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Escribo apesadumbrado, rápido y sin detenerme a medir la palabra, molesto por tratarse de mi tierra murciana, tiera de devociones marianas, pero no sorprendido.

Hoy cualquiera puede llegar a se concejal. Basta con se aplicado, amigo del cabeza de lista y medrador empedernido; tener apellidos sonoros con la vestusta crema local y ser conocido por una gran carrera profesional. Si además eres jovencito y estupiprogre acabas seguro de Concejal de Festejos y andando el tiempo, si trepas con fortuna, hasta se puede llear a ser diputado regional.

Y ser estupiprogre es la funcion que todo alcalde espera de su Concejal de Festejos para que anime el cotarro gastando los dineros que no se tienen y dando pan y circo. Como es natural el Concejal tiene como meta estar en todos los saraos y ser el más salao en la función. Es lo que demanda la progresía para perdonar el pecadillo de ser de derecha y por lo que se pirran los de derechas.

He aquí que llega el carnaval y el estupiprogre decide disfrazarse y, cómo no, el objetivo favorito es la Iglesia. Nada mejor que de cura, monja u obispo, mezclando, eso sí, sotana o hábito con elementos sexuales que privan a los que acaban presumiendo de lo que carecen. Y el pueblo sonríe y aplaude, aporque atacar a los curas está bien visto y debe ser promocionado por las más altas instancias políticas, aunque sean del Partido Popular.

Naturalmente el estupiprogre es siempre del Partido Popular. ¡Cómo no! Hace unas semanas toda la progresía regional y casi nacional bramó hasta conseguir el cese de una concejala del Partido Popular, que no era estupiprogre, y que osó considerar como víctimas de otro terrorismo a las víctimas del aborto. Tardaron lo que tarda un suspiro en cesarla, no fuera a quebrar los cimientos del muy beato PP murciano y causar sarpullidos a las feministas.

Hete aquí que ahora un concejal, a quien los cielos confundan, del Partido Popualr que responde al nombre de Antonio Valero, de la localidad de Jumilla (Murcia), no poque anduviera preso de los vapores etílicos, con premeditacion y alevosía, con trabajo digno de mayor empeño -espero que no haya cargado a las arcas municipales su fechoría-, preparó para el carnaval su disfraz. Y para vergüenza y escarnio de los católicos -no para la portavoz municipal que todo le pareció de perlas-, y de los votantes del PP que seguirán votando porque en el fondo les va a dar igual -pecadillos a perdonar dirán-, se disfrazó de Virgen de las que procesionan en Semana Santa con palio, trono y velas incluidas -se da la circunstancia que el malahado concejal es también el representante del Ayuntamiento en las Cofradías y supongo desfila en Semana Santa-. No sólo es que se cubriera con el ridículo del esperpento, es que en ello existió -salvo que fuera imbécil o ignorante- el ánimo d eburla y escarnio para con lo sagrado.

Este es el tipo de político que puebla de esupiprogres el PP. Sólo la voz del sacerdote -voz de la dignidad- se ha alzado conta la ofensa pidiendo su cese, porque este sujeto ni tan siquiera tiene la decencia -pedir decencia a quien ahce eso sería un exceso- de dimitir y ante la protesta justa se limita -como si se tratara de una travesura inocente- a pedir disculpas, porque lo que quiere es seguir siendo concejal.

La vergüenza y la lección a tener en cuenta es que el alcalde y el PP guardan silencio y no le cesan de inmediato como debieran haber hecho. No lo hacen, simplemente, porque valen mucho más los votos de los progres que los de ese puñado de católicos que padecen un acusado masoquismo y que, hagan lo que hagan, piensan que les van a seguir votando.




 


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La ley del aborto del PP

Publicado: 16/01/2014 13:42 por Francisco Torres en El Partido Popular
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Alberto Ruíz Gallardón, Ministro de Injusticia (no puede caber otro título para un Ministro que ha visto impasible como los terroristas salían a la calle tras aceptar presurosamente la sentencia del Tribunal de Estrasburgo sin haber tomado, como era su obligación, medida alguna para evitarla, y se les rinden homenajes conjuntos sin que se muevan las pestañas de fiscal alguno), hijo de José María Ruíz Gallardón, diputado de la Alianza Popular predecesora del Partido Popular, que llevara la primera Ley del aborto, la socialista de 1985, al Tribunal Constitucional, ha presentado con un falsario y manipulador título -ley de protección del concebido dicen que es- lo que en realidad es la primera ley del aborto eleaborada por el abortista partido de derechas denominado Partido Popular.

Lo que resulta altamente significativo, cuanto tanto se habla de consenso social a favor del aborto, es que tanto el PSOE, que se inventó aquello de "Interrupción Voluntaria del Embarazo", para evitar utilizar el término claro y definitorio, que provocaba rechazo, de aborto, como el PP rehuyen llamar a las cosas por su nombre. Lo hacen para ocultar algo tan simple como que lo que en realidad llevan a puerto es la legalización de un crimen. Así, la Ley Aído se llamó “Ley de salud sexual y reproductiva y de interrupción voluntaria del embarazo”; y, con el mismo propósito, la ley del PP, que debía dar la impresión de que era una ley contra el aborto, se denomina “Ley de Protección de la vida del concebido y de los derechos de la embarazada”.

Algunos ingenuos, junto con los cientos de miles de votantes católicos del PP que viven con la venda puesta con gusto en los ojos, creyeron -bueno, lo siguen creyendo- que el PP, con su segunda mayoría absoluta, esta vez, iba a derogar la ley del aborto, a eliminar el aborto de la legislación española. Lo creían porque esa era la música que el PP y los que con alzacuellos suelen pedir el voto para el PP han estado tocando desde 1985; aunque en la letra, la que figura en su programa y en sus declaraciones, quedara claro que el PP es un partido abortista, favorable, en la más rancia tradición conservadora, a la existencia de una ley que permitiera el aborto según qué casos, para que así nadie dijera que no protegen la vida y, por lo menos, Mayor Oreja pudiera seguir sacando pecho y el diario La Razón dándoles la razón con la oficialista antiabortista, siempre que la propuesta sea socialista, Cristina López Schlichting.

