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Aunque sea preciso creo que resulta superfluo constatar que hoy, en nuestra patria, el concepto y la idea de España, más allá de lo sentimental, de lo esporádico, se ha tornado en una noción difusa para los más cuando no simplemente inexistente para los menos. Ni tan siquiera el concepto moderno de nación, vinculado prácticamente al desarrollo del constitucionalismo con la irrupción del liberalismo, santificado por el romanticismo, eso que llaman patriotismo constitucional, resulta ya válido como sinónimo de la idea y el concepto de España cuando, por efecto del desarrollo del actual marco constitucional, la nación ya no es una, sino la resultante de una realidad plurinacional que se configura en una forma de organización territorial del Estado (el Estado de las Autonomías que se encamina hacia una nueva estructura federal) que ha sustituido el modelo unitario, que puede ser descentralizado, por otro que nunca termina de cerrarse, que está en revisión permanente, pero que en su devenir destruye la formulación igualitaria de España=Patria=Nación=Estado asentada en los últimos quinientos años.

Evidentemente, ese proceso de ruptura, del que se nos antoja que estamos asistiendo prácticamente inermes, sin reacción previsible, a su capítulo final, no hubiera sido posible, es más hubiera resultado inviable, pese a la fruición que han puesto en el trabajo las élites políticas, culturales y mediáticas, sin la destrucción y la proscripción durante los últimos cuarenta años, durante los reinados de la casa reinante reinstaurada, del concepto y la idea de España como categoría permanente de razón en la mentalidad colectiva de los españoles, pero también como realidad histórica. De ahí que España lleve camino de convertirse en una nación quimérica con la que solo sueñen o en la que solo crean un puñado de españoles varados en una reedición de la angustia generacional, del llanto, por una Hispania perdida.

Sin idea y concepto de España, o con una idea y un concepto muy debilitado, sin saber ya qué es y a qué llamamos España, lo que queda es una visión sentimental que tiene momentos de explosión patriótica en coyunturas de tensión o de sucedáneos, tales como los eventos deportivos, que se diluyen o son diluidos, en mayor o menor tiempo, según convenga a los intereses políticos del conglomerado oligárquico que detenta el poder, transformado en "gran hermano" social y en manipulador de nuestra conciencia colectiva. Quedan, eso sí, las festividades, los momentos simbólicos, cada vez menos importantes en el calendario y faltos de calor y vinculación popular real.

Prueba evidente de lo anterior es lo que cada año acontece cuando llega la fecha emblemática de un doce de octubre que pasa con más pena que gloria, limitándose por parte del Estado al somero desfile militar en la capital del reino y a la sordina en el resto de una España que no pocos, para salvar el sistema y el aparato de poder y beneficio creado, esperan convertir en una mera acepción rematada por una coronita, único elemento de representación de la nación que dejó de ser. Cuando volvemos la vista sobre esa festividad, tras transcurrir la jornada y repasar la información, después de aguantar una panoplia de editoriales dedicados a otras realidades o que piden apaños para solventar la insoluble crisis provocada por el conflicto entre la nación y sus naciones generado por la Constitución de 1978, esa misma que muchos apremian para se toque para salvar in extremis el inventillo o insuflarle la ventilación asistida que le permita sobrevivir hasta que se cierre el capítulo del reparto de las herencias, a veces, al mirar a nuestro alrededor, sentimos envidia del culto a la Patria común, a los símbolos nacionales, a la exaltación del orgullo nacional en que otros convierten ese día como expresión de su propio ser. ¡Qué poco tiene que ver los actos del 12 de Octubre, de la llamada Fiesta Nacional de España, con celebraciones como el 4 de julio en EEUU o el 14 de julio en Francia! Por poner dos ejemplos archiconocidos ante los que, como la zorra ante las uvas, se suele utilizar el calificativo despectivo de patrioterismo para así cercenar la proliferación de lo sensitivo y de paso anatemizar a aquellos que pedimos, que exigimos, sin la cursilería inútil con que la exhibe el presidente del gobierno, una auténtica pedagogía del patriotismo y del amor a España.

Fiesta Nacional dicen que es el doce de octubre, pero solo es una fiesta oficial u oficiosa porque ni tan siquiera es asumida como tal por algunos prebostes autonómicos y una parte importante de la población, mayoritaria casi hasta el absoluto, la mira con notoria indiferencia pues sólo es una fecha más en rojo en el calendario y a veces, según se tercie, ni eso. Y es así porque la caterva política que nos gobierna y el entramado mediático que la asiste, la controla o la inspira -¡vaya usted a saber!-, así ha querido que sea: un puro trámite. Unos, a la izquierda, porque en lo más profundo de su ser odian profundamente la idea de Patria –prejuicio burgués dicen cuando es lo más antiburgués- igualada al concepto y la idea de España en una mezcla infame de internacionalismo del pasado y creencia en la quimera de las nacionalidades estalinianas; otros, a la derecha, porque solo la estiman como espacio de gestión económica y sienten la condena moral de sus contrarios si difunden y mantienen, más allá de la bobada del patriotismo constitucional, la última de las majaderías de los complejos conservadores, que nadie siente y asume salvo los que a la derecha y más allá de la derecha lo exhiben como sucedáneo y falsa bandera, esa ecuación de España=Patria=Nación=Estado. Como los inclasificables en la arena política que desoyendo a Ganivet creen que las soluciones se encuentran más allá de las fronteras y venden patrias biológicas que serán superadas, disolviendo los artificiales problemas territoriales, por una Europa de los pueblos como apuesta de una tercera, cuarta o quinta vía, numen de todos sus paradigmas.

