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¿UNIDOS? PERDEMOS

Publicado: 04/07/2016 22:44 por Francisco Torres en Elecciones
20160704224450-image.jpegUNA INTERPRETACIÒN DEL "FRACASO" DE PODEMOS

Es un chiste fácil el que se ha hecho, tras los resultados y para rechifla de sus adversarios, especialmente para todos aquellos que estaban en modo de pánico a las ocho y cuarto de la tarde del 26J, transformando el nombre de la coalición de Pablo Iglesias -subrayemos lo de Pablo Iglesias- en "Unidos Perdemos", aderezado con el título de gafe nacional para un cadáver político, que sobrevivirá como un zombi, apellidado Garzón.

No pocos analistas, incluso en las filas de la propia coalición, habían advertido que en política, donde quedan siempre que ello se produce un número importante de descontentos que si no llegan al odio eterno sí al odio inmediato, uno más uno no siempre suman dos. Algo que, aparentemente, se ha confirmado en estas elecciones. Sin embargo, no era eso lo que las encuestas indicaban, porque en números absolutos, en tanto porcentual, sí parecía que iba a permitir a Unidos Podemos superar en votos y en escaños al PSOE, pero no a alcanzar los más de seis millones de votos que hubieran sido el punto de partida de la suma. Lo que nadie preveía es que la coalición se dejara 1.2 millones de votos en las urnas, fuera seriamente castigada en las ciudades, no consiguiera movilizar a su potencial electorado. Las cifras más adversas, según algunos análisis de última hora, indicaban que se habían dejado en la no-campaña la mitad de esos votos.

Anotan los medios, los bien informados, los que parece que tuvieran conexión directa con los líderes -PODEMOS, debemos volver a decir PODEMOS-, los que se hacen eco de todos los chismes sin dirimir hasta qué punto son interesados (ya se revive el enfrentamiento Iglesias/Errejón en el que yo no creo), que el cuarteto Errejón-Monedero-Iglesias-Echenique -Garzón anda muy lejos de estas cosas- no son capaces de saber lo que ha pasado, que andan en acusaciones mutuas y confidencias similares: es el fracaso de los politólogos. Tienen razón, a diferencia de otros partidos que han vivido experiencias similares, con o sin representación parlamentaria, en una cosa: que lo que han vertido en la reunión de su cúpula -ignoro si tienen realmente una ejecutiva- son solo opiniones, que no tienen elementos de juicio suficientes para explicar algo con lo que no contaban, que se dejaron llevar o fueron engañados por las encuestas, que también ellos fueran víctimas de la desasfección, del desencanto de quienes habían visto en ellos el caballo blanco y a Pablo Iglesias en el papel de Gandalf. Quizás el problema, como ahora trataremos de explicar, haya sido exactamente ese, que en PODEMOS han preferido Juego de Tronos al Señor de los Anillos.

Vaya por delante que, pese a los comentarios de los que en la noche electoral respiraban aliviados, PODEMOS no está muerto ni ha entrado en caída libre, es una realidad política que ha venido para quedarse, aunque siga siendo un partido sin estructurar con un riesgo de implosión más que evidente, especialmente ahora que el resultado no ha sido los suficientemente definitorio como para transformar al líder o líderes en el gran conductor/conductores para los votantes de cada uno de los cuatro núcleos que conforman PODEMOS (PODEMOS, En Común, Compromis y Mareas). Ahora bien, como anotaba Pablo Iglesias, tras reconocer la derrota, en dos años han creado de la nada un partido con cinco millones de votos, un cierto poder territorial a nivel municipal y autonómico que parte con buenas previsiones de cara a las próximas autonómicas de Galicia, País Vasco y Cataluña. Ahora les queda hacer partido y configurarse como la oposición real frente al jefe de la oposición nominal que será, mientras dure, Pedro Sánchez. Que nadie ignore antes de vender la piel del oso que Iglesias y Errejón pueden ser letales jugando a la contra en el día a día parlamentario.

¿Por qué han perdido votos? ¿Cómo explicar que el autosorpasso? Eso es lo que casi todo el mundo se pregunta. Lo fácil, desde la orilla contraria, es responsabilizar de ello a su radicalizándose, a ser los representantes del caduco comunista y heraldos de la ruina venezolana. Dejemos a un lado esto e intentemos entrar en los parámetros con los que calibran las cosas los podemitas, porque ya tenemos populares, naranjitos, socialistas, nacionalistas y podemitas.

Naturalmente no hay una sola causa a la hora de explicar cualquier realidad. Lo habitual es que los partidos acaben echando las culpas a los agentes externos y nunca sean capaces de asumir, públicamente y a veces también internamente, los agentes internos (mucho más importantes porque son sobre los que pueden actuar). Olvidan en demasía que el adversario también juega el partido. El lector conoce de sobra todas las argumentaciones sobre el voto del miedo, los medios, etc. Responsabilizar al tiempo es solo el recurso a la táctica del avestruz.

La primera interpretación cuando fracasa una coalición es pensar que el motivo es la coalición en sí misma. Obvian habitualmente que el problema real es el sentido de la coalición. El problema es que Unidos Podemos se ha visto como lo que era, un mercadeo, un juego de tronos. Iglesias pretendía fagocitar a Izquierda Unida -posiblemente lo haya hecho porque los excomunistas también andan en estado de shock, aunque al final tengan cuatro escaños-, acabar con un rival en la izquierda. Lo que no fueron capaces de hacer era asentar las bases de un proyecto político que parte de grupos distintos para alumbrar algo nuevo, algo que el elector podía percibir como positivo e incluso convencer a la legión de damnificados y lo han acabado pagando -una lección a tener en cuenta-. Si a ello se suma el error táctico de las campañas y propaganda diferenciada, que subrayaban ese juego de tronos donde cada uno representaba opciones distintas y no la expresión de una suma, todo queda dicho.

La segunda lectura, que difícilmente harán en público, es reconocer que en la desafección ha tenido un peso importante, sin duda, ahí están los datos, el comportamiento de la clase política podemita en el poder o en la oposición. Hasta diciembre eran casi una incógnita, pese a que apuntaban maneras tras las municipales. Los políticos de PODEMOS han conseguido cosechar, por término general, unos índices de rechazo, todavía bajos pero en crecimiento constante, que han roto su pretendida transversalidad con un alineamiento muy claro en la izquierda radical, lo que conduce a directamente con la ruptura del monopolio de la indignación que gestionaban a través de su discurso populista. ¿Cómo se van a presentar como transversales sectarias tan claras como Carmena o, sobre todo, Mónica Oltra?

El tercer factor es la diversidad y variabilidad en el discurso que además es contradicho de forma constante por la acción política diaria. No se puede ser de izquierda radical un día, neocomunista otro y populista los más de los días; lucir la enseña nacional los días de mitin y la republicana en cuanto dan cuartelillo al personal; abominar de las políticas socialistas y presentarse como socialdemócratas; ser patriótico en Sevilla y proconsulta en Barcelona; justificar a los asalta capillas y en plan simpático confesar que pone el Belén; defender la libertad y afirmar que se pondrá fin a los conciertos educativos; jugar a ser de izquierdas estilo Allende sin darse cuenta -sí se daban cuenta, pero creían que con el cuento y el marketing conformarían al más pintado- de que una parte significativa de los indignados, de los de abajo, no son de izquierdas -el problema es que esto es incapaz de asumirlo un marxista de libro-..., y así hasta el infinito. Ellos mismos percibieron que se estaban equivocando y trataron de rectificar en el mensaje de campaña, pero...

El cuarto elemento. Han caído en el mismo error que Ciudadanos, pensar que ya estaba todo hecho. La campaña de Unidos Podemos ha sido un ejemplo de cómo no se debe actuar cuando se es una fuerza no sistémica y con estructura insuficiente. No midieron, son de los que creen que todo es televisión e internet, que estaban tocando techo en sus posibilidades de difusión a través de esos medios en los que se mueven con soltura. He sostenido y lo mantengo que hicieron la mejor campaña en televisión y en la red, pero fueron incapaces de valorar cuál era el grado real de penetración de esos medios más allá de los habituales. Unidos Podemos tenía que ganar el voto en la calle y no lo ha hecho. Como todos los partidos, sin excepción, territorialmente los dirigentes locales de Unidos Podemos viven del líder y de la marca, lo que se llama la búsqueda del "efecto faraón". Pese a que Unidos Podemos contaba a priori con varias cabezas con tirón mediático, capaces de desarrollar una campaña de calle, no han sido capaces de patear España para movilizar a los indecisos y mantener la tensión. Por ello el PSOE ha resistido, por ello no han convencido a los votantes de IU y por ello el PP, que si ha hecho campaña de calle, de día a día, de boca a boca, ha movilizado y ganado votantes.

Con cinco millones de votos y 71 diputados es difícil sostener que PODEMOS haya entrado en crisis, pero sí que está ante una encrucijada. Lo anotó Errejón en la noche electoral, su mejor opción es quedarse en la oposición para construir partido. Recuperar la idea de transversalidad me parece harto imposible, lo que incrementará la desafección, cuando ya han dejado claro que ellos son una fuerza de izquierda cuyo objetivo es ser la fuerza hegemónica de la izquierda, pero para ello necesitan una unificación real.

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20160630205249-image.jpegConfieso que, en estas elecciones, me he dejado en parte llevar por el rosario de expertos, sociólogos, analistas políticos, politólogos y demás supuestos expertos que forman parte de la campaña electoral e influyen en ella. Mantuve desde el principio que nos movíamos en el marco de la volatilidad y la desafección, aunque sin prever que la última fuera a hacer mella de tal modo en las previsiones sobre los resultados de PODEMOS, aunque se produjera el abandono de una parte de los votantes de IU cifrado inicialmente en un 50%. El 50% con el que Pedro Sánchez, el hombre del ego descomunal, soñaba para sobrevivir. Eso sí, anotaba cuál era la razón de la estrategia electoral del PP y su táctica dirigida a movilizar su electorado: la polarización, el voto útil y especialmente el voto del miedo.

Cuando en alguna ocasión me han preguntado por mi valoración sobre las encuestas he dejado constancia de una realidad que los lectores y hacedores interesados obviaban: con unas encuestas con menos de cinco puntos de diferencia en los resultados porcentuales de los tres primeros partidos, con entre 2 y 3 puntos de posible variación, hechas sobre muestras para mí insuficientes dado lo ajustado de la distribución, resultaba muy difícil hacer predicciones y, en gran parte, todo dependería de quién quedaba segundo en cada circunscripción y era beneficiario de nuestro sistema de reparto que ya no sería monopolizado por el PP y el PSOE.

A diferencia de lo que afirmaban los analistas, antes y después de las elecciones, atendiendo a lo ocurrido en Diciembre y en las anteriores europeas, he señalado que, debido al alto número de indecisos, sobre el 30% del electorado, la campaña iba a ser trascendente, pues esta, como en otros países, había recuperado un protagonismo perdido. Y, aunque los analistas siguen sin querer asumirlo -ellos sabrán por qué-, la importancia de la campaña es una realidad difícilmente prescindible y mucho más trascendente que la influencia del Brexit, utilizada como argumento para crear una verdad/explicación distorsionada pero que viene de perlas al discurso conveniente. Otra cosa es que, incomprensiblemente, algunos partidos, fundamentalmente Ciudadanos, no perciban esta realidad. Ya vaticinaba que a Ciudadanos le iba a pasar algo similar a lo ocurrido en Diciembre, que su mala campaña iría en detrimento de sus expectativas.

La gran sorpresa ha sido, sin duda, no el triunfo, que todo el mundo daba por descontado, del Partido Popular sino el triunfo personal de Mariano Rajoy. Nadie, ni el PP, ni Mariano Rajoy esperaban esos 137 escaños. El máximo previsible era 130, suficiente para sumar con los 30/40 de Ciudadanos. Las encuestas lo dejaban en unos 125 con un 29/30% de voto con menos participación electoral que el 20D. Digo que nadie lo esperaba, ni el PP ni Rajoy, porque los discursos de la noche electoral no se improvisan y todos pudimos escuchar al presidente haciendo variaciones inconexas sobre un "hemos ganado" equivalente a un "vamos a gobernar", pues con los datos en la mano y la lógica política, con el trasvase de la duda al adversario, poca dudas caben sobre ello, salvo que el PSOE, Ciudadanos e incluso PODEMOS, estén dispuestos a suicidarse, aunque con Pedro Sánchez nunca se puede estar seguro.

El triunfo de Mariano Rajoy se cimienta en la confianza de una estrategia diseñada por su equipo demoscópico, el mismo que ha sido criticado hasta la saciedad por un sector del PP con el diario La Razón como punta de lanza y 13TV o la ya poco influyente Intereconomía como secundarios. Un equipo que conoce muy bien el comportamiento y los impulsos del Jano bifronte que es el electorado fiel del PP que se sitúa entre los 7 y los 8 millones de votantes estables. Esa es la estrategia que, ante la nueva realidad electoral que estaba emergiendo, impulsó la división del voto de la izquierda en tres fuerzas, aunque la resultante prevista no fuera la aparición de un partido de 5/6 millones de votos como PODEMOS, ni la creación de una coalición difícil entre este e IU. La estrategia que provocaría el hundimiento electoral del PSOE, lo que merced a la ley electoral beneficiaría al PP, partido que se convertiría definitivamente en hegemónico en la política española recuperando el diseño inicial planteado en 1977/1978, hundido por el desastre político que fue en la gestión, aunque ahora se pinte de otro color, Adolfo Suárez.

El crecimiento imprevisto de la coalición de Pablo Iglesias unido a lo que ha sido la práctica diaria de sus representantes, que han acabado mostrándoles como lo que son, un lobo con piel de cordero -el cierre de la noche electoral puño en alto y cantando putrefactas canciones del rojerío progre setentero lo dice todo ahorrando explicaciones-, permitió al PP polarizar la campaña, con lo que a la vez consiguió movilizar a su electorado más reticente invocando sin disimulo el voto del miedo. Esa movilización es la responsable del éxito, con un mensaje hacia su derecha y su izquierda similar: "¡qué vienen los rojos¡". Daba cierta sonrojo leer a algunos destacados y destacadas, entre comillas por supuesto dada la importancia real de estas personas, llenar líneas manteniendo sus críticas a Mariano y al PP socialdemócrata para acabar llamando a liberales y derechistas, a los orgullosos de ser de derechas, a parar a los rojos, por ideología o por bolsillo, dejando atrás la tentación de quedarse en casa o de, como recordaban, "tirar el voto". Ya en el supremo argumento daba cierta vergüenza intelectual ver, desde Rajoy al último de sus diputados, en el otro lado, argumentar que dar el voto a Ciudadanos era darlo al comunismo o permitir el triunfo del extremismo. Casi la misma vergüenza intelectual que da leer ahora que se ha impuesto el voto moderado, cuando los teóricos extremistas tienen más de 5 millones de votos y el PP ha movilizado a su particular "macizo de la raza" para que le diera la victoria, aprovechando las ganas de marcha que el grupo de Iglesias les provoca y en el que las que las críticas al PP y a Mariano se disuelven como un azucarillo. Aunque este recurso no sea nuevo, ya fue explotado hasta la saciedad por Manuel Fraga y el propio Adolfo Suárez.

