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Tras el anuncio de una nueva tregua de 72 horas y prácticamente un mes de “guerra” parece que las autoridades israelíes, alcanzados sus objetivos militares y políticos, están dispuestas a poner fin a la operación Margen Protector. Como en otras ocasiones el hecho desencadenante poco o nada ha tenido que ver con la enésima ofensiva del ejército israelí. Es más, se ha reconocido que Hamas nada ha tenido que ver con el asesinato de tres jóvenes en Hebrón, causa oficial para la propaganda bélica.

Como de costumbre los debates sobre lo acontecido se han polarizado en función de la simpatía que despiertan los israelíes o los palestinos; sobre el derecho de cada uno a estar en aquellas tierras que da legitimidad a la acción armada. Se puede continuar en la explicación de los hechos retrotrayéndonos a la declaración Balfour, al hecho fundamental de no haber creado un estado palestino y un estado israelí, a la incapacidad de la ONU para hacer que sus resoluciones valgan de algo y al fracaso permanente de las continuas conversaciones de paz forzadas desde fuera pero con poco apoyo desde dentro.

En aquel punto geográfico lo que se está produciendo es una guerra perpetua que se libra con un desequilibrio evidente entre la capacidad destructiva de ambos contendientes. Guerra perpetua como opción, porque la única solución es que Israel admita la creación de un Estado Palestino independiente en Gaza y Cisjordania, a lo que como se ha reiterado Tel Aviv se niega lo que, junto con los muros y las alambradas, ha dado fuerza a la Intifada primero y a Hamas después deslegitimando la viabilidad que en un tiempo pudo llegar a tener el recurso a la Autoridad Nacional Palestina.

Margen Protector no ha sido más que una nueva fase de esa guerra perpetua cuyas fases anteriores más importantes fueron Pilar Defensivo (2012) y Plomo Fundido (2008). Margen Protector fue lanzada al viento de unas condiciones geopolíticas consideradas como idóneas: primero, la falta de apoyos de Hamas en los países vecinos; segundo, el fracaso americano que ha destrozado Irak, Libia y Siria que invita a la pasividad; tercero, la expansión del yihadismo que también está presente en la Franja de Gaza.  Los objetivos de la operación parecen claros: primero, como es habitual eliminar “terroristas” de Hamas y destruir su capacidad operativa; segundo, advertir claramente a la población civil de que el apoyo a Hamas contribuirá a su destrucción; tercero, empujar a los palestinos al abandono de la zona incrementando las ya duras condiciones de vida en la Franja; cuarto, favorecer la imagen de la Autoridad Nacional Palestina como opción viable para los palestinos de Gaza.

La Franja de Gaza es un estrecho territorio pegado al mar con una altísima densidad de población, más de cinco mil habitantes por kilómetro cuadrado que se han visto aún más hacinados tras la decisión israelita de ampliar la franja de exclusión desde el muro y las alambradas en tres kilómetros, perdiendo la Franja el 44% del territorio. Ahora con una parte considerable de las infraestructuras dañadas, con miles de viviendas destruidas o dañadas y casi un cuarto de población desplazada, las condiciones de vida serán mucho más duras. Resta por saber si el duro castigo privará de apoyos a Hamas, haciéndole abandonar sus refugios en las ciudades, difícil porque prácticamente no hay zonas libres, o por el contrario alimentará nuevos rebrotes del conflicto. Militarmente es evidente que se trataba de golpear la zona y no de ataques selectivos contra las cabezas como sucedió durante Plomo Fundido. Y en este sentido la operación israelita ha sido un éxito.

