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No sé ya cuál es el límite del hartazgo ni cuándo se produce el cansancio de los buenos. Ignoro hasta dónde las excusas, las justificaciones, el recurso al eufemismo pueden llegar a convencer o al menos permitir el autoengaño a eso que llaman las derechas. Hasta ahora ese fenómeno calificado sociológicamente y políticamente como la desafección sólo parece darse en la izquierda o a favor de la izquierda y para sorpresa de los conservadores, de los timoratos conservadores que todo lo ven lleno de peligrosos rojos, la desafección de los suyos, la de quienes se desengañan del partido, del gobierno y del sistema, acaban recalando en las aguas del enemigo surgido del catodismo mediático.

Se afirma con una excesiva categorización que los españoles están hartos, cuando la realidad es que sólo una parte de los españoles están hartos. Si seguimos las encuestas resulta evidente que entre el 45% y el 55% de los electores siguen confiando en el duopolio PP-PSOE que ya amenaza con reconvertirse por interés nacional -¡Qué poco te queda Pedrito como no cambies!-, por interés de los mercados y de la oligarquía, en la ecuación irresoluta de PP+PSOE=x+y. Se habla de los millones de votos que momentáneamente han huido de estas opciones, pero muy poco de los millones que por conformismo, por formar parte del sistema corrupto clientelar del que viven desarrollado por el bipartidismo, o por aspirar a colocarse en la pomada que forman los amigos políticos y los familiares políticos, están encantados con el duopolio; encantados con ser más peperos o socialistas que nadie, más de derechas o de izquierdas que nadie, para en el fondo ser los más conservadores porque no quieren cambios en el sistema que les aúpa a la cúspide social aunque sea en alternancia. Y entre ellos destacan todos los que presumen de una ideología que utilizan como coartada para mantener su posición de privilegio, porque para ellos y solo para ellos gobierna el partido que deja las migajas para los demás, compartiendo esa mentalidad que, por ejemplo, nos dice que es mejor trabajar un poco con salario mísero que no trabajar, la misma filosofía que lleva a convertir a los niños en esclavos de los textiles o del calzado en el Tercer Mundo.

No sé repito cuál es límite del hartazgo entre esas gentes, aunque creo que, pese a los esfuerzos por iluminarlos de los bienintencionados, ese hartazgo no existe porque después se conforman con los caramelos que reparten de casa en casa a través de las servidumbres comunicativas de informativos y tertulianos de todo pelaje y condición. Esos que se exaltan con la reiteración de la maldad del contrario, PP-PSOE y viceversa, pero que se pirran por el acuerdo PP+PSOE para salvar a los españoles de ellos mismos.

¡Qué se puede esperar de unos electores que hoy -para ustedes probablemente ayer o antes de ayer- se indignan por un rato con la liberación del asesino múltiple Santi Potros o la excarcelación de Plazaola! Ha sucedido, por enésima vez, con un gobierno de mayoría absoluta de la derecha. Pero ya se sabe que excusas siempre existen y las cuentas de las jaculatorias peperas son casi infinitas. Por ello la idolatrada lideresa, la aspirante, el corazón de las derechas, se puso antes la venda mediática, porque sabía que la herida se iba a producr, diciendo que quiere que los terroristas estén en la cárcel recordando el "lamentable" caso Bolinaga. Excusas que permiten argumentar, con mayor pena que gloria, al club de los enfadados que lo que pasa es que no son verdaderamente de derechas, pese a que hasta hace dos días apoyaban, se conformaban o miraban hacia otro lado ante esa política. Y ahí están los del si votaste a Espe o a José María nos tienes que votar a nosotros cuando el rosario de excarcelaciones comenzó en los idolatrados tiempos de Josemari cuando estaban encantados de haberse conocido.

A esas gentes de derechas este tema, el de la liberación de los asesinos múltiples, como el del aborto o la corrupción solo les importa en el bar o para quejarse diciendo en voz alta: ¡Ah, si hubiera un partido... si se unieran! Para a renglón seguido, tras el desahogo, pensar el el bolsillo del burgués y mantener, porque si no vienen los rojos, su sacrosanta fidelidad en este caso al PP porque por el otro lado parece que el juguete ha comenzado a quedarse sin pilas.

Podría yo aquí repasar las veces que en público o en debates entre amigos, todos ellos por supuesto de derechas y fieles votantes del PP, los que se ufanan en tirar de carné y blasonan de ser el núcleo duro al que harán caso cuando lleguen mejores tiempos -¡es que nos gobiernan los tibios, son las circunstancias, llegará un día...!-, he denunciado el recurso al eufemismo, la utilización del desconocimiento de que lo que aparentemente son sinónimos cuando en realidad son antónimos. ¡A cuántos he explicado que cumplimiento íntegro de las penas no significa nada, que es un engaño! No es más que la gran mentira, comprada sin mucho esfuerzo, utilizada por el PP para que nada cambie. No recuerdo las veces que he explicado que ese cumplimiento significa que los terroristas tendrán que estar entre rejas treinta ó cuarenta años, pero que nunca los cumplirán porque gozarán de reducción y beneficios penitenciarios; que por la ley española da lo mismo a un terrorista matar a uno que a treinta y cinco -caso de Santi Potros-; que condenar a alguien a 3000 años de cárcel es una boutade y un mal chiste de humor negro con el que tranquilizar a una opinión pública que respira aliviada con un "se ha hecho justicia". La realidad es que 35 asesinatos se saldan con unos meses por cabeza ya que con 28 años de cárcel se sale a la calle para recibir los homenajes de esos que nos decía el tándem Rajoy-Cospedal que iban a ilegalizar en cuanto llegaran al poder. ¡Cuán grande es el valor en los mítines y en los titulares y en qué poco resta cuando se llega al poder y priman las encuestas y la conveniencia política! Pero siempre hay una excusa, una culpa no propia: son cosas de la Justicia, de nuestro ordenamiento legal, de ese nido que es la Audiencia Nacional, de la independencia de los poderes, de la ley penitenciaria... ¡Córcholis!, por no decir un taco en recio castellano. Esas leyes inicuas, moralmente execrables, las hicieron ustedes, el duopolio PP-PSOE (uno las hace y el otro no las cambia). Y ustedes se benefician políticamente de su aplicación porque en la hoja de ruta está la liberación de los etarras y el consenso de dejar dormir el sueño de los justos la larga lista de asesinatos de los terroristas sin resolver. Después, eso sí, sus hooligans ponen el grito en el cielo porque el chico de la coleta habla de hacer lo mismo que están haciendo., pero ya se sabe lo poco grato que es el refrán de la paja, la viga y el ojo. Mariano sabe que los terroristas van a salir a la calle merced a las reducciones y a aplicaciones más que cuestionables de los huecos de la ley, que medio centenar de asesinos van a seguir la estela de Santi Potros... Pero, Mariano, como de costumbre se pondrá de perfil y dejará que el tiempo eche serrín sobre el vómito. ¡Qué bien vienen a la política algunas decisiones judiciales y que el juez Marlasca inclinara la decisión a favor de las tesis de los terroristas! ¡Cómo no recordar aquello de la sensibilidad ante el polvo del camino! ¡Cómo no recordar que si el señor Mas ha hecho lo que ha hecho, por muchas denuncias que se acumulen, es porque los socialistas eliminaron el delito cometido del código y Mariano, que para esto es un lumbreras, acongojado, no lo restauró para evitar tener que aplicarlo no fuera a perder un futuro socio!