No pocos, aunque se convirtiera en algo supéfluo para los teóricamente millones de católicos votantes del PP, pudimos ver, en la anterior campaña electoral, responder a Mariano Rajoy a la gallega, cuando se le preguntaba por el aborto, que “no había necesidad de la Ley Aído”, que “había resucitado un debate que no estaba en la sociedad”, que “el aborto es un drama” pero que él se ceñía a lo que decía el constitucional. Lo que traducido -aunque ninguno de sus votantes quisiera hacer ese ejercicio- significaba que para Mariano y para el PP no existe el principio de la Vida como absoluto, porque  éste estará siempre limitado por lo que diga el constitucional. Los populares, con la señora Soraya a la cabeza, insistieron en que la Ley Aído era innecesaria porque existía un consenso social en este tema con la Ley del 85 que la sociedad había aceptado como válida, aunque ello supusiera enviar a más de cien mil niños cada año al cubo de la basura, a las trituradoras, a los depósitos de residuos o a las incineradoras. ¿Para qué tocarla si con ella el número de abortos anuales se situaba en lo que podría ser su techo con más de cien mil al año?

La Ley Aído, ciertamente, era imposible dejarla como tal porque contenía dos elementos que no podían ser suscritos o mantenidos: uno, que las menores de edad pudieran abortar sin el conocimiento o el permiso paterno -lo que implicaba la posibilidad de un conflicto legal en caso de presentarse problemas durante la operación-; dos, lo dispuesto por las Naciones Unidas con respecto a la práctica euegnésica de autorizar el aborto por razón de minusvalía o posible discapacidad. Ello, por razón de compromiso internacional, obligaba a variar la ley para eliminar dicho supuesto.

Ahora bien, oponerse a esos dos aspectos de la ley no implicaba, como algunos pp-propagandistas mantienen, cuestionar la continuidad de la legislación abortista. Pero, al mismo tiempo, a ojos inteligentes, dejaba en evidencia la moral burguesa e hipócrita de los dirigentes populares para los que el debate no es si el aborto es lícito o no, sino si las menores abortan con permiso de sus padres: si sus pabres lo aceptan bienvenido sea. Además, la Ley Aído convertía el aborto en un derecho, lo que entraba en contradicción con la sentencia del constitucional que permitió la legalización del aborto en España. Con la nueva Ley volvemos a un modelo en el que el aborto no se considera derecho, y por lo tanto un absoluto, pero que en la práctica lo mantiene como tal. Es más, a la larga, conforme se ponga en práctica, se reconoce indirectamente que el aborto es un derecho porque la ley se denomina -como hemos señalado- de “derechos de la embarazada” y al admitir la posibilidad de abortar se está reconociendo la existencia de ese derecho.

Ahora el PP ha presentado su anteproyecto de ley del aborto bajo la vítola de ser una ley progresista porque brinda protección a la vida -¡a tomar el pelo no hay quien les gane!-; e incluso más feminista que la del PSOE, porque despenaliza de forma completa a las mujeres que aborten fuera de la legalidad. Pero vayamos a la realidad de la propuesta abortista del PP:

La ley del aborto del PP es una ley que contempla como supuestos en los que se pueder realizar la Interrupción Voluntaria del Embarazo la violación y el riesgo para la salud de la madre. Es, al mismo tiempo, una ley de plazos -como la Ley Aído- que permite realizar el aborto, según los casos, hasta las 18 o 22 semanas.

La ley del aborto del PP asume que el riesgo para la salud de la madre puede ser físico o psíquico, lo que equivale a mantener el “coladero” de la Ley de 1985. Bajo ese supuesto se realizan el 98/99% de los abortos en España. Eso sí, para lavar la conciencia, se establece la doble firma del facultativo para garantizar la existencia de ese riesgo. Pero cualquiera sabe que eso no será un problema en un negocio que mueve al año decenas de millones de euros.

Nos dice el PP que, gracias a la nueva ley, al implementarse porque no quedaba más remedio ante lo dispuesto por Naciones Unidas -cosa que también hubiera tenido que realizar Rodríguez Zapatero-, no podrá abortarse por riesgo de malformación, discapacidad o por tener el síndrome de Down… pero lo cierto es que, tal y como se infiere del nuevo texto legal, si la madre alega que su embarazo le provoca un daño psíquico, podrá acogerse al supuesto y abortar. Por lo que nos situamos ante una trampa de ley.

La argumentación última de los populares, que en realidad hubieran preferido dejar las cosas como están o volver sin más a la ley de 1985 ahorrándose el mal trago y la crítica progresista, es que la ley es restrictiva; con ello aspiran a mantener, como de hecho ha sucedido, el apoyo cerrado de una parte importante de la cúpula eclesiástica española y contentar tanto a los pp-provida como a los votantes católicos. Esa teórica restrictividad -falsa en la realidad- es lo que ha provocado la protesta que sostiene la izquierda y el feminismo radical. Ahora bien, a tenor de lo que se ha comunicado del anteproyecto sería muy difícil de mantener que con esta ley lo que ha pretendido Ruíz Gallardón es, por las condiciones que establece, poner en marcha un modelo garantista restrictivo que va a reducir sensiblemente el núemero de abortos en España. Cuando la realidad es que con la ley en la mano continuarán relizándose el 99% de los abortos que se producen en nuestra nación.

Es evidente que con esta nueva Ley del aborto, presentada por la derecha, bendecida a la inversa por la oposición de la izquierda parlamentaria y callejera, el PP, que tiene como horizonte ganar como sea las próximas elecciones europeas al PSOE, aun cuando sea por un voto, busca contentar a sus sector más ideológico, a su núcleo duro, para evitar cualquier posible fuga de votos. Y es que al final la reforma Gallardón está regida por el mero cálculo electoral aunque a algunos dirigentes populares les hubiera parecido mejor una ligera reforma en la Ley Aído para evitar que se les tache de antiprogresistas, de ahí su protesta pues también piensan que el tiro les va a salir por la culata.

