20151030175149-image.jpg(LXXXII Aniversario del Discurso de José Antonio en el Teatro de la Comedia)



Si volviera a tomar la palabra...

Cada octubre, en un reiterado ritual -hasta estas líneas pudieran serlo-, a veces ajado, a veces trasnochado, quizás necesario, quizás innecesario, se acuerdan de aquella lejana fecha... ¡Cómo si nada hubiera acontecido desde entonces! Las mismas palabras... Olvidando los más que lo importante, lo trascendente, lo que debiera permanecer, es el fondo y no la forma; ignorando -¡cuán grande es la ingenuidad!- que el culto a la forma ha sepultado en no pocos hombres el fondo; teñidos en el recuerdo y el homenaje de una nostalgia de ideas apagadas, ecos lejanos de oportunidades perdidas. A pesar del tiempo, al final se repite, una y otra vez, el murmullo de las rememoraciones literarias, con prosa más o menos bella, de los renovados maestros en el arte del ensayo breve... La forma, la estética de las palabras, siempre acaba imponiéndose al fondo. Parece ser ese nuestro triste sino.

Nos gustan las frases rotundas. Esas que pueden esculpirse sin desdoro en mármol para aguardar ahí, petrificadas e inertes, una imposible eternidad; orladas, eso sí, con las justificaciones de quienes de tanto mirar hacia fuera no ha sabido dotarlas del hálito vital necesario.

Alzamos la voz, pero no escuchamos a aquellos que aún nos demandan, nos inquieren... aquellos que aún quieren saber algo de nosotros. Creemos en nuestra Patria como destino y como universalidad, pero acabamos entregándonos al más conservador de los nacionalismos. Antes que nada, España... pero nos dejamos seducir por la que no es nuestra España; a veces por miedo a que llegue este o aquel; en buena medida porque nos hemos dejado vencer por la mentalidad burguesa y su miedo a la pérdida de todo aquello que debiera ser superfluo; queremos ser revolucionarios y nos hemos hecho, sin saberlo, por debajo de las palabras conservadores.

La esencia era más importantes que la existencia; el fondo nunca fracasa, sí la forma. Teníamos algo más, precisamente todo aquello que se ha ido quedando por el camino: una mística, un discurso atrayente, el pulso de nuestro tiempo... no nos asustaba la modernidad ni la innovación. Fuimos heraldos de la rebelión de los inconformistas frente a la inexistente rebelión de las masas, que por ser masa carece de ese espíritu de contestación. Hoy, quizás en el camino hasta el presente, la forma y la retórica han sepultado todo eso bajo la losa de la incomprensión... sonamos a disco viejo de hace ochenta, cincuenta, cuarenta o treinta años. Reñimos más batallas con el pasado que con el futuro; nos hemos encerrado en las ebúrneas torres de la pureza y la autoconsunción y se nos ha olvidado lo esencial, ganar el corazón y la mente de nuestros compatriotas.

¡Cuántas veces hemos repetido aquello de que España había venido a menos por una triple división! La de los partidos -la casta, la corrupción, la partitocracia-, los separatismos y la injusticia social ¿Ha cambiado en algo el dictamen? Puede que los actores sean distintos pero el guión es el mismo.

Queríamos edificar un orden más justo pasando por encima de las miserias del capitalismo, detener la invasión de los bárbaros que con simpleza coyuntural identificamos con el marxismo o el comunismo, pero que anida en el corazón de los mercados, del capitalismo especulativo, de los poderes supranacionales y de la globalización. Hoy somos más ricos, vivimos mejor y hasta tenemos más oportunidades de promoción, pero las miserias sieguen siendo las mismas. Ya no hay lucha de clases, el marxismo anda en su último estertor y los sindicatos no dejan de ser educadas correas amarillas del sistema partitocrático -son la síndicocracia-. Ya no hay lucha de clase, pese a las consignas que a veces pululan por los panfletos de los antisistema amamantados y domesticados por el sistema. Hoy vivimos ya bajo la dualidad de la oligarquía de los de arriba con su clientela político-económica y los de abajo que somos casi todos y muy pocos parecen dispuestos a cambiar ese orden siempre y cuando puedan comportarse como consumidores felices.

Presentimos en el horizonte los destellos de la desazón del hombre-número-consumidor que no quiere seguir viviendo en la alienación sistémica. Hemos visto en nuestras calles y plazas a jóvenes y menos jóvenes entonando una canción que nos suena mucho aunque la letra y la música parezcan distantes. Recordemos que lo importantes es el fondo y no tanto la forma. Las formas son cambiantes, el fondo nunca. Hoy, una vez más, esos, los indignados, los descontentos, los rebeldes, comienzan a sentirse engañados y estafados pues les prometieron asaltar el cielo y los han sacrificados en el altar de los escaños. Sin embargo, el rescoldo aún late en quienes sueñan conscientemente con ideales por los que se pueda sacrificar la existencia.

Hemos sabido dar testimonio -nadie podría reprocharnos nada-, mantener un recuerdo; hemos seguido siendo, que no es poco, pese al canto de las sirenas en nuestro caminar hacia Itaca. Nos hemos dejado arrastrar hacia orillas que no eran las nuestras quizás abrumados por la desesperanza. En no pocas ocasiones hasta los nuestros o los próximos han pedido la "honrosa licencia": "habéis cumplido, pero vuestro tiempo ha pasado". Incluso se ha pretendido el finiquito del rescoldo para salvar el arquetipo humano de quien ya solo es polvo bajo una losa, pero vive en la eternidad. Lo que, en el fondo, no es más que la última renuncia antes de la rendición definitiva.

Cierra el micrófono...

Después de lo anterior, por todo ello, quizás haya llegado el tiempo de aceptar el reto de ser aquella nueva aristocracia que para España demandaba José Antonio en sus escritos de la cárcel, la que sería capaz de levantar el espíritu de la rebeldía



Nota para el lector.- Este artículo, ahora con leves variaciones para su mejor comprensión, ha aparecido en la notable Gaceta de la Fundación José Antonio. Me pidieron un texto sobre lo que en un actual 29 de octubre diría José Antonio. En su estilo nunca faltó la crítica, amén del análisis de la realidad y lo propositivo. Seducido por la "maravillosa" dialéctica de Marx no obvió la autocrítica para sí -la autoexigencia- y para su movimiento. Evidentemente es casi siempre la parte más ingrata, quizás por ello me haya decidido a plantearla para motivar a la reflexión.

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