Por cierto, en qué estaría yo pensando, si mi propósito era hablar de los imputados, los aforados, los sospechosos, los dimitidos con la conciencia tranquila, de la corrupción de alta y baja intensidad, de los becarios y hasta de la Pantoja y el pequeño Nicolás que ha acabado siendo la pimienta del sarao que tiene como cantaores, guitarristas, palmeros y danzantes a la casta política, mientras que los que asisten al espectáculo pagan la cuenta y, como en las buenas pero crapulosas tabernas, de paso les roban el reloj y la cartera. Sin obviar que me desayuno con la noticia de la oferta de acuerdo al señor Urdangarín para que al final no haya juicio no sea que las alfombras comiencen a levantarse y la cosa se complique con una infanta de por medio.

Viendo lo escrito me asalta la idea de si lo acontecido, la enésima liberación de terroristas, no será también muestra del grado de corrupción en que nos hemos acostumbrado a vivir. Acaso cabe mayor corrupción moral que la de un sistema que ha creado un entramado legal, de estúpida ideología progresista -pobrecitos delincuentes resultantes de las injusticias y vicios de la sociedad, prístinos en el origen y contaminados por la vida-, que permite a un asesino múltiple salir a la calle ciscándose en las víctimas que fueron condenados por sujetos como Santi Potros o Plazaola a la cadena perpetua de la muerte física. Esos que se permiten decir que ellos no asesinaban sino que ejecutaban. E insisto, ¡qué bien vienen a la política del gobierno estas liberaciones y que otro sea el responsable mientras emulan a Pilatos!

Una corrupción más en un mar de corrupciones reales y morales no tiene importancia -piensan-. Ahora toca sacar pecho y decir que la Justicia está actuando, que no se tiene nada que ocultar. Después vienen los sonrojos, las charlas, las componendas y los intermediarios, incluyendo los conseguidores que sacan soluciones de la chistera para hacer carrera en la larga lista de pícaros que abonan el estiércol de la realidad. Pero de eso, por falta de espacio, tendré que hablar otro día porque firmo y pongo rúbrica a estas líneas el festivo día de la Constitución que este año se transforma en el día del centro comercial, el del mismo mercadeo que nos muestra al augusto Felipe VI conduciendo llevando a la vera al mismísimo Arturo Mas con encantadora sonrisa.

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Vaya por delante que mis conocimientos no alcanzan a los venturosos críticos que tienen que asumir la inevitable obligación de comentar -criticar sería en este caso un atrevimiento me temo que imperdonable- la obra de Antonio López que entiendo, desafortunadamente para el artista, va a pasar a la historia como La familia de Juan Carlos I, cuando por la resultante más debiera rotularse como Los familiares de Felipe VI. Aunque magro sea mi currículo como crítico de arte son muchos los años explicando las grandes obras de la pintura como para no poder hablar sobre un lienzo que pretendía hacer historia y dudo mucho que vaya a abandonar paredes secundarias del Patrimonio Nacional, y entre ellas probablemente no se encuentre ninguna de la Zarzuela.

El principal problema del lienzo, de ahí su para muchos resultado fallido, es la propia razón del lienzo y la inevitable comparación con dos obras maestras de la historia de la pintura, Las Meninas de Velázquez y La Familia de Carlos IV de Francisco de Goya, donde a la maestría del retrato, la captura del espacio o el dominio de la atmósfera -el virtuosismo técnico- se sumaba la metáfora indirecta o la mirada crítica a una familia como la de Carlos IV digna de un serial radiofónico o un programa de cotilleo incluyendo la sospecha de las infidelidades regias. En ese marco la obra de Antonio López, por más explicaciones que se quieran dar, quedará en un quiero y no puedo. En un retrato familiar para el salón de invitados incapaz de monopolizar la atención del espectador al final de un pasillo de obras de arte en el Museo del Prado.

Antonio López, admirador y estudioso de la obra de Velázquez, del que se repite esa frase propia, lanzada para manual de historia del arte, de que "una obra se concluye cuando llega al límite de sus posibilidades", tengo la impresión que se ha quedado en el camino, que ha buscado una solución que no ha encontrado o quizás se haya colocado entre líneas, a futuro, en una posición interpretativa a la usanza de Goya que hoy no somos capaces de percibir. El hombre que pinta como si realizara fotografías, cuyo centro de atención, su pasión como pintor, su esfuerzo por captar como Velázquez el espacio, se radicalizaba en los ochenta en la pintura fotográfica de los paisajes vivos del Madrid urbano, donde ha mostrado la maestría hiperrealista que lo singulariza, no se caracteriza por una atracción retratista. Que yo recuerde quedan sus retratos familiares en alguno de los cuales brilla su capacidad para fundir los personajes con unos fondos que en este retrato real han sido voluntariamente obviados. Su obra nos quiere acercar a su modo de ver que se singulariza en lo inanimado. Está luego su fe en los volúmenes especialmente en su obra escultórica y su virtuosismo con el pincel. Se esperaba mucho de una obra realizada a lo largo de veinte años -muchas de sus obras son el resultado de largos años de trabajo- pero pintada al mismo tiempo que trabajos que poco o nada tenían que ver con el encargo. Quizás por todo ello era difícil que de sus pinceles saliera el gran retrato conjunto que con el encargo se presumía.

