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Andábamos mirando a la Luna -eran los tiempos del Apolo XI- cuando Francisco Franco anunció que designaba al futuro Juan Carlos I como su sucesor a título de rey, concluyendo así el proceso, único en la Europa de después de las guerras mundiales, de restauración de la monarquía en un país desarrollado.

Ahora no estamos mirando a la Luna pero, entre dimisiones y miedos tan inenarrables como histéricos por un tío con coleta, bien pudiera trazarse un cierto paralelismo. Cierto es que entonces los españoles veían crecer, año tras año, un salario medio que ahora, por vez primera desde 1964, desciende y que el entonces Príncipe se ganó el apoyo de una mayoría de los españoles de su generación, mientras que hoy los españoles de la generación de Felipe y, sobre todo, los de las generaciones posteriores miran a la institución como una antigualla irracional, cara e inservible.

Hoy el anuncio de la abdicación nos ha pilaldo a todos con el paso cambiado. Después de tanta maniobra político-mediática, después de tanta presión desde los círculos de poder en favor de la abdicación, después de varios años de "operaciones príncipe", desde la impulsada por  el exdirector de El Mundo a la que por lo visto comenzó a diseñar la Zarzuela hace unos meses, sin una filtracion, nadie esperaba la noticia sin el previo calentamiento de la opinión pública.

Que conste, y así lo escribí hace tiempo, que creo que el relevo era necesario; que la monarquía, si aspira a perdurar en España, tiene que virtualizarse y demostrar su funcionalidad. El fin de la autocensura y el blindaje informativo que durante décadas mantuvo una imagen pública tan falsa como etérea de los habitantes de la Zarzuela, ya no existe. Alegaba entonces que para que la operación sucesoria tuviera éxito era preciso popularizar a la próxima pareja "reinante", someterla a un maratoniano recorrido por España, lograr que fueran los reyes de su generación. Si la Zarzuela estaba preparando la sucesión desde hace seis meses no me parece que hayan estado en esa línea. Por el contrario, en vez de ello hemos asistido, en los últimos meses, a ataques más o menos directos al matrimonio de Felipe y Letizia; con acusaciones -estimo que infundadas- de conspiraciones, cual si fuera digna émula de la Princesa de Éboli, de Letizia contra el rey.

Al futuro Felipe VI le toca lidiar con la herencia de la falta de popularidad -la pérdida de aprecio popular ha sido históricamente una de las causas de la caída de la monarquía en España- y la pervivencia de la monarquía depende más de la capacidad de atracción que se tenga sobre la opinión pública que de satisfacer los experimentos institucionales de la casta política para perdurar en el poder.

El rey pude haber decidido abdicar ahora, una vez pasadas las elecciones -debió ser la cláusula que le impusieron Rubalcaba y Rajoy- por diversas razones. Hipótesis existen varias: su estado real de salud, pese a su anuncio de que ha esperado a estar en buena forma; la situación de su hija Cristina, que podría acabar imputada, y lo que se derive del juicio por el caso Urdangarín que podrían dañar gravemente su imagen; la imposibilidad, dada la crisis económica, política e institucional -el rey ya sabe que también supone un desgaste para la corona tal y como sucedió en 1981- de revertir unas encuestas que, mes tras mes, marcan el distanciamiento de los españoels con la institución. En definitiva, los mismos argumentos que desde hace dos o tres años se hacían llegar a la Zarzuela o salían desde la Zarzuela.

Escuchando la letra, la música y el interlineado de las razones del rey encuentro, eso sí, motivos mucho más preocupantes; especialmente si tenemos en cuenta que las palabras del Jefe del Estado son visadas por el gobierno. Podría tratarse de una mera reiteración retórica: "el rey de la generación actual" que hará frente a los "retos del futuro" toma el relevo. Ahora bien, cuando se habla de reformas que implican o condicionan a la institución mucho me temo que se estén refiriendo al orden constitucional. Algo, por otra parte, lógico, porque no pocos estiman que el régimen del 78, el modelo autonómico y, por derivación, el juancarlismo, están escribiendo los últimos capítulos de su historia. Por ello, dado que el dupolio que nos gobierna, PP-PSOE, había sido puesto en antecedentes, tanto de la operación como de la decisión final, lo que en en estos momentos me preocupa es que esos cambios, ese hacer frente a los retos del futuro, pase por una reforma constitucional para que el PP y el PSOE nos lleven a un nuevo modelo de organización territorial de corte federal con "unidad" -por llamarla de algún modo- en la corona de Felipe IV, rey, al mismo tiempo, de un trocito llamado España y de los estados inventados.