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No hace mucho, en un artículo similar a éste, refería la guerra de damas que en un complicado juego de tronos se estaba librando en el seno del Partido Popular. Un juego que, tras superar el sofocón de aquellos lejanos días de marzo en los que Mariano Rajoy perdió las elecciones, tras ser designado sucesor por la dedocracia aznariana, lleva años abierto. En ese juego han brillado y brillan las deslealtades y las ambiciones, los cambios de amigos y grupo, porque, pese a que haya llegado a la Moncloa, para muchos dirigentes populares Mariano es un político al que no saben si le queda recorrido ante la renovación que reclaman.

Cierto es que Mariano es un superviviente y que ha conseguido superar todas y cada una de las crisis internas. Fiel a su forma de entender la política ha visto pasar ya unos cuantos cadáveres populares. Las operaciones para descabalgar a Mariano han sido de corto recorrido porque se han movido siempre en la trastienda o en los pasillos de Génova. Y, Mariano ha guardado en su agenda las notas de quiénes de un modo u otro han estado en las conspiraciones para, llegado el momento, dejarlos caer sin el mayor rictus de preocupación.

En esas operaciones han corrido de mano en mano los chismes y los dosieres, las amenazas sobre la vida pasada y la verborrea de las “buenas gentes” enteradas de los salones de la derecha influyente española; y cómo no, los pperiodistas. En esa guerra de aniquilación, de ir minando los apoyos de unos y otros, se han filtrado documentos. Y tras esas filtraciones, desde los propios pasillos populares, están sin duda muchos de los elementos del caso Gurtell, de los afamados trajes de Camps y de los papeles de Bárcenas.

En el organigrama del Partido Popular no pocos se están planteando el futuro. Gran parte de la Vieja Guardia, de los anquilosados barones del partido, ha desaparecido o está a punto de dejar el poder. Otros caminan, imperceptiblemente, hacia el ostracismo (Arenas será un caso modélico). No pocos están cansados de la camarilla de Mariano, cada día más tocada por el caso Bárcenas, aunque a nadie extrañaría que, salvo a la fiel Ana Pastor, todos acabaran desapareciendo. No pocos piden una renovación en el partido antes de que los escándalos vayan a más o alguien se desayune con una desagradable sorpresa: nada mejor que eliminar políticamente a los últimos de aquella época.

La guerra por el trono de Mariano, por los sillones de la mesa redonda de Mariano, por la posible sucesión en la candidatura de 2015, que se lleva librando desde hace tiempo, va aparentemente exterminando rivales de todos. La primera con visibilidad, Esperanza Aguirre, autoeliminada en inexplicadas circunstancias. Amortizado está Mayor Oreja, quien probablemente deje de ser la cabeza popular en Europa y lo de Vidal Quadras y sus seguidores no tiene más futuro que servir de elemento de contención  para los votantes más duros del PP. La cabeza de Alberto Ruíz Gallardón, que ha culminado la subordinación del poder judicial al poder político, la piden sin recato las relativamente nuevas caras del partido. Y, finalmente, no pocos ministros están tocados al ser considerados un problema para el futuro del partido por el desgaste que están causando: Mato, Montoro y Wert.

Con los cadáveres políticos a la vista, aun cuando pululen por ahí como zombis, la lucha interna en el PP tiene dos protagonistas, a veces en estos años aliadas contra todos los demás, Soraya Saenz de Santamaría -la favorita- y María Dolores de Cospedal. La ambiciosa Secretaria General del PP, que inicio su ascenso de la mano de Javier Arenas, al que ahora está dispuesta a sacrificar, se ha convertido en el objetivo a abatir. Bueno, ahora y hace tiempo, y algunas claves del caso Bárcenas no se podrán leer correctamente sin tener en cuenta las aspiraciones políticas de Cospedal. No pocos están viendo en el caso Bárcenas la oportunidad de frenar el poder en el partido que tiene Cospedal, incluso, llegado el momento, aceptar que sea ella quien acabe pagando los platos rotos. De momento, Soraya, que va a salir reforzada tras el cierre del caso Bárcenas -en el PP se espera que finalmente se produzca un archivo de la causa pues teóricamente los posibles delitos estarían prescritos-, guarda silencio, pero ella también apoyaría la limpieza interna en los cargos burocráticos del partido y en determinados puestos de la administración vinculados a los tiempos pasados y que llevan encaramados al cargo décadas, algo que también lleva impulsando, lentamente, Cospedal.

¡Y Mariano! Como siempre dejará hacer. Él colocó a Cospedal y descubrió a Soraya; metió a todos los rivales en la pomada, menos a Esperanza, para que se anularan; dejó que el tiempo y los resultados, a veces sin pretenderlo, sepultaran a la mayor parte de los antiguos barones territoriales que hoy, a excepción de Nuñez Feijóo, carecen de peso real en el partido… Cierto es que, aparentemente, comienza a molestarle el excesivo poder de la Secretaria General y por ello se especula con la posibilidad de que Soraya adquiera poder en el aparato del partido; ello le permitiría seguir en el fiel de una balanza que ninguna de las dos se atreverá, de momento, a descompensar si quieren seguir ahí. Pero que nadie se engañe, porque en estos enfrentamientos, salvo la aspiración o ambición personal, lo único que no es importante es una posición ideológica inexistente.

 

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               Alicia y el cuento de la lechera

Se equivoca, una vez más, el Partido Popular si piensa que es posible dejar en nada, en meras palabras sin “ningún tipo de validez jurídica, como estima Mariano Rajoy para  poder practicar así el tancredismo que le caracteriza, el proceso secesionista que abre la denominada “declaración de soberanía”, entregando al nacionalismo más competencias económicas; haciendo posible, como contrapartida al abandono de la ilegal convocatoria de una consulta independentista, sin utilizar tal nombre, el pacto o concierto fiscal que forma parte del núcleo duro de la hoja de ruta nacionalista para alcanzar la independencia de forma progresiva.

Pensar, a estas alturas, que el nacionalismo, cuyo objetivo último no es otro que la independencia, va a conformarse con un nuevo modelo de financiación que complete el marco creado por el Nuevo Estatuto, aceptando una variación sensible en el actual Estado de las Autonomías para crear un modelo asimétrico donde las “nacionalidades históricas” tengan prácticamente una relación de bilateralidad con el Estado, es tratar de eternizar una constante vuelta a empezar cada vez que se cierra un nuevo programa de cesiones tras las escalada secesionista primigenia.

