20160630205249-image.jpegConfieso que, en estas elecciones, me he dejado en parte llevar por el rosario de expertos, sociólogos, analistas políticos, politólogos y demás supuestos expertos que forman parte de la campaña electoral e influyen en ella. Mantuve desde el principio que nos movíamos en el marco de la volatilidad y la desafección, aunque sin prever que la última fuera a hacer mella de tal modo en las previsiones sobre los resultados de PODEMOS, aunque se produjera el abandono de una parte de los votantes de IU cifrado inicialmente en un 50%. El 50% con el que Pedro Sánchez, el hombre del ego descomunal, soñaba para sobrevivir. Eso sí, anotaba cuál era la razón de la estrategia electoral del PP y su táctica dirigida a movilizar su electorado: la polarización, el voto útil y especialmente el voto del miedo.

Cuando en alguna ocasión me han preguntado por mi valoración sobre las encuestas he dejado constancia de una realidad que los lectores y hacedores interesados obviaban: con unas encuestas con menos de cinco puntos de diferencia en los resultados porcentuales de los tres primeros partidos, con entre 2 y 3 puntos de posible variación, hechas sobre muestras para mí insuficientes dado lo ajustado de la distribución, resultaba muy difícil hacer predicciones y, en gran parte, todo dependería de quién quedaba segundo en cada circunscripción y era beneficiario de nuestro sistema de reparto que ya no sería monopolizado por el PP y el PSOE.

A diferencia de lo que afirmaban los analistas, antes y después de las elecciones, atendiendo a lo ocurrido en Diciembre y en las anteriores europeas, he señalado que, debido al alto número de indecisos, sobre el 30% del electorado, la campaña iba a ser trascendente, pues esta, como en otros países, había recuperado un protagonismo perdido. Y, aunque los analistas siguen sin querer asumirlo -ellos sabrán por qué-, la importancia de la campaña es una realidad difícilmente prescindible y mucho más trascendente que la influencia del Brexit, utilizada como argumento para crear una verdad/explicación distorsionada pero que viene de perlas al discurso conveniente. Otra cosa es que, incomprensiblemente, algunos partidos, fundamentalmente Ciudadanos, no perciban esta realidad. Ya vaticinaba que a Ciudadanos le iba a pasar algo similar a lo ocurrido en Diciembre, que su mala campaña iría en detrimento de sus expectativas.

La gran sorpresa ha sido, sin duda, no el triunfo, que todo el mundo daba por descontado, del Partido Popular sino el triunfo personal de Mariano Rajoy. Nadie, ni el PP, ni Mariano Rajoy esperaban esos 137 escaños. El máximo previsible era 130, suficiente para sumar con los 30/40 de Ciudadanos. Las encuestas lo dejaban en unos 125 con un 29/30% de voto con menos participación electoral que el 20D. Digo que nadie lo esperaba, ni el PP ni Rajoy, porque los discursos de la noche electoral no se improvisan y todos pudimos escuchar al presidente haciendo variaciones inconexas sobre un "hemos ganado" equivalente a un "vamos a gobernar", pues con los datos en la mano y la lógica política, con el trasvase de la duda al adversario, poca dudas caben sobre ello, salvo que el PSOE, Ciudadanos e incluso PODEMOS, estén dispuestos a suicidarse, aunque con Pedro Sánchez nunca se puede estar seguro.

El triunfo de Mariano Rajoy se cimienta en la confianza de una estrategia diseñada por su equipo demoscópico, el mismo que ha sido criticado hasta la saciedad por un sector del PP con el diario La Razón como punta de lanza y 13TV o la ya poco influyente Intereconomía como secundarios. Un equipo que conoce muy bien el comportamiento y los impulsos del Jano bifronte que es el electorado fiel del PP que se sitúa entre los 7 y los 8 millones de votantes estables. Esa es la estrategia que, ante la nueva realidad electoral que estaba emergiendo, impulsó la división del voto de la izquierda en tres fuerzas, aunque la resultante prevista no fuera la aparición de un partido de 5/6 millones de votos como PODEMOS, ni la creación de una coalición difícil entre este e IU. La estrategia que provocaría el hundimiento electoral del PSOE, lo que merced a la ley electoral beneficiaría al PP, partido que se convertiría definitivamente en hegemónico en la política española recuperando el diseño inicial planteado en 1977/1978, hundido por el desastre político que fue en la gestión, aunque ahora se pinte de otro color, Adolfo Suárez.