Doce de Octubre -con letra para desesperación de la Real Academia-, Fiesta Nacional de una nación que ha llegado a tal punto de claudicación que es incapaz de percibir que el mal no es el artificio nacionalista, inflado de viento por el propio poder, sino los treinta o cuarenta años, en los que, por proscripción de la pedagogía patriótica, por abandono del ethos de España, se ha abierto el camino de la autodisolución. Quienes tenemos memoria no histórica sino vivencial, quienes, de algún modo, sin arrogarnos ninguna exclusividad, estuvimos en la calle en los años germinales del actual régimen político, entre otras razones porque no queríamos rendir la plaza sin lucha, denunciando la bomba de relojería que suponía para la pervivencia de España el Título VIII del texto constitucional, para mantener, creo que con notable éxito, aunque al final solo haya servido para retrasar la caída de unas hojas que nadie parece querer parar, esa idea y ese concepto de España que, más allá de la estupidez nacionalista -hoy hasta los que se autodenominan patriotas caen en el error de utilizar como definición las mismas categorías que los nacionalistas-, se eleva sobre la definición clásica y a la vez moderna de unidad de destino, convivencia e historia. Aparentemente, entonces, solo aplazamos la letra pero no el inexorable vencimiento.

Hoy, tras los minifastos de una Fiesta Nacional que para ser justo debiera poner en minúscula, que no son más que un poco de oropel que ni llega a tapar las grietas inmensas de nuestra comunidad patria, en medio del devenir de una nación que está facilitando su autodisolución, cuando la unidad de historia es puesta en tela de juicio, escamoteada o subvertida en una irrealidad medievalizante (algunos aún andan preguntándose sobre qué era aquello de una nueva edad media sin alcanzar a comprenderlo); cuando los héroes y los sacrificios de los patriotas se borran de la historia como la bandera española del cuadro del general Prim que con sus voluntarios catalanes ganó la batalla de Castillejos, también asistimos impávidos a la ruptura de nuestra unidad de convivencia, algo mucho más difícil de restaurar que nuestra unidad de historia. El actual sistema político, la casta como sistema, ha y está facilitando la quiebra de nuestra unidad de convivencia, no ya por el alimento que durante estos años ha dado a los nacionalismos, que forman parte del sistema de casta, sino porque con sus políticas, aceleradas por la crisis económica, sumergiendo al español medio en la falsa idea del “sálvese quién pueda”, están derruyendo la igualdad y la solidaridad entre los españoles, acabando con la cohesión social, favoreciendo el desarrollo del egoísmo particularista e individualista encarnado en la anteposición del terruño al que alcanza la vista al interés común, base de la edificación de un proyecto sugestivo de vida en común capaz de encontrar espacios para su proyección en lo universal. ¿Y cómo vamos a ser universales si, por un erróneo europeísmo, hasta hemos mandado a la alhacena de los trastos inútiles la otra faz de la conmemoración del doce de octubre, nacido como día de la raza, la raza hispánica, crisol de pueblos y culturas, puro antibiologismo, el concepto de Hispanidad?

Lo dicen las encuestas tramposas del CIS, aunque en el fondo de todas ellas siempre lata un poso de verdad: los españoles están cada día menos orgullosos de sí mismos. Lo están simplemente porque llevan camino de dejar de existir diluidos en el Moloch de la globalización, los mercados y las europillas encandilantes con su eurobecerro de oro. Españoles que ya no saben muy bien, por el peso ambiental más que por el sentimiento, por la ingeniería política en la que concuerdan derechas e izquierdas, socialistas y conservadores, de aquí o de allá, si ser español por los cuatro costados o trasladar ese sentimiento al último de los pueblos; si tener como primera o segunda realidad nacional, hasta hacerlas incompatibles, esos entes artificiales llamados Comunidades Autónomas, siguiendo una evolución similar a esa punta del iceberg de la destrucción que hoy es Cataluña pero que amenaza con emerger también en Vascongadas y Galicia… Todo ello resultado lógico de una exaltación identitaria que, con un determinismo biológico y darwinista, cree ver la Patria solo en la lengua o los particularismos de la misma, la cultura, el folklore, las montañas, las lindes y los ríos pero también la viabilidad monetaria de su individualidad -¡Ah, la vieja y eterna conjunción entre el nacionalismo y el interés de raíz netamente conservadora!-.

Españoles perdidos ante fiestas nacionales vacías, personajes en busca de un autor, que ven destruida desde arriba -como las buenas revoluciones aunque cuenten con el concurso del ruido callejero- su unidad de convivencia e historia; que también se ven obligados por falta de clase dirigente auténticamente española -la casta no es sino una mala copia- a renunciar a la de destino, sin la que las anteriores acaban quedando como una panoplia ornamental. Por ello, y ahí están los estudios, pasamos telúricamente de sentirnos españoles a ser españoles y otra cosa, y después a otra cosa y españoles, para arribar finalmente a una orilla en la que muchos habrán dejado de ser españoles, haciendo realidad aquella vieja frase liberal y conservadora de “son españoles los que no pueden ser otra cosa”. Yo, al menos, sigo pensando como aquel joven asesinado en Alicante que ante la estulticia conservadora de la frase afirmó que “ser español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo”, aunque en ello crean hoy, del rey a abajo, muy pocos.

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