Ahora bien, el triunfo de Mariano Rajoy, que ahoga cualquier crítica, que refuerza su liderazgo entre los suyos -¡cuántos hubieran estado dispuestos a sustituirle si solo hubiera obtenido 115/120 escaños y el pacto con Rivera hubiera dependido de que el líder no fuera el futuro presidente del gobierno!-, también ha sido posible por los errores y deficiencias del adversario.

A fecha de hoy ni PODEMOS ni Ciudadanos pueden competir en una campaña con el PP o el PSOE, porque estos partidos cuentan con una estructura territorial que llega a casi todos los pueblos de España, y esos militantes y simpatizantes son capaces de hacer una impagable e infravalorara campaña boca a boca con la que PODEMOS y especialmente Ciudadanos no pueden contar. Unos han acudido a salvar al PSOE, porque se consideran socialistas; otros, a derrotar a PODEMOS al considerar que el PP era la salvaguarda de sus ideas (ahí queda el llamamiento, por ejemplo, a defender la religión). Ciudadanos y PODEMOS tienen su principal canal de difusión en los medios y en el marketing, mucho más efectivo que los del PP o el PSOE entre los menores de 40 años. Pero son teledependientes. Han olvidado que no todos los españoles ven la televisión, ni se tragan las tertulias nocturnas de 13TV, la Cuatro o la Sexta, ni siguen los editoriales de la prensa. Mariano Rajoy, que no el PP, ha ganado los debates por incomparecencia y porque ha dado mejor, para los espectadores que los han seguido, en esos insufribles programas publicitarios que ha sido los especiales, con niños o sin niños, con los cuatro candidatos. Los debates podían haber sido decisivos, era lo que necesitaba Pablo Iglesias y también Pedro Sánchez, pero Génova se cerró en banda -Mariano esquivó la trampa de la Sexta- y en medio de un mundial de fútbol nadie los echó de menos.
El PP, directa o indirectamente, consiguió en la campaña algo muy difícil, minar a PODEMOS a la vez que desgastar al PSOE, lo que ocurre es que nadie esperaba que Unidos Podemos -hoy Unidos Perdemos- se dejara más de un millón de votos sobre el total posible (haciendo real la máxima de que en política 1+1 no siempre dan dos). Cierto es que para ello contó con el apoyo inestimable de algunas tertulias y medios. PODEMOS, por su parte, cayó víctima de sus propias contradicciones, que son las que le han ocasionado la primera desafección importante entre sus electores, algo que he comentado en alguna ocasión anunciando que se produciría entre los votantes a PODEMOS que no se corresponden ideológicamente con la izquierda que realmente representa. El difícil equilibrio entre la aparente transversalidad y el neocomunismo -más bien neorojismo-, subyacente en la explotación de la indignación, que le catapultó en diciembre ha hecho aguas. La acción de gobierno de sus representantes, el sectarismo, la incapacidad, el paranacionalismo, sus amistades con Venzuela o Irán, su irritante posición en el tema del terrorismo y los presos, la animadversión creciente que despiertan, los ataques a la religión, a la libertad de educación o de expresión han ido erosionando la credibilidad del discurso de Pablo Iglesias, con la carcajada final ante su presentación como socialdemócrata unida a la guinda de sumar a sus huestes a Izquierda Unida, con el consiguiente cabreo de la mitad de los votantes de IU que odian a Iglesias tanto como a Sánchez. Algo que ha estallado en ese momento que los sociólogos denominan como el vértigo electoral, que se produce en las últimas horas antes de ir a las urnas, algo que habían detectado algunos estudios aunque, a mi juicio, se equivoquen cuando lo achacan a la influencia del Brexit y no a las contradicciones entre la imagen, el discurso y la realidad de PODEMOS. El intento del equipo de Iglesias de presentar una posición moderada de izquierda chocó con el peso tanto de comportarse como los "rojos" como de los meses de artículos y tertulias que, en definitiva, les presentaban como populistas, radicales o comunistas, un peligro para unos 12/15 millones de electores. No valorar ese factor fue lo que llevó a las encuestas a equivocarse al adjudicar muchos de los escaños de los restos a Unidos Podemos.

No olvidemos que un 30% de españoles no han votado, que un millón de los votantes de diciembre se quedaron en casa y que la abstención es una opción con un respaldo similar al obtenido por el PP y más que el obtenido por el PSOE o Unidos Podemos. Solo el PP ha conseguido más sufragios que en diciembre, rescatando voto o movilizando a abstencionistas. No ha cambiado pues ni la volatilidad ni la desafección. Sigue existiendo un sector de españoles que no se reconoce en ninguna de las opciones que se han presentado; un sector que se podría cifrar en torno al 10% del electorado y que pese a lo trascendente de estos comicios, tal y como repitió la propaganda, decidió quedarse en su casa, son los indignados sin alternativa electoral. Ahora bien, para los partidos la abstención no cuenta, son votos que dan por amortizados.

¿Y el futuro? La lógica y la realidad, las declaraciones públicas y los deseos, continúan chocando pese a los resultados. La lógica indica que Mariano Rajoy debiera gobernar en minoría y que para los demás sería lo más ventajoso ejercer la oposición, especialmente cuando el PP cuenta con la mayoría absoluta en el Senado. Entre líneas Errejón suscribió esa idea que también apoyan algunos dirigentes socialistas. El problema es que, a día de hoy, Pedro Sánchez sigue sin darse por muerto, y en la pugna por la hegemonía en la izquierda necesita que Pablo Iglesias le niegue el apoyo para gobernar, repitiendo el juego que nos llevó a unas nuevas elecciones, antes de dejar vía libre a un gobierno del PP. ¿Podríamos enfrentarnos a unas nuevas elecciones? La lógica dice que no, que habrá gobierno en minoría, pero la ilógica de Pedro Sánchez nunca se sabe hasta dónde podría conducirnos.

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20160615144343-image.jpegNo es una novedad apuntar que lo que usualmente se denomina extrema derecha sociológica está en y/o vota al PP, y se siente extremadamente cómoda ahí. De vez en cuando, eso sí, se despierta enfadada y da un respingo que dura dos o tres elecciones: así sucedió con el PADE (10.000 votos en su mejor resultado), la Agrupación Ruíz Mateos (219.000 votos en 1989) o más recientemente VOX (244.929 votos en las últimas europeas que se quedaron en 53.000 poco después). Una vez que a este electorado se le pasa el sarampión los votos vuelven casi aritméticamente al PP, mientras que esos partidos desaparecen o se consumen lentamente.

Existe una "extrema derecha militante", que naturalmente no se considera como tal, aunque en ese espacio la sitúen los medios y la mayoría de los españoles. Empleemos y aceptemos tal calificación solo a efectos descriptivos, porque la mayoría de los partidos de ese espectro ni se reconocen bajo tal calificativo, ni incluso estiman que estén a la derecha del PP; es más, en algunos casos se sitúan en las antípodas de los demás.

Desde el punto de vista sociológico se afirma que entre 500.000 y un millón de votantes podrían apoyar una opción similar a las que con diversa denominación, desde el Frente Nacional francés hasta el FPO pasando por Alternativa por Alemania, están polarizando el cambio electoral en muchos países de Europa (otros se miran en modelos como Amanecer Dorado)... No pocos creen que con copiar el nombre y los gestos se producirá en España una irrupción similar e incluso algunos se plantean el retorno al modelo de los años de la Transición, cuando más pujante fue esta opción en España. La realidad es que esa "extrema derecha militante" se mueve, desde el año 2004, entre los 50.000 y los 78.000 votos, a repartir según las elecciones -dejamos a un lado los resultados en municipales y autonómicas- entre cuatro o seis formaciones (no incluimos PxC porque tras una aparente eclosión quedó prácticamente reducida a la nada).

Ahora bien, no es menos cierto que, tanto por razones internas como externa o de propio posicionamiento político probablemente, otros 50.000 votos se queden en la abstención. Cifras pequeñas pero que en unas elecciones como las del 26-J pudieran valer algunos escaños.

En 1979 la "extrema derecha militante" obtuvo su más alto número de votos, 413.000. Anotemos que de haber concurrido unida esta opción hubiera obtenido hasta tres escaños, en vez del único que consiguió Blas Piñar, fueron sus años de mayor extensión y penetración social, pero sin conseguir desgajar a la extremaderecha sociológica del voto a la entonces Alianza Popular, el antecedente del PP. La división, la fragmentación y el cainismo condujeron a que en 1982 se perdieran 265.000 votos que fueron absorbidos por AP(PP). La caída constante en el número de votos se mantuvo hasta el año 2004, cuando se obtuvieron en total unos 65.000 votos. Síntoma claro de la existencia de una potencialidad y de una renovación. Constituye desde entonces este potencial electorado un nicho emergente de difícil proyección.

Cierto es que no se trata de un voto consolidado, que además se enfrenta: primero, a la ausencia de candidaturas en muchas circunscripciones debido a la Ley Electoral; segundo, al "miedo a la izquierda" que sigue teniendo hoy un peso específico en este electorado (miedo en el sentido de aceptar cualquier sacrificio -votar al PP- antes que gane la izquierda). En 2015, aunque irrelevante dado el número de provincias con candidatura presentada, se obtenían unos 9.000 votos tras los 78.000 de las elecciones europeas de 2014, siendo la opción más habitual en este sector la abstención o el voto nulo sin que se produzca un gran trasvase que favorezca a la papeleta del partido que haya concurrido (algo entendible porque, en parte, aquellos que están vinculados a una opción contemplan a las demás como meros competidores). A pesar de todo, algunos analistas estiman que esta opción política/electoral está creciendo entre sectores de menos de 25 años, que, por otra parte, son poco receptivos ante la petición de voto de partidos tradicionales como el PP.

En estas elecciones, las del 26J, solo en 16 provincias habrá candidaturas objetivas para esos electores, las de los falangistas; en el resto, aunque algunos puedan votar al PP o a VOX, la inmensa mayoría se abstendrá o hará voto nulo. Naturalmente el PP o VOX piensan en este mercado. El PP, porque sabe que un puñado de votos pueden darle algún escaño y cuenta con el efecto anti-Podemos para sacarlos de la abstención; VOX por pura necesidad de frenar su proceso de destrucción tras perder 191.000 votos en pocos meses, ya que ve en esos votos su tabla de salvación para continuar (aunque gran parte de ese sector considera a VOX un grupo de derechona pijo). Pero que la "extrema derecha militante" -la vieja, pero también la nueva que está comenzando a aflorar en sectores juveniles- en gran medida no irá a votar es también una realidad fácilmente perceptible, especialmente entre aquellos que más desligados están del duopolio PP/PSOE y que ya no consideran asumibles las tesis del "voto útil" y no tienen otra opción en su colegio electoral.

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¿Qué puede pasar el 26-J?

Publicado: 13/06/2016 00:06 por Francisco Torres en Elecciones
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Anoche se iniciaba la campaña electoral que llevará a los españoles a las urnas el 26 de junio; cita electoral que probablemente sea la de mayor incertidumbre de los últimos cuarenta años. Confirmarán, sin duda, lo que ya es una evidencia: que el modelo bipartidista diseñado en 1978, para el que se creó una Ley Electoral que lo permitiera e impulsara (ya se sabe que en realidad no todos los votos valen igual), ha saltado por los aires.

La clase política, los medios de comunicación, los politólogos y no pocos sociólogos se han pasado la vida retratando una sociedad plural que, elección tras elección, dejaba de serlo cuando se conocían los resultados de cada comicio. Existía un consenso para alabar ese bipartidismo -hoy, rendidos a la evidencia, ya no son capaces de sostenerlo- que también ha saltado por los aires. Aún andan, eso sí, los dos grandes partidos -cada vez menos grandes-, especialmente el Partido Popular, enfrascados en buscar cómo imponer el “amaño” a través de la Ley. Lo hace propagando la idea de pequeñas circunscripciones a dos vueltas para que sólo alcance representación el que obtenga la mayoría -algún incauto, por no decir otra cosa, preso del miedo a la izquierda, creyendo que siempre ganará el PP, lo apoya desde posiciones teóricas a la “derecha” del PP-. Democrático modelo que negaría la representación a millones de españoles.

La realidad hoy es bien distinta a la de hace diez años, por no irnos muy lejos. Ya no tenemos dos partidos con posibilidades reales de gobierno sino cuatro. Por más que el Partido Popular y sus teóricos/voceros se empeñen, aunque ganen las elecciones, la representación del que más votos obtenga, si se confirman los sondeos será el PP, distará mucho de ser la traslación de la mayoría de los españoles. Pocas veces se suele indicar -rompería los discursos interpretativos- que la representación real es la resultante del porcentaje obtenido sobre el total del censo y no sobre el total de los que han votado. Ello quiere decir que un partido que obtenga entre un 28% y un 30%, dependiendo de la abstención, tendrá una representación real situada en torno al 20%. Es decir que el partido que más votos obtenga sólo tiene esa representación. De un modo u otro tanto el PP como el PSOE, pasando por PODEMOS o incluso -aunque es menos probable- Ciudadanos, podrían acabar gobernando con un acuerdo o en coalición. Las mayorías absolutas están finiquitadas y a ello debemos acostumbrarnos los españoles. Y una vez que el gobierno sea reo de esos acuerdos para gobernar todo lo que se diga en esta campaña es tan volátil como perfectamente olvidable.

Elecciones de incierto resultado, porque las variables a contemplar son muchas, porque sociológicamente el cuerpo electoral está variando de forma acelerada. Los votos tradicionales, los que votaban de forma sitémica al PSOE o al PP, se van reduciendo. Se trata de electores mayores de 50 años. Los votos libres, no condicionados por los miedos, la historia o la ideología bidireccional derecha/izquierda, van creciendo de forma constante y son los que deciden, porque el bloque anterior está tasado porcentualmente. Son ellos los que deciden, son ellos los que han dado vida a los denominados partidos emergentes y los que no forman parte del voto cautivo. Ahora bien, al mismo tiempo, en determinados segmentos, especialmente entre los menores de 25 años, anda pareja la inclinación hacia el voto que hacia la abstención. Existe en este segmento un amplio rechazo a los dos grandes partidos tradicionales, PP y PSOE, siendo poco permeables a sus discursos tecnocráticos.

