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20150701090300-image.jpgRazón y sinrazón de los pactos políticos en Ayuntamientos y Comunidades



Uno de los déficit de la conciencia democrática española es la falta de cultura del pacto, bien sea por nuestra sempiterna querencia hacia el individualismo o por la omnipresencia de la idea de que solo es válido tener todo el poder y solo con mayoría absoluta en el binomio derecha izquierda se puede gobernar. Desde el rey al último lacayo, pasando por los ciudadanos de toda clase y condición, se defiende con fruición el pluralismo político teórico pero, al mismo tiempo, de forma sistémica, se promociona desde arriba y se asume, aunque ahora ande ello en retroceso, por parte de la población, que está bien eso de ser plural pero que en la práctica el progreso y la estabilidad solo se consigue si gobierna el PP o el PSOE.

Alguien se puso a jugar y, sin darse cuenta, los muñecos, más mediáticos que otra cosa, cobraron vida aprovechando la desafección que cada vez es más amplia entre los españoles. El resultado, como todos sabemos, es que lo que ayer era cuestión de dos, PP/PSOE con el apéndice de IU, hoy es un juego de pillos entre cuatro jugadores y un apéndice (PP, PSOE, PODEMOS, Ciudadanos, IU) y alguno más que se suma a la partida según los lugares. Para los amantes del bipartidismo, fundamentalmente para el PP, el cambio de las reglas no escritas del juego político es la negritud de la inestabilidad. Para todos un juego de pillos con diferentes objetivos.

Dejemos a un lado que los pactos de gobierno, ya ha caído en desuso eso de la contra natura porque llegado el caso todos están dispuestos a pactar con todos y el PP se enfada porque no quieran pactar con él, son por obligación y no por amor a la cultura del pacto y el respeto al pluralismo -ni PP ni PSOE creen en el pluralismo, creen en el poder-. Aparto la jocosidad que producen esos casos de concejales más o menos estrambóticos aupados al sillón consistorial por el relleno improvisado de listas -de la noche a la mañana tuvieron que encontrar más de diez mil candidatos-. Y no entro a valorar el currículo real de no pocos de estos, algo que tendría poca importancia si tuvieran un programa de gobierno que ejecutar con disciplina estalinista. A todos los nuevos les hubiera gustado estar en la oposición sin tener que retratarse, ¿pero...?

Los resultados de las municipales y autonómicas obligaban a los pactos. Es más, la previsión a día de hoy es que tras las próximas generales el pacto sea lo usual. Unos han visto en los pactos la oportunidad para justificar su razón de ser, pues con ellos van a regenerar la vida política (Ciudadanos) presentando como aval el haber conseguido que los imputados salgan a toda velocidad de la vida pública. Otros, la posibilidad de contar con unos pocos laboratorios -con el riesgo de que exploten-, ser el elemento que ponga fin al poder del PP, pero manteniéndose en la oposición en algunos lugares, evitando en la medida de lo posible contaminar la marca madre (PODEMOS). Ni Ciudadanos ni PODEMOS querían mostrar una política de pactos genérica, es más lo que buscaban era no tener una política de pactos previa limitándose a fijar unas líneas rojas para dejar gobernar. Ambos temían y temen el efecto de lo que en política se conoce como "el abrazo del oso". A tres o cinco meses vista de las elecciones, con la desconexión veraniega de por medio, hubiera supuesto dada la inestabilidad del electorado dar por válida la idea de que al final da lo mismo porque unos pactan con el PSOE para darle el poder y otros con el PP, ergo lo más útil es votar directamente a uno de los dos o quedarse en casa con un castizo "que les den" porque son todos iguales.

Dejando a un lado las boutades de los chicos de PODEMOS, lo que ha emergido hasta ahora de los llamados emergentes me parece que solo es la punta del iceberg y que el problema que tienen es la difícil conjugación de sus dos almas, el partido que peor ha salido parado de los pactos suscritos se llama Ciudadanos. Albert Rivera ha asumido -en realidad para eso le han impulsado- un desgaste de imprevisibles consecuencias y es quien más queda expuesto a sufrir los efectos del "abrazo del oso" pepero, mientras que Iglesias ha sabido zafarse del oso socialista y ha disparado certeramente contra el osezno que es Garzón (IU). El PP se ha colocado, porque Ciudadanos le ha dado facilidades, en la mejor situación para recuperar votos dubitativos ante el encanto de Rivera y de hecho las encuestas así lo evidencian. PODEMOS, sin embargo, se mantiene estabilizado en un insuficiente pero impresionante 20%, lo que indica que su táctica ha funcionado pero al mismo tiempo es rehén de su capacidad para evitar que sus representantes, reales o camuflados, ni decepcionen, ni asusten, ni metan la pata de forma ostensible en los próximos meses, el handicap lo tienen todos, líderes y cargos, en su ADN de revolucionarios de diseño con gotas de peroflautismo y exceso de torrentismo.

