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Unos “okupas”, un tanto raritos, se han instalado en un edificio abandonado del barrio madrileño de Tetuán. Poco tendría de noticia el hecho porque el denominado “movimiento okupa” cuenta con unas notorias simpatías mediáticas que lo exonera de toda responsabilidad hasta hacerlos incluso “bien vistos”. Unos ocupan edificios abandonados, a veces casi en ruina, para establecer una comuna, un centro para el intercambio de liados de marihuana o para habitáculo de los tan graciosos “perro-flautas” y otros, mucho más solidarios, para fines sociales y culturales casi siempre alternativos lo que traducido significa para la difusión de la ideología de ultraizquierda y no para el común.

El problema es que estos “okupas” de Tetuán han creado un “hogar social” para repartir comida y dar cobijo a familias españolas sin techo y, encima, se les ha ocurrido ponerle de nombre Ramiro Ledesma Ramos, nombre maldito donde los haya porque fue asesinado cobardemente por la izquierda al igual que los herederos de esa izquierda parecen querer liquidar la ocupación y a los ocupantes. Y es que la izquierda no soporta que le demuestren que lo que ellos consideran su monopolio no es tal. Les recriminan que con ello quieran atraer a los beneficiarios de la ayuda o tener una buena imagen social ¿acaso no es lo mismo que lleva haciendo la izquierda durante décadas sin rubor alguno?

El problema es que estos “okupas” de Tetuán no son de izquierdas y, por tanto, han dejado de ser el “bondadoso ocupante del edificio”. Poco han tardado en calificarlos de ultraderechistas o neonazis, lo que equivale a la condena pública. Ellos dicen que no van a hacer política sino a ayudar. Tras las pintadas y algunos ataques la ultraizquierda, les ha escogido como blanco y, con la anuencia de la Delegada del Gobierno de Madrid que consideró, para autorizar una manifestación fuera de plazo, el carácter de urgencia de la convocatoria. El barrio se iba a levantar contra ellos y hasta así lo parece leyendo alguna crónica periodística -ya tienen a los peligrosos ultras para desbarrar y presumir de demócratas- aunque un medio tan poco sospechoso de simpatías hacia todo lo que no sea izquierda como Público haya tenido que reconocer que no había más de quinientas personas. Y mucho me temo que los “antifascistas”, que eran en realidad los convocantes, hayan salido de todas partes para acudir a tamaña concentración.

Ignoro si los alumbradores del Hogar Social Reamiro Ledesma Ramos son neonazis, aunque lo dudo -en realidad dudo que algunos de los que escriben calificándolos así sepan exactamente qué es eso de ser neonazi-, pero de lo que no me cabe duda es de que muchos de los manifestantes, por sus gestos en las fotografías, sí eran de extremaizquierda. He visto las imágenes, leído las consignas y los gritos, de la manifestación de supuestos vecinos que tenían como pacífico objetivo, si les hubieran dejado, pegar fuego al edificio a ser posible con sus ocupantes dentro. Me sorprende que los mismos medios, y da igual que sean de derechas o de izquierdas, que acaban mimando al pretendido movimiento “okupa” -siempre que sea de izquierdas claro-, que al final siempre exoneran a los que hacen gala de unas fechorías que siempre acaban con el destrozo de comercios y mobiliario urbano, ahora ataquen con saña a estos otros ocupantes.

En realidad, los manifestantes eran los habituales “antifascistas” que actúan normalmente como guerrilla urbana y cuya principal actividad es la práctica de la violencia urbana. Defensores de la libertad y del pacifismo que gritaban: “sin piernas, sin brazos, nazis a pedazos”. Lo que, dicho sea de paso, teniendo en cuenta lo que ellos y el vulgo entienden por neonazi, no sé si deberían autoaplicárselo. Y ¿qué hacían mientras los pretendidos neonazis, amantes de la violencia empedernidos? Pues quedarse en el edificio esperando a ver si los quemaban; asomarse a los balcones, aplaudir a los manifestantes y de paso dar muestra de por qué todos quieren acabar con ellos exhibiendo la bandera de España, lo que si no les convierte en neonazis si los sitúa en los ámbitos insoportables de la ultraderecha. Y ya se sabe que a nadie se le ocurrirá en cualquier programa, tertulia o debate, denunciar las amenazas vertidas por unos sujetos contra ellos anunciando que volverían cuando no estuviera la policía.

