Desde hace tiempo sostengo que, en el rosario de presuntos y a veces oportunos descubrimientos de corrupción que nos sacuden, pesa la lucha feroz y cainita que se libra en el seno de los dos grandes partidos. Son las venganzas personales por los agravios, por los olvidos y los desplazamientos, las que abrieron la veda con las filtraciones interesadas que llevan a Suiza y a la celda. Probablemente no midieron hasta dónde llegaría la rueda una vez puesta a girar. El calendario nacionalista y las próximas municipales y autonómicas me temo que no nos van a dar respiro alguno hasta ese primer test de estrés que para los partidos, y especialmente para el PP, van a ser esos comicios.

No pocos andan vaticinando el fin del sistema, la implosión de los dos grandes partidos, fundamentalmente el PP, porque el PSOE es rehén de la situación kafkiana que le hace cerrar los ojos en Andalucía y depender de la burguesía nacionalista que hace años secuestro al PSOE tradicional en Cataluña, y quieren ver en la próximas elecciones el principio del fin del sistema, como si volviéramos a un abril de 1931.

Cierto es que, como en aquellas elecciones celebradas un 12 de abril de 1931, la batalla por la victoria política se librará por el control de las grandes ciudades y en este caso en los parlamentos autonómicos. En ambos es posible que se produzcan cambios significativos, porque los diputados y concejales salidos de los restos de la aplicación de nuestra antidemocrático modelo de reparto ya no irán, por la diversidad de fuerzas, exclusivamente al PP o al PSOE. Y como la batalla se va a librar en esas ciudades me parece que vamos a seguir desayunándonos con nuevas tramas de corrupción y detención de concejales,  consejeros y hasta algún que otro alcalde. Y con cada operación crecerá el descontento social hacia PP o PSOE y la basculación hacia opciones como PODEMOS, Ciudadanos o UPyD, lo que se producirá de forma más significativa, sin duda, entre el electorado de las grandes ciudades.

A diferencia de 1931 no existe una gran coalición dispuesta a cambiar el sistema, todo lo más a lo que aspiran es a arrebatar el mayor número de alcaldías posibles al PP y en especial hacerle perder el gobierno de la capital de España y de la Comunidad de Madrid. Y no nos sorprenda si en cualquier momento algunas revelaciones dejan al PP sin candidato/a estrella y tienen que recurrir a la desesperada a cualquier bombero.

En esta pelea unos aspiran a salvar los muebles, a ganar por la mínima, otros a demostrar que han entrado en fase de recuperación, algunos a ver si es posible robar la cartera con inventillos como Ganemos o similares imitando la táctica del Frente Popular y algunos aún dudan, pese a que su presencia sería desequilibrante, si deben entrar en una lucha municipal que de momento no figura entre sus objetivos, ni está en su guión estratégico.

  Las próximas elecciones de mayo no van propiciar el cambio del sistema, mayo no será abril. Pero es probable que en la lucha entre los partidos del sistema de 1978 (PP, PSOE, IU y nacionalistas) y las nuevas opciones, para mantenerse, los primeros acaben abriendo la temida reforma constitucional para transformar la estructura territorial de España en no se sabe muy bien qué.  Y eso si que puede llevarnos a un nuevo catorce de abril ante el que Felipe VI debiera  comenzar a plantearse si la institución que representa no sería algo perfectamente prescindible.

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