Fracasada la presión que sobre CiU han ejercido las oportunas revelaciones sobre la increíble fortuna de sonoros apellidos nacionalistas, los escándalos de corrupción en Cataluña, incluyendo la inasumible salida de rositas de Unió tras confesar -¡no les quedaba otro remedio!- que el partido se financiaba ilegalmente, en vez de proceder jurídicamente, al amparo de la legalidad vigente, contra el presidente de la Generalidad lo que el PP, a través de Alicia Sánchez Camacho, está poniendo sobre la mesa es su oferta de financiación especial para Cataluña, aunque en el camino quede la igualdad de los españoles y el principio de solidaridad nacional.

Conviene no engañarse. No es que el PP se haya sacado un conejo de la chistera o que Alicia Sánchez Camacho  haya cambiado. De hecho, durante la campaña autonómica, la dirigente popular practicó un doble lenguaje y por debajo de la pirotecnia patriótico-constitucional defendía que no todas las autonomías tenían por qué ser iguales, por lo que se podría debatir sobre la viabilidad de un modelo especial de financiación para Cataluña.

El proyecto del PP catalán, asumido por lo visto por el PP nacional, pasa por alcanzar el “pacto fiscal” sin que se llame así. Básicamente lo que la señora Sánchez Camacho pide es que el Estado ceda nuevos impuestos a la Generalidad, una administración compartida entre las agencias tributarias estatal y catalana y un cambio en el sistema de aportaciones de tal modo que al final no sólo Cataluña aporte menos a las arcas del Estado sino que al incrementar su financiación reducirá lo percibido por las demás autonomías.

Con esta táctica el PP busca atraerse a Unió -suspirando está el gobierno por una ruptura imposible-, hacer caja electoral en el nacionalismo burgués conservador, dar argumentos a lobby económico catalán -el principal escollo para Arturo Mas- y, de paso, ampliar su base electoral entre los votantes descontentos de CiU. El problema es que, probablemente, Sánchez Camacho desconozca el valor de fábula del cuento de la lechera.

De lo que la señora Sánchez Camacho debería tomar nota y dejarse de veleidades es del crecimiento continuo del grupo Ciudadanos que con una postura firme se sitúa frente a todo aquello que produzca diferencias y desigualdades entre los españoles. De lo que la señora Sánchez Camacho debiera ser consciente es que son ya multitud los españoles que están hartos de pagar y poner la cama para que otros la disfruten.

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                   Mariano teme a los idus de marzo

Visto lo visto lo ilógico sería que los ciudadanos no estuvieran indignados. Sólo los incondicionales -que los hay- o los ciegos se conforman ya con explicaciones tan burdas y tan absurdas como las que estamos oyendo ante el primer amago de que caiga algo más que el extesorero del Partido Popular. Excusas propias de los tiempos en los que casi todos preferían mirar para otro lado; refugiarse en un cómodo nirvana para no preguntarse, como decía un viejo cuplé, “de dónde sacan para tanto como destacan”. En tiempo de bonanza, cuando el pelotazo y la mordida estaban bien vistos, aceptados socialmente, cuando los trapicheos y las comisiones eran perdonadas porque a todos llegaban, podían ser suficientes las declaraciones, las justificaciones y los siempre eficaces mensajes que los testaferros mediáticos se encargaban de esparcir como nuevos predicadores de la verdad.

Empantanados en la cómoda y resultona explicación del “y tú más”, que diluye y hace olvidar las responsabilidades la casta política -el grupo de partidos que de verdad son poder-, no han sido capaces de asimilar la profunda repulsa de una ciudadana que los ha soportado como un mal necesario. Hasta hoy se han refugiado, porque ha sido efectivo, en la sempiterna explicación de que de lo que estaban hartos los ciudadanos era de los “otros”, de los que habían abandonado el poder, porque siempre tenían a mano esos “otros”.

Lo que ha acontecido en los últimos días -muestra del grado de podredumbre del sistema partitocrático que tenemos- probablemente haya sido una de las gotas que está amenazando con colmar el vaso, pese a los enormes esfuerzos que por reconducir la situación están desplegando los altavoces mediáticos del gobierno para mantener al menos a los propios dentro de los escasos márgenes de credibilidad que aún conserva el ejecutivo de Mariano Rajoy. Puede que el presidente del gobierno y máximo dirigente del Partido Popular, que ha formado parte del núcleo dirigente del partido durante prácticamente las dos últimas décadas, crea que para conjurar la verdad es suficiente con unas palabras recibidas calurosamente por lo más florido de sus mesnadas; con frases altisonantes que de tan reiteradas suenan a palabrería hueca -¿de qué han servido las comisiones de investigación en España?-; que  todo queda solucionado simplemente con anunciar que llegará hasta la verdad “caiga quien caiga” sin que el pulso le tiemble y su periódico favorito lo reproduzca en portada. Puede Mariano Rajoy pensar que la bobalicona ciudadanía acudirá sin problemas nuevamente a pastar seducida por ese bochornoso argumentario remitido por la Oficina de Información del PP a todos los dirigentes y periodistas amigos para que repitan como los loros o las cacatúas, como de hecho llevan haciendo desde que estallara el escándalo, lo que no son más que consignas elevadas sobre la piedra angular de la negación y las verdades o mentiras a medias. Maniobras que no hacen más que ampliar el descrédito cada vez mayor de la clase política ante una ciudadanía que ni tan siquiera cree que la justicia pueda actuar contra ellos. Y, en esta ocasión, la sensación de deterioro es tal que ni la alegría va por barrios, pese a lo triste que anda la barriada socialista, por lo que hasta Pérez Rubalcaba -¡quién lo diría!- trata de refrenar a sus dientes de sable ansiosos con lanzarse a la yugular abierta del PP.