Nota.- Se comenta que Pablo Iglesias acude a diario a postrarse a los pies de la Almudena, con velas y todo, a implorar por la aparición milagrosa de un tránsfuga que acabe con la pesadilla de Carnena y coloque a Esperanza Aguirre en el sillón municipal. Ello le permitirá asaltar el cielo sin estar en manos del demonio.

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20150701091451-image.jpgDe como los pícaros acaban en émulos de Torrente

Supongo que a estas horas los populares, que no ganan para sobresaltos judiciales, andan por los pasillos de la Comunidad de Madrid sonrojados por lo que se les viene encima con el liado caso de los caramelos más caros de la historia -¡Rayos, seguro que los de PODEMOS denuncia el contubernio popular socialista-. No sé si doña Cristina Cifuentes exhumará de los anaqueles el antecedente falaz de aquellos caramelos envenenados que se decía repartían los frailes para animar a los anticlericales de turno a usar la tea incendiaria. Pero el caso es que parece que tener cuñados acaba siendo perjudicial para la salud.

En la España del timo, donde el tocomocho y la estampita están incorporados a los archivos de la picaresca, el esperpento se torna en habitual comparsa del entramado de corrupciones y chanchullos de todo tipo que parece rodear a una parte de nuestra clase política. Desatada la caza al corrupto, dispuestos todos a cobrar la pieza del imputado o preimputado, las historias que están saliendo a la luz están poniendo a temblar a más de uno.

El que podríamos denominar ya el "extraño caso de los caramelos", digno guión para el humor negro de Mihura, debe estar provocando olas de hilaridad en los pasillos de la Asamblea madrileña, aunque supongo que a Cifuentes le debe hacer poca gracia, aunque se consuele sabiendo que a Susana también le han imputado a su número tres por una piscina ilegal. Y menos gracia le debe causar a don Bartolomé González, ex alcalde de Alcalá, donde algo de corrupción parece que hubo en otros tiempos con una concejalía de festejos a tenor de lo visto bastante rumbosa.

Don Bartolomé es hoy diputado regional madrileño por el PP, pero tal y como están las cosas pudiera ser que el caramelo se le atragantara y se viera apartado de su venturosa carrera política, y todo por una cuñada y por tener el domicilio de la empresa en casa de sus padres. Empresa que según parece es sospechosa de cobros raritos al Ayuntamiento. No es que don Bartolomé fuera alcalde cuando se produjeron los hechos, pero... Como la cosa tiene su morbo es necesario recordar que los hechos se produjeron con alcalde del PSOE y don Bartolomé de jefe de la oposición, quien entonces no se enteró del negocio de los caramelos de su cuñada.

Estamos ante una onerosa conjugación de pícaros y golfos que, como siempre, presuntamente se han lucrado a costa del erario público. Lo malo es que cuantas más explicaciones dan peor suena. Allá por 2009 la empresa de la cuñada le facturó al Ayuntamiento por vía indirecta 500 kilos de caramelos para las fiestas. Estoy seguro que fue la oferta más barata, pero eran los años del despilfarro o la habitual costumbre de una parte de los cargos públicos de tirar con pólvora de rey mientras paguen los contribuyentes. El Ayuntamiento de Alcalá, dispuesto a endulzar la vida de sus convecinos, aceptó por el total una facturilla de 13.107,50 Euros, según leo en el nada sospechoso EL MUNDO. Total que el kilo le salió a la corporación por unos 26.2 Euros. Inmediatamente, para no despertar falaces suspicacias, me pregunto ¿cuánto vale un kilo de caramelos?

Buceo un rato -con minúscula porque con mayúscula es un señor del PP también experto por lo que se ve en ingeniería financiera- por la red y descubro que hoy un kilo de caramelos de los de siempre anda por los tres euros y pico -si compro 500 kilos seguro que me hacen descuento- y los más caros, esos de chocolate, unos 9. Y lo único que se me ocurre es decir: ¡Serán golfos! Los del Ayuntamiento de Alcalá y la empresa de la cuñada, no los caramelos.

