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En las jornadas previas a las elecciones autonómicas en Cataluña me pidieron un artículo similar a este sobre lo que podría salir de las urnas. Advertía entonces que lo que las encuestas vislumbraban era un empate técnico entre los los partidarios de la independencia y los teóricos "constitucionalistas" que podría desequilibrar un poco la aplicación del sistema de reparto de escaños que prima a la mayoría. También anotaba que los independentistas habían blasonado de que con una mayoría suficiente seguirían adelante con el proceso de independencia y que nunca se sabe hasta dónde podrían llegar los juegos de salón y los cambalaches a la hora de sumar escaños para la declaración de independencia en un juego donde los diputados del PSC no ofrecen muchas garantías. También señalaba que aunque los independentistas perdieran por la mínima o no tuvieran, según su argot, la mayoría suficiente, para ellos solo sería un revés, un aplazamiento de la letra con fecha de vencimiento que, dada la inacción del gobierno, parece tener la integridad de la nación española. Dejemos claro que estas elecciones nunca deberían haberse celebrado. Eran unas elecciones con trampa porque se les dio un valor de referéndum que es imposible que tuvieran. Ello debería haber bastado para su declaración de nulidad. Pero no fue así.

Las urnas han confirmado ese empate técnico y aunque ello suponga que de momento no habrá declaración de independencia y el problema de los nacionalistas sea cómo formar gobierno sin que ERC se lleve la mejor parte, lo cierto -conviene no ignorarlo- es que el número de los que han apoyado abiertamente la independencia es muy alto: un millón seiscientos mil catalanes. Pero son todos los que son. De hecho la plataforma Juntos por el Sí ha obtenido unos pocos votos menos que los conseguidos anteriormente por CiU y ERC. Empate técnico, porque los independentistas consiguieron el 39.5% y los constitucionalistas -utilizo el término que aparentemente les une porque la unidad de España me temo la entiende de forma diversa en Ciudadanos, PP y PSOE- un 41,68%. Ahora bien, si se añadieran los resultados de los PODEMOS locales, que mantienen una posición ambigua, se superaría el 50.5% de los votos. Por ello tenían razón los representantes de la CUP, la Candidatura de Unidad Popular, cuando afirmaban que los resultados no eran favorables a los independentistas y por tanto ni apoyarían a Mas ni a eso que llaman reverencialmente el "proceso".

Los resultados han dado un respiro a España como nación y esa es para muchos la mejor de las noticias posibles, especialmente para el presidente Rajoy y para el PP que de momento respiran porque no han tenido que recurrir a la ley, y por tanto a la fuerza, ante una declaración de independencia. Eso sí, todos sus tertulianos salieron en tromba a convencer al personal de que todo ha terminado con la derrota de Mas en la urnas remarcando que son solo el 30% del censo electoral. Argumento que es la primera vez que oigo porque de aplicarse el mismo criterio no muy lejos quedarían los votos reales obtenidos por el PP en las generales. Un respiro para un gobierno que, declaraciones rimbombantes a un lado, sigue sin saber qué hacer -carece de política en este terreno- y el PSOE cree, más estúpida que ingenuamente, que la solución política pasa por la reforma constitucional y la conversión de España en una Menarquía Federal -seguro que Felipe VI estaría encantado con ser rey de las exEspañas-.

Ahora, en estas semanas, el problema en Cataluña es cómo formar gobierno. Un gobierno que difícilmente proporcionará la estabilidad necesaria y que continuará con los vicios habituales. Arturo Mas había preparado la sala y la moqueta que le mantendría en el poder, había calculado el juego de la aplicación de los restos en la adjudicación de escaños para que en Juntos por el Sí acabaran saliendo más diputados de Convergencia que de ERC, pero la contención del voto independentista y el incremento del voto de los que quieren seguir siendo españoles de Cataluña, ha hecho que Convergencia haya perdido su papel hegemónico frente a ERC. Convergencia ya no es lo que era y ahora resta por saber si los dos grandes partidos, PP y PSOE seguirán queriendo meterla en su cama o, dados los resultados de PODEMOS y Ciudadanos, dejará de ser necesaria. Hoy por hoy nadie parece querer unir su suerte a la de Artur Mas. Es más, todos prefieren que se marche y ello puede conducir a unas nuevas elecciones a las que temen muchos, desde Convergencia hasta ERC pasando por el PP, porque pudiera ser que el Ciudadanos del tándem mortal para el PP Rivera-Arrimadas se convirtiera en la primera fuerza política de Cataluña. Temor justificado. Pero al mismo tiempo necesitan seguir detentando el poder porque si. La red clientelar de Convergencia, sin todo el aparato de subvenciones, sin el,control cultural y educativo el independentismo tendría muy difícil su expansión e incluso, dado el perfil de los votantes de Covergencia, se podría producir un retroceso en el voto del miedo a las consecuencias que el separatismo explota en Cataluña. Por ello, probablemente lleguen a un acuerdo aunque sea la bobada de un gobierno asambleario. Y dada la situación no seria aventurado afirmar que se alargarán los plazos todo lo posible para que la decisión final, gobierno o elecciones, no tenga que tomarse antes de las generales del 20 de Diciembre. De aquí a entonces el gobierno, aun cuando sea en funciones, tiene una oportunidad histórica para poner a Artur Mas en su sitio.

