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LOS TRAMPOSOS

Publicado: 16/07/2013 19:22 por Francisco Torres en La casta política
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Oyendo a Mariano Rajoy en su comparecencia ante la prensa en La Moncloa el pasado lunes y leyendo las píldoras amargas que día a día le está dispensando el diario El Mundo a todo el mariachi vocero popular, empezando por Rajoy y siguiendo por Floriano, Alonso o Cospedal -todas las mañanas voy al kiosco con el alma en vilo cual si fueran a regalarme una novela de Agatha Christie-, me vino a la memoria el título de una original cinta de Pedro Lazaga, Los Tramposos, sobre dos golfillos que viven en Madrid a costa del timo de la “estampita” y el “toco mocho” (soberbias interpretaciones de Leblanc y Ozores frente a las malas de Rajoy y Floriano). Entre otras razones porque ante el caso Bárcenas, ya el caso PPBárcenas, el partido y el gobierno se están comportando como auténticos timadores de la verdad.

El silente Mariano, que está provocando el silencio de muchos de los votantes populares por causa del sonrojo que todo esto les está causando, no tuvo más remedio que hablar porque la visita del primer ministro portugués invalidaba el recurso al comunicado, al plasma y a los usuales PPeriodistas que ya comienzan a abandonar el barco para evitar que una posible caída de Mariano les arrastre. Por fin habló sobre el caso Bárcenas para decirnos que sobre ello ya había hablado mucho y que el Estado de Derecho no admite chantajes. ¡Pues bueno!, pensé yo. Más le valiera haber seguido calladito.

Miraba a Mariano hablando con seguridad y pronunciación, bajando la mirada para mirar el papel, y no pude por menos que recordar a los tramposos de la película. Veía la cara de Mariano Rajoy, trasunto de la de Floriano, y no podía quitarme de la cabeza el timo del “toco mocho” cuando leía -¡leía!- la respuesta a un periodista ante una pregunta sobre los SMS de Bárcenas. No es que yo piense que el eficaz Arriola o el equipo de asesores demoscópicos de Mariano -que estuvieron perezosos el domingo porque se levantan tarde para pergeñar la justificación heroica que llenó la boca de Floriano de naderias- no pensara que la pregunta se la iban a hacer y por tanto se la cocinaran convenientemente, pero…

He aquí, sin embargo, que al día siguiente nos desayunamos con la noticia de que había timo -otra vez Los Tramposos vinieron a mi memoria-, que la pregunta había sido dictada a su periodista por un director de periódico afín al gobierno y que Mariano le dio irregularmente el turno al periodista que, casualmente, le tenía que hacer la pregunta en los términos más adecuados para que él nos pudiera contar la milonga de que en España existe el Estado de Derecho (bueno en España existe un cuarto de Estado de Derecho porque las otras partes son patrimonio del gobierno) y no se admite el chantaje. ¡En todo caso Bárcenas quería chantajear a Mariano y no al Estado de Derecho y si creemos lo que se ha publicado enviados del PP también quisieron chantajear a Bárcenas!

Eso sí, al final, perdido ante otra pregunta, repitiéndose más que los pimientos, Mariano no supo contestar a algo tan sencillo como si cobró o no cobró sobresueldos. Y no es que piense que cobrar sobresueldos es una ilegalidad y por tanto que Mariano debiera dimitir como pide a coro y con cierta chufla la oposición, es sencillamente que como yo no paso de españolito de filas me asombro de la necesidad de emolumentos que precisan los dilectos escogidos para encabezar los aparatos partidarios: sueldo de diputado, senador o Ministro, dietas, sueldo de excedencia, complementos diversos y sueldo del partido. A final de mes una pasta gansa. Nada ilegal, como no es ilegal que el partido abonara según los papeles de Bárcenas los trajes de temporada de Mariano por valor de 12.620 Euros, aunque no nos precisaran si el resto de los trapitos de sus dirigentes máximos también los paga la cuenta corriente del Partido Popular. Puede que no sea ilegal -siempre y cuando lo declaren claro está- pero para muchos españoles, incluyendo muchos votantes del Partido Popular, resulta altamente inmoral.

PD.  A qué espera Montoro para iniciar las pertinentes averiguaciones.  

