20160224150348-image.jpegMe sorprende -¡qué gran figura retórica para el comienzo de un artículo!- la facilidad con la que la nueva izquierda -en realidad vieja, muy vieja- consigue revolver los argumentos de casi cualquier cosa a su favor transformando a los acusados en acusadores, a los teóricos "presuntos" en acusadores/víctimas; como es capaz de conseguir que las buenas gentes lleguen a admitir que el rey está vestido a pesar de que ande desnudo como si tal cosa y, al final, salir más o menos indemne, cuando no favorecida, ante los desafueros cometidos, esos que en cualquier país normal conllevarían la condena pública junto con un rosario de dimisiones e inhabilitaciones sin necesidad de pasar por juzgado que alguno -juzgado que además se entretiene con las piezas pequeñas e indirectamente salvaguarda sin pretenderlo a los responsables reales-.

Incendia, incendia, incendia que nosotros te damos la gasolina y el mechero. Ese es el mensaje que llevamos oyendo a diario, con el que se infecta el virus del odio y del resentimiento primitivo, desde que a un tal Rodriguez Zapatero se le ocurrió que la única ideología posible, para mantener a un cada vez más diluido socialismo, era la de despertar/crear a los "jóvenes rojos"; darles una capa de barniz a esos que hace no poco la emprendían con el mobiliario urbano, casi siempre con una palmadita o una sonrisa mediática condescendiente en la espalda; esos que ahora, merced a la ola podemita, comienzan a trabajar en lo mismo que antes pero de forma más digerible y pagados por el erario público: antes le dábamos el ladrillazo al policía y ahora lo teatralizamos para niños para que vayan aprendiendo, han debido decirse.

No hace mucho que un insigne Ministro de don Francisco Franco, padre del actual PP -por lo que el PP es también objeto de la persecución histórica a manos de leyes que el PP no quiso derogar, pero de esto no se han enterado-, armó una de las mejores campañas propagandísticas institucionales de nuestra historia patria con aquella frase de "España es diferente". Mirando a nuestro entorno, viendo los desafueros, pudiera parecer que el eslogan es hoy más que nunca una realidad. Pero, ¿son solo desafueros, excesos puntuales sin mala intención alguna?

Me pregunto ahora, ¿por qué, ante comportamientos que debieran merecer, cuanto menos, él ostracismo político para sus responsables o instigadores, y me da igual que hablen de corrupción económica o de corruptores morales, acabamos mirando para otro lado, banalizando unos hechos deleznables, olvidando a las víctimas y hasta aceptándolo como tolerable tras la indignación primera?

Hace no mucho todo se justificaba invocando el mantra de la joven democracia, o considerando como aceptables por la inexperiencia los excesos, siempre que estos fueran de izquierda o sirvieran a sus propósitos, claro está. Ahora bien, con cuarenta tacos aquella fácil excusa ha perdido cualquier viso de credibilidad, si es que alguna vez la tuvo. Más me parece que este modo de comportamiento, por desgracia algo usual, es deudor de la tendencia carpetovetónica de los españoles a embanderarse a la más mínima y aguantar de forma numantina en la posición defendiendo a quienes, como si fueran émulos del vendedor de Viriato, les traicionan o engañan una y otra vez. Ardorosa ingenuidad, mezclada con el asombro de quienes repetían ante el cantar de la epopeya del Cid aquello de "Dios que buen vasallo si tuviera buen señor"; depreciado en la idea corrupta de "con los míos con razón o sin ella". Súmense a lo anterior tres razones: por un lado, el complejo babeante que se tiene ante el imaginario mitológico, tan manido como falso, de la superioridad moral y cultural de la izquierda; por otro, la universalización, realizada a través del adoctrinamiento, cada vez mayor, de los paradigmas de la izquierda como si ante ese pensamiento y modelo no hubiera otra alternativa; finalmente, la cobardía moral, resultante de su mundo de complejos, complejos de eso que en España se llama centro derecha.