Concluía en ese artículo anterior a las elecciones afirmando que lo previsible era que el 27-S no conllevara, dados los resultados, la declaración de independencia sino un avance en ese camino. Ese 39% de papeletas indirectamente favorables a la independencia -aunque mi impresión personal es no pocos de los votos a Convergencia eran un apoyo a la política de chantaje para conseguir lo que más desea la burguesía catalana, un concierto económico que les de el control sobre las arcas públicas para seguir enriqueciéndose- es muchísimo más de lo que existía hace cuarenta años cuando el independentismo era marginal y CiU jugaba a ser un partido sistémico del juancarlismo. El que hoy exista ese porcentaje importante de independentistas, especialmente entre las nuevas generaciones, es el legado del juancarlismo, de la política suicida de PP y PSOE de dar competencias a cambio de apoyos o porque creían -rematadamente tontos- que con ello el nacionalismo se iba a contentar; competencias que han servido para crear esa base independentista, todo el entramado mediático-cultural-educativo que ha insuflado vida al independentismo.

¿Qué nos deparará el futuro próximo? ¿Nos conformaremos con ver crecer generación tras generación el independentismo? Quiero creer que este proceso es reversible, que como nación no he,so llegado al punto sin retorno de la ruptura. Ahora bien, no quiero ocultar mi desaliento y decepción porque más allá de lo simbólico no he visto reacción alguna del pueblo español. ¿Cómo es posible que en esta coyuntura, cuando es evidente la posibilidad de precipitarnos en el abismo como nación, no hayamos visto reacción alguna por parte de la ciudadanía? ¿Cuántos españoles han salido a la calle para exigir o defender la continuidad de España como nación? Tengo la impresión de que una parte importante de los españoles, de un modo u otro, asumen como reales parte de las razones históricas y/o culturales que esgrimen los nacionalistas, y que, con una u otra consideración, asumen la existencia de Cataluña como nación porque ellos mismos no tienen clara cuál es su propia identidad; consecuencia directa de la necesidad de crear falsas identidades autonómicas engendrada por ese nefasta organización/desorganización territorial que se denomina Estado de las Autonomías. ¿Por qué? Básicamente porque han aceptado, consciente o inconscientemente, la perversión del lenguaje que les hace pronunciarse sobre si se sienten más españoles que de su comunidad, si prefieren la ecuación contraria o, simplemente, se sitúan en el punto medio.

La razón última de la situación ante la que nos encontramos es que ante el discurso separatista no ha habido contestación alguna. Al contrario, desde el Estado, cuya primera obligación debiera ser mantener la nación, es decir, defender al idea y el concepto de España, se ha practicado, por unos y por otros, la política suicida del tancredismo, del dejar hacer, de no creer las señas que advertían de que venía el lobo. La resultante ha sido el crecimiento excepcional de los votantes al nacionalismo y en su lógico desarrollo su conversión al independentismo. Y ello también ha sido posible por la protección que se ha brindado, por los dos grandes partidos, a los dirigentes nacionalistas creyendo que, permitiéndoles ser la oligarquía dominadora, evitando que el régimen corrupto vigente en Cataluña cayera ante los tribunales, solo agitarían el espantajo de la independencia para obtener mayores prebendas. Que estaban jugando inocentemente a "que viene el lobo".

¿Qué se ha ofrecido en estas elecciones como alternativa al independentismo? Poca cosa para ganar corazones. Razones históricas por parte de una minoría que, naturalmente, ni tiene espacio en Cataluña ni encuentra hueco en los grandes medios de comunicación, pero que con eso creen que ya hacen bastante. Razones económicas: se es español o no -ese es el discurso del PP y Ciudadanos- en virtud de los beneficios económicos que ello implica. Ha causado lástima y sonrojo ver a los dirigentes "constitucionalistas" debatir sobre si la hipotética Cataluña independiente será o no admitida en el seno de la Unión Europea; o explicar que cuando caminamos hacia la unión de las naciones europeas se busque la desunión en un movimiento contrario al progreso y la modernidad. Eso sí mucha banderita para que parezca otra cosa y fuera de Cataluña a algunos se les llene el bolsillo de efluvios patrióticos frente al televisor.

No pocos estiman que la solución pasa por la mano dura, por el artículo 155 de la Constitución que creo aún no está desarrollado y la suspensión de la autonomía. Esa seria la respuesta obligada y única -la otra seria la cesión- en el caso de una declaración de independencia. Pero ese es el recurso final que no sé si el gobierno se atrevería a utilizar. En estos momentos ese no es el camino. Lo fundamental es hace descender el número de independentistas y para ello no se puede recurrir a mapas de la Edad Media, esa mitología ya no importa. Para ello es preciso hacer que se cumpla la ley, acometer un amplio programa de difusión cultural no nacionalista y, sobre todo, amparar las razones en la promoción de la idea y el concepto de España, conseguir que decenas de miles de catalanes vuelvan a sentir el orgullo de pertenecer a esta Patria común llamada España. Pero mucho me temo que todos, desde el PP hasta Ciudadanos andan diciendo: todo menos eso.


