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En las jornadas previas a las elecciones autonómicas en Cataluña me pidieron un artículo similar a este sobre lo que podría salir de las urnas. Advertía entonces que lo que las encuestas vislumbraban era un empate técnico entre los los partidarios de la independencia y los teóricos "constitucionalistas" que podría desequilibrar un poco la aplicación del sistema de reparto de escaños que prima a la mayoría. También anotaba que los independentistas habían blasonado de que con una mayoría suficiente seguirían adelante con el proceso de independencia y que nunca se sabe hasta dónde podrían llegar los juegos de salón y los cambalaches a la hora de sumar escaños para la declaración de independencia en un juego donde los diputados del PSC no ofrecen muchas garantías. También señalaba que aunque los independentistas perdieran por la mínima o no tuvieran, según su argot, la mayoría suficiente, para ellos solo sería un revés, un aplazamiento de la letra con fecha de vencimiento que, dada la inacción del gobierno, parece tener la integridad de la nación española. Dejemos claro que estas elecciones nunca deberían haberse celebrado. Eran unas elecciones con trampa porque se les dio un valor de referéndum que es imposible que tuvieran. Ello debería haber bastado para su declaración de nulidad. Pero no fue así.

Las urnas han confirmado ese empate técnico y aunque ello suponga que de momento no habrá declaración de independencia y el problema de los nacionalistas sea cómo formar gobierno sin que ERC se lleve la mejor parte, lo cierto -conviene no ignorarlo- es que el número de los que han apoyado abiertamente la independencia es muy alto: un millón seiscientos mil catalanes. Pero son todos los que son. De hecho la plataforma Juntos por el Sí ha obtenido unos pocos votos menos que los conseguidos anteriormente por CiU y ERC. Empate técnico, porque los independentistas consiguieron el 39.5% y los constitucionalistas -utilizo el término que aparentemente les une porque la unidad de España me temo la entiende de forma diversa en Ciudadanos, PP y PSOE- un 41,68%. Ahora bien, si se añadieran los resultados de los PODEMOS locales, que mantienen una posición ambigua, se superaría el 50.5% de los votos. Por ello tenían razón los representantes de la CUP, la Candidatura de Unidad Popular, cuando afirmaban que los resultados no eran favorables a los independentistas y por tanto ni apoyarían a Mas ni a eso que llaman reverencialmente el "proceso".

Los resultados han dado un respiro a España como nación y esa es para muchos la mejor de las noticias posibles, especialmente para el presidente Rajoy y para el PP que de momento respiran porque no han tenido que recurrir a la ley, y por tanto a la fuerza, ante una declaración de independencia. Eso sí, todos sus tertulianos salieron en tromba a convencer al personal de que todo ha terminado con la derrota de Mas en la urnas remarcando que son solo el 30% del censo electoral. Argumento que es la primera vez que oigo porque de aplicarse el mismo criterio no muy lejos quedarían los votos reales obtenidos por el PP en las generales. Un respiro para un gobierno que, declaraciones rimbombantes a un lado, sigue sin saber qué hacer -carece de política en este terreno- y el PSOE cree, más estúpida que ingenuamente, que la solución política pasa por la reforma constitucional y la conversión de España en una Menarquía Federal -seguro que Felipe VI estaría encantado con ser rey de las exEspañas-.

Ahora, en estas semanas, el problema en Cataluña es cómo formar gobierno. Un gobierno que difícilmente proporcionará la estabilidad necesaria y que continuará con los vicios habituales. Arturo Mas había preparado la sala y la moqueta que le mantendría en el poder, había calculado el juego de la aplicación de los restos en la adjudicación de escaños para que en Juntos por el Sí acabaran saliendo más diputados de Convergencia que de ERC, pero la contención del voto independentista y el incremento del voto de los que quieren seguir siendo españoles de Cataluña, ha hecho que Convergencia haya perdido su papel hegemónico frente a ERC. Convergencia ya no es lo que era y ahora resta por saber si los dos grandes partidos, PP y PSOE seguirán queriendo meterla en su cama o, dados los resultados de PODEMOS y Ciudadanos, dejará de ser necesaria. Hoy por hoy nadie parece querer unir su suerte a la de Artur Mas. Es más, todos prefieren que se marche y ello puede conducir a unas nuevas elecciones a las que temen muchos, desde Convergencia hasta ERC pasando por el PP, porque pudiera ser que el Ciudadanos del tándem mortal para el PP Rivera-Arrimadas se convirtiera en la primera fuerza política de Cataluña. Temor justificado. Pero al mismo tiempo necesitan seguir detentando el poder porque si. La red clientelar de Convergencia, sin todo el aparato de subvenciones, sin el,control cultural y educativo el independentismo tendría muy difícil su expansión e incluso, dado el perfil de los votantes de Covergencia, se podría producir un retroceso en el voto del miedo a las consecuencias que el separatismo explota en Cataluña. Por ello, probablemente lleguen a un acuerdo aunque sea la bobada de un gobierno asambleario. Y dada la situación no seria aventurado afirmar que se alargarán los plazos todo lo posible para que la decisión final, gobierno o elecciones, no tenga que tomarse antes de las generales del 20 de Diciembre. De aquí a entonces el gobierno, aun cuando sea en funciones, tiene una oportunidad histórica para poner a Artur Mas en su sitio.

