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¿Qué puede pasar el 26-J?

Publicado: 13/06/2016 00:06 por Francisco Torres en Elecciones
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Anoche se iniciaba la campaña electoral que llevará a los españoles a las urnas el 26 de junio; cita electoral que probablemente sea la de mayor incertidumbre de los últimos cuarenta años. Confirmarán, sin duda, lo que ya es una evidencia: que el modelo bipartidista diseñado en 1978, para el que se creó una Ley Electoral que lo permitiera e impulsara (ya se sabe que en realidad no todos los votos valen igual), ha saltado por los aires.

La clase política, los medios de comunicación, los politólogos y no pocos sociólogos se han pasado la vida retratando una sociedad plural que, elección tras elección, dejaba de serlo cuando se conocían los resultados de cada comicio. Existía un consenso para alabar ese bipartidismo -hoy, rendidos a la evidencia, ya no son capaces de sostenerlo- que también ha saltado por los aires. Aún andan, eso sí, los dos grandes partidos -cada vez menos grandes-, especialmente el Partido Popular, enfrascados en buscar cómo imponer el “amaño” a través de la Ley. Lo hace propagando la idea de pequeñas circunscripciones a dos vueltas para que sólo alcance representación el que obtenga la mayoría -algún incauto, por no decir otra cosa, preso del miedo a la izquierda, creyendo que siempre ganará el PP, lo apoya desde posiciones teóricas a la “derecha” del PP-. Democrático modelo que negaría la representación a millones de españoles.

La realidad hoy es bien distinta a la de hace diez años, por no irnos muy lejos. Ya no tenemos dos partidos con posibilidades reales de gobierno sino cuatro. Por más que el Partido Popular y sus teóricos/voceros se empeñen, aunque ganen las elecciones, la representación del que más votos obtenga, si se confirman los sondeos será el PP, distará mucho de ser la traslación de la mayoría de los españoles. Pocas veces se suele indicar -rompería los discursos interpretativos- que la representación real es la resultante del porcentaje obtenido sobre el total del censo y no sobre el total de los que han votado. Ello quiere decir que un partido que obtenga entre un 28% y un 30%, dependiendo de la abstención, tendrá una representación real situada en torno al 20%. Es decir que el partido que más votos obtenga sólo tiene esa representación. De un modo u otro tanto el PP como el PSOE, pasando por PODEMOS o incluso -aunque es menos probable- Ciudadanos, podrían acabar gobernando con un acuerdo o en coalición. Las mayorías absolutas están finiquitadas y a ello debemos acostumbrarnos los españoles. Y una vez que el gobierno sea reo de esos acuerdos para gobernar todo lo que se diga en esta campaña es tan volátil como perfectamente olvidable.

Elecciones de incierto resultado, porque las variables a contemplar son muchas, porque sociológicamente el cuerpo electoral está variando de forma acelerada. Los votos tradicionales, los que votaban de forma sitémica al PSOE o al PP, se van reduciendo. Se trata de electores mayores de 50 años. Los votos libres, no condicionados por los miedos, la historia o la ideología bidireccional derecha/izquierda, van creciendo de forma constante y son los que deciden, porque el bloque anterior está tasado porcentualmente. Son ellos los que deciden, son ellos los que han dado vida a los denominados partidos emergentes y los que no forman parte del voto cautivo. Ahora bien, al mismo tiempo, en determinados segmentos, especialmente entre los menores de 25 años, anda pareja la inclinación hacia el voto que hacia la abstención. Existe en este segmento un amplio rechazo a los dos grandes partidos tradicionales, PP y PSOE, siendo poco permeables a sus discursos tecnocráticos.

Elecciones en las que la campaña electoral y los errores que cometan los partidos -el PP ya lleva unos cuantos debido a la presencia de algunas personas en sus listas que deberían haberse retirado para no perjudicar al partido- pueden tener una incidencia decisiva en el voto final.

Elecciones inciertas, porque la propia Ley Electoral ha acabado transformándose en una auténtica espada de Damocles, pues no estaba pensada para que hubiera tres partidos que obtuvieran sobre un 20% de los votos y un cuarto sobre el 15%. La resultante es que entre 20 y 30 escaños dependen de unos cientos o miles de votos. La Ley favorecía a los dos partidos que más votos tuvieran y especialmente, a la hora de los restos, al primero, dándoles un plus. Pero eso era cuando el primero y el segundo eran PP y PSOE o viceversa y el resto sacaban pocos votos. Ahora, en no pocas circunscripciones es difícil saber quién será el segundo y los restos ya no tienen por qué acabar favoreciendo al más votado. La mecánica/cocina del recuento/reparto puede dar una mayoría con margen sobre los demás al PP, pero también convertir a cualquier otro en un partido con más peso del esperado (sería el caso de la coalición UNIDOS PODEMOS) que merced a un acuerdo pudiera acceder al gobierno. Un marco en el que decir que “gobierne el más votado” (quiere decir el que más votos tenga de los depositados) no pasa de ser un recurso efectista pero infantil que puede asemejarse a la rabieta de un niño incapaz de asumir la frustración ante la realidad.