(Artículo publicado en el periódico mensual La Nación)




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Aunque sea preciso creo que resulta superfluo constatar que hoy, en nuestra patria, el concepto y la idea de España, más allá de lo sentimental, de lo esporádico, se ha tornado en una noción difusa para los más cuando no simplemente inexistente para los menos. Ni tan siquiera el concepto moderno de nación, vinculado prácticamente al desarrollo del constitucionalismo con la irrupción del liberalismo, santificado por el romanticismo, eso que llaman patriotismo constitucional, resulta ya válido como sinónimo de la idea y el concepto de España cuando, por efecto del desarrollo del actual marco constitucional, la nación ya no es una, sino la resultante de una realidad plurinacional que se configura en una forma de organización territorial del Estado (el Estado de las Autonomías que se encamina hacia una nueva estructura federal) que ha sustituido el modelo unitario, que puede ser descentralizado, por otro que nunca termina de cerrarse, que está en revisión permanente, pero que en su devenir destruye la formulación igualitaria de España=Patria=Nación=Estado asentada en los últimos quinientos años.

Evidentemente, ese proceso de ruptura, del que se nos antoja que estamos asistiendo prácticamente inermes, sin reacción previsible, a su capítulo final, no hubiera sido posible, es más hubiera resultado inviable, pese a la fruición que han puesto en el trabajo las élites políticas, culturales y mediáticas, sin la destrucción y la proscripción durante los últimos cuarenta años, durante los reinados de la casa reinante reinstaurada, del concepto y la idea de España como categoría permanente de razón en la mentalidad colectiva de los españoles, pero también como realidad histórica. De ahí que España lleve camino de convertirse en una nación quimérica con la que solo sueñen o en la que solo crean un puñado de españoles varados en una reedición de la angustia generacional, del llanto, por una Hispania perdida.

Sin idea y concepto de España, o con una idea y un concepto muy debilitado, sin saber ya qué es y a qué llamamos España, lo que queda es una visión sentimental que tiene momentos de explosión patriótica en coyunturas de tensión o de sucedáneos, tales como los eventos deportivos, que se diluyen o son diluidos, en mayor o menor tiempo, según convenga a los intereses políticos del conglomerado oligárquico que detenta el poder, transformado en "gran hermano" social y en manipulador de nuestra conciencia colectiva. Quedan, eso sí, las festividades, los momentos simbólicos, cada vez menos importantes en el calendario y faltos de calor y vinculación popular real.

Prueba evidente de lo anterior es lo que cada año acontece cuando llega la fecha emblemática de un doce de octubre que pasa con más pena que gloria, limitándose por parte del Estado al somero desfile militar en la capital del reino y a la sordina en el resto de una España que no pocos, para salvar el sistema y el aparato de poder y beneficio creado, esperan convertir en una mera acepción rematada por una coronita, único elemento de representación de la nación que dejó de ser. Cuando volvemos la vista sobre esa festividad, tras transcurrir la jornada y repasar la información, después de aguantar una panoplia de editoriales dedicados a otras realidades o que piden apaños para solventar la insoluble crisis provocada por el conflicto entre la nación y sus naciones generado por la Constitución de 1978, esa misma que muchos apremian para se toque para salvar in extremis el inventillo o insuflarle la ventilación asistida que le permita sobrevivir hasta que se cierre el capítulo del reparto de las herencias, a veces, al mirar a nuestro alrededor, sentimos envidia del culto a la Patria común, a los símbolos nacionales, a la exaltación del orgullo nacional en que otros convierten ese día como expresión de su propio ser. ¡Qué poco tiene que ver los actos del 12 de Octubre, de la llamada Fiesta Nacional de España, con celebraciones como el 4 de julio en EEUU o el 14 de julio en Francia! Por poner dos ejemplos archiconocidos ante los que, como la zorra ante las uvas, se suele utilizar el calificativo despectivo de patrioterismo para así cercenar la proliferación de lo sensitivo y de paso anatemizar a aquellos que pedimos, que exigimos, sin la cursilería inútil con que la exhibe el presidente del gobierno, una auténtica pedagogía del patriotismo y del amor a España.

Fiesta Nacional dicen que es el doce de octubre, pero solo es una fiesta oficial u oficiosa porque ni tan siquiera es asumida como tal por algunos prebostes autonómicos y una parte importante de la población, mayoritaria casi hasta el absoluto, la mira con notoria indiferencia pues sólo es una fecha más en rojo en el calendario y a veces, según se tercie, ni eso. Y es así porque la caterva política que nos gobierna y el entramado mediático que la asiste, la controla o la inspira -¡vaya usted a saber!-, así ha querido que sea: un puro trámite. Unos, a la izquierda, porque en lo más profundo de su ser odian profundamente la idea de Patria –prejuicio burgués dicen cuando es lo más antiburgués- igualada al concepto y la idea de España en una mezcla infame de internacionalismo del pasado y creencia en la quimera de las nacionalidades estalinianas; otros, a la derecha, porque solo la estiman como espacio de gestión económica y sienten la condena moral de sus contrarios si difunden y mantienen, más allá de la bobada del patriotismo constitucional, la última de las majaderías de los complejos conservadores, que nadie siente y asume salvo los que a la derecha y más allá de la derecha lo exhiben como sucedáneo y falsa bandera, esa ecuación de España=Patria=Nación=Estado. Como los inclasificables en la arena política que desoyendo a Ganivet creen que las soluciones se encuentran más allá de las fronteras y venden patrias biológicas que serán superadas, disolviendo los artificiales problemas territoriales, por una Europa de los pueblos como apuesta de una tercera, cuarta o quinta vía, numen de todos sus paradigmas.

