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20160820143938-image.jpegLo mejor es que a mí el badminton es un deporte que nunca me ha llamado la atención, nunca me hubiera sentado a ver un partido hasta que descubrí a Carolina. La chica de oro de España, la que se ha hecho famosa por sus gritos cada vez que anota un punto.
Coraje y decisión, eso es Carolina.
Nos ha hecho vibrar esta chica que cada vez que gana se envuelve en la bandera de España. Y va camino de hacerlo muchas veces.
Hoy, al menos, casi todas las portadas son para ella, porque muchas veces parece que el único deporte del mundo es el fútbol y si la chocolatina de Cristiano Ronaldo está mejor o peor.
Carolina tiene la virtud de entusiasmar, de levantar un pabellón que grita su nombre y aquello de "yo soy español, español". Una heroina moderna viéndola disputar la final a la representante de la India que con su 1.80 parecía enorme, que llegaba con la raqueta con solo alargar el brazo mientras Carolina corría por la pista devolviendo golpes imposibles.
Carolina es la muchacha que nunca se rinde, capaz de levantar el partido a golpe de gritos y de ese gesto de soplarse los dedos con los que agarra la raqueta antes de iniciarse el servicio.
Y es que ayer Carolina nos dio una alegría a todos los españoles, no por ganar sino porque es de esa casta de los que nunca se rinden y porque llora a lágrima viva cuando suena el himno de España.
Ayer parecía que habíamos ganado las Olimpiadas.

(foto tomada de el diario El Mundo)

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"ENSEÑARTE PODRÍA... VIAJE AL FONDO DE STAR WARS es la propuesta que nos hace un historiador para explicar que nos hace un historiador para explicar cómo esta serie de películas ha llegado a ser parte integrante de la cultura popular contemporánea, compartiendo espacio generacional con el pop art y la pos modernidad, siendo al mismo tiempo generadora de una cultura propia e influyendo en otros campos como la literatura o el arte. Una saga cinematográfica cuya trascendencia, más allá de las pantallas, tiene su raíz en su valor como síntesis de nuestra cultura visual; en su capacidad para incorporar nuestro poso mitológico-literario condimentado con pinceladas de filosofía y religión derivadas de su contenido ético.
Una narración visual que es a la vez un mito, una saga y un cuento que emparenta con grandes obras literarias como las de Tolkien o Lewis, capaz de brillar en la mitopoética, que no es ciencia ficción sino que debe tipificarse como fantasía de aventuras.
En este interesante viaje de investigación, que no evita las reflexiones de índole literaria o antropológica, que también explican ese fenómeno cultural, que para el autor resulta de los más interesantes de los últimos cuarenta años, resalta, unas veces de forma directa y otras implícitamente, el gran valor didáctico de unas películas que permiten acercarnos a la Historia, la Filosofía, la Literatura, la Música o la Ciencia... sin evitar el análisis cinematográfico y su papel como abanderada de la revolución digital; pero también exalta la magia de un relato intergeneracional que aún hace posible la magia de seguir contando cuentos, de soñar con ir más allá de nuestra nueva frontera, de mirar con optimismo al futuro, de recordar que por poderoso que parezca el Mal siempre es posible la rebelión del individuo y el triunfo del Bien, evitando las ensoñaciones distópicas que nos vuelven a llevar al corazón de las tinieblas"

Enseñarte podría. Viaje al fondo de Star Wars
(Historia, literatura,filosofía, mitos, ciencia y cine en la Gañaxia)
Editorial ACTAS
287 páginas, cuadernillo con 36 fotos en color
ISBN 978-84-9739-159-7c

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20151014145203-image.jpgPLETÓRICO E INCREÍBLE EN SU NUEVA GIRA


En un panorama musical marcado por el conservadurismo, por eludir el riesgo, por ser infinitamente comerciales, atreverse a ir contracorriente es toda una declaración de principios. La piratería, la banda ancha del todo gratis asumida como algo natural, el IVA cultural, ha obligado a los cantantes a volver al directo, a las largas giras, donde los trucos y arreglos de grabación no funcionan, o a refugiarse en los programas de televisión que generan la promoción necesaria para que el público acuda a los conciertos. Y cuando salen a la carretera se encuentran con quien siempre ha estado ahí: Raphael.

En los tiempos que corren ya es todo un atrevimiento –algo que tendremos que agradecerle– dejar a un lado la media docena de músicos que como mucho suelen acompañar a un solista para salir de gira con toda una Orquesta Sinfónica, unos setenta músicos. Algo que está al alcance de muy pocos. Dejar a un lado la clásica base de batería, metal, bajo y guitarras eléctricas, de teclados que lanzan los samples, no es fácil porque supone tener que cantar de otra forma…eso sí, para cualquiera menos para Raphael. Cantar con una orquesta sinfónica es actuar sin red, porque o bien el cantante acaba siendo un instrumento más, vencido en el tour de force que siempre se libra con ella, u obliga a los músicos a diluirse para que se le pueda escuchar. Pero Raphael está hecho de otra pasta.

