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Adolfo Moncada.- Se está convirtiendo en costumbre. Allá donde llega Francisco Torres con sus "soldados de hierro" de la editorial ACTAS el local se queda pequeño. Sucedió en Casino Militar de Sevilla, en el Real Casino de Murcia, en el Museo Militar de Valencia y ahora en el Centro Cultural de los Ejércitos-Casino Militar de Madrid. Como andaba por la capital pude acercarme a la presentación que tuve que escuchar apoyado en la pared.

No fue la presentación al uso, casi ni una presentación. Escogieron un formato distinto: un moderador, el periodista García Isac, Carlos y Paco, a los que en broma ya llaman el "dúo dinámico" dada la gira de bolos que llevan a sus espaldas, y dos "soldados de hierro", aunque se mostraran remisos a aceptar el calificativo más por humildad y sencillez que por falta de veracidad en el llamativo título del libro, Juan José Sanz Jarque y José María Blanch. Una animada panoplia de explicaciones sobre lo que fue la División Azul y lo que fueron los divisionarios en la que Paco, con su habitual maestría fue insertando las razones que hacen a sus "Soldados de Hierro" una obra única en el género. Una pena que se acabara aquello a la hora y media de empezar, podría haber durado el doble y lo hubiéramos seguido con el mismo interés.

No pocas caras conocidas, los generales Muñoz Grandes y Chicharro, el periodista Luis Fernández-Villamea, el editor del libro y director de ACTAS Luis Valiente -¡qué de felicitaciones por una edición que es una joya y un placer tener!-, Miguel Ángel Vázques de Ediciones Barbarroja, el historiador Pío Moa y hasta un hijo del mismísimo Ramón Serrano Suñer... Como siempre colas para la firma.

Paco ha escrito que sus "soldados de hierro" son "héroes sencillos" y escuchando a Blanch o Sanz Jarque se entiende a la perfección. Renuentes a aceptar verse como "soldados de hierro" -no son el tipo de Clint Eastwood en las películas recordó Carlos Caballero- porque ellos se limitaban a decir que "cumplieron con su deber". Todo lo más "soldados de hojalata" bromeó Blanch -aunque después contara como si no fuera nada lo que hizo en Krasny Bor-. Y Paco, con esa forma tan peculiar que tiene de rematar con la palabra le devolvió la frase recordando que sí, pero como el "hombre de hojalata" del Mago de Oz que no podía llorar porque se oxidaba. Soldados de Hierro, según Carlos Caballero, porque combatieron en circunstancias adversas que hubieran hecho derrumbarse a una unidad que no tuviera un trasfondo de moral indestructible. Soldados de Hierro completó el autor porque fueron capaces de dejarlo todo por su sentido del deber (leyó una preciosa carta de un voluntario en la que habla de que los disgustos -la guerra de España e irse a la División- han provocado a su madre una enfermedad nerviosa que la estaba dejando ciega),pero, además del ideal anticomunista, crisol de las motivaciones, el sueño juvenil de cambiar el mundo luchando.

De fondo, como si nos acompañaran, en una pantalla, se proyectaban imágenes. Eran los "soldados de Paco". No las conté pero más de una hora pasando sin repetirse, quizás unas trescientas fotografías, algunas muy hermosas. A veces el autor paraba las intervenciones para hablar un poco de algunas historias. De esas historias que salpican su libro y que tienen la virtud de conmover y hacernos comprender. Lo recordó García Isac, "no estamos ante un libro de guerra, sino ante un libro de hombres".

Unos hombres, comentaba José María Blanch, con orgullo que vivían en el frente en "auténtico comunismo" porque todo era de todos: "cuando a uno le daban permiso reuníamos dinero para que pudiera divertirse". La generosidad de todos con todos remarcó Sanz Jarque. Un guripa al que su padre, tras echarse las manos a la cabeza, le dijo que si tuviera menos años se marcharía con él a la División. Recuerdos de ejemplos como los del camillero de Mula, Vivo que presumía de "haberlos salvado a todos".