Los 22 millones de Euros acumulados por el tesorero-gerente del PP sumados a las revelaciones del diario El Mundo, cuyo encargado de investigación anuncia que si se supieran los nombres de sus fuentes temblaría Génova 13, acerca de los sobres repartidos con jugosos emolumentos entre miembros de anteriores cúpulas del partido, se añaden al rosario de corruptelas que hacen que el español de a pie, ese al que los altavoces mediáticos y algún político acusan de haber vivido por encima de sus posibilidades y casi de ser responsables de la crisis, se sienta tan engañado como estafado. Muchos son ya los presuntos estafadores: socialistas y populares, yernos que nos retrotraen a los tiempos de los hermanos, negocios fraudulentos orquestados desde el poder con ERES, millones acumulados en paraísos fiscales por sonoros apellidos nacionalistas, tramas de corrupción para financiar al partido que acaban por financiar a los conseguidores y como estrambote los menús de calidad para diputados del Congreso a 3.55 -el resto hasta completar la factura lo pagan los españoles que han vivido por encima de sus posibilidades- mientras en los colegios se tiene que recurrir a la fiambrera rebautizada con un insoportable anglicismo y se les cobra por el uso del tenedor, la servilleta y el microondas.

Puede Mariano Rajoy, Cospedal y demás tomar a los ciudadanos por borregos o tontos, o quizás creer que están dotados de ignotas capacidades hipnóticas, pero el rostro debiera demudarse cuando en su argumentario blasonan de que el tal Bárcenas, un aprovechado que se hizo rico sin que nadie en Génova 13 se preguntará cómo era eso posible, “dejó de ser tesorero, senador y militante” del PP y que todo se reduce a un asunto particular de un señor particular. Tan particular que según es público y notorio el que ya no era ni militante seguía teniendo coche del partido y despacho en Génova 13 hasta los días previos del estallido del escándalo, con lo cual todo está dicho.

Quizás alguien debiera recordarle a Mariano que “Bruto no era un hombre honrado” y que la mujer del César no sólo tiene que ser virtuosa sino además parecerlo si no quiere perder la credibilidad. Aunque probablemente al presidente del gobierno le preocupen mucho más los idus de marzo que nuevamente se anuncian. Esos en los que por el bien del partido como antaño lo fuera por el bien de Roma se puso fin a la vida del César.

 

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Larga sería la lista de rumores que sobre Mariano, ese registrador de la propiedad que hoy ocupa la presidencia del gobierno con menos fortuna y acierto de lo que predican los aparatos de propaganda, han corrido desde sus tiempos de delfín tapado de José María Aznar. Rumores a los que por cierto no han sido ajenas las densas y celosas filas populares en la disputa cainita por el más alto sillón de Génova 13.

A Mariano le han llamado muchas cosas, pero desde su extraño viaje a Méjico corría el rumor de que el líder del PP se había hecho masón. Para la inmensa mayoría de los españoles tal filiación carece de importancia o mejor dicho, tiene la misma trascendencia que si Mariano se hubiera transformado en un devoto seguidor del Alcorcón FC. Y, además, a la mayoría de los españoles esto de la masonería le suena a cuento de brujas y elucubraciones propias de tiempos pretéritos.

La masonería, para quienes les suena de algo su existencia, aunque sólo sea por el éxito de algunas cintas cinematográficas, no pasa de ser para muchos una asociación un tanto friki de señores algo mayores y un tanto iluminados. Algunos, más avezados en el conocimiento de la misma, repasando la lista habitual de supuestos masones conocidos, pueden llegar a la conclusión de que se trata de una asociación primo hermana de la afamada Iglesia de la Cienciología, en la que sus miembros ocupan cargos públicos, políticos, mediáticos o económicos, lo que por razón de grupo les otorga un inmenso poder y explica asombrosas promociones personales.

Que Mariano se haya hecho masón significa que es liberal, sincrético y relativista. Pero es que Mariano y el Partido Popular son, desde hace mucho tiempo, liberales, sincréticos y relativistas; como lo es, consciente o inconscientemente, la mayor parte de la sociedad española. Que Mariano se haya hecho masón también significa que es internacionalista y globalizador, lo que ideológicamente explicaría en parte ese profundo amor que siente por las estructuras burocrático-económicas de la UE o a los dictados de los grandes poderes financieros a los que también se achaca su vinculación a la masonería.

En realidad, que Mariano sea o no masón, repito, no le quita el sueño a nadie… A nadie, salvo teóricamente a los católicos practicantes con un cierto grado de formación, a algunas poderosas organizaciones religiosas católicas, a la jerarquía eclesiástica y también al último cura de pueblo que han firmado un pacto tácito de apoyo sin fisuras a Mariano y al PP. Esto es así o debiera ser así porque si algo es antitético al catolicismo es la masonería. No es que la masonería se dedique a quemar iglesias y perseguir curas, aun cuando sea en un sentido metafórico, es simplemente que para la masonería del siglo XXI la religión en general y el catolicismo en particular debe quedar reducida a la esfera de lo privado e individual, sin ninguna influencia social o política hasta tal punto que la sociedad secularizada se convierta en incompatible con los domas religiosos, lo que debe conseguirse mediante procesos de ingeniería social y aculturación. Pero, la idea de que la religión es algo personal e individual, algo que no debe condicionar al político, aun cuando se confiese católico, está hoy tan extendida como que dos más dos son cuatro.

Estoy seguro de que para la inmensa mayoría de los españoles que Mariano sea o no masón carece de importancia o simplemente que las ideas genéricas que defiende la masonería, que de forma muy sintética hemos expuesto, son en realidad compartidas por gran parte de la sociedad, pero…

Quien ha puesto sobre la mesa la posible filiación masónica de Mariano es un sacerdote y no un sacerdote cualquiera, es uno de los expertos en sectas de la Iglesia, Manuel Guerra autor del libro “Masonería, religión y política”. No sólo ha señalado a Mariano, también a una parte significativa de la cúpula del PP, con especial peso en Galicia o en el País Vasco y que ha ocupado puestos en sectores tan trascendentes como Educación. Ese mismo sacerdote ha puesto de manifiesto la subordinación del actual gobierno al programa de ingeniería social de José Luis Rodríguez Zapatero dada la ausencia de rectificación del mismo. Repasando declaraciones y posicionamientos políticos también resulta que dos más dos son cuatro, por ello a algunos nos gustaría que Mariano nos dijera si es o no es masón. Tampoco es para esconderlo… ¿o sí?