Hamas sale de Margen Protector militarmente debilitado. La destrucción de los túneles que permitían burlar el muro que aísla Gaza, la inutilización de arsenales y el agotamiento de parte de las reservas de sus proyectiles M-75 y M-302, que pueden alcanzar prácticamente cualquier punto de Israel, con la demostración de la inutilidad de los mismos ante el sistema defensivo Cúpula de Hierro, junto con un millar de bajas entre sus combatientes, constituyen un duro golpe pese a las baladronadas de quienes consideran que prácticamente han ganado la guerra olvidando que para Israel se trata de una guerra perpetua, aunque en esta ocasión hayan tensado hasta extremos insostenibles la capacidad de la opinión pública occidental de mirar hacia otro lado cuando se exhiben las imágenes de niños destrozados, de escuelas y hospitales atacados.

 

PD. Este artículo fue publicado en Diario Ya al proclamarse la tregua. Hoy transcurrida la misma, tras la decisión de Hamas de lanzar proyectiles al minuto siguiente de expirar el plazo y la contestación limitada de Israel con ataques selectivos, la situación viene a ser la misma que la retratada en el artículo. Mucho me temo que continuarán las acciones localizadas como vano intento de negociar desde una posición de fuerza que Hamas no va a lograr.

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No sé si en los centros norteamericanos la historia del cine comienza a ser una asignatura más; un modo de revisar la visión del pasado y los acontecimientos diarios, de los modos sociales, a través de esa forma literaria que son las películas. Confieso que siento cierta debilidad por ver películas del Oeste que vienen a contar la historia de la conformación de los EEUU y la visión que los propios norteamericanos han tenido de un proceso que ha conformado su personalidad. Es imposible comprender a los norteamericanos, por lo menos del siglo XX -hoy ya tengo mis dudas-, sin haber visionado el modo en que se enfrentaron a su pasado en el cine porque sus particulares cantares de gesta anidan en Fort Apache, Duelo al Sol, Murieron con las botas puestas, Solo ante el peligro, La Diligencia, Río Rojo,  Hondo, El hombre que mató a Liberty Valance o Centauros del Desierto.

Un simpático compañero me comentaba que odiaba determinado tipo de películas americanas, gran parte del cine americano en realidad, especialmente las del Oeste, por la proliferación de banderas y patrioterismo que contenían -no creo que hubiera visto muchas más allá de las de la caballería cargando aunque quede aquella escena genial de Duelo al Sol como paradigma-.

Uno de los grandes narradores de la conformación de los EEUU, pero sobre todo del carácter de los americanos, ha sido John Ford. Nadie como él ha relatado el paso de la América construida por los individuos a la América ya civilizada. Viene al caso porque entre mis reiteraciones sobre la filmografía del maestro me parece un alarde una película que en España se tituló Caravana de paz –en Francia fueron más atinados pues se rotuló como El convoy de los bravos- aunque su título original era Wagon Master (RKO 1950). La historia de una caravana de mormones camino de California en cuyo reparto, plagado por los habituales de su compañía, a excepción de Wayne, aparecía el popular Ward Bond. La película es el origen de uno de los primeros éxitos de las series televisivas americanas -naturalmente abundaron las del Oeste- Wagon Train, protagonizada por Bond en el papel del mayor Seth Adams hasta su fallecimiento en 1960. Entre 1957 y 1960 la serie mantuvo pegados al sillón a los americanos y abrió la puerta a otras grandes producciones tan recordadas como Bonanza o El Virginiano.

Ver Caravana, pues así se tituló en un español de aquellos de insufrible doblaje latino era una de mis asignaturas pendientes. Afortunadamente el vídeo ya llenado este hueco y ando revisando la primera temporada. Naturalmente la serie sería para muchos políticamente incorrecta, entre otras razones porque Ward Bond fue uno de esos autores vapuleados por la crítica y odiado por la progresía debido a su posición anticomunista y presidir la Alianza de Actores y Directores para la preservación de los valores americanos a la que apoyaron Wayne, Ford y Cooper entre otros. Y viene al caso porque Wagon Train venía a exaltar esos valores de los que, por ejemplo, Wayne era más que un arquetipo el arquetipo. El hombre con un solo código: “A man’s got to have a code, a creed to live by”.