Es un hecho que Antonio López, no sé sin por convencimiento o por imposición, quizás por ambas razones, ha renunciado a retratar a la Familia Real para quedarse con unos personajes que cuando les toca se revisten con la aureola caduca de la realeza, pero que daría igual que se apellidaran Borbón o Pérez. No es el Goya que nos caracteriza a los personajes ocultos tras el brillo de los encajes, las condecoraciones, las puntillas y los terciopelos o quizás sí haya algo de ello forzando una interpretación que solo el autor podría explicarnos. No nos ha querido, en su fotografía para el salón, resaltar el por qué o el para qué de la monarquía. Ni ha sido capaz de ser fiel a una parte de su biografía pictórica para colocar a los personajes en un espacio íntimo que nos dijera algo más de ellos o en un espacio abierto a la realidad del tiempo. Es más a futuro van a quedar congelados en un espacio vacío que trasluce una sencilla falsedad que sabemos inexistente. Y es que Antonio López ha confundido la monarquía, por campechanos que sean los Borbones, con una familia de la alta burguesía de la diagonal catalana o de la milla de oro madrileña. O quizás era eso lo que de él se esperaba en una obra que en el fondo debe incluir dosis de propaganda.

Es posible que con el paso del tiempo, si es que merece otro recuerdo que no sea la firma del autor, este trabajo supere las lecturas inmisericordes del espectador de hoy. De ese que se pregunta por los que faltan, por la invisible Letizia -maldades del suegro dirán siguiendo la inefable ortodoxia de los saberes de Peñafiel-, que hará mil una tesis sobre las separaciones/distancia entre los retratados o exclamará "¡Qué familia!". Pero tanto hoy como mañana, me temo que nunca llegue a despertar la admiración artística que nos suscita una familia tan poco gratificante como la de Carlos IV.

Es evidente que Antonio López ha hecho guiños en la dirección de la luz a Goya y a Velázquez, que como ya no hay pintores de cámara, sino bien remunerados artistas -dudo que alguien piense en los 50 millones de pesetas de 1997 cuando lo fundamental para el artista dada su cotización probablemente haya sido la oportunidad histórica que le brindaba el Patrimonio Nacional-, no podía incluirse en la tela. Sin niños ni parientes, cuando se encargó la obra no los había, Antonio López optó por el friso goyesco -curioso pero el corrector automático acaba de cambiar la referencia por el adjetivo grotesco que resulta excesivo-, aunque al final, no sé si por la evolución histórica y la lectura política que esta obra encierra, el actual rey -príncipe entonces- se sitúe en primer plano, casi ejerciendo de presentador, dejando como dirían mis alumnos que el aire corra entre él y el resto, dejando atrás a una familia fría y distante. Porque si algo transmite el cuadro de Antonio López es una frialdad absoluta, son personajes sin alma ni corazón. Hasta tal punto que, a falta de ver la obra en directo, mi primera impresión fue la de encontrarme ante unas cortinas a lo que contribuye la tonalidad de las vestimentas de las infantas y el estampado del traje de doña Sofía. Hasta tal punto que no encuentro diferencias anímicas entre una calle de Antonio López y este retrato familiar, y en este sentido prefiero las calles. Aunque acercando la mirada a la fotografía realizada por el pintor, a las pequeñas muecas de sonrisa de Elena y Sofía, no me resigno ante la idea del instante de la memoria en el que se añora la apariencia perdida. Pero quizás esto sea ir muy lejos.

Probablemente Patrimonio Nacional, ergo los consejeros áulicos, escogió a Antonio López porque su pintura, su fotografismo, evitaba miradas críticas y abría la posibilidad de que el reinado dejará también huella en la historia del arte, que me imagino era lo que se buscaba. Ignoro si el pintor recibió algún tipo de instrucción sobre lo que se quería transmitir. Solo he leído sobre la negativa del rey a incluir a quienes no consideró nunca componentes de la Familia Real, a los que fueron llegando mientras se desarrollaba la obra. Era un retrato para la Historia y se ha quedado en una pintura con poca historia. Quizás haya querido ser el homenaje perpetuo a una familia modélica según la autocensura de la época de la que hoy solo quedan rescoldos. A futuro, al contrario de la grandeza que continúa destilando la obra de Goya que vence a personajes tan abyectos como el bobalicón Carlos IV, la infiel Maria Luisa de Parma o el felón Fernando VII, van a quedar en las lecturas temáticas, por la distribución y las líneas de relación, las miserias del cotilleo y los tribunales de los familiares de Felipe VI. Y eso que falta Letizia.

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Con el cine confieso que me pasa algo similar al ballet, que no acabo de entender muy bien a los directores que más que versionear -en el cine básicamente- realizan actualizaciones de clásicos intentando reverdecer grandes éxitos. Así, si en el ballet la pobre Giselle acaba pasando de las puntas a arrastrarse por los suelos en el cine todo se vuelve oscuro, predominan los harapos y la suciedad... Confieso que no me suelen agradar las reversiones de obras icónicas de la historia el cine realizadas ahora con la excusa de atraer a nuevas generaciones de espectadores a historias de éxito. Las frustraciones se cuentan por decenas. Afortunadamente no han llegado a puerto los intentos de rodar nuevamente el Lo que el viento se llevó, especialmente tras el fracaso de Scarlett como continuación; ni los ojos de Julia Ormond ni el saber hacer de Harrison Ford pudieron con la Sabrina de Bogart y Hepburn; mejor no hablamos de birrias como el Quo Vadis creo que rodado en Polonia, el subproducto de un nuevo Ben-Hur para la juventud de hoy o la prescindible historia de El Álamo tras la magnífica y épica película de Wayne.

Viene al caso la cita porque desoyendo a algún amigo mi impenitente faz de cinéfilo me llevó a la sala para ver la nueva cinta de Ridley Scott Exodus. Dioses y reyes o la historia del mítico Moisés reconvertido por la publicidad en el hombre que "desafió a un imperio y cambio el mundo", y, por la intención del director y la productora, en el "general que Dios necesita", intentando dar de la mano de Christian Bale, que no es Rusell Crown, una réplica que reverberara a su exitoso Gladiator. Y si los hermanos Cohen intentaron -sin conseguirlo a mi juicio- hacer olvidar a Wayne en su versión de Valor de Ley, Scott no solo no logra que nos olvidemos de Heston, el actor fetiche de tres grandes épicas cinematográficas, sino que Bale nos recuerda a Heston cada dos por tres en el gesto y la fotografía, aunque me parece que ambos, actor y director, estaban más cerca del Cid que de Moisés. Y por eso Bale consigue que el espectador se retuerza menos en la butaca y le cueste ceder a la tentación de sacarse el movil y dedicarse a otra cosa. Mejor olvidamos cualquier comparación de Edgerton con Yull Brynner en el papel de Ramsés porque Scott quería un malo sin mayores pretensiones y no un tour de force entre los protagonistas. Como me temía, pese a tanta alharaca, tanto 3-D y tanta parafernalia digital, Scott no consigue hacer olvidar la obra de Cecil B. De Mille Los Diez Mandamientos, ni siquiera en el momento cumbre de la apertura a del Mar Rojo.

