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Si la elección de un Papa se realizara solamente en clave humana, como si de una campaña electoral se tratara, lo más probable es que el cardenal Jorge María Bergoglio nunca hubiera llegado al trono de San Pedro. Cierto es que un Papa no se elige tras la exposición de un programa, ni tras una intervención de candidatos, pero en los días que anteceden al Cónclave sí existe una campaña previa que se realiza desde la prensa, desde las tertulias y desde los diversos grupos y Congregaciones con la que de un modo u otro tratan de forzar la intervención del Espíritu Santo.

Todos tenían su candidato y todos el retrato robot del futuro Papa que debería poner fin a lo que han significado los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, o al menos un continuismo diluido, más grato al aggiornamiento con el poder político, como podría ser la candidatura de Angelo Scola o de Odilio Scherer. Porque ese era el peligro de un Papa que volviera a surgir de la Iglesia de la Europa Occidental o de los aledaños de la Curia, un Papa atado a los compromisos de su propia historia. Pero, a la vista de la rápida fumata blanca, el Espíritu Santo tenía otros planes.

Tengo para mí que Ratzinger tenía muy presente el peso que esa “campaña electoral invisible” podía alcanzar y de ahí su decisión de acelerar el Cónclave. Fuera de los muros de la Sixtina había mucha prisa, dado el calendario, por eliminar posibles candidatos a través del filtro de la edad. En definitiva, para quienes creemos que no todos escuchan al Espíritu Santo y se mueven por criterios mucho más terrenales, se trataba de reparar el “error” de 2005, de poner fin a la mal llamada “involución” puesta en marcha por Juan Pablo II que Joseph Ratzinger, con mucha mayor vehemencia, continuó. Entonces el tándem Martini-Tettamanzi chocó con el “panzer de Dios” y buscó un candidato más aceptable por los cardenales para intentar contrarrestar el peso de Ratzinger en la persona de Jorge Mario Bergoglio, enemigo declarado de la funesta Teología de la Liberación y representante del sector llamémoslo espiritualista de la cada vez menos influyente Compañía de Jesús.

Por debajo de los aplausos y la obediencia debida al sucesor de Pedro resulta claro que más que sorpresa lo que se ha producido es la decepción por parte de quienes tenían otros candidatos. Jorge Mario Bergoglio, ya Su Santidad Francisco I, jesuita, despierta por su biografía profundos recelos a ambas orillas del catolicismo. Aunque lo más significativa sea el intento desesperado del “progresismo” religioso de condicionar de algún modo el camino del nuevo Papa presentándolo como una discontinuidad posible frente a los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI (véanse en España las interpretaciones-consejos del jesuita Miguel Lamet).

Tengo para mí que el cardenal Jorge Mario Bergoglio era el candidato de Ratzinger para continuar con la labor para la que él se consideraba sin fuerzas. Como el de Ratzinger el papado de Francisco I, por razón de edad, no será largo y hasta es posible que se cierre del mismo modo. Y si los cardenales lo han elegido tan rápido, esperemos que haciéndole caso al Espíritu Santo, es porque lo consideraban el hombre apropiado para llevar a buen puerto los dos elementos de renovación interna que Roma necesita: la limpieza de la Curia y la transparencia en las finanzas vaticanas, base para la reenvangelización.

Candidato de Ratzinger porque: ¿Cómo podrían escoger a un hombre que no tuviera el necesario apoyo de Ratzinger cuando el nuevo Papa tendrá hilo directo con el gran teólogo católico del siglo XX a través de monseñor Gänswein que es al mismo tiempo secretario personal del “Papa emérito” y jefe de la Casa Pontificia de Francisco I? ¿Cómo podría el nuevo Papa representar una ruptura en el camino emprendido si el propio Benedicto XVI realizó un nombramiento tan significativo como el de Ernest von Freyberg al frente del IOR poco antes de retirarse? ¿Cómo podrían escoger a un hombre para romper con quien va a estar -estoy seguro- en contacto directo con un Ratzinger que bien, si la lucidez intelectual le sigue acompañando, pudiera continuar siendo el “guardián de la Fe”?

Al contrario de los deseos de muchos Francisco I no es el antiRatzinger anhelado. Es un hombre con pocas ataduras, muy débiles con lo que para muchos representa la lamentable evolución de la  Compañía de Jesús en los años sesenta-ochenta; de incuestionable ortodoxia en materia moral (no sólo se ha opuesto al matrimonio homosexual de forma pública y vehemente sino también a la adopción por parte de los homosexuales); que estima que la oración es la que acaba moviendo las montañas; de fuerte personalidad, capaz de adoptar medidas drásticas en vez del silencio y la conteporización; comprometido con los pobres, contrario al neoliberalismo y a la evolución del capitalismo -lo que también ha denunciado Ratzinger aunque muchos católicos le hayan puesto sordina- y partidario de aplicar la Doctrina Social de la Iglesia. Un hombre que en su primer discurso ha advertido del peligro que supone que la Iglesia se deje llevar por el viento mundano. Y ya ha dicho bastante.

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Autor: Luis

Estupendo artículo, me ha aclarado muchas cosas

Fecha: 15/03/2013 12:38.


gravatar.comAutor: JESUS

Sólo quería aclarar que al ser el primero que lleva el nombre, su nombre no es Francisco I, sino el Papa Francisco.

Fecha: 24/03/2013 03:19.


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