Carlos Caballero profundizó en la importancia que tiene ir derruyendo los mitos construidos por propios y extraños sobre la División: "ello solo es posible hacerlo desde la investigación, como ha hecho Francisco Torres". Animados ejemplos nos dio. Y es que el libro de Paco es una obra académica, hecha por un historiador profesional que domina las fuentes y la bibliografía; que en cada página cuestiona las cosas.

Lo anotaron Carlos y Paco: se puede ser original y aún quedan muchas cosas que decir. Pero yo me quedo con el cierre de Francisco, cuando explicó que libros como el suyo tienen una misión que es la de ser ejemplo; que la desintegración de la idea nacional, del sentimiento de España se produce, entre otras razones, porque hemos olvidado a nuestros héroes, a los que, como los jóvenes de la División Azul, dieron lecciones de amor a la Patria. Los héroes han sido proscritos de los libros de historia de los jóvenes y con obras como "Soldados de Hierro" -de obligatoria lectura debiera tratarse según García Isac- lo que se consigue es hacer España.

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Tengo la impresión, basada en la razón, una vez analizada la extensión real del voto obtenido, que salvo implosión no previsible, la formación Podemos ha venido para quedarse en la política española. Fundamentalmente, porque las proyecciones de voto indican que en las próximas municipales y autonómicas esta formación tendrá representación en la mayor parte de los Parlamentos Regionales y en las corporaciones de las principales ciudades de España, lo que le otorgará una potencialidad indeterminable de cara a las siguientes elecciones generales. Pero también porque los condicionantes sociológicos y socioeconómicos que le brindaron algo más de un millón de votos no van a desaparecer en los próximos nueve meses por más que el gobierno nos dé cifras de esperanza, y porque los canales de intersección e interacción con una masa social dispuesta a comprar el mensaje básico de Podemos lejos de reducirse se están incrementando.

Podemos es un movimiento ideológicamente asentado en la izquierda revolucionaria moderna y no en la torpe caricatura del pasado que se empeñan en dibujar los medios de la derecha y los charlatanes de múltiples tertulias; son rojos, pero modernos y progres e inmunes a la descalificación de que son objeto -es más les fortalece y les hace ganar simpatías-. Cierto es que para los medios vinculados a los intereses del Partido Popular -arquetípica es la línea editorial de La Razón o de 13TV- la formación que lidera Pablo Iglesias tiene un valor instrumental: divide el voto de la izquierda, lo que puede ser importante en la adjudicación de los restos al aplicar la antidemocrática ley electoral que padecemos, aunque solo sea así cuando alguna de las tres o cuatro izquierdas no consiga representación y permite mantener, mediante el miedo al “rojo”, cohesionado el voto más radical de la derecha alejándolo de sus particulares tentaciones de emprender caminos en solitario (la ultraderecha que más que cohabitar vive encantada en el seno del Partido Popular).

Para nadie es un secreto que Pablo Iglesias es una “criatura” de la derecha mediática, pero sin olvidar que la criatura era preexistente y que buscaba con ansia el espacio por el que irrumpir; que su valor en alza como comunicador y como líder para la nueva izquierda real se fundamentó debatiendo con lo que se consideraba la derecha-derecha, lo que le dio un “plus” de credibilidad que pocos calibraron. Desde el plató de Intereconomía hasta los divanes de la Sexta ha recorrido Pablo Iglesias un vertiginoso ascenso mediático que le ha permitido conectar con esa masa social a la que antes me refería. Conviene, sin embargo, no llamarse a engaño: Pablo Iglesias, como cabeza visible de un grupo que “intelectualmente” no debiera despreciarse, tenía muy claro cuál era el camino que debería hacer emerger esa nueva izquierda real: la televisión, los medios, pero sólo como amplificador. Y cual si fuera un Adolfo Hitler redivivo ha sido capaz de ofrecer a cada auditorio aquello que quería oír. Lo que tampoco sería sorprendente en un profesor de Ciencias Políticas que tiene la obligación de haber leído y analizado la disección de la propaganda política que aparece en Mi lucha mezclándola con el viejo agit-pro del comunismo.