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El objetivo principal de la ideológica, socialista y manipuladora “Ley de la memoria histórica” era construir una “verdad oficial” a la que todos deberían rendir pleitesía. Intelectualmente debería haberse producido una contestación general a la pretensión de una parte sectaria de la clase política de imponer a una serie de temas, que deben ser objeto de investigación científica, que ya sólo deberían ser historia, unas conclusiones a priori a las que adaptar cualquier tipo de trabajo; pero para acallar la siempre dúctil conciencia estaba el ambicioso programa de subvenciones con las que sufragar los estudios más nimios que vinieran a secundar los objetivos de la ley. Así nos encontramos con la discriminación que supone abordar cualquier tipo de estudios referidos al período de la II República, la guerra y el régimen de Franco: si se hace en consonancia con la “memoria histórica” de la izquierda se obtiene una cuantiosa subvención, si no se está en consonancia el trabajo lo tiene que sufragar el investigador de su bolsillo. Y al igual que hace unos años para progresar en determinados ambientes se tenía que rendir pleitesía a las tesis prehechas del desprestigiado Tuñón de Lara hoy, para progresar curricularmente, se tienen que loar las falsedades de la “memoria histórica”.

La ley de la “memoria histórica” tiene su antecedente en la condena parlamentaria al mal denominado “golpe” de julio de 1936. Condena a la nada, porque el 18 de julio no fue, en realidad, un golpe de Estado o un golpe militar. Precisemos, lo fue en su concepción pero no en su realidad en desarrollo. Es más, si hubiera sido sólo eso, un golpe militar, los republicanos lo hubieran aplastado en pocos días. Dejémoslo claro, el 18 de julio de 1936, y el 19, y el 20 y el 21, lo que se produjo fue una auténtica sublevación popular; sin esa aportación traducida en decenas de miles de voluntarios para la lucha, con una movilización en retaguardia de cientos de miles, insisto, el “golpe militar” hubiera sido vencido. Ahora bien, ese carácter popular, destruye el mito de la izquierda, también grato ahora al centro-derecha, del enfrentamiento entre el siempre temible y dictatorial ejército y un pueblo desarmado que lucha heroicamente en defensa de la libertad y la democracia.

Ya lo alumbraba la condena parlamentaria y lo confirma la “ley de la memoria histórica”. Dice esta nueva verdad oficial: en julio de 1936 se produjo un golpe militar o fascista, según los gustos, contra la democracia, algo que curiosamente admiten como cierto en muchas tertulias diputados populares cuando se les plantea este tema. Pero, ¿en 1936 existía la democracia en España?

Confundir la democracia con la II República e incluso identificar la forma de gobierno republicana con la II República es un error y una falsificación de la realidad. Dejémoslo claro: la II República intentó ser en sus inicios una democracia excluyente. En la mentalidad de los republicanos el régimen era concebido de forma patrimonial, de tal modo que sólo los partidos republicanos y los de izquierda tenían derecho a detentar el poder y todos los demás eran considerados antirrepublicanos y por tanto debía negárseles la legitimidad para gobernar, independientemente del resultado de las urnas.

La II República dejó de ser, en su desarrollo, una democracia: mantuvo, por ejemplo, un régimen de censura de prensa y cuando quiso se permitió cerrar periódicos fundamentalmente derechistas, lo que resulta incompatible con la democracia; proscribió la libertad de educación, prohibiendo los colegios religiosos; persiguió a los católicos… y discriminó a los españoles en función de sus creencias… Pero, además, una parte importante de los que trajeron la República, formada por la mayor parte del PSOE y los anarquistas -porque los comunistas eran muy pocos hasta 1936-, siempre consideraron la República, o mejor dicho la democracia liberal, como un estadio hacia la revolución. Reiterémoslo, el objetivo político de los anarquistas, del PCE, de la inmensa mayoría del PSOE (el sector socialdemócrata era ínfimo y despreciado), del POUM, era hacer la revolución, poner fin a la democracia e instalar el comunismo libertario o la dictadura del proletariado. Pero la izquierda lleva cincuenta años intentando borrar que entonces su objetivo era derribar la democracia y para ello cuenta con la inestimable ayuda de la cobardía moral del centroderecha hispano, de los periodistas paniaguados y de la censura ejercida contra quienes sostienen tesis distintas. Y la izquierda continua dictando la “memoria” sin renunciar a exaltar el valor de la revolución, evitando siempre cualquier condena a sus desmanes y a su intento real de destruir la democracia. En esta línea, resulta curioso que se reconozca como válido y se legitime el “derecho a la revolución” -la izquierda nunca considera violencia su violencia-, pero al mismo tiempo se condene el derecho de los demás a defenderse de dicha agresión.

