EL ERRO DE MENOSPRECIAR AL CONTRARIO.

Todos dieron a Pedro Sánchez por muerto, políticamente hablando, en la noche del 20 de Diciembre tras obtener el peor resultado electoral del PSOE desde su legalización. Hizo en esa noche un discurso, aparentemente, fuera de la realidad para rechifla general mientras él postureo de los dirigentes de PODEMOS -el postureo es para ellos un elemento ideológico/político- parecía devorar a la izquierda sistémica.

Unos meses después, Pedro Sánchez está tan vivo políticamente, ha tomado buena nota del valor del postureo, que contra todo pronóstico puede llegar a ser el próximo presidente del gobierno, aunque al minuto siguiente todos los analistas vaticinen que estaremos ante la legislatura más breve de nuestra reciente historia política; pero los futuribles son solo eso y no realidades. Es así porque las matemáticas han dejado fuera de combate al Partido Popular: ganó en la suma de los sumandos las elecciones, pero las perdió en las ecuaciones. Ahora bien, y conviene no olvidarlo, si Pedro Sánchez llega a ser presidente del gobierno y es Mariano Rajoy el que acaba siendo defenestrado por los suyos la actual dirección del PP no estará exenta de culpa. Mariano Rajoy, encastillado en una defensa absurda de sus potenciales "presuntos corruptos" (Rita puede llevarlo a la tumba política), esos que debían haber sido cuanto menos enviados al ostracismo, asumió en la noche electoral que la única salida sería unas nuevas elecciones que hicieran recapacitar a un electorado muerto de miedo por razón económica. Alcanzar ese objetivo ha sido su estrategia sin darse cuenta -o quizás sí, que en la comedia todo es posible- de que daba un oxígeno vital a un más que proclamado enfermo terminal.

Mientras que Mariano Rajoy ha ido perdiendo el apoyo de los poderosos padrinos -ahí están las declaraciones de los más preclaros representantes del poder económico- Pedro Sánchez los ha ido ganando, aunque sea como "mal menor". Del lastimero intento del PP de que todos los demás asumieran que tenían que dejarle gobernar con el argumento de ser el partido que ha ganado las elecciones -en realidad el PP es la minoría mayoritaria con una representatividad real que anda por debajo del 20% si atendemos a la totalidad del cuerpo electoral- a querer gobernar con el PSOE porque tienen muchas cosas en común -en esto debo reconocer que Casado, el portavoz popular, tiene más razón que un santo aunque a los holligans peperos les salga un sarpullido- el PP parece empeñado en querer hacer comulgar con piedras de molino tanto a sus seguidores como a cualquier despistado.

Comienza, nos dicen, una semana crucial, y llevamos ya unas cuantas del mismo estilo. En este tiempo, el menospreciado Pedro Sánchez, al que las agrestes derechas sitúan en una dura carrera con Zapatero para ver quién es más tonto, ha conseguido algo muy importante: ganar y mantener la iniciativa política; Aunque Pablo Iglesias vuelva al escenario con un nuevo postureo pidiendo aquello que sabe no le pueden dar, aunque los que leen los signos hayan percibido un cambio de estrategia al llevar el PSOE las negociaciones al terreno donde mejor se mueve, el de las propuestas. Entre tantos dimes y diretes, entre tanta tertulia, a casi todos se les pasa por alto que, si bien Pablo Iglesias aspira a relegar al PSOE a mera comparsa, a devorar el socialismo del mismo modo que se ha merendado a IU, Pedro Sánchez aspira a convertir al PP en el partido de la oposición permanente agitando el espantajo del miedo a PODEMOS para que los que pueden presionen al PP para que se abstenga y permita un gobierno de socialistas y ciudanistas, esquivando así unas elecciones que pudieran ser mortales para el PSOE.

Pero, ¿puede Pedro Sánchez realmente ser presidente? Hace un mes hubiera dicho tajantemente que no, hoy ya no lo tengo tan claro, pese a que no olvide que en el fondo todos creen que lo más probable es que se repitan las elecciones y que, ante la volatilidad del electorado, prefieran mantener un juego de pillos en el que casi todos se escudan en un "sí pero...", agitando al mismo tiempo, eso sí, las razones primarias del voto del miedo o del voto a la contra, culpabilizando al competidor más próximo de la imposibilidad de formar un gobierno de su sector ideológico. El PP culpa al PSOE y a Ciudadanos, Ciudadanos culpa al PP, PODEMOS al PSOE por ir con Ciudadanos, Albert y Rivera viven entre el amor y el desamor...

Estamos en la semana de las rebajas finales de un invierno climáticamente retrasado y Pedro Sánchez jugará a lo mismo: conseguir mantener la iniciativa política y ganar ante el postureo de Pablo Iglesias, eso sí con un ojo puesto en unas nuevas elecciones.

No pocos piensan que el pacto de gobierno hace mucho que está hecho por la izquierda y que por debajo solo quedan los ajustes, fundamentalmente conseguir la participación activa de Ciudadanos. No iría yo tan lejos, pero lo que sí es cierto es que Pedro Sánchez, al que se le ha dado vidilla porque uno de los objetivos del PP fue recuperar al PSOE frente a la expansión de los temidos podemitas, al que se cometió el error de despreciar, puede ser presidente. Y puede serlo, para pasmo de los peperos con la abstención de todos o parte de sus diputados -una vez se les pase el susto dirán que era lo mejor para que no mande el de la coleta-, aunque en Génova, entre registro y registro, anden haciendo novenas para que cuando llegue el fatídico día puedan votar No porque Pedro, Pablo y Alberto anden encantados de haberse conocido y el hombre que insultó a Mariano -¡Ah, qué distintas hubieran sido las cosas si Mariano ante el insulto se hubiera ido dejándolo con la palabra en la boca!- se presente en las Cortes para ser investido Presidente del gobierno. Ello sucederá si al final a la lechera no se le rompe el cántaro

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