El grupo dirigente de Podemos ha sabido y está sabiendo sumar a su oferta tres corrientes sociales sin que algunos parezcan enterarse: la izquierda real, que lleva años reconstruyéndose desde la caída del muro, la que debiera haberle brindado uno o dos eurodiputados como mucho, que abomina del “aburguesamiento” del PSOE y de IU, que sueña con viejas revoluciones que dan vida a los pasaditos jóvenes del sesenta y ocho y a los frustrados antifranquistas universitarios de después de Franco; el voto joven, que en proporciones muy altas carece de adscripción ideológica partidaria pero que ha sido educado en una ideología “progresista” más que izquierdista (sus educadores pensaban que estaban fabricando votantes del PSOE o de IU), en un tipo de discurso conceptual que Pablo Iglesias maneja mucho mejor que IU (una cosa de señores mayores tan corruptos como los demás) o que los pijosocialistas que ahora quieren hacerse con el control de la Secretaria General socialista; el voto de la indignación y la protesta, que en la mayor parte de Europa ha sido captado por partidos como el Frente Nacional francés pero que en España, pese a que también es vivero de votos para Ciudadanos o UPyD, ha basculado hacia la izquierda porque ofertas similares andan divagando por las orillas de la realidad. Frente a ello, no deja de sorprender que algunos se empeñen en tratar de cortar la posible sangría de votos hacia Podemos recurriendo a descalificarlos presentándolos como “rojos peligrosos”, cuando ello poco efecto puede tener sobre la mayor parte de los posibles votantes de esta formación.

Cierto es que Podemos tiene aún tres pruebas de fuego, tres barreras que salvar, de cara a su consolidación: primera, la estructuración del partido, ya que carece de una organización real aunque cuenta con algo fundamental, una red de activistas que le van a permitir combinar la campaña de calle con la campaña digital; segunda, integrar en esa estructura a un importante número de candidatos que por fuerza escapan al núcleo ideológico de la formación; tercera, definir su planteamiento táctico entre abrazarse a IU, lo que probablemente les llevaría a la muerte política, o ir a la destrucción de Izquierda Unida.

Algunos piensan que Podemos, por sus contradicciones internas, por su actual estructura de corte asambleario (las asambleas son lo más fácil de controlar del mundo para cualquier estudioso avanzado de las tesis revolucionarias), por su núcleo de jóvenes-viejos militantes de la ultraizquierda de la Transición, se desintegrará con la misma facilidad con la que apareció. La realidad, sin embargo, es que, cuando se tiene más de un millón de votos y los canales adecuados para consolidar, mantener y acrecentar un liderazgo que tiene, por su propia idiosincrasia, asumida las características del fhurer-prinz, lo que  se espera es precisamente lo contrario.

Algunos estiman que Podemos no tiene otra base que la de la indignación, la autodestrucción de la izquierda tradicional y la situación económica. Que, por tanto, superada la crisis, muerta a través de los poderosos medios de control de la opinión pública la sensación de crisis y reconstruida la izquierda tradicional (el PSOE), Podemos quedará reducido a la anécdota, desvaneciéndose merced a los comportamientos tobogán del electorado. Craso error, me temo.

La formación que lidera Pablo Iglesias lo que ha hecho es, por una parte, liderar una masa social que se estaba construyendo desde hace más de una década. Si alguien se molestara en analizar quiénes constituyen Podemos en cada localidad se daría cuenta de que son personas que están en movimientos sociales, que tienen una cierta capacidad de influencia social entre la izquierda sociológica y también la ultraizquierda violenta y radical que va a formar su particular “guardia de la porra”. Ahí están los que movilizaron el 15-M, aunque el éxito de aquella convocatoria no fuera de las “redes sociales” sino de la expansión mediática que las redes sociales fueron capaces de conseguir. También, una constelación de movimientos que van desde los okupas hasta los antidesahucios. De ahí han salido los activistas de una campaña electoral que no debiera despacharse con la notoria influencia de la televisión. No pocos han tenido en muchas ocasiones ese apoyo y no han conseguido un éxito como el de Pablo Iglesias.