Cuando el lector tenga este artículo entre sus manos es seguro que andará, salvo aquellos que sólo sigan un medio, perdido entre unas encuestas que presentan unas horquillas de resultados tan amplias que hacen imposible saber qué pasará al final. Habrá sufrido o seguido con interés varios debates y “tragado” las píldoras preparadas que cada partido hace para que salgan por televisión. Es probable que hasta tenga el efecto de saturación provocado por la reiteración en el mensaje. Cierta es aquella frase de que una mentira repetida mil veces puede transformarse en una verdad, pero también puede acabar irritando y convirtiéndose en un arma de doble filo (algo que le puede ocurrir al PP y al PSOE si siguen insistiendo en un mensaje que deja tantos huecos al adversario que puede acabar horadando sus expectativas).

Los partidos están jugando y algunos hasta tomando posiciones para el día después. Es lo que está sucediendo en Cataluña. El centroderecha nacionalista burgués que, por la independencia, ha hecho un pacto antinatura con los anticapitalistas (CUP) ha visto saltar por los aires su acuerdo de gobierno. En ello, además de las tensiones, subyace el “día después”. En función de los resultados unos u otros podrán pactar con los vencedores. Unos pueden inclinarse hacia el PSOE o el PP, es cuestión de precio; otros hacia Unidos Podemos. Por eso se ha producido la ruptura que puede llevar a nuevas elecciones en Cataluña, algo que no sabremos hasta septiembre cuando, en teoría, ya se tenga definido el nuevo gobierno.

¿Qué puede pasar el 26-J? La primera posibilidad es que se confirme lo que las encuestas indican y lo que la tendencia y la variabilidad del voto oculto anuncian: una victoria del PP difícil de traducir en escaños reales pero con posibilidad de gobierno en alianza con Ciudadanos y apoyos de minoritarios (pero Ciudadanos ha puesto un precio, Rajoy). La segunda: que la aritmética confiera posibilidades de gobierno al bloque de izquierda (el PSOE confía en poder mantenerse como segunda fuerza y Unidos Podemos con sobrepasarlo).

Hasta aquí estaríamos dentro de lo previsible pero queda el factor campaña que para mí va a ser decisivo. Las anteriores elecciones revelaron dos variables: primera, que PODEMOS mejora resultados en campaña; segunda, que Ciudadanos pierde fuelle en campaña. En estas juega un nuevo factor: Unidos Podemos se presenta como rival del PP y el PP ha asumido que ello es así; una polarización que por razones distintas favorece a ambos: al PP, porque quiere recuperar voto entre los votantes Ciudadanos y los moderados del PSOE (básicamente anti-Podemos); a Unidos Podemos, porque les convierte de facto en la alternativa para el votante de izquierda. A ambos les interesa porque esa dicotomía es un antídoto contra lo que más temen, la abstención. El PP puede conseguir la movilización del miedo y Unidos Podemos galvanizar a su electorado de menor edad, donde mayores apoyos tiene pero con una clara tendencia hacia la abstención según el día.

Cuando termino estas reflexiones sólo he tenido oportunidad de ver uno de los debates a cuatro con segundas espadas, pero su análisis nos permite estudiar cómo y qué efecto pueden tener sus discursos en una campaña que se va a dirimir, fundamentalmente, en televisión y en las tertulias. Lógicamente se debe prescindir del voto convencido. Mal van algunos si hacen campaña para los convencidos. Lo importante es medir cuál puede ser la reacción de los indecisos, de los que pueden variar su voto por efecto de la campaña.

Si segmentamos el electorado es evidente que el discurso con mayor receptibilidad en el punto de arranque es el de Unidos Podemos y el que menos capacidad de atracción presenta es el de Ciudadanos (algo que ya se hizo palpable en la anterior campaña, Ciudadanos pierde los votos en campaña y es algo que no ha sabido solucionar). Unidos Podemos -Garzón juega de comparsa por más que se empeñe en sacar trapos republicanos- está acentuando su discurso populista y dejando en segundo plano su discurso izquierdista, consciente de que sus puntos débiles podrían ser explotados por otros que no fueran el PSOE o el PP, pero es a ellos a quienes se enfrenta. El PP, si se empeña con discursos tan escasamente motivadores como los de Cifuentes o Levi en el inicio de la campaña; en la utilización de muñecos que repiten de forma continua el discurso patrón hecho (en algunos casos llega a ser una ofensa al oyente pues parece que le toman por tonto); en la defensa a ultranza de la gestión hecha y la mirada al pasado -enfrascarse hoy en lo mal que lo hicieron los socialistas no sirve más que para los convencidos- o en su débil y preparada respuesta al tema de la corrupción, puede acabar llevándose un disgusto inesperado (doctores tienen en Génova).