Concluía en ese artículo anterior a las elecciones afirmando que lo previsible era que el 27-S no conllevara, dados los resultados, la declaración de independencia sino un avance en ese camino. Ese 39% de papeletas indirectamente favorables a la independencia -aunque mi impresión personal es no pocos de los votos a Convergencia eran un apoyo a la política de chantaje para conseguir lo que más desea la burguesía catalana, un concierto económico que les de el control sobre las arcas públicas para seguir enriqueciéndose- es muchísimo más de lo que existía hace cuarenta años cuando el independentismo era marginal y CiU jugaba a ser un partido sistémico del juancarlismo. El que hoy exista ese porcentaje importante de independentistas, especialmente entre las nuevas generaciones, es el legado del juancarlismo, de la política suicida de PP y PSOE de dar competencias a cambio de apoyos o porque creían -rematadamente tontos- que con ello el nacionalismo se iba a contentar; competencias que han servido para crear esa base independentista, todo el entramado mediático-cultural-educativo que ha insuflado vida al independentismo.

¿Qué nos deparará el futuro próximo? ¿Nos conformaremos con ver crecer generación tras generación el independentismo? Quiero creer que este proceso es reversible, que como nación no he,so llegado al punto sin retorno de la ruptura. Ahora bien, no quiero ocultar mi desaliento y decepción porque más allá de lo simbólico no he visto reacción alguna del pueblo español. ¿Cómo es posible que en esta coyuntura, cuando es evidente la posibilidad de precipitarnos en el abismo como nación, no hayamos visto reacción alguna por parte de la ciudadanía? ¿Cuántos españoles han salido a la calle para exigir o defender la continuidad de España como nación? Tengo la impresión de que una parte importante de los españoles, de un modo u otro, asumen como reales parte de las razones históricas y/o culturales que esgrimen los nacionalistas, y que, con una u otra consideración, asumen la existencia de Cataluña como nación porque ellos mismos no tienen clara cuál es su propia identidad; consecuencia directa de la necesidad de crear falsas identidades autonómicas engendrada por ese nefasta organización/desorganización territorial que se denomina Estado de las Autonomías. ¿Por qué? Básicamente porque han aceptado, consciente o inconscientemente, la perversión del lenguaje que les hace pronunciarse sobre si se sienten más españoles que de su comunidad, si prefieren la ecuación contraria o, simplemente, se sitúan en el punto medio.

La razón última de la situación ante la que nos encontramos es que ante el discurso separatista no ha habido contestación alguna. Al contrario, desde el Estado, cuya primera obligación debiera ser mantener la nación, es decir, defender al idea y el concepto de España, se ha practicado, por unos y por otros, la política suicida del tancredismo, del dejar hacer, de no creer las señas que advertían de que venía el lobo. La resultante ha sido el crecimiento excepcional de los votantes al nacionalismo y en su lógico desarrollo su conversión al independentismo. Y ello también ha sido posible por la protección que se ha brindado, por los dos grandes partidos, a los dirigentes nacionalistas creyendo que, permitiéndoles ser la oligarquía dominadora, evitando que el régimen corrupto vigente en Cataluña cayera ante los tribunales, solo agitarían el espantajo de la independencia para obtener mayores prebendas. Que estaban jugando inocentemente a "que viene el lobo".

¿Qué se ha ofrecido en estas elecciones como alternativa al independentismo? Poca cosa para ganar corazones. Razones históricas por parte de una minoría que, naturalmente, ni tiene espacio en Cataluña ni encuentra hueco en los grandes medios de comunicación, pero que con eso creen que ya hacen bastante. Razones económicas: se es español o no -ese es el discurso del PP y Ciudadanos- en virtud de los beneficios económicos que ello implica. Ha causado lástima y sonrojo ver a los dirigentes "constitucionalistas" debatir sobre si la hipotética Cataluña independiente será o no admitida en el seno de la Unión Europea; o explicar que cuando caminamos hacia la unión de las naciones europeas se busque la desunión en un movimiento contrario al progreso y la modernidad. Eso sí mucha banderita para que parezca otra cosa y fuera de Cataluña a algunos se les llene el bolsillo de efluvios patrióticos frente al televisor.

No pocos estiman que la solución pasa por la mano dura, por el artículo 155 de la Constitución que creo aún no está desarrollado y la suspensión de la autonomía. Esa seria la respuesta obligada y única -la otra seria la cesión- en el caso de una declaración de independencia. Pero ese es el recurso final que no sé si el gobierno se atrevería a utilizar. En estos momentos ese no es el camino. Lo fundamental es hace descender el número de independentistas y para ello no se puede recurrir a mapas de la Edad Media, esa mitología ya no importa. Para ello es preciso hacer que se cumpla la ley, acometer un amplio programa de difusión cultural no nacionalista y, sobre todo, amparar las razones en la promoción de la idea y el concepto de España, conseguir que decenas de miles de catalanes vuelvan a sentir el orgullo de pertenecer a esta Patria común llamada España. Pero mucho me temo que todos, desde el PP hasta Ciudadanos andan diciendo: todo menos eso.


(Artículo publicado en el periódico mensual La Nación)




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