Elecciones en las que la campaña electoral y los errores que cometan los partidos -el PP ya lleva unos cuantos debido a la presencia de algunas personas en sus listas que deberían haberse retirado para no perjudicar al partido- pueden tener una incidencia decisiva en el voto final.

Elecciones inciertas, porque la propia Ley Electoral ha acabado transformándose en una auténtica espada de Damocles, pues no estaba pensada para que hubiera tres partidos que obtuvieran sobre un 20% de los votos y un cuarto sobre el 15%. La resultante es que entre 20 y 30 escaños dependen de unos cientos o miles de votos. La Ley favorecía a los dos partidos que más votos tuvieran y especialmente, a la hora de los restos, al primero, dándoles un plus. Pero eso era cuando el primero y el segundo eran PP y PSOE o viceversa y el resto sacaban pocos votos. Ahora, en no pocas circunscripciones es difícil saber quién será el segundo y los restos ya no tienen por qué acabar favoreciendo al más votado. La mecánica/cocina del recuento/reparto puede dar una mayoría con margen sobre los demás al PP, pero también convertir a cualquier otro en un partido con más peso del esperado (sería el caso de la coalición UNIDOS PODEMOS) que merced a un acuerdo pudiera acceder al gobierno. Un marco en el que decir que “gobierne el más votado” (quiere decir el que más votos tenga de los depositados) no pasa de ser un recurso efectista pero infantil que puede asemejarse a la rabieta de un niño incapaz de asumir la frustración ante la realidad.

Cuando el lector tenga este artículo entre sus manos es seguro que andará, salvo aquellos que sólo sigan un medio, perdido entre unas encuestas que presentan unas horquillas de resultados tan amplias que hacen imposible saber qué pasará al final. Habrá sufrido o seguido con interés varios debates y “tragado” las píldoras preparadas que cada partido hace para que salgan por televisión. Es probable que hasta tenga el efecto de saturación provocado por la reiteración en el mensaje. Cierta es aquella frase de que una mentira repetida mil veces puede transformarse en una verdad, pero también puede acabar irritando y convirtiéndose en un arma de doble filo (algo que le puede ocurrir al PP y al PSOE si siguen insistiendo en un mensaje que deja tantos huecos al adversario que puede acabar horadando sus expectativas).

Los partidos están jugando y algunos hasta tomando posiciones para el día después. Es lo que está sucediendo en Cataluña. El centroderecha nacionalista burgués que, por la independencia, ha hecho un pacto antinatura con los anticapitalistas (CUP) ha visto saltar por los aires su acuerdo de gobierno. En ello, además de las tensiones, subyace el “día después”. En función de los resultados unos u otros podrán pactar con los vencedores. Unos pueden inclinarse hacia el PSOE o el PP, es cuestión de precio; otros hacia Unidos Podemos. Por eso se ha producido la ruptura que puede llevar a nuevas elecciones en Cataluña, algo que no sabremos hasta septiembre cuando, en teoría, ya se tenga definido el nuevo gobierno.

¿Qué puede pasar el 26-J? La primera posibilidad es que se confirme lo que las encuestas indican y lo que la tendencia y la variabilidad del voto oculto anuncian: una victoria del PP difícil de traducir en escaños reales pero con posibilidad de gobierno en alianza con Ciudadanos y apoyos de minoritarios (pero Ciudadanos ha puesto un precio, Rajoy). La segunda: que la aritmética confiera posibilidades de gobierno al bloque de izquierda (el PSOE confía en poder mantenerse como segunda fuerza y Unidos Podemos con sobrepasarlo).

Hasta aquí estaríamos dentro de lo previsible pero queda el factor campaña que para mí va a ser decisivo. Las anteriores elecciones revelaron dos variables: primera, que PODEMOS mejora resultados en campaña; segunda, que Ciudadanos pierde fuelle en campaña. En estas juega un nuevo factor: Unidos Podemos se presenta como rival del PP y el PP ha asumido que ello es así; una polarización que por razones distintas favorece a ambos: al PP, porque quiere recuperar voto entre los votantes Ciudadanos y los moderados del PSOE (básicamente anti-Podemos); a Unidos Podemos, porque les convierte de facto en la alternativa para el votante de izquierda. A ambos les interesa porque esa dicotomía es un antídoto contra lo que más temen, la abstención. El PP puede conseguir la movilización del miedo y Unidos Podemos galvanizar a su electorado de menor edad, donde mayores apoyos tiene pero con una clara tendencia hacia la abstención según el día.

Cuando termino estas reflexiones sólo he tenido oportunidad de ver uno de los debates a cuatro con segundas espadas, pero su análisis nos permite estudiar cómo y qué efecto pueden tener sus discursos en una campaña que se va a dirimir, fundamentalmente, en televisión y en las tertulias. Lógicamente se debe prescindir del voto convencido. Mal van algunos si hacen campaña para los convencidos. Lo importante es medir cuál puede ser la reacción de los indecisos, de los que pueden variar su voto por efecto de la campaña.

Si segmentamos el electorado es evidente que el discurso con mayor receptibilidad en el punto de arranque es el de Unidos Podemos y el que menos capacidad de atracción presenta es el de Ciudadanos (algo que ya se hizo palpable en la anterior campaña, Ciudadanos pierde los votos en campaña y es algo que no ha sabido solucionar). Unidos Podemos -Garzón juega de comparsa por más que se empeñe en sacar trapos republicanos- está acentuando su discurso populista y dejando en segundo plano su discurso izquierdista, consciente de que sus puntos débiles podrían ser explotados por otros que no fueran el PSOE o el PP, pero es a ellos a quienes se enfrenta. El PP, si se empeña con discursos tan escasamente motivadores como los de Cifuentes o Levi en el inicio de la campaña; en la utilización de muñecos que repiten de forma continua el discurso patrón hecho (en algunos casos llega a ser una ofensa al oyente pues parece que le toman por tonto); en la defensa a ultranza de la gestión hecha y la mirada al pasado -enfrascarse hoy en lo mal que lo hicieron los socialistas no sirve más que para los convencidos- o en su débil y preparada respuesta al tema de la corrupción, puede acabar llevándose un disgusto inesperado (doctores tienen en Génova).

Ante esta situación, muy volátil, el PP juega con cartas marcadas, pues entiende que está jugando al empate. Asume que es imposible alcanzar la mayoría absoluta poselectoral con Ciudadanos, al que no otorga crecimiento real, y algún apoyo, pero espera que el miedo a PODEMOS y la debacle del PSOE de Pedro Sánchez –de ahí su decisión de polemizar con Unidos Podemos y no con el PSOE para debilitarlo- le permita gobernar con la abstención socialista. Pero queda por ver si al final este no es el cuento de la lechera.


Nota: foto tomada de La Vanguardia

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20150812143731-image.jpgLA DESAFECCIÓN AL BIPARTIDISMO AMENZA A CIUDADANOS Y PODEMOS



Es evidente que las encuestas se han convertido en algo primordial a la hora de establecer el nexo de unión entre los ciudadanos y los partidos, especialmente cuando, como ahora acontece, existe una notable incertidumbre sobre qué puede acontecer en las próximas citas electorales.

Pese a la canícula, anotando el descanso bisemanal del agosto central, se han prodigado encuestas encargadas por los diversos medios, en las que curiosamente los resultados en gran parte muestran tendencias en consonancia con las líneas editoriales (a resultas de la interpretación de determinadas preguntas) y por fin aparece el barómetro del CIS (el CIS casi siempre interpreta en consonancia con el gobierno aunque si se estudian los resultados la lectura es siempre muy matizable).

El barómetro del CIS solo ha hecho confirmar algo que ya estaba en el tablero de juego: que el PP recupera votos muy lentamente y que ganaría las elecciones. Este es el titular que han resaltado los medios afines al gobierno. Ahora bien, ganaría las elecciones bastante lejos de la mayoría absoluta y tendría que buscar el apoyo de Ciudadanos que puede ser insuficiente. Esta es la otra lectura.

Nadie ha negado el valor de tendencia que tiene el barómetro por más que algunos repitan eso de que la única encuesta válida es la de las urnas. El PP recupera voto y en un análisis sectorial se indica que lo hace a costa del voto que se marchó a Ciudadanos y también, aunque algunos no lo crean, a PODEMOS. Es evidente que si los datos macroeconómicos y la propaganda sigue su camino el PP seguirá recuperando voto, pero no es menos cierto que pocos estiman que porcentualmente el crecimiento supere al final los cinco puntos con respecto a europeas y autonómicas.

Lo que marca la tendencia es la inestabilidad del electorado de eso que se han llamado los emergentes que son la clave de las próximas elecciones. También en esto el barómetro y las encuestas no hacen sino confirmar lo evidente. El triunfo relativo ha sido un arma de doble filo para Ciudadanos, un partido que no se sabe muy bien dónde está y cuál es su sentido para poder crecer. El aluvión y los pactos no le han sentado bien y su futuro pasa por los resultados en Cataluña. Eso qué significa, que su suelo anda sobre el 10% y que puede que quede reducido a eso, lo que hará bajar en mucho el tono desafiante de Rivera ante Mariano Rajoy.

Otro cantar es lo que ocurra con PODEMOS. Sus dirigentes suelen tener muy en cuenta los datos sociológicos. A estas horas saben que lo que se planea teóricamente puede salir mal en la práctica. Si el diseño electoral y de pactos fue teóricamente perfecto en la realidad les ha colocado en el peor de los escenarios. Pablo Iglesias y su equipo quieren asaltar el poder, obtener un resultado que les permita gobernar y hacia ello caminaban en todas las encuestas llevando a su cola al PSOE y a IU. Para eso necesitaban ir más allá de la izquierda, de ahí el giro en el discurso buscando la transversalidad para poder atraer el voto descontento y el voto nuevo que no fuera de izquierdas. ¿Qué es lo que ha salido mal para que se produzca el retroceso en las encuestas y se quede en un importante pero insuficiente porcentaje para sus objetivos?

Lo que ha salido mal son sus representantes en el poder. También en esto son víctimas del aluvión y de creer en presuntos líderes sociales prefabricados durante una década a base de subvenciones oficiales y sin más representación real que la que les daba el poder y los medios. Llevan dos meses en el poder y lo único que pueden ofrecer son boutades, rojadas de todo tipo, banderas gay, escasas soluciones y comportamientos como los de la denostada casta. Tienen el poder en Madrid y Barcelona, el laboratorio propagandístico perfecto y lo han tirado por la ventana con esa nulidad llamada Carmena (doña Rogelia gobernando) y esa extraterrestre apellidada Colau. Y para colmo todos andan colocando a novios, primos y hermanos.

Dicen los PODEMOS que les queda tiempo para rectificar, para recuperar el espacio. Me parece que no, porque para ello tendrían que meter en cintura a los que han probado las mieses del poder y están encantados de haberse conocido. El resultado será que muchos de aquellos que entraron en la desafección al bipartidismo, y les apoyaron, ahora serán también desafectos a ellos.

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Las municipales y autonómicas prefiguran otro marco electoral

A estas alturas de la semana abundan ya los análisis de los resultados electorales del pasado domingo. Quedan los mensajes elaborados por los equipos de publicidad de cada partido amplificados por su red de tertulianos. Ya sabemos que el PP anda empeñado en demostrar que aquí no ha pasado nada, que casi han ganado las elecciones -"somos el partido más votado", afirman- y que, como ha dicho Mariano, solo han tenido algunas dificultades; que el PSOE anda también proclamándose casi vencedor como el armazón del cambio que se anuncia... Todo ello no es suficiente para disfrazar la realidad: que el gran vencedor, en una partida que no se cerrará hasta las próximas generales, ha sido PODEMOS. Mucho más que Ciudadanos.

PODEMOS es un partido o movimiento en construcción, aupado sobre una base social que ha ido conformándose en la dos últimas décadas, con la suficiente inteligencia para manejar la ambigüedad en las definiciones políticas para poder convertirse en lo suficientemente transversal como para asaltar el cielo. Ciudadanos es un partido de aluvión, aupado sobre la coyuntura, con un discurso dirigido a una franja concreta del electorado, con un techo electoral bastante definido y dependiente de cómo gestionen el tesoro con el que se ha encontrado y con un posible crecimiento exponencial si acaban absorbiendo los restos de UPyD, pero está muy lejos, salvo quizás en Cataluña, de ser la alternativa al PP. PODEMOS, una vez desarbolada IU espera superar al PSOE.

Si las elecciones del domingo han resquebrajado el bipartidismo queda por saber si las próximas generales lo derrumbarán. Lo que sociológicamente ponen de manifiesto los resultados es que hoy por hoy la mayoría de los españoles, electoralmente hablando, se sitúan en el centro-izquierda, aunque eso no signifique que sean realmente de izquierdas. Este y no otro es el gran fracaso de la derecha pepera, el fracaso desde que Franco les legara una mayoría sociológica de centro derecha que derrumbaron con los gobiernos de UCD y no han sabido ni reconstruir ni mantener. Queda por saber si las próximas elecciones de noviembre confirmarán, como estimo que sucederá, esta realidad.

Digamos que todos los ejercicios de estrategia, de colocar peones, de intentar tener bastones o anular bastones, realizados desde el poder o desde las venganzas mediáticas, han fracasado y han acabado costando al PP algún sillón que ahora les permitiría respirar (no ha salido muy bien la promoción a VOX de algunos estrategas para canalizar un cierto descontento y reducir las posibilidades de Cs de tal modo que la injusta ley electoral hiciera el resto). Y aún andan algunos soñando con la implosión del PP cual si fuera una UCD-bis, ignorando que el partido que representa a la derecha española es una gigantesca máquina electoral que va a seguir ahí aunque ya no sea capaz de alcanzar mayorías absolutas, pero tampoco las va a conseguir el PSOE.

A nivel municipal y autonómico el bipartidismo está en la UCI. Con los resultados en la mano, un 51% de los votantes, ya pueden ir despidiéndose los que soñaban con las trampas legales para mantenerse en el poder, con reformas electorales para consolidar el bipartidismo, que algunos tontos compraban como sinónimo de regeneración. Es más, es posible que tengan que hacer reformas hacia la proporcionalidad sin correcciones, sin circunscripciones para que solo puedan salir electos los representantes del PP o del PSOE, que variarían notablemente el panorama político.