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Las tribulaciones del rey

Publicado: 30/10/2012 14:08 por Francisco Torres en La Monarquía
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Cuando en los estertores del año 1980 se quebró la alianza política tácita existente entre el rey de España y Adolfo Suárez, que acabó distanciando humanamente a ambos personajes, no pocos comentaristas, en aquel momento o más tarde, estimaron que la razón de dicha ruptura residía en el daño que la falta de respuesta del gobierno ante la crisis política y económica estaba causando a la monarquía. Hasta tal punto era así que el desencanto y el pesimismo que se extendía entre gran parte de la población comprometía a la Jefatura del Estado al hacerla corresponsable de la situación.

Para nadie es un secreto que desde entonces, una vez superada, gracias a las consecuencias del intento de golpe de estado del 23 de Febrero de 1981, la crisis político-institucional provocada por el primer desboque del sistema autonómico, y cauterizado el desencanto merced al miedo al fantasma de la guerra civil, la Zarzuela cerró su vinculación con el centroderecha para establecer una nueva y beneficiosa entente con el socialismo que a la larga contribuyó a consolidar la Monarquía librándola de su pecado original: el haber sido la restauración monárquica obra personalísima de Francisco Franco. Nadie ignora la fluida relación que existió entre Felipe González y Juan Carlos de Borbón, que para muchos consolidó la continuidad de la institución, ni la distancia que existió entre José María Aznar y el Jefe del Estado.

La crisis interna que desde hace unos años, por razón de los líos familiares, sacude a la Casa Real española, aireada por la ruptura del pacto de silencio informativo que sobre las actividades privadas de la Familia Real o del Rey se mantuvo hasta la carta blanca propiciada por el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, ha hecho a Juan Carlos I esclavo de los gobiernos, perdiendo el distanciamiento político que había conseguido tras dar por concluido su papel como motor del cambio. Por ello, en la última década el rey se ha visto obligado a secundar de forma claramente partidista al gobierno en sus intervenciones públicas, pero tanto José Luis Rodríguez Zapatero como Mariano Rajoy no han movido un dedo para hacer frente a la mitificación del republicanismo que ha contribuido a rebajar los índices de popularidad y apoyo de la institución.

En Zarzuela se mira con harta preocupación lo que está sucediendo. El rey es consciente de que la popularidad de la monarquía y de él mismo está cayendo por los errores propios y las conductas poco edificantes, a lo que se suma la posibilidad, una y otra vez más preclara, de que el pasado, sumido hasta ahora en los márgenes del rumor y el bulo, aflore como un argumento para forzar una nueva “operación príncipe” que conduzca a la abdicación. Maniobra que adquirió una inusitada fuerza hace unos meses y que hoy, de momento, parece postergada debido a la evolución negativa de la situación política y económica española.

Teóricamente las funciones constitucionales del Jefe del Estado quedaron hace poco limitadas a las importantes labores de representación nacional, ya que el papel moderador es en la práctica irreal. Ahora bien, los silencios del rey y los discursos del rey, esclavos de las circunstancias, han colocado a la institución, en estos momentos de crisis política, económica y nacional, en los límites de la complicidad con el desastre. Aunque atado de pies y manos por el oprobio del caso Urdangarín pero también por sus propias andanzas, el rey se ha lanzado, junto con el heredero, a una campaña de virtualización de la corona que la aleje de la cada vez más extendida idea de que la casta política en general y el gobierno en particular es incapaz de encontrar soluciones a la crisis y que el rey no hace nada. Por ello el rey se ha convertido en un ministro plenipotenciario para la búsqueda de inversores mientras que la acción gubernativa se torna casi en inexistente en este campo.

En Zarzuela se teme que el pesimismo y el desencanto de finales de los setenta se reproduzcan, afectando también a la continuidad de la institución. El desencuentro, cada vez más evidente, entre el Jefe del Estado y el Presidente del Gobierno, entre Juan Carlos I y Mariano Rajoy, no ya sólo a cuenta de la incapacidad de éste último para hacer frente a la crisis económica sino también por la gravedad de lo que está aconteciendo en Cataluña, es un hecho. Desencuentro público, porque lo que sugiere alguno de los comentarios del rey es que en Zarzuela se critica al Presidente del Gobierno por su falta de decisión y por el hecho de que sean los ciudadanos de a pie los que están haciendo los grandes sacrificios. Es más, también el hasta ahora contenido heredero ha filtrado en sus últimas intervenciones algunas críticas indirectas a la gestión del gobierno en la crisis provocada por la aventura secesionista exhibida como amenaza por Arturo Mas y CiU.