El argumento es parecido a la película madre de Ford, una caravana y las vicisitudes de su recorrido (en el caso de Ford era una caravana de mormones hacia California). La serie, rodada con alto presupuesto y buenos guionistas, en la que participaron numerosos directores y que contó con la participación estelar en los capítulos de estrellas de la época, incluyendo a John Wayne, nos llevará en un viaje interminable desde Missouri a California. Es una epopeya que va retratando a cada uno de aquellos “conquistadores” civiles que poblarán el Oeste. Al igual que el maestro Ford los directores y guionistas utilizarán, sobre todo en las cuatro primeras temporadas, el paisaje como un actor más. El paisaje y rodar allí, fuera de los estudios, era una metáfora de la defensa de la libertad frente a la dictadura de los estudios en el caso de Ford. Si en la película original, constante en el cine de Ford, veremos que se alterna la individualidad y la comunidad, la solidaridad frente al egoísmo, la exaltación de la camaradería también la rastrearemos en Wagon Train de ahí el interés que visionar esta serie tiene a pesar del paso del tiempo, porque quedan muchas claves del modo en que se veían los americanos retratados en aquellos personajes que de verdad conquistaron el Oeste e hicieron los EEUU, independientemente de cuál fuera su origen nacional, social o incluso moral, porque la caravana era también un espacio de redención.

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Se ha escrito que Raphael, probablemente la gran estrella española de la música pop, si es que se le puede calificar de pop, de la canción melódica, aunque me temo que la fuerza de sus interpretaciones le lleva más allá de esa calificación (escuchen su potente versión de Adoro y ya me dirán), nuestro crooner/chansonnier patrio por excelencia, a sus 71 años está viviendo una segunda juventud musical plasmada en el arranque de su nueva y maratoniana gira que se ha iniciado en España, después le llevará a Hispanoamérica, a EEUU y, si el cierre a la importación no lo impide, a la mismísima Rusia.

Nuestra estrella musical por antonomasia ya no es sólo el cantante de unas fans que han ido añadiendo años a la cuenta de la vida a su compás, sino que está consiguiendo algo tan difícil como romper las barreras generacionales. Cuando muy pocos se atreven a versionear, en su línea musical, alguna de sus canciones (el resultado suele ser lamentable porque sus creaciones, pese a todo, resultan inimitables y las voces no resisten comparación alguna) son artistas jóvenes, algunos independientes, los que reivindican a nuestro particular divo musical con reinterpretaciones a su estilo como han hecho Vega (grande cantando Mi gran noche), Elefantes, Alaska, Niños Mutantes o Miss Cafeína. Toda una generación, libre de prejuicios, ha redescubierto a Raphael y este ha revisado en su gira anterior y en la presente el repertorio que le encumbró. Porque más allá de ser aquel cantante que tanto sufría en sus letras de amor, también existe otro Raphael juvenil de canciones desenfadas y vitalistas (impagables Estuve enamorado de ti, A pesar de todo o Todas las chicas me gustan) como la España del desarrollo que en los años sesenta aparecía en el mundo para decir: “Oiga que yo estoy aquí”.   

Raphael es Raphael sobre las tablas de un escenario, en directo. Ya he perdido la cuenta de las veces que he acudido a uno de sus conciertos en los últimos veinte años, el último hace unos días en San Javier (Murcia), después de su apabullante éxito en el festival indie de Sonorama, aunque, como casi todos los de mi generación, le recordemos de cuando éramos niños cantando por Navidad su célebre Tamborilero. Ahora sus conciertos son una mezcla variopinta, pese al precio de las entradas -el alto IVA cultural está haciendo mucho más daño a la música que la piratería-, de seguidores donde te puedes encontrar a veinteañeras que cantan a dúo con el cantante canciones tan bellas como Cierro mis ojos o Cuando tú no estás probablemente porque echan de menos en la música actual ese tipo de composiciones; que cantan a pleno pulmón Mi gran noche o que también entonan como himnos -algo que han remarcado los nuevos arreglos- Qué sabe nadie o En carne viva.