Desde la noche electoral,  presos de la idea de que solo se puede gobernar con mayorías absolutas o coaliciones, andan no pocos españoles haciendo cuentas de quién va a gobernar en su Ayuntamiento o Autonomía mirando de reojo a lo que lleva aconteciendo desde las elecciones en Andalucía. antes era sencillo porque IU casi siempre ha sido un fiel lacayo del PSOE ahora, con unas elecciones a tres meses vista, todo se complica porque PODEMOS y Cs han puesto precios muy altos y si no son engullidos por el oro del sistema impedirán que continúe el modelo del despilfarro, el enriquecimiento y el clientelismo que han generado el ambiente de corrupción en el que muchos han vivido mirando mayoritariamente para otro lado.

Ahora bien, los posibles pactos postelectorales pueden transformarse en el típico abrazo del oso, como desearían PP y PSOE, porque cuando un partido, PODEMOS y Ciudadanos, se presenta con un lenguaje distinto a la división de derechas e izquierdas o se postula como el cruzado contra la casta difícilmente puede acabar formando coalición con los que critica. Sin embargo, al mismo  tiempo, los partidos emergentes temen que los votantes que les han dado su papeleta pensando que eran de izquierdas o contrarios a la izquierda les retiren esa confianza si permiten un gobierno del color contrario. Las urnas han colocado a Cs y a PODEMOS en una difícil situación. Quizás Pablo Iglesias haya encontrado la solución con su apuesta salomónica: permitir la llegada de la izquierda pero no entrar en esos gobiernos, eso sí siempre que acepten algunas bases estrella de su programa; Cs está intentando algo similar pero ya ha rebajado sus exigencias. No lo dicen, pero ambos confían en que, llegado el caso, si en alguna Autonomía hubiera que convocar nuevas elecciones saldrían beneficiados. Así pues el PP ha quedado rehén de Cs y Cs del PP. Y Albert Rivera se juega mucho más que Pablo Iglesias en este interesante tablero de ajedrez a cuatro bandas.

Más valiera que el PP comenzará a trabajar con una realidad política distinta. No creo que lo que está sucediendo sea un simple sarampión -pudiera serlo si Cs y PODEMOS gestionaran muy mal sus resultados y expectativas-. PP y PSOE van a tener que acostumbrarse a jugar con un margen de apoyo electoral del 25% al 35%, quedando siempre lejos de las mayorías absolutas. Y eso siempre que se mantengan los niveles de abstención, porque en realidad en estas elecciones el PP, siendo el partido más votado, solo ha sido apoyado por el 16% del cuerpo electoral. La gran bolsa que es la abstención puede resultar imprevisible en noviembre. Tan imprevisible que algunos podrían acabar asaltando el cielo mientras que otros solo tienen como argumento el miedo. Argumento que a muchos podría acabar importándoles un pimiento porque no están conformes ni con la realidad en que viven ni con el futuro que se les anuncia.

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Desde hace tiempo sostengo que, en el rosario de presuntos y a veces oportunos descubrimientos de corrupción que nos sacuden, pesa la lucha feroz y cainita que se libra en el seno de los dos grandes partidos. Son las venganzas personales por los agravios, por los olvidos y los desplazamientos, las que abrieron la veda con las filtraciones interesadas que llevan a Suiza y a la celda. Probablemente no midieron hasta dónde llegaría la rueda una vez puesta a girar. El calendario nacionalista y las próximas municipales y autonómicas me temo que no nos van a dar respiro alguno hasta ese primer test de estrés que para los partidos, y especialmente para el PP, van a ser esos comicios.

No pocos andan vaticinando el fin del sistema, la implosión de los dos grandes partidos, fundamentalmente el PP, porque el PSOE es rehén de la situación kafkiana que le hace cerrar los ojos en Andalucía y depender de la burguesía nacionalista que hace años secuestro al PSOE tradicional en Cataluña, y quieren ver en la próximas elecciones el principio del fin del sistema, como si volviéramos a un abril de 1931.

Cierto es que, como en aquellas elecciones celebradas un 12 de abril de 1931, la batalla por la victoria política se librará por el control de las grandes ciudades y en este caso en los parlamentos autonómicos. En ambos es posible que se produzcan cambios significativos, porque los diputados y concejales salidos de los restos de la aplicación de nuestra antidemocrático modelo de reparto ya no irán, por la diversidad de fuerzas, exclusivamente al PP o al PSOE. Y como la batalla se va a librar en esas ciudades me parece que vamos a seguir desayunándonos con nuevas tramas de corrupción y detención de concejales,  consejeros y hasta algún que otro alcalde. Y con cada operación crecerá el descontento social hacia PP o PSOE y la basculación hacia opciones como PODEMOS, Ciudadanos o UPyD, lo que se producirá de forma más significativa, sin duda, entre el electorado de las grandes ciudades.

A diferencia de 1931 no existe una gran coalición dispuesta a cambiar el sistema, todo lo más a lo que aspiran es a arrebatar el mayor número de alcaldías posibles al PP y en especial hacerle perder el gobierno de la capital de España y de la Comunidad de Madrid. Y no nos sorprenda si en cualquier momento algunas revelaciones dejan al PP sin candidato/a estrella y tienen que recurrir a la desesperada a cualquier bombero.

En esta pelea unos aspiran a salvar los muebles, a ganar por la mínima, otros a demostrar que han entrado en fase de recuperación, algunos a ver si es posible robar la cartera con inventillos como Ganemos o similares imitando la táctica del Frente Popular y algunos aún dudan, pese a que su presencia sería desequilibrante, si deben entrar en una lucha municipal que de momento no figura entre sus objetivos, ni está en su guión estratégico.

  Las próximas elecciones de mayo no van propiciar el cambio del sistema, mayo no será abril. Pero es probable que en la lucha entre los partidos del sistema de 1978 (PP, PSOE, IU y nacionalistas) y las nuevas opciones, para mantenerse, los primeros acaben abriendo la temida reforma constitucional para transformar la estructura territorial de España en no se sabe muy bien qué.  Y eso si que puede llevarnos a un nuevo catorce de abril ante el que Felipe VI debiera  comenzar a plantearse si la institución que representa no sería algo perfectamente prescindible.

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¡QUE VIENEN LOS ROJOS!

Publicado: 27/05/2014 00:07 por Francisco Torres en Elecciones
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Las elecciones europeas han hecho, no sé si de forma definitiva, un roto al duopolio PP-PSOE, poniendo en evidencia una tendencia electoral que, de confirmarse, podría poner fin al modelo político del bipartisimos imperfecto creado por la Transición. Un modelo que hoy da muestras fehacientes de agotamiento.

La crisis, la corrupción, el descrédito de la clase política y las maniobras intra muros mediático-políticas, ha acabado por abrir la caja de Pandora que tanto temían las cúpulas populares y socialistas. De hecho, propuestas de pretendida regeneración, que han estado encima de la mesa, como los cambios hacia un modelo de distritos uninominales o de reducción del número de representantes en los parlamentos, solo tienen como objetivo reaseguar el bipartidismo ante la fuga evidente de votos hacia otras opciones.

Las elecciones recientes no han hecho más que agravar la crisis de identidad y liderazgo del Partido Socialista y han supuesto un serio aviso para un Partido Popular que apostó por salvar los muebles evitando una campaña dura de incierto resultado, por ello nadie quiso salir al balcón otrora triunfal de Génova 13.

Ahora bien, lo que nadie puede discutir es el triunfo real de la extrema izquierda, rebasando a una formacion en franca huida del acomodo en el sistema del 78 como es Izquierda Unida, que ya no podrá marcar el paso de baile a esa izquierda sino que va a convertirse en la dama pretendida. Lo cierto es que, dependiendo de cómo se calibren los resultados, esa nueva izquierda radical, que recupera propuestas de viejo cuño maquilladas, eso sí, con la retórica simple del descontento social, suma prácticamente dos millones de votos a los que se tendría que añadir el millón y medio de IU. De ahí que, en la noche electoral primero y en la red después, corra como la pólvora la sentencia: "¡Que vienen los rojos!".

Mucho me temo que este va a ser uno de los argumentos utilizados, de aquí hasta las próximas elecciones generales, por los estrategas, mediáticos y demoscópicos, del Partido Popular para movilizar a esa parte de su electorado que, como protesta, se ha quedado en su casa; para recuperar el cuarto de millón que se ha ido por su derecha y de paso, conseguir para su causa el apoyo de algunos miles de los ochenta mil refugiados en lo que comúmente denominan "ultraderecha". Se ha creado así una tormenta perfecta, porque si bien esas opciones de izquierda continuarán debilitando a un PSOE presa de sus contradicciones y su siembra, no es menos cierto que, sin grandes concesiones ideológicas a su electorado más derechista, sin pagar por la pernada, el "temor a los rojos" obrará milagros esterilizantes.

Lo que nadie parece querer admitir, enfrascados en sesudos corrimientos de los guarismos, tal y como he explicado en otras ocasiones, es que estos "rojos" han venido probablemente para quedarse; que son el producto de tres corrientes: el descontento social, que no es en sí mismo "rojo", pero que parece haber encontrado refugio en esa opción en España; el radicalismo de la ultraizquierda, tolerado y mimado durante la última década por la clase político-mediática -exculpación de la violencia incluida- y un voto joven -más de un millón de nuevos votantes desde las últimas europeas- que ha sido entregado en masa a esa opción -ahí está parte del éxito de PODEMOS- mediante el adoctrinamiento al servicio del radicalismo izquierdista -los famosos nuevos rojoz que iba a crear Zapatero- acompañado, en muchos lugares de España, por el veneno separatista. Y ese mal, señores que tanto temen a los "rojos", no hará más que crecer en el futuro inmediato dada la falta para esos sectores de otros referentes que no sean los de la izquiera, el falso progresismo y la asunción por parte del sistema del modelo social creado por la ingeniería social que el PP no quiere desmontar.

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Es una obviedad y una realidad, pero no es menos cierto que, a veces, por la vorágine de la omnipresente y controlada publicidad política, de los avatares de las tertulias, parece diluirse un hecho fundamental a la hora de posicionarnos ante la convocatoria de unas elecciones al Parlamento Europeo: que se trata de eso, de decidir sobre Europa, y no de pronunciarse sobre la situación política española. 

La casta política lleva tiempo planteándolas siempre en clave nacional y de ahí la desafección de los ciudadanos. Para ellos son sólo un juego destinado a dar por ganador al gobierno o a la oposición, refrendando así, mediante un voto donde lo que predomina es la abstención, sus posiciones obteniendo así una nueva legitimidad democrática. El hecho cierto es que las elecciones siempre se presentan de ese modo procurando orillar la cuestión fundamental: el modelo de Unión Europea que queremos, lo que debiera ser el elemento crucial a la hora de decidir el voto. 

La casta política, consciente de que una parte significativa del electorado se abstiene porque ve el tema europeo como algo cuanto menos ajeno y cuanto más como una cueva de ladrones que exprime a países como España, busca sólo movilizar su electorado más hooligan, ese que sólo va a votar para conseguir que no gane el otro. Así el PSOE azuzará la idea de “derrotar a la derecha” y el PP la tesis de “impedir que gane la izquierda”, aderezados, eso sí, con alguna que otra promesa que sintonice con las necesidades reales de las personas como increíbles y futuras bajadas de impuestos. Argumentos más que suficientes para movilizar y asegurar esos sectores del electorado. 

Lo curioso, lo importante, lo trascendente y lo que por tanto se oculta es que, en unas elecciones europeas donde lo importante es saber cuál es el modelo de Unión Europea que cada partido defiende, solo existen dos grandes opciones. La primera, la que nos pide más Europa y  menos soberanía. La segunda la que pide  que las naciones recuperen competencias, la soberanía cedida a los eurócratas de Bruselas que hoy por hoy condicionan nuestras leyes, nuestros impuestos o nos obliga a dejar terroristas en la calle por la euroidolatría de la casta política. La primera, la de los que dicen que, para salir de la crisis, para crecer y de paso recortar salarios, pensiones y derechos sociales, lo que necesitamos es “más Europa”, mayor entrega política y económica. La segunda, la de quienes defienden lo contrario, que los Estados, las naciones, que son realidades no discutibles, son los titulares de la soberanía nacional y económica en vez de dejarla en manos del Banco Central Europeo o la oligárquica Comisión que aparentemente gobierna la UE. La primera, la de los que aspiran, en el fondo, a diluir la nación en una falsa ciudadanía europea. La segunda, la de quienes plantean que la UE debe volver a su concepción original: la de un Mercado Común en el que la cesión de soberanía es sustituida por la cooperación entre naciones. 

Y ¿quiénes encarnan en nuestro país, ante las próximas elecciones, esas dos opciones? Esta es a mi juicio la cuestión fundamental porque, enmascarados en la clave nacional, los partidos ocultan su definición ante esta incógnita. Digámoslo claro, PP, PSOE, UPyD, Ciudadanos y la recién nacida VOX (que por cierto ya ha anunciado que se integrará, pese a su aparente disidencia con el PP, en el Partido Popular Europeo del que forma parte el PP) son partidarios de ese “más Europa”, de continuar construyendo la Europa de la cesión de soberanía, hasta llegar a conformar en la práctica un “Estado confederal” que es también el horizonte con el que trabajan los nacionalistas. En el otro extremo están los grupos que defienden el otro modelo, el de los estados soberanos que no aceptan la tiranía de Bruselas, de la Eurocracia, de la casta europea que es correlación de la casta política nacional. 

Son los Euroescépticos o los Eurorealistas, los que se afirman en la soberanía de los Estados frente a la soberanía cedida a la UE. Entre ellos figura una nueva coalición que se ha presentado con vocación de concurrir a las próximas elecciones europeas, Impulso Social. Los firmantes del manifiesto fundacional son la Comunión Tradicionalista Carlista, el Partido Familia y Vida junto con el partido socialcristiano Alternativa Española que lidera Rafael López-Diéguez, cada vez más conocido por su presencia habitual en los medios, lo que se traduce en un impacto social que hace difícil evaluar hasta dónde podrán llegar. 

Desde un punto de vista estrictamente periodístico no debiera haber discurrido esta presentación en silencio. Entre otras razones por lo que ello pudiera significar dentro del panorama político español de renovación y de vías alternativas a la vieja política. El silencio, sin embargo, manda hasta tal punto que existen medios, vinculados al partido del gobierno, que tienen instrucciones de no mencionar esta opción, Impuso Social, ni para bien ni para mal. Sin embargo, lo cierto es que esta coalición comienza a difundirse de forma imparable a través de las redes sociales y los medios digitales. 

