entre naciones. 

Y ¿quiénes encarnan en nuestro país, ante las próximas elecciones, esas dos opciones? Esta es a mi juicio la cuestión fundamental porque, enmascarados en la clave nacional, los partidos ocultan su definición ante esta incógnita. Digámoslo claro, PP, PSOE, UPyD, Ciudadanos y la recién nacida VOX (que por cierto ya ha anunciado que se integrará, pese a su aparente disidencia con el PP, en el Partido Popular Europeo del que forma parte el PP) son partidarios de ese “más Europa”, de continuar construyendo la Europa de la cesión de soberanía, hasta llegar a conformar en la práctica un “Estado confederal” que es también el horizonte con el que trabajan los nacionalistas. En el otro extremo están los grupos que defienden el otro modelo, el de los estados soberanos que no aceptan la tiranía de Bruselas, de la Eurocracia, de la casta europea que es correlación de la casta política nacional. 

Son los Euroescépticos o los Eurorealistas, los que se afirman en la soberanía de los Estados frente a la soberanía cedida a la UE. Entre ellos figura una nueva coalición que se ha presentado con vocación de concurrir a las próximas elecciones europeas, Impulso Social. Los firmantes del manifiesto fundacional son la Comunión Tradicionalista Carlista, el Partido Familia y Vida junto con el partido socialcristiano Alternativa Española que lidera Rafael López-Diéguez, cada vez más conocido por su presencia habitual en los medios, lo que se traduce en un impacto social que hace difícil evaluar hasta dónde podrán llegar. 

Desde un punto de vista estrictamente periodístico no debiera haber discurrido esta presentación en silencio. Entre otras razones por lo que ello pudiera significar dentro del panorama político español de renovación y de vías alternativas a la vieja política. El silencio, sin embargo, manda hasta tal punto que existen medios, vinculados al partido del gobierno, que tienen instrucciones de no mencionar esta opción, Impuso Social, ni para bien ni para mal. Sin embargo, lo cierto es que esta coalición comienza a difundirse de forma imparable a través de las redes sociales y los medios digitales. 

Impulso Social se presenta con un programa o mejor dicho con un planteamiento diferente a los de los demás partidos del sistema, los pro-eurócratas (PP, PSOE, UPyD, Ciudadanos, VOX…). Un planteamiento sobre la Europa que debería ser y en el mismo brilla su defensa de la Vida, la Familia y la Justicia Social. Entre las muchas propuestas que figuran en su programa aparece la creación en la cámara de un grupo de eurodiputados a favor de la Vida. Y parece que aún antes de llegar a Estrasburgo ya se están dando los pasos para hacer realidad este grupo. Estaríamos ante una novedad en la política española: sería la primera vez que un grupo inicia el cumplimiento de una promesa electoral al mismo tiempo que desarrolla su campaña. Quizás por ello -ingenuidad dirían algunos- son partidarios de arbitrar una fórmula que obligue a los partidos a cumplir con las promesas que realizan a sus electores durante la campaña. ¡Átense los machos los pergeñadores de promesas para no ser cumplidas que era el destino de los programas según el socialista Tierno Galván! Y es que estaIMPULSO SOCIAL se presenta como lo que es: una agrupación que quiere impulsar la regeneración de la vida pública. ¿Cómo tantas? La diferencia es que parece que estos van en serio. 

Su planteamiento es claro: hoy en la UE se decide el 70% del sentido de nuestras leyes, la UE condiciona la política económica española. Quieren que España recupere competencias, soberanía en materia agrícola e industrial, porque consideran que la UE obstaculiza el necesario desarrollo de esos sectores fundamentales para España. Se rebelan contra ese reparto que parece convertir a España en un país de servicios y jubilados del norte de Europa. Quieren reducir los costes de una UE -la pesada losa del IVA, la que el PP prometió reducir en las pasadas elecciones y luego subió- que parece estar diseñada para el beneficio de las oligarquías y la casta política y que “no crea riqueza justamente distribuida sino pobreza”. Quieren que ese dinero esté en los emprendedores, en las PYMES que son las que crean empleo. 

No es que vayan contracorriente es que están planteando una alternativa global que tiene como común denominador, es fácil percibirlo si se repasan las declaraciones realizadas por sus dirigentes, los Valores No Negociables que debieran guiar el voto católico. No vienen a contemporizar, no se esconden ni utilizan el eufemismo, como están haciendo otros grupos que se presentan como derecha, en temas como la Familia -resulta del matrimonio de un hombre y una mujer- o la Vida, donde defienden el “aborto cero”, es decir la proscripción de la legislación abortista (algo que no defiende ninguna otra formación pues de una forma u otra PP, PSOE, Ciudadanos, VOX y UPyD son partidarios de la existencia de leyes que permitan el aborto). Estiman que Europa, para ser Europa, tiene que volver a sus raíces cristianas. En este sentido su opción se convierte en única para los electores preocupados por esas cuestiones (ni UPyD, Ciudadanos, el PP o VOX tienen un programa similar). 

