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HASTA EL CIELO, DON CÉSAR

Publicado: 03/03/2013 20:37 por Francisco Torres en División Azul
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Reconozco que se me hace muy duro despedirme hasta la eternidad de viejos amigos, de los que, pese a la distancia, hemos permanecido unidos por ese lazo indisoluble e imperceptible de la camaradería, ese espacio donde los títulos y la edad se difuminan; de aquellas personas que de un modo u otro han tenido algún papel en mi vida. Siempre crees que nunca va a llegar este momento, que somos casi eternos.

Hace unas semanas un correo de Rafa, su hijo, me advertía de la difícil situación de su padre pese a que había salido de una nueva operación. Hoy don César, nunca me acostumbré a llamarle de otro modo, nos ha dejado y somos todos un poco sus huérfanos. Sin su obra, silenciosa y a veces silenciada, probablemente algunos hubiéramos dejado la trinchera de la lucha por la verdad, pero él era un ejemplo y un acicate.

La última vez que hablé con él fue hace unos dos años. Ya la enfermedad había hecho presa en él, muchos de nosotros probablemente sólo éramos ya ráfagas del recuerdo. En mi archivo guardó varias de sus cartas, las más antiguas, de cuando empecé mi carrera como historiador. Debió ser allá por el año 1985 ó 1986 cuando le conocí. Don César se había vuelto a alistar en la División Azul, aunque siempre había pertenecido a la Hermandad. Como si fuera el mismo recluta falangista de aquel cuartel militar donde se sumó a la que sin duda fue la mayor aventura de su vida para formar en la 14ª Compañía del mítico y laureado Regimiento 269. He buscado inútilmente una foto que me dio en la que aparece junto con otros voluntarios en Sevilla, dispuestos para partir para ilustrar estas notas, pero no sé dónde para. En mi recuerdo eran casi la misma persona, como si el tiempo le hubiera retenido ahí.

Cuando le conocí había vuelto a ser divisionario de primera línea porque no quería que la historia de sus camaradas cayera en el olvido. En realidad nos habíamos visto un par de días antes en el Servicio Histórico Militar, entonces en Madrid, en unas rudimentarias mesitas. Allí estaba don César que con mil y una triquiñuelas, con mil y un favores, y con mil y una ayuda había conseguido que le fueran subiendo papeles que prácticamente nadie había hurgado desde el retorno de Rusia. Estaba obsesionado con la localización de los nombres de todos y cada uno de los caídos de la División y empeñado en que sus restos volvieran a España. Don César recorría los archivos militares y administrativos, fotocopiaba sin descanso para rehacer el archivo de la División Azul, para poder documentar la historia de unos hombres olvidados. Ese era su compromiso.

Creo que nos caímos bien desde el principio. No era sencillo. Hablo de los años ochenta con el socialismo en el poder y la desconfianza a flor de piel a la que se añadían las muchas rencillas entre quienes teóricamente compartían un mismo credo. Don César al igual que Luis Nieto desde el principio ayudaron a este jovencito que venía de provincias porque se le había ocurrido hacer su tesina de licenciatura sobre los voluntarios murcianos, lo que en aquellos años era desde luego una ocurrencia. Hasta me invitó a cenar en su casa y conocí a su hijo Rafa al que desde entonces me une una profunda aunque lejana amistad. Pero no sólo eso, don César estaba empeñado –sus empeños eran continuos- en rehacer las Hermandades, en volver a alistar a los divisionarios de provincias, en dar un nuevo impulso. Recuerdo que conseguimos que en una de las primeras Semanas de Cine Español que se organizaban en Murcia se proyectara un documental de la División Azul. Don César vino a presentarlo y después tuvo una reunión con los universitarios en un Colegio Mayor. Eran sus primeras intervenciones públicas. Allí en un salón, sorprendentemente, se encontraron los viejos camaradas; hombres en algún caso impedidos pero con el mismo espíritu. No pudo evitar emocionarse cuando desgranando la historia de los caídos sin historia dejó constancia de la falsedad de un divisionario que por tener papeles en el cine afirmaba que allí sólo fueron a jugar a las cartas. He visto a muchos divisionarios emocionarse y dejar asomar las lágrimas de indignación ante el menosprecio al sacrificio de sus camaradas.