Impulso Social se presenta con un programa o mejor dicho con un planteamiento diferente a los de los demás partidos del sistema, los pro-eurócratas (PP, PSOE, UPyD, Ciudadanos, VOX…). Un planteamiento sobre la Europa que debería ser y en el mismo brilla su defensa de la Vida, la Familia y la Justicia Social. Entre las muchas propuestas que figuran en su programa aparece la creación en la cámara de un grupo de eurodiputados a favor de la Vida. Y parece que aún antes de llegar a Estrasburgo ya se están dando los pasos para hacer realidad este grupo. Estaríamos ante una novedad en la política española: sería la primera vez que un grupo inicia el cumplimiento de una promesa electoral al mismo tiempo que desarrolla su campaña. Quizás por ello -ingenuidad dirían algunos- son partidarios de arbitrar una fórmula que obligue a los partidos a cumplir con las promesas que realizan a sus electores durante la campaña. ¡Átense los machos los pergeñadores de promesas para no ser cumplidas que era el destino de los programas según el socialista Tierno Galván! Y es que estaIMPULSO SOCIAL se presenta como lo que es: una agrupación que quiere impulsar la regeneración de la vida pública. ¿Cómo tantas? La diferencia es que parece que estos van en serio. 

Su planteamiento es claro: hoy en la UE se decide el 70% del sentido de nuestras leyes, la UE condiciona la política económica española. Quieren que España recupere competencias, soberanía en materia agrícola e industrial, porque consideran que la UE obstaculiza el necesario desarrollo de esos sectores fundamentales para España. Se rebelan contra ese reparto que parece convertir a España en un país de servicios y jubilados del norte de Europa. Quieren reducir los costes de una UE -la pesada losa del IVA, la que el PP prometió reducir en las pasadas elecciones y luego subió- que parece estar diseñada para el beneficio de las oligarquías y la casta política y que “no crea riqueza justamente distribuida sino pobreza”. Quieren que ese dinero esté en los emprendedores, en las PYMES que son las que crean empleo. 

No es que vayan contracorriente es que están planteando una alternativa global que tiene como común denominador, es fácil percibirlo si se repasan las declaraciones realizadas por sus dirigentes, los Valores No Negociables que debieran guiar el voto católico. No vienen a contemporizar, no se esconden ni utilizan el eufemismo, como están haciendo otros grupos que se presentan como derecha, en temas como la Familia -resulta del matrimonio de un hombre y una mujer- o la Vida, donde defienden el “aborto cero”, es decir la proscripción de la legislación abortista (algo que no defiende ninguna otra formación pues de una forma u otra PP, PSOE, Ciudadanos, VOX y UPyD son partidarios de la existencia de leyes que permitan el aborto). Estiman que Europa, para ser Europa, tiene que volver a sus raíces cristianas. En este sentido su opción se convierte en única para los electores preocupados por esas cuestiones (ni UPyD, Ciudadanos, el PP o VOX tienen un programa similar). 

AES, la CTC y PFyV forman la base de este Impulso Social que, sin embargo, no se queda ahí, por ello tienen vocación transversal, porque quieren llegar a esos españoles que no se sienten de izquierdas pero que entienden que se enfrentan al recorte de los derechos sociales y a la proletarización y frente a ello sienten deseos de rebelarse cuando se les toma por tontos, como ha hecho recientemente un dirigente popular, al afirmar que el poder adquisitivo de los pensionistas es hoy mayor gracias al 0.25 en que se han incrementado las pensiones por parte del gobierno. 

Bien Común y Justicia Social podrían sintetizarse en los dos alientos que recorren un programa político en el que plantean medidas concretas y valientes que, sin embargo, no desatienden a las minorías. Así nos encontramos desde la propuesta de un Plan de Ayuda Europeo para las Familias con afectados por Enfermedades Raras a pedir que se prohíba a las entidades financieras rescatadas que repartan dividendos si no cumplen con dar facilidades de crédito a PYMES, autónomos y emprendedores. De ahí que concurran a las elecciones bajo la idea de “dar un Impulso a la Europa del Trabajo, de  los Valores, de los Estados Soberanos, de la Vida y de las Personas”. 

¿Cuál es su nicho, cuál es su techo? Más que descontentos con el gobierno por su gestión lo que buscan son votantes de Principios y Valores. Los que anteponen la ideología a la gestión. Sociológicamente más de un millón de españoles podrían sintonizar con la coalición Impulso Social. El problema a que se enfrentan es cómo llegar hasta ellos, cómo darse a conocer en medio del silencio impuesto. Por eso pocos medios hablarán hoy y en los próximos días de este Impulso Social. Un nombre que ya corre como la pólvora por las redes sociales y que difícilmente se sabe hasta dónde podrá llegar.

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Pasada la euforia y la resaca ya son más que menos los que asumen que en Cataluña se ha producido un voto de castigo al gobierno de CiU, pero no una clara repulsa a la propuesta secesionista que defendía Artur Mas. De ahí que, pese a que se haya producido una movilización electoral, que ha hecho subir en once puntos la participación, por lo que por ejemplo el incremento de voto del PP tiene menos importancia de la que se afirma, los independistas puros sólo hayan perdido un punto, pero teniendo en cuenta que ICV comparte los presupuestos secesionistas catalanistas lo que se ha producido es una subida porcentual de 1.5 puntos.

En la trastienda de la campaña electoral se han ido moviendo las piezas de un desdibujado ajedrez. Curiosamente, en medio de la campaña, saltó en un medio de comunicación, como un aviso, como quien no quiere la cosa, la asombrosa historia de los dineros en el extranjero de la familia Mas y la familia Pujol que ya veremos si se investiga o no se investiga. Igualmente, en el punto de mira, se ha vuelto a situar el proindependentista exaltado, con coche de alto lujo incluido, Oriol Pujol sobre el que se cierne la sombra de la sospecha sobre el caso de las ITV en Cataluña. Y, justo acaba la campaña electoral, donde el silencio sobre la corrupción ha sido más que evidente, donde nadie salvo Albert Rivera quiso preguntar por ello, y las imputaciones llegan al PSC vía Ayuntamiento de Sabadell de la mano de los Mozos de Escuadra tras anunciar los socialistas que no apoyarían a Mas. Aunque todo podría variar en función de si Chacón decide ser Carme o Carmen. Y, por si no fuera suficiente, sobre la mesa tenemos denuncias policiales de vetos a determinadas investigaciones… y al ciudadano le queda la impresión de que en Cataluña lo que existe es un sistema de corrupción organizado del que disfrutan los que están en el poder. Pero atendiendo al calendario, un mal pensado diría que todos andan haciendo fintas de esgrima para obligar a cambiar las fichas en el tablero de tal manera que el jaque mate no se produzca o la partida quede en tablas.

En Cataluña, digámoslo claro, lo que ha triunfado es la izquierda, cada vez más radicalizada, y el independentismo. La izquierda radical, que representan ERC y CUP junto con el posicionamiento de ICV, mucho más antitodo que IU, ha conseguido prácticamente el 28% de los sufragios, algunos puntos más que en las anteriores elecciones. Y en Cataluña, por primera vez fuera de Vascongadas, ha irrumpido un partido mucho más antisistema, antiespañol y anticapitalista que las sucesivas máscaras de Batasuna, el CUP, usufructuario directo del 15-M, el 25-S, los movimientos okupas y la antiglobalización que actúa impunemente en la comunidad. Una izquierda independentista. Por todo ello, ahora, el nacionalismo burgués y conservador de CiU  será rehén del nacionalismo izquierdista si la federación capitaneada por Mas se mantiene en su hoja de ruta hacia la independencia por etapas.

Mariano Rajoy esperaba que las piezas se distribuyeran en el tablero de otra forma y aún piensa que Mas o CiU podrían sacrificar algunos peones incluyendo a la reina disfrazada de novio de la Barbie que tienen por líder. Afortunadamente, el resultado electoral no ha dibujado el peor de los escenarios posibles, porque los secesionistas, incluyendo a ICV, no han alcanzado los 90 escaños que permitirían a Mas, utilizando el Estatuto, convocar dentro de cuatro u ocho años, con ciertos visos de legalidad, una consulta popular. El gobierno cree factible, ahora o dentro de unos meses, tras la sangría de votos y escaños de CiU, conseguir una reorientación táctica de la federación que forman Convergencia y Unión, que le permita pactar con los nacionalistas. Ello implicaría la caída de Artur Mas, lo que si bien, dado que ERC ha anunciado que apoyará a Mas sin mencionar a CiU, ahora mismo no parece posible bien pudiera darse dentro de unos meses, sobre todo si Durán y Lleida mueve ficha arropado por el poder económico catalán que comienza a notar la presión de quienes se muestran remisos a adquirir productos catalanes. A cambio de la caída de Mas, ahora o en el futuro inmediato, el PP ofrecerá lo que más gusta a los nacionalistas, el dinero. Si CiU renuncia a la hoja de ruta hacia la consulta secesionista presentada por Artur Mas, y que ahora ERC y otras fuerzas le exigen que cumpla, el gobierno, en compensación, estaría dispuesto a emprender una reforma del modelo de financiación, aun cuando ello suponga, como ha ofrecido Alicia Sánchez Camacho en la campaña, que las diversas Comunidades Autónomas, también en este aspecto, dejen de ser iguales. Con ello estima el gobierno que conseguirá hacer retroceder al nacionalismo en sus propuestas dos décadas.

CiU, como siempre se deja querer y espera deshojar la margarita de Mas o no Mas. Mientras, el ventilador de la corrupción sigue extendiendo la sombra de la sospecha que más parecen avisos sobre un futuro inminente que deseo de hacer justicia.

De cara a la galería tanto el PP como el PSOE han anunciado que no apoyarán a Mas, pero ambos partidos estarían dispuestos a cambiar su decisión si Artur Mas dejara de ser el candidato a la presidencia de la Generalidad o el presidente en un futuro inmediato. Hoy por hoy su electorado, conservador o socialista, no lo perdonaría, pero, como han demonizado a Mas y no a CiU, “muerto el perro se acabó la rabia”. Ahora bien una vuelta a las viejas alianzas CiU-PP o CiU-PSOE continuaría permitiendo al nacionalismo educar a la independencia de tal modo que dentro de cuatro u ocho años, tras la manipulación por inmersión en el independentismo, tras una década de propaganda antiespañola, sea posible convocar una consulta con visos de victoria. Lo que será posible porque tanto PP como PSOE, en función de quién sea el socio de gobierno, continuarán haciéndose simpáticos a los nacionalistas convirtiéndose de hecho en paranacionalistas.

Lo que nadie quiere ver es que al viento de la crisis, de la indignación, se está produciendo un resurgimiento de una izquierda radical, anticapitalista y más o menos antisistema y nada parece indicar que los apaños y los juegos de ajedrez vayan a frenarla.

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El resultado de las elecciones autonómicas vascas ha sido mucho más trascendente para el mañana que lo acontecido en Galicia, porque allí el 60% de los votantes es nacionalista y más de la mitad independentista declarado. Y la pregunta que flota en muchos ambientes es si esto es un anuncio de lo que puede ocurrir en Cataluña dentro de un mes. Ante ello, tanto el triunfo del PP en Galicia como el hundimiento cada vez más profundo del PSOE que aún sigue perdiendo votos pese a estar en la oposición y que sitúa, una vez más, a Pérez Rubalcaba contra las cuerdas mientras Carmen Chacón se asienta en Madrid, es prácticamente invisible.

El previsto y anunciado triunfo de Nuñez Feijóo, apabullante en escaños aunque en realidad haya perdido 170.000 votos, el PP con tantos votos como los otros tres partidos juntos, tiene para la política nacional una única lectura, por más que un iluminado Beiras hable de que en realidad se ha producido un triunfo de la rebelión cívica contra el gobierno: el apoyo a las políticas de ajuste-recorte de Mariano Rajoy. Entre otras razones porque la campaña electoral gallega ha girado, en el enfrentamiento PSOE-PP, en torno a la idea de parar al Partido Popular y a sus recortes, de un referéndum sobre la política nacional; porque tanto el PSOE como los nacionalistas gallegos pinzados con los comunistas esperaban que el teórico desgaste del gobierno, reflejado una y otra vez en las encuestas, les llevara a empatar el partido. Triunfo de Nuñez Feijóo en un momento en el que la izquierda recurre, como único recurso, a una escuálida movilización callejera mientras anuncia como gran instrumento de oposición una nueva huelga general. El triunfo de Nuñez Feijóo desarma, en parte, al menos para los medios progrubernativos, y así será transmitido, el argumento de que el pueblo está en la calle frente a un gobierno que no les representa. Dejemos para más adelante lo que para el futuro de Nuñez Feijóo suponen estas elecciones pues desaparecida Esperanza Aguirre, con un Ruíz Gallardón dubitativo, con la pelea silente por el poder entre Cospedal y Soraya, algunos, en la misma noche electoral, han comenzado a contraponer el modelo Feijóo al modelo Rajoy.

Queda para los que analizan en profundidad los resultados un hecho que los políticos suelen olvidar en el minuto siguiente al final del escrutinio, el valor de la abstención. Tanto en Galicia como en Vascongados existe un amplio índice de rechazo a la política autonómica, de rechazo probablemente a la casta política en su conjunto. En Galicia ha votado el 63.4% del censo, lo que significa que 36.6% se ha quedado en su casa, varios puntos menos hace unos años. Un 65.7% de los vascos han ido a votar, incluyendo a todos los aberzales, y el 34.3% se han quedado en casa. Muchos lo han hecho simplemente porque no encuentran una voz segura que les represente y prefieren no participar. Pero conviene no obviar que salvo para el día después de las elecciones la abstención simplemente no existe y la casta política se comporta como si sus resultados fueran efecto del voto del 100% del censo electoral.

Negros nubarrones se ciernen sobre España con la victoria nacionalista-terrorista en la Comunidad Autónoma Vasca. Los datos son incuestionables: más de 600.000 vascos han votado nacionalista y la mitad se ha pronunciado claramente por el independentismo; algo más de 300.000 han votado a lo que muchos se empeñan en denominar como partidos constitucionalistas, cuando es más que discutible que el PSOE tenga una única voz y que, en realidad, toda su estructura sea contraria al nacionalismo. El resultado es que en el nuevo parlamento autonómico dos de cada tres diputados serán nacionalistas. Y lo que es más importante, los aberzales han conseguido los mejores resultados de su historia. Frente a ello es de reseñar el hundimiento del PSOE, que ha perdido ocho escaños, y el del PP que ha perdido tres. El PSOE y el PP tuvieron en su mano la posibilidad de iniciar un cambio en profundidad en el País Vasco. El cheque en blanco dado por el PP al ambicioso Pachi López no ha servido de nada porque el PSOE siempre gobernó pensando en un futuro acuerdo con el nacionalismo y ello, junto con la política permisiva con los presos, ha hundido al PP; porque el gobierno de Pachi López no ha sido capaz de dar oxígeno a la corriente sociológica no-nacionalista que, en realidad, es mucho más amplia que la nacionalista. Es esa corriente, decepcionada, que no cree en la propuesta del PP y del PSOE, que en realidad es condescendiente con el nacionalismo, que mira al nacionalismo como algo superior, la que se ha quedado en su casa.