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Cuándo hace unas semanas Mariano Rajoy contravenía su solemne promesa electoral, derivada de lo que teóricamente eran sus tesis en materia económica -el ciudadano y no el Estado es quien debe tener el dinero-, se escudó en la dualidad de una excusa perfecta: el estado de necesidad y la desastrosa herencia recibida. Lo adornó con una mentirijilla: “no sabíamos el volumen de la desviación”. Aunque sus altavoces mediáticos y portavoces varios procuraran obviar, una vez difundido el mensaje, que la base de esa desviación era responsabilidad del déficit de las Comunidades Autónomas, que su partido gobierna en la mayor parte de los entes territoriales y por tanto conocía las cifras de antemano.

Algo similar sucede ahora tras el anuncio del nuevo y flamante Ministro de Educación de que en su futura reforma, que ya veremos cuándo y cómo se aplica realmente, se elimina la asignatura Educación para la Ciudadanía. Una nueva mentirijilla, porque lo que el ministro ha dicho, mal que le pese al mariachi propagandístico-mediático del nuevo gobierno, es que depurará EpC y le cambiará el nombre. Ya advertimos, cosechando el denuesto de los lobbys con los que el Partido Popular se convirtió en el usufructuario político de la oposición a EpC, que el partido de Mariano Rajoy había firmado en Europa a favor de la existencia de asignaturas de este tipo y que, en realidad, Mariano Rajoy no se comprometía a su eliminación cuando con habilidad gallega, al preguntarle por esta cuestión, afirmaba que él lo que haría es que los niños estudiaran más matemáticas, etcétera. Lo que para el mariachi era sinónimo, y así lo difundían, de que el PP se comprometía a eliminar la asignatura.

La heroica resistencia popular a EpC, tras algún que otro estrambótico titular y proyecto (a Camps se le ocurrió que las clases se darían en inglés y con traductor al inglés si fuera necesario), consistió, en las Comunidades en las que gobernaba y de las que depende Educación, en presionar a los padres y alumnos objetores o, como con gozo de adelantado ha afirmado un responsable de la Comunidad Autónoma de Murcia, en limar el currículo en la línea de lo que es el anuncio del Ministro de Educación.

Así pues Mariano nos deleita con una segunda mentirijilla porque, se mire como se mire, incumple una de sus promesas y cae presa del recurso que le prepararon sus asesores para ni decir sí, ni decir no, ni decir lo contrario. Precisemos, en los currículos actuales ya existen temas dedicados a la Constitución, al Estado de las Autonomías, a la Unión Europea, a los derechos y libertades ¿Qué sentido tiene establecer una asignatura específica que duplica los contenidos? ¿Cómo se puede garantizar que no se producirá el adoctrinamiento cuando al dedicar tanto tiempo se pueden abordar, desde la propuesta genérica, todos los temas que tanto parecían preocupar a quienes se oponían a EpC? ¿Es que acaso el aborto no cabe dentro de la Constitución? ¿Es que acaso la denominada ideología de género no cabe dentro de la Constitución? ¿Es que acaso…?

Como el Ministro afirma que quiere oír a la Comunidad Educativa, y el que suscribe forma parte de la misma, yo tengo una propuesta para que en la nueva EpC (esto es como el aborto, tenemos un aborto del PP y otro del PSOE y ahora tenemos una EpC del PSOE y otra del PP): que en el temario se incluyan temas como la corrupción -tanto del PP como del PSOE-; el concepto de casta política; el préstamo y la usura; el análisis de los gastos de la clase política; el impuesto justo y el confiscatorio… Aunque claro está que el mejor destino de asignaturas como EpC o su indigna hija popular es el baúl de los malos recuerdos.

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Que la muerte de un personaje público, máxime si su dimensión ha sido importante, despierte la loa y el incienso no debiera sorprender. En este caso el beneficiario del aplauso ha sido Manuel Fraga Iribarne. Su partida de este mundo era algo esperado desde hacía unos días, por lo que ya tenían las redacciones preparados sus turiferarios y, llegado el caso, hasta las plañideras que después darán paso a las críticas y las descalificaciones. Los que tenemos un sentido trascendente de la existencia, y entre ellos incluyo a don Manuel, preferimos orar por su alma y mantener la independencia en el juicio sobre su peregrinar por la política española.

Fraga, catedrático, profesor, ministro de Franco y del Rey, capaz de retratarse brazo en alto y abrazando a Santiago Carrillo, hombre de frases y gestos rotundos en cualquier sentido, fundador de Alianza Popular, diputado, senador, presidente de la Xunta y también Procurador y Consejero Nacional del Movimiento en las Cortes franquistas. Fraga del azul mahón de las camisas falangistas al azul celeste un tanto decolorido de los populares. Fraga, inventor o difusor de la teoría del centro que siempre reclamó como su espacio político propio, aunque buscara como base de su construcción política explotar el franquismo sociológico (¿quién si no iba a votar a un partido preñado de ministros y diputados de Franco?). Fraga, frustrado presidente de la Transición, que no pudo guiar porque pese a trazar la hoja de ruta se dejó robar la cartera; impulsor del diario El País, que ideado como sostén del centro reformista acabó en la izquierda progresista; teórico-práctico del “café para todos”, como salida constitucional a las reivindicaciones de los mal llamados “nacionalismos históricos” (más bien debían rotularse histéricos); vendedor de las autonomías asimétricas, como vuelta de tuerca al intento de tender puentes con los hermanos conservadores separados de CiU o el PNV; padre de la Constitución de la Monarquía y ponente de una Constitución para don Francisco Franco; Ministro de Información y Turismo (el de las suecas y los bikinis) y Vicepresidente del Gobierno (el de Vitoria y Montejurra)… Todo eso y mucho más ha sido Manuel Fraga Iribarne.