Pero es que no acaba ahí el trapicheo. Leemos que los caramelos fueron adquiridos para ser revendidos a la empresa La Asturiana. Me voy a su web y me encuentro que los caramelitos normales se cotizan a poco más de tres euros en la actualidad. O sea, que diría un niño bien educado en plan Borjamari, que el coste de los 500 kilos debió suponer un desembolso de 1.500 euros y ganó en la reventa al municipio 11.700 en números redondos. Lo que a mi y a casi todos los mortales nos suena a timo y según parece a la policía otra cosa. Claro que ¿qué culpa tiene de todo ello don Bartolomé, acaso no tiene también cuñado el rey de España?

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20150720200814-image.jpgLos manuales de historia con los que aprendimos la generación de la EGB, producto de la Ley Educativa de 1970, hacía mucho que habían dejado atrás las lecturas patrióticas propias de los años cuarenta. Aprendíamos que la guerra civil tuvo causas estructurales de índole socioeconómico que no se habían solventado, que la II República fracasó en su intento reformista precisamente por su cariz jacobino, por su deseo manifiesto de expulsar de la vida pública a media España y por la persecución desatada contra la religión católica -entonces todos éramos católicos-, lo que hizo inevitable la guerra civil. Había poco de maniqueísmo en aquellos planteamientos. Hoy, sin embargo, cuando se ojea alguno de los manuales con los que estudian nuestros escolares, nos sería complicado encontrar algo tan sencillo como las causas de la guerra. Corrijo, lo que encontraremos será básicamente una versión maniquea en la que un puñado de ambiciosos generales dieron un golpe de estado calificado como fascista contra la democracia.
Alguien escribió con acierto que a la guerra de las armas siguió la guerra del papel y que en este terreno los vencidos con las armas llevan varias décadas ganando batallas para cambiar la historia. El proceso ha sido largo. Dejemos a un lado lo acontecido antes de los sesenta para situarnos en aquellos tiempos en los que arribaron a la historiografía los hispanistas, tipo Gabriel Jackson o H.R. Southworth, por no entrar en las líneas de interpretación difundidas por editoriales como Ruedo Ibérico, o en el alimento de la progresía que deseaba reescribir la historia a las ubres de negacionistas de la verdad como Tuñón de Lara -probablemente hoy ya pocos sepan quién fue este sujeto- y sus Encuentros de Pau donde mamaron doctrina una parte de las nuevas generaciones de estudiantes de historia, desde entonces hemos asistido a una mitificación de la II República de tal calibre que hoy es casi una herejía afirmar que en 1936, con la victoria del Frente Popular, la mediodemocracia que era aquel régimen solo para republicanos había dejado de existir. En la España de 1936 los partidarios del régimen burgués de democracia liberal eran una minoría muy exigua, aunque hoy no se quiera reconocer.
Aunque el “gran camuflaje”, denunciado inútilmente por Bollonten, sea una realidad incuestionable no es menos cierto que hoy pocos se atreven a recordar que el PSOE no era en 1936 un partido democrático, sino un partido que mayoritariamente contemplaba la República como un peldaño en el camino de la revolución y que, como marxista declarado, su objetivo era realizar la revolución e instalar la dictadura del proletariado en España. Y ya se sabe que para la ensoñación revolucionaria de la izquierda todo es legítimo salvo que alguien ose defenderse ante ella utilizando, simplemente, las mismas armas.
Naturalmente la izquierda, pero también una parte de la derecha acomplejada, ha hecho suyo el mito de una democracia rota por la ambición de unos generales que perpetraron un golpe de Estado un 18 de julio de 1936 para instaurar una feroz dictadura. De hecho, antes de que se aprobara la mal llamada “ley de la memoria histórica”, ya todos los grupos parlamentarios habían condenado la sublevación cívico-militar de aquel verano catalogándola de golpe fascista. Un segundo mito que complementara aquel otro de la impoluta democracia que fue la II República.
Tanto la izquierda como la derecha han querido borrar su vinculación histórica a lo acontecido en 1936. La izquierda, para camuflar su posición antidemocrática y su deseo de acabar con aquel sistema y acabar convirtiéndose en la defensora de la democracia frente a la pérfida derecha. La derecha, preñada de complejos, para evitar que la izquierda la señale con el dedo acusador que tanto les preocupa. Por ello, la nueva verdad oficial, porque políticamente a todos conviene, nos dice que el 18 de julio los generales, por ambición personal, dieron un cruento golpe de estado, y entre ellos el más ambicioso era Francisco Franco.