AES, la CTC y PFyV forman la base de este Impulso Social que, sin embargo, no se queda ahí, por ello tienen vocación transversal, porque quieren llegar a esos españoles que no se sienten de izquierdas pero que entienden que se enfrentan al recorte de los derechos sociales y a la proletarización y frente a ello sienten deseos de rebelarse cuando se les toma por tontos, como ha hecho recientemente un dirigente popular, al afirmar que el poder adquisitivo de los pensionistas es hoy mayor gracias al 0.25 en que se han incrementado las pensiones por parte del gobierno. 

Bien Común y Justicia Social podrían sintetizarse en los dos alientos que recorren un programa político en el que plantean medidas concretas y valientes que, sin embargo, no desatienden a las minorías. Así nos encontramos desde la propuesta de un Plan de Ayuda Europeo para las Familias con afectados por Enfermedades Raras a pedir que se prohíba a las entidades financieras rescatadas que repartan dividendos si no cumplen con dar facilidades de crédito a PYMES, autónomos y emprendedores. De ahí que concurran a las elecciones bajo la idea de “dar un Impulso a la Europa del Trabajo, de  los Valores, de los Estados Soberanos, de la Vida y de las Personas”. 

¿Cuál es su nicho, cuál es su techo? Más que descontentos con el gobierno por su gestión lo que buscan son votantes de Principios y Valores. Los que anteponen la ideología a la gestión. Sociológicamente más de un millón de españoles podrían sintonizar con la coalición Impulso Social. El problema a que se enfrentan es cómo llegar hasta ellos, cómo darse a conocer en medio del silencio impuesto. Por eso pocos medios hablarán hoy y en los próximos días de este Impulso Social. Un nombre que ya corre como la pólvora por las redes sociales y que difícilmente se sabe hasta dónde podrá llegar.

Concejal estupiprogre del PP se disfraza y burla de la Virgen.

Concejal estupiprogre del PP se disfraza y burla de la Virgen.

Escribo apesadumbrado, rápido y sin detenerme a medir la palabra, molesto por tratarse de mi tierra murciana, tiera de devociones marianas, pero no sorprendido.

Hoy cualquiera puede llegar a se concejal. Basta con se aplicado, amigo del cabeza de lista y medrador empedernido; tener apellidos sonoros con la vestusta crema local y ser conocido por una gran carrera profesional. Si además eres jovencito y estupiprogre acabas seguro de Concejal de Festejos y andando el tiempo, si trepas con fortuna, hasta se puede llear a ser diputado regional.

Y ser estupiprogre es la funcion que todo alcalde espera de su Concejal de Festejos para que anime el cotarro gastando los dineros que no se tienen y dando pan y circo. Como es natural el Concejal tiene como meta estar en todos los saraos y ser el más salao en la función. Es lo que demanda la progresía para perdonar el pecadillo de ser de derecha y por lo que se pirran los de derechas.

He aquí que llega el carnaval y el estupiprogre decide disfrazarse y, cómo no, el objetivo favorito es la Iglesia. Nada mejor que de cura, monja u obispo, mezclando, eso sí, sotana o hábito con elementos sexuales que privan a los que acaban presumiendo de lo que carecen. Y el pueblo sonríe y aplaude, aporque atacar a los curas está bien visto y debe ser promocionado por las más altas instancias políticas, aunque sean del Partido Popular.

Naturalmente el estupiprogre es siempre del Partido Popular. ¡Cómo no! Hace unas semanas toda la progresía regional y casi nacional bramó hasta conseguir el cese de una concejala del Partido Popular, que no era estupiprogre, y que osó considerar como víctimas de otro terrorismo a las víctimas del aborto. Tardaron lo que tarda un suspiro en cesarla, no fuera a quebrar los cimientos del muy beato PP murciano y causar sarpullidos a las feministas.

Hete aquí que ahora un concejal, a quien los cielos confundan, del Partido Popualr que responde al nombre de Antonio Valero, de la localidad de Jumilla (Murcia), no poque anduviera preso de los vapores etílicos, con premeditacion y alevosía, con trabajo digno de mayor empeño -espero que no haya cargado a las arcas municipales su fechoría-, preparó para el carnaval su disfraz. Y para vergüenza y escarnio de los católicos -no para la portavoz municipal que todo le pareció de perlas-, y de los votantes del PP que seguirán votando porque en el fondo les va a dar igual -pecadillos a perdonar dirán-, se disfrazó de Virgen de las que procesionan en Semana Santa con palio, trono y velas incluidas -se da la circunstancia que el malahado concejal es también el representante del Ayuntamiento en las Cofradías y supongo desfila en Semana Santa-. No sólo es que se cubriera con el ridículo del esperpento, es que en ello existió -salvo que fuera imbécil o ignorante- el ánimo d eburla y escarnio para con lo sagrado.

