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20160117112538-image.jpegA mi buen amigo Juan V. Oltra Gutiérrez le pirra ir a tiendas de libros de viejo y ocasión y encontrar pequeñas joyas. A mí me pasa lo mismo con las películas.

La literatura moralista del XIX tiene en Manon una de sus cotas. Siempre me ha gustado esa historia sublimada en la ópera de Massenet (¡qué bien estaba Kraus cantándola y qué divina resulta en el papel Anna Netrebko!).

Ayer compré una premiada versión cinematográfica, "Manon" de Henry-Georges Clouzot de 1949, ganadora del León de oro en Venecia con una casi Lolita (Cécile Aubry) en el papel principal.

Se traslada la acción al final de la IIGM en Francia. Y esto es lo interesante, porque arranca con el intento de rapar a Manon y su posible asesinato por parte de unos vecinos al ser acusada de colaboracionista al tener un bar al que iban los nazis.

En 1949, la película nos muestra, en otra escena, advirtiéndonos así del destino seguro de Manon de no ser la muerte, a una mujer a la que se ha rapado; en escueta ropa interior -los desnudos no formaban parte entonces del cine- y con signos de haber recibido una paliza por parte de los que la rodean (el ritual continuaba con el paseo desnuda acompañada por las increpaciones de los vecinos por el pueblo).

Quiero subrayar que el director nos presenta el condenable hecho sin tapujos, de modo documental. No sólo no se hurta al público con una elipsis, sino que se muestra con orgullo, naturalidad y legitimidad. No es una denuncia, es un aval. Esto es lo interesante.

Al discurso dominante le parecían los hechos políticamente correctos y el director, al situar en el colaboracionismo femenino con los nazis, aunque fuera fruto de la necesidad, de la situación o de las relaciones humanas, fuera de toda consideración política, como el origen de la caída moral de Manon, como el pecado original que la lleva a la condena moral y física, comparte esa visión.

Clouzot presenta ese "colaboracionismo" femenino, que engendra una condena terrible, en 1949, cuatro años después de la "liberación", como el origen de la desdicha. No olvidemos que el relato de Manon, escrito por el Abbé Prévost, advierte de que al final el pecado de la falta de virtud femenina que acaba arrastrando al hombre se paga impidiendo alcanzar la felicidad. Duro símil en aquella Francia de la posguerra (la película obtuvo el premio del sindicato de críticos franceses) para las decenas de miles de mujeres señaladas, porque además de justificar el ultraje, la tortura y la exclusión social, advertía sobre lo que el destino reservaba a aquellas mujeres de las que la historia se ha olvidado, como hasta hace poco se olvidó de las violaciones cometidas por los aliados en la Francia de después de Normandía.

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No sé si en los centros norteamericanos la historia del cine comienza a ser una asignatura más; un modo de revisar la visión del pasado y los acontecimientos diarios, de los modos sociales, a través de esa forma literaria que son las películas. Confieso que siento cierta debilidad por ver películas del Oeste que vienen a contar la historia de la conformación de los EEUU y la visión que los propios norteamericanos han tenido de un proceso que ha conformado su personalidad. Es imposible comprender a los norteamericanos, por lo menos del siglo XX -hoy ya tengo mis dudas-, sin haber visionado el modo en que se enfrentaron a su pasado en el cine porque sus particulares cantares de gesta anidan en Fort Apache, Duelo al Sol, Murieron con las botas puestas, Solo ante el peligro, La Diligencia, Río Rojo,  Hondo, El hombre que mató a Liberty Valance o Centauros del Desierto.

Un simpático compañero me comentaba que odiaba determinado tipo de películas americanas, gran parte del cine americano en realidad, especialmente las del Oeste, por la proliferación de banderas y patrioterismo que contenían -no creo que hubiera visto muchas más allá de las de la caballería cargando aunque quede aquella escena genial de Duelo al Sol como paradigma-.

Uno de los grandes narradores de la conformación de los EEUU, pero sobre todo del carácter de los americanos, ha sido John Ford. Nadie como él ha relatado el paso de la América construida por los individuos a la América ya civilizada. Viene al caso porque entre mis reiteraciones sobre la filmografía del maestro me parece un alarde una película que en España se tituló Caravana de paz –en Francia fueron más atinados pues se rotuló como El convoy de los bravos- aunque su título original era Wagon Master (RKO 1950). La historia de una caravana de mormones camino de California en cuyo reparto, plagado por los habituales de su compañía, a excepción de Wayne, aparecía el popular Ward Bond. La película es el origen de uno de los primeros éxitos de las series televisivas americanas -naturalmente abundaron las del Oeste- Wagon Train, protagonizada por Bond en el papel del mayor Seth Adams hasta su fallecimiento en 1960. Entre 1957 y 1960 la serie mantuvo pegados al sillón a los americanos y abrió la puerta a otras grandes producciones tan recordadas como Bonanza o El Virginiano.

Ver Caravana, pues así se tituló en un español de aquellos de insufrible doblaje latino era una de mis asignaturas pendientes. Afortunadamente el vídeo ya llenado este hueco y ando revisando la primera temporada. Naturalmente la serie sería para muchos políticamente incorrecta, entre otras razones porque Ward Bond fue uno de esos autores vapuleados por la crítica y odiado por la progresía debido a su posición anticomunista y presidir la Alianza de Actores y Directores para la preservación de los valores americanos a la que apoyaron Wayne, Ford y Cooper entre otros. Y viene al caso porque Wagon Train venía a exaltar esos valores de los que, por ejemplo, Wayne era más que un arquetipo el arquetipo. El hombre con un solo código: “A man’s got to have a code, a creed to live by”.

El argumento es parecido a la película madre de Ford, una caravana y las vicisitudes de su recorrido (en el caso de Ford era una caravana de mormones hacia California). La serie, rodada con alto presupuesto y buenos guionistas, en la que participaron numerosos directores y que contó con la participación estelar en los capítulos de estrellas de la época, incluyendo a John Wayne, nos llevará en un viaje interminable desde Missouri a California. Es una epopeya que va retratando a cada uno de aquellos “conquistadores” civiles que poblarán el Oeste. Al igual que el maestro Ford los directores y guionistas utilizarán, sobre todo en las cuatro primeras temporadas, el paisaje como un actor más. El paisaje y rodar allí, fuera de los estudios, era una metáfora de la defensa de la libertad frente a la dictadura de los estudios en el caso de Ford. Si en la película original, constante en el cine de Ford, veremos que se alterna la individualidad y la comunidad, la solidaridad frente al egoísmo, la exaltación de la camaradería también la rastrearemos en Wagon Train de ahí el interés que visionar esta serie tiene a pesar del paso del tiempo, porque quedan muchas claves del modo en que se veían los americanos retratados en aquellos personajes que de verdad conquistaron el Oeste e hicieron los EEUU, independientemente de cuál fuera su origen nacional, social o incluso moral, porque la caravana era también un espacio de redención.

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