Se ha escrito que la democracia en la actualidad es o debiera ser un régimen de opinión pública. En el caso español, las tendencias totalitarias del limitadamente democrático sistema de partidos que tenemos han creado un régimen de reconducción permanente de la opinión pública mediante la conjunción de tres elementos: el sistema clientelar generado por el duopolio PP-PSOE; la constelación de asociaciones que controlan los movimientos sociales para que los efectos del malestar nunca deriven en cambios políticos reales y sea el duopolio el beneficiario final de los mismos; la aparición de una amplia malla de medios de comunicación que de un modo u otro están vinculados al discurso del duopolio PP-PSOE.

La expresión del régimen de opinión pública son las encuestas y los estudios demoscópicos. En las democracias avanzadas éstas condicionan a los partidos y a la clase política, pues dependen de esa opinión y no a la inversa. De ahí la sensibilidad que en muchos países conduce directamente al ostracismo al político que pierde credibilidad en las encuestas mucho antes que en las urnas, al asumir que el nivel de rechazo social es mayor que la capacidad de movilización de aquellos que constituyen el núcleo duro de los seguidores de un partido o de un político y que son inmunes, al caer en lo que no es más que un remedo del viejo culto a la personalidad o al partido, a las tendencias que marcan las encuestas.

Hoy por hoy, en los gabinetes demoscópicos del duopolio PP-PSOE, se asume que cuando llega el momento electoral, cuando se produce lo que los técnicos denominan el “vértigo electoral”, la opinión pública, por efecto de la acción de los elementos de reconducción, sufre un vuelco y se mantiene mayoritariamente, pese al rechazo que haya estado expresando, dentro de las dos opciones de gobierno. Es decir, que pese a cuantas encuestas se hayan realizado entre los tiempos electorales, por más rechazo que se haya manifestado, el elector mantiene la fidelidad de voto o bien muda su voto hacia el otro platillo del duopolio.

Anuncian los estudios demoscópicos, aunque es cierto que en los centros de Génova o Ferraz no se estima que ello produzca grandes transformaciones, que en España el régimen de opinión pública que expresan las encuestas está comenzando a tener un peso específico cualitativo. Lo cierto es que las tendencias que marcan las encuestas nos dicen que se va reduciendo el peso electoral del duopolio PP-PSOE, y que puede acabar independizando una masa de voto importante de lo que se llama el voto útil en función de los dos partidos que se considera que son los únicos que pueden formar gobierno. Que ello es así viene a ponerlo de manifiesto la introducción de reformas electorales (reducción de representantes, multiplicación de distritos, requisitos que vulneran el derecho de los españoles a participar como elegibles…) que buscan paliar los daños para el duopolio que ponen de manifiesto las encuestas.

El desprecio que hoy por hoy muestra la clase política detentadora del poder y aspirante al poder con respecto a la opinión pública resulta apabullante. De ahí la divergencia cada vez mayor entre esa casta y un sector importante de los españoles que según las encuestas oficiales ve a los políticos como un problema para el país.

Controlar a la opinión pública se ha convertido en una obsesión. Ejemplo clarividente de ello y de todo lo dicho es lo que está ocurriendo con el denominado “caso Bárcenas” transformado en el “caso PP-Bárcenas”. El resultado de las encuestas resulta demoledor: una mayoría amplia de españoles, superior entre el 72% y el 78% no ha creído a Mariano Rajoy tras su obligada comparecencia parlamentaria para dar explicaciones sin darlas, y lo que aún es más revelador, por encima del 40% de sus votantes tampoco le han creído. Cierto es que esto importa, de momento, muy poco en Génova porque aunque se reduzca la intención de voto, dada la situación de la oposición, por encima del treinta y tantos por ciento del cuerpo electoral mantiene una fidelidad absoluta en este caso al PP.

Ahora bien, resulta evidente que en España el régimen de opinión pública comienza a ser una realidad y que, pese al poderoso entramado mediático vinculado al duopolio, fluye la irrupción de una opinión cada vez más crítica con los partidoperiodistas o los partidotertulianos. Lo que puede crear nuevas reglas de juego y es ahí donde el caso Bárcenas a futuro puede acabar siendo una bomba de espoleta retardada que es lo que temen en Génova 13.

En el momento actual es suficiente, estima el equipo sociológico del PP, con refugiarse en lo que digan los tribunales enfrentando al delincuente con los inocentes vilipendiados por estrategia procesal; defender la tesis, antidemocrática, de que la responsabilidad jurídica es única y que no existe por tanto responsabilidad política a menos que se produzca una condena en los tribunales. En un régimen de opinión pública controlada o reconducida podría bastar, pero… a Mariano Rajoy no le han creído los españoles.

Se abre pues una nueva fase de incierto resultado porque el “caso PP-Bárcenas”, como dinamizador de la independencia de la opinión pública, tiene dos aspectos que pueden acabar pasando una importante factura electoral al PP de Mariano Rajoy que pudiera acabar viéndose apartado de la política por el bien del partido:

El primero, de orden menor porque no es objeto de ilegalidad, radica en el cobro de sobresueldos, implícita y eufemísticamente reconocido por Mariano Rajoy y que, dada la situación económica de millones de españoles, se troca en un elemento más de desprestigio y de muestra del poder de la casta.

El segundo, el más importante, por el que nadie pregunta: ¿cómo pudo el señor Bárcenas amasar una fortuna de 20, 40 o 70 millones de Euros cuando su única profesión conocida es la de ser durante años gerente del PP aunando a ello en un tiempo su acción como tesorero? Y es ahí donde la tesis de Mariano Rajoy tiene su talón de Aquiles, porque cuando afirma que se equivocó al confiar en él parece que el origen de su fortuna está en el robo al partido; tesis que por otra parte parecieron confirmar las acaloradas palabras del señor Alonso. 

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