En Zarzuela preocupa que la indignación de un nuevo impulso a un republicanismo que hasta hace poco, hasta los años de nefasta gestión de Rodríguez Zapatero, era más propio de añejos progres que de una masa social importante. Ahora, sin embargo, el republicanismo comienza a formar parte del discurso estético de la indignación. Y Juan Carlos I teme que el final de su reinado se vea empañado para la historia por el inicio del proceso que condujo a una definitiva caída de la monarquía, por un retroceso económico sin precedentes y por la posible desmembración de España, lo que hundiría el mito del “motor del cambio”.

 

 

Publicado en el Diario YA

 

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El que más y el que menos sospecha que el presunto sospechoso de varios delitos, casado con una infanta que “no sabía nada pues las cuentas las lleva mi marido”, que adquirió un casoplón en Barcelona con muchos ceros merced a unos ahorrillos y supongo que alguna ayudita real, Iñaki Urdangarín, no acabó su carrera profesional en Telefónica por su alto nivel de conocimientos en la materia. Y que Telefónica le fichó por ser quien es, estar casado con quien está casado y, abundando en los malos pensamientos, por alguna llamada a la alta cúpula de la multinacional.

Iñaki Urdangarín en virtud de su brillante currículo profesional acabó  haciéndose cargo de la Delegación de Telefónica en EEUU allá por el verano de 2009, aunque no sé si la telefonista le pasaría los mensajes a Iñaki o a S.A.R. que queda mucho mejor. Además, ya puestos, ¡qué más da! Aquí, los abundantes malpensados y envidiosos que pueblan nuestro país, entendieron que algo habría tenido que ver ser el marido de la Infanta Cristina con tan increíble y lustrosa representación obtenida por sorpresa tras un fichaje similar al de un jugador de campanillas. Algunos empezaron a comentar que, convenientemente, le habían quitado del panorama nacional, dado que su nombre empezaba a sonar vinculado a algunas de las tramas valencianas o mallorquinas, en las que ya se citaba a algún que otro primo.

Como el pobre hombre tenía que mantener a su numerosa prole y a una infanta de España, no le quedó más remedio que firmar un contrato más que sustancioso. Así, a cuenta de Telefónica, se estableció en Washington aunque también tenga oficina en Nueva York. No sabemos si, para ayudar, la real pareja recibe o no algún tipo de abastecimiento monetario de la Casa Real, es decir de los Presupuestos Generales del Estado. Una partida que, por cierto, no ha tocado Mariano. Si yo fuera un malpensando entendería que ello es debido a la militante sintonía que el Príncipe y el Rey muestran de forma continuada en sus intervenciones con las tesis del gobierno. Y si la Infanta sigue en activo o por el contrario se encuentra en excedencia en su trabajo, porque si reciben ayuda y la Infanta sigue cobrando su legítima perecpción de haberes sus ingresos deben resultar apabullantes para cualquier mileurista. Pero volvamos a un Urdangarín que poco antes de que empezara a destaparse el frasquito de las esencias de sus negocios asesores-económicos-informativos-paradeportivos nos ilustraba sobre lo dura que era la vida para sacar adelante a la familia mientras el Hola nos anestesiaba mostrándonos el "glamour" de la vida de media tarde en su casita de los EEUU.

Y en medio de la crisis, con la que está cayendo, con los precios de telefónica por donde van, con media España recortada, en un país donde los ricos que sepamos no lloran –Urdangarín forma parte de los ricos-, donde la Familia Real debiera dar ejemplo, donde los paganos –es decir aquellos que pagamos- se indignan cada vez que abren un periódico y se enteran de los negocietes del yerno del rey, de la defraudación y del dinero perdido, resulta que Telefónica, pese a la protesta de parte de sus Consejeros, renueva el millonario contrato de Iñaki Urdangarín. ¡Toma del frasco, que dirían por mi tierra!