Para muchos españoles Manuel Fraga Iribarne ha sido la encarnación icónica de la derecha carpetovetónica, casi el “macizo de la raza”, y del “bañador de Palomares”. Imagen que, por conveniencia política, por necesidades del guión, escrito o asumido, impuesto o autoimpuesto, aquiescente o no con los pilotos de la Transición, decidió asumir. Hombre al que es posible que le cupiera el estado en la cabeza pero que de tanto darle vueltas le salió la fe en el Estado de las Autonomías. Casado políticamente con esta formulación, hasta el punto de que se considere uno de sus méritos haber hecho a ese centro derecha comulgar con la rueda de molino de las nacionalidades, aunque ahora esté encantado con el invento porque casi todas son de “los nuestros”. Pero lo más importante, lo fundamental, es que Manuel Fraga no quería ser la derecha, aunque para muchos lo fuera, quería ser el centro. Fraga clamaba en los primeros años de la Transición que los enemigos de España eran el “marxismo y el separatismo”, porque era lo que tocaba y lo que gustaba a las señoras de derechas de toda la vida que, con abrigo y bandera, iban a oírle a él lo mismo que a Blas Piñar, a quien él, a su vez, acabó robando la cartera merced a la fama que los medios le dieron de lo que no era.

Como tantos otros, del rey abajo, Fraga tenía un pecado original que hacerse perdonar: Franco. Pecado incrementado por los luctuosos sucesos que le convirtieron en ogro para la izquierda callejeril y violenta de sus años de vicepresidente del gobierno de Su Majestad. Pecados que le han sido perdonados por sus servicios al sistema. Pecados sin aclarar, secretos que se ha llevado consigo, como el de aquellos sospechosos hechos acontecidos en Montejurra que permitieron acabar con cualquier “pretendiente” y en el que colaboró el poderoso Ministerio de la Gobernación que él regía.

He leído en varios obituarios que su gran mérito fue llevar a la derecha a la democracia (ya se sabe que para la izquierda la derecha nunca es democrática) y que, como él mismo decía, gracias a él en España no existe la extrema-derecha. Entre otras razones porque lo que sí supo hacer Fraga fue explotar hasta el máximo, especialmente tras la desaparición de la UCD, por desmoronamiento interno y por fracaso manifiesto como gobernante de Adolfo Suárez, jugando como nadie, los miedos de la derecha con la tesis de que cualquier cosa era preferible antes que la izquierda, utilizando hasta lo indecible la teoría del voto útil. Aunque en el camino no sólo quedara aplastada la mal llamada ultraderecha, que acabó votándole masivamente y ahí sigue, sino también la propia derecha que de la mano de Fraga fue abjurando de muchos de sus referentes ideológicos.

Manuel Fraga supo tejer un partido a su imagen y semejanza que sirvió para cauterizar y defenestrar a todos sus rivales políticos, a aquellos que querían ser la derecha. Fraga supo anestesiar y alienar a los españoles de derechas de toda la vida que le veían como su representante más fidedigno. Y en esa alienación han vivido y siguen viviendo, soñando con el día en que sus dirigentes acaben con las contemporizaciones coyunturales, necesarias para llegar al poder, y se muestren como son. ¿Ingenuos o autoengañados? Realidad paralela que Fraga hizo posible.

Todavía quien esto firma recuerda las sesudas explicaciones de los dirigentes de primera y segunda fila de Alianza Popular, refundada en el Partido Popular, sobre la maldad de la ley socialista del aborto -como recuerdo al PP movilizar su base social contra la ley eso sí a través de organizaciones pantalla-, sobre la táctica y la estrategia; sobre cómo cuando ganaran derogarían esa ley, cuestión que el propio Fraga había eliminado de su programa; o los enfados de los próximos de derechas, devotos de don Manuel, entre otras razones porque había sido ministro de Franco y con eso era suficiente para votarle, cuando, como “repelente niño Vicente”, cometía la imprudencia de recordar que tras sus tirantes con la bandera de España y demás accesorios propios entonces de los ultras Fraga se les había hecho autonomista. Hasta tal punto que, comentábamos más arriba, el hombre que le cabía el Estado en la cabeza también acabó haciendo que le entrara el inventillo del Estado de las Autonomías promocionándolo y desarrollándolo, y del que también se consideraba padre. Así pues, como “París bien vale una misa”, don Manuel acabó abjurando de sus críticas al Título VIII de la Constitución para pasarse con armas y cacharrería al puesto de preboste autonómico. ¿Quizás porque aquella oposición inicial sólo fuera una pose para que no se le desmandara el rebaño de la derecha? Aunque como si tal cosa, como si no hubieran pasado treinta y cinco años, bajo el balcón de Génova en las noches de resaca electoral, agitando banderas como posesos, se sigue escuchando el mismo pareado que en los mítines de AP en los años iniciales de la Transición: “¡España unida jamás será vencida!”. Lo mismo que gritaban los concentrados en la Plaza de Oriente en 1975 bajo la atenta mirada de Francisco Franco.  

Efectivamente, yo creo que el gran mérito de Fraga ha sido conseguir que en España difícilmente se pueda hablar de la existencia de la derecha, tal y como muchos la entienden, salvo que la reconozcamos en el espantajo conveniente y periódicamente agitado por la izquierda.

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El pensamiento social del PP: Mayor Oreja y Vidal Quadras arquetipos de la casta política.

Dos noticias se han cruzado esta semana que en teoría debieran causar preocupación a nuestra sufrida y acosada clase política: una, el enésimo informe del CIS en el que los españoles consideran a sus políticos el segundo problema del país (para maquillar la fotografía de España el CIS diferencia paro de economía, para que así el primer problema del país no tenga porcentajes descalificadotes de infarto); otra, que la mayoría de los eurodiputados votaron negativamente la propuesta de abandonar la sacrificada costumbre de viajar en business clas  en los aviones. 

La explicación a lo que nos dice el CIS, a pesar de la labor de “cocinado” de sus datos no necesita profundos estudios. Los ciudadanos consideran que la clase política es un problema básicamente por tres razones; primera, por su incompetencia puesta de manifiesto en las cifras del balance español; segunda, por la increíble percepción popular que iguala los términos corrupción y clase política; tercera, por el escándalo que causa una clase política que muchos entienden que busca el enriquecimiento personal y familiar, un grupo al que gusta disfrutar de unos privilegios que no se justifican por su penosa cuenta de resultados. 