Scott podía haber propuesto una relectura del mito acorde con los avances de la investigación arqueológica; situarnos ante el posible Moisés histórico; olvidarse de la imposible coincidencia de los hechos con el reinado de Ramsés el Grande en vez de encontrar allí la excusa para rodar una gran batalla recreando relativamente la batalla de Qadesh (1274 a.C.); trasladar los hechos al más que probable siglo VII a.C. incluso plantear el cómo de la historia del Moisés real o de las gentes que llegaron desde Egipto a Canaán de forma más pacífica que bélica durante los reinados de los faraones Psamético I y Necó II, posibles herederos de aquellos otros que fueran llevados a Egipto tras la victoria de Merneptah, sucesor de Ramsés II -faraón que algunos estiman pudo ser el de los tiempos de Moisés-, o retroceder en el tiempo hasta la salida de los hicsos en los años de Ahmose que tornaron a Canaán... Pero Scott solo buscaba, amparándose en lo épico, enterrar Los Diez Mandamientos. Puesto a ser iconoclasta podía, directamente, presentarnos a Moisés como una recreación de las historias orales realizada en el siglo V a.C. para dar fundamentación mítica al reino de Judá. Pero entonces, casi con seguridad, su relectura de la cinta de De Mille hubiera dormido el sueño de los justos. Básicamente porque ante cualquiera de las opciones un Moisés sin fe no tiene sentido. Y es ahí donde falla la visión de un Scott capaz de hacernos creer en unos terroríficos aliens pero que, ante el miedo a que tachen su cinta de propaganda religiosa, tiene que andar todo el tiempo justificándose por la presencia de un Dios en el que no sólo no cree sino que quiere desvirtuar hasta grado sumo.

Dejo a un lado los pastiches visuales donde todo se mezcla en un solo espacio, desde los templos de Luxor a los restos de Memphis, pasando por las pirámides de Gizeh y rematando con la escalonada de Saqqara junto con un improbable busto a gran tamaño o que en tiempos de Ramsés se siguieran construyendo pirámides cuando ya los faraones se enterraban en el Valle de los Reyes, por más que visualmente refleje la misma grandeza o falsedad que el cartón piedra de De Mille aunque llegara a rodar en la zona. Nadie va a discutir la solvencia de Ridley Scott, ni el perfeccionismo del fotograma, aunque aquí los efectos digitales no tienen la fuerza necesaria y queden desaprovechadas las célebres plagas, porque ni los efectos salvan un guión que casi parece haberse ahogado en el Mar Rojo y un reparto más que desigual para una obra en la que los secundarios debieran haber tenido una mayor definición. No entro en los filtros utilizados que desdibujan el colorismo del Egipto real o en un vestuario que en Moisés se torna algo más que extraño, ni en el oasis de la familia del protagonista, ni en una recreación que las más de las veces me parece disonante -a qué cuento la pesadez documental del matrimonio de Moisés, para qué enfrascarse en unas notas de amor romántico cuando nada tienen que ver con la historia que se esta narrando- porque lo trascendente es descifrar las preguntas que se hace el director y lo que nos quiere decir.

Ignoro por qué razón algunos esperaban otra cosa de un director que ya nos explicó que para él "la religión es la mayor fuente del mal" y es evidente que así nos presenta a un Dios niño que es así aún más terrible y que se desespera porque la táctica guerrillera de un general es muy lenta.

No estamos ante un relato bíblico ni ante una exaltación de la Fe. No es una película de épica religiosa como lo son Los Diez Mandamientos. Pero es que ni tan siquiera es una gran historia épica con el Éxodo como fondo. Lo que subyace a lo largo de un metraje de dos horas y media es la incredulidad cuando no la animadversión a la faz religiosa de la historia que narra. Indirectamente, busca sembrar la idea de si no fue todo una sugestión del propio Moisés (una piedra que le da en la cabeza en la noche lluviosa que nos lleva al monte prohibido).

Dios aparece representado en un niño al que solo ve Moisés y con el que discute en unos diálogos con pretensiones que te dejan un tanto frío y que a ratos son casi de serie B porque para Moisés es un dios al estilo de los dioses del politeísmo, nunca es la actitud del creyente. Moisés, naturalmente, recurre a la acción directa y violenta para liberar a su pueblo rompiendo así con la interpretación bíblica, es el general que Dios reclama. Scott quiere sembrar las dudas en el espectador, negar la verosimilitud de los hechos: todo tiene una explicación lógica, científica (aunque el guionista se haga un lío y por un lado nos hable de las arcillas del río y Scott lo haya vuelto rojo por una sangrienta batalla a dentellada limpia entre los gigantescos cocodrilos del Nilo) y solo enmudece cuando tiene que enfrentarse al exterminio de los primogénitos egipcios, no por creencia sino porque es lo que necesita para expresar la terribilitá de Dios. Todo lo demás se puede explicar, incluso recurriendo a un chocante tsunami que tras permitir el paso por el Mar Rojo sepultará a toda una orgullosa división egipcia. Lo demás Scoot prefiere obviarlo, de ahí que nos hurte la escena del becerro de oro y la bajada de Moisés desde el Sinaí con las Tablas de la Ley de Dios para hacernos ver al protagonista grabando con el cincel la piedra para poder seguir dejando a Dios al nivel de la alucinación que ha dado a Moisés la orden de iniciar su aventura.