Doce de Octubre -con letra para desesperación de la Real Academia-, Fiesta Nacional de una nación que ha llegado a tal punto de claudicación que es incapaz de percibir que el mal no es el artificio nacionalista, inflado de viento por el propio poder, sino los treinta o cuarenta años, en los que, por proscripción de la pedagogía patriótica, por abandono del ethos de España, se ha abierto el camino de la autodisolución. Quienes tenemos memoria no histórica sino vivencial, quienes, de algún modo, sin arrogarnos ninguna exclusividad, estuvimos en la calle en los años germinales del actual régimen político, entre otras razones porque no queríamos rendir la plaza sin lucha, denunciando la bomba de relojería que suponía para la pervivencia de España el Título VIII del texto constitucional, para mantener, creo que con notable éxito, aunque al final solo haya servido para retrasar la caída de unas hojas que nadie parece querer parar, esa idea y ese concepto de España que, más allá de la estupidez nacionalista -hoy hasta los que se autodenominan patriotas caen en el error de utilizar como definición las mismas categorías que los nacionalistas-, se eleva sobre la definición clásica y a la vez moderna de unidad de destino, convivencia e historia. Aparentemente, entonces, solo aplazamos la letra pero no el inexorable vencimiento.

Hoy, tras los minifastos de una Fiesta Nacional que para ser justo debiera poner en minúscula, que no son más que un poco de oropel que ni llega a tapar las grietas inmensas de nuestra comunidad patria, en medio del devenir de una nación que está facilitando su autodisolución, cuando la unidad de historia es puesta en tela de juicio, escamoteada o subvertida en una irrealidad medievalizante (algunos aún andan preguntándose sobre qué era aquello de una nueva edad media sin alcanzar a comprenderlo); cuando los héroes y los sacrificios de los patriotas se borran de la historia como la bandera española del cuadro del general Prim que con sus voluntarios catalanes ganó la batalla de Castillejos, también asistimos impávidos a la ruptura de nuestra unidad de convivencia, algo mucho más difícil de restaurar que nuestra unidad de historia. El actual sistema político, la casta como sistema, ha y está facilitando la quiebra de nuestra unidad de convivencia, no ya por el alimento que durante estos años ha dado a los nacionalismos, que forman parte del sistema de casta, sino porque con sus políticas, aceleradas por la crisis económica, sumergiendo al español medio en la falsa idea del “sálvese quién pueda”, están derruyendo la igualdad y la solidaridad entre los españoles, acabando con la cohesión social, favoreciendo el desarrollo del egoísmo particularista e individualista encarnado en la anteposición del terruño al que alcanza la vista al interés común, base de la edificación de un proyecto sugestivo de vida en común capaz de encontrar espacios para su proyección en lo universal. ¿Y cómo vamos a ser universales si, por un erróneo europeísmo, hasta hemos mandado a la alhacena de los trastos inútiles la otra faz de la conmemoración del doce de octubre, nacido como día de la raza, la raza hispánica, crisol de pueblos y culturas, puro antibiologismo, el concepto de Hispanidad?

Lo dicen las encuestas tramposas del CIS, aunque en el fondo de todas ellas siempre lata un poso de verdad: los españoles están cada día menos orgullosos de sí mismos. Lo están simplemente porque llevan camino de dejar de existir diluidos en el Moloch de la globalización, los mercados y las europillas encandilantes con su eurobecerro de oro. Españoles que ya no saben muy bien, por el peso ambiental más que por el sentimiento, por la ingeniería política en la que concuerdan derechas e izquierdas, socialistas y conservadores, de aquí o de allá, si ser español por los cuatro costados o trasladar ese sentimiento al último de los pueblos; si tener como primera o segunda realidad nacional, hasta hacerlas incompatibles, esos entes artificiales llamados Comunidades Autónomas, siguiendo una evolución similar a esa punta del iceberg de la destrucción que hoy es Cataluña pero que amenaza con emerger también en Vascongadas y Galicia… Todo ello resultado lógico de una exaltación identitaria que, con un determinismo biológico y darwinista, cree ver la Patria solo en la lengua o los particularismos de la misma, la cultura, el folklore, las montañas, las lindes y los ríos pero también la viabilidad monetaria de su individualidad -¡Ah, la vieja y eterna conjunción entre el nacionalismo y el interés de raíz netamente conservadora!-.