Lo que sí ha conseguido la presencia mediática de Pablo Iglesias -que también ha venido para quedarse porque da audiencia- es desbordar el espacio electoral inicial que esta formación tenía en la izquierda radical. Ello es fruto de un discurso que sintoniza con la España harta y cansada, que no es de izquierdas, mediante frases sencillas e identificación clara del enemigo, la casta política, y los problemas reales de los españoles que no son solucionados por esa casta que abarca a todos los partidos desde el PP hasta IU: los bancos, los mercados, el ultraliberalismo, la desigualdad social, el empobrecimiento, la pérdida de derechos sociales… Y a esos votantes, que son la mitad de los que han optado por PODEMOS, muy poco les importa que les hablen de  Hugo Chavez, de cobros de Venezuela, de Irán o de cualquier otra zarandaja por el estilo. En esta línea lo que está haciendo Pablo Iglesias es lo más difícil: conseguir votos para su izquierda de personas que no comparten ideológicamente los postulados de esa izquierda. Y resulta fácil entenderlo. Pongamos un ejemplo real: cuando el 50% de nuestros jóvenes están en paro y no tienen perspectivas de futuro, cuando lo único que pueden conseguir son empleos mal pagados y precarios, cuando a los que se han formado -un activo fundamental para nuestro futuro- se les recomienda que emigren al extranjero, cómo alguien se puede extrañar de que voten a Pablo Iglesias. Puede que, efectivamente, tal y como se afirma no tenga credibilidad programática, pero es que los demás no tienen credibilidad alguna porque son los que han condenado a esos jóvenes al futuro sin horizonte. Pues de ahí han salido muchos de los votos de Podemos y van a continuar saliendo porque de aquí a las próximas elecciones se habrán incorporado varios cientos de miles al cuerpo electoral.

Podemos supone la reconstrucción de una izquierda real -algo que estaba en el programa de José Luis Rodríguez Zapatero para mantener la hegemonía del PSOE-. Una nueva izquierda que está capitalizando el descontento social de unos españoles que, pese a los anuncios de recuperación económica, saben que van a convivir con un alto paro estructural, con salarios bajos, empleo precario, incremento de las diferencias sociales, reducción de la igualdad de oportunidades y empeoramiento de las condiciones de vida. Esa es la gran baza de Podemos cuyo objetivo es transformar a esa opinión pública en una fuerza activa de izquierdas sin que sea capaz de percibirlo hasta el día que los barbudos bajen de Sierra Maestra.

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Confieso que soy uno de esos españoles que no entienden parte de las medidas económicas que adopta el gobierno. Mi visión particular es que Moncloa anda pagando facturas y aprovechando la situación para cambiar, por donde no debiera, aspectos esenciales de lo que ha sido nuestro modelo socioeconómico en los ámbitos de la microeconomía, de aquello que realmente afecta a la economía de las personas, porque las personas parecen preocupar muy poco a unos detentadores del poder que viven pendientes de sus clientelas políticas.

Reconozco que no soy economista y que solo entiendo algo de historia económica, aunque no me resisto a pontificar sobre el escaso valor demiúrgico que otorgo a las recomendaciones de unos economistas que, educados en las mismas teorías, las de los Chicago-boys y la Escuela de Viena, que han decretado la muerte de Keynes, un socialdemócrata peligroso según los dictadores del ultra liberalismo económico y algunos tontuelos de la derecha de pose y beneficio, que palidecen ante la idea del Estado social, tienen solo diferencias de matiz.

Probablemente por desconocimiento económico y por plantear las alternativas de forma imaginativa desde fuera de esa ortodoxia no consigo entender los parabienes de muchas de las medidas que adopta el actual gobierno de España.