La publicidad nos ha presentado esta historia como una gran superproducción cuando el tiempo de las superproducciones pasó. Nada deja al espectador con la boca abierta en una historia en la que a lo terrible de la religión se superpone la lucha por la liberación que es lo que pienso que motivó a Scott y su guionista hasta hacerse un lío con la narración. A Exodus solo la salvará el número de copias, el nombre del director y el empuje de las primeras semanas de exhibición, si se hubiera tenido que medir con los modelos de proyección y comercialización de 1956 -año de Los Diez Mandamientos- de lo que sí fue una auténtica superproducción dormiría el mismo sueño en los almacenes que la sepultará dentro de unos meses porque tras la primera hora es una película tan muerta como tediosa. Pero Scott es un director taquillero y eso le ha permitido dar esta inútil vuelta de tuerca a Los Diez Mandamientos, una pirotecnia en la que algunos son capaces de encontrar hasta una reflexión sobre el carácter destructivo del hombre.

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20141220131312-image.jpgEn la muerte de Serapio Martínez Moñino

Hubiera querido acercarme a decirle adiós, a musitar un ¡Presente! y una oración. Las circunstancias y la coincidencia lo han hecho imposible pero no quiero dejar pasar el tiempo escudándome en la distancia y la lejanía a mis fotos y notas para no despedirle con un recuerdo. Esta mañana de un viernes de diciembre, cuando hace unos días despedia a otro divisionario que marchaba a los luceros, casi por casualidad, al leer la prensa local, no puede evitar un rictus de rabia al leer la esquela que comunicaba el fallecimiento el día 18 de Serapio Martínez Moñino, voluntario de la División Azul. Mi relación con él no fue muy profunda. Hace tres o cuatro años le escribí una carta a la dirección que un amigo me había facilitado. Un buen día al descolgar el teléfono y oír su voz, antes de que me dijera quien era ya le contestaba: usted es Serapio Martínez.

Quedamos inmediatamente en la residencia donde se encontraba. Recuerdo que el primer día me comentaba que estaba algo nerviosos, que casi no había dormido recordando sus días en la División, aquellas semanas en el infierno de Possad, a sus amigos Felipe Marín Fuentes y César Rocamora, guardaba unas fotos de ellos, caídos allí. Pero quería que charláramos, desempolvar sus recuerdos para que quedara constancia. Me había preparado un álbum con sus fotos de Rusia: "casi todas son del hospital porque era cuando teníamos tiempo de hacernos fotos". En una carpeta tenía todos los fascículos del coleccionable que yo había escrito entre 1991 y 1992 sobre la División Azul. No sabia que eran míos. Tenía guardados los versos de su amigo Luis Luna y un registro con heridos y caídos de su compañía, la 2ª del 263 del Regimiento Vierna, la compañía de los murcianos.

Desgranó su experiencia en la zona republicana, la persecución, su detención y haber sufrido una ejecución falsa: "nos llevaron a una zona de tiro, formaron el piquete y nos dispusimos a morir, fingieron que iban a disparar pero los disparos no sonaron". Más tarde al movilizar la quinta del cuarenta los republicanos le llamaron a filas, fingió ataques epilépticos: "yo no quería ir a disparar contra los míos". Finalmente tuvo que incorporarse pero el bueno de Serapio se las apañó para no disparar y acabó de ayudante del Comisario Político de la unidad: "yo, un tradicionalista encargado de la lealtad política de la tropa" y reía cuando me lo contaba. Todo ello pesó en su decisión de alistarse en junio de 1941, tenía 21 años. La guerra hacia dos años que había acabado, estaba afiliado a Falange y tenía todas las puertas abiertas, pero decidió marchar a Rusia a combatir al comunismo.
Estuvimos charlando toda la tarde y en no pocas ocasiones sus ojos se tornaron vidriosos. Anécdotas de la vida cotidiana, de los "jaleos" de sus compañeros con las rusas: "yo era muy inocente". Su recuerdo más duro era el de ver caer a sus amigos: "Possad fue algo terrible. Yo había estado en el frente pero aquello era la guerra de verdad. No podíamos estar en los refugios, te mojabas, te helabas o te asfixiabas... La comida era muchas veces fría. Aún quedaba alguna casa de pie, pero era muy peligroso. Nosotros quitábamos algunos troncos para poder disparar... un disparo voló una de ellas con los nuestros dentro, sólo pudimos recoger los pedazos en una manta". Serapio salió relativamente bien de Possad: "se me congeló el pie. No sé como no caímos todos. Debió ser el último día. Nos atacaban por todas partes. Alguien dio orden de calar bayonetas y salir de las trincheras, yo iba medio cojo pero cargamos cantando el Cara al Sol y pusimos a los rojos en fuga". Después vino el hospital. Conservo en mi archivo copia de sus fotos: con el pijama, jugando al ajedrez o paseando por los alrededores del hospital.



La guerra se terminó pronto. En marzo de 1942 volvía a Murcia junto con otros heridos. Serapio se mantuvo siempre leal a sus ideas. Recuerdo haberle visto, pese a su edad y limitaciones, en la misa del Veinte de Noviembre por Franco y José Antonio. Se cogia su autobús y allí estaba cumpliendo con su deber. Yo no quería ahora faltar al mío, que ya es despedir de forma pública a mis viejos Soldados de Hierro que se marchan a sus luceros.

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20141220004411-image.jpgEn la muerte de José Antonio Ramos.



Francisco Torres García.- Un correo electrónico en algunas ocasiones te deja sin palabras y hace que los recuerdos desfilen ante tus ojos. Nunca le agradeceré lo suficiente a Néstor que, en momentos de dolor, se haya acordado de mí. Gracias a él puedo dar el último adiós a uno de mis más valientes y admirables Soldados de Hierro, José Antonio Ramos, voluntario de la División Azul, herido muy grave en Krasny Bor, once años preso en los campos de concentración soviéticos, Vieja Guardia de la Falange, miembro de la Acción Católica; el hombre al que Garcia Rebull, en unas notas reservadas sobre el comportamiento de los soldados españoles cautivos, añadiría de su puño y letra la calificación de "muy bueno" que solo tuvieron unos pocos, porque el "pequeño Ramos" fue allá, donde más difícil lo era, un héroe a diario.

Hace muchos años, casi tres décadas, un viejo amigo ya fallecido, Alejandro, me dijo: quieres conocer a un valiente. No lo dudé. Unos días después me encontraba con José Antonio. Y allí con una grabadora de cinta de por medio -alguno de mis lectores ya ni sabrá a lo que me refiero- me fue desgranando su vida, narrándome una década de sufrimientos que habían quedado en su memoria. Todavía le dolían las heridas de Krasny Bor, cuando al caer prisionero, pese a saber y ver que los rusos remataban a los que no podían andar -un año antes los prisioneros eran directamente pasados por las armas-, quería poner fin al sufrimiento de una muere lenta, pero su teniente, Honorio, no le dejó, le ayudó a continuar arrastrándose, pero sin caer.