¡Qué más da que sea verdad o no cuando a todos les conviene! El ambicioso general quería el poder y por ello protagonizó el golpe con un solo objetivo perpetuarse en ese poder. Así pues, en esta línea, la guerra civil no tendría más causa que esa ambición borrando de un plumazo la realidad.
Ahora bien, la “verdad oficial”, impuesta desde arriba, rara vez tiene algo que ver con la verdad o con los hechos. El 18 de julio de 1936, se ha repetido aunque inútilmente y hoy es casi un delito afirmarlo, hubo un intento de golpe de estado pero, al mismo tiempo, una auténtica sublevación popular y sin esa eclosión es casi seguro que la victoria nacional hubiera sido imposible. Decenas de miles de voluntarios se aprestaron a combatir a la República del Frente Popular desde el minuto uno de los hechos, nutriendo unidades de milicias políticas pero también unidades militares, desde regimientos a banderas de la Legión. Igualmente todos los partidos de la oposición al Frente Popular apoyaron o se sumaron a la sublevación: desde la Falange a la CEDA, pasando por los carlistas, Renovación Española, la Lliga o los radicales de Lerroux. Y lo hicieron porque eran conscientes de la amenaza real para la libertad y sus creencias que representaba la república del Frente Popular. La prueba indirecta es que la democracia formal dejó de existir en la mal llamada zona republicana -ambas zonas eran republicanas- siendo la derecha perseguida y aniquilada en ella.
El ambicioso Francisco Franco no existía en julio de 1936. Es de sobra conocido que su asentimiento definitivo a la sublevación fue tardío y que en vano intentó que el gobierno adoptara medidas apoyándose en el Ejército para no entregarse al radicalismo frentepopulista. Es menos conocido que su nombre no figuraba entre los integrantes de un futuro directorio militar y que el único puesto pedido, la única ambición, era la de desempeñar el Alto Comisariado en Marruecos que no pudo asumir al ser llamado al Estado Mayor Central, lo que era acorde a su propia biografía. Fueron las circunstancias, el propio fracaso del golpe rápido deficientemente diseñado por el general Mola, pues no calibró la profunda división del ejército, la misma que sacudía la sociedad española, las que llevaron a Franco a la Jefatura del Estado, cuando ni tan siquiera formó parte desde el principio de la Junta de Defensa que se hizo cargo de la situación en la zona rebelde tras la muerte del general Sanjurjo. Y Franco ganó una guerra que de antemano los sublevados tenían con los datos en la mano perdida el 20 de julio de 1936.
Mayor silencio se suele guardar ante una realidad para mí altamente significativa: todos esperaban que el general Franco, antes de la sublevación de julio de 1936, les abriera la puerta del poder. En 1935, José Antonio Primo de Rivera, en un informe sobre la situación política española, anotaba que Franco era el “primer prestigio militar”; pocos meses después le sondearía en persona. En la crisis que supuso el fin del gobierno radical-cedista el propio Gil Robles instaría a Franco a protagonizar un golpe de Estado desde la Jefatura del Alto Estado Mayor y los radicales de Portela Valladares barajaron mantenerse en el poder con el apoyo de Franco y del ejército. Y poco después sería Calvo Soleto quien presionaría para que Franco se decidiera. Como anotaba Javier Tusell, Franco se convirtió entre 1935 y 1936 en el “árbitro de la circulación política y militar”. Fueron todos los políticos de la época los que trataron de atraer a Franco a sus posiciones o a que este les abriera las puertas del poder.
Cuando la lógica se impuso y los generales se inclinaron por la necesidad de un mando único sólo una candidatura era posible, la de Franco. Dudo mucho que en octubre de 1936 Francisco Franco tuviera un proyecto político definido cuando lo único importante era la guerra. Eso sí, en sus primeras intervenciones lo que se trasluce era la necesidad de que la guerra que ya tenía un por qué tuviera un para qué. Y resulta curioso que lo primera que destacara fuera el mensaje de que era necesario un orden social más justo en España.

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20150724163224-image.jpgAlguien podría pensar que lo que voy a contar es consecuencia directa de las sucesivas olas de calor que azotan la tierra patria -Cataluña incluida-, o que el cambio climático, en el que es obligatorio creer como en las brujas, causa estragos en las siempre doctas y privilegiadas mentes de nuestros políticos, en sus dos especies: los de la casta y los de la gente.