Mi agradecimiento imperecedero a don César necesitaría páginas y páginas. Cualquier cosa que le pidieras te la facilitaba: “¡Toma, llévatelo y cuando lo termines me lo mandas!”. Era generoso y desprendido porque lo importante era difundir la historia de la División y no quién lo hiciera. Es una lección que algunos hemos interiorizado.

Al hilo de estas líneas rememoro el contacto frecuente que tuvimos durante cerca de dos años. Cuando se enteró de que preparaba un coleccionable para el 50 Aniversario de la División Azul me llamó. Andaba entonces empeñado en recuperar las fotos divisionarias. No reparó en el dinero que aquello le suponía. Todavía no existían los escáner y los ordenadores personales no estaban a la orden del día. Yo con mi máquina de escribir tenía que hacer los capítulos y enviarlos a la editorial y a don César. Él los leía y buscaba las fotografías más apropiadas para cada capítulo. Don César siempre fue la exactitud y le exasperaban las publicaciones en las que este aspecto fundamental no se  cuidaba. Sé, porque luego me lo contaban, que semana a semana se iba a la editorial con sus fotos para pasarlas a los fotolitos y que todo saliera perfecto. Él quería publicar un gran libro de fotografías pero entonces los tiempos no estaban para ello.

Junto con un puñado de divisionarios dio vida a la Fundación. Ésta debía de ser el gran legado colectivo. Aún guardo el título de miembro honorífico de la misma y la medalla que me entregaron. En uno de mis viajes visité con él las obras que estaban llegando a su fin de los nuevos locales y del museo. Era un gran proyecto. Si no recuerdo mal en dos ocasiones don César me llamó para que diera una conferencia en aquellos locales. Una fue sobre los prisioneros y allí estuve teniendo en frente a los protagonistas de lo que yo estaba contando. Don César se había convertido en una pieza esencial de aquel proyecto. Cuando alguien quería investigar sobre la División le remitíamos a él. Ignoro cuántos trabajos han visto la luz merced a ese empeño. De su labor como historiador queda un sinnúmero de trabajos publicados en el boletín Blau División.

No sería justo conmigo mismo sin dejar constancia de los sinsabores, del dolor y de la incomprensión porque una parte de su obra se quedó en el camino cuando, incomprensiblemente para algunos, se decidió ceder aquel impresionante museo, lleno de recuerdos de divisionarios, al Ministerio de Defensa para que duerma el sueño de los justos en los almacenes del silencio; cuando parte de aquel enorme esfuerzo de documentación ande en parte en paradero desconocido. Él tenía suficiente con haber cumplido con el deber que se había autoimpuesto. Con haber contribuido a conmemorar con todos los honores el 50 Aniversario de la salida de la División Azul en antiguo cuartel del infante don Juan; con haber contribuido a que por fin los caídos de la División Azul pudieran volver o encontrar un lugar digno donde aguardar la eternidad; con haber hecho realidad el sueño de que en el cementerio de la Almudena los caídos de la División Azul tengan un monumento. Cosas de las que tantas veces me habló don César. Sin embargo, pese a pequeños detalles de su alistamiento, nunca conseguí que me contara sus andanza por el frente, para él eran cosas sin importancia.

Ahora, César Ibáñez Cagna, se nos ha ido. En nosotros queda la imagen de aquel caballero alto y delgado que siempre fue. Allá, en lo alto, habrá sido recibido por sus camaradas y, con seguridad, el “mejor” le habrá otorgado la Palma de Plata que sin duda se merecía. Yo me quedo con el sentido abrazo que cada año me daba cuando yo intervenía los veinte de noviembre en la Plaza de Oriente.

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Si la elección de un Papa se realizara solamente en clave humana, como si de una campaña electoral se tratara, lo más probable es que el cardenal Jorge María Bergoglio nunca hubiera llegado al trono de San Pedro. Cierto es que un Papa no se elige tras la exposición de un programa, ni tras una intervención de candidatos, pero en los días que anteceden al Cónclave sí existe una campaña previa que se realiza desde la prensa, desde las tertulias y desde los diversos grupos y Congregaciones con la que de un modo u otro tratan de forzar la intervención del Espíritu Santo.