José Antonio era un hombre de tremenda fe. Me recordaba la persecución, la vida en la Murcia roja, su participación en la liberación de la ciudad antes de que entraran los nacionales. Aquel chico de la Acción Católica de Santa Eulalia nunca perdió la fe. Me confesaba que él nunca creyó que pudieran salir del cautiverio en los campos de concentración soviéticos, pero nunca perdió su fe, allí rezaba siempre. Para mí que Dios le dio fuerzas. El pelo se le quedó prematuramente blanco y los presos le llamaban "el profesor". En dos o tres ocasiones me relató el "favor" que le hizo un médico en el campo llegándole a diagnosticar tuberculosis. Lo hizo para intentar alargar su supervivencia y volvió a España creyendo que tenía una enfermedad que entonces se consideraba casi mortal. Poco después volvió a tener noticias de aquel doctor alemán que le explicó lo acontecido: "y yo en aquel hospitalillo, conviviendo con los esputos y utilizando las mismas cucharas. Lo que no sé es cómo no enfermé de verdad".

José Antonio fue de los primeros en alistarse. Algunos no creían que tuviera el valor para hacerlo. Le decían, dada su religiosidad, que "olía a cera". Pero el pequeño Ramos consiguió plaza y acabó en la 4ª Compañía del 263, era de los más jóvenes. Había recuperado sus estudios de peritaje y con su hoja de servicios tenía abiertas todas las puertas, pero...

A finales de marzo de 1943 ya estaba en el lugar de concentración para volver a España, habían dejado aquellos hombres sus equipos de invierno. El general Esteban Infantes ordenó retrasar la salida ante el inminente ataque soviético en Krasny Bor. La situación de la División Azul, situada en el punto de ruptura, era crítica. Dicen que se pidieron voluntarios entre los que iban a volver y Ramos volvió a su unidad sin botas de invierno. En la noche del diez de febrero su compañía avanzó, su capitán resultó mortalmente alcanzado. Al ver al pequeño Ramos el teniente Martín le ordenó que cogiera las botas del capitán: "yo no quería, pero Martín no cejó... aquellas botas irían conmigo". En aquel avance quedaron cercados formando en cuadro con las máquinas apuntando a los cuatro puntos cardinales hasta quedar sin munición.

Dura muy dura fue la vida en los campos, pero nunca percibí en su relato odio o resquemor. Incluso con aquellos otros españoles, alguno de su propia provincia que le tomó especial inquinia, desertores o antiguos republicanos, que fueron sus guardianes. En una ocasión le pregunté por aquellos hombres. Me dijo: "no quisiera yo..." Y desconecté la grabadora. Guardaba muchos secretos porque fue de los insobornables, hasta tal punto que Muñoz Grandes, una vez en España, le llamó en varias ocasiones, tenía que prestar declaración sobre el comportamiento de los oficiales. Me consta que fue sincero, que contó lo que había vivido aunque desmitificara a personas. Le ofrecieron puestos de confianza, que se quedara en Madrid... pero quería seguir en Murcia, volver a la vida, recuperar los años perdidos, formar una familia... pensó en retomar sus estudios pero se veía muy mayor por lo que en 1954 iniciaba su carrera profesional.

En varias ocasiones las lágrimas asomaban a sus ojos y teníamos que parar porque se hacía realidad todo lo sufrido. Me relataba el dolor de su madre primero cuando se dio por vencida y admitió la muerte -conservaba su esquela-, después la alegría de saber que estaba vivo. Guardo copia de unas fotografías, como la que ilustra este recuerdo, de su retorno: en Barcelona con su padre y su hermano. Fue un encuentro entre el padre y el hijo, conmovedor hasta tal punto que aparece en el reportaje realizado por NODO, Retorno a la patria, de la llegada del Semíramis. Una fotografía en la que su padre le coge la cara con las dos manos, con los rostros desencajados, fue premio periodístico. La última vez que le vi lamentaba haberla perdido. Yo le había localizado algunos documentos y le prometí encontrarla. Finalmente la conseguí pero no he podido entregársela. Tengo otra foto de aquella noche en Barcelona de los tres, el padre con sus dos hijos, y lo trascendente es que los rostros siguen desencajados: "mi padre me cogió la mano y no me la soltó hasta que llegamos a Murcia".

Retornó con sus compañeros como un héroe. Las Juventudes de la Acción Católica con su estandarte al frente fueron a recibirle en el límite de la provincia. A hombros entró en la Catedral y él, pese a su natural modestia, gritó a pleno pulmón: ¡Viva Cristo Rey! Y allí estaba su madre. También guardo varias fotografías, simiente para un nuevo libro, de aquel encuentro de la madre con el hijo. Había guardado como un tesoro sus cartas y sus postales.

En una ocasión le acompañaba una de sus nietas. Yo le comenté ¿sabes que tu abuelo fue un héroe? Y él, naturalmente, sonreía con su proverbial no fue para tanto. Deberían haberle dado la Medalla Militar Individual, pero... En mi última visita musitaba: "yo ya quiero descansar". Me admiraba su serenidad al decirlo como hombre de fe que sabe que la vida comienza después. Se ha ido rodeado de los suyos -como a todos nos gustaría marchar-, tranquilo y sereno, diciendo que iba a ver a sus padres.

Queda para su familia el ejemplo, su vida, su dedicación. Para mí, además del recuerdo, la gratitud por compartir retazos de su vida conmigo. Sus confesiones: en realidad los que resistimos siempre fuimos muy pocos; y me recitaba los apellidos como una letanía bien guardada para que yo no olvidará su testimonio.

El testimonio sin importancia de las heroicidades: como aquella huelga de hambre en el campo de concentración soviético mantenida durante días, con torturas para hacerles comer a la fuerza, en la que a pesar de llegar a la debilidad suma, cuando los rusos pusieron bidones con comida caliente a las puertas de la barraca se levantaba para ir a tirarlos al suelo. Testimonio de la desesperación de ver a quien en el hospitalillo llegó a cortarse las venas a mordiscos. Testimonio de un resistente que no se rindió el día que fue hecho prisionero. Testimonio a veces increíble de ir a trabajar cantando el Cara al Sol -"a los rusos les entusiasmaba hacernos cantar"- hasta que alguien explicó al jefe comunista qué era aquella canción -"nunca más supimos de él-.