Ante esta situación, muy volátil, el PP juega con cartas marcadas, pues entiende que está jugando al empate. Asume que es imposible alcanzar la mayoría absoluta poselectoral con Ciudadanos, al que no otorga crecimiento real, y algún apoyo, pero espera que el miedo a PODEMOS y la debacle del PSOE de Pedro Sánchez –de ahí su decisión de polemizar con Unidos Podemos y no con el PSOE para debilitarlo- le permita gobernar con la abstención socialista. Pero queda por ver si al final este no es el cuento de la lechera.


Nota: foto tomada de La Vanguardia

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20160615144343-image.jpegNo es una novedad apuntar que lo que usualmente se denomina extrema derecha sociológica está en y/o vota al PP, y se siente extremadamente cómoda ahí. De vez en cuando, eso sí, se despierta enfadada y da un respingo que dura dos o tres elecciones: así sucedió con el PADE (10.000 votos en su mejor resultado), la Agrupación Ruíz Mateos (219.000 votos en 1989) o más recientemente VOX (244.929 votos en las últimas europeas que se quedaron en 53.000 poco después). Una vez que a este electorado se le pasa el sarampión los votos vuelven casi aritméticamente al PP, mientras que esos partidos desaparecen o se consumen lentamente.

Existe una "extrema derecha militante", que naturalmente no se considera como tal, aunque en ese espacio la sitúen los medios y la mayoría de los españoles. Empleemos y aceptemos tal calificación solo a efectos descriptivos, porque la mayoría de los partidos de ese espectro ni se reconocen bajo tal calificativo, ni incluso estiman que estén a la derecha del PP; es más, en algunos casos se sitúan en las antípodas de los demás.

Desde el punto de vista sociológico se afirma que entre 500.000 y un millón de votantes podrían apoyar una opción similar a las que con diversa denominación, desde el Frente Nacional francés hasta el FPO pasando por Alternativa por Alemania, están polarizando el cambio electoral en muchos países de Europa (otros se miran en modelos como Amanecer Dorado)... No pocos creen que con copiar el nombre y los gestos se producirá en España una irrupción similar e incluso algunos se plantean el retorno al modelo de los años de la Transición, cuando más pujante fue esta opción en España. La realidad es que esa "extrema derecha militante" se mueve, desde el año 2004, entre los 50.000 y los 78.000 votos, a repartir según las elecciones -dejamos a un lado los resultados en municipales y autonómicas- entre cuatro o seis formaciones (no incluimos PxC porque tras una aparente eclosión quedó prácticamente reducida a la nada).

Ahora bien, no es menos cierto que, tanto por razones internas como externa o de propio posicionamiento político probablemente, otros 50.000 votos se queden en la abstención. Cifras pequeñas pero que en unas elecciones como las del 26-J pudieran valer algunos escaños.

En 1979 la "extrema derecha militante" obtuvo su más alto número de votos, 413.000. Anotemos que de haber concurrido unida esta opción hubiera obtenido hasta tres escaños, en vez del único que consiguió Blas Piñar, fueron sus años de mayor extensión y penetración social, pero sin conseguir desgajar a la extremaderecha sociológica del voto a la entonces Alianza Popular, el antecedente del PP. La división, la fragmentación y el cainismo condujeron a que en 1982 se perdieran 265.000 votos que fueron absorbidos por AP(PP). La caída constante en el número de votos se mantuvo hasta el año 2004, cuando se obtuvieron en total unos 65.000 votos. Síntoma claro de la existencia de una potencialidad y de una renovación. Constituye desde entonces este potencial electorado un nicho emergente de difícil proyección.

Cierto es que no se trata de un voto consolidado, que además se enfrenta: primero, a la ausencia de candidaturas en muchas circunscripciones debido a la Ley Electoral; segundo, al "miedo a la izquierda" que sigue teniendo hoy un peso específico en este electorado (miedo en el sentido de aceptar cualquier sacrificio -votar al PP- antes que gane la izquierda). En 2015, aunque irrelevante dado el número de provincias con candidatura presentada, se obtenían unos 9.000 votos tras los 78.000 de las elecciones europeas de 2014, siendo la opción más habitual en este sector la abstención o el voto nulo sin que se produzca un gran trasvase que favorezca a la papeleta del partido que haya concurrido (algo entendible porque, en parte, aquellos que están vinculados a una opción contemplan a las demás como meros competidores). A pesar de todo, algunos analistas estiman que esta opción política/electoral está creciendo entre sectores de menos de 25 años, que, por otra parte, son poco receptivos ante la petición de voto de partidos tradicionales como el PP.