Hace unas noches, pletórico de voz –una voz que el artista castiga sin piedad–, tuve la oportunidad –si pueden les aconsejo que no falten a la cita– de poder ver a Raphael, el de siempre pero ahora sinphónico, en la Plaza de Toros de Murcia, arropado por miles de personas. He escuchado/visto a Raphael muchas veces en el escenario, con la voz en las mejores condiciones imaginables y a medio gas, siempre impresionante, aún más cuando se enfrenta a las dificultades. Naturalmente ya conocía la grabación sinfónica de su último LP/CD (las dos cosas, porque Raphael también edita en vinilo) pero no es lo mismo el directo de una orquesta que escuchar, muchas veces de mala manera, un registro por muy digital que sea.

Pocos cantantes tienen un repertorio como el de Raphael apto para que una orquesta sinfónica pueda acometer esas piezas como pequeñas sinfonías. El repertorio de Manuel Alejandro y en ocasiones el de José Luis Perales lo permite, porque sus creaciones pueden transformarse en pequeñas sinfonías tardorrománticas de poco más de tres minutos con su gran base de cuerdas. Completa el círculo el modo de cantar de Raphael que es muy sinfónico, muy de movimientos, desde el Allegro moderato al Allegro con brío pasando por el Adagio, desde los piano a los forte, manteniendo esa fuerza escénica que le caracteriza a la vez que la modulación o la suavidad en los medios. Queda su potencia de voz, perfección en el fraseo –a Raphael se le entiende cada palabra sin problemas cuando canta– y la diversidad de registros (evidentemente ya no tiene aquellos falsetes de los dieciocho años, pero tampoco los necesita). Es también para la orquesta un lujo tocar con Raphael y no acompañar a Raphael, que es lo que hubieran tenido que hacer casi con cualquier otro cantante (solo se me ocurre hacer la excepción con Sinatra). El único problema para el director y la orquesta es ajustarse a los desplantes del cantante y sus paradiñas en la teatralización, pero hasta en eso Raphael es un profesional y controla perfectamente lo que algunos califican –en algo tienen que criticarle– como excesos. En vez de sus paseos, paradas y gestos amplios se funde con el micrófono como si fuera Edith Piaf. La orquesta con Raphael cantando puede ser poderosa, fuerte, rotunda, amplia, grandilocuente, porque puede hasta olvidarse de él –como hacía en muchas ocasiones Puccini al componer sus óperas–. La voz de un Raphael pletórico puede con setenta músicos tocando y por ello provocar el aplauso de los espectadores. Es un concierto de sonido limpio, equilibrado, envolvente. De esos que tienen momentos en los que retumba el cielo en la noche.

Solo habíamos escuchado a Raphael con orquesta en las viejas grabaciones de sus actuaciones en televisión, la orquesta está siempre en muchos de sus discos con un peso diferente, pero sus canciones brillan ahora de forma distinta en este sinphónico que esperamos tenga una segunda parte al menos en disco. Los arreglos de Fernando Velázquez sobre los temas de Manuel Alejandro y José Luis Perales, la dirección de Rubén Diez con la Orquesta Sinfónica de Málaga (perfecta) han dado otra patina a esos temas que solo pueden ser cantados por Raphael. Ese brillo especial que la música adquiere en los diálogos entre el cantante y la orquesta con el que nos obsequia en varias de sus creaciones. Diálogo que se ajusta como un guante de seda a la teatralización/interpretación que hace en cada canción; cómo este nos introducen en el drama, porque a pesar de las florituras de la voz de Raphael, la mayor parte de su repertorio más conocido conlleva gran parte de sufrimiento, de amores cortados de forma abrupta. ¡Qué momento mágico cuando la orquesta da los primeros compases de Cuanto tú no estás! Letra, música, voz y sonido se conjugan en esa desesperanza: “cuando tú no estás no siento nada”. La del amor quebrado por la muerte inesperada en juventud por dolorosa enfermedad. Y es que las canciones arregladas por Fernando Velázquez para su anterior disco suenan ahora maravillosas cuando se desprenden del sintetizador, la batería o las guitarras eléctricas. En carne viva o Qué sabe nadie reclaman eso, una orquesta. Hasta cuando teóricamente una sinfónica está en desventaja frente a la composición original es capaz de mejorarla musicalmente y dar a Raphael la oportunidad de brindarnos una recreación más impactante en temas tan comprometidos como Detenedla Ya o nos aclimate los ritmos en Mi gran noche o Estuve enamorado.

Pero las joyas son las joyas, o, mejor dicho, la música es la música. Esa maravilla musical y narrativa que es Desde aquel día. Esa cuerda romántica que se rompe para llevarnos casi a un vals en Qué tal te va sin mí, que Raphael canta con modulaciones e inflexiones. La orquestación rotunda de No, una antítesis al mismo nivel del conocido Don’t de Elvis, con el diálogo permanente con la orquesta, con esos arreglos casi de aria y esas cuerdas, con ese movimiento envolvente sobre un Raphael en increscendo constante con la entrada del viento. Raphael pide más orquestación y el director se la da mientras teatraliza casi sin moverse. El swing de Despertar al Amor con el juego entre la voz del cantante y la entrada de los instrumentos o todo el discurso musical de Te estoy queriendo tanto. Esa orquesta primaveral que nos invita casi a ver amanecer mientras escuchamos Si no estuvieras tú, una canción fundamentalmente optimista.