El secreto de por qué engancha Raphael es simple: no vas a escuchar a un cantante. Él es, ante todo y sobre todo, un intérprete, un actor de la canción en el que se hace moderno todo el influjo de las grandes cantantes de la copla hispana, desde Juanita Reina a Marifé de Triana, capaces de interpretar una vida o una historia en cuatro minutos. Su show es eso: la salida a escena de un artista que está casi tres horas solo en un escenario. Cuando los cantantes llegan a cierta edad, cuando la garganta no responde como antes, además de la técnica y de las tablas, recurren a la orquestación, a los coros que les cubren, a los artificios… Raphael, sin embargo, es solo una voz que se impone a un cuadro de soberbios músicos, porque seguir a alguien que coloca la letra cuando quiere, sometiendo el ritmo del compás al ritmo de la interpretación, un poco al estilo de Sinatra, requiere grandes acompañantes. En cada actuación, pese a conservar una increíble potencia en la voz, Raphael se la juega, el espectador asiste a un endiablado tour de force, entre el artista y sus éxitos, porque sus canciones requieren un tremendo esfuerzo vocal y cuando, como le pasa a los grandes, como le pasa ahora a los Rolling Stones, en algún momento se quiebra se recupera para dar un salto mortal aún más difícil. Resulta curioso ver cómo consigue levantar los aplausos y gritos con sus desplantes, con esos finales en los que exhibe la potencia de su voz como Elvis movía sus caderas. Y eso es lo que cautiva.

Raphael ha conseguido lo más difícil, ser el artista imperecedero por el que no pasa el tiempo. No es el ajado cantante que se sube al escenario para cantar sus viejos éxitos, para entonar sus himnos generacionales a sus seguidores de siempre; sigue grabando, pese a la dictadura de las compañías discográficas frente a las que ahora -algún productor se debe estar tirando de los pelos por su deseo de jubilarle- actúa con absoluta independencia y sus discos se venden como rosquillas por plataformas como itunes (número tres en ventas al ponerse para la reserva con dos meses de antelación a su salida).

Además, Raphael es un artista de vida privada intachable; con una familia que no se ha roto -como las de casi todos los cantantes-, que está al margen de la basura que provoca la vida de la farándula, que vive en España y que paga sus impuestos en nuestro país. Ha triunfado cantando en español y tiene la virtud de caer bien. En alguna ocasión, al principio de su carrera, cuando se convirtió en estrella internacional en poco menos de dos años tras fichar para Barclay, se planteó la posibilidad de cantar en inglés, pero su planteamiento fue: “Si los Beatles triunfan cantando en inglés porque no voy a triunfar yo haciéndolo en español” (nota que deberían tomar los productores de los muchos programas buscadores de estrellas en los que se empeñan en que los aspirantes canten de forma continua en inglés para un público que después va a ser básicamente español). Pero es también un pedacito de la historia reciente. Fue estrella internacional del Beirut reluciente de los sesenta, destrozado hoy por las estúpidas y suicidas jugadas geoestratégicas. El cantante cuya biografía pulveriza el mito de la España aislada que hasta triunfo en la URSS cuando el comunismo estaba en todo su esplendor e hizo que los rusos -más bien las rusas- comenzaran a estudiar español para entender las letras de sus canciones. El cantante de la España del desarrollo que despertaba enormes envidias cuando le invitaban a aquellos festivales de Navidad que organizaba la mujer de Franco en los que se daban puñetazos por actuar los que luego preferían borrar aquello de sus biografías para acabar pareciendo que el único que actuaba era Raphael. El cantante que sufrió, pese a ser una estrella, vetos increíbles. El que en España asentó la idea del concierto de música pop. El artista que ha llenado los grandes templos de la música mundial. Y, sobre todo, la banda sonora de millones de españoles que prácticamente lo consideran de la familia. Porque ¿quién no tenía un disco de Raphael en casa?