La realidad es que la democracia había dejado de existir en España en julio de 1936. De hecho se estaba viviendo en una pendiente hacia la revolución caracterizada por la subversión del orden constitucional a través de los recovecos de la ley, el Estado de derecho había dejado de existir. Pero es más, es que días antes de la sublevación, la izquierda, a través de sus milicias, con participación de miembros de la escolta armada miliciana de Indalecio Prieto, que había actuado en Cuenca como agentes de orden con tolerancia del gobierno civil, había pretendido asesinar a los principales dirigentes de la oposición: José María Gil Robles, José Calvo Sotelo… pero sólo encontraron al diputado monárquico.

La democracia dejó de existir como ficción formal el 18 de julio de 1936 en la zona controlada por el gobierno, por lo que no cabe hablar de lucha entre demócratas y no demócratas. Aunque hoy se oculte, y sobre todo lo borre de la memoria el centroderecha político español que prefiere alinearse con sus adversarios, esa sublevación cívico-militar, y pongo delante el cívico a conciencia, tuvo el apoyo político de los partidos políticos de esa tendencia a través de sus principales dirigentes: José María Gil Robles, líder de la CEDA, con mucha distancia el equivalente al PP, junto con numerosos diputados apoyaron la sublevación; igualmente lo hizo Alejandro Lerroux, líder del partido radical, que podría representar en términos actuales a los republicanos de derechas; miembros de la Lliga, que sería el equivalente a parte de lo que hoy es CiU... Pero no se trata sólo de declaraciones políticas, es que la España que sociológicamente dio apoyo a esos partidos formó entre los sublevados aportando, tal y como indicaba, miles de voluntarios constituyendo la base del Ejército Nacional, lo que José María Gil Robles denominó “el pueblo del movimiento”. De hecho hubo más voluntarios en las filas nacionales que en las republicanas. El problema es que el actual centroderecha quiere borrar lo que considera un baldón y un “pecado original”, presa de ese miedo cerebral que tiene ante la pretendida superioridad democrática de la izquierda. Por ello admite la “memoria histórica” y escupe sobre el sacrificio de decenas de miles de los que hubieran sido sus votantes. Ellos son la más clara traducción práctica del celebérrimo “París bien vale una misa” que iniciara José María Aznar cuando cantó las bondades de Manuel Azaña situándolo como uno de sus modelos políticos e intelectuales.

No basta sin embargo el anterior razonamiento para explicar lo que fue el 18 de julio. Una interpretación somera, con escasa profundidad, subrayaría las negaciones que dieron ese aliento popular para luchar contra la II República, que no contra la república como forma de gobierno. Pero el 18 de julio tuvo en su desarrollo una carga propositiva. Los que lucharon lo hicieron también por crear una nueva España capaz de superar la crisis nacional y poner coto a las injusticias sociales que caracterizaban la España vieja. La idea de restaurar la nación y alumbrar un Nuevo Estado que proscribiera de una vez por todas las razones para la revolución.

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Se anuncia para la primera hora del primer jueves de agosto, en plena ida y venida vacacional -al menos del segmento de españoles que influyen en la sociedad y crean opinión- una sesión más de la gran farsa parlamentaria. Hemos tenido, en estos días, bombo y platillo, tertulianos calentando y calentándose la boca, diputados y dirigentes preparando a la opinión e interrumpiendo en todo debate que se precie para apagar los argumentos -cuentan que corren instrucciones de Génova para que así se comporten-. Un ruido insoportable que no ha ido a más por el drama y la tragedia ocurrido en las vías de Santiago.

Cuando se anunció, por fin, la comparecencia del presidente en el Parlamento -¡qué manía tienen los presidentes en convertir en excepción lo que debiera de ser normal!- con tanto tiempo de preparación a nadie se ocultó que lo que se buscaba era conjurar el peligro, preparar a la opinión: ¡Bárcenas! ¿Quién es Bárcenas? -se pregunta Rajoy- ¿acaso es de los míos?; ¿Bárcenas? Un hombre sin honor -repite Cospedal-, que cambia de tercio al servicio de la oscura trama político-periodística lanzada contra el PP y Rajoy. Un delincuente y la sesión del jueves una pataleta organizada por el PSOE, que busca desesperadamente escaquearse de la losa de los EREs -¡eso sí que es corrupción y no las minucias de un golfo que nada tiene que ver con el partido!- y la izquierda para ganar lo que no consigue en las urnas. Y portadas de La Razón al servicio del partido que para eso su director fue servidor del partido.