Con su actuación casi se podría escribir una biografía musical del artista español más importante, más permanente, porque parece haber rubricado con su voz el pacto entre Fausto y Mefistófeles. Todo está en sus canciones, su vida y sus modos. Soberbia la introducción de esa canción excelsa que es Yo soy aquel como arranque del concierto: Yo soy aquel y Yo sigo siendo aquel, Manuel Alejandro y José Luis Perales, son la declaración de principios de un cantante que lleva más de cincuenta años cantando al amor con ritmos distintos y que se empeñó en triunfar en el mundo cantando en español. Después están esas canciones que desgranan su periplo vital, canciones que merced a la orquesta alcanzan mayor dramatismo. Volveré a nacer, porque Raphael, aunque la vida con él siga en deuda, nunca se ha arrepentido de “pasar de la niñez a los asuntos, de pasar de la niñez a mi garganta”, de perder la adolescencia, de no poder perseguir a una muchacha hasta su casa; de la dureza y el sacrificio de una profesión en la que Un día más, “tras el aplauso llegará la soledad… en la distancia escucharé tu voz… que los niños han llegado un poco tarde… y que me quiere”. Un Gracias a la vida, que emotiva y desgarradoramente hace suyo en un solo con guitarra. El retador Qué sabe nadie, que es casi un bofetón al chisme y al gacetillero, a los que viven de la destrucción y no de la creación. Y esa composición de Bunbury (¡qué bien le sienta también la orquesta!), Ahora, que todo el público comprende, recordándonos que “ha decidido aplazar el final” al que parecía sentenciado hace unos años por su enfermedad, y que lo que le queda es “una canción, un teatro y a ti”. Pues Raphael, más allá de los escenarios, es un hombre de familia, enamorado de la misma mujer cuya relación se asoma en el fondo de muchas canciones como Solo te tengo a ti: “eternamente tuyo… solo te tengo a ti y todo lo demás son cosas de la vida… tu alma es parte de la mía… que a veces con mis cosas olvido darte un beso, y entre ausencia y ausencia se nos escapa el tiempo”.

Pero, no era suficiente. Dos horas cantando y aún es capaz de dejar que la orquesta nos de los primeros inconfundibles toques de una de las arias de óperas más famosas del mundo, el emblema de Enrique Caruso, Vesti la giubba de Pagliacci de Leoncavallo, que el malogrado Waldo de los Ríos orquestara para Raphael. Impresionante en la escena, pletórico de voz, capaz de dejar en silencio una Plaza de Toros, porque él, como el faraón de Camas, es el maestro. Lo que hubiera dado por escucharle con esta magnífica orquesta malagueña Ave María o Cierro mis ojos. Impagable Raphael porque si hace décadas, en sus comienzos, se empeñó en dignificar en España su profesión, entonces encerrada en el estrecho margen del cantante para bailes al que pocos hacían caso, abriendo los conciertos para este tipo de música, hoy vuelve a sentar plaza con toda una sinfónica para recordarnos que, además de ser un intérprete, es también un gran músico.


(Este artículo ha sido publicado en los medios digitales Diario Ya y Sierra Norte Digital)

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20150220204200-image.jpgEs curioso, pero en alguna ocasión me han preguntado ¿qué hubiera sido de José Antonio de no llegar a ser José Antonio? Dejemos a un lado el hecho evidente de que se hubiera convertido en un jurista excepcional. Si buceamos en su mundo interior a pocos se les podría hurtar la posibilidad de que hubiera desarrollado una fecunda carrera literaria. Yo creo, tras años de convivencia intelectual con la obra de Jose Antonio, que la renuncia a su vocación literaria, provocada por su dedicación a la política, es la que le llevó a cultivar esa corte literaria que posteriormente edificó su mito. Esa pasión late en sus discursos, en sus poderosas metáforas, en el singular estilo que quiso infundir a sus aventuras periodísticas. Sin tener presente esa pasión resulta muy complejo entender realmente a ese José Antonio que siempre tenía en su arsenal dialéctico una frase de hermosa construcción poética.

Se ha hablado mucho de su relación con Federico García Lorca, de su admiración por el poeta granadino y hasta de la influencia de su poesía en el adorno poético joseantoniano tal y como han subrayado buenos amigos míos, a pesar de mis puntuales desacuerdos, Gaŕcía de Tuñón y López Pascual. Lorca quizás fuera para José Antonio un modelo de lo que le hubiera gustado ser, poeta, dramaturgo, director y actor. Ello le atraía de su personalidad y por ello estimo que deseaba conocerle, charlar con él. Ahora un estudio, que espero poder leer en breve, confirma que tuvieron encuentros directos que debieron durar muy poco ya que se retrasan hasta febrero o marzo de 1936 y a mediados de mes José Antonio entraba en prisión para no salir jamás.

