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No hace mucho, en un artículo similar a éste, refería la guerra de damas que en un complicado juego de tronos se estaba librando en el seno del Partido Popular. Un juego que, tras superar el sofocón de aquellos lejanos días de marzo en los que Mariano Rajoy perdió las elecciones, tras ser designado sucesor por la dedocracia aznariana, lleva años abierto. En ese juego han brillado y brillan las deslealtades y las ambiciones, los cambios de amigos y grupo, porque, pese a que haya llegado a la Moncloa, para muchos dirigentes populares Mariano es un político al que no saben si le queda recorrido ante la renovación que reclaman.

Cierto es que Mariano es un superviviente y que ha conseguido superar todas y cada una de las crisis internas. Fiel a su forma de entender la política ha visto pasar ya unos cuantos cadáveres populares. Las operaciones para descabalgar a Mariano han sido de corto recorrido porque se han movido siempre en la trastienda o en los pasillos de Génova. Y, Mariano ha guardado en su agenda las notas de quiénes de un modo u otro han estado en las conspiraciones para, llegado el momento, dejarlos caer sin el mayor rictus de preocupación.

En esas operaciones han corrido de mano en mano los chismes y los dosieres, las amenazas sobre la vida pasada y la verborrea de las “buenas gentes” enteradas de los salones de la derecha influyente española; y cómo no, los pperiodistas. En esa guerra de aniquilación, de ir minando los apoyos de unos y otros, se han filtrado documentos. Y tras esas filtraciones, desde los propios pasillos populares, están sin duda muchos de los elementos del caso Gurtell, de los afamados trajes de Camps y de los papeles de Bárcenas.

En el organigrama del Partido Popular no pocos se están planteando el futuro. Gran parte de la Vieja Guardia, de los anquilosados barones del partido, ha desaparecido o está a punto de dejar el poder. Otros caminan, imperceptiblemente, hacia el ostracismo (Arenas será un caso modélico). No pocos están cansados de la camarilla de Mariano, cada día más tocada por el caso Bárcenas, aunque a nadie extrañaría que, salvo a la fiel Ana Pastor, todos acabaran desapareciendo. No pocos piden una renovación en el partido antes de que los escándalos vayan a más o alguien se desayune con una desagradable sorpresa: nada mejor que eliminar políticamente a los últimos de aquella época.

La guerra por el trono de Mariano, por los sillones de la mesa redonda de Mariano, por la posible sucesión en la candidatura de 2015, que se lleva librando desde hace tiempo, va aparentemente exterminando rivales de todos. La primera con visibilidad, Esperanza Aguirre, autoeliminada en inexplicadas circunstancias. Amortizado está Mayor Oreja, quien probablemente deje de ser la cabeza popular en Europa y lo de Vidal Quadras y sus seguidores no tiene más futuro que servir de elemento de contención  para los votantes más duros del PP. La cabeza de Alberto Ruíz Gallardón, que ha culminado la subordinación del poder judicial al poder político, la piden sin recato las relativamente nuevas caras del partido. Y, finalmente, no pocos ministros están tocados al ser considerados un problema para el futuro del partido por el desgaste que están causando: Mato, Montoro y Wert.

Con los cadáveres políticos a la vista, aun cuando pululen por ahí como zombis, la lucha interna en el PP tiene dos protagonistas, a veces en estos años aliadas contra todos los demás, Soraya Saenz de Santamaría -la favorita- y María Dolores de Cospedal. La ambiciosa Secretaria General del PP, que inicio su ascenso de la mano de Javier Arenas, al que ahora está dispuesta a sacrificar, se ha convertido en el objetivo a abatir. Bueno, ahora y hace tiempo, y algunas claves del caso Bárcenas no se podrán leer correctamente sin tener en cuenta las aspiraciones políticas de Cospedal. No pocos están viendo en el caso Bárcenas la oportunidad de frenar el poder en el partido que tiene Cospedal, incluso, llegado el momento, aceptar que sea ella quien acabe pagando los platos rotos. De momento, Soraya, que va a salir reforzada tras el cierre del caso Bárcenas -en el PP se espera que finalmente se produzca un archivo de la causa pues teóricamente los posibles delitos estarían prescritos-, guarda silencio, pero ella también apoyaría la limpieza interna en los cargos burocráticos del partido y en determinados puestos de la administración vinculados a los tiempos pasados y que llevan encaramados al cargo décadas, algo que también lleva impulsando, lentamente, Cospedal.

¡Y Mariano! Como siempre dejará hacer. Él colocó a Cospedal y descubrió a Soraya; metió a todos los rivales en la pomada, menos a Esperanza, para que se anularan; dejó que el tiempo y los resultados, a veces sin pretenderlo, sepultaran a la mayor parte de los antiguos barones territoriales que hoy, a excepción de Nuñez Feijóo, carecen de peso real en el partido… Cierto es que, aparentemente, comienza a molestarle el excesivo poder de la Secretaria General y por ello se especula con la posibilidad de que Soraya adquiera poder en el aparato del partido; ello le permitiría seguir en el fiel de una balanza que ninguna de las dos se atreverá, de momento, a descompensar si quieren seguir ahí. Pero que nadie se engañe, porque en estos enfrentamientos, salvo la aspiración o ambición personal, lo único que no es importante es una posición ideológica inexistente.

 

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