En estas elecciones, las del 26J, solo en 16 provincias habrá candidaturas objetivas para esos electores, las de los falangistas; en el resto, aunque algunos puedan votar al PP o a VOX, la inmensa mayoría se abstendrá o hará voto nulo. Naturalmente el PP o VOX piensan en este mercado. El PP, porque sabe que un puñado de votos pueden darle algún escaño y cuenta con el efecto anti-Podemos para sacarlos de la abstención; VOX por pura necesidad de frenar su proceso de destrucción tras perder 191.000 votos en pocos meses, ya que ve en esos votos su tabla de salvación para continuar (aunque gran parte de ese sector considera a VOX un grupo de derechona pijo). Pero que la "extrema derecha militante" -la vieja, pero también la nueva que está comenzando a aflorar en sectores juveniles- en gran medida no irá a votar es también una realidad fácilmente perceptible, especialmente entre aquellos que más desligados están del duopolio PP/PSOE y que ya no consideran asumibles las tesis del "voto útil" y no tienen otra opción en su colegio electoral.

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20160623000200-image.jpegNo sé quién es peor, si el que intenta poner fin a tus derechos, busca pisotearte, o el que se calla, pese a que anda agitando el espantajo del comunismo, porque por un lado cree -ingenuo- que estas cosas nunca irá con él, nunca le pasarán a él, o porque así cree que él está a salvo y no es un peligroso antidemócrata como pudiera serlo el que suscribe -y quizás, si fuera necesario, se sumaría a tirar piedras-.

No soy ingenuo. La libertad de expresión no existe, existe la libertad a expresarte siempre que nadie te oiga. Eso es lo que hoy se entiende por libertad de expresión. Que conste que nadie va a apoyarnos -hablo en plural- ahora. Ya estamos acostumbrados. Decir la verdad es incómodo. Tener y demostrar que se tiene razón molesta. Nosotros no tenemos adversarios, tenemos enemigos. Así de claro, porque lo que ellos desean es nuestro exterminio, si no físico sí al menos moral. Cuentan con la neutralidad cobarde, meliflua, apocada, de quienes quieren ser puros y virginales, ser admitidos en la pandilla -no pueden ser más tontos-, gracias al silencio que equivale al dedo acusador del: "veis cómo somos buenos, esos son los fascistas".

No es la primera vez que soy "víctima" de la decisión de la izquierda -alguna vez también de la derecha- de decidir sobre qué se puede decir o qué no se puede decir. En Sevilla tuve que presentar un libro -¡presentar un libro!, tremendo acto fascista- en la calle, en Granada repartieron los colectivos de izquierda -más nombres que gente- pasquines denunciando que se presentara un libro en un barrio obrero y popular llamando a la movilización, en Almería nos cerraron el local municipal, en Alicante una concentración de la izquierda presta a visitarnos parada por la policía... Ahora ha sido en Oviedo -escribo en pasado cuando probablemente sea en presente-.

En Oviedo es ya casi un culebrón preñado de despropósitos lo que está aconteciendo. Un concejal que hace "decretos" para decir que no a la concesión de una sala pública, advirtiendo que las otras cuatro y hasta el local del restaurante está ocupado por actividades de la concejalía -a fecha de ayer no había ninguna-; una vicealcaldesa, que dice que no hay sitio para la presentación de un libro sobre la División Azul en un local municipal y que tendrán que cancelar el acto; advertencias de todo tipo al encontrar otro local que lo mismo ya nos ha sido retirado...

Los que prohíben, censuran e intentan que el acto -¡presentar un libro!- no se celebre son, eso sí, de PODEMOS, de una de sus marcas moradas, pero los que guardan silencio ante el atropello tampoco son inocentes. Ya les llegará el turno.

Vamos a presentar un libro, Soldados de hierro. Los voluntarios de la División Azul. El problema no es el autor. Dudo mucho que yo sea tan conocido. El problema es lo que sin leerlo saben que se dice en el libro. Si yo anotara que los divisionarios fueron criminales de guerra, que fueron a Rusia engañados por una cruel dictadura, por la pasta, porque estaban en la cárcel... obligados en los cuarteles, sin ningún ideal... a morir como perros para que sus jefes ganaran medallas y ascensos en una campaña sin ningún heroísmo, seguro que no tendría ningún problema y hasta la vicealcaldesa de la marca local de PODEMOS me hubiera estampado dos besos, subvencionado los gastos y hasta ejercido de introductora. Pero yo no puedo escribir o decir eso, como hace alguno de mis doctos colegas: primero, porque no lo creo; y segundo, como demuestro empíricamente en mi libro, producto de una seria y profunda investigación, porque no es verdad. Pero, ¿qué importa eso en la España de la memoria histórica de la izquierda? ¿Qué importa a los que se pasan el día blasonando de libertad y democratitis aguda?

Nada. Ellos tienen asumido que al enemigo ni agua. Que ni tan siquiera cien o doscientas personas deben oír otra versión. Censura, censura, censura... ese es su lema.

