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Depende de cómo transcurra la semana, de los sobresaltos que produzcan las evaluaciones de los organismos internacionales, de los repuntes y pespuntes de los quebrados y tobogánicos vectores de la economía española, de cómo vaya la sempiterna pelea entre De Guindos y Montoro, de la calma que azote a la fiera alemana, de la evolución de la prima de riesgo, de las facturas políticas que el gobierno tenga que pagar, porque cree -equivocadamente- que con euros podrá comprar a Arturito Plus, y sobre todo de la afamada cachaza de Mariano Rajoy, nos desayunamos con los más negros de los augurios o con, más que brotes, selvas verdes que anuncian que por fin estamos saliendo del agujero, que la destrucción de empleo se desacelera y el horizonte de crear empleo está cada vez menos lejano. O dicho de otro modo, cómo ha previsto el increíble González Pons -en frases este hombre atildado es capaz de superar al tándem magnífico de la Vega-Pajín y sus acontecimientos interplanetarios- “al final del túnel veremos la luz”, encandilando así a los rendidos de antemano tertulianos nocturnos de 13-TV.

El gobierno, tras los nubarrones de hace unas semanas, tras presentar unos datos y previsiones que invitaban más que al desencanto a la rebelión, se quedó sin aliento porque no cabía mayor reconocimiento del fracaso -Arriola no estuvo ducho a la hora de plantear la estrategia de comunicación con un soberano “prepárense para lo peor-, ni mayor susto al día siguiente entre unos dirigentes populares acostumbrados a repetir lo que dicta con membrete del PP la nota diaria sobre lo que tienen que opinar. Los datos gubernativos de hace unas semanas  venían a demostrar que el ejecutivo es incapaz de hacer frente a los tres problemas fundamentales de nuestra economía que afectan al ciudadano de a pie: la falta de palanca productiva industrial y lo que es peor sin capacidad de innovación; la retracción continua del consumo que es el problema base de la economía moderna a nivel de calle y el incremento del paro. Al mismo tiempo, con silencio y procurando no darle mucha luz, se van desgranando los primeros balances de las grandes empresas, del sector bancario –no confundir con el conjunto de cajas-bancos satrapado por la clase política popular y socialista y que son las que han precisado el rescate- y de alguno más que, a río revuelto, han conseguido la añorada ganancia de pescadores (para ellos si ha funcionado la reforma laboral pudiendo reducir costes e incrementar beneficios cambiando trabajadores caros por baratos). Tan pasmado se quedó el gobierno que sus aleccionados y supongo que recompensados periodistas orgánicos corrieron presurosos desde sus altavoces favoritos, La Razón y 13-TV, a explicarnos que habían dado unas previsiones muy negativas, pesimistas, de cara a Europa pero que en realidad los datos al final serían positivas. Y más de uno se lo creyó.

Faltaba la guinda, que no podía dar De Guindos, y cómo no, como si no hubiera transcurrido el tiempo desde los ínclitos días del trío Zapatero-Garmendía-Corbacho, Mariano salió a sacar pecho a costa de lo habitual: el descenso del paro producto del inicio de las contrataciones de la temporada estival, que si no se tuerce la situación va a dar un respiro al gobierno para que pueda seguir vendiendo por unos meses selvas verdes. Todo ello bien agitado con la última barrera defensiva del Partido Popular: “nuestras medidas comienzan a dar resultado, teníamos que poner orden y conseguimos evitar la catástrofe de la intervención”. Y, sobre todo, vender en positivo que ahora van a tener que recortar 18.000 millones menos para, a renglón seguido, con esa práctica tan habitual de los propagandistas, dejar de mencionar que van a seguir recortando. Pero la realidad es que frente al 27% de paro, frente a la sensación de que nuestro sistema de asistencia (sanidad+pensiones+paro) está tocado de muerte y malvive en un desesperado salvemos lo que podamos, ante ese 50% de jóvenes de menos de 24 años en paro a los que debe sumarse una larga lista de subempleados, frente a los desahucios, frente al bloqueo de un crédito bancario que prefiere la deuda para salvar el trasero al gobierno en vez de impulsar el crecimiento, la propaganda del gobierno, porque eso es lo que hace el presidente que habla sin preguntas y por televisión, se torna ineficaz salvo para los holigans peperos, los periodistas de La Razón y los comentaristas de 13-TV.