Es de sobra conocida la pasión literaria de Jose Antonio. Nos quedan un pequeño número de poemas a los que normalmente se ha prestado poca atención. Y resulta interesante que en la melancolía de la cárcel volviera a pergeñar algunos interesantes versos. Ahora sabemos, y así lo resalto en la tercera edición de "El último José Antonio", que preparó al menos tres novelas: la primera, muy conocida, titulada "El navegante solitario", que empezó siendo una insulsa comedia de enredo muy propia de la época, muy al gusto británico, que fue rehaciendo desde finales de los años veinte y sobre cuya reorientación final es imposible desligar la influencia de la princesa Bibesco -he anotado que esta es la base de la relación sobre la que tanto se ha escrito-; dos novelas de ensayo una titulada "Moisés", trasunto de cómo se auto contempla al final, como ese profeta que tras alumbrar el camino no verá la tierra prometida,y otra sin título de la que solo se conserva la propuesta de tema.

No es desconocida su pasión teatral, su presencia en los estrenos de la época, su querencia a Casona, los Machado y Lorca entre otros. Sus primeras armas literarias fueron las que dieron vida a un poema teatral, "La campaña de Huesca" que dirigió con doce años en una función para familiares y amigos. Nieves Sáenz de Heredia, Raimundo Fernández Cuesta y Pilar Primo de Rivera han dejado constancia de las funciones teatrales que José Antonio dirigía e interpretaba para su entorno. En una de aquellas conoció a Pilar, su gran amor, la muchacha a la que un padre obcecado por su usura de títulos prohibió su relación con el heredero de un marquesado de nuevo cuño. Y josé Antonio y Pilar se escapaban al vecino Museo del Prado para poder verse.

Sabíamos que José Antonio había actuado en funciones pero ignorábamos los detalles. Ricardo Fernández Coll, rastreando las noticias de sociedad de la época en la prensa, ha podido identificar las obras que llevaron al fundador de la Falange a los escenarios entre 1926 y 1927. El listado es largo y variado: "La segunda dama duende", adaptación de Ventura de la Vega con José Antonio en el papel del Conde de Orgaz; "El Carnaval" de Schumann; "Música en la caja de música" en el papel de don Juan; "Placita de Venecia"; "Nosotros" de Eduardo Cobián; "La Patria Chica" de los hermanos Quintero... Representaciones de tipo benéfico a las que incluso llegaron a acudir los Reyes. En ellas José Antonio hizo de actor y figurante, dato que avala esa pasión teatral que se escapa entre las líneas de una densa biografía.

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Con el cine confieso que me pasa algo similar al ballet, que no acabo de entender muy bien a los directores que más que versionear -en el cine básicamente- realizan actualizaciones de clásicos intentando reverdecer grandes éxitos. Así, si en el ballet la pobre Giselle acaba pasando de las puntas a arrastrarse por los suelos en el cine todo se vuelve oscuro, predominan los harapos y la suciedad... Confieso que no me suelen agradar las reversiones de obras icónicas de la historia el cine realizadas ahora con la excusa de atraer a nuevas generaciones de espectadores a historias de éxito. Las frustraciones se cuentan por decenas. Afortunadamente no han llegado a puerto los intentos de rodar nuevamente el Lo que el viento se llevó, especialmente tras el fracaso de Scarlett como continuación; ni los ojos de Julia Ormond ni el saber hacer de Harrison Ford pudieron con la Sabrina de Bogart y Hepburn; mejor no hablamos de birrias como el Quo Vadis creo que rodado en Polonia, el subproducto de un nuevo Ben-Hur para la juventud de hoy o la prescindible historia de El Álamo tras la magnífica y épica película de Wayne.

Viene al caso la cita porque desoyendo a algún amigo mi impenitente faz de cinéfilo me llevó a la sala para ver la nueva cinta de Ridley Scott Exodus. Dioses y reyes o la historia del mítico Moisés reconvertido por la publicidad en el hombre que "desafió a un imperio y cambio el mundo", y, por la intención del director y la productora, en el "general que Dios necesita", intentando dar de la mano de Christian Bale, que no es Rusell Crown, una réplica que reverberara a su exitoso Gladiator. Y si los hermanos Cohen intentaron -sin conseguirlo a mi juicio- hacer olvidar a Wayne en su versión de Valor de Ley, Scott no solo no logra que nos olvidemos de Heston, el actor fetiche de tres grandes épicas cinematográficas, sino que Bale nos recuerda a Heston cada dos por tres en el gesto y la fotografía, aunque me parece que ambos, actor y director, estaban más cerca del Cid que de Moisés. Y por eso Bale consigue que el espectador se retuerza menos en la butaca y le cueste ceder a la tentación de sacarse el movil y dedicarse a otra cosa. Mejor olvidamos cualquier comparación de Edgerton con Yull Brynner en el papel de Ramsés porque Scott quería un malo sin mayores pretensiones y no un tour de force entre los protagonistas. Como me temía, pese a tanta alharaca, tanto 3-D y tanta parafernalia digital, Scott no consigue hacer olvidar la obra de Cecil B. De Mille Los Diez Mandamientos, ni siquiera en el momento cumbre de la apertura a del Mar Rojo.