Este es el tipo de político que puebla de esupiprogres el PP. Sólo la voz del sacerdote -voz de la dignidad- se ha alzado conta la ofensa pidiendo su cese, porque este sujeto ni tan siquiera tiene la decencia -pedir decencia a quien ahce eso sería un exceso- de dimitir y ante la protesta justa se limita -como si se tratara de una travesura inocente- a pedir disculpas, porque lo que quiere es seguir siendo concejal.

La vergüenza y la lección a tener en cuenta es que el alcalde y el PP guardan silencio y no le cesan de inmediato como debieran haber hecho. No lo hacen, simplemente, porque valen mucho más los votos de los progres que los de ese puñado de católicos que padecen un acusado masoquismo y que, hagan lo que hagan, piensan que les van a seguir votando.




 


Carta abierta a Victoria Prego sobre Blas Piñar.

Carta abierta a Victoria Prego sobre Blas Piñar.

         Usted se ha negado a decir toda la verdad.

Estimada Señora:

A duras penas si he podido llegar a concluir el vómito que, tras la muerte de Blas Piñar, fundador de Fuerza Nueva, usted ha perpetrado como presunto “obituario” en el diario El Mundo.

Me asombra que alguien que lleva tanto tiempo ejerciendo la profesión de periodista, que en ocasiones se muestra como analista política de altura, cronista oficiosa en imágenes de la Transición a la par que fiel entrevistadora de Felipe González, no haya sido capaz, pese a la distancia, la sabiduría y la amplitud del conocimiento que confieren los años, de pergeñar unas líneas originales y simplemente se haya limitado a un recorta y pega de lo que ya escribiera a finales de los noventa, en consonancia con la “historia oficial”, en un libro llamado “Diccionario de la Transición”, continuación de otro que venía a seguir explotando el éxito de una serie televisiva.

Al menos, eso sí, debo reconocerle la coherencia y correlación, como si nada hubiera leído, entre su capacidad de manipular en los noventa y la que vuelve a mostrar, sin duda por efecto de la copia, en este artículo. No debiera sorprenderme el tono porque usted escribe en un diario El Mundo, heredero directo de otro denominado Diario 16, que tienen como nexo en común la presencia de Pedro J. Ramírez, que para muchos de nosotros debiera rebautizarse como GRAPO-16. Medios que, al servicio de la mentira oficial o de los intereses conspiratorios de la clase político-mediática en cada tiempo, en compañía de otras publicaciones como la fenecida Cambio 16 -del mismo grupo- o la revista Interviú, escogieron como chivo expiatorio y como cortina de humo a la figura de Blas Piñar y a los militantes reales de Fuerza Nueva.

Usted ha sido una periodista de investigación en el tema de la Transición tan ecuánime que se vanaglorió de haberse negado a entrevistar a Blas Piñar, tras hablar con todo aquel que tuvo cierto papel en aquellos años. Todo ello pese a que, como ahora nos informa “fue una figura clave en los últimos años del Franquismo y los primeros años de la Transición porque lideró el movimiento ultraderechista Fuerza Nueva”. Y, naturalmente, si era una “figura clave”, debió decirse usted, “¿para qué conocer su versión de los hechos? ¿para que me estropee el bello cuento que yo estoy tejiendo?”. Permítame contestarle: simplemente, porque así usted podía presumir de objetividad a la par que ser fiel a la tesis oficial, pues ni tan siquiera es suya, de que la Transición se veía amenazada en plano de igualdad por un terrorismo de ultraderecha y por el de organizaciones como ETA y el GRAPO, siendo el primero mucho más terrible tratando así de reducir lo que éste último realmente significada y significa para España. Usted, como tantos otros, desde un Ministro del Interior a un Presidente del Parlamento agitaban el “fantasma de la ultraderecha”, culpable de todos los males, jugando a identificarla con Fuerza Nueva y su presidente Blas Piñar, pero muchas veces sin tener el valor de acusar de forma directa para evitar así el legítimo derecho de réplica y defensa ante los tribunales.

Fiel a su interpretación de la gran lucha por la libertad de la Transición, nos recuerda que la importancia de Blas Piñar se deriva de las “acciones violentas de Fuerza Nueva”. Y como en su libro de los noventa del cual copia busca acusar de forma indirecta y nos informa de los “grupos de acción” de FN, “entrenados en artes marciales, defensa personal y en el manejo de las armas” de los que saldrán la “mayor parte de los comandos terroristas que actúan en esos años y utilizan el crimen como arma política”. Olvidando entonces y ahora que los únicos que utilizan el crimen como arma política son los terroristas de  ETA y del GRAPO y no Fuerza Nueva. Pero, ¿qué más da?

Le escribo, señora Prego, como historiador y como militante -y por tanto testigo- de Fuerza Nueva desde finales de 1978. Soy de esos militantes jóvenes que nunca se enteraron de que se “entrenaban en artes marciales” y cuya temida “instrucción paramilitar” se limitaba a marcar aquello de “izquierda, derecha, izquierda”; soy de esos que veían con rabia lo que se decía de nosotros en esos medios en los que usted ha colaborado; de esos que buscaban la información veraz. Nunca ustedes, y la incluyo, periodistas al servicio del poder, reflejaron en sus medios cuando éramos agredidos, cuando nuestros militantes juveniles eran apuñalados o recibían palizas, cuando éramos tiroteados como en Vallecas -caso que usted menciona en su libro obviando naturalmente esos hechos-.