¿Cuánto cobra este muchacho entrado en años? Pues pasmémonos: 1.2 millones de euros anuales (casi doscientos millones de las antiguas pesetas) como salario, 300.000 euros como bonus y otros 1.2 millones de Euros en retribuciones en especie. O sea que gracias a su brillante currículo (gestión de Noos por ejemplo) cobra al año 2.7 millones de Euros. Tendría gracia que la Casa Real continuara haciendo aportaciones para los gastos de la Infanta y demás.

Naturalmente a Carlos Alierta no le quedaba más remedio, porque todo hombre es inocente hasta que no se demuestre lo contrario y Urdangarín lo es, ¿o no? Pero lo mejor es que el yernísimo tiene, como todo buen gestor, una cláusula de indemnización si la compañía prescinde de él. Una cláusula modesta por valor de 4.5 millones de Euros (750 millones de pesetas para entendernos). Y lo que yo me pregunto: si Telefónica decide rescindirle el contrato si le sientan en el banquillo -recordemos que salvo pacto Urdangarín tiene todas las papeletas para sentarse en el banquillo- ¿le pagarán la indemnización? Si la respuesta es afirmativa se abre ante mí una nueva incógnita: ante lo evidente ¿le han renovado para encontrar una vía para que disponga de una modesta cantidad con la que instalarse con su señora y niños en París a todo lujo? Menos mal que como no es funcionario no le han quitado la paga de Navidad y sabe hacer la declaración de la renta.

 

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El que más y el que menos sospecha que el presunto sospechoso de varios delitos, casado con una infanta que “no sabía nada pues las cuentas las lleva mi marido”, que adquirió un casoplón en Barcelona con muchos ceros merced a unos ahorrillos y supongo que alguna ayudita real, Iñaki Urdangarín, no acabó su carrera profesional en Telefónica por su alto nivel de conocimientos en la materia. Y que Telefónica le fichó por ser quien es, estar casado con quien está casado y, abundando en los malos pensamientos, por alguna llamada a la alta cúpula de la multinacional.

Iñaki Urdangarín en virtud de su brillante currículo profesional acabó  haciéndose cargo de la Delegación de Telefónica en EEUU allá por el verano de 2009, aunque no sé si la telefonista le pasaría los mensajes a Iñaki o a S.A.R. que queda mucho mejor. Además, ya puestos, ¡qué más da! Aquí, los abundantes malpensados y envidiosos que pueblan nuestro país, entendieron que algo habría tenido que ver ser el marido de la Infanta Cristina con tan increíble y lustrosa representación obtenida por sorpresa tras un fichaje similar al de un jugador de campanillas. Algunos empezaron a comentar que, convenientemente, le habían quitado del panorama nacional, dado que su nombre empezaba a sonar vinculado a algunas de las tramas valencianas o mallorquinas, en las que ya se citaba a algún que otro primo.

Como el pobre hombre tenía que mantener a su numerosa prole y a una infanta de España, no le quedó más remedio que firmar un contrato más que sustancioso. Así, a cuenta de Telefónica, se estableció en Washington aunque también tenga oficina en Nueva York. No sabemos si, para ayudar, la real pareja recibe o no algún tipo de abastecimiento monetario de la Casa Real, es decir de los Presupuestos Generales del Estado. Una partida que, por cierto, no ha tocado Mariano. Si yo fuera un malpensando entendería que ello es debido a la militante sintonía que el Príncipe y el Rey muestran de forma continuada en sus intervenciones con las tesis del gobierno. Y si la Infanta sigue en activo o por el contrario se encuentra en excedencia en su trabajo, porque si reciben ayuda y la Infanta sigue cobrando su legítima perecpción de haberes sus ingresos deben resultar apabullantes para cualquier mileurista. Pero volvamos a un Urdangarín que poco antes de que empezara a destaparse el frasquito de las esencias de sus negocios asesores-económicos-informativos-paradeportivos nos ilustraba sobre lo dura que era la vida para sacar adelante a la familia mientras el Hola nos anestesiaba mostrándonos el "glamour" de la vida de media tarde en su casita de los EEUU.

Y en medio de la crisis, con la que está cayendo, con los precios de telefónica por donde van, con media España recortada, en un país donde los ricos que sepamos no lloran –Urdangarín forma parte de los ricos-, donde la Familia Real debiera dar ejemplo, donde los paganos –es decir aquellos que pagamos- se indignan cada vez que abren un periódico y se enteran de los negocietes del yerno del rey, de la defraudación y del dinero perdido, resulta que Telefónica, pese a la protesta de parte de sus Consejeros, renueva el millonario contrato de Iñaki Urdangarín. ¡Toma del frasco, que dirían por mi tierra!