Todos tenían su candidato y todos el retrato robot del futuro Papa que debería poner fin a lo que han significado los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, o al menos un continuismo diluido, más grato al aggiornamiento con el poder político, como podría ser la candidatura de Angelo Scola o de Odilio Scherer. Porque ese era el peligro de un Papa que volviera a surgir de la Iglesia de la Europa Occidental o de los aledaños de la Curia, un Papa atado a los compromisos de su propia historia. Pero, a la vista de la rápida fumata blanca, el Espíritu Santo tenía otros planes.

Tengo para mí que Ratzinger tenía muy presente el peso que esa “campaña electoral invisible” podía alcanzar y de ahí su decisión de acelerar el Cónclave. Fuera de los muros de la Sixtina había mucha prisa, dado el calendario, por eliminar posibles candidatos a través del filtro de la edad. En definitiva, para quienes creemos que no todos escuchan al Espíritu Santo y se mueven por criterios mucho más terrenales, se trataba de reparar el “error” de 2005, de poner fin a la mal llamada “involución” puesta en marcha por Juan Pablo II que Joseph Ratzinger, con mucha mayor vehemencia, continuó. Entonces el tándem Martini-Tettamanzi chocó con el “panzer de Dios” y buscó un candidato más aceptable por los cardenales para intentar contrarrestar el peso de Ratzinger en la persona de Jorge Mario Bergoglio, enemigo declarado de la funesta Teología de la Liberación y representante del sector llamémoslo espiritualista de la cada vez menos influyente Compañía de Jesús.

Por debajo de los aplausos y la obediencia debida al sucesor de Pedro resulta claro que más que sorpresa lo que se ha producido es la decepción por parte de quienes tenían otros candidatos. Jorge Mario Bergoglio, ya Su Santidad Francisco I, jesuita, despierta por su biografía profundos recelos a ambas orillas del catolicismo. Aunque lo más significativa sea el intento desesperado del “progresismo” religioso de condicionar de algún modo el camino del nuevo Papa presentándolo como una discontinuidad posible frente a los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI (véanse en España las interpretaciones-consejos del jesuita Miguel Lamet).

Tengo para mí que el cardenal Jorge Mario Bergoglio era el candidato de Ratzinger para continuar con la labor para la que él se consideraba sin fuerzas. Como el de Ratzinger el papado de Francisco I, por razón de edad, no será largo y hasta es posible que se cierre del mismo modo. Y si los cardenales lo han elegido tan rápido, esperemos que haciéndole caso al Espíritu Santo, es porque lo consideraban el hombre apropiado para llevar a buen puerto los dos elementos de renovación interna que Roma necesita: la limpieza de la Curia y la transparencia en las finanzas vaticanas, base para la reenvangelización.

Candidato de Ratzinger porque: ¿Cómo podrían escoger a un hombre que no tuviera el necesario apoyo de Ratzinger cuando el nuevo Papa tendrá hilo directo con el gran teólogo católico del siglo XX a través de monseñor Gänswein que es al mismo tiempo secretario personal del “Papa emérito” y jefe de la Casa Pontificia de Francisco I? ¿Cómo podría el nuevo Papa representar una ruptura en el camino emprendido si el propio Benedicto XVI realizó un nombramiento tan significativo como el de Ernest von Freyberg al frente del IOR poco antes de retirarse? ¿Cómo podrían escoger a un hombre para romper con quien va a estar -estoy seguro- en contacto directo con un Ratzinger que bien, si la lucidez intelectual le sigue acompañando, pudiera continuar siendo el “guardián de la Fe”?