Ni un pero podría ponerse a la crítica a esta ocupación, de este “Hogar Social”, en razón de lo que su creación -cuyos datos ignoro- tuviera de alegalidad, pero siempre y cuando la aplicación de la ley fuera para todos igual. Y ahí está la clave de este asunto porque no vale criticar, atacar, condenar y prácticamente legitimar la violencia contra ellos cuando no sólo son los últimos llegados a la fiesta sino que la persecución se basa simplemente en que a los medios, a la progresía y a la ultraizquierda, que es tratada con tanto mimo en España, no les gusta su pretendida ideología y porque ellos creen tener el monopolio de la solidaridad.

 

PD: En la fotografía la peligrosa mascota de quienes han creado este Hogar Social.

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Operación Otensky 2014.

 

La Providencia tiene esas cosas indescifrables. Hace unos meses Luis Valiente, y tengo que personalizar aunque sé que no le gusta, ponía en las librerías  mi libro “Soldados de Hierro. Los voluntarios de la División Azul”. Entre los cientos de historias que contienen esas páginas estaban la de José Melgarejo Balsas y Manuel Sánchez Román. Hace setenta y dos años dejaron su vida combatiendo al comunismo y sus cuerpos quedaron enterrados en una aldea llamada Mostky. Hoy mismo me llega a través de Luis, que anda por las tierras de Rusia con sus camaradas de la ADR, y es difícil traslucir los sentimientos cuando esos nombres te han acompañado durante mucho tiempo de trabajo, que sus cuerpos han sido rescatados del barro, la maleza y el olvido. José tenía una hija -dos años cuando dejó su vida-, Dolores. Guardo algún documento de su dolor. Ojalá pudiéramos localizarla para decirle “han encontrado a tu padre”.

Un puñado de españoles, todos los años, sin subvención alguna, poniendo el dinero y el trabajo, marchan a los añejos campos de combate para intentar rescatar los restos de aquellos españoles olvidados, para colaborar con los trabajadores de la Wolksbund alemana que recupera los restos de los soldados alemanes caídos en el frente ruso que son depositados en bellos cementerios, y con los rusos de Dolina. En uno de ellos, en Pankovka, cerca de Novgorod, reposan ya casi tres mil españoles.

Estos españoles de hoy, que acuden de forma altruista, generosa, por conciencia de deber, a hacer lo que debiera realizar el Estado y el Ejército no tienen, lógicamente, subvenciones de memoria histórica alguna. Tenían el sueño de poder llegar hasta un paraje de perdido acceso donde en 1941 se localizaba el monasterio de Otensky. Allí estuvieron los españoles resistiendo heroicamente entre el seis de noviembre y el ocho de diciembre, protegiendo con las piezas de artillería allí emplazadas a sus camaradas que estaban en la aldea de Possad. Resistiendo bombardeo y asaltos continuos a bajísimas temperaturas, en el hielo donde era muy difícil abrir fosas: 25 españoles en fosas individuales, dos fosas con veintitantos españoles cada una quedaron allí aparentemente para siempre.

Hoy, miércoles 17 de septiembre, casi cuando tenían que desistir, tras decidir llegar andando, cargados con los equipos, hasta aquel lugar, porque el camino, a duras penas si tres metros de ancho rodeado de masas de abedul, zona pantanosa, porque ni los tractores de los madereros pueden llegar, han localizado una de las fosas. Aquellos españoles, los divisionarios, los voluntarios de la División Azul, llevan esperando 73 años a que volvieran por ellos. En 1941, cuando los voluntarios españoles tuvieron que abandonar las posiciones lo hicieron con dolor porque no podía llevarse a sus caídos, hicieron dibujos perdidos del lugar para un día rescatarlos. Han pasado casi 73 años y otros españoles, distintos pero próximos, han tornado a aquellas duras tierras para rescatarlos del lodo, para que cuando las labores de identificación terminen depositar sus restos junto a sus camaradas, a la espera de la eternidad, en el cementerio de los soldados españoles en Novgorod.  

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