Pero es mucho más que eso, porque estas prohibiciones amparadas en coartadas de carcajada que ofenden a la inteligencia, constituyen la vulneración de un derecho reconocido e institucionalizan la censura e, incluso, de forma encubierta, al animar a luchar para que el acto no se realice, incurren en un delito de discriminación ideológica cuando no de amenazas.

Como en otras ocasiones yo voy a ir a Oviedo a defender mis derechos, pero también la verdad. Quienes siguiendo a sus maestros, desde Lenin a Stalin pasando por Castro, Maduro o Chavez, están en lo que siempre han estado -la cheka, la lubianka y el GULAG-, actúan como siempre lo han hecho. La libertad es solo un prejuicio burgués, decían sus clásicos. Ellos siguen al pie de la letra esa máxima. La que nos convierte en "enemigos del pueblo" y, por tanto, en sujetos sin derechos. Se colocan al lado de todo aquello contra lo que fueron a luchar los voluntarios de la División Azul. Es lógico que 75 años después quieran vengarse.

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CARTA ABIERTA A PABLO IGLESIAS

Publicado: 23/06/2016 17:08 por Francisco Torres en Los libros
20160623171135-image.jpegEstimado profesor:

Supongo que le sorprenderá, por la distancia ideológica, que comience estos párrafos con tan atrevida formulación porque, evidentemente, usted no ha sido profesor mío, pero lo hago desde el apriorismo cierto de que ambos ejercemos la docencia y hasta escribimos libros.

Le he escuchado en decenas de ocasiones defender la libertad, y en especial la libertad de expresión, y hasta quejarse del poder de los medios para coartar esa libertad, aprovechando su posición de poder, para silenciar o distorsionar; supongo, además, que usted comparte, y hasta ha sido beneficiario de ella, la necesidad de la libertad de cátedra; que cree en el debate académico y hasta en el diálogo con quién no está de acuerdo con lo que usted, su partido o sus seguidores sostienen y que, por ello, es enemigo de la censura en cualquiera de sus formas, incluyendo la censura previa.

No creo que comparta, al menos no es lo que trasluce, la tesis del "enemigo del pueblo" reutilizada por Lenin -de sobra sabe que ha ido dando tumbos por la historia siendo utilizada por unos y por otros-, y que, por tanto, el disidente carece de derechos y debe de ser perseguido, censurado, acallado o proscrito. Porque de lo contrario da igual cuanto le comente, siendo innecesario que siga perdiendo el tiempo leyendo estas letras.

Atropellar la libertad no sé si es compatible con PODEMOS, UNIDOS PODEMOS o la constelación de marcas moradas con las que ha llegado a las instituciones; aplastar los derechos de las personas no parece compatible con las palabras bonitas con las que acompaña el chascarrillo inteligente de sus discursos mientras nos cuenta aquello de ganar el cielo al asalto. ¿Pero?

Denosta usted a la casta, por corrupta, por hacer lo contrario de lo que dice, por ser una oligarquía amparada y escudada en el pensamiento único. Pero parece que su ambición es la de sustituir el pensamiento único por otro pensamiento único. O en el lenguaje que a veces los suyos emplean: sustituir una tiranía por otra tiranía. Y ello es lo que trasluce alguno de los comportamientos de los suyos cuando están en el poder.

Le escribo estas líneas solo a título informativo, ni tan siquiera tienen el valor de la denuncia -el poder cuando es poder apaga la denuncia-. Una de sus marcas moradas, la asturiana SOMOS, ha hecho con quien esto suscribe lo contrario de lo que predica. ¿O quizás no?

Este sábado iba a presentar, como profesor e historiador, un libro, que es la resultante de una investigación cuya raíz es un trabajo universitario, en Oviedo. Su título "Soldados de Hierro. Los voluntarios de la División Azul", que gracias a Dios y mis lectores anda por la segunda edición y que, naturalmente, retrata a unos combatientes que para mí fueron eso, soldados de hierro. Españoles del ayer que combatieron noblemente como hoy reconocen quienes ayer fueron sus enemigos. No creo que por el título, el tema y su previsible contenido usted crea que, si no debe acabar en la hoguera, sí, al menos, debe de ser encarcelado con pena de cadena perpetua. ¿O quizás sí?

El lugar, el Auditorio Príncipe Felipe de la ciudad. A dúo o a coro el concejal de cultura y la vicealcaldesa, ambos de su marca morada, han procedido, con una excusa uno y sin excusa otra, sin que vayan más allá del prejuicio ideológico, a retirar la "concesión" de una sala que pagan todos los ciudadanos de Oviedo con sus impuestos, hasta aquellos que no les han votado y que han tenido la amabilidad de invitarme. Causa sonrojo leer lo escrito por el concejal, y lástima la chulería de la vicealcaldesa en un tuit afirmando que un acto así -la presentación de un libro- no tiene cabida en el Auditorio y tendrá que cancelarse -me dicen que ha borrado el mensaje como si con eso dejara de existir la prueba-. Eso se llama, simplemente, censura. Pero también es discriminación ideológica -¡quién lo diría, usted amparando la discriminación!-.

