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Últimamente, por efecto positivo de la publicación de mi libro “El último José Antonio”, que me está deparando poder rastrear pequeños tesoros perdidos sobre la vida del fundador de la Falange, ando rodeado de viejos recuerdos almacenados en casa por tradición familiar y devoción particular de lo que un día significara, para decenas de miles de jóvenes, el “Día del Dolor”.

Merced a la bondad del hijo de un Vieja Guardia tengo sobre la mesa trabajo un recordatorio del 20 de Noviembre de 1943 pidiendo un ruego por el alma de José Antonio Primo de Rivera. Contiene una oración, simple, ingenua y hermosa, en la que no se habla ni de enemigos ni del pasado; simplemente de futuro, de hacer la “España difícil” que “él ambicionó”, de pedirle protección y aliento para que aquellos jóvenes pudieran realizar su sueño (“alienta nuestros esfuerzos”). Junto a ella unas frases de esa pieza magistral de sentimientos que es el testamento de José Antonio, escrito en las vísperas de su ejecución con una serenidad contenida y la evidente tranquilidad en el espíritu: “Condenado ayer a muere, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a este trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia”. Y José Antonio fue ejecutado, asesinado paralegalmente, por la república al amanecer de un 20 de Noviembre. Murió de forma heroica pero sin sobreactuación alguna: de una forma decorosa, exacta, como a él le hubiera gustado.

Después, aquella generación de muchachos, varios millones, que pasaron por las Falanges Juveniles de Franco, por el Frente de Juventudes, se convirtieron en la gran base sociológica de una forma de entender España. No se cumplieron sus sueños revolucionarios, orlados de bellas palabras y estrofas de canciones para marchas de campamento, pero supieron construir una España diferente a la que habían recibido. Ellos integraron a la otra España, a los derrotados porque ellos también tuvieron plaza en sus campamentos, en sus escuadras; porque fueron generosos a la hora de conseguir que las becas llegaran para estudiar a todos; porque llegados a la mayoría de edad formaron familia con los descendientes de los vencidos. Ellos sellaron lo que fue la reconciliación social de los españoles que fue muy superior y amplia a la posterior “reconciliación de los políticos”. Esa que los “políticos”, unos por acción y otros por omisión, se están encargando de volatilizar inventando o renovando el resentimiento del odio como elemento ideológico polarizante para jóvenes que nada vivieron, que nada saben y que casi todo lo ignoran; que son fácilmente manipulables con el recurso a la etiqueta descalificadora y a la excitación por la acción directa.

Los jóvenes del que fuera durante algo más de dos décadas “el Día del Dolor” conservaron y transmitieron el mito de su joven héroe, de José Antonio. Lástima que las generaciones posteriores, alienadas por la propaganda de la falacia del progresismo y la modernidad, hayan preferido estampar en sus camisetas, por moda e ignorancia, la imagen de Ernesto Che Guevara en vez la de José Antonio Primo de Rivera. Dos revolucionarios sí, pero de revoluciones distintas. El primero, jalonando su vida con la sangre derramada, apóstol de la revolución materialista que, en el fondo, lo único que hace es sustituir una alienación por otra; el segundo, el idealista de la revolución individual, interior que fuerza capaz de alumbrar la revolución ordenadora engendradora de un orden social nuevo y mucho más justo.

Aquellos jóvenes del “Día del Dolor”, ya en muchos casos en el invierno de sus vidas, cuando vuelven la vista atrás y ven la imagen siempre joven de su héroe, de su mito, de su modelo, no pueden dejar de musitar: “¡Qué pena!”. Algunos aún siguen ahí, con el viejo sueño político en pie; la inmensa mayoría han pasado página, cerrado su contribución a la sociedad aunque cada Veinte de Noviembre, al amanecer, recuerden aquellos otros días en los que había que levantarse muy temprano, ponerse el uniforme y acudir ante una Cruz para hacer guardia y rezar. Testimonio de un tiempo del que ya sólo quedan las añejas fotografías pues aquellas cruces fueron en la mayoría de los casos derribadas.

Aún queda, no sabemos por cuánto tiempo, el lugar del descanso eterno a los pies del Altar Mayor de la Basílica de Santa Cruz del Valle de los Caídos. Siempre hay flores sobre la tumba de José Antonio, pese a la diligencia habitual del personal de Patrimonio por evitar la acumulación.

He estado allí hace pocos días, escuchando la Santa Misa. Situado ante una de las capillas que dan paso a la cripta donde reposan miles de españoles de uno y otro bando, me vino a la memoria las veces que rezamos por todos los caídos allí enterrados. Y mirando hacia arriba, notando los estragos de la humedad y las filtraciones de agua, me embargó la pena de ver cómo la desidia puede hacer que el Valle de los Caídos se deteriore. Quise ir porque no sé si finalmente se consumará, cualquier día la villanía de la propuesta de la izquierda de sacar los restos de Francisco Franco y quitar los de José Antonio del lugar que ocupan. Y como los muchachos del recordatorio de 1943 sólo se me ocurrió pedir a Dios por su protección.

 

 

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