Mariano Rajoy, aprovechando el inicio de la molicie estival, acaba de recurrir, en un alarde de valor y decisión que a muchos nos extraña, al Decreto-Ley para dar a luz sin epidural un paquete de medidas para que nuestra economía gane en competitividad y eficiencia, fomentando así, según el lenguaje oficial, el crecimiento económico en el que según nos cuentan hemos entrado. Revisando alguna de las propuestas no puedo por menos que preguntarme sobre la realidad del pretendido beneficio.

Todo el mundo sabe que las PYMES son la base de nuestra economía productiva y yo, en mi cortedad, no alcanzo a descubrir en las medidas el impulso para su expansión que demandan ni el fomento de su incremento a través de la innovación: abrir bares y peluquerías está bien pero no es lo que necesitamos. Tampoco veo que se beneficie a un sector comercial que parecía estar comenzando, tras no pocos sacrificios, tras mantener puestos de trabajo con pérdidas, a recuperarse. De hecho se les ha ocurrido -podemos colegir por qué- autorizar el incremento de las comisiones bancarias -el atraco perfecto que diría yo- que deberán asumir los comerciantes por los pagos con tarjeta reduciendo los márgenes de beneficio u obligando a subir los precios.

Si no he perdido la costumbre de leer mucho me temo que con estas medidas se pierde soberanía en materia aérea y portuaria. Igualmente grave me parece que brille por su ausencia la decisión de desarrollar un sector energético estratégico propio con un replanteamiento de la autoproducción y las renovables, y ahora, tras la rendición ante las eléctricas, recompensada con jubilaciones de oro en consejos de administración, le llega el turno a la factura del gas. No menor sonrojo me causa el descubrir la aparición de entes burocráticos que, naturalmente, beneficiarán a los amigos políticos cuando todos hablan del necesario adelgazamiento de la administración.

Y remata Mariano con su apuesta para luchar contra el paro juvenil mediante lo que serán mini salarios en la práctica y subvenciones empresariales, en vez de alentar cambios en el sistema productivo. El estrambote con sarcasmo lo pone la transformación casi en organismos públicos de las neoesclavistas ETTs.

Mariano ha aprobado este paquete, que encantará a los ultraliberales y a los mercados, aprovechando la expansión del empleo, cantada cual serafín por el ubicuo Marhuenda, mucho más Ministro de Propaganda que el mismísimo Joseph Goebbels, al viento de una prometedora temporada de sol y playa. Quizás por eso, con la coartada perfecta, Mariano haya decidido dar una vuelta de tuerca que empobrecerá a unos, los más, y beneficiará macroeconómicamente a quienes ven España como un tierno corderillo a devorar.

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No es la primera vez que, al reflexionar sobre la importancia que el ciudadano da al fenómeno de la corrupción política, me planteo la misma paradoja: la poca influencia que los casos de corrupción han tenido a la hora de depositar en la urna la papeleta con el voto. Casi se podría decir que el ciudadano perdonaba la corrupción, la asumía como propia del sistema, como un peaje a pagar por tener una democracia avanzada, y lo único que parecía molestarles es que los corruptos fueran aquellos que no tenían su mismo color político.

La indignación generalizada que la corrupción política despierta, en la que es muy difícil establecer una frontera entre el enriquecimiento fraudulento particular y las dádivas más o menos voluntarias al partido, entre la picaresca para el autobeneficio y la picaresca del que ve pasar y pasar y decide, en algún momento, realizar una sisa en provecho propio, parece acabarse en vísperas electorales cuando se fía en el autoengaño del “vamos a luchar contra la corrupción” o, simplemente, se prefiere que “si me roban al menos lo hagan los míos”. Traducción de la filosofía de una señora de derechas que me decía, allá por los años ochenta, tras bramar contra el enchufismo administrativo de los socialistas, -¡quién no recuerda la leyenda urbana de que te colocabas si tenías el carné del PSOE!-, que esperaba que ganaran los suyos para que le colocaran al hijo.  Y yo pensaba –y no me equivoqué-: “pues si este es el recambio apañados vamos”.