Lo acontecido en Estrasburgo es un ejemplo claro de por qué los ciudadanos piensan así. En lo que nos concierne resulta que los eurodiputados españoles del PSOE y del PP han votado en contra de una propuesta que, independientemente de su valor económico (supondría que sus señorías se gastarían unos 250.000 euros menos al mes), venía a ser el recorte de lo que no es más que un privilegio. Pero no nos perdamos en la noticia exaltada en la anécdota por algunos medios. Lo que se estaba discutiendo en Estrasburgo, más allá de la votación de una enmienda concreta, la del billete aéreo, era más importante, lo que se planteaba era la revisión de salarios, dietas y privilegios. Lo que con su voto negativo los eurodiputados, amantes del vil metal, buscaban era atrasar esta cuestión, como de hecho consiguieron, hasta el debate general de los nuevos presupuestos. Esperando, evidentemente, que la mejora económica europea evitara los recortes. Ni más ni menos. Algo en lo que socialistas y populares europeos estaban de acuerdo, de ahí el resultado de las votaciones. Insisto, lo que han conseguido los eurodiputados no es que no les quiten el billete privilegiado, lo que han conseguido es que, de momento, se mantengan sus privilegios. Lo que aparentemente es igual pero dista de ser lo mismo. 

En todo este barullo lo que más ha destacado es la salida a la palestra televisiva de los dos santones del PP para las buenas gentes de derechas y para los medios que les dan tribuna y los jalean: Mayor Oreja y Alejo Vidal Quadras. No es la primera vez que estos dos individuos votan una cosa en Estrasburgo que contradice aquello de lo que cada día blasonan en sus altavoces mediáticos. Mayor Oreja ha salido para convencer de la bondad de su voto a las viejecitas y los de derechas de toda la vida: “¡Es intolerable! ¡Es una propuesta de los rojos!¡Nos hemos opuesto a la demagogia!” Pero él seguirá viajando en business clas y disfrutando de los enormes privilegios que da el ser Eurodiputado. Y Vidal Quadras ha recurrido, cual si fuera un primerizo leguleyo, a defenderse diciendo que ahora no se pueden cambiar las cosas y que los privilegios, palabra que él no utiliza porque en su conciencia es la justa remuneración a su sacrificio, que no son tales, no pueden desaparecer porque formaban parte del contrato de todos los que andan por las costosísimas sedes europarlamentarias. Quizás lo que debiera plantearse Alejo Vidal Quadras es, si le reducen el sueldo, las dietas, las bicocas o el billete, dejar el escaño. A nadie le obligan a ser eurodiputado. 

A Mayor Oreja y a Vidal Quadras los han pillado con el carrito del helado, esta es la realidad. Unos rojos, con su enmienda, los han puesto en evidencia. ¡Intolerable!, piensan ellos. Los que vivimos en el mundo real lo que deducimos es que Mayor Oreja y Vidal Quadras, junto con todos los eurodiputados populares y socialistas que se opusieron a la revisión de los privilegios, son un ejemplo claro de lo que en realidad piensa la casta política. Y, encima, son de los que se pasan el día hablando de la necesaria austeridad en las cuentas y el gasto público.

 

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Confieso que cuando alguno de los múltiples capitostes de Cultura o Educación que pululan por la España de las Autonomías, casi todos, independientemente del partido al que pertenezcan, barnizados de un impostado progresismo, en su afán de pasar a la posteridad presenta alguna de sus iniciativas me echo a temblar.

Esta mañana me he desayunado con una noticia de esas que te producen una inmediata arcada. Hasta tal punto que he dejado el café para sentarme delante del ordenador. Es difícil que un responsable político sea capaz de sorprender, pero he de reconocer que  en esta ocasión los responsables de la Xunta de Galicia, que rige una de las estrellas ascendentes del Partido Popular, señor Nuñez Feijoo, han sido capaces de subir un peldaño más en la escala de la degradación y en la destrucción de la Moral Objetiva. No se trata ya de que por efecto de los complejos y anhelos de los responsables del Partido Popular, por esa innata necesidad que tienen de travestirse de progresistas de diseño, hayan sido agentes pasivos del proceso de ingeniería social desatado por la izquierda que aparentemente critican. Es que en esta ocasión se han convertido en elementos activos en pro de esa transformación. Lo han hecho de la forma más abyecta, actuando sobre la infancia.

La Xunta de Galicia subvenciona y patrocina, no sé si con el reparto gratuito de ejemplares en los colegios, la edición de una serie de pretendidos cuentos infantiles destinados a desterrar de la mente de los niños los estereotipos socioeducativos y también morales habituales, es decir, la Moral Objetiva. Naturalmente, y no podía faltar entre los imprescindibles de todo progre popular, la lucha contra la discriminación por razón de prácticas sexuales. Así la responsable de la Xunta nos ha indicado que uno de los objetivos es conseguir que los niños vean la homosexualidad como algo normal, como una opción, añado yo, que pueden tomar.

En esta ocasión han editado un cuento sobre una princesa que, desesperada porque el príncipe, no sé si azul, no llega, decide liarse con otra princesa. Para que no quepan dudas el cuento va ilustrado en su portada con el beso de amor de las dos princesas. Ignoro si una va de azul y otra de rosa. Así las niñas dejarán de soñar con ser Blancanieves o la Bella Durmiente o mejor dicho, podrán preguntar a su maestra, si Blancanieves, la Bella Durmiente y Cenicienta no estarían mejor liadas entre ellas y haciendo un “menage a trois”. O, simplemente, llegar a casa para preguntar a mamá, con la inocencia interrumpida por decisión de los responsables culturales del PP gallego: “¿mamá, mamá, porque te casaste con papá y no con la vecina del quinto que no tiene que afeitarse por las mañanas?

Así pues el Partido Popular, de la mano del gobierno de uno de sus barones más preclaros, se suma a la manipulación moral de los niños sin que probablemente nadie se rasgue las vestiduras y nadie, salvo a algunos retrógrados como este comentarista, se lo tome en cuenta. Lo más preocupante es que lejos de ser una anécdota estas acciones en el Partido Popular comienzan a ser una costumbre. 

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