Españoles perdidos ante fiestas nacionales vacías, personajes en busca de un autor, que ven destruida desde arriba -como las buenas revoluciones aunque cuenten con el concurso del ruido callejero- su unidad de convivencia e historia; que también se ven obligados por falta de clase dirigente auténticamente española -la casta no es sino una mala copia- a renunciar a la de destino, sin la que las anteriores acaban quedando como una panoplia ornamental. Por ello, y ahí están los estudios, pasamos telúricamente de sentirnos españoles a ser españoles y otra cosa, y después a otra cosa y españoles, para arribar finalmente a una orilla en la que muchos habrán dejado de ser españoles, haciendo realidad aquella vieja frase liberal y conservadora de “son españoles los que no pueden ser otra cosa”. Yo, al menos, sigo pensando como aquel joven asesinado en Alicante que ante la estulticia conservadora de la frase afirmó que “ser español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo”, aunque en ello crean hoy, del rey a abajo, muy pocos.

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Dicen que en Estrasburgo existe un Tribunal Europeo de Derechos Humanos que hoy, lunes 21 de octubre de 2013, ha alumbrado una sentencia que vulnera precisamente eso que dice defender: los derechos humanos. Alguien debiera haber recordado a tan Alto Tribunal -hoy debiera ser bajo tribunal- que los derechos son de las víctimas, de los familiares de las víctimas, y no de los verdugos.

A esa iniquidad, a esa segunda ejecución que hoy han sufrido las víctimas del terrorismo, pero también quienes han perdido un ser querido a manos de asesinos múltiples, se ha sumado, con su voto afirmativo, un tal Luis López Guerra, dicen que juez -aunque para mí no merececiera hoy vestir toga- pero probablemente también parte en la negociación socialista con los terroristas, exsecretario de Estado con José Luis Rodríguez Zapatero, muñidor y defensor entre los miembros del Alto Tribunal de la postura favorable a condenar a España por la apliacación de la denominada doctrina Parot que impedía a los terroristas, asesinos y violadores salir a la calle con unos pocos años cumplidos en prisión porque daba lo mismo matar a uno que a veinte. La misma doctrina que los terroristas, los amigos de los terroristas, los representantes políticos de los terroristas, han pedido que se elimine para poder completar el tan ansiado “proceso de Paz”. Ese proceso frente al que el actual gobierno ni sabe ni contesta.

Ignominía y vergüenza, salvada no por este juez, Luis López Guerra, que puede que sea español, pero que ha sido insensible al dolor y las razones de las víctimas, sino por los tres votos particulares firmados por siete jueces que se han llevado, sin duda, las manos a la cabeza al ver como con esta sentencia se contravenía la razón fundacional del tribunal de defender los derechos humanos.

Bofetada y esputo por parte de un juez español que no ha apoyado esos votos particulares disidentes, lo que significa que el propio representante español estaba a favor de la anulación de la doctrina Parot. Y si el representante español estaba a favor, se planteaban los demás, ¿cómo negarse?

Hoy, Luis López Guerra, empeñado en defender la tesis de los terroristas, pero también de otros, en apoyar el supuesto “derecho” de la terrorista que ha dado origen al caso, Inés del Río, condenada a más de 3000 años de cárcel, componente del comando Madrid, encausada en 23 asesinatos, entre ellos los 13 guardias civiles asesinados en la Plaza República Dominicana de Madrid, y que ahora no sólo quedará definitivamente en libertad sino que, tal y como ha votado este juez, recibirá una indemnización por los daños morales sufridos, ha asestado otra puñalada, una más, en la espalda de las víctimas. No sé si prestando el último servicio a la negociación iniciada por José Luis Rodríguez Zapatero.

Y lo peor es que el gobierno, en vez de una respuesta rotunda y clara. En vez de poner de manifiesto su voluntad de no aplicar la sentencia de Estrasburgo -no sería la primera vez que no se hace- apoyándose en los votos particulares, pidiendo el apoyo de la oposición para que se caigan las caretas, nos dice que confía en lo que al final decidan a duo Alberto Ruíz Gallardón y Fernández Díaz. Lo que en román paladino significa que, como hasta ahora, el gobierno seguirá dejando salir presos al viento de aquel viejo refrán de que no hay mal que por bien no venga.

 

 

Nota: Aguardo impaciente la dimisión del juez López Guerra como representante español en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo.

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Podía haber sido cualquier otra fecha, desde el dos de mayo, en recuerdo de la sublevación que dio origen a la Guerra de la Independencia, a la del matrimonio de Isabel y Fernando, pasando, como sucedió durante casi cuarenta años por el 18 de julio o el día de las Navas de Tolosa o incluso la victoria en Lepanto. Sin embargo, ninguna fecha mejor, por su sentido simbólico que el 12 de Octubre: expresión de los resultados del esfuerzo común en un proyecto nacional y colectivo.

Hacer del día del Descubrimiento de América, de aquel instante anunciado por Rodrigo de Triana viendo a lo lejos la tierra de la esperanza desde lo alto del palo de un cascarón en un mar inmenso, de aquella fecha que cualquier niño se sabe aunque no comprenda bien el alcance de su significado, de lo que fue el inicio de la universalización de España, de la creación de las Españas, el día de nuestra Fiesta Nacional, soldándolo de manera indisoluble con lo que en muchos países de habla hispana, incluso en los propios EEUU, es la fiesta de la Hispanidad, siendo al mismo tiempo la exaltación del castellano como lengua común, como lengua española reconocido por la Unesco, es pues mucho más que un día festivo en el calendario fijado por las costumbres.