A buen seguro que, de estar en un debate público, televisivo, de esos a los que usted acude con frecuencia, o cualquiera de sus adláteres, la panoplia de razones y justificaciones, de respuestas a la contra, de contestaciones con preguntas, a favor de la decisión de intentar censurar y criminalizar la presentación de un libro, que evidentemente no gusta a sus representantes en Oviedo, le darían para hacer saltar furibundos a algunos de sus seguidores, dispuestos, llegado el caso, a tener algo más que palabras -¡qué le voy a contar que usted no sepa sobre la fuerza movilizadora del irracionalismo!-. Pero, al final, cuando vuelva a su casa y se mire ante el espejo solo verá el rostro de un censor al que le da miedo un libro de novecientas páginas.

No se alarme, en el fondo está es una de esas cacicadas/concejaladas/alcaldadas que nadie le sacará a relucir, ni será objeto de denuncia en medios y platós, a la hora de alertar sobre lo malo que es PODEMOS, quizás porque teman su rápido mensaje de que están defendiendo a unos fascistas. Y nada hay que ponga a nadie más nervioso por estos lares que tal sugerencia.

No es que me preocupe, afortunadamente todavía no está en el Ministerio del Interior ni es Presidente o Vicepresidente del Gobierno, y, aunque no sé si aún quedan jueces en Prusia, en la humildad de las posibilidades que tiene un individuo presentaré mi libro en Oviedo aunque sea a dos personas en una cafetería; al menos queda para la historia la constatación de los hechos. También puede, a la larga, quedar la lección: ya sabe que la hormiga es muy pequeña frente a un elefante, pero en realidad, por ello, es mucho más fuerte.

También es posible que no estemos más que ante una confusión y que naturalmente usted sea el Pablo Iglesias que dice ser y no el que muchos anuncian y entonces, como un caballero, tendré que rectificar, aunque me temo que esto no será necesario.

Atentamente
Francisco Torres García.
Profesor e historiador.
Víctima de la censura de las marcas moradas de PODEMOS.

(Publicado en Diario Ya)

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20160630205249-image.jpegConfieso que, en estas elecciones, me he dejado en parte llevar por el rosario de expertos, sociólogos, analistas políticos, politólogos y demás supuestos expertos que forman parte de la campaña electoral e influyen en ella. Mantuve desde el principio que nos movíamos en el marco de la volatilidad y la desafección, aunque sin prever que la última fuera a hacer mella de tal modo en las previsiones sobre los resultados de PODEMOS, aunque se produjera el abandono de una parte de los votantes de IU cifrado inicialmente en un 50%. El 50% con el que Pedro Sánchez, el hombre del ego descomunal, soñaba para sobrevivir. Eso sí, anotaba cuál era la razón de la estrategia electoral del PP y su táctica dirigida a movilizar su electorado: la polarización, el voto útil y especialmente el voto del miedo.

Cuando en alguna ocasión me han preguntado por mi valoración sobre las encuestas he dejado constancia de una realidad que los lectores y hacedores interesados obviaban: con unas encuestas con menos de cinco puntos de diferencia en los resultados porcentuales de los tres primeros partidos, con entre 2 y 3 puntos de posible variación, hechas sobre muestras para mí insuficientes dado lo ajustado de la distribución, resultaba muy difícil hacer predicciones y, en gran parte, todo dependería de quién quedaba segundo en cada circunscripción y era beneficiario de nuestro sistema de reparto que ya no sería monopolizado por el PP y el PSOE.

A diferencia de lo que afirmaban los analistas, antes y después de las elecciones, atendiendo a lo ocurrido en Diciembre y en las anteriores europeas, he señalado que, debido al alto número de indecisos, sobre el 30% del electorado, la campaña iba a ser trascendente, pues esta, como en otros países, había recuperado un protagonismo perdido. Y, aunque los analistas siguen sin querer asumirlo -ellos sabrán por qué-, la importancia de la campaña es una realidad difícilmente prescindible y mucho más trascendente que la influencia del Brexit, utilizada como argumento para crear una verdad/explicación distorsionada pero que viene de perlas al discurso conveniente. Otra cosa es que, incomprensiblemente, algunos partidos, fundamentalmente Ciudadanos, no perciban esta realidad. Ya vaticinaba que a Ciudadanos le iba a pasar algo similar a lo ocurrido en Diciembre, que su mala campaña iría en detrimento de sus expectativas.