El resultado de las elecciones vascas y las previsiones sobre los resultados en Cataluña abren un período de incertidumbre de incalculables consecuencias sobre la situación económica española. Al igual que quienes influyen sobre los grandes centros de inversión han alertado sobre la inestabilidad real de España por el desafío separatista catalán recomendando que no se invierta, la posibilidad de que esta situación se repita en el País Vasco en los próximos meses repercutirá negativamente sobre nuestras cuentas. Basta para ello con la lectura de las declaraciones de la noche electoral porque el segundo partido vasco, Euskalerría-Bildu, previsible socio de gobierno del PNV, ha pedido un nuevo modelo socioeconómico que, dadas sus bases ideológicas, muy poco tendrá que ver con el modelo capitalista y de cuya viabilidad es muestra lo que está aconteciendo en la provincia de Guipúzcoa donde gobierna Bildu y que está muy alejado de todo lo que en economía supone un PNV siempre dependiente de los intereses del Neguri. Por ello, probablemente, por la interrelación existente entre el PNV y los intereses económicos del empresariado vasco el temido gobierno nacionalista-terrorista, PNV-Bildu, sea inviable.

Así, mientras que los seguidores de Bildu gritaban en la noche electoral “¡Independencia, Independencia, Independencia!”, la orquesta del PNV escenificaba un “¡Urkullu presidente!”. Cierto es que Urkullu centró su primer discurso programático en la necesidad de hacer frente a la crisis económica y, aparentemente, dejó para mejor ocasión la reivindicación nacionalista. Ahora bien, no es menos cierto, que leyendo entre líneas, tras reivindicar la continuación del mal llamado proceso de paz, en clara sintonía con los anuncios de Bildu, recurrió al paraguas de Europa. A esa idea que los nacionalistas están difundiendo de un país dentro de Europa como horizonte de un futuro más o menos próximo. Ese “País Vasco justo, libre y solidario en Europa” que reclama Bildu. Pero lo que Urkullu ha dicho es que el PNV necesita que el gobierno no cierre el proceso de paz que pasa por el acercamiento de los presos y su excarcelación.

La pregunta ahora es ¿qué harán el PNV y Urkullu? ¿Esperarán hasta conocer los resultados de Cataluña? ¿Seguirán la hoja de ruta marcada por Mas que supone primero el reconocimiento del derecho a la autodeterminación, después la consecución del derecho a realizar una consulta y finalmente realizarla cuando se tenga la seguridad, tras un avance en las políticas de nacionalización de la población, de obtener el triunfo de las tesis independentistas? ¿Desarrollarán una política encaminada a recuperar voto nacionalista que merme la expansión de Bildu?

En varias ocasiones Urkullu se ha manifestado partidario de formar un gobierno en minoría para lo que le bastaría con la abstención del PSOE y del PP en la sesión de investidura, garantizada porque sería un suicidio llevar al PNV a las aguas de Bildu. Quizás fuera esa, dadas las circunstancias, la menos mala de las opciones, porque un gobierno en minoría sería un gobierno menos rehén de los representantes de los terroristas. Pero a la vez sería reditar lo que el PNV ha hecho durante casi tres décadas para afianzar e imponer el nacionalismo a la población vasca: sacar beneficios de la agitación que otros hacen del árbol; ya no existe la amenaza de ETA pero sí la de Bildu. Teóricamente, por interés propio, por inviabilidad de un pacto permanente, el PNV va a esquivar el abrazo del oso que pudiera representar tanto el pacto de gobierno con el PSOE como con Bildu. Un pacto con el PSOE colocaría a Bildu en la gran oposición nacionalista que continuaría detrayendo votos y apoyos al PNV; un pacto con Bildu acabaría devorando al PNV.

Sin embargo, ese gobierno en minoría, que sobre el papel parece la salida más lógica, se encuentra condicionado por la situación de España. La debilidad del Estado, el desafío nacionalista, la rebelión territorial del gobierno autonómico catalán, la expansión de las tesis separatistas, la irresoluble crisis económica, la amenaza de la desobediencia institucional, la posible pinza entre CiU y el PNV pueden llevar a Urkullu a caminar aceleradamente hacia ese nuevo “marco” que pide para Euskadi y que indefectiblemente pasa por un nueva tuerca en la imposición del totalitarismo nacionalista que conduzca a la victoria del independentismo en un futuro referéndum.

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El "Diario Ya" me pidió en la madrugada de la victoria popular un análisis para su edición del 21 de Noviembre. Este es el texto y mi segunda reflexión sobre los resultados: 

Un análisis ajustado de las elecciones del 20 de Noviembre obligaría a cambiar el orden de los titulares, porque la lectura básica de las mismas no es el triunfo cantado del Partido Popular, es la ominosa derrota que el PSOE y su candidato Pérez Rubalcaba, pues tanto monta, han sufrido en las urnas. El PP ha ganado las elecciones, consiguiendo superar su techo en algo más de medio millón de votos, pese a que sigue teniendo su talón de Aquiles en Cataluña y Vascongadas, pero su aplastante victoria en escaños es fruto de una debacle socialista de tal magnitud que ha sobrevalorado su victoria.

No sabemos qué sucederá en los próximos días, pero lo cierto es que hoy por hoy el PSOE está hundido y carece de norte. Hasta tal punto es así que su primera reacción como grupo ha sido intentar ganar tiempo y anunciar que realizarán un Congreso Ordinario, no Extraordinario, lo que tiene su importancia, para elegir un nuevo Secretario General. Un Congreso al que ninguno de los  postulantes de ayer (Rubalcaba, Chacón y López) podrá concurrir con otra mochila que no sea la de la derrota. Quién sabe si, por esas jugadas irónicas del destino, la debacle no tenga como vencedor al derrotado hace años por José Luis Rodríguez Zapatero, al ínclito José Bono, que decidió no ligar su futuro político a unas listas que sólo tenían como horizonte la más dura de las derrotas. Y ahora, bien podría transformarse en la esperanza blanca de un socialismo desliderardo.

La debacle socialista ha tenido como virtud hacer emerger a esa España, abstencionista o votante, que mira con desconfianza, desánimo y hasta desesperación la alternativa bipartidista que desde hace décadas tanto PP como PSOE sueñan con imponer.

Globalmente el bipartidismo PP-PSOE continúa, elección tras elección, perdiendo apoyos, aunque hasta la fecha esa renovación política, esa adecuación entre la ideología real del representado y sus representantes, sólo se esté produciendo entre los votantes de izquierda. De ahí la emergencia de Unión Progreso y Democracia o Izquierda Unida, aunque esta última no haya conseguido alcanzar los resultados del PCE en los inicios de la Transición, mientras que Pérez Rubalcaba ha conducido al PSOE a sus resultados más pobres desde 1936.

Es evidente que para España estas elecciones, hasta para los que estallaron de júbilo por el fin de la pesadilla socialista y el cierre definitivo del zapaterismo, han tenido un sabor agridulce, una nota amarga, al transformarse la pestilente y nauseabunda atmósfera que se extendía desde el cubil proetarra en un “triunfo” electoral, el de la coalición política AMAIUR, brazo político de la izquierda aberzale. Los proetarras han obtenido su mejor resultado, superando los resultados de Herri Batasuna. A diferencia de entonces ahora los herederos de Batasuna sí parece que van a comparecer en un Parlamento, formando un grupo propio cuyo objetivo es reclamar el pretendido “derecho a la autodeterminación”. E igualmente preocupante es el peso político que una vez más obtienen los nacionalistas. Y Mariano Rajoy tendrá que decidir si se inclina por el “¡España unida jamás será vencida!” que gritaban los concentrados en la noche triunfal ante el balcón de Génova o volverá a hablar catalán-gallego-euskera-valenciano-mallorquín en la intimidad.

La victoria del Partido Popular no sólo queda puesta de manifiesto por la tremenda distancia existente entre el número de votantes populares y el de los votantes socialistas, sino también por el hecho de que el PP se ha impuesto en la mayor parte de las provincias españolas, reduciendo a la izquierda en algunos casos, como en Murcia, a los límites mínimos posibles, renovando y ampliando la victoria municipal y autonómica conseguida hace unos meses y que se incrementará con el anunciado triunfo en las próximas e inminentes elecciones autonómicas andaluzas. Así pues, Mariano Rajoy no sólo tendrá el poder de la mayoría absoluta sino que también gozará de un amplísimo poder territorial. Un poder más que suficiente para abordar los cambios estructurales que España demanda.

Mariano Rajoy tiene la posibilidad -siendo fundamental abordarlo- de reformar, reordenar, reorientar y reedificar el denominado Estado de las Autonomías, auténtico cáncer de España y rémora, por la fragmentación económica que supone y por la carga de déficit que representa, como paso previo para la recuperación económica desde acciones internas y no merced a imposiciones externas. Ahora bien, ello supone, como mínimo, por un lado reducir el peso de las administraciones autonómicas, reducir sus techos competenciales y, por otro, asumir que el Estado debe recuperar competencias. Algo que no está ni en el programa del Partido Popular ni en el pensamiento de Mariano Rajoy. Entre otras razones porque obligaría a poner fin a un sistema de clientelismo político que asegura el poder territorial de los barones autonómicos. En este caso la inmensa mayoría miembros del Partido Popular.

Mariano Rajoy, y es un hecho, es el presidente que mayor poder político va a tener en sus manos desde el primer gobierno democrático de Adolfo Suárez. La ironía o el capricho del destino ha escrito, sin embargo, los renglones de otro modo. Mariano Rajoy será, al mismo tiempo, el presidente de una España cada vez menos soberana. Una España que vivirá, en los próximos meses, bajo la sombra de una hipotética intervención. Una España esclava de unos mercados que nos continuarán imponiendo intereses onerosos ante la acuciante falta de financiación del país. Situación que de prolongarse acabará dañando irremediablemente nuestro futuro económico. Una España sin soberanía económica, porque depende de ese conjunto de instrumentos supranacionales que son la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional, los mercados y las agencias de calificación, por no mencionar el vasallaje que como nación rendimos y rendiremos al eje franco-alemán que rige la Europa del Euro. Subordinación reconocida por el propio Mariano Rajoy en la noche electoral, al anunciar que España cumplirá con la Unión Europea. Lo que tendrá, como única traslación posible al terreno de las medidas a adoptar: la implementación de un duro programa de ajustes/recortes y de contención del gasto.

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No creo que el análisis de los resultados electorales, salvo que nos guste entretenernos en el humo de la obviedad, pase por constatar lo que desde la ya lejana convocatoria de estos comicios era un hecho: la victoria electoral, con la consecución de la mayoría absoluta, por parte del Partido Popular. Insistían los comentaristas, y supongo que también ocupará la mayor parte de las portadas de los periódicos del lunes 21 de noviembre, en que la noticia de la noche era la gran victoria de Mariano Rajoy.

Cierto es que se trata de un titular con unos entradillas inevitables, aunque probablemente en ellas no exista el mismo consenso: la primera, la tremenda derrota del PSOE y el anuncio de un Congreso Ordinario que no Extraordinario (detalle importante sobre el que convendrá detenerse en los próximos días); la segunda, la constatación de que existe una España, que vota o no vota, que aspira a que se rompa el bipartidismo; l tercera, la más negativa, el retorno de los proetarras con una importante presencia parlamentaria a las Cortes (Congreso y Senado), y en segundo término, pero dentro de la misma onda la fuerza parlamentaria que adquiere el bloque nacionalista que, además, respalda la espiral independentista que les domina y que tiene como objetivo y precio obtener el denominado “derecho a la autodeterminación”, paso previo para la independencia. Ante ello, en esta legislatura, el  Partido Popular tendrá que definirse.

Con todo, mañana o pasado, todo esto pasará a segundo orden porque España, por debajo de la pirotecnia electoral y pasada la resaca de la victoria, continuará bajo la amenaza de una posible intervención o, en el mejor de los escenarios, esclava de unos mercados que continuarán imponiendo intereses onerosos que dañarán irremediablemente el futuro económico del país. Y, sobre todo, porque pasada la euforia, el hombre que tendrá el mayor poder absoluto en España desde la Transición  tendrá que dejar la calculada ambigüedad de un discurso electoral pensado únicamente para evitar la pérdida de votos y conseguir la atracción de una parte del electorado descontento socialista. Pero a partir del día 21 de noviembre, o mejor dicho cuando sea investido como presidente, Mariano Rajoy no sólo tendrá una amplísima mayoría absoluta parlamentaria, sino porque, además, dominará territorialmente el país; poder territorial que se completará tras la anunciada victoria en los próximos comicios andaluces. Lo que significa que, si quiere, si se define ante la ola nacionalista, si se impone sobre el sistema clientelar de los barones autonómicos, podrá poner orden en el desorden autonómico, elemento clave para la recuperación económica de España.

Así pues, lo importante de la noche electoral no son los resultados sino la pregunta que pocos se han querido hacer, ¿y ahora qué? Hace unas semanas leía un comentario en el que se afirmaba que la calculada ambigüedad de Mariano Rajoy tenía como razón la existencia de un duro programa de ajuste que, de haberse debatido durante la campaña, pudiera haber frustrado la mayoría absoluta. Aunque también alguien se planteara la incógnita de si en realidad Mariano Rajoy no tenía programa oculto ninguno, y sólo el compromiso de cumplir con aquello que le indicaran los verdaderos detentadores del poder la UE y los mercados.

He escuchado con atención los dos discursos de Mariano Rajoy en la noche electoral y el anuncio de que a primera hora de “mañana” se ponía a trabajar. Resulta evidente que, como hasta mediados de diciembre los populares no ocuparán el poder, Mariano Rajoy está obligado a realizar anuncios sobre lo que quiere hacer e incluso dar muestras de su decisión a través de las medidas que pudieran adoptar sus gobiernos autonómicos, que tienen que cerrar su capítulo de gastos de cara al próximo año. Pero, entre líneas, por debajo del flamear de banderas de España y del PP, por debajo de los gritos del núcleo derechista del PP, los que clamaban “¡España unida jamás será vencida!”, Mariano sí ha hecho un anuncio trascendente: que cumplirá con la UE. Es decir con los dictados de la Unión Europea y del Banco Central Europeo, lo que tiene una única traslación al terreno de las medidas a adoptar: la implementación de un duro programa de ajustes y contención del gasto.