El doce de octubre se configura o debiera configurarse como un elemento de afirmación nacional, identitario. Ahora bien, al doce de octubre aún le falta aquello que curiosamente el gobierno, todos los gobiernos por cierto, rehúye impulsar:  la transformación de una fiesta oficial en una festividad popular. Aunque es cierto que el germen del orgullo nacional esté dando vida a concentraciones populares en torno a los colores y la reivindicación de España como idea, como concepto y como proyecto. Pero a nuestra Fiesta Nacional, a este orgullo de España, aún le falta el calor festivo-popular que, aunque parezca un contrasentido, está haciendo brotar el intento nacionalista de poner fin a la integridad de la nación española.

El 12 de Octubre, Fiesta Nacional, tiene un importante componente simbólico porque es el momento en que una nación-reino-estado, que desde su aparición como Hispania, producto de Roma, convertida en reino-estado con la monarquía visigoda, destrozado por la invasión musulmana, tras rehacerse de la mano de Isabel y Fernando se proyecta en lo universal para hispanizar lo que después sería la América Hispana. Porque lo que los españoles van a realizar en el Nuevo Mundo es precisamente eso: hacer nuevas Españas, hispanizar. Y ello implicaba no esclavizar sino hacer súbditos, es decir titulares de los mismos derechos a ambas orillas del mar; tener la misma Fe, la misma lengua y conformar una sola comunidad independientemente del criterio de raza, incorporando a aquellos pueblos a la civilización cristiana.

Dejando a un lado las leyendas interesadas, los mitos indigenistas mezclados con el nacionalismo-marxista importado desde las doctrinas de la guerra revolucionaria, los excesos puntuales -que fueron sólo eso- y el sentimiento antiespañol que se ha ido difundiendo en algunos países (hace algunos meses, en una cola ante un museo en una capital europea, sentí la tristeza de oír a un padre hispano que le explicaba a su hijo que ahora eran pobres por lo que España les había robado, prescindiendo del hecho evidente de que sólo por el acento alguien diría que venía de aquellas tierras y no de Valladolid), aquella fecha del doce de octubre es la piedra angular de los lazos espirituales creados, de la comunidad engendrada, del acervo de valores que nos igualan. Un sentimiento y un concepto, razón y emoción, que explicaron con profundidad y poesía monseñor Zacarías de Vizcarra, Ramiro de Maeztu y Manuel García Morente.

Anoto que explicaron más que teorizaron, no inventaron sino que formularon, porque el sentimiento de la Hispanidad, de la pertenencia a un tronco común, de la simbiosis con la madre Patria, que era sentido por la inmensa mayoría de los habitantes de la América hispana -disfrazada con vergüenza después por los pseudointelectuales, los progres y los políticos correctos con esa renuncia que supone sustituirla por Latinoamérica-, estaba ahí, era preexistente a su utilización y difusión. Hoy, ideológicamente, por su carga, es para muchos un término proscrito; entre otras razones por lo que conlleva de afirmación nacional, de obra común de los españoles, incluso de gesta heroica que por las dosis de patriotismo histórico que implica, en estos tiempos de disolución, es necesario proscribir. De ahí la propaganda, el impulso y el apoyo que las tesis contrarias a la Hispanidad siempre han tenido entre quienes desean desintegrar la nación española:  la ideología del indigenismo, alentando las estupideces de la Leyenda Negra, y el panamericanismo.

La Hispanidad es en realidad la reformulación moderna de la noción de Imperio, que es lo opuesto a la idea anglosajona del imperialismo del último tercio del diecinueve o a la del neoimperialismo propio del mundo de después de la II Guerra Mundial. Es, y debiera ser, la expresión conceptual de la conciencia de constituir o de formar parte de una comunidad de naciones que debieran, especialmente en este mundo global,  reforzar sus lazos y conformar un bloque de intereses y obligaciones al servicio del bien común capaz de alumbrar nuevos caminos frente a los excesos del ultraliberalismo haciendo suya la Doctrina Social de la Iglesia como luz para guiarnos hacia un mundo más justo.

La Hispanidad debería haberse conformado, de no haber mediado otros intereses geoestratégicos y geoeconómicos, como un todo frente a los otros bloques para, a través de España, recuperar la noción de origen de la Euroamérica como espacio común de cultura, creencia y valores que por fuerza, por razón de historia son principios y valores religiosos, cristianos. Y como tal la Hispanidad, al servicio de lo expuesto, alcanzaría su materialización real como unidad de destino de una gran Patria espiritual y supranacional.

En este sentido es hoy necesario hacer pedagogía de la Hispanidad, al igual que es preciso hacer pedagogía patriótica. Convertir lo que para muchos es meramente sensitivo en racional. Difundir, enseñar y asumir la idea y el concepto de España y de la Hispanidad. Y, ¿qué mejor manera de hacerlo que tener como Fiesta Nacional viva y popular la fecha del 12 de Octubre?