El crecimiento imprevisto de la coalición de Pablo Iglesias unido a lo que ha sido la práctica diaria de sus representantes, que han acabado mostrándoles como lo que son, un lobo con piel de cordero -el cierre de la noche electoral puño en alto y cantando putrefactas canciones del rojerío progre setentero lo dice todo ahorrando explicaciones-, permitió al PP polarizar la campaña, con lo que a la vez consiguió movilizar a su electorado más reticente invocando sin disimulo el voto del miedo. Esa movilización es la responsable del éxito, con un mensaje hacia su derecha y su izquierda similar: "¡qué vienen los rojos¡". Daba cierta sonrojo leer a algunos destacados y destacadas, entre comillas por supuesto dada la importancia real de estas personas, llenar líneas manteniendo sus críticas a Mariano y al PP socialdemócrata para acabar llamando a liberales y derechistas, a los orgullosos de ser de derechas, a parar a los rojos, por ideología o por bolsillo, dejando atrás la tentación de quedarse en casa o de, como recordaban, "tirar el voto". Ya en el supremo argumento daba cierta vergüenza intelectual ver, desde Rajoy al último de sus diputados, en el otro lado, argumentar que dar el voto a Ciudadanos era darlo al comunismo o permitir el triunfo del extremismo. Casi la misma vergüenza intelectual que da leer ahora que se ha impuesto el voto moderado, cuando los teóricos extremistas tienen más de 5 millones de votos y el PP ha movilizado a su particular "macizo de la raza" para que le diera la victoria, aprovechando las ganas de marcha que el grupo de Iglesias les provoca y en el que las que las críticas al PP y a Mariano se disuelven como un azucarillo. Aunque este recurso no sea nuevo, ya fue explotado hasta la saciedad por Manuel Fraga y el propio Adolfo Suárez.

Ahora bien, el triunfo de Mariano Rajoy, que ahoga cualquier crítica, que refuerza su liderazgo entre los suyos -¡cuántos hubieran estado dispuestos a sustituirle si solo hubiera obtenido 115/120 escaños y el pacto con Rivera hubiera dependido de que el líder no fuera el futuro presidente del gobierno!-, también ha sido posible por los errores y deficiencias del adversario.