Pero, hoy, junto a esa masa de españoles que perdonan su corrupción y castigan la ajena, los corruptos son solo los socialistas y viceversa, nos encontramos con otra porción importante de españoles que están identificado  el término corrupción con el de casta. Quizás de forma simplista han hecho equivalente el calificativo corrupto al de político, al menos en lo que se refiere a la idea de que un político es un individuo que aspira a enriquecerse o a medrar en el cargo para beneficio propio y de los suyos. Son a los que realmente les preocupa y están dispuestos a no transigir con las excusas prefabricadas o conformarse con el “y tú más” habitual de los opinadores profesionales y de los políticos de turno.

Cuando alguien dice “todos están pringaos”, para escándalo de no pocos de los afectados, se refiere en realidad a la connivencia de los poderes con la corrupción que es lo que la ha hecho posible. Arquetípico es lo acontecido con el caso Pujol. Pero es que el caso Pujol es casi tan antiguo como la democracia en España y lo que ahora ha aflorado bien parece sólo la punta del iceberg con la que se trata de borrar el rastro de una realidad que parece superar a la ficción.

En realidad -tengo para mí- a la casta política le importaba muy poco el tema de la corrupción porque, salvo situaciones extremas de hastío -el final del reinado de González por ejemplo- conjugándose con otros elementos, no afectaba electoralmente y todo lo más que podría suponer era un cambio de guardia hasta conseguir, sin mucho problema, el perdón público. Durante décadas las leyendas urbanas han hablado del que llegaba al cargo sin nada y acababa con el Mercedes y el casoplón, sin que a nadie despertara algo más que le envidia debido, sin duda, a nuestra alma de pícaro. La resultante ha sido el estado de corrupción generalizada en el que parecemos haber vivido y hasta estar encantados.

Hoy, sin embargo, aunque presos en sus propias mentiras y juegos, en financiaciones poco claras, las elites políticas, las mentes pensantes de los aparatos, comienzan a estar preocupadas porque, acabada la ficción de la riqueza y el despilfarro, del cobrar más para enriquecerse a costa de la administración y el dinero público aunque en el camino se perdieran millones, no pocos españoles les han convertido en “casta” y por tanto han asumido que todos son iguales y que deben buscar otras opciones. Ahora la duda es, ¿de verdad nos va a importar tanto la corrupción como para abandonar masivamente el voto a la casta?

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Aunque a algunos nos parezca algo superfluo lo cierto es que al final la moda es la que impone sus criterios y los gurús de todo partido que se precie, los gabinetes demoscópicos, están siempre prestos a encaramarse sobre los tacones de las nuevas tendencias, pero asumiendo que las modas se crean y no surgen como expresión de una necesidad social, son un elemento más del proceso de alienación que nos sujeta. Es en este juego donde debemos buscar las claves del peinado, la sonrisa y el look del nuevo Secretario General del PSOE, el buscador Pedro Sánchez.

Los dos lemas reales de Pedro o del otrora eficaz gabinete demoscópico socialista -¡Vaya usted a saber!- son: renovación y nicho. Las ideas y el programa más allá de frases, tópicos y declaraciones de intenciones lo dejamos para después. Lo de la renovación, el nuevo PSOE, está solucionado merced al lifting que supone su imagen, aunque le quede la prueba de fuego de realizar una pequeña operación de limpieza interna que le permita afirmarse como "borrón y cuenta nueva", especialmente a nivel regional, municipal, sindical y andaluz (¿dejará a los pies de los caballos a Chaves y demás cual hará la Zarzuela con los Urdangarín?). Lo del nicho es, sin embargo, más complicado.

Anda la derecha mediática, que es prácticamente dueña y señora de los medios, empeñada en hacer de Pedro un "nuevo rojo" mientras, incongruentemente, suspira por un PSOE de consenso que acepte ser la pata del banco que le falta en un modelo bipartidista en el que la hegemonía la tenga el PP para mayor felicidad de Mariano. Quieren un PSOE un poco rojo que coloque a Pablete en su sitio, pero que, precisamente por ello, no pueda disputarle la hegemonía que debería asegurarse con una reforma electoral pactada que refuerce la tendencia hacia el modelo mayoritario que ya tiene nuestro poco democrático sistema electoral, el que convierte en falacia aquello de un hombre un voto.