La gran sorpresa ha sido, sin duda, no el triunfo, que todo el mundo daba por descontado, del Partido Popular sino el triunfo personal de Mariano Rajoy. Nadie, ni el PP, ni Mariano Rajoy esperaban esos 137 escaños. El máximo previsible era 130, suficiente para sumar con los 30/40 de Ciudadanos. Las encuestas lo dejaban en unos 125 con un 29/30% de voto con menos participación electoral que el 20D. Digo que nadie lo esperaba, ni el PP ni Rajoy, porque los discursos de la noche electoral no se improvisan y todos pudimos escuchar al presidente haciendo variaciones inconexas sobre un "hemos ganado" equivalente a un "vamos a gobernar", pues con los datos en la mano y la lógica política, con el trasvase de la duda al adversario, poca dudas caben sobre ello, salvo que el PSOE, Ciudadanos e incluso PODEMOS, estén dispuestos a suicidarse, aunque con Pedro Sánchez nunca se puede estar seguro.

El triunfo de Mariano Rajoy se cimienta en la confianza de una estrategia diseñada por su equipo demoscópico, el mismo que ha sido criticado hasta la saciedad por un sector del PP con el diario La Razón como punta de lanza y 13TV o la ya poco influyente Intereconomía como secundarios. Un equipo que conoce muy bien el comportamiento y los impulsos del Jano bifronte que es el electorado fiel del PP que se sitúa entre los 7 y los 8 millones de votantes estables. Esa es la estrategia que, ante la nueva realidad electoral que estaba emergiendo, impulsó la división del voto de la izquierda en tres fuerzas, aunque la resultante prevista no fuera la aparición de un partido de 5/6 millones de votos como PODEMOS, ni la creación de una coalición difícil entre este e IU. La estrategia que provocaría el hundimiento electoral del PSOE, lo que merced a la ley electoral beneficiaría al PP, partido que se convertiría definitivamente en hegemónico en la política española recuperando el diseño inicial planteado en 1977/1978, hundido por el desastre político que fue en la gestión, aunque ahora se pinte de otro color, Adolfo Suárez.

El crecimiento imprevisto de la coalición de Pablo Iglesias unido a lo que ha sido la práctica diaria de sus representantes, que han acabado mostrándoles como lo que son, un lobo con piel de cordero -el cierre de la noche electoral puño en alto y cantando putrefactas canciones del rojerío progre setentero lo dice todo ahorrando explicaciones-, permitió al PP polarizar la campaña, con lo que a la vez consiguió movilizar a su electorado más reticente invocando sin disimulo el voto del miedo. Esa movilización es la responsable del éxito, con un mensaje hacia su derecha y su izquierda similar: "¡qué vienen los rojos¡". Daba cierta sonrojo leer a algunos destacados y destacadas, entre comillas por supuesto dada la importancia real de estas personas, llenar líneas manteniendo sus críticas a Mariano y al PP socialdemócrata para acabar llamando a liberales y derechistas, a los orgullosos de ser de derechas, a parar a los rojos, por ideología o por bolsillo, dejando atrás la tentación de quedarse en casa o de, como recordaban, "tirar el voto". Ya en el supremo argumento daba cierta vergüenza intelectual ver, desde Rajoy al último de sus diputados, en el otro lado, argumentar que dar el voto a Ciudadanos era darlo al comunismo o permitir el triunfo del extremismo. Casi la misma vergüenza intelectual que da leer ahora que se ha impuesto el voto moderado, cuando los teóricos extremistas tienen más de 5 millones de votos y el PP ha movilizado a su particular "macizo de la raza" para que le diera la victoria, aprovechando las ganas de marcha que el grupo de Iglesias les provoca y en el que las que las críticas al PP y a Mariano se disuelven como un azucarillo. Aunque este recurso no sea nuevo, ya fue explotado hasta la saciedad por Manuel Fraga y el propio Adolfo Suárez.

Ahora bien, el triunfo de Mariano Rajoy, que ahoga cualquier crítica, que refuerza su liderazgo entre los suyos -¡cuántos hubieran estado dispuestos a sustituirle si solo hubiera obtenido 115/120 escaños y el pacto con Rivera hubiera dependido de que el líder no fuera el futuro presidente del gobierno!-, también ha sido posible por los errores y deficiencias del adversario.