Asistiremos atónitos a la farsa del jueves. Farsa, porque con un hábil mandoble, convirtiendo el caso particular en caso general, Rajoy sabe que tiene a sus pies la réplica del “y tú más” que jalean como nadie algunos de los contertulios de 13TV y el director de La Razón: IU, ¿qué puede decir IU cuando está salpicada por el fango andaluz?; CiU, ¿qué puede decir CiU, la de la Cataluña nacionalista del caso Palau, del 3%, de esos feos y turbios asuntos que comenzaron a la sombra de los Pujol en Banca Catalana?; PSOE, Rubalcaba ni tan siquiera podrá alzar la voz, hablará para los suyos y los holigans peperos disfrutarán con los recordatorios de la corrupción socialista. Y me suenan las sirenas del instinto que me dicen que ya han pactado no ir más allá de los estrictamente necesario haciendo valer aquello de mejor “entre bomberos no nos pisemos la manguera” que al final el gato se lo lleva otro al agua.

Farsa, porque Rajoy no va a explicar nada y no va a contestar nada. Nos dirá que la justicia en España trabaja con independencia, que él está al lado de la Ley sin interferencias, que los corruptos no tienen legitimidad para reprocharle nada, que los tribunales serán los que finalmente hablen y nos propondrá una batería de palabrería disfrazada de iniciativas para luchar contra la corrupción. Como si la corrupción fuera un ente abstracto, externo, venido de otro mundo, que nada tiene que ver ni con su partido, ni con los demás partidos ni con el modelo de casta política. Le hablarán de Bárcenas y Rajoy se limitará a decir: “¿Bárcenas, quién es Bárcenas?” Olvidándose de las comidas y reuniones del clan, de sus leales, entre los que se encontraba Bárcenas, en el chalé de Ana Mato. Se olvidará, conscientemente, de que una cosa son las responsabilidades penales y otras las morales y políticas, que si en el primer caso se puede ser inocente, con todos los pronunciamientos favorables, en el segundo se puede ser culpable. Y cerrará, henchido de patriotismo, recordándonos que es necesario mantener la imagen de un gobierno fuerte, sin sombra de duda, que no debe ser atacado, porque está en juego nuestra credibilidad y el futuro ahora que estamos en el buen camino, pudiendo así proseguir con el famoso programa de reformas.

Lo demás carece de importancia. Rajoy, el PP y sus pperiodistas saben que cualquier posible conducta delictiva fiscal dimanada de los afamados papeles de Bárcenas está prescrita, por lo que los tribunales difícilmente dirán nada; y sin condena judicial todo quedará en el archivo de los recuerdos -salvo que Pedro J. siga insistiendo como buen perro de presa al igual que hiciera con el caso de los GAL- y en unos superables daños colaterales.

La farsa del jueves se cerrará cuando Rajoy sea incapaz de contestar con un Sí o un No a tres sencillas preguntas: ¿tenía el PP contabilidad B? ¿se financió el PP recibiendo donativos no declarados? ¿se pagaban o no se pagaban sobresueldos? Dará igual que no lo haga, porque para un sector importante de la opinión pública las respuestas son afirmativas. Entre otras razones porque nadie se cree que Bárcenas tenga una capacidad de fabulación e inventiva capaces de mejorar las dotes de Tolkien y Lewis aderezadas con unas notas de Stephen King.

En el fondo, el problema es que a mí el tal Bárcenas, me recuerda a Louis Shumway, contable de segunda de Alcapone, aquel chico al que echaron el guante Eliot Ness y sus míticos intocables, y que cantó como Carusso a la primera embestida de la presión. Que conste que Rajoy no es Alcapone, pero sí que tengo la impresión de que algunos pensaban que Bárcenas era como Jack Gusik, el leal jefe de cuentas y abogados del gánster, al que todos conocían como Pulgar Sucio, que nunca hubiera cantado.

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