El problema es que Pedro sabe que la lucha electoral no está a su izquierda, porque es posible frenar el trasvase del descontento en unas generales y recuperar voto aunque se asuma que otro se ha perdido para siempre; la batalla está a su derecha. Quitando los núcleos de voto absolutamente fieles, que son los que opinan y suben la voz, los que se emocionan leyendo o escuchando como se vapulea al adversario, lo que indica la demoscopia es que las próximas generales se van a decidir en el nicho del segmento de población situado entre los treinta y los cuarenta aproximadamente y entre los devotos del 2.0 y el 3.0. Ahí es donde Pedro, sus Heidis, Clara y Rottenmeier se van a volcar. Naturalmente habrá estridencias, para deleite de Marhuenda y 13TV, pero calculadas. Las justas para encandilar a los adoradores de mayos del 68 que nunca vivieron y que están encantados con ser la viva imagen de los otrora odiados burgueses. Para ellos, Pedro va a ser, tras el sarampión de Pablete, la imagen icónica de su rancio izquierdismo que aún practican en una versión sebosa de lo que fue la gauche divine.

Naturalmente, Pedro no ignora que en el fondo los barones esperan que se estrelle, que alguno no concurrió porque le lastraba la historia y porque prefería ser el candidato del día después, aunque finalmente aparezca en la nueva ejecutiva, pero también sabe que un crecimiento de pocos puntos le consolidaría hasta las siguientes elecciones, que serán su verdadero objetivo.

Tengo la impresión de que Pedro es mejor táctico de lo que aparenta, independientemente de la caricatura de superficialidad que van a utilizar contra él los pptertulianos y los ppperiodistas. Quería reforzar su peso en el partido convirtiendo a Susana en la Heidi ideal, pero ésta ha preferido el papel de señorita Rottenmeier para ordenar y controlar el desbarajuste que es el PSOE. Ella es ahora la verdadera fuente de poder, aunque tenga un descubierto talón de Aquiles. Y si Pedro fracasa ¿por qué no ella que es hábil colocando peones?

Puede que Pedro tenga que conformarse con la ausencia de Heidi pero Chacón -la eterna aspirante- va a tener que conformarse con ser Clara. Pero estemos atentos, porque probablemente sea la carta de Pedro para recuperar el control sobre el díscolo PSC, y entonces pudiera convertirse en la Heidi necesaria para ser traviesos en las clases de Rottenmeier.

Futuribles a un lado, de momento, Pedro ha creado un equipo en el que el sector femenino, lejos de la imagen florero transmitida por Zapatero, alcanza verdadero poder. ¿Y qué más se puede ofrecer a un sector importante del electorado -aunque reconozco que leído resulte un tanto machista el argumento- que un "guapo oficial" escoltado por un poder femenino real?  No nos extrañe pues si de la noche a la mañana emerge como caricatura de una Evita de medio pelo  una tal Micaela Navarro.

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Existe un pueblo de la provincia de Barcelona, Cardedeu, gobernado por CiU tras un pacto con el PP, al que le ha salido un problema que se llama Ana Castillo. Tiene 24 años, es joven, tiene una bonita sonrisa, al menos en las fotos, y no pocos le dicen por internet que se “busque novio” aunque lo tenga difícil “por que debe ser fea”, según argumenta la cobardía del internauta, lo que desmienten, aunque sea lo de menos, sus fotos. En el pueblo los alevines de CiU la llaman con desprecio “la peluquera”, porque esos son sus estudios, aunque como si fuera un futbolista la hayan intentado fichar otros partidos.