Usted, porque tenía acceso a la información, sabía perfectamente, por ejemplo, cómo en Córdoba nuestros militantes fueron apuñalados y presentados por la prensa como agresores por llevar la bandera de España, pero no iba a dejar que la verdad le estropeara la noticia. Cómo sufrimos el ataque aberzale a tiro limpio de los proetarras en el frontón de Anoeta en San Sebastián -y naturalmente tuvimos que defendernos para que no nos mataran-; pero para ustedes éramos culpables por ejercer nuestro derecho a expresarnos con libertad -sí con LIBERTAD- y a mí me parecía que todos ustedes daban la razón a los proetarras que nos atacaron.

Usted, porque tenía acceso a la información, sabía cómo se volaban nuestras sedes; usted era de esos periodistas que callaban cuando los agredidos éramos nosotros pero se exaltaban preñados de lucha por la democracia cuando nos defendíamos.

Mire usted, el primer acto de Blas Piñar que yo recuerdo, fue atacado por una abultada masa de energúmenos, armados hasta con barras de persianas, quedando una calle destrozada; pero al día siguiente sus titulares clamaban “incidentes en un mitin de Blas Piñar” y presentaban a los agredidos como agresores. En el primer acto público al que yo acudí como militante de Fuerza Joven fuimos recibidos a botellazos por una manifestación izquierdista, mientras la policía indicaba que no intervendría si no había sangre, pero nosotros podíamos ser atacados porque, en su mentalidad “nos lo merecíamos”; en Elche, por poner un ejemplo, cuando esperábamos la llegada de Blas Piñar para inaugurar una sede, fuimos encerrados en una plaza por la policía y brutalmente agredidos -así sin más- y recuerdo perfectamente como un familiar de quien mandaba la fuerza pública nos decía, estando con nosotros, que su marido había recibido órdenes de Interior de cargar bajo la amenaza de ser destinado al País Vasco -a excepción del que suscribe todos los mandos de Fuerza Joven fueron cayendo por efecto de las porras policiales-; a nosotros nos caían multas elevadas por exhibir la bandera de España mientras ustedes aplaudían las medidas. En noviembre de 1981 el entonces Ministro del Interior, señor Rosón, dijo quiero un centenar de detenidos y alguno acabó saliendo por ser amigo de un militante de FJ que entonces era novio de su hija y por el que conocimos la historia. Podría seguir, pero a usted señora Prego, entonces y ahora, todo esto le importaba muy poco. Así usted y otros podían hablar de la “violencia extremista”, para ocultar la desastrosa gestión de los gobiernos de la UCD alegando que eran cosas de la ultraderecha -sigue haciéndolo en su obituario- y miran para otro lado ante las miserias de la Transición, que no fue el bello cuento que usted elaboró, donde a nosotros, a los seguidores de Blas Piñar, nos tocaba ser los malos. Y nos tocaba ser los malos porque había que frenar el apoyo popular a Blas Piñar, porque había que impedir, mediante el miedo, que las decenas de miles de personas que acudían a sus mítines se transformaran en votantes. Si para ello era necesario proscribir la Verdad que más da parece que debió usted suscribir.

Habla usted de la violencia ultraderechista vinculada a Blas Piñar y a Fuerza Nueva, responsable de “numerosos asesinatos y atentados” para decirnos, manipulando utilizando el lenguaje, que el dirigente de FN es culpable porque la “implicación” –que no es autoría, fíjese como tuerce la palabra para sugerir sin decir- “directa o indirecta de miembros de Fuerza Nueva en acontecimientos sangrientos durante la Transición ha sido ampliamente demostrada ante los tribunales”. Pero no se atrevería a decir lo mismo de ninguno de los demás partidos en los que alguno de sus miembros se vio implicado en hechos similares. Usted sabe que esos “numerosos” fueron en realidad muy pocos y que la mayor parte estuvieron relacionados con lo que se ha llamado la “guerra sucia” contra el terrorismo. Usted sabe perfectamente que tras el Batallón Vasco Español o la Triple A, porque lo han escrito periodistas del mismo grupo 16 que entonces los achacaba sin sonrojo a la extrema derecha, y cuando se decía extremaderecha en la España de aquellos años se quería decir FN y Blas Piñar, estaban los primeros estadios de una guerra sucia que desembocaría en los GAL. Y algunos sabemos que para borrar las huellas hubo muertes nunca aclaradas -podría usted investigarla- como la del antiguo dirigente de Fuerza Joven Juan Ignacio González aunque se alejara de Blas Piñar y Fuerza Nueva.