A fecha de hoy ni PODEMOS ni Ciudadanos pueden competir en una campaña con el PP o el PSOE, porque estos partidos cuentan con una estructura territorial que llega a casi todos los pueblos de España, y esos militantes y simpatizantes son capaces de hacer una impagable e infravalorara campaña boca a boca con la que PODEMOS y especialmente Ciudadanos no pueden contar. Unos han acudido a salvar al PSOE, porque se consideran socialistas; otros, a derrotar a PODEMOS al considerar que el PP era la salvaguarda de sus ideas (ahí queda el llamamiento, por ejemplo, a defender la religión). Ciudadanos y PODEMOS tienen su principal canal de difusión en los medios y en el marketing, mucho más efectivo que los del PP o el PSOE entre los menores de 40 años. Pero son teledependientes. Han olvidado que no todos los españoles ven la televisión, ni se tragan las tertulias nocturnas de 13TV, la Cuatro o la Sexta, ni siguen los editoriales de la prensa. Mariano Rajoy, que no el PP, ha ganado los debates por incomparecencia y porque ha dado mejor, para los espectadores que los han seguido, en esos insufribles programas publicitarios que ha sido los especiales, con niños o sin niños, con los cuatro candidatos. Los debates podían haber sido decisivos, era lo que necesitaba Pablo Iglesias y también Pedro Sánchez, pero Génova se cerró en banda -Mariano esquivó la trampa de la Sexta- y en medio de un mundial de fútbol nadie los echó de menos.
El PP, directa o indirectamente, consiguió en la campaña algo muy difícil, minar a PODEMOS a la vez que desgastar al PSOE, lo que ocurre es que nadie esperaba que Unidos Podemos -hoy Unidos Perdemos- se dejara más de un millón de votos sobre el total posible (haciendo real la máxima de que en política 1+1 no siempre dan dos). Cierto es que para ello contó con el apoyo inestimable de algunas tertulias y medios. PODEMOS, por su parte, cayó víctima de sus propias contradicciones, que son las que le han ocasionado la primera desafección importante entre sus electores, algo que he comentado en alguna ocasión anunciando que se produciría entre los votantes a PODEMOS que no se corresponden ideológicamente con la izquierda que realmente representa. El difícil equilibrio entre la aparente transversalidad y el neocomunismo -más bien neorojismo-, subyacente en la explotación de la indignación, que le catapultó en diciembre ha hecho aguas. La acción de gobierno de sus representantes, el sectarismo, la incapacidad, el paranacionalismo, sus amistades con Venzuela o Irán, su irritante posición en el tema del terrorismo y los presos, la animadversión creciente que despiertan, los ataques a la religión, a la libertad de educación o de expresión han ido erosionando la credibilidad del discurso de Pablo Iglesias, con la carcajada final ante su presentación como socialdemócrata unida a la guinda de sumar a sus huestes a Izquierda Unida, con el consiguiente cabreo de la mitad de los votantes de IU que odian a Iglesias tanto como a Sánchez. Algo que ha estallado en ese momento que los sociólogos denominan como el vértigo electoral, que se produce en las últimas horas antes de ir a las urnas, algo que habían detectado algunos estudios aunque, a mi juicio, se equivoquen cuando lo achacan a la influencia del Brexit y no a las contradicciones entre la imagen, el discurso y la realidad de PODEMOS. El intento del equipo de Iglesias de presentar una posición moderada de izquierda chocó con el peso tanto de comportarse como los "rojos" como de los meses de artículos y tertulias que, en definitiva, les presentaban como populistas, radicales o comunistas, un peligro para unos 12/15 millones de electores. No valorar ese factor fue lo que llevó a las encuestas a equivocarse al adjudicar muchos de los escaños de los restos a Unidos Podemos.

No olvidemos que un 30% de españoles no han votado, que un millón de los votantes de diciembre se quedaron en casa y que la abstención es una opción con un respaldo similar al obtenido por el PP y más que el obtenido por el PSOE o Unidos Podemos. Solo el PP ha conseguido más sufragios que en diciembre, rescatando voto o movilizando a abstencionistas. No ha cambiado pues ni la volatilidad ni la desafección. Sigue existiendo un sector de españoles que no se reconoce en ninguna de las opciones que se han presentado; un sector que se podría cifrar en torno al 10% del electorado y que pese a lo trascendente de estos comicios, tal y como repitió la propaganda, decidió quedarse en su casa, son los indignados sin alternativa electoral. Ahora bien, para los partidos la abstención no cuenta, son votos que dan por amortizados.

¿Y el futuro? La lógica y la realidad, las declaraciones públicas y los deseos, continúan chocando pese a los resultados. La lógica indica que Mariano Rajoy debiera gobernar en minoría y que para los demás sería lo más ventajoso ejercer la oposición, especialmente cuando el PP cuenta con la mayoría absoluta en el Senado. Entre líneas Errejón suscribió esa idea que también apoyan algunos dirigentes socialistas. El problema es que, a día de hoy, Pedro Sánchez sigue sin darse por muerto, y en la pugna por la hegemonía en la izquierda necesita que Pablo Iglesias le niegue el apoyo para gobernar, repitiendo el juego que nos llevó a unas nuevas elecciones, antes de dejar vía libre a un gobierno del PP. ¿Podríamos enfrentarnos a unas nuevas elecciones? La lógica dice que no, que habrá gobierno en minoría, pero la ilógica de Pedro Sánchez nunca se sabe hasta dónde podría conducirnos.

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