 

 

 

 

 

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El Debate insustancial

Publicado: 08/11/2011 02:20 por Francisco Torres en Elecciones
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Quizás haya sido uno de los “no-debates” menos interesantes y más inútiles de todos los tiempos. Un debate tan perfectamente orquestado como fundamentalmente insustancial cuya lectura real y no interesada, no vinculada a los intereses mediático-políticos de cada medio, no puede ser más que preguntarse ¿y para esto ochenta millones de pesetas y unos árbitros para controlar el tiempo a 1.400 euros por cabeza?.

No sé quién ha ganado en términos porcentuales ni realmente me interesa, ni llego a admitir como ciertos los resultados, ampliamente diversos, que reflejan los medios, entre otras razones porque muy escasa incidencia va a tener en unas elecciones en las que todo está decidido desde hace muchos meses. El “no-debate” realizado no ha pasado de ser el habitual pulso diseñado y preparado por unos equipos de comunicación cuyo objetivo fundamental es evitar precisamente que haya debate o que un debate descontrolado acabe volviéndose en contra de sus protagonistas. El “no-debate”, como de costumbre, ha sido un insulto a la inteligencia porque está viciado de origen, porque es un “no-debate” basado en un pacto mutuo para evitar entrar en determinados temas, especialmente aquellos que dejarían en evidencia a la casta política como realidad global. Un “no-debate” inexistente, porque en muchas fases del mismo éste no pasaba de ser la lectura indisimulada de mensajes preparados por los equipos de campaña y asesores de imagen con mirada fija a la cámara. Un “no-debate” preñado, sobre todo por parte de Mariano Rajoy, de frases preparadas para no contestar con precisión, para resguardar el futuro en la nebulosa de unas palabras que aparentemente significan una cosa pero que, en realidad, sirven para tener libres las manos de cara al futuro.

Naturalmente los “hooligans” de cada uno de los protagonistas, especialmente en este caso los seguidores de Mariano Rajoy, estarán encantados. Para cada bancada el suyo ha vapuleado al otro. Y, en cierto modo, ha sido así. Sin embargo, fuera de los “fans”, tan histéricos como las jovencitas que siguen a cualquier cantante prefabricado, los parámetros para valorar con acierto este “no-debate” debieran ser muy distintos a los que es fácil encontrar en las páginas de la prensa. Porque el “no-debate” sí tiene un debate real: el que realizan después, como correa de transmisión de las tesis de los dos grandes partidos, las tertulias y los editoriales de prensa.

Muy pocos en España pensaban, antes del debate, que éste tuviera alguna importancia, que pudiera invertir el sentido de las encuestas. Desde este punto de vista era considerado una inutilidad y para muchos, simplemente, un fastidio. Para la inmensa mayoría, que probablemente sólo hayan visto una parte del “no-debate”, Mariano Rajoy ha ganado porque el socialismo carece de argumentos cuando se tienen cinco millones de parados y porque nadie confía ya en el socialismo como gestor. Por ello, el equipo de Pérez Rubalcaba diseñó una estrategia distinta asumiendo de antemano la anunciada derrota electoral. El objetivo de Pérez Rubalcaba era otro: conseguir movilizar el desencantado núcleo ideológico del electorado de izquierdas alertando sobre el pretendido programa oculto del Partido Popular. Porque una vez asumida la apabullante derrota a Pérez Rubalcaba sólo le queda intentar salvar los muebles y presentarse como futuro líder de la oposición, de ahí su advertencia final dirigida más a los suyos que a los votantes de: “ni me arrugo ni me echo atrás”.

En el lado contrario, Mariano Rajoy ha seguido fielmente el guión de lo que se conoce como la “estrategia Arriola”: con las cartas a favor basta con no moverse y jugar a la contra. Y yo, a estas alturas, tras escuchar al futuro presidente del gobierno y leerme las doscientas páginas de su programa, salvo en cosas concretas que repite machaconamente, sigo sin saber exactamente, más allá de las frases genéricas, qué hará el Partido Popular cuando esté en el poder. 

 

 

*Foto tomada de Periodistas Digital 

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Cuando la ya prácticamente exministra de Defensa se vio obligada a retirar su candidatura al espejismo de las primarias socialistas, que más parecía una pantomima o un aquelarre, no pocos dieron por finiquitada la carrera política de la ambición rubia del socialismo. El guión escrito por los viejos felipistas, ansiosos por limpiar al socialismo de lo que para ellos no son más que desagradecidos advenedizos, entre los que por cierto muchos incluyen al ínclito José Bono, pasaba por llevar a uno de los suyos, a un hombre de confianza, a Pérez Rubalcaba, a la Secretaría General del PSOE y después, siguiendo este orden, nuevamente a La Moncloa. Las elecciones del 20-N, adelantadas forzando a José Luis Rodríguez Zapatero primero a convocarlas y después a dejar en suspenso las tan anunciadas como inanes reformas estructurales, en este esquema, no serían más que el primer paso hacia ese idílico futuro capaz de reverdecer las viejas glorias de la izquierda.

Que las elecciones están perdidas para el PSOE es una realidad con la que trabaja el gabinete demoscópico de Ferraz. Un gabinete que, por otro lado, aspira a conseguir sus objetivos repitiendo la misma estrategia que llevó a ZP a la Moncloa disociando, en una estrategia un tanto esquizofrénica, a Pérez Rubalcaba de la marca PSOE o simplemente convirtiéndolo en sí mismo en una marca de izquierdas. Que nadie se engañe, no aspiran los expertos en campañas del socialismo a ganar las próximas elecciones; ese no es su horizonte. Su objetivo es evitar una debacle socialista y poner las bases de cara a la recuperación del poder dentro de cuatro años mediante una estrategia de dura oposición en la calle y en el Parlamento. Pero para que se cumplan los bellos sueños de Pérez Rubalcaba y su cuadrilla es preciso recuperar este 20-N algo de terreno frente al Partido Popular. El objetivo mínimo es reducir al máximo posible la pérdida de escaños buscando obtener en torno a los 140, de tal modo que la izquierda tenga un bloque de conjunto importante en la cámara. El objetivo máximo, y difícilmente alcanzable, sería conseguir que el PP no consiguiera mayoría absoluta; siendo el mejor de los escenarios aquel en el que a Mariano Rajoy no le bastase con el apoyo de CiU para gobernar (posibilidad ésta, la de un gobierno del PP con apoyo de CiU, que tampoco es descartable en Génova aunque las encuestas la entierren semana tras semana). En ambos casos el socialismo dispondría de un margen de maniobra suficiente para lanzarse a la calle, a la agitación social, ante las previsibles políticas de recorte que el PP estará obligado a realizar. 

Ahora bien, si ninguna de los dos objetivos se alcanza, si Pérez Rubalcaba se hunde obteniendo menos escaños de los que obtuvo Almunia, la lucha por la Secretaría General del PSOE y por el control del partido estará abierta a partir del 21-N. Y es ahí donde la figura de Carme Chachón vuelve a brillar con luz propia.

Por ello, una de las claves de las elecciones del 20-N, ya que el resultado no arroja ninguna duda, la victoria del PP (catorce puntos de diferencia a menos de dos meses vista son insalvables), será lo que suceda en Cataluña. El futuro político de Pérez Rubalcaba depende, en gran medida, del comportamiento electoral que se registre en Andalucía y en Cataluña, los dos grandes viveros de votos y escaños del socialismo. No parece que en Andalucía se vayan a reeditar los grandes éxitos del PSOE, siendo segura la pérdida de escaños, pero donde se puede producir la gran debacle que entierre al socialismo es en Cataluña.

Carme Chacón, que cuenta con un buen equipo de asesoramiento y con un extenso lobby en PSOE que está colocando jóvenes alevines en las listas provinciales, está deshojando la margarita de qué hacer. Carme pude adoptar un perfil bajo y entrar en campaña, subordinada y ligada a Pérez Rubalcaba, como líder de los socialistas catalanes o puede optar por una campaña personalista en Cataluña y jugarse el mañana ya mismo en una apuesta no exenta de riesgo. En cualquier caso ya ha puesto precio a su apoyo: el PSC deberá tener grupo parlamentario propio. Así, a partir de diciembre el PSOE tendrá dos voces en la oposición: una la de Rubalcaba y otra la de Carme. Eso si se cumplen las previsiones de los estrategas socialistas. Pero, ¿y si no se cumplen?

Pudiera darse la circunstancia de que Carme se convirtiera, y en las próximas semanas saldremos de dudas, en un elemento activo de la campaña en Cataluña y que decidiera jugar a fondo sus cartas. De hecho ya se ha presentado como paranacionalista a raíz de lo acontecido con la sentencia del TSCJ sobre la utilización del castellano como lengua vehicular en Cataluña porque quiere recuperar los votos de la izquierda nacionalista burguesa. Si Carme hace campaña y consigue un buen resultado en Cataluña mientras Pérez Rubalcaba se estrella en el resto de España la lucha por el poder estará abierta, pudiendo contar con un buen número de diputados jóvenes que la seguirán. El dilema de Carme es que sabe que si en los próximos cuatro años no se transforma en Carmen difícilmente podrá aspirar a ganar en las siguientes elecciones y esa es la margarita que la ambición rubia tiene que deshojar.

 

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20-N. La única opción viable.

Publicado: 15/09/2011 01:07 por Francisco Torres en Elecciones

Hace unas semanas escribía sobre la necesidad de que, por una vez, prime la sensatez ante la convocatoria electoral del Veinte de Noviembre. Pese a que pudiera parecer lo contrario ignoro el horizonte de cualquier conversación abierta, si es que ésta en realidad existe. El hecho incuestionable es que el próximo Veinte de Noviembre no existirá, en toda España, una candidatura a la que puedan votar todos aquellos que sin situarse en la izquierda o en la derecha, o decepcionados por ambas, estimen necesario apoyar una opción distinta a las que hoy están representadas en el parlamento español.

Me decía, con harta desesperación, un amigo, hace unas semanas, que se sentía decepcionado por lo que iba a suceder este Veinte de Noviembre; porque ni tan siquiera tendrá la oportunidad de dejar constancia de que algunos no hemos muerto. Alejado de las miserias internas de todo aquello que el electorado sitúa, independientemente de la conceptualización, con razón o sin ella, a la derecha del PP, se mostraba remiso a aceptar que no hubiera vida más allá del PP para quienes no se sienten de izquierdas, ni quieren caer en las trampas de las organizaciones pantallas de las que es usufructuario el PP, ni en los falsos señuelos de la para algunos -que rondan la estupidez más absoluta- rubicunda amazona del Walhalla renacido ofrecida por los medios de la derecha como sucedáneo para descontentos, o en los aspavientos anti de algún grupo que cada vez se aleja más de lo que entendemos como propio.

Quizás no viniera mal a todos aquellos que militan o dirigen grupos políticos, sociales y culturales situados en ese ámbito ideológico que en esta ocasión, ante la dura realidad, cedieran y asumieran un ápice de pragmatismo. Alguien puede soñar que se revestirá con la púrpura del mando y el canto de la gloria porque pueda presentarse en tres o cuatro provincias; alguien podrá seguir entonando la gloria de Aquiles porque esté más o menos sólo en la convocatoria; alguien podrá creer que tomará un nuevo impulso por la consunción paulatina de los demás. Pero para cualquier observador mediano no será más que el canto de un cisne que está a punto de perecer. Porque una de las lecturas de las elecciones del próximo Veinte de Noviembre será la desaparición política de todo aquello que no sea PP más allá de la izquierda.

Nadie en su sano juicio puede pensar que ese ejercicio de pragmatismo, que todos debiéramos hacer, es para obtener una mejor posición o sujeto a los intereses de tal o cual grupo. Mal empezamos si partimos de esa premisa. Nadie en su sano juicio puede pensar que se buscan resultados positivos en las urnas a costa de los demás porque estos no se van a producir. De lo que se trataría, al menos esa sería la exigencia autoimpuesta por el sentido del deber, es de dar a ese puñado de españoles descontentos del sistema, de las autonomías, de la casta política, de la pérdida de soberanía nacional, de la corrupción moral, del cuestionamiento del Estado del Bienestar, de las políticas ultraliberales y del proceso de desintegración de España la oportunidad de tener una candidatura a la que votar en toda España. Que nadie piense en obtener decenas de miles de votos porque de lo que se trata es de dar testimonio, de poder decir bien alto: “Aquí estamos. No vamos a desaparecer”.

¿Cómo hacerlo? No es fácil y además prácticamente no queda tiempo. Quizás la única solución factible fuera una candidatura temática, con un mensaje claro y rotundo, compartido por todos, que pueda recoger ese descontento. Dejar los máximos para concentrarse en los mínimos. Pero esa opción sólo será viable si cuenta con el apoyo de todas esas fuerzas políticas, sociales y culturales a las que me he referido y que todos tenemos en la mente. Sin embargo, mucho me temo que sólo vamos a contar con un largo rosario de excusas adornadas con toda la parafernalia de purezas permanentes. Todo ello cuando lo que nos estamos jugando es el futuro y la continuidad de un legado que nos hartamos de decir que consideramos sagrado.

 

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Tengo la impresión de que este 20-N electoral se va a llevar demasiadas cosas por delante. No tengo vocación de futurólogo pero la lógica, salvo que se prefiera el universo mitológico y la fundamentación irracional, indica que, una vez más, en la reestructuración del espacio político español que hemos vivido, los grupos que, a efectos sólo de identificación, para los españoles se mueven a la derecha del Partido Popular, aunque busquen otros nichos electorales o sociales, se han quedado fuera y quizás, salvo intervención de la Providencia, para siempre. Esto no es algo nuevo, víctimas de sus propios errores, aunque a ello se superpusiera toda la presión ambiental o institucional que se quiera sumar, perdieron su oportunidad en 1976-1977 y la tiraron por la borda, cuando se había hecho lo más difícil, entre 1979 y 1982. 

La reforma de la ley electoral, pactada entre PP y PSOE hace unos meses, que abre el camino hacia nuevas reformas y cuyo objetivo es preparar la transformación del denominado “bipartidismo imperfecto” que tenemos en bipartidismo efectivo, antes de que sea efectiva la multiplicación de las opciones con representación parlamentaria, dibuja un imposible escenario para esos grupos que, independientemente de su definición, el ciudadanos sitúa a la “derecha del Partido Popular”.  

Quede claro que de no estar vigentes las barreras que la reforma establece para evitar la proliferación de listas electorales, reduciéndolas, a nivel nacional, sólo a aquellas que tienen representación parlamentaria, ninguno de esos grupos a la “derecha del PP” hubiera obtenido resultados mínimamente importantes, entre otras razones porque la mayor parte del electorado que buscan movilizar está encantado, desde hace décadas, con votar al PP. Pero con la normativa actual lo que se busca es erradicar la presencia real de estos grupos de la vida pública española.