Se asombra usted señora Prego, de que no se hayan investigado a fondo las “tramas negras del terrorismo fascista”, del que evidentemente trata de responsabilizar a Blas Piñar, y sus “contactos y apoyos en las Fuerzas de Seguridad del Estado”. Pero, usted que escribe en un medio afamado por su “periodismo de investigación”, ¿por qué no lo ha hecho? Le doy una razón: porque usted sabe que la historia, esa que no se quiere investigar, fue siempre al revés. Que desde determinados servicios se buscaban en aquellos años jóvenes impulsivos, jóvenes que creían hacer un servicio a España, mano de obra barata para la guerra sucia que allanara caminos y abriera puertas. A alguno, implicado en esos hechos a los que usted se refiera, se le advirtió. Yo mismo podría contarle cómo se te acercaban y cómo algunos picaban para realizar algún hecho violento y eran inmediatamente detenidos. Y, después, ustedes en vez de exigir que se investigara hasta el final, como nosotros hacíamos, preferían mantener la historia oficial.

Pero es que además, señora Prego, usted carece de valor. Vuelve en su artículo, recorta y pega, como se hacía en los años noventa, a hablar de “tramas civiles” -llamémosla con corrección- de la operación del 23-F, pero sin citar cuáles eran realmente y lo alejadas que estaban de eso que llama la “ultraderecha”. Al menos reconoce que Blas Piñar nada tuvo que ver. Y eso después de hartarse a sugerirnos que lo que a Blas Piñar gustaba era gritar “¡Ejército al poder!”.

Podía usted, señora Prego, haberse ahorrado el vómito. Supongo que lo ha hecho porque en el fondo, como tantos otros, no ha podido soportar la coherencia de un hombre que tuvo la virtud de ser el espejo en el que no querían mirarse tantos demócratas de nuevo cuño, entre ellos incluyo a políticos y periodistas. Todos ellos, y otros como usted, le eligieron como el blanco perfecto, el hombre a quien podían entregar a las fieras mientras tocaban la lira, acusándole de todo cuanto ellos habían sido.

Atentamente,

Francisco Torres García.

 

 

Nota: la foto se corresponde en el momento que Blas Piñar se enfrenta a la policía que apaleaba a los concentrados ante un cine en el que se exhibía una película blasfema "Yo te saludo María".

Blas Piñar, el hombre al que nadie rindió

Blas Piñar, el hombre al que nadie rindió

Tengo un nudo en la garganta y los recuerdos de casi cuatro décadas pugnando por salir de la memoria con la misma presión con la que a veces, durante años, lejos ya de los tiempos de escuadras de camisas azules abriendo paso, tuvimos que estar a su lado para evitar, literalmente, que la gente, en su afán por saludarle, llegara a impedirle continuar.

No creo que hoy sea capaz, ni de lejos, de poder expresarme con soltura; ni de, con estas líneas, poder rendirle el homenaje que se merece. Pero sé que, al igual que tantas veces intervine con él en actos públicos, en esta hora siempre difícil, siempre amarga, no pueden faltar mis palabras cuando él marcha para siempre a formar en esos luceros que a mí me gusta invocar, porque son los que, con su ejemplo, nos animan a continuar en el combate por España.

No me siento portavoz de nadie. Estas líneas no son más que la rememoración emocionada, con ojos vidriosos mientras escribo, de aquel muchacho que, como tantos otros, allá por el lejano 1978 pidió su alta en las filas de Fuerza Nueva emborrachado de luceros y amor a España.

Soy de esas decenas de miles de jóvenes que en la Transición siguieron a un hombre que les prometió trabajar para hacer de esta "España sucia y triste una Patria libre y hermosa". De los que aprendimos a su lado a amar a España como "unidad de destino, historia y convivencia", con vocación de perfección; de los que, en tiempos aciagos, cuando el patriotismo se proscribía e incluso se perseguía, enarbolábamos esa bandera que un día debía de triunfar: "sólo sé que un día, solo o con los que me acompañen clavaremos las banderas jamás arriadas en lo alto", nos decía en una reunión de su Fuerza Joven.

Soy de esos jóvenes que le admirábamos porque jamás traicionaba sus ideales, porque jamás cedía a la conveniencia, porque era el ejemplo vivo de la coherencia política cuando otros pensaban no en transformar la realidad -como él quería hacer pues siempre fue un auténtico revolucionario en la estela de José Antonio- sino en acomodarse al tiempo para seguir enfundados en la prebenda.

Fue perseguido por el sistema, vilipendiado por el sistema, acusado por el sistema, pero sabía como nadie sobreponerse, merced al tesoro de la Fe y a su fe ciega en la Providencia, a los muchos momentos duros que tuvo que vivir.

"Dios y yo somos mayoría absoluta", nos dijo cuando fue elegido diputado y amenazó con tocar el silbato si reglamento en mano le impedían hablar. Era para nosotros un monumento a la lealtad, a sus juramentos y a la sangre derramada, que alzaba su voz frente a los mismos que antes medraron al amparo del franquismo, de la camisa azul, de la guerrera blanca o a las faldas del catolicismo político.