Raphael es hoy nuestro particular Mick Jagger pero también nuestro Stallone que sigue en las taquillas como si estuviéramos en los ochenta demostrando a los que han hecho de la juventud única edad con visibilidad estética que se han equivocado. Raphael es la demostración palpable, cuando casi todos se han prácticamente jubilado, de que los viejos rockeros nunca mueren… Todo eso y mucho más es esta estrella que, como el mismo entona, sigue siendo aquel.   

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A estas alturas, en vísperas de Asambleas no sé si definitivas y definitorias, a pesar de tener cierta fluidez a la hora de desentrañar el mensaje y el lenguaje político, sigo sin saber realmente qué es ese artilugio llamado VOX.

Vaya por delante que a los de mi generación esas siglas nos recuerdan más a un diccionario que a un partido político por lo que no nos extrañan el cúmulo de acepciones políticas que según quién sea el interlocutor adquiere el vocablo latino transmutado en partido. Personalmente, la mayor parte de sus dirigentes y algunos de sus teóricos militantes que ejercen por las redes de autoproclamados voceros -alguno creo que se pasa el día intentando hacer méritos para tener cualquier carguito- me parecen un conjunto de señores de “derechas”, sin que sepan muy bien qué es ser de derechas salvo en su acepción más casposa, incomodados por no haber conseguido puesto en el PP o formar parte del grupo dirigente del PP. Añádase a ello su teórica alineación con la más abierta defensa del liberalismo económico que nos lleva directamente a la insolidaridad social, porque en el fondo sus dos grandes premisas son la imposición de lo privado y que las regulaciones las haga el mercado.

Volviendo al VOX oficial, el partido indefinido, nos cuentan que existen en él dos almas que se están enfrentado a muerte -no sé si tomármelo a risa- de cara a su reunión septembrina donde no sé si está preparado el apuñalamiento de César: una liberal y otra conservadora. Alguien debería recordar a estos diferenciadores de la nada que en España, desde mediados del siglo XIX, históricamente, los conservadores eran liberales y que solo durante la Segunda República existió una derecha antiliberal que se quedaría ojiplática ante la carga ideológica de estos muchachos. Dejando la historia a un lado aún ando tratando de descifrar donde radica la diferencia ideológica entre un conservador y un liberal en la actualidad (recordemos que VOX reivindicaba a Esperanza Aguirre y José María Aznar como modelo de sus votantes). Aceptemos a efectos explicativos que exista diferencia entre los afiliados de VOX derivados del descontento con el PP (donde también habría conservadores y liberales) y los exseguidores de Mario Conde (SCD) llegados al inventillo.

La realidad es mucho más diáfana. VOX no es un Jano bifronte como algunos pretenden, aunque posiblemente continúe instalado en ese paradigma, es simplemente una madeja de complejos. Nació como partido de centro-derecha, lo que ideológicamente se traduce como liberal-conservador; buscó desesperadamente los votos de la derecha del PP y esperaba que le afluyeran los votos “patriotas”  de una extremaderecha bastante despistada cuando aparece alguien que parece que toca su misma música, dejando claro, esos sí, que eran grupos reprobables que manchaban su impoluta hoja de servicios democráticos. Su adalid, entre varios adalides, llevaba años en ese juego y al quedarse sin el seguro escaño europeo desapareció dejando la presidencia a otro dinosaurio del centro-derecha español como presidente digital (digital de nombramiento dactilar).

Llegados a esta fecha en VOX, que todavía no es nada, están afilando los cuchillos y, como sucede a nivel nacional, para pasmo de unos seguidores a los que mayoritariamente solo alienta el cabreo con Mariano, levantándose unas alfombras que hacen difícil creer en sus aspavientos regenerativos y sus críticas a la casta de la que muchos de ellos formaban parte hasta antes de ayer, siendo parte de la pomada millonaria que a algunos les ha permitido vivir de la política o, al menos, tener un sobresueldo. Así las revelaciones de Cristina Seguí, la sonrisa de VOX, sobre las facturas de Quirós, sobre la empresa del hijo que factura al partido y otras bicocas derivadas de la riada de euros que se pusieron sobre la mesa para impulsar la operación y que están muy lejos de las posibles cuotas de sus militantes, abren serias dudas sobre lo que realmente ha sido VOX. A no ser que lo archivemos en el inventario de las andanadas de la guerra fratricida que se libra por ver quien flanquea finalmente a la prima dona silenciosa que es Santiago Abascal.