 

 

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Tengo la impresión de que de muy poco sirve tratar de refutar las mentiras/mitos pseudohistóricos puestos en pie por el nacionalismo catalán en los últimos cuarenta años. Creo que para la inmensa mayoría de quienes se manifiestan proclives a la secesión esos mitos carecen realmente de importancia, manteniendo su posición aunque estos se derrumbaran. Por ello, de muy poco sirve explicar la realidad de la Guerra de Sucesión -nada tiene que ver con un pretendido enfrentamiento entre España y Cataluña-, que Cataluña nunca fue un Estado o que formó parte de lo que fue la Corona Aragón, aunque nuestros estudiantes se encuentren con la transformación de los conceptos políticos medievales en la inexistente realidad de una “confederación catalano-aragonesa”. Menor trascendencia tiene recordar que el nacionalismo es algo relativamente reciente y que fue la máscara utilizada por la burguesía catalana para defender sus intereses económicos. Tratar de frenar el separatismo catalán explicando una realidad histórica que para quienes han asumido el independentismo no es la piedra angular de su planteamiento político es un error. Aunque no quiere esto decir que no sea necesario denunciar esa mitificación y mixtificación.

Mucha más fuerza que la mitología histórica -propia del nacionalismo romántico del XIX- tiene para los independentistas la ideología del victimismo y la confrontación. El victimismo les ha permitido crear una mentalidad de “pueblo” explotado, antes y ahora; la confrontación permanente, basada en la reclamación continua de un mayor techo competencial, ahora centrada en el reconocimiento del derecho a decidir y el concierto económico, exacerba el irracionalismo inherente a todo nacionalismo, facilita la construcción ideológica disolviendo los sentimientos de cohesión, integración y solidaridad nacional de los españoles que pueblan las tierras catalanas, pero también generando tendencias de rechazo entre el resto de los españoles que viven en otras zonas de la nación. Victimismo y confrontación consigue asentar entre muchos catalanes la dialéctica del enemigo, de un único enemigo responsable de todos los males: España.

Este proceso es en realidad fruto de la evolución política española de los prácticamente últimos cuarenta años. Algo que no hubiera sido posible -probablemente inviable- sin la decisión de los diversos gobiernos de ser complacientes con los nacionalismos, de permitir no ya la inmersión lingüística sino la inmersión ideológica en el nacionalismo, que es, en última instancia, la responsable del continuo crecimiento de la mentalidad secesionista que tiene su expresión plástica en manifestaciones como la Diada o en el apoyo electoral que tienen estos planteamientos. La progresiva disolución del concepto y la idea de España, cuya difusión no forma parte del corpus ideológico del duopolio PP-PSOE que ocupa el poder desde hace treinta años; el debilitamiento de los conceptos de integridad, cohesión, solidaridad y misión, básicos para definir España como realidad evitando su conversión en un término para designar simplemente un Estado, al que ha contribuido de forma decisiva el desarrollo del Estado de las Autonomías, han acabado convirtiéndose -sin pretenderlo- en eficaces colaboradores del secesionismo.

El secesionismo es hoy en Cataluña una realidad y conviene no ignorar que probablemente cuenta con un apoyo situado sobre el 30% de la población. Sociológicamente, ya no es sólo la expresión de la izquierda radical o de un sector importante de la burguesía catalana del palacete y del negocio que durante décadas, incluyendo los años del régimen de Franco, ha dominado, como una oligarquía, el poder social, económico y político en Cataluña, es también asumido, no sé si como mal menor, probablemente por efecto de la crisis, por unas clases medias tradicionalmente refractarias a todo tipo de riesgo y que han comprado la “persecución” como responsable del desastre económico provocado por la Generalidad. Esta realidad es así por la expansión de una razón de base similar a la que ha dado vida a la Liga Norte italiana, porque entienden que debido a su riqueza -producto en parte del sacrificio arancelario del XIX y de las inversiones durante décadas realizadas por parte del Estado- sus condiciones de vida serían superiores sin el lastre que supone el resto del país, especialmente de una parte del mismo que retratan como vagos, vividores mientras otros trabajan, y diletantes, porque se ven a sí mismos como el gran motor económico, como los pagafantas de la fiesta. Cualquier estudiante de economía podría no sólo derribar la imagen sino denunciar el simplismo de la misma; pero ello no quiere decir que el mito no haya arraigado con fuerza.

No estamos, pese a las declaraciones más o menos altisonantes, pese a los deseos de ERC, ante el peligro inminente de una declaración unilateral de independencia, porque por muchos catalanes y “charnegos” que hayan acudido a la Diada no representan a la mayor parte de la población de Cataluña y porque, finalmente, si la amenaza de la  consulta se hace realidad la pregunta, tal y como plantea Artur Mas, tendrá como objetivo la proclamación del “derecho a decidir” pero no la independencia en sí, aunque nadie pueda ocultar el planteamiento plebiscitario de la misma. Y estoy seguro de que Arturo Mas respiraría si el gobierno de Mariano Rajoy adopta una posición contundente contra la posible consulta e impide que se ponga en marcha. No vamos a estar en los próximos meses ante el punto sin retorno, simplemente porque el secesionismo burgués de Convergencia y el taimado independentismo de tertulias de café de lujo de Unió está perdiendo el apoyo de importantes sectores económicos pesados catalanes y de los grupos de inversión. Sectores que a la inversa de lo que acontecía en el siglo XIX ven en el nacionalismo no una protección sino un obstáculo cada vez mayor para sus intereses.