Soy de esos jóvenes que lloramos de rabia e impotencia cuando los miles de aplausos y abrazos que cosechaba en sus intervenciones, cuando esas masas de españoles que acudían a escucharle eran incapaces de apoyarle en lo más sencillo, depositar el voto en la urna. Siempre les despreciaré porque fueron los causantes de la quiebra de una gran esperanza, pero en la culpa llevan la penitencia de haber contribuido a derribar el sueño de juventud al que como caducos conservadores renunciaron por las miserias de las lentejas.

Blas Piñar ha sido Blas Piñar hasta sus últimos momentos, hasta cuando hace unas semanas me escribía diciendo "ya no tengo fuerzas". Hace unos años, ya aquejado por la dolorosa enfermedad que le ha acompañado en el último tramo de su vida, en uno de sus últimos grandes actos nos dijo -escribo de memoria porque prefiero el recuerdo a la literalidad-: "no sé si éste será mi último discurso, pero sí sé que mientras me queden fuerzas estaré defendiendo a Dios, a la Patria y a la Justicia". No le importaron en esos años ni los consejos, ni las recomendaciones, ni los riesgos que asumió, ni el agotamiento personal que cada intervencion pública le suponía, porque mientras pudo siguió acudiendo, siguió estando ahí. Y cuando no pudo jamás faltaron sus palabras. Nunca se rindió y nunca pensó en su propia imagen para la posteridad: "si mi nombre puede servir para algo ahí estará, acompañándoos". Pese a lo que algunos puedan pensar su afán de servicio le hizo ser tremendamente humilde: pasó de gran lider, del aclamado "¡Caudillo Blas Piñar!", a ser militante de filas, pese a los puestos honorarios, y figurar en el último puesto de alguna candidatura. A él sólo le movía una inquebrantable Fe y un inmenso afán de servicio y, como al Cid, le pasó aquello de "qué buen vasallo si hubiera tenido buen señor".

No pocos nos sentimos hoy un poco huérfanos pues éramos su otra familia, la de los camaradas. Él ya no está, pero no se ha ido: los hombres mueren pero su espíritu permanece. Blas Piñar sólo ha cambiado su puesto de servicio. Él no marcha al descanso eterno de la Gloria sino a la Guardia Eterna. Esa que sólo dejará de formar el día en que torne la Primavera. Los ángeles del Paraíso, aquellos que en la imagen joseantoniana formaban vigilantes con espadas en las jambas de las puertas del Cielo, habrán rendido armas a su llegada; pero él, entre el descanso y la guardia, habrá escogido lo segundo para desde lo alto poder seguir combatiendo con nosotros.

Yo, que he perdido a mi maestro en política, a mi Jefe Nacional, a quien ha debido ostentar en estos años los tres luceros de la Jefatura Nacional instituida por José Antonio, sólo puedo hoy rezar, acompañarle en la distancia, depositar cinco rosas simbólicas sobre su cuerpo y gritar al viento aquello de "¡Blas Piñar, Presente!", tras entonar el viejo himno de amor y de esperanza. 

 

 

 

 

 

Nota.- En la foto Blas Piñar y el autor en una acto en la Plaza de Oriente.

La ley del aborto del PP

La ley del aborto del PP

Alberto Ruíz Gallardón, Ministro de Injusticia (no puede caber otro título para un Ministro que ha visto impasible como los terroristas salían a la calle tras aceptar presurosamente la sentencia del Tribunal de Estrasburgo sin haber tomado, como era su obligación, medida alguna para evitarla, y se les rinden homenajes conjuntos sin que se muevan las pestañas de fiscal alguno), hijo de José María Ruíz Gallardón, diputado de la Alianza Popular predecesora del Partido Popular, que llevara la primera Ley del aborto, la socialista de 1985, al Tribunal Constitucional, ha presentado con un falsario y manipulador título -ley de protección del concebido dicen que es- lo que en realidad es la primera ley del aborto eleaborada por el abortista partido de derechas denominado Partido Popular.

Lo que resulta altamente significativo, cuanto tanto se habla de consenso social a favor del aborto, es que tanto el PSOE, que se inventó aquello de "Interrupción Voluntaria del Embarazo", para evitar utilizar el término claro y definitorio, que provocaba rechazo, de aborto, como el PP rehuyen llamar a las cosas por su nombre. Lo hacen para ocultar algo tan simple como que lo que en realidad llevan a puerto es la legalización de un crimen. Así, la Ley Aído se llamó “Ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo”; y, con el mismo propósito, la ley del PP, que debía dar la impresión de que era una ley contra el aborto, se denomina “Ley de Protección de la vida del concebido y de los derechos de la embarazada”.