La izquierda, vieja o renovada, acomodada-burguesa o radical-burguesa, pero tan burguesa como el tópico que léxicamente combate (ahí queda el smoking de Pablo Iglesias), que hace mucho que renunció a desmontar el capitalismo, hace mucho que trabaja en una reideologización de su espectro militante buscando atraer, con una simple capa de barniz, a la masa creciente de descontentos antes de que la imposición de la nueva estructura social aliente otras corrientes políticas mucho más honestas como las que alientan más allá de los Pirineos. Sin embargo, su carencia de originalidad y el jarro de agua fría que han recibido los anticapitalistas de salón que siempre acaban arrodillándose ante el gran Moloch -ahí queda el ejemplo griego-, les ha llevado, especialmente en España, a recuperar sus viejos "enemigos", aquellos en los que identificar a los nuevos "enemigos del pueblo". Lo que les ha fallado es que, tras lanzar la idea y promocionar la tesis, a la izquierda tradicional le ha robado la cartera una nueva izquierda capaz también de embaucar transversalmente a los españoles. Y en eso estamos.

La izquierda, reiterémoslo, siempre ha sido sectaria y todo lo que no es izquierda debe ser condenado al ostracismo o a la hoguera. Exaltan a los suyos sin el más mínimo pestañeo, desde los excelsos a los botarates hacedores de panfletos para público de encefalograma plano, con la seguridad de que, presa de su habitual estupidez, harán lo mismo sus adversarios ideológicos. Esos que para ellos son siempre el enemigo. Lo ha explicado gráficamente, en un mensaje en las redes, uno de los nuevos políticos del ámbito podemita: hay que educar a los niños para que nunca más voten a la derecha. Algunos se han escandalizado -pocos, eso sí- ante lo que consideran seguramente un simpático exceso, pero lo único que ha hecho este sujeto es manifestar en voz alta lo que la otra izquierda, la moderada, lleva décadas haciendo de forma taimada. La manipulación y el adoctrinamiento desde la cuna que buscan, dejémoslo claro, subrepticiamente, tanto los representantes del perroflautismo -que lo dicen- como los socialistas de toda la vida.

Ahora esa nueva izquierda tiene importantes cotas de poder. Han llegado al mismo con un mensaje y un submensaje. Solo existe un modelo, el suyo. Es el modelo de los de "abajo" frente a los de "arriba", de la demagogia. Pero los de "arriba" tienen que ser alguien, el enemigo tiene que identificarse. Y en leninismo de manual que practican el "enemigo del pueblo" pierde todos sus derechos. Los mercados no tienen rostro, pero el enemigo sí: es el policía, la monja, el cura, el banquero... arquetipos para el odio. Son los malos, y así tienen que ser vistos desde la cuna. Difundir ese mensaje es obligación de los políticos y comunicadores de la nueva izquierda, de sus alcaldes (los paradigmas del kichi y la Carmena), del perroflautacolorín alternativo de la esquina transformado en intelectual, del ocupa anarquista que anda todavía con el mantra del fin de los opresores que solo es capaz de encontrar en la esquina de al lado. Y todos ensalzados por la cultureta, por el rojiprogrerío mediático y tertuliano, por los achacosos nostálgicos del mayo del sesenta y ocho que no vivieron y del antifranquismo en el que ni estaban ni se les esperaba. Por eso en pago a su apoyo piden a Sánchez el dominio de las áreas culturales para poder alumbrar el ministerio del pensamiento con el que crear votantes lobotomizados.