Ante esta realidad poco valen las protestas o refugiarse, emulando a la zorra de la fábula, en un  lastimero “ahí se quedan que están verdes”, o recurrir al universo mitológico, muy propio del irracionalismo, de la sublimación del gesto heroico. Se impone la sensatez.

Hasta ahora, para presentarse a unas elecciones bastaba con reunir los nombres suficientes para rellenar las listas, lanzar paracaidistas donde fuera necesario, desempolvar del cajón listados ajados y poco más. Ahora se necesita acompañar a la candidatura con firmas protocolarizadas. Un partido que quisiera presentarse en toda la geografía nacional necesitaría entre 50.000 y 70.000 firmas; un partido que quisiera presentarse en Madrid necesitaría 7000 firmas. Hasta ahora, a nivel nacional, concurrían entre 6 y 7 candidatura en casi toda España, lo que significa que necesitarían entre 300.000 y 500.000 firmas. Inviable cuando entre todas suman, suponiendo que se pudieran sumar, entre 60.000 y 70.000 votos. Más complejo es el caso de Madrid donde las candidaturas podrían llegar a la decena, demandando unas 70.000 firmas. Y todas, a nivel nacional o a nivel de Madrid, buscarán esas firmas en el mismo sector.

Lo que la lógica dice es que este tipo de candidaturas no estarán a nivel nacional en la cita electoral del próximo 20-N y las que lo consigan, si alguna lo logra, habrán tenido que realizar un esfuerzo enorme. Lo más probable es que nos encontremos con una proliferación de listas aisladas que aparezcan en las más diversas provincias en lo que podríamos denominar la aparente recuperación del moribundo antes de exhalar su postrer suspiro.

Ante esta situación a lo único que cabe recurrir es a la sensatez y pensar que estamos ante una línea divisoria que obliga a mirar hacia el futuro de otra manera. Sin embargo, mucho me temo que seguiremos mirando hacia atrás, hacia el irracionalismo, el universo mitológico y la inútil sublimación del ejemplo heroico.

 

 

 

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Tiene gracia que el presidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que ha hecho de la “desmemoria histórica” bandera ideológica, haya escogido la fecha del Veinte de Noviembre, aniversario de la muerte de Francisco Franco y del asesinato-ejecución por los republicanos de José Antonio Primo de Rivera, para que se celebren unas elecciones que, según todos los datos, no sólo serán la tumba política de José Luis Rodríguez Zapatero sino también el día en que el PSOE sufrirá una derrota histórica tras conducir al desastre a la nación española. Pero, tengo que tengo la impresión de que la maquinaria propagandística socialista va a utilizar el simbolismo de la fecha para movilizar a los “jóvenes rojos”, dentro de la estrategia de captación de voto que ha iniciado Pérez Rubalcaba, a los que ahora seguro que podrán movilizar diciendo: “ojo, que vuelve Franco”.

No me cabe duda de que el presidente del gobierno convoca elecciones adelantadas contra su voluntad, pero obligado por las circunstancias. No lo ha hecho por la presión, un tanto débil y etérea, del Partido Popular. Lo ha hecho por interés del partido. Ya señalé, hace tiempo, que podría darse el caso de que, ante el difícil panorama económico, de no existir datos macroeconómicos positivos, los estrategas socialistas consideraran que, entre la necesidad de dar tiempo al nuevo candidato o auparse sobre algunos datos positivos con los que presentarse a las elecciones, primara lo segundo. La evolución negativa de la prima de riesgo española de las últimas semanas, que nada hace presagiar que vaya a remitir de forma inmediata, pero que sí es posible que se produzca una bajada de la misma considerable, al viento de las medidas que el Eurogrupo está adoptando con respecto a Grecia, ha sido quizás el elemento desencadenante pero no el origen de la decisión. Súmese también a ello el problema de la elaboración de los próximos Presupuestos Generales del Estado, inviables porque los ajustes que impone Europa son incompatibles con el precio que el gobierno tendría que pagar a unos nacionalistas que, conscientes de esta realidad, hace días que comenzaron un proceso de desenganche de su apoyo al gobierno. Pero lo que de ningún modo debe obviarse, porque ahí está la clave, es la presión interna desatada hace unas semanas desde el propio partido socialista; la decisión del equipo de Rubalcaba, con  el diario El País como portavoz, de obligar al presidente a adelantar las elecciones, al entender que ello abriría para el PSOE la puerta que evitaría una derrota estrepitosa que condenara al socialismo a permanecer una década en la oposición.

Tengo la impresión de que la decisión de adelantar las elecciones debe explicarse en clave interna socialista, en función de los intereses electorales del partido. El presidente del gobierno había asumido, como razón de su permanencia, la obligación que tenía de realizar los ajustes que la UE demanda a España, entendiendo que con ello se produciría una mejora progresiva en los datos macroeconómicos al generar elementos de confianza para los mercados. Al hundirse las cifras, siendo imposible sacar adelante unos ajustes que, por fuerza, mermarían el apoyo electoral socialista, sólo quedaba como salida para el PSOE y para Rubalcaba convocar elecciones.

Creo también que esta salida también estaba en la agenda del presidente desde finales de junio. Ahora ha salido a la luz porque el presidente entiende que es lo mejor para el PSOE. Lo mejor, porque Rubalcaba, según los datos del CIS, puede reducir la enorme diferencia existente en intención de voto entre el PSOE y el PP; porque los estrategas del PSOE han escogido una precampaña corta para que Rubalcaba pueda, sin dar tiempo a que se produzca el desencanto o el desengaño, lanzar un mensaje diseñado para atraer el voto de la izquierda extraparlamentaria, mermar la fuga de votos de izquierda hacia IU y ser el principal usufructuario del prefabricado movimiento del 15-M, buscando recuperar así entre 500.000 y un millón de votos. Superpóngase a ello el efecto positivo que pudieran suponer los datos de reducción del paro que, merced a una buena campaña veraniega, se van a mantener hasta octubre y quizás hasta diciembre. En esta clave a Rodríguez Zapatero aún le queda una misión: sacarse de la chistera algunos decretos demagógicos en sintonía con el programa izquierdista con "R" de Rubalcaba.

 

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Dejando a un lado el dato negativo para España de la irrupción con fuerza excesiva de Bildu en los Ayuntamientos y la posibilidad de que acaben acumulando un importante poder territorial en Navarra y Vascongadas, merced a sus 1.091 concejales (el partido con más concejales en el País Vasco), que dé un nuevo impulso a ETA, resultados que merecerán un análisis detenido, la única lectura de las elecciones municipales y autonómicas del 22 de mayo es que la marca PSOE se ha hundido en España.

Hace unos días indicaba que la clave de estas elecciones estaría en lo que sucediera en Castilla-La Mancha y en Extremadura. Al PSOE le bastaba con salvar uno de los gobiernos y mantenerse mediante pactos en otro para poder mantenerse como marca. No sólo no lo ha conseguido sino que además ha perdido el gobierno de gran parte de las grandes ciudades que dominaba y sólo con una coalición con IU, de mantenerse finalmente los resultados, podría salvar el gobierno de izquierdas en Extremadura. Las diferencias porcentuales, en torno al 10%, son de tal magnitud que hacen innecesarias las posibles proyecciones de voto, y los resultados en determinadas ciudades andaluzas, como Sevilla, no hacen más que anunciar una nueva debacle socialista en las próximas elecciones autonómicas. 

La lógica política indica que, con estos resultados, José Luis Rodríguez Zapatero estaría obligado a anunciar la disolución de las cámaras y la subsiguiente convocatoria electoral. Pero una cosa es la lógica y otra muy distinta la práctica. El PSOE se ha colocado, con estos resultados, en el peor de los escenarios posibles. Es innegable, dado el porcentaje de participación, que hoy en España no sólo existe un ambiente anti-ZP sino que además se ha extendido un ambiente anti-PSOE que es también casi un ambiente anti-izquierda, dado que ni IU, ni la más templada UPyD, han conseguido ser los referentes del descontento del votante socialista ni, en el caso de UPyD se ha producido una atracción decisiva del voto con menor prejuicio ideológico; ni ha funcionado la movilización izquierdista del ficticio movimiento del 15-M, que al final ha acabado beneficiando al PP. Al PSOE sólo le queda como salida, salvo que insista en el suicidio creyendo que la baraka de ZP aún existe, hacer unas elecciones rápidas para perderlas, evitar las primarias e intentar movilizar a la izquierda con Rubalcaba como candidato, a menos que quiera quedar fuera del poder durante una década. Porque otra de las cosas que han sepultado los resultados son las primarias socialistas, ya que difícilmente Carmen Chacón estará dispuesta a asumir una candidatura que sería su tumba política. Lo más probable, sin embargo, es que Rodríguez Zapatero prefiera aguardar hasta después del verano antes de tomar una decisión definitiva, pero, inicialmente su intención es aguardar hasta marzo y esperar a ver si consigue una “apariencia” de paz con ETA y un desgaste autonómico del PP que al menos impida el hundimiento definitivo de la marca PSOE tal y como ha sucedido en algunas Comunidades Autónomas.

Ahora bien, todo dependerá, aunque nadie quiera destacarlo, de la actitud que adopte el Partido Popular. Inicialmente, dado el éxito, nada hace suponer que Mariano Rajoy varíe su línea de actuación, por lo que continuará limitándose a pedir que Rodríguez Zapatero convoque elecciones. Pero también podría inclinarse por forzar la convocatoria adelantada de elecciones iniciando una estrategia de acoso y derribo que comenzaría con la presentación de una moción de censura. Hoy Mariano Rajoy es un líder incuestionable que ha asentado el poder de su grupo dentro del partido. Así que él tiene la llave: o lanzarse a forzar la convocatoria de elecciones anticipadas o aguardar hasta marzo porque entonces la debacle socialista será aún mayor.

 

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Nadie puede decir que está campaña electoral haya despertado el más mínimo interés entre los españoles; casi se podría decir que la han soportado con estoicismo disfrazado de pasotismo. Algo lógico, si tenemos en cuenta que para la mayor parte de los ciudadanos uno de los grandes problemas que tiene España es su clase política.

Lo que va a suceder el próximo veintidós de mayo ya está prácticamente escrito. Lo han dejado meridianamente claro, en los números globales, las encuestas. Cierto es que éstas no son la verdad absoluta y que en algún punto de la geografía puede darse alguna sorpresa, pero se tratará de hechos aislados que en nada variarán el veredicto. Cierto es que en algunas ciudades importantes la horquilla de concejalías deja un cierto resquicio a la incertidumbre, pero nada más. Sin embargo, los números globales parecen estar claros: el Partido Popular será el vencedor de las próximas elecciones autonómicas y probablemente también lo sea en las grandes ciudades. Pero eso no es algo que debiera sorprendernos, no sólo por el desgaste del gobierno y el efecto de castigo que van a sufrir las listas socialistas, sino también porque, independientemente de la situación el Partido Popular partía con ventaja.

Victoria ventajista porque no se vota en dos de los principales graneros de voto socialista (Andalucía y Cataluña); porque sí se vota en las Comunidades en las que el PP se sitúa por encima del 50% de los sufragios (Valencia, Murcia y Madrid), lo que se traduce en varios millones de apoyos (a ello podríamos sumar los altos porcentajes que obtienen también en Castilla-León y Galicia). Las diferencias de voto entre PP y PSOE en muchas de las Comunidades en las que se celebran elecciones son abismales: mientras que el PP se sitúa en tantos porcentuales que se mueven entre un 53% y un 62%, el PSOE lo hace en una horquilla que va del 25% al 35%. El efecto ZP hará, incluso, que el Partido Popular incremente sus apoyos en sus grandes graneros de voto.

Si resulta evidente que el PP ganará en número de votos al PSOE en las elecciones autonómicas, cuyos resultados sí pueden ser extrapolables en esos lugares a unas generales, lo fundamental, la clave de estas elecciones, que para el Partido Popular son antesala de las próximas generales, reside en la batalla por el poder territorial en Aragón, Cantabria, Extremadura y Castilla-La Mancha. Estas dos últimas son los auténticos puntos calientes de estas elecciones, porque se trata de dos Comunidades tradicionalmente de voto socialista absoluto en Extremadura y relativo en Castilla-La Mancha. Si el PSOE pierde el gobierno de Castilla-La Mancha será un revés muy importante, pero si pierde también Extremadura será el indicador real de que existe un declive imparable de la marca socialista constituyendo un precedente para las próximas elecciones andaluzas. En Ferraz saben perfectamente que si pierden allí el fin del socialismo es seguro y que como algunos anuncien tarden décadas en volver a la Moncloa.

No parece probable que el PSOE pierda en todos sus feudos, entre otras razones porque las diferencias porcentuales son pequeñas y el socialismo siempre ha mejorado los resultados de las encuestas. Tesis que parece compartir el PP cuando ha optado por centrar sus esfuerzos en Castilla-La Mancha donde, además, se juega el futuro político de María Dolores de Cospedal. Para Mariano Rajoy ganar en una de estas dos Comunidades será una prueba evidente de que está en el camino correcto hacia la Moncloa.

El PSOE juega a evitar la debacle. Ese es su objetivo. En Ferraz son conscientes de que, dada la particularidad de estas elecciones, las diferencias totales en tantos porcentuales no será tan amplias como las que reflejan las encuestas, lo que le permitirá mantener la ficción de que la recuperación es posible. Si el PSOE consigue mantenerse en Extremadura, Castilla-La Mancha y salva, mediante pactos, Aragón o Cantabria será todo un triunfo. Si gana en Extremadura y Castilla-La Mancha significará que la marca PSOE aún no está agonizante, aun cuando sí lo esté el presidente. Una derrota total, abriría la catástrofe en Andalucía y el hundimiento de la marca PSOE.

Aún, ante el más negro de los horizontes, José Luis Rodríguez Zapatero mantiene su optimismo. Una victoria casi total de los populares con la pérdida de Cantabria, Asturias, Aragón y Castilla-La Mancha estima que supondrá, para ellos, un desgaste permanente en los próximos meses, ya que tendrán que aplicar los recortes de los que no se está hablando en la campaña.  Lo que, ante un mapa de poder territorial marcado por la hegemonía popular, espera José Luis Rodríguez Zapatero es que la aplicación de esos recortes, que será inmediata tras las elecciones, erosione a los populares y permita a la marca PSOE una recuperación. Ahí está la clave de las elecciones y de las inminentes primarias socialistas. En función de lo que ocurra tendremos: si la derrota es absoluta a Rubalcaba sin primarias, pero si la derrota es dulce Chacón o Pajín probarán suerte.

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