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Vaya por delante que mis conocimientos no alcanzan a los venturosos críticos que tienen que asumir la inevitable obligación de comentar -criticar sería en este caso un atrevimiento me temo que imperdonable- la obra de Antonio López que entiendo, desafortunadamente para el artista, va a pasar a la historia como La familia de Juan Carlos I, cuando por la resultante más debiera rotularse como Los familiares de Felipe VI. Aunque magro sea mi currículo como crítico de arte son muchos los años explicando las grandes obras de la pintura como para no poder hablar sobre un lienzo que pretendía hacer historia y dudo mucho que vaya a abandonar paredes secundarias del Patrimonio Nacional, y entre ellas probablemente no se encuentre ninguna de la Zarzuela.

El principal problema del lienzo, de ahí su para muchos resultado fallido, es la propia razón del lienzo y la inevitable comparación con dos obras maestras de la historia de la pintura, Las Meninas de Velázquez y La Familia de Carlos IV de Francisco de Goya, donde a la maestría del retrato, la captura del espacio o el dominio de la atmósfera -el virtuosismo técnico- se sumaba la metáfora indirecta o la mirada crítica a una familia como la de Carlos IV digna de un serial radiofónico o un programa de cotilleo incluyendo la sospecha de las infidelidades regias. En ese marco la obra de Antonio López, por más explicaciones que se quieran dar, quedará en un quiero y no puedo. En un retrato familiar para el salón de invitados incapaz de monopolizar la atención del espectador al final de un pasillo de obras de arte en el Museo del Prado.

Antonio López, admirador y estudioso de la obra de Velázquez, del que se repite esa frase propia, lanzada para manual de historia del arte, de que "una obra se concluye cuando llega al límite de sus posibilidades", tengo la impresión que se ha quedado en el camino, que ha buscado una solución que no ha encontrado o quizás se haya colocado entre líneas, a futuro, en una posición interpretativa a la usanza de Goya que hoy no somos capaces de percibir. El hombre que pinta como si realizara fotografías, cuyo centro de atención, su pasión como pintor, su esfuerzo por captar como Velázquez el espacio, se radicalizaba en los ochenta en la pintura fotográfica de los paisajes vivos del Madrid urbano, donde ha mostrado la maestría hiperrealista que lo singulariza, no se caracteriza por una atracción retratista. Que yo recuerde quedan sus retratos familiares en alguno de los cuales brilla su capacidad para fundir los personajes con unos fondos que en este retrato real han sido voluntariamente obviados. Su obra nos quiere acercar a su modo de ver que se singulariza en lo inanimado. Está luego su fe en los volúmenes especialmente en su obra escultórica y su virtuosismo con el pincel. Se esperaba mucho de una obra realizada a lo largo de veinte años -muchas de sus obras son el resultado de largos años de trabajo- pero pintada al mismo tiempo que trabajos que poco o nada tenían que ver con el encargo. Quizás por todo ello era difícil que de sus pinceles saliera el gran retrato conjunto que con el encargo se presumía.

Es un hecho que Antonio López, no sé sin por convencimiento o por imposición, quizás por ambas razones, ha renunciado a retratar a la Familia Real para quedarse con unos personajes que cuando les toca se revisten con la aureola caduca de la realeza, pero que daría igual que se apellidaran Borbón o Pérez. No es el Goya que nos caracteriza a los personajes ocultos tras el brillo de los encajes, las condecoraciones, las puntillas y los terciopelos o quizás sí haya algo de ello forzando una interpretación que solo el autor podría explicarnos. No nos ha querido, en su fotografía para el salón, resaltar el por qué o el para qué de la monarquía. Ni ha sido capaz de ser fiel a una parte de su biografía pictórica para colocar a los personajes en un espacio íntimo que nos dijera algo más de ellos o en un espacio abierto a la realidad del tiempo. Es más a futuro van a quedar congelados en un espacio vacío que trasluce una sencilla falsedad que sabemos inexistente. Y es que Antonio López ha confundido la monarquía, por campechanos que sean los Borbones, con una familia de la alta burguesía de la diagonal catalana o de la milla de oro madrileña. O quizás era eso lo que de él se esperaba en una obra que en el fondo debe incluir dosis de propaganda.

Es posible que con el paso del tiempo, si es que merece otro recuerdo que no sea la firma del autor, este trabajo supere las lecturas inmisericordes del espectador de hoy. De ese que se pregunta por los que faltan, por la invisible Letizia -maldades del suegro dirán siguiendo la inefable ortodoxia de los saberes de Peñafiel-, que hará mil una tesis sobre las separaciones/distancia entre los retratados o exclamará "¡Qué familia!". Pero tanto hoy como mañana, me temo que nunca llegue a despertar la admiración artística que nos suscita una familia tan poco gratificante como la de Carlos IV.

Es evidente que Antonio López ha hecho guiños en la dirección de la luz a Goya y a Velázquez, que como ya no hay pintores de cámara, sino bien remunerados artistas -dudo que alguien piense en los 50 millones de pesetas de 1997 cuando lo fundamental para el artista dada su cotización probablemente haya sido la oportunidad histórica que le brindaba el Patrimonio Nacional-, no podía incluirse en la tela. Sin niños ni parientes, cuando se encargó la obra no los había, Antonio López optó por el friso goyesco -curioso pero el corrector automático acaba de cambiar la referencia por el adjetivo grotesco que resulta excesivo-, aunque al final, no sé si por la evolución histórica y la lectura política que esta obra encierra, el actual rey -príncipe entonces- se sitúe en primer plano, casi ejerciendo de presentador, dejando como dirían mis alumnos que el aire corra entre él y el resto, dejando atrás a una familia fría y distante. Porque si algo transmite el cuadro de Antonio López es una frialdad absoluta, son personajes sin alma ni corazón. Hasta tal punto que, a falta de ver la obra en directo, mi primera impresión fue la de encontrarme ante unas cortinas a lo que contribuye la tonalidad de las vestimentas de las infantas y el estampado del traje de doña Sofía. Hasta tal punto que no encuentro diferencias anímicas entre una calle de Antonio López y este retrato familiar, y en este sentido prefiero las calles. Aunque acercando la mirada a la fotografía realizada por el pintor, a las pequeñas muecas de sonrisa de Elena y Sofía, no me resigno ante la idea del instante de la memoria en el que se añora la apariencia perdida. Pero quizás esto sea ir muy lejos.

Probablemente Patrimonio Nacional, ergo los consejeros áulicos, escogió a Antonio López porque su pintura, su fotografismo, evitaba miradas críticas y abría la posibilidad de que el reinado dejará también huella en la historia del arte, que me imagino era lo que se buscaba. Ignoro si el pintor recibió algún tipo de instrucción sobre lo que se quería transmitir. Solo he leído sobre la negativa del rey a incluir a quienes no consideró nunca componentes de la Familia Real, a los que fueron llegando mientras se desarrollaba la obra. Era un retrato para la Historia y se ha quedado en una pintura con poca historia. Quizás haya querido ser el homenaje perpetuo a una familia modélica según la autocensura de la época de la que hoy solo quedan rescoldos. A futuro, al contrario de la grandeza que continúa destilando la obra de Goya que vence a personajes tan abyectos como el bobalicón Carlos IV, la infiel Maria Luisa de Parma o el felón Fernando VII, van a quedar en las lecturas temáticas, por la distribución y las líneas de relación, las miserias del cotilleo y los tribunales de los familiares de Felipe VI. Y eso que falta Letizia.

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