A unos les da por la memoria histórica que el PP, partido pletórico de ignorantes, creía que era para meterse con Franco y poco más, pero que en realidad, como estamos viendo, esconde el intento de proscripción de cualquiera que no siendo de izquierdas haya tenido público reconocimiento. No existen hombres buenos y dignos fuera de la izquierda, ese es el mensaje; también que la "gimnasia revolucionaria", teórica o física, es legítima aunque incluya la violencia. Algunos de esos que no se dan cuenta de nada ahora ponen el grito en el cielo porque las alcaldadas les pillan de cerca, cuando antes prefirieron callar porque no iba con ellos. A los otros, a la nueva izquierda, les da por contratar a los suyos para hacer publicidad de su mensaje. Y hemos pasado de los carísimos contratos a Bosé, Víctor Manuel, Ana Belén... y tantos otros, pasando por las subvenciones a las paridas de la izquierda cinematográfica, que tan bien vistas estaban, a los contratos a los dignos representantes de la cultura perro-flauta, okupa, anarquista... ejemplificada en lo acontecido en el sucio -porque no se limpia- Madrid de la ancianita gobernante -la prensa satírica si existiera disfrutaría cruzando a la bruja de Blancanieves con la mamá de los hermanos Dalton-. Y como en el fondo don de la misma pasta que la casta denunciada tienen empresas a las que conceder la organización de eventos. Ahí queda el fantasmagórico contrato, ese que muchos desean ver, para las fiestas de carnaval del cutre teatro de marionetas del grupo "Títeres desde abajo" con una deleznable versión de la historia de don Crispín.

Los titiriteros han hecho su trabajo a la perfección y no me extraña que se extrañen de su detención . Si creemos lo que se ha dicho, y no hay por qué dudarlo, los contratantes tenían en su mano la información sobre lo que iban a representar. O no lo leyeron o dado su aval, uno de los titiriteros era visitador de los presos de ETA, le dieron el OK. Claro que el visto bueno y el consiguiente cheque pasaba por una chekista tan reputada como la concejala Celia Meyer asesorada, qué curioso, por la también podemita Montserrat Galcerán, catedrática de Filosofía y firmante del manifiesto fundacional de una de las marcas blancas de Batasuna. ¿Casualidades o blanco y en botella?

Los tirititeros pusieron en el escenario con sus muñecos un texto coherente con lo que forma parte del discurso habitual de esta nueva izquierda, toscamente, eso sí. Andaban de gira esperando, imagino, que la llegada de los podemitas al poder municipal les reportara contratos para difundir sus ideas. Que se viola a una monja, se cuelga a un juez o a un policía, que las fuerzas del mal se confabulan contra una pobre desahuciada y que se asome una pancarta con vivas a ETA es de lo más normal, nadie debería enfadarse, que para eso son millones los que los han votado y por tanto suscriben tan amorosas tesis. Es lo que ha venido a decir un tal Carlos Sánchez, a la sazón concejal del Ayuntamiento de Madrid, al afirmar que ante lo que estaban viendo los niños el problema es que algunos padres "tienen la mente sucia".

Hoy, cuando escribo, los titiriteros ya son héroes perseguidos injustamente. Hasta he leído en algún medio centrista sobre la pesadilla que han vivido. Son solo transgresores sin maldad, tanto como algunos de los raperos que gustan al tándem Iglesias-Errejón que creo pedían matar políticos. Pasado el sofoco ya los tenemos denunciando al juez por perseguirlos y hasta Amnistía Internacional, esa organización que siempre miró para otro lado ante el terrorismo de ETA pero se preocupaba mucho por sus presos, anda denunciando la persecución ejercida por los opresores violadores de la libertad de expresión a unos insignes difusores de cultura.

Lo verdaderamente importante no es la obrita en sí de unos tirititeros, ni que fuera una bazofia que ninguno de los que ahora la defiende pagaría por ver. Lo importante es que fueron contratados porque su propuesta era coherente con lo que piensa el grupo municipal podemita y por extensión hasta la propia Carmena, y por eso no vieron inconveniente alguno en programarla para niños y pagarla con el dinero de todos los madrileños -seguro que en solidaridad también los contratan Kichi y la Colau-; lo verdaderamente trascendente es que esto no es una anécdota, sino la expresión de la política cultural y de adoctrinamiento que tienen en la agenda los seguidores de un aprendiz de totalitario llamado Pablo Iglesias al que le baila el agua un Kerenski llamado Pedro Sánchez.l

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