¿Cuánto cobra este muchacho entrado en años? Pues pasmémonos: 1.2 millones de euros anuales (casi doscientos millones de las antiguas pesetas) como salario, 300.000 euros como bonus y otros 1.2 millones de Euros en retribuciones en especie. O sea que gracias a su brillante currículo (gestión de Noos por ejemplo) cobra al año 2.7 millones de Euros. Tendría gracia que la Casa Real continuara haciendo aportaciones para los gastos de la Infanta y demás.

Naturalmente a Carlos Alierta no le quedaba más remedio, porque todo hombre es inocente hasta que no se demuestre lo contrario y Urdangarín lo es, ¿o no? Pero lo mejor es que el yernísimo tiene, como todo buen gestor, una cláusula de indemnización si la compañía prescinde de él. Una cláusula modesta por valor de 4.5 millones de Euros (750 millones de pesetas para entendernos). Y lo que yo me pregunto: si Telefónica decide rescindirle el contrato si le sientan en el banquillo -recordemos que salvo pacto Urdangarín tiene todas las papeletas para sentarse en el banquillo- ¿le pagarán la indemnización? Si la respuesta es afirmativa se abre ante mí una nueva incógnita: ante lo evidente ¿le han renovado para encontrar una vía para que disponga de una modesta cantidad con la que instalarse con su señora y niños en París a todo lujo? Menos mal que como no es funcionario no le han quitado la paga de Navidad y sabe hacer la declaración de la renta.

 

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Resulta complejo saber hasta dónde llega la libertad de expresión cuando se enjuician las actividades del Rey y la Familia Real. Desde que algunos aprendimos a sumar dos y dos sin equivocarnos -antes naturalmente de los infaustos tiempos de la LOGSE socialista-, cuando por razón de edad hemos asistido a la evolución de la imagen externa de la Corona, desde los tiempos en los que el actual titular de la Jefatura del Estado, era Príncipe de España, equivalente al actual de Príncipe de Asturias, hasta los reportajes del “glamour” tan habituales en el papel couché, exaltados por las dos reinonas televisivas del corazón, muchos nos preguntamos, como en el viejo cuplé, “¿de dónde saca pa tanto como destaca?”.
 
Recordemos que lo que nos dice la historia es que cuando contrajeron matrimonio tanto Juan Carlos como Sofía estaban considerados como “dos pobretones” entre los miembros de la realeza europea. Hasta Franco dejó el testimonio de que aquel matrimonio era por amor porque no tenían dinero y el trono era sólo una posibilidad. Tampoco parece que la herencia real de Alfonso XIII diera para mucho, ya que don Juan recibía “ayudas” monárquicas para mantenerse en el exilio y, según parece, por vía interpuesta, Franco, al igual que sostenía a la reina Victoria Eugenia, hacía llegar fondos a Estoril. Por otro lado, a partir de determinado momento se formó un consorcio de hombres pudientes, del mundo financiero e industrial, que organizó una permanente “suscripción popular” para dotar de fondos a la monarquía, que no se sabe muy bien cuánto tiempo permaneció activo pero que dio a Juan Carlos independencia económica. Después muchas han sido las noticias sobre los negocios del rey a través de posibles testaferros o amigos.
 
Hoy, sin embargo, todo son sospechas sobre los dineros del rey. Las leyendas urbanas, algunas puestas en negro sobre blanco, han llegado a retratar insólitas imágenes de maletines depositados en palacio…. pero eso deben ser sólo habladurías antimonárquicas. Según la revista EuroBusiness la fortuna del rey se estimaba en 2007 en unos 1.790 millones de euros. Naturalmente la noticia molestó en La Zarzuela y el embajador de España hizo llegar una réplica que no desmentido poco convincente a la publicación. Aunque los datos de la revista son cuestionables, lo cierto es que desde antes el tema de la fortuna del rey era un “misterio” mucho menos misterioso en el extranjero que en España. Lo único justificado, además de los ahorros que pudieran derivarse de la asignación anual de los Presupuestos Generales del Estado, y que sin inversiones difícilmente podrían generar una fortuna, es que según se publicó Juan Carlos recibió de su abuelo una herencia valorada en 2007 en veinticinco millones de euros de un total de cien y algo más por la venta de las propiedades de su padre cuyo elemento más importante era un edificio situado en la Gran Vía de Madrid: pero queda mucho hasta los casi seiscientos millones que se le adjudican de fortuna directa.  Sea como fuere, lo cierto es que la falta de transparencia en todo lo relativo a las cuentas de la Corona no ha hecho más que alimentar la idea del enorme dispendio que supone la Familia Real y la presunta fortuna del rey. Lo que sí es cierto es que entre las imágenes del Hola de finales de los años sesenta y las imágenes actuales de la Familia Real media la distancia que existe entre un hogar de clase media, como lo era el interior de la Zarzuela y el modo de vestir de los entonces Príncipes, y el de quienes están acostumbrados al lujo, a las marcas y a la vida displicente de los viajes, las fiestas, los dispendios y los modelitos.

