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No es la primera vez que, al reflexionar sobre la importancia que el ciudadano da al fenómeno de la corrupción política, me planteo la misma paradoja: la poca influencia que los casos de corrupción han tenido a la hora de depositar en la urna la papeleta con el voto. Casi se podría decir que el ciudadano perdonaba la corrupción, la asumía como propia del sistema, como un peaje a pagar por tener una democracia avanzada, y lo único que parecía molestarles es que los corruptos fueran aquellos que no tenían su mismo color político.

La indignación generalizada que la corrupción política despierta, en la que es muy difícil establecer una frontera entre el enriquecimiento fraudulento particular y las dádivas más o menos voluntarias al partido, entre la picaresca para el autobeneficio y la picaresca del que ve pasar y pasar y decide, en algún momento, realizar una sisa en provecho propio, parece acabarse en vísperas electorales cuando se fía en el autoengaño del “vamos a luchar contra la corrupción” o, simplemente, se prefiere que “si me roban al menos lo hagan los míos”. Traducción de la filosofía de una señora de derechas que me decía, allá por los años ochenta, tras bramar contra el enchufismo administrativo de los socialistas, -¡quién no recuerda la leyenda urbana de que te colocabas si tenías el carné del PSOE!-, que esperaba que ganaran los suyos para que le colocaran al hijo.  Y yo pensaba –y no me equivoqué-: “pues si este es el recambio apañados vamos”.

Pero, hoy, junto a esa masa de españoles que perdonan su corrupción y castigan la ajena, los corruptos son solo los socialistas y viceversa, nos encontramos con otra porción importante de españoles que están identificado  el término corrupción con el de casta. Quizás de forma simplista han hecho equivalente el calificativo corrupto al de político, al menos en lo que se refiere a la idea de que un político es un individuo que aspira a enriquecerse o a medrar en el cargo para beneficio propio y de los suyos. Son a los que realmente les preocupa y están dispuestos a no transigir con las excusas prefabricadas o conformarse con el “y tú más” habitual de los opinadores profesionales y de los políticos de turno.

Cuando alguien dice “todos están pringaos”, para escándalo de no pocos de los afectados, se refiere en realidad a la connivencia de los poderes con la corrupción que es lo que la ha hecho posible. Arquetípico es lo acontecido con el caso Pujol. Pero es que el caso Pujol es casi tan antiguo como la democracia en España y lo que ahora ha aflorado bien parece sólo la punta del iceberg con la que se trata de borrar el rastro de una realidad que parece superar a la ficción.

En realidad -tengo para mí- a la casta política le importaba muy poco el tema de la corrupción porque, salvo situaciones extremas de hastío -el final del reinado de González por ejemplo- conjugándose con otros elementos, no afectaba electoralmente y todo lo más que podría suponer era un cambio de guardia hasta conseguir, sin mucho problema, el perdón público. Durante décadas las leyendas urbanas han hablado del que llegaba al cargo sin nada y acababa con el Mercedes y el casoplón, sin que a nadie despertara algo más que le envidia debido, sin duda, a nuestra alma de pícaro. La resultante ha sido el estado de corrupción generalizada en el que parecemos haber vivido y hasta estar encantados.

Hoy, sin embargo, aunque presos en sus propias mentiras y juegos, en financiaciones poco claras, las elites políticas, las mentes pensantes de los aparatos, comienzan a estar preocupadas porque, acabada la ficción de la riqueza y el despilfarro, del cobrar más para enriquecerse a costa de la administración y el dinero público aunque en el camino se perdieran millones, no pocos españoles les han convertido en “casta” y por tanto han asumido que todos son iguales y que deben buscar otras opciones. Ahora la duda es, ¿de verdad nos va a importar tanto la corrupción como para abandonar masivamente el voto a la casta?

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