Así pues, en este batiburrillo, lo que reluce es que no parece que lo primordial sea la definición ideológica de VOX, más allá de lo que ya todos sabemos sobre su “oposición” -observen que entrecomillo- a las Autonomías, sino que, como en los demás miembros de la partitocracia, lo fundamental es la lucha por el poder.

Ya que ha salido el tema del poder convendría recordar, pese a las alharacas, que VOX no es un PODEMOS de derechas, ni Cristina Seguí, pese a que lo intenta, o Santiago Abascal un Pablo Iglesias mediático (entre otras razones porque sus preocupaciones y las de los ciudadanos andan un poco distantes). Tampoco sus 240.000 votos, evaluados en su distribución territorial, son garantía de futuro institucional alguno. Por poner un ejemplo, un movimiento de piezas de Mariano en este ajedrez bastaría para hundir la aventura de Abascal en Madrid si es que no se hunde sola. Ahora bien, no es menos cierto que las dificultades evidentes del PP en Valencia podrían inflar las aspiraciones de una Cristina Seguí a la que muchos parecen ver, realmente, como la “musa de la derecha radical” para encabezar una jugada tipo Rosa Díez o para poder acabar formando la Triple Entente de cara a las elecciones generales de 2016.

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La Partitocracia vence a la democracia.

 

He tenido una “interesante” sobremesa a cuentas de la pretendida reforma regenerativa de la democracia que está centralizando el retorno político de las vacaciones estivales como si fuera el principal e incluso el único asunto que preocupa a los españoles. Cierto es que mis contertulios, todos peperos confesos, todos de derechas de toda la vida, todos “fachillas” en el lenguaje coloquial, todos cabreados con su PP en la mesa pero nunca en el voto, estaban al borde del éxtasis argumental -con el mismo argumentario preparado por Génova 13 y repetido por cualquier dirigente de primera, segunda o preferente del partido- sobre las bonanzas de una propuesta que, para ellos, sólo tiene una justificación real: evitar perder parcelas de poder. Porque, cuando el debate se alarga y se acaba el medio folio genovés se llega a única conclusión: si no lo hacemos la izquierda tomará los ayuntamientos y ante esa realidad no caben circunloquios.

Argumentar que la reforma contribuye a regenerar la democracia es un chiste de mal gusto, porque lo único que se pretende es reforzar un bipartidismo al que la sociedad es cada vez más refractaria y evitar que continúe la llegada a las instituciones de otras opciones políticas que cuestionen el sistema. Si de verdad se quisiera regenerar la democracia y dar preeminencia a la voluntad popular sobre la partitocracia lo que propondrían sería: elección directa de alcalde, listas abiertas para la elección de concejales y aplicación de la proporcionalidad sin correcciones en beneficio de la mayoría. Un modelo que, naturalmente, reventaría las esencias de la partitocracia y pondría en peligro la pervivencia del modelo político de casta connivente con las oligarquías. Frente a ello, lo que el PP está buscando es, con un argumentario tan pobre como efectivo, repetido por sus secuaces mediáticos, precisamente lo contrario: reforzar la partitocracia (PP, PSOE, nacionalistas y unas migajillas para IU con las que dejar que Cayo Lara siga ejerciendo su papel orgánico). Consecuencia: los españoles continuarán alejándose de la política, dejándola en manos de los políticos e incrementándose el número de abstencionistas o votantes en blanco, que, dicho sea de paso, es uno de los objetivos colaterales de la trampa bipartidista: los que no votan o lo hacen en blanco no cuentan para ellos, se olvidan al minuto siguiente de finalizado el escrutinio.