Algunos ingenuos, junto con los cientos de miles de votantes católicos del PP que viven con la venda puesta con gusto en los ojos, creyeron -bueno, lo siguen creyendo- que el PP, con su segunda mayoría absoluta, esta vez, iba a derogar la ley del aborto, a eliminar el aborto de la legislación española. Lo creían porque esa era la música que el PP y los que con alzacuellos suelen pedir el voto para el PP han estado tocando desde 1985; aunque en la letra, la que figura en su programa y en sus declaraciones, quedara claro que el PP es un partido abortista, favorable, en la más rancia tradición conservadora, a la existencia de una ley que permitiera el aborto según qué casos, para que así nadie dijera que no protegen la vida y, por lo menos, Mayor Oreja pudiera seguir sacando pecho y el diario La Razón dándoles la razón con la oficialista antiabortista, siempre que la propuesta sea socialista, Cristina López Schlichting.

No pocos, aunque se convirtiera en algo supéfluo para los teóricamente millones de católicos votantes del PP, pudimos ver, en la anterior campaña electoral, responder a Mariano Rajoy a la gallega, cuando se le preguntaba por el aborto, que “no había necesidad de la Ley Aído”, que “había resucitado un debate que no estaba en la sociedad”, que “el aborto es un drama” pero que él se ceñía a lo que decía el constitucional. Lo que traducido -aunque ninguno de sus votantes quisiera hacer ese ejercicio- significaba que para Mariano y para el PP no existe el principio de la Vida como absoluto, porque  éste estará siempre limitado por lo que diga el constitucional. Los populares, con la señora Soraya a la cabeza, insistieron en que la Ley Aído era innecesaria porque existía un consenso social en este tema con la Ley del 85 que la sociedad había aceptado como válida, aunque ello supusiera enviar a más de cien mil niños cada año al cubo de la basura, a las trituradoras, a los depósitos de residuos o a las incineradoras. ¿Para qué tocarla si con ella el número de abortos anuales se situaba en lo que podría ser su techo con más de cien mil al año?

La Ley Aído, ciertamente, era imposible dejarla como tal porque contenía dos elementos que no podían ser suscritos o mantenidos: uno, que las menores de edad pudieran abortar sin el conocimiento o el permiso paterno -lo que implicaba la posibilidad de un conflicto legal en caso de presentarse problemas durante la operación-; dos, lo dispuesto por las Naciones Unidas con respecto a la práctica euegnésica de autorizar el aborto por razón de minusvalía o posible discapacidad. Ello, por razón de compromiso internacional, obligaba a variar la ley para eliminar dicho supuesto.

Ahora bien, oponerse a esos dos aspectos de la ley no implicaba, como algunos pp-propagandistas mantienen, cuestionar la continuidad de la legislación abortista. Pero, al mismo tiempo, a ojos inteligentes, dejaba en evidencia la moral burguesa e hipócrita de los dirigentes populares para los que el debate no es si el aborto es lícito o no, sino si las menores abortan con permiso de sus padres: si sus pabres lo aceptan bienvenido sea. Además, la Ley Aído convertía el aborto en un derecho, lo que entraba en contradicción con la sentencia del constitucional que permitió la legalización del aborto en España. Con la nueva Ley volvemos a un modelo en el que el aborto no se considera derecho, y por lo tanto un absoluto, pero que en la práctica lo mantiene como tal. Es más, a la larga, conforme se ponga en práctica, se reconoce indirectamente que el aborto es un derecho porque la ley se denomina -como hemos señalado- de “derechos de la embarazada” y al admitir la posibilidad de abortar se está reconociendo la existencia de ese derecho.

Ahora el PP ha presentado su anteproyecto de ley del aborto bajo la vítola de ser una ley progresista porque brinda protección a la vida -¡a tomar el pelo no hay quien les gane!-; e incluso más feminista que la del PSOE, porque despenaliza de forma completa a las mujeres que aborten fuera de la legalidad. Pero vayamos a la realidad de la propuesta abortista del PP:

La ley del aborto del PP es una ley que contempla como supuestos en los que se pueder realizar la Interrupción Voluntaria del Embarazo la violación y el riesgo para la salud de la madre. Es, al mismo tiempo, una ley de plazos -como la Ley Aído- que permite realizar el aborto, según los casos, hasta las 18 o 22 semanas.

La ley del aborto del PP asume que el riesgo para la salud de la madre puede ser físico o psíquico, lo que equivale a mantener el “coladero” de la Ley de 1985. Bajo ese supuesto se realizan el 98/99% de los abortos en España. Eso sí, para lavar la conciencia, se establece la doble firma del facultativo para garantizar la existencia de ese riesgo. Pero cualquiera sabe que eso no será un problema en un negocio que mueve al año decenas de millones de euros.

Nos dice el PP que, gracias a la nueva ley, al implementarse porque no quedaba más remedio ante lo dispuesto por Naciones Unidas -cosa que también hubiera tenido que realizar Rodríguez Zapatero-, no podrá abortarse por riesgo de malformación, discapacidad o por tener el síndrome de Down… pero lo cierto es que, tal y como se infiere del nuevo texto legal, si la madre alega que su embarazo le provoca un daño psíquico, podrá acogerse al supuesto y abortar. Por lo que nos situamos ante una trampa de ley.

