La Partitocracia vence a la democracia.

 

He tenido una “interesante” sobremesa a cuentas de la pretendida reforma regenerativa de la democracia que está centralizando el retorno político de las vacaciones estivales como si fuera el principal e incluso el único asunto que preocupa a los españoles. Cierto es que mis contertulios, todos peperos confesos, todos de derechas de toda la vida, todos “fachillas” en el lenguaje coloquial, todos cabreados con su PP en la mesa pero nunca en el voto, estaban al borde del éxtasis argumental -con el mismo argumentario preparado por Génova 13 y repetido por cualquier dirigente de primera, segunda o preferente del partido- sobre las bonanzas de una propuesta que, para ellos, sólo tiene una justificación real: evitar perder parcelas de poder. Porque, cuando el debate se alarga y se acaba el medio folio genovés se llega a única conclusión: si no lo hacemos la izquierda tomará los ayuntamientos y ante esa realidad no caben circunloquios.

Argumentar que la reforma contribuye a regenerar la democracia es un chiste de mal gusto, porque lo único que se pretende es reforzar un bipartidismo al que la sociedad es cada vez más refractaria y evitar que continúe la llegada a las instituciones de otras opciones políticas que cuestionen el sistema. Si de verdad se quisiera regenerar la democracia y dar preeminencia a la voluntad popular sobre la partitocracia lo que propondrían sería: elección directa de alcalde, listas abiertas para la elección de concejales y aplicación de la proporcionalidad sin correcciones en beneficio de la mayoría. Un modelo que, naturalmente, reventaría las esencias de la partitocracia y pondría en peligro la pervivencia del modelo político de casta connivente con las oligarquías. Frente a ello, lo que el PP está buscando es, con un argumentario tan pobre como efectivo, repetido por sus secuaces mediáticos, precisamente lo contrario: reforzar la partitocracia (PP, PSOE, nacionalistas y unas migajillas para IU con las que dejar que Cayo Lara siga ejerciendo su papel orgánico). Consecuencia: los españoles continuarán alejándose de la política, dejándola en manos de los políticos e incrementándose el número de abstencionistas o votantes en blanco, que, dicho sea de paso, es uno de los objetivos colaterales de la trampa bipartidista: los que no votan o lo hacen en blanco no cuentan para ellos, se olvidan al minuto siguiente de finalizado el escrutinio.

En esta tesitura, creo que la milonga se ha convertido en el tipo de música que debiera acompañar a la propuesta popular, quizás hasta para variar el ritmo de su machona musiquilla. Cuentan, y no acaban, los jefes peperos que con ello se ganará en gobernabilidad y en la lucha contra la corrupción. ¡De risa! La propuesta sanamente partitocrática -que es la misma que tenía el PSOE cuando estaba en el gobierno- consiste en que gobierne la lista más votada y punto. En roman paladino, la filosofía de la regeneración se basa solo en dilucidar por ley quién se hace con el poder. Aunque es cierto que el modo de funcionar de muchísimos ayuntamientos tiene graves déficits democráticos, asentados en reglamentos que, naturalmente, cuando están en el poder nadie quiere reformar, el hecho es que la lista más votada pero sin mayoría, que en muchos casos sólo tendría el apoyo del 30% de los ciudadanos, haría que estos alcaldes, sin alianzas, sin acuerdos, vivirían en la debilidad permanente por las posibles votaciones perdidas (pero esto ni se plantea porque los ciudadanos siguen pensando en una estructura de poder en la que el que manda es el alcalde, lo que en algunos casos es rigurosamente cierto), lo que probablemente agravaría la acusada tendencia al chanchullo como opción. Queda la segunda falacia argumental: así se evita o ser reduce la corrupción. Pero hasta el menos espabilado sabe que es más fácil negociar con uno que con cuatro. Dejo a un lado aquello de que no se respeta la voluntad popular dado que, como todos sabemos, los partidos son adalides en el cumplimiento de sus promesas electorales.

La verdad es que la democracia, la voluntad popular, la regeneración, la lucha contra la corrupción, contra los enchufismos y el negociete de los “amigos políticos” (la corrupción legal), queda en un segundo plano cuando todo se reduce a quién gobierna y, sobre todo, a que gobiernen los míos.

Es malo que el gobierno, el PP y sus PP-periodistas nos tomen por tontos o que jueguen con el absurdo “miedo a la izquierda” con el espantajo de Pablo Iglesias y PODEMOS. La realidad es que el PP ha hecho cuentas y sabe que va a perder un número importante de ayuntamientos si se confirman las tendencias de voto de las europeas; que puede conservar la mayoría simple, pero una difícil coalición de izquierdas -no tan compleja a nivel local- acabaría arrebatándoles parte del poder local afectando al régimen clientelar. También teme lo que pueda pasar en algunas Comunidades Autónomas. Ahí está el presidente del PP murciano sacándose de la chistera una reforma para cambiar la distribución de las circunscripciones (ya tiene guasa que en una región existan circunscripciones electorales creadas para que la Ley D’Hont les de la mayoría de los escaños) evitando así la pérdida de escaños que ya se da por segura. Así pues solo se trata de puro cálculo electoral.

Eso sí, la idiotez argumentaría puede llegar a límites tan lamentables como los de Soraya Sáenz de Santamaría explicándonos que el PP no tiene intereses partidistas porque la reforma va a beneficiar a Bildu. ¡Toma contundencia argumental! Ese grupo político que el PP prometió ilegalizar -otra promesa olvidada-. Como también, añado yo, va a beneficiar a los nacionalistas que verán cómo se les entrega el gobierno y la nómina de cientos de municipios, con lo que ello conlleva, porque el PP, en aras de conservar las alcaldías y la clientela, habrá prohibido por Ley que se forme una coalición para evitar, por ejemplo, que los amigos de los terroristas gobiernen  en un Ayuntamiento. Y ahí queda para las estanterías de la estulticia las argumentaciones de los doctos que nos contaban que con las reformas electorales se frenaría el nacionalismo como excusa y justificación no declarada, como hacen los buenos intelectuales orgánicos, de su deseo de reforzar la partitocracia a nivel nacional.

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Autor: Luis

Es el colmo.

Fecha: 18/09/2014 21:30.


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