José Antonio, allá donde estés, desde estas líneas, desde las páginas que las acojan, un lacónico ¡Presente!; cinco rosas y una oración. Eso es todo y es mucho. Eso sí, quedamos en el cielo para que me sigas contando cosas.

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20141229202516-image.jpgHace unos días un amigo me prestó -alertándome sobre su contenido- una “novela histórica” que pretendía retratar algunos episodios de la vida de Santiago Carrillo con un título alentador “Con la piel de cordero”. La novela histórica es un género difícil que requiere dominar perfectamente la biografía de los personajes, su visión del mundo, el tiempo en que vivieron y tener la capacidad de reconstruir escenas y diálogos sobre los que no se tienen más que referencias, rellenando además esos huecos de los que no se tiene información haciéndolos creíbles.
El autor, según leo de antecedentes ideológicos falangistas, es el periodista Josele Sánchez y ha buscado promoción anunciando que en la novela se revela el secreto más tétrico de Santiago Carrillo: estranguló a su primera mujer y la enterró en el jardín de la casa parisina de Dolores Ibárruri, la célebre Pasionaria. Según sus propias declaraciones no fue fácil conseguir la documentación para el libro, pero en realidad no hay nada que no sea conocido, ni que no esté en cualquiera de las numerosas publicaciones que se han hecho sobre el PCE y Carrillo, incluyendo el tema de la muerte sospechosa de la primera mujer o compañera del dirigente comunista. Ya en 2012 el diario El Mundo publicó las contradicciones de Carrillo en este tema derivadas de sus sucesivas memorias y entrevistas.
Vaya por delante que Santiago Carrillo es uno de los personajes más abyectos de la política española del siglo XX; que su carrera política, como todo el mundo sabe, está cimentada en un camino de cadáveres; que ese peregrinar arranca en Paracuellos del Jarama, continúa con la persecución del POUM, tiene un nuevo pico en la destrucción del aparato comunista surgido en el sur de Francia que dirigió la invasión guerrillera a finales de la Segunda Guerra Mundial, tuvo su brillo en los procesos en Moscú y en su biografía quedan para la historia las acusaciones de eliminación o entrega de compañeros del PCE al dictado de la URSS o de sus intereses. Todo ello se conoce con precisión desde hace décadas sin que haya sido ocultado por pacto alguno o mediante secuestro de documentos rescatados por los personajes de Josele Sánchez. Otra cosa es que a los muñidores de una Transición cuyo objetivo era consolidar un modelo bipartidista, que impulsaron la expansión del PSOE en detrimento de un PCE que fracasó en el enésimo movimiento táctico de Carrillo, les interesara integrar a los comunistas y los comunistas asumieran que sólo tenían esa posibilidad. Carrillo no necesitaba pacto alguno para su protección más allá de acusaciones de actividades políticas ilegales. Por su responsabilidad de sobra conocida y aireada en los asesinatos masivos de Paracuellos era inviable pedirle cuentas en los Tribunales, pero no por la ulterior ley de amnistía o por pactos avalados desde la Zarzuela, sino porque la propia legislación franquista hacia años que había dado por prescritos los crímenes de la guerra; otra cosa es que la historiografía izquierdista, que era predominante, anduviera borrando de la historia -en ello continua- los crímenes de los suyos para transformar a vulgares asesinos en víctimas del franquismo y héroes de la libertad.
El autor ha escrito una “novela” muy desigual que se lee rápido, aunque con poco interés para quienes se trate de hechos conocidos sin necesidad de ser especialistas en la materia. Y a mi juicio ha desperdiciado las amplias posibilidades que da un personaje como Carrillo para una novela histórica. Demasiadas páginas para que el autor invente o muestre una desinformación asombrosa. Y eso es lo preocupante, porque si en un momento dado esas partes, que como el autor ha dicho son una “verdad histórica” que se percibe claramente frente a la ficción, se caen como un castillo de naipes se podría poner en tela de juicio lo que sí son verdades innegables como Paracuellos del Jarama y la actuación contra sus enemigos políticos en el seno del PCE. Mejor hubiera sido que prestara más atención a lo que él mismo pone en boca de uno de sus personajes cuando dice “eso pasa cuando los periodistas, dicho con todo respeto, os da por meteros a historiadores”.
Anda el autor empeñado, y esto tiene otra lectura, en demostrar que Santiago Carrillo era el hombre de Stalin en España en 1936 cuando la realidad es que Carrillo era un dirigente de segunda abriéndose camino hacia lo alto. Lo que me lleva a pensar que el autor ha querido de algún modo librar de determinadas responsabilidades a otros dirigentes del Frente Popular. El retrato no puede ser menos real: Carrillo es el hombre de Stalin al que teme todo el Comité Central del PCE en 1936, buró del que el líder supremo desconfía, es el niño de mimado de Rosenberg. ¡Sorprendente revelación! Sobre todo porque todo el mundo sabe que el PCE sufrió la purga en 1932 pedida desde España por el nuevo grupo dirigente estalinista que en su mayoría había estudiado en la escuela de Lenin y en la academia de Frunza: José Díaz, Jesús Hernández, Vicente Uribe, Antonio Mije, Manuel Hurtado y Dolores Ibárruri. A los que en 1936 se sumaría con Álvarez del Vayo. Hombres de toda confianza de Moscú. Otra cosa es que en el diseño táctico del Comintern, con un obediente PCE dispuesto a deglutir al socialismo, entrara el control absoluto de las JSU que dirigía un triunvirato del que formaba parte Carrillo.
Pero el autor necesita un Carrillo con conexión directa con Stalin porque quiere darnos otra primicia: una particularísima y llena de errores versión del asesinato-ejecución de José Antonio Primo de Rivera. Lo que de paso le permite darle un palo a Franco, cosa que repite un par de veces más. Nos cuenta, sin que venga a cuento, que Franco se opuso al ofrecimiento republicano de canjear al fundador de la Falange por el hijo de Largo Caballero que estaba preso en la zona nacional. Curioso, porque lo sucedido es exactamente lo contrario y los testimonios de ello no son ni uno, ni dos, ni tres. Pero dejando a un lado los testimonios nacionales queda el de Ángel Galarza, ministro de la gobernación republicano, y del socialista Julián Zugazagoitia que plantearon esta posibilidad a la que Largo Caballero se negó. Es más, con autorización de Franco, el escritor Eugenio Montes llevará a Francia la oferta del hijo de Largo Caballero, dinero y una lista en blanco de nombres para el posible canje. Y si en algo tan sencillo el autor inventa, no pocos podrían acabar sumando dos y dos con el resto del trabajo.
