Por más que se empeñen más que de la España de la rebelión tendríamos que hablar de la España del hastío. En nuestras calles se expanden, como una densa niebla, las brumas de la consternación, del conformismo, del no hay nada de que hacer, salvo quedarse en casa, que extendieron como epígono de la tragedia los escritores del noventa y ocho. Nos lo dicen una y otra vez: dada la coyuntura lo asombroso es que las protestas, más o menos radicales, no sumen más allá de unos miles de participantes.  Los españoles, nos recuerda de vez en cuando uno de los habituales contertulios de las mil y una cadenas, son buena gente, como sinónimo del conformismo habitual que nos invade, expresión última del pesimismo que nos contiene.

A quince días vista de una nueva huelga general, por más que los sindicatos amarillos, correa de transmisión de los partidos de izquierda a los que un día sí  y otro también rinden pleitesía en comunidad de intereses, se dice que no existe ambiente y que los piquetes se las van a ver y desear para llevar a la huelga a unos españoles que también les vuelven la espalda. A la próxima huelga, independientemente de la guerra de cifras, del cierre obligado por intimidación en las primeras horas y de la sempiterna batalla a las puertas de los Carrefour, los Corte Inglés y las cocheras de lo autobuses de toda España, que marcan para los sindicalistas el triunfo de las huelgas de siete a once (después, ya resacosos, los piquetes se retiran a otras labores pues se tienen que multiplicar para acudir a las manifestaciones locales), le falta credibilidad. Lo cierto es que pese a la incapacidad evidente del gobierno para impulsar la creación de empleo o al menos acabar con la destrucción del mismo, los españoles también tienen motivos para hacerles huelga a los convocantes de la huelga.

Las cifras sobre el paro y Condiciones de Vida publicadas en las vísperas de Todos los Santos son para helar el ánimo de cualquier optimista patológico y teóricamente deberían impulsar a los españoles a expresar realmente su indignación, pero hasta los indignados carecen de credibilidad, pues no son más que la manipulación orquestada de una ultraizquierda que cada vez gana más peso político en España (mérito que de seguir así las cosas también será atribuible a Mariano).

Un país con 5.778.100 desempleados, cifra que no alcanza los seis millones por efecto de la nueva emigración española y de los procesos de retorno de emigrantes; con provincias en las que la tasa de paro supera el 30%; con una destrucción de empleo en el tercer trimestre el año, uno de los que teóricamente menos duros debía de ser debido a los efectos temporales del turismo, que se acerca a los cien mil puestos de trabajo; con más de un millón de ciudadanos que ya pueden ser calificados directamente como pobres; con un 40% de personas que viven con lo justo habiendo prácticamente agotado sus ahorros, es una nación al borde de la catástrofe social. Pero esos mismos españoles, cuando alzan la vista, más que resignarse lo que hacen es simplemente volver la espalda; contestar espetando a la cara de sindicalistas y políticos, “¡ahí os quedáis con vuestro chiringuito!”.

A Mariano Rajoy, el hombre que prometió con palabras calculadas, fotografiándose con aire de oportunista e indudable asimilación del “en política todo vale” ante la cola del INEM, que cuando gobernara bajaría el paro, le cabe el dudoso honor de batir el record histórico del número de desempleados en España. Y ante la realidad de las cifras sólo cabe el recurso manipulativo del coro de los tertulianos progubernativos que, cuando se ven acorralados, al igual que antaño se refugiaban en los escasos meses de gobierno y en la herencia recibida, ahora intentan controlar a la audiencia afirmando que un año aún es poco tiempo para que los “brotes verdes” del PP afloren. Nadie osa recordar, salvo los desprestigiados sindicatos, que Mariano Rajoy embanderó una reforma laboral que, según los peperos, serviría para asegurar los puestos de trabajo y generar empleo, pero desde que esa reforma existe el número de parados se ha incrementado en cerca de setecientas mil personas (el gobierno preveía seiscientas mil hasta final de año), los ERES arrecían junto con el juego de sustituir empleados con mucha antigüedad por otros con contratos precarios y niveles salariales bajos.

Los datos hechos públicos en la última semana de octubre, como un rosario de espinas, ponen en evidencia la debilidad de los “Presupuestos del milagro” que ha anunciado en esas mismas fechas el inefable Montoro. El incremento del paro, que no parece que se vaya a detener en el último trimestre, ya supera las previsiones del gobierno para todo el año, lo que se traducirá en un incremento de los costes del paro y del déficit de la Seguridad Social derrumbando de golpe las primeras previsiones de unos Presupuestos que tendrán que ser reformados una y otra vez. Aunque al gobierno aún le quede en la recámara esa petición de rescate que tendría como paganos a los españoles de a pie.

Ante este panorama sólo los acérrimos, que calculados a la baja (políticos+asesores+personal laboral digital+familiares+paniaguados+holigans) pueden situarse sobre el millón y medio de ciudadanos, son capaces de negar la incapacidad del gobierno a la hora de hacer frente a la sangría del paro, generando un estado de opinión en el que la culpa acaba sociológicamente teniéndola la “difícil situación”. Y a ello contribuye el hecho de que si bien el desgaste electoral del gobierno existe mucho más profundo es el hundimiento y el descrédito de la oposición socialista y sindical. Por eso la calle está tranquila, por muchas manifestaciones que inquieten a la delegada del gobierno en Madrid mientras el paro y la pobreza crecen.  

 

 Nota.- Eso sí, Montoro no miente cuando nos dice que la crisis remitirá a finales del próximo año porque teóricamente, para entones, estima el gobierno que el número de parados habrá tocado fondo (6 millones) y lógicamente se creará empleo o simplemente dejará de destruirse. Pero eso no es más que jugar a la botella medio llena o medio vacía.

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