Resulta que los PODEMOS, los podemitas a secas y los podemitas travestidos de lagarterana o de cándida oveja, que han birlado los asientos a la casta y han llenado consistorios y parlamentos de segunda de nuevos look entre informales y casuales -por cierto que vestirse/disfrazarse de perro flauta cuesta una pasta, casi tanto como algunas chanclas y similares que lucen-, se han dado cuenta que el furor antifranquista de los viejunos, tipo señora Carmena, da para muy poco, que encima hay que ponerse a estudiar para identificar a alguno de los militares que para no pocos debieron ser de los tiempos de Viriato. Y como son leídos, tienen carrera y hasta blasonan de nacer del profesorado universitario, han podido discernir el verdadero alcance de la infumable Ley de la Memoria Histórica.

El alma viejuna -que conste que Monedero no es ningún jovencito barbilampiño- y la falta de ideas, porque una cosa es seguir las palabras del gran timonel que cosecha votos y otra hacer algo de provecho para la comunidad -para la gente como ellos dicen- les ha llevado a presentar como gran aporte, como muestra del cambio que representan, la eliminación definitiva de los franquistas del callejero municipal. Y la oposición -léase el PP- ha respirado tranquila, casi con la misma tranquilidad del gobierno de don Mariano que no fue capaz de derogar tan inicua ley, entre otras razones porque a no pocos dirigentes peperos les parece estupenda debido a su ignorancia manifiesta.

Algunos se han tomado a chiste -no es para menos- la limpieza que se anuncia para la capital de España, iniciada con el cambio de la Plaza Vázquez de Mella por la de Zerolo. Lógico, porque en la lista aparecen no pocos intelectuales usualmente considerados de derechas como sospechosos de ser simpatizantes del franquismo -no vamos a poner pegas porque alguno fuera fusilado/asesinado por los republicanos en el verano de 1936 por ser de derechas-. Ilógico el tomárselo a chiste, porque en el fondo la Ley de la Memoria no solo iba contra don Francisco -como piensan los temerosos del PP- como ahora se comienza a poner en evidencia.

A la izquierda le molesta más que Franco, que ya es historia, la bandera o el reconocimiento a cualquiera que no sea de izquierdas. Lo de Franco es la excusa. Los honores y los reconocimientos públicos solo pueden ser para la izquierda y durante un rato para los tontos útiles. La guerra contra la bandera de España es larga y poco tiene que ver con la manipulación de presentarla como franquista. Lo usual ha sido que en muchos ayuntamientos y sedes oficiales desaparezca sin que se haga nada. Y ahora nos encontramos con la estulticia de algunas corporaciones colocando carteles explicando que la ponen porque les obliga el gobierno central. Dan la nota en tan bella Arcadia algunos cantantes foráneos de gira por Hispania, que en plena canícula andan amargando la vida a nacionalistas y progres exhibiendo sin cautela la bandera española (de nota los Scorpions cantando rock delante de la proyección de una gigantesca bandera de España en Santa Coloma de Gramanet)

Ada Colau, esa insigne alcaldesa de la gente con tendencia a vestirse de superhéroe, más revolucionaria y menos viejuna que Carmena, ha decidido que ya está bien de tonterías y que lo que importa es lo que importa, que don Francisco se murió hace unas décadas y lo importante es lo actual. Por eso, sin miramientos ha descabalgado al rey emérito del sitial de honor municipal que tenía en su reino -el de Colau, claro- y su busto ha acabado en una digna caja de cartón camino de los sótanos o del trapero. Ya puestos algunos ya piden que se limite el auge de la simbología monárquica en algunos centros oficiales. Remata la jugada, de momento, el Ayuntamiento de Zaragoza que le ha retirado al pabellón deportivo el nombre de Príncipe de Asturias y esto no ha hecho más que empezar.

Ya lo he escrito en alguna ocasión. La Ley de la Memoria Histórica tiene un claro objetivo político: cuestionar la legitimidad actual. En última instancia la persecución y proscripción del franquismo, el mal de todos los males, incluye el proceso de la Transición realizado por la clase política del franquismo y ello incluye a la monarquía porque ellos no olvidan que si hoy existe la monarquía es porque un señor llamado Francisco Franco se empeñó en dejar como su sucesor a otro señor llamado Juan Carlos de Borbón. No entiendo por qué algunos se llevan las manos a la cabeza cuando otras estatuas comienzan a llevar el camino de las de Franco.

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