No contento con el palo, como anunciábamos, inventa el autor la intervención decisiva de Santiago Carrillo en los hechos, en el asesinato de Primo de Rivera. Para ello llega a Valencia en la madrugada del 17 de noviembre para reunirse a las cinco y media de la mañana con el juez Enjuto, el fiscal Vidal Gil Tirado, Indalecio Prieto y el secretario del tribunal López Zafra. No está mal, teniendo en cuenta que el juicio se inició el 16, que el 17 era el día clave de las conclusiones definitivas y de los informes finales; que la sesión del 16 se cerró entre las doce y las tres de la mañana y que con los medios de la época las dos horitas largas no te las quitaba nadie para ir de Alicante a Valencia. En definitiva, que el fiscal ni durmió entre el viaje de ida y vuelta a Valencia para recibir unas órdenes que no necesitaba, además de las varias horas de reunión a tenor de lo tratado según Josele Sanchez que complican la cronología. Y todo ello para que Carrillo llevara la orden de Stalin de fusilar a José Antonio. El autor ignora, independientemente de las licencias, que Enjuto no era el juez sino el juez instructor y que no intervenía en la sala, que López Zafra era solo un secretario sin intervención en el proceso y que Vidal Gil Tirado no necesitaba ninguna instrucción porque su propuesta era la de pena de muerte; que las 48 horas que da Carrillo ya están fijadas legalmente porque son las que se aplican en los Consejos (el orden del 17 ya estaba establecido). Todo ello ¿por qué? Sencillo, porque el autor quiere mantener, a duras penas, eso sí, la leyenda de que no se quería ejecutar a José Antonio, al que querían hasta los anarquistas. Y nos presenta al ministro de Justicia, el anarquista García Oliver, dubitativo hasta la intervención de Carrillo. Lástima que no se haya tomado la molestia de leer los resúmenes de las reuniones previas al juicio de García Oliver con quienes iban a juzgar a José Antonio, de la imposición por parte del mismo de las penas que se tenían que pedir… Lástima que nos hurte la votación en el Consejo de Ministros donde la mayoría, incluyendo al señor Prieto y a los anarquistas, votaron a favor de la condena a muerte. Tampoco el trabajo de documentación ha sido fructífero en lo referente a la ejecución de José Antonio donde los errores son abundantes (ni González Vázquez mandaba el piquete, ni era salomónico de seis comunistas y seis anarquistas, ni hubo orden de fuego…)
Pero volvamos a Carrillo. En realidad, Carrillo es nombrado miembro de la Junta de Defensa porque es el representante de la JSU que es una organización independiente, con una fuerte estructura en Madrid, y que como tal debe tener representación, y porque el PCE con Mije -ferviente estalinista- domina la Consejería de Guerra y quiere un afín en Orden Público. Carrillo tiene que hacer méritos pues no lleva tanto frecuentando al grupo dirigente del PCE. Son los servicios prestados los que le van a llevar al buró político del PCE en 1937, primero Paracuellos y después la participación en la persecución del POUM, y es ahí donde ganará notoriedad y reconocimientos. Curiosamente el autor refiere con detalle la mecánica para la selección de los ejecutables en Paracuellos pero olvida explicar que la "eliminación" es fruto de un acuerdo previo con los anarquistas. Pero durante todo este tiempo Carrillo no tuvo un papel relevante en la dirección comunista que obedecía ciegamente los designios de Moscú sin que Carrillo tuviera que ser el intermediario.
No sé si Carrillo llevó una vida disoluta durante su etapa Hispanoamericana cuando fue enviado allá en 1940 como agente de la Comintern tras estar en Moscú donde su compañera recibió entrenamiento como operadora de radio. Lo que sí sabemos es que su vuelta a Europa nada tuvo que ver con esa vida como nos sugiere Josele Sánchez, sino con la necesidad de acabar con el autonomismo de los dirigentes comunistas en el sur de Francia y la pronto fracasada invasión guerrillera. Una acción que permitirá a Carrillo ascender hacia la cumbre del comunismo estalinista. Eso sí en el relato del exilio el autor nos pinta a la aviación nacional -aunque diga que alemana e italiana- ametrallando las columnas de refugiados que huían a Francia (“la aviación enemiga se desliza a baja altura e inmisericorde ametralla el convoy de fugitivos”), lo que es una aportación novedosa porque no tenía constancia de esas acciones, o nos informe de que “decenas de miles de repatriados acaban sus días ante un pelotón de fusilamiento” (no debe conocer muy bien los datos de ejecuciones tras la guerra ). Aunque supongo que es para compensar, con el palo a Franco, (de quien, en otra perla típicamente izquierdista, el autor nos dice que murió como empezó, fusilando), la siniestra imagen de Carrillo y de paso darle un disgusto a los lectores de derechas de la novela, porque me supongo que pocos de otro signo van a adquirirla.
No puedo cerrar este comentario, ya de por sí largo, aun dejando muchas perlas en el tintero -lo del asesinado de Trotsky es de nota-, sin hacer referencia a lo del “estrangulamiento”. Dejemos a un lado que la fuente del autor sea el testimonio no publicado de Enrique Lister -enemigo declarado de Carrillo al que yo en persona oí relatar en una charla la verdad del personaje que no tuvo desperdicio aunque sonara a justificado rencor-. Cuando en 2012 se habló del tema de forma notoria también se publicó que Asunción Sánchez Tudela, distanciada de Santiago Carrillo, inició una relación con Antonio Muñoz Martín, que era uno de los encargados de los operativos de radio de Carrillo en Francia y que según informes de la policía francesa, que procedió a finales de los cuarenta a desarticular la estructura del PCE en Francia porque se estimaba que realizaba tareas de espionaje para la URSS, huyó con Antonio Muñoz, falleciendo en Cuba en 1958. Tampoco existe constancia de que cuando se construyó en el lugar en que se encontraba la casa de la Pasionaria en las obras se encontrara cadáver alguno. Dejo dicho esto porque si las revelaciones sensacionalistas que sirven de reclamo a la novela, presentadas en declaraciones a la prensa no como ficción sino como realidad -al menos eso se desprende de los titulares-, se confirman como falsas flaco favor habrá hecho esta fallida novela histórica a la verdadera historia de un sujeto tan despreciable como Santiago Carrillo.

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