A fecha de hoy ni PODEMOS ni Ciudadanos pueden competir en una campaña con el PP o el PSOE, porque estos partidos cuentan con una estructura territorial que llega a casi todos los pueblos de España, y esos militantes y simpatizantes son capaces de hacer una impagable e infravalorara campaña boca a boca con la que PODEMOS y especialmente Ciudadanos no pueden contar. Unos han acudido a salvar al PSOE, porque se consideran socialistas; otros, a derrotar a PODEMOS al considerar que el PP era la salvaguarda de sus ideas (ahí queda el llamamiento, por ejemplo, a defender la religión). Ciudadanos y PODEMOS tienen su principal canal de difusión en los medios y en el marketing, mucho más efectivo que los del PP o el PSOE entre los menores de 40 años. Pero son teledependientes. Han olvidado que no todos los españoles ven la televisión, ni se tragan las tertulias nocturnas de 13TV, la Cuatro o la Sexta, ni siguen los editoriales de la prensa. Mariano Rajoy, que no el PP, ha ganado los debates por incomparecencia y porque ha dado mejor, para los espectadores que los han seguido, en esos insufribles programas publicitarios que ha sido los especiales, con niños o sin niños, con los cuatro candidatos. Los debates podían haber sido decisivos, era lo que necesitaba Pablo Iglesias y también Pedro Sánchez, pero Génova se cerró en banda -Mariano esquivó la trampa de la Sexta- y en medio de un mundial de fútbol nadie los echó de menos.
El PP, directa o indirectamente, consiguió en la campaña algo muy difícil, minar a PODEMOS a la vez que desgastar al PSOE, lo que ocurre es que nadie esperaba que Unidos Podemos -hoy Unidos Perdemos- se dejara más de un millón de votos sobre el total posible (haciendo real la máxima de que en política 1+1 no siempre dan dos). Cierto es que para ello contó con el apoyo inestimable de algunas tertulias y medios. PODEMOS, por su parte, cayó víctima de sus propias contradicciones, que son las que le han ocasionado la primera desafección importante entre sus electores, algo que he comentado en alguna ocasión anunciando que se produciría entre los votantes a PODEMOS que no se corresponden ideológicamente con la izquierda que realmente representa. El difícil equilibrio entre la aparente transversalidad y el neocomunismo -más bien neorojismo-, subyacente en la explotación de la indignación, que le catapultó en diciembre ha hecho aguas. La acción de gobierno de sus representantes, el sectarismo, la incapacidad, el paranacionalismo, sus amistades con Venzuela o Irán, su irritante posición en el tema del terrorismo y los presos, la animadversión creciente que despiertan, los ataques a la religión, a la libertad de educación o de expresión han ido erosionando la credibilidad del discurso de Pablo Iglesias, con la carcajada final ante su presentación como socialdemócrata unida a la guinda de sumar a sus huestes a Izquierda Unida, con el consiguiente cabreo de la mitad de los votantes de IU que odian a Iglesias tanto como a Sánchez. Algo que ha estallado en ese momento que los sociólogos denominan como el vértigo electoral, que se produce en las últimas horas antes de ir a las urnas, algo que habían detectado algunos estudios aunque, a mi juicio, se equivoquen cuando lo achacan a la influencia del Brexit y no a las contradicciones entre la imagen, el discurso y la realidad de PODEMOS. El intento del equipo de Iglesias de presentar una posición moderada de izquierda chocó con el peso tanto de comportarse como los "rojos" como de los meses de artículos y tertulias que, en definitiva, les presentaban como populistas, radicales o comunistas, un peligro para unos 12/15 millones de electores. No valorar ese factor fue lo que llevó a las encuestas a equivocarse al adjudicar muchos de los escaños de los restos a Unidos Podemos.

No olvidemos que un 30% de españoles no han votado, que un millón de los votantes de diciembre se quedaron en casa y que la abstención es una opción con un respaldo similar al obtenido por el PP y más que el obtenido por el PSOE o Unidos Podemos. Solo el PP ha conseguido más sufragios que en diciembre, rescatando voto o movilizando a abstencionistas. No ha cambiado pues ni la volatilidad ni la desafección. Sigue existiendo un sector de españoles que no se reconoce en ninguna de las opciones que se han presentado; un sector que se podría cifrar en torno al 10% del electorado y que pese a lo trascendente de estos comicios, tal y como repitió la propaganda, decidió quedarse en su casa, son los indignados sin alternativa electoral. Ahora bien, para los partidos la abstención no cuenta, son votos que dan por amortizados.

¿Y el futuro? La lógica y la realidad, las declaraciones públicas y los deseos, continúan chocando pese a los resultados. La lógica indica que Mariano Rajoy debiera gobernar en minoría y que para los demás sería lo más ventajoso ejercer la oposición, especialmente cuando el PP cuenta con la mayoría absoluta en el Senado. Entre líneas Errejón suscribió esa idea que también apoyan algunos dirigentes socialistas. El problema es que, a día de hoy, Pedro Sánchez sigue sin darse por muerto, y en la pugna por la hegemonía en la izquierda necesita que Pablo Iglesias le niegue el apoyo para gobernar, repitiendo el juego que nos llevó a unas nuevas elecciones, antes de dejar vía libre a un gobierno del PP. ¿Podríamos enfrentarnos a unas nuevas elecciones? La lógica dice que no, que habrá gobierno en minoría, pero la ilógica de Pedro Sánchez nunca se sabe hasta dónde podría conducirnos.

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