Es valiente, porque no le importa lo que le digan, que la señalen o que la amenacen. Se retrata con la bandera de España y se atreve a escribir, cuando en su pueblo más del 54% votan opciones nacionalistas y secesionistas, cosas como: “Estáis empeñados en destruir nuestra Cataluña, queréis romper España en mil pedazos, pero los catalanes que amamos a España y nos sentimos españoles no lo vamos a consentir… Cataluña es ESPAÑA, aunque vosotros afirméis lo contrario… Tenéis suerte que esto es España, si lo que estáis haciendo lo hubierais hecho en otro país estarías sentados en el banquillo de los acusados por ir contra toda una Nación”. Y la respuesta, como no podía ser de otro modo, ha sido amenazarla diciendo que es una pena que no existiera un grupo que “le calle la boca con balas”.  Ha puesto la pertinente denuncia que me imagino que acabará durmiendo el sueño de los justos. Ha aguantado algún que otro susto en su casa, pero ella, incólume, afirma: “Soy española y reitero lo dicho siempre Cardedeu es España”. Y, naturalmente, le han roto la luna del coche. Todo ello, en vez de la solidaridad y la condena de los hechos, le ha servido para que el periodista Alberto Cuesta la llame la “frikifacha de Cardedeu”.

Que conste que no conozco a Ana de nada -permíteme la cercanía si me lees-, que nada tengo que ver con el partido por el que se va a presentar a las elecciones, y que mi única relación con ella son las noticias que me llegan a través de ese inventillo que se llama Facebook. Pero alguien tiene que hacerse eco de lo que esta muchachita está realizando en su pueblo, donde más que seguir la funesta manía de pensar que existen recetas mágicas para toda España, basadas en emulaciones indisimuladas de otros lares, parece haber hecho suyo el lema de “mis vecinos lo primero”. Y ahí está haciendo su particular campaña porque quiere llegar al Ayuntamiento para construir un pueblo distinto con seguridad, empleo, cuidado de los mayores y protección de la infancia.

Decía al principio que al alcalde le ha salido un molesto problema porque a esta chica, a la “peluquera”, se le ha ocurrido hacer política de verdad y no seguir la “táctica del faraón” que tan malos resultados da a quienes no forman parte de los partidos de la casta y que creen que con unos cuantos eslóganes-tópico es suficiente. Y ahí está ella, se  pasa el día presentando escritos y preguntas: ha denunciado al Ayuntamiento por no colocar la bandera española; por permitir que en el colegio público se exhiban pancartas por la enseñanza en exclusiva en catalán. Se ha enfrentado al Ayuntamiento y ADIF para que quitaran pintadas separatistas en las paredes de las vías del tren. Escribe a la Diputación pidiendo viviendas sociales que en su pueblo faltan y quiere una dotación de bomberos por lo que pueda pasar. Ha denunciado el enchufismo y el amiguismo en las colocaciones municipales y promete seguir de cerca las oposiciones que se han suspendido en el Ayuntamiento. Se ha entrevistado con el alcalde para llevarle las peticiones vecinales que dormirán -es lo que hace un buen político con ellas- el sueño de los justos. Armada con su cámara de fotos lo mismo denuncia las calles sin arreglar que las barreras arquitectónicas; la falta de arreglo en la carretera que lleva a la urbanización que se suma a la petición de un carrito de inválido para una vecina. Y, ahora, se le ocurre pedir al Ayuntamiento que le retiren el título de “honorable” a ese Pujol que parece vaya a dejar en literatura infantil las andanzas de Vito Corleone.

No me cabe duda de que de aquí a las elecciones la presión sobre Ana se va a incrementar: por un lado, los nacionalistas que no van a dudar en continuar con sus amenazas; por otro, los que la llaman para darle aplausos pero recordarle que no se debe dividir el voto y que se tiene que votar al PP o unirse al partido local de turno. La están colocando en el centro de la diana pero me parece que más que arrugarse se crece ante las dificultades. No me cabe duda de que muy poco vamos a saber de ella, pero al menos vaya desde aquí mi apoyo y mi solidaridad por mantener en alto, en aquel lugar, sin complejos y con valentía la bandera de España.

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