Convertidos en auténticos especuladores de la desesperanza, son ya muchos los españoles que han dejado de creer tanto en el gobierno popular como en la oposición socialista. No es sólo que el PP se hunda en intención de voto dejándose en el camino diez puntos sino que el PSOE continúa cayendo. Lo cierto, lo que los barómetros nos indican es que el 50% de los españoles está dando la espalda al duopolio popular-socialista aunque el desencanto que conduce a la abstención maquille las futuras cifras electorales.

Cierto es que, de momento, poco preocupa esto a los dos grandes partidos. Continúan respirando tranquilos a sabiendas de que, si no se produce una eclosión alternativa a derecha e izquierda del duopolio y no dentro del duopolio, nada cambiará porque a los españoles que votan no les quedará más remedio que votarles para que no gane el odiado enemigo; porque muchos al no encontrar opción se quedarán en casa; porque el crecimiento de otros grupos no hará que la sangre llegue al río; porque los radicales de izquierda y sus nuevos vientos revolucionarios no conseguirán más allá de dos o cuatro diputados. Por ello, el gobierno y su mariachi mediático continuará extrayendo réditos especulando sobre el final de la crisis, sobre el crecimiento del empleo, sobre la recuperación en unos años del nivel de vida anterior, para poder mantener el mínimo del voto de sus holigans, porque el resto de los españoles, sencillamente, ha dejado de creer en que Mariano Rajoy y el PP sean esos gestores milagrosos preñados de eslóganes para llegar al poder; porque, en definitiva, Mariano es ese hombre que vive entre dos cuentos: aquel “que viene el lobo” y el del “traje del rey”. Pero los españoles están ya muy creciditos para creer en el cuento de la lechera.

Es evidente que en un momento, y es posible que tras sucesivas caídas ya hayamos llegado a él, la recesión-crisis tocará fondo. Es lo que los asesores económicos, tanto del gobierno Zapatero como del de Rajoy, han venido diciendo al oído del dueño de las posaderas que se asientan en el sillón de la Moncloa. Es posible repito, porque no tenemos nunca acceso a todos los datos y el político sólo suele dar aquellos que publicitariamente le conviene, que estemos en ese punto de inflexión. Aquel en el que si se cae más se produce el caos, la quiebra definitiva del sistema. Es lo que indican los augurios del ejecutivo. El problema es saber cuánto tiempo vamos a estar ahí. El gobierno estima que serán unos meses, camuflados por la temporada veraniega, por lo que el paro volverá a incrementarse cuando la temporada se cierre, pero ello le permitirá seguir sacando pecho hasta 2014 esperando que la subordinación a Europa del pedigüeño se transforme en maná salvador.

El gobierno continuará especulando con la desesperanza; vendiendo el humo del milagro económico que no llega. Continuaremos con las portadas delirantes de La Razón explicándonos que el “milagro del 96” –que no fue tal pero esto es otra historia- se realizó con una presión fiscal mayor así que mejor que no nos quejemos; pero desayunándonos con titulares económicos internacionales que ya hablan de la insolvencia de un Estado que ha pasado, merced a la política de Mariano Rajoy, a tener una deuda equivalente al 100% de su PIB. Pero lo que es peor es que seguimos sin un proyecto de crecimiento. Entre otras razones porque el gobierno sabe que para ello es necesario bajar los impuestos, embridar el insostenible e inviable Estado Autonómico, redirigir la inversión pública –poca o mucha- hacia los sectores de futuro. Medidas que por supuesto, por afectar al sistema que mantiene las “sociedades para la explotación del voto”, que diría Onésimo Redondo, que son PP y PSOE, el gobierno no está dispuesto a tomar. Así que los españoles están condenados, para sobrevivir, a ser más pobres y cuando lleguemos a ese estado por supuesto que tendremos los brotes verdes de la miseria para una mayoría de los españoles. Ese será el éxito de los especuladores con la desesperanza que les permitirá continuar formando parte de la casta del privilegio.

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