Al contrario de los deseos de muchos Francisco I no es el antiRatzinger anhelado. Es un hombre con pocas ataduras, muy débiles con lo que para muchos representa la lamentable evolución de la  Compañía de Jesús en los años sesenta-ochenta; de incuestionable ortodoxia en materia moral (no sólo se ha opuesto al matrimonio homosexual de forma pública y vehemente sino también a la adopción por parte de los homosexuales); que estima que la oración es la que acaba moviendo las montañas; de fuerte personalidad, capaz de adoptar medidas drásticas en vez del silencio y la conteporización; comprometido con los pobres, contrario al neoliberalismo y a la evolución del capitalismo -lo que también ha denunciado Ratzinger aunque muchos católicos le hayan puesto sordina- y partidario de aplicar la Doctrina Social de la Iglesia. Un hombre que en su primer discurso ha advertido del peligro que supone que la Iglesia se deje llevar por el viento mundano. Y ya ha dicho bastante.

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Tengo la ligera impresión de que el Papa Francisco, con sus gestos, que a veces me sorprende en exceso que sean considerados revolucionarios (¿cuántos sacerdotes en el mundo lavan los pies a marginados por Semana Santa sin tanto ruido?), va dando callada respuesta a todos aquellos que se pasan el día, entre otras cosas, negando la acción de la Gracia sobre un sacerdote, por muy cardenal que además sea, que ha sido señalado para ser Papa, simplemente porque no les gusta aunque en más de un caso se abstengan de mantenerlo con la frente alta.

Tengo la impresión de que el Papa Francisco molesta y mucho, por muy diversas razones, a gentes de las más diversas tendencias. Algunos le urgen y otros suponen que va a revolucionar las estructuras de la Iglesia en el sentido doctrinal, pero olvidan que es un jesuita y un pastor y que, independientemente de la formación intelectual que todo cardenal tiene, no va a ser un Papa-teólgo como lo ha sido Benedicto XVI. En sus primeras intervenciones no parece que ello vaya a formar parte de su “programa”, si es que es lícito hablar de la existencia de tal proyecto.

Tengo la impresión de que lo que molesta y mucho, por muy diversas razones, es esa insistencia en que ha llegado la hora de que la Iglesia salga de la Iglesia, de los muros en que está constreñida, de la mundanización que la oprime. Mundanización que es consustancial con la Iglesia europea. Esa que es crítica de muros para adentro con el mundo pero que no es capaz de enfrentarse al mundo. Esa que parece que ha asumido que la Fe es algo individual que se vive de puertas para adentro o en comunidades que tienden a aislarse del mundo, pero que fuera de esa muralla aceptan como válido el equilibrio con la mundanización. Frente a ello, el Papa Francisco, y ese es de momento el núcleo de su programa-mensaje, porque a un Papa como tal sólo se le puede juzgar por lo que hace o dice en el ejercicio de su Ministerio como Obispo de Roma, porque es cuando la Gracia actúa o cuando ésta le muestra el camino, está empeñado en acabar con esa aceptación tácita que en el fondo legitima las situaciones morales o económicas contrarias a lo que el Magisterio sostiene y que va, poco a poco, transformando lo que debiera ser un catolicismo vivo y militante, por tanto atrayente, en algo periclitado que acabará recluido en las reservas de las curiosidades antropológicas.

Tengo la impresión de que no son pocos los que tienen reservas ante el Papa Francisco porque temen que esa nueva evangelización, que tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI consideraban fundamental, tenga un acendrado componente social (¡ahí, aquello del rico y el ojo de la aguja!) porque se va a dirigir a los pobres: de espíritu y de condición; porque, además, va a llevar, sin duda, aparejada una fuerte crítica a lo que es el ultraliberalismo económico y la tiranía de los mercados que nos azota y porque va a denunciar todo el andamiaje de la neoesclavitud y la explotación. Y eso no gusta.

Y para dejar las cosas en su punto, uno de los primeros decretos que como Papa ha firmado ha sido el que declara mártires a un puñado de religiosos entre los que se encuentran: 58 españoles víctimas del odio a la Fe durante la Guerra Civil asesinados por los republicanos del Frente Popular (entre ellos al obispo de Jaén a quien además se le reconoce un milagro), otros dos religiosos asesinados por los comunistas en Rumanía y Hungría, y el jovencísimo seminarista Rolando Rivi víctima de los partisanos comunistas. Decretos que no revestían la más mínima urgencia y que Su Santidad podía haber dilatado en el tiempo. Pero este gesto a muchos se les ha escapado.

Lo dicho, ¡Qué cosas tiene el Papa Francisco!

 

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