La argumentación última de los populares, que en realidad hubieran preferido dejar las cosas como están o volver sin más a la ley de 1985 ahorrándose el mal trago y la crítica progresista, es que la ley es restrictiva; con ello aspiran a mantener, como de hecho ha sucedido, el apoyo cerrado de una parte importante de la cúpula eclesiástica española y contentar tanto a los pp-provida como a los votantes católicos. Esa teórica restrictividad -falsa en la realidad- es lo que ha provocado la protesta que sostiene la izquierda y el feminismo radical. Ahora bien, a tenor de lo que se ha comunicado del anteproyecto sería muy difícil de mantener que con esta ley lo que ha pretendido Ruíz Gallardón es, por las condiciones que establece, poner en marcha un modelo garantista restrictivo que va a reducir sensiblemente el núemero de abortos en España. Cuando la realidad es que con la ley en la mano continuarán relizándose el 99% de los abortos que se producen en nuestra nación.

Es evidente que con esta nueva Ley del aborto, presentada por la derecha, bendecida a la inversa por la oposición de la izquierda parlamentaria y callejera, el PP, que tiene como horizonte ganar como sea las próximas elecciones europeas al PSOE, aun cuando sea por un voto, busca contentar a sus sector más ideológico, a su núcleo duro, para evitar cualquier posible fuga de votos. Y es que al final la reforma Gallardón está regida por el mero cálculo electoral aunque a algunos dirigentes populares les hubiera parecido mejor una ligera reforma en la Ley Aído para evitar que se les tache de antiprogresistas, de ahí su protesta pues también piensan que el tiro les va a salir por la culata.

La subida de la luz y el agobio de los españoles.

Es fácil que acaben acusándote de demagogo cuando no te pones una venda ante los ojos para prescindir de la realidad social que nos circunda, o no vives encerrado en los datos y en la comodida del que carece de necesidad. Sin  admitir que casi cualquier cosa se puede justificar desde un punto de vista teórico, descalificando, en el camino, a quienes se sienten más próximos a los ciudadanos que a los datos macroeconómicos.

Una vez más el gobierno ha cedido ante los detentadores reales del poder: ese conjunto etéreo que denominamos los mercados. La inescrutable e incomprensible factura de la luz, que recoge las tres partidas que determinan su precio, subirá al amparo de las luces de Navidad y el dispendio -cada vez menor para una parte significativa de españoles- de la aparente felicidad de los regalos, esperando que así el desatino se olvide rápido. Pero dejemos constancia que a lo largo de este año lo que se ha producido es la subida constante de la factura energética de los españoles comunes. Ahora se anuncia un incremento real que en enero podría situarse entre el 6% y el 7%.

El gobierno lleva justificando estas subidas, producto de la deuda generada por la diferencia entre el precio de venta y el precio de coste, alegando, implícitamente, que en esta situación de crisis ya no es posible sostener artificialmente los precios merced al tramo de los mismos que fija el ejecutivo. Pero oculta que la reforma del sector es un peaje más al que nos obligan en Europa y no nos explica cómo es posible que en España la luz tenga una de las tarifas más altas del continente.

El gobierno ha cedido ante las poderosas eléctricas y no se le ha ocurrido plantear abiertamente que el modelo es equivocado, que la gestión del sector no parece que haya sido la más eficaz y acertada y que, en definitiva, estamos pagando la ausencia de un sector estratégico energético nacional.

El gobierno, una vez más, rompe sus promesas. No ya las electorales sino las realizadas hace unas semanas. El Ministro de Industria -ya podía dedicar sus esfuerzos a industrializar el país- afirmó que el tramo de la factura que es responsabilidad del gobierno no subiría. Y, como es usual, cada vez que el presidente o alguien del gobierno dice que eso no sucederá acaba invariablemente pasando.

La luz sube cuando, según se nos informaba, ante la llegada del invierno, unos tres millones de hogares no podrán utilizar la calefacción adecuadamente o, simplemente, no podrán encenderla; cuando hemos visto reportajes televisivos de la gente volviendo a quemar en casa madera para calentarse; cuando en todas las parroquias se recoge, además de alimentos, dinero para poder pagar las facturas impagadas de la luz... Por toda respuesta el gobierno argumenta que 2.5 millones de españoles se benefician del "bono social" eléctrico, pero de poco vale el bono cuando el precio de la luz sube y previamente el dinero que se obtiene va a cubrir otras necesidades básicas.

Pero lo peor es que otra vez se busque, con ese lenguaje falsario y pletórico de eufemismos, a que nos ha acostumbrado el gobierno de Mariano Rajoy, tranquilizar a los españoles diciéndonos que es una subida transitoria, que a partir de abril de 2014 se producirá un reajueste y la factura bajará. Lo que no nos dicen es que en el proyecto legal de reforma gubernativo se contempla la subida automática para evitar que se produzca un nuevo déficit. Déficit que naturalmente acaban estableciendo las propias eléctricas y pagando todos los españoles para mejorar sus cuentas de resultadas.