Ahora bien, estamos ante una coyuntura político-económica que puede variar en una o dos décadas, evolucionando en un sentido o en otro, por lo que el gobierno y los dos grandes partidos PP-PSOE deberían, ahora que estamos a tiempo, variar su posición con respecto a los nacionalismos para, en vez de acercarse ideológicamente a ellos, con la vana pretensión de hacerse simpáticos a sus votantes, en vez de plantear una nueva redistribución de competencias o abrir vías para conceder formas de concierto económico, impulsar la idea de España implementando vías para rehacer el sentimiento de cohesión, integración y solidaridad nacional. Mucho me temo que esta vía para la restauración nacional no está ni en la agenda del PSOE ni en la del Partido Popular.

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Todos, de un modo u otro, están interesados en dar un giro copernicano al denominado Estado de las Autonomías. Cuando se materializó, previamente por cierto a la Constitución de 1978, gracias al consenso fundamentado en el acuerdo entre el centro derecha y el socialismo, la idea de un modelo autonómico -prefederal o parafederal- con competencias iguales para todos, que diluyera mediante la descentralización político-administrativa el relativamente poco importante impulso secesionista, se entendió que se había conseguido la gran solución.

Hoy ese Estado de las Autonomías no sólo está muerto, aunque se reconozca con la boca pequeña y se prefiera dejar al muerto pudrirse al aire sin enterrarlo, sino que tanto desde las filas nacionalistas como desde las socialistas o las populares se busca la salida temporal, producto de un nuevo consenso, hacia un modelo asimétrico que dé mayor techo competencial, político, económico y administrativo a Cataluña, el País Vasco y ya puestos Galicia.

En cierto modo, la incapacidad del gobierno por embridar el déficit generado por las autonomías, con la rebeldía manifiesta de las propias gobernadas por los populares, está sentando las bases de esa salida a la situación que se está planteando. El primer paso ha sido autorizar un “déficit a la carta” que convierte en papel mojado la Ley de Estabilidad Presupuestaria. Cierto es que el gobierno ha aprovechado el rio revuelto para salvar a sus propias incumplidoras comunidades (las desastrosas gestiones de Valencia y Murcia). Con ello el gobierno ha buscado ayudarse a sí mismo y contentar a Mas.

Desde hace tiempo sostengo que la reivindicación de Mas tiene como objetivo no la independencia inmediata sino tras avanzar dos pasos retroceder uno: conseguir más competencias y un concierto económico. Ello establecería un hecho diferencial con las demás Comunidades. Algo que por cierto no disgustaría ni al PSOE ni al PSC ni al propio Partido Popular en Cataluña. La decisión del gobierno de ampliar hasta el 1.58% la capacidad del déficit para el próximo año para Cataluña ha sido interpretada por Mas como un punto de partida. Como es natural, en ese pulso, el órdago del presidente catalán consiste en conseguir más -el euro es el euro- y ello pasa por amenazar con no cumplir a través del bloqueo parlamentario de nuevos recortes y recurrir a prorrogar los actuales Presupuestos para no llevar a puerto lo dispuesto por el gobierno. ¿Cabe mayor muestra de soberanía?

Conviene no obviar que Mas sabe que juega con cartas marcadas y que nada mejor de cara a septiembre, a una Diada que por fuerza tiene que ser más multitudinaria que la anterior, que exaltar el victimismo y la persecución por parte del gobierno central. Esas son sus armas para forzar que se reconozca a Cataluña un techo de déficit del 2%. Mientras que Alicia Sánchez Camacho ofrece ya un 1.7% en la negociación; porque en el fondo vivimos en el chalaneo de los mercaderes. Lo que Mas estaría dispuesto a aceptar si ello supusiera abrir la negociación sobre la vía de financiación propia para Cataluña.

Así pues, además del problema nacionalista, del chantaje permanente de Mas, de los intereses de cada uno de los grandes partidos por encontrar una salida al problema catalán, que es ya un problema interno para el PSOE pero que también está larvándose en el PP, nos encontramos ante la inviabilidad económica cada vez más evidente del Estado de las Autonomías. Mientras el FMI recomienda bajar salarios, mientras se difunde la idea de la devaluación interna, lo que sigue sin dar resultados es el recorte en el déficit. Seguimos igual. Salvo nuevos y drásticos recortes finalizaremos el año con más de un punto de diferencia entre lo previsto y lo real. Eso si las CCAA no siguen pervirtiendo las cuentas.

Y ante la debilidad del Estado, Mas seguirá jugando a lo de siempre: “barra libre” que pagan todos los españoles. Porque de lo que estoy seguro es que al final el gobierno optará por pagar para que la amenaza de secesión vía referéndum quede aplazada otra legislatura.

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