Scott podía haber propuesto una relectura del mito acorde con los avances de la investigación arqueológica; situarnos ante el posible Moisés histórico; olvidarse de la imposible coincidencia de los hechos con el reinado de Ramsés el Grande en vez de encontrar allí la excusa para rodar una gran batalla recreando relativamente la batalla de Qadesh (1274 a.C.); trasladar los hechos al más que probable siglo VII a.C. incluso plantear el cómo de la historia del Moisés real o de las gentes que llegaron desde Egipto a Canaán de forma más pacífica que bélica durante los reinados de los faraones Psamético I y Necó II, posibles herederos de aquellos otros que fueran llevados a Egipto tras la victoria de Merneptah, sucesor de Ramsés II -faraón que algunos estiman pudo ser el de los tiempos de Moisés-, o retroceder en el tiempo hasta la salida de los hicsos en los años de Ahmose que tornaron a Canaán... Pero Scott solo buscaba, amparándose en lo épico, enterrar Los Diez Mandamientos. Puesto a ser iconoclasta podía, directamente, presentarnos a Moisés como una recreación de las historias orales realizada en el siglo V a.C. para dar fundamentación mítica al reino de Judá. Pero entonces, casi con seguridad, su relectura de la cinta de De Mille hubiera dormido el sueño de los justos. Básicamente porque ante cualquiera de las opciones un Moisés sin fe no tiene sentido. Y es ahí donde falla la visión de un Scott capaz de hacernos creer en unos terroríficos aliens pero que, ante el miedo a que tachen su cinta de propaganda religiosa, tiene que andar todo el tiempo justificándose por la presencia de un Dios en el que no sólo no cree sino que quiere desvirtuar hasta grado sumo.

Dejo a un lado los pastiches visuales donde todo se mezcla en un solo espacio, desde los templos de Luxor a los restos de Memphis, pasando por las pirámides de Gizeh y rematando con la escalonada de Saqqara junto con un improbable busto a gran tamaño o que en tiempos de Ramsés se siguieran construyendo pirámides cuando ya los faraones se enterraban en el Valle de los Reyes, por más que visualmente refleje la misma grandeza o falsedad que el cartón piedra de De Mille aunque llegara a rodar en la zona. Nadie va a discutir la solvencia de Ridley Scott, ni el perfeccionismo del fotograma, aunque aquí los efectos digitales no tienen la fuerza necesaria y queden desaprovechadas las célebres plagas, porque ni los efectos salvan un guión que casi parece haberse ahogado en el Mar Rojo y un reparto más que desigual para una obra en la que los secundarios debieran haber tenido una mayor definición. No entro en los filtros utilizados que desdibujan el colorismo del Egipto real o en un vestuario que en Moisés se torna algo más que extraño, ni en el oasis de la familia del protagonista, ni en una recreación que las más de las veces me parece disonante -a qué cuento la pesadez documental del matrimonio de Moisés, para qué enfrascarse en unas notas de amor romántico cuando nada tienen que ver con la historia que se esta narrando- porque lo trascendente es descifrar las preguntas que se hace el director y lo que nos quiere decir.

Ignoro por qué razón algunos esperaban otra cosa de un director que ya nos explicó que para él "la religión es la mayor fuente del mal" y es evidente que así nos presenta a un Dios niño que es así aún más terrible y que se desespera porque la táctica guerrillera de un general es muy lenta.

No estamos ante un relato bíblico ni ante una exaltación de la Fe. No es una película de épica religiosa como lo son Los Diez Mandamientos. Pero es que ni tan siquiera es una gran historia épica con el Éxodo como fondo. Lo que subyace a lo largo de un metraje de dos horas y media es la incredulidad cuando no la animadversión a la faz religiosa de la historia que narra. Indirectamente, busca sembrar la idea de si no fue todo una sugestión del propio Moisés (una piedra que le da en la cabeza en la noche lluviosa que nos lleva al monte prohibido).

Dios aparece representado en un niño al que solo ve Moisés y con el que discute en unos diálogos con pretensiones que te dejan un tanto frío y que a ratos son casi de serie B porque para Moisés es un dios al estilo de los dioses del politeísmo, nunca es la actitud del creyente. Moisés, naturalmente, recurre a la acción directa y violenta para liberar a su pueblo rompiendo así con la interpretación bíblica, es el general que Dios reclama. Scott quiere sembrar las dudas en el espectador, negar la verosimilitud de los hechos: todo tiene una explicación lógica, científica (aunque el guionista se haga un lío y por un lado nos hable de las arcillas del río y Scott lo haya vuelto rojo por una sangrienta batalla a dentellada limpia entre los gigantescos cocodrilos del Nilo) y solo enmudece cuando tiene que enfrentarse al exterminio de los primogénitos egipcios, no por creencia sino porque es lo que necesita para expresar la terribilitá de Dios. Todo lo demás se puede explicar, incluso recurriendo a un chocante tsunami que tras permitir el paso por el Mar Rojo sepultará a toda una orgullosa división egipcia. Lo demás Scoot prefiere obviarlo, de ahí que nos hurte la escena del becerro de oro y la bajada de Moisés desde el Sinaí con las Tablas de la Ley de Dios para hacernos ver al protagonista grabando con el cincel la piedra para poder seguir dejando a Dios al nivel de la alucinación que ha dado a Moisés la orden de iniciar su aventura.