En esta tesitura, creo que la milonga se ha convertido en el tipo de música que debiera acompañar a la propuesta popular, quizás hasta para variar el ritmo de su machona musiquilla. Cuentan, y no acaban, los jefes peperos que con ello se ganará en gobernabilidad y en la lucha contra la corrupción. ¡De risa! La propuesta sanamente partitocrática -que es la misma que tenía el PSOE cuando estaba en el gobierno- consiste en que gobierne la lista más votada y punto. En roman paladino, la filosofía de la regeneración se basa solo en dilucidar por ley quién se hace con el poder. Aunque es cierto que el modo de funcionar de muchísimos ayuntamientos tiene graves déficits democráticos, asentados en reglamentos que, naturalmente, cuando están en el poder nadie quiere reformar, el hecho es que la lista más votada pero sin mayoría, que en muchos casos sólo tendría el apoyo del 30% de los ciudadanos, haría que estos alcaldes, sin alianzas, sin acuerdos, vivirían en la debilidad permanente por las posibles votaciones perdidas (pero esto ni se plantea porque los ciudadanos siguen pensando en una estructura de poder en la que el que manda es el alcalde, lo que en algunos casos es rigurosamente cierto), lo que probablemente agravaría la acusada tendencia al chanchullo como opción. Queda la segunda falacia argumental: así se evita o ser reduce la corrupción. Pero hasta el menos espabilado sabe que es más fácil negociar con uno que con cuatro. Dejo a un lado aquello de que no se respeta la voluntad popular dado que, como todos sabemos, los partidos son adalides en el cumplimiento de sus promesas electorales.

La verdad es que la democracia, la voluntad popular, la regeneración, la lucha contra la corrupción, contra los enchufismos y el negociete de los “amigos políticos” (la corrupción legal), queda en un segundo plano cuando todo se reduce a quién gobierna y, sobre todo, a que gobiernen los míos.

Es malo que el gobierno, el PP y sus PP-periodistas nos tomen por tontos o que jueguen con el absurdo “miedo a la izquierda” con el espantajo de Pablo Iglesias y PODEMOS. La realidad es que el PP ha hecho cuentas y sabe que va a perder un número importante de ayuntamientos si se confirman las tendencias de voto de las europeas; que puede conservar la mayoría simple, pero una difícil coalición de izquierdas -no tan compleja a nivel local- acabaría arrebatándoles parte del poder local afectando al régimen clientelar. También teme lo que pueda pasar en algunas Comunidades Autónomas. Ahí está el presidente del PP murciano sacándose de la chistera una reforma para cambiar la distribución de las circunscripciones (ya tiene guasa que en una región existan circunscripciones electorales creadas para que la Ley D’Hont les de la mayoría de los escaños) evitando así la pérdida de escaños que ya se da por segura. Así pues solo se trata de puro cálculo electoral.

Eso sí, la idiotez argumentaría puede llegar a límites tan lamentables como los de Soraya Sáenz de Santamaría explicándonos que el PP no tiene intereses partidistas porque la reforma va a beneficiar a Bildu. ¡Toma contundencia argumental! Ese grupo político que el PP prometió ilegalizar -otra promesa olvidada-. Como también, añado yo, va a beneficiar a los nacionalistas que verán cómo se les entrega el gobierno y la nómina de cientos de municipios, con lo que ello conlleva, porque el PP, en aras de conservar las alcaldías y la clientela, habrá prohibido por Ley que se forme una coalición para evitar, por ejemplo, que los amigos de los terroristas gobiernen  en un Ayuntamiento. Y ahí queda para las estanterías de la estulticia las argumentaciones de los doctos que nos contaban que con las reformas electorales se frenaría el nacionalismo como excusa y justificación no declarada, como hacen los buenos intelectuales orgánicos, de su deseo de reforzar la partitocracia a nivel nacional.

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