Hasta hace unos años la Corona era un tema tabú. Toda la Familia Real estaba blindada informativamente sin que nadie sea capaz de explicar a ciencia cierta por qué. Desde los escarceos amorosos del actual Príncipe de Asturias con aquella modelo del frío el blindaje, merced curiosamente a la crónica rosa, se ha ido diluyendo, aunque el glamour, por ejemplo, disfrazara todo lo referente a la colecta libre para el nuevo yate Fortuna. Hoy, el tema Urdangarin vuelve a poner en el tapete los dineros del rey y la influencia del rey. Un tema que está haciendo, por primera vez, descender la popularidad y la consideración de la institución entre los españoles. Y que la Zarzuela trata de compensar con fuegos de artificio tan tontos como “castigar” al flamante Duque de Palma con su exclusión de los actos oficiales por conducta “no ejemplar”. Compensada, eso sí, con el apoyo fotográfico dado por Su Majestad la Reina a toda portada en la revista Hola. ¿Galimatías o simple juego del poli bueno y el poli malo?
 
A nadie ha sorprendido el caso Urdangarin. Quienes bromeaban motejeando a Marichalar, el condenado al ostracismo ex marido de la infanta Elena, como “duque de lujo” por sus aficiones a la moda erraron el tiro, porque bien parece que tras su atuendo deportivo los reales “duques de lujo” habían fijado su residencia en Barcelona, centro de operaciones del gran negocio. El yerno favorito del rey era habitualmente presentado como un genial hombre de negocios que organizaba eventos para las administraciones públicas mediante una empresa pomposamente titulada Instituto Nóos. Los malpensados, entre los que se encontraba el firmante de este texto, sumaron dos y dos y naturalmente estimamos que los contratos llegaban más por el nombre que por la brillantez del empresario y que el lustre de contar con los duques, aunque fuera para hacerse la foto de rigor, abría numerosas puertas. Y los duques se compraron un chalecito de mil millones. Cuando el duque fue enviado a Washington también pensamos que algo olía a podrido y que resultaba conveniente alejarlo de España. Eso sí, a muchos nos gustaría saber qué méritos hicieron a este deportista de élite, jugador de Balonmano, y titular de una empresa que organizaba eventos, Delegado de Telefónica en Latinoamérica y EEUU y presidente de la Comisión de Asuntos Públicos de Telefónica Latinoamericana con un salario confesado de unos 600.000 Euros anuales más gastos (vivienda, colegios, seguridad…).
 
La investigación de la corrupción en Valencia y Baleares llevó al Instituto Nóos. Y, naturalmente, los imputados comenzaron a cantar; probablemente pensaran que la posible implicación de Urdangarin, pero también de la infanta Cristina, que figura en la sociedad, pudiera acabar con la investigación porque alguien estaría interesado en echar tierra sobre el asunto. El hecho es que día tras día el cerco en torno a Urdangarin se va cerrando y las acusaciones podrían ser muy graves: malversación de caudales públicos, fraude, falsedad documental, evasión de capitales y prevaricación. En Zarzuela se teme que el duque pudiera ser imputado y las consecuencias que ello pudiera tener para la imagen de la monarquía. No es lo mismo, se dicen en Zarzuela, a efectos de manipulación publicitaria, la sospecha que, pase lo que pase, siempre quedará, que la imputación con la foto del duque en el banquillo. Entonces, las preguntas que todos se harían serían: ¿Nadie se había dado cuenta de los negocios del duque? ¿Cómo nadie informó al rey de lo que estaba pasando? ¿Cómo el rey no se preocupó por los dineros del yerno favorito?

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