La publicidad nos ha presentado esta historia como una gran superproducción cuando el tiempo de las superproducciones pasó. Nada deja al espectador con la boca abierta en una historia en la que a lo terrible de la religión se superpone la lucha por la liberación que es lo que pienso que motivó a Scott y su guionista hasta hacerse un lío con la narración. A Exodus solo la salvará el número de copias, el nombre del director y el empuje de las primeras semanas de exhibición, si se hubiera tenido que medir con los modelos de proyección y comercialización de 1956 -año de Los Diez Mandamientos- de lo que sí fue una auténtica superproducción dormiría el mismo sueño en los almacenes que la sepultará dentro de unos meses porque tras la primera hora es una película tan muerta como tediosa. Pero Scott es un director taquillero y eso le ha permitido dar esta inútil vuelta de tuerca a Los Diez Mandamientos, una pirotecnia en la que algunos son capaces de encontrar hasta una reflexión sobre el carácter destructivo del hombre.

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Vaya por delante que mis conocimientos no alcanzan a los venturosos críticos que tienen que asumir la inevitable obligación de comentar -criticar sería en este caso un atrevimiento me temo que imperdonable- la obra de Antonio López que entiendo, desafortunadamente para el artista, va a pasar a la historia como La familia de Juan Carlos I, cuando por la resultante más debiera rotularse como Los familiares de Felipe VI. Aunque magro sea mi currículo como crítico de arte son muchos los años explicando las grandes obras de la pintura como para no poder hablar sobre un lienzo que pretendía hacer historia y dudo mucho que vaya a abandonar paredes secundarias del Patrimonio Nacional, y entre ellas probablemente no se encuentre ninguna de la Zarzuela.

El principal problema del lienzo, de ahí su para muchos resultado fallido, es la propia razón del lienzo y la inevitable comparación con dos obras maestras de la historia de la pintura, Las Meninas de Velázquez y La Familia de Carlos IV de Francisco de Goya, donde a la maestría del retrato, la captura del espacio o el dominio de la atmósfera -el virtuosismo técnico- se sumaba la metáfora indirecta o la mirada crítica a una familia como la de Carlos IV digna de un serial radiofónico o un programa de cotilleo incluyendo la sospecha de las infidelidades regias. En ese marco la obra de Antonio López, por más explicaciones que se quieran dar, quedará en un quiero y no puedo. En un retrato familiar para el salón de invitados incapaz de monopolizar la atención del espectador al final de un pasillo de obras de arte en el Museo del Prado.

Antonio López, admirador y estudioso de la obra de Velázquez, del que se repite esa frase propia, lanzada para manual de historia del arte, de que "una obra se concluye cuando llega al límite de sus posibilidades", tengo la impresión que se ha quedado en el camino, que ha buscado una solución que no ha encontrado o quizás se haya colocado entre líneas, a futuro, en una posición interpretativa a la usanza de Goya que hoy no somos capaces de percibir. El hombre que pinta como si realizara fotografías, cuyo centro de atención, su pasión como pintor, su esfuerzo por captar como Velázquez el espacio, se radicalizaba en los ochenta en la pintura fotográfica de los paisajes vivos del Madrid urbano, donde ha mostrado la maestría hiperrealista que lo singulariza, no se caracteriza por una atracción retratista. Que yo recuerde quedan sus retratos familiares en alguno de los cuales brilla su capacidad para fundir los personajes con unos fondos que en este retrato real han sido voluntariamente obviados. Su obra nos quiere acercar a su modo de ver que se singulariza en lo inanimado. Está luego su fe en los volúmenes especialmente en su obra escultórica y su virtuosismo con el pincel. Se esperaba mucho de una obra realizada a lo largo de veinte años -muchas de sus obras son el resultado de largos años de trabajo- pero pintada al mismo tiempo que trabajos que poco o nada tenían que ver con el encargo. Quizás por todo ello era difícil que de sus pinceles saliera el gran retrato conjunto que con el encargo se presumía.

Es un hecho que Antonio López, no sé sin por convencimiento o por imposición, quizás por ambas razones, ha renunciado a retratar a la Familia Real para quedarse con unos personajes que cuando les toca se revisten con la aureola caduca de la realeza, pero que daría igual que se apellidaran Borbón o Pérez. No es el Goya que nos caracteriza a los personajes ocultos tras el brillo de los encajes, las condecoraciones, las puntillas y los terciopelos o quizás sí haya algo de ello forzando una interpretación que solo el autor podría explicarnos. No nos ha querido, en su fotografía para el salón, resaltar el por qué o el para qué de la monarquía. Ni ha sido capaz de ser fiel a una parte de su biografía pictórica para colocar a los personajes en un espacio íntimo que nos dijera algo más de ellos o en un espacio abierto a la realidad del tiempo. Es más a futuro van a quedar congelados en un espacio vacío que trasluce una sencilla falsedad que sabemos inexistente. Y es que Antonio López ha confundido la monarquía, por campechanos que sean los Borbones, con una familia de la alta burguesía de la diagonal catalana o de la milla de oro madrileña. O quizás era eso lo que de él se esperaba en una obra que en el fondo debe incluir dosis de propaganda.

Es posible que con el paso del tiempo, si es que merece otro recuerdo que no sea la firma del autor, este trabajo supere las lecturas inmisericordes del espectador de hoy. De ese que se pregunta por los que faltan, por la invisible Letizia -maldades del suegro dirán siguiendo la inefable ortodoxia de los saberes de Peñafiel-, que hará mil una tesis sobre las separaciones/distancia entre los retratados o exclamará "¡Qué familia!". Pero tanto hoy como mañana, me temo que nunca llegue a despertar la admiración artística que nos suscita una familia tan poco gratificante como la de Carlos IV.

Es evidente que Antonio López ha hecho guiños en la dirección de la luz a Goya y a Velázquez, que como ya no hay pintores de cámara, sino bien remunerados artistas -dudo que alguien piense en los 50 millones de pesetas de 1997 cuando lo fundamental para el artista dada su cotización probablemente haya sido la oportunidad histórica que le brindaba el Patrimonio Nacional-, no podía incluirse en la tela. Sin niños ni parientes, cuando se encargó la obra no los había, Antonio López optó por el friso goyesco -curioso pero el corrector automático acaba de cambiar la referencia por el adjetivo grotesco que resulta excesivo-, aunque al final, no sé si por la evolución histórica y la lectura política que esta obra encierra, el actual rey -príncipe entonces- se sitúe en primer plano, casi ejerciendo de presentador, dejando como dirían mis alumnos que el aire corra entre él y el resto, dejando atrás a una familia fría y distante. Porque si algo transmite el cuadro de Antonio López es una frialdad absoluta, son personajes sin alma ni corazón. Hasta tal punto que, a falta de ver la obra en directo, mi primera impresión fue la de encontrarme ante unas cortinas a lo que contribuye la tonalidad de las vestimentas de las infantas y el estampado del traje de doña Sofía. Hasta tal punto que no encuentro diferencias anímicas entre una calle de Antonio López y este retrato familiar, y en este sentido prefiero las calles. Aunque acercando la mirada a la fotografía realizada por el pintor, a las pequeñas muecas de sonrisa de Elena y Sofía, no me resigno ante la idea del instante de la memoria en el que se añora la apariencia perdida. Pero quizás esto sea ir muy lejos.

Probablemente Patrimonio Nacional, ergo los consejeros áulicos, escogió a Antonio López porque su pintura, su fotografismo, evitaba miradas críticas y abría la posibilidad de que el reinado dejará también huella en la historia del arte, que me imagino era lo que se buscaba. Ignoro si el pintor recibió algún tipo de instrucción sobre lo que se quería transmitir. Solo he leído sobre la negativa del rey a incluir a quienes no consideró nunca componentes de la Familia Real, a los que fueron llegando mientras se desarrollaba la obra. Era un retrato para la Historia y se ha quedado en una pintura con poca historia. Quizás haya querido ser el homenaje perpetuo a una familia modélica según la autocensura de la época de la que hoy solo quedan rescoldos. A futuro, al contrario de la grandeza que continúa destilando la obra de Goya que vence a personajes tan abyectos como el bobalicón Carlos IV, la infiel Maria Luisa de Parma o el felón Fernando VII, van a quedar en las lecturas temáticas, por la distribución y las líneas de relación, las miserias del cotilleo y los tribunales de los familiares de Felipe VI. Y eso que falta Letizia.

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Se ha escrito que Raphael, probablemente la gran estrella española de la música pop, si es que se le puede calificar de pop, de la canción melódica, aunque me temo que la fuerza de sus interpretaciones le lleva más allá de esa calificación (escuchen su potente versión de Adoro y ya me dirán), nuestro crooner/chansonnier patrio por excelencia, a sus 71 años está viviendo una segunda juventud musical plasmada en el arranque de su nueva y maratoniana gira que se ha iniciado en España, después le llevará a Hispanoamérica, a EEUU y, si el cierre a la importación no lo impide, a la mismísima Rusia.

Nuestra estrella musical por antonomasia ya no es sólo el cantante de unas fans que han ido añadiendo años a la cuenta de la vida a su compás, sino que está consiguiendo algo tan difícil como romper las barreras generacionales. Cuando muy pocos se atreven a versionear, en su línea musical, alguna de sus canciones (el resultado suele ser lamentable porque sus creaciones, pese a todo, resultan inimitables y las voces no resisten comparación alguna) son artistas jóvenes, algunos independientes, los que reivindican a nuestro particular divo musical con reinterpretaciones a su estilo como han hecho Vega (grande cantando Mi gran noche), Elefantes, Alaska, Niños Mutantes o Miss Cafeína. Toda una generación, libre de prejuicios, ha redescubierto a Raphael y este ha revisado en su gira anterior y en la presente el repertorio que le encumbró. Porque más allá de ser aquel cantante que tanto sufría en sus letras de amor, también existe otro Raphael juvenil de canciones desenfadas y vitalistas (impagables Estuve enamorado de ti, A pesar de todo o Todas las chicas me gustan) como la España del desarrollo que en los años sesenta aparecía en el mundo para decir: “Oiga que yo estoy aquí”.   

Raphael es Raphael sobre las tablas de un escenario, en directo. Ya he perdido la cuenta de las veces que he acudido a uno de sus conciertos en los últimos veinte años, el último hace unos días en San Javier (Murcia), después de su apabullante éxito en el festival indie de Sonorama, aunque, como casi todos los de mi generación, le recordemos de cuando éramos niños cantando por Navidad su célebre Tamborilero. Ahora sus conciertos son una mezcla variopinta, pese al precio de las entradas -el alto IVA cultural está haciendo mucho más daño a la música que la piratería-, de seguidores donde te puedes encontrar a veinteañeras que cantan a dúo con el cantante canciones tan bellas como Cierro mis ojos o Cuando tú no estás probablemente porque echan de menos en la música actual ese tipo de composiciones; que cantan a pleno pulmón Mi gran noche o que también entonan como himnos -algo que han remarcado los nuevos arreglos- Qué sabe nadie o En carne viva.

El secreto de por qué engancha Raphael es simple: no vas a escuchar a un cantante. Él es, ante todo y sobre todo, un intérprete, un actor de la canción en el que se hace moderno todo el influjo de las grandes cantantes de la copla hispana, desde Juanita Reina a Marifé de Triana, capaces de interpretar una vida o una historia en cuatro minutos. Su show es eso: la salida a escena de un artista que está casi tres horas solo en un escenario. Cuando los cantantes llegan a cierta edad, cuando la garganta no responde como antes, además de la técnica y de las tablas, recurren a la orquestación, a los coros que les cubren, a los artificios… Raphael, sin embargo, es solo una voz que se impone a un cuadro de soberbios músicos, porque seguir a alguien que coloca la letra cuando quiere, sometiendo el ritmo del compás al ritmo de la interpretación, un poco al estilo de Sinatra, requiere grandes acompañantes. En cada actuación, pese a conservar una increíble potencia en la voz, Raphael se la juega, el espectador asiste a un endiablado tour de force, entre el artista y sus éxitos, porque sus canciones requieren un tremendo esfuerzo vocal y cuando, como le pasa a los grandes, como le pasa ahora a los Rolling Stones, en algún momento se quiebra se recupera para dar un salto mortal aún más difícil. Resulta curioso ver cómo consigue levantar los aplausos y gritos con sus desplantes, con esos finales en los que exhibe la potencia de su voz como Elvis movía sus caderas. Y eso es lo que cautiva.

Raphael ha conseguido lo más difícil, ser el artista imperecedero por el que no pasa el tiempo. No es el ajado cantante que se sube al escenario para cantar sus viejos éxitos, para entonar sus himnos generacionales a sus seguidores de siempre; sigue grabando, pese a la dictadura de las compañías discográficas frente a las que ahora -algún productor se debe estar tirando de los pelos por su deseo de jubilarle- actúa con absoluta independencia y sus discos se venden como rosquillas por plataformas como itunes (número tres en ventas al ponerse para la reserva con dos meses de antelación a su salida).

Además, Raphael es un artista de vida privada intachable; con una familia que no se ha roto -como las de casi todos los cantantes-, que está al margen de la basura que provoca la vida de la farándula, que vive en España y que paga sus impuestos en nuestro país. Ha triunfado cantando en español y tiene la virtud de caer bien. En alguna ocasión, al principio de su carrera, cuando se convirtió en estrella internacional en poco menos de dos años tras fichar para Barclay, se planteó la posibilidad de cantar en inglés, pero su planteamiento fue: “Si los Beatles triunfan cantando en inglés porque no voy a triunfar yo haciéndolo en español” (nota que deberían tomar los productores de los muchos programas buscadores de estrellas en los que se empeñan en que los aspirantes canten de forma continua en inglés para un público que después va a ser básicamente español). Pero es también un pedacito de la historia reciente. Fue estrella internacional del Beirut reluciente de los sesenta, destrozado hoy por las estúpidas y suicidas jugadas geoestratégicas. El cantante cuya biografía pulveriza el mito de la España aislada que hasta triunfo en la URSS cuando el comunismo estaba en todo su esplendor e hizo que los rusos -más bien las rusas- comenzaran a estudiar español para entender las letras de sus canciones. El cantante de la España del desarrollo que despertaba enormes envidias cuando le invitaban a aquellos festivales de Navidad que organizaba la mujer de Franco en los que se daban puñetazos por actuar los que luego preferían borrar aquello de sus biografías para acabar pareciendo que el único que actuaba era Raphael. El cantante que sufrió, pese a ser una estrella, vetos increíbles. El que en España asentó la idea del concierto de música pop. El artista que ha llenado los grandes templos de la música mundial. Y, sobre todo, la banda sonora de millones de españoles que prácticamente lo consideran de la familia. Porque ¿quién no tenía un disco de Raphael en casa?

Raphael es hoy nuestro particular Mick Jagger pero también nuestro Stallone que sigue en las taquillas como si estuviéramos en los ochenta demostrando a los que han hecho de la juventud única edad con visibilidad estética que se han equivocado. Raphael es la demostración palpable, cuando casi todos se han prácticamente jubilado, de que los viejos rockeros nunca mueren… Todo eso y mucho más es